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..."estática
milagrosa", es una categoría
creada por los arquitectos cubanos
para advertir del riesgo serio de derrumbe
FIDEL CASTRO
ULTIMO CAPITULO
"resulta
difícil contemplar con optimismo
el futuro de Cuba a corto plazo.
Pero a la larga, la historia de Cuba,
trágica como ha sido, demostrará
que nada debe darse por imposible"
hugh thomas
Por
Mauricio Vicent
La Habana
El País
España
Infosearch:
José F. Sánchez
Analista
Jefe de Buró
Cuba
Dept. de Investigaciones
La Nueva Cuba
Marzo 23, 2008
No está
todo dicho sobre su figura. Estas páginas son la demostración.
Un retrato nunca antes publicado de Guillermo Cabrera Infante. Un
encuentro con el escritor Manuel Rivas. Una pieza histórica
de Manuel Vázquez Montalbán. Un relato periodístico
desde la isla.
El comienzo
del paseo del Prado, frente al paisaje del malecón, del antiguo
hotel Packard sólo queda el esqueleto. Vencido por medio
siglo de abandono, las ruinas de su hermosa fachada ecléctica
son testimonio de una época pasada y también de la
historia contemporánea de Cuba. Marlon Brando y Pablo Neruda
se alojaron aquí antes de la revolución, cuando en
los bajos funcionaba la agencia de automóviles Packard &
Cunningham, importadora de los vehículos norteamericanos
más lujosos y de los primeros Porsche que entraron en la
isla. Al costado, el magnate Amado Trinidad instaló en 1940
los estudios de la emisora R. H. C. Cadena Azul, una de las más
famosas en su momento, que tuvo en plantilla a los mejores guionistas
de radionovelas y a artistas como Isolina Carrillo, quien en 1947
compuso allí mismo y de un tirón el bolero Dos gardenias.
Por aquellos
años, un joven estudiante llamado Fidel Castro comenzaba
a frecuentar la zona, pero interesado en otras músicas.
En la misma
acera, a pocos metros del Packard tenía sus oficinas el Partido
Ortodoxo, de Eddy Chibás, a quien Castro se vinculó
mientras terminaba la carrera de Derecho en la Universidad de La
Habana siguiendo su lema de "vergüenza contra dinero".
En la planta baja de Prado 109 se conspiraba abiertamente contra
el Gobierno corrupto de Prío Socarrás, y allí,
después del golpe de Estado de Fulgencio Batista, en 1952,
tomó cuerpo el plan del futuro líder de asaltar el
cuartel Moncada.
Hoy, una tarja
en la puerta recuerda aquellos días de lucha, pero el inmueble
de tres plantas, como muchos otros del lugar, se encuentra en "estática
milagrosa", una categoría creada por los arquitectos
cubanos para advertir del riesgo serio de derrumbe. Hace algún
tiempo se desprendió de su estructura la primera cornisa.
Y los pasillos de arriba se hunden cada día un poco más,
amenazando con borrar de la memoria lo que queda del despacho de
Chibás.
Miles
de edificios en la capital se hallan en situación similar,
y puede afirmarse que esa imagen de La Habana como ciudad bombardeada
será una de las facturas más caras que la historia
pasará a estos 49 años de revolución de Fidel
Castro.
El desastre
es bien visible. La Habana Vieja, Centro Habana, Cerro y 10 de Octubre,
cuatro municipios centrales de la capital, tienen más de
72.000 viviendas en estado precario. Esto supone el 42% de su fondo,
que asciende a unos 183.000 núcleos, cantidad superior a
la que poseen seis provincias del país. Hoy por hoy, hasta
los viajeros más militantes quedan impactados por el estropicio
y al regresar a casa se llevan ese recuerdo grabado en la nuca,
por encima de cualquier consideración política.
La Habana
no es Cuba, es cierto. Pero casi. Y con todas sus paradojas.
El arquitecto
Mario Coyula, que hasta 2001 dirigió el Grupo para el Desarrollo
Integral de la Capital, observa que por esas cosas que tiene la
vida el mismo proceso que congeló el desarrollo de La Habana
en los años cincuenta hizo que milagrosamente se conservaran
fabulosos barrios, como El Vedado, que difícilmente hubieran
escapado a la especulación y los rascacielos. "Es una
contradicción: la ciudad se mantiene porque no se ha hecho
nada, pero se cae si sigue así".
Y eso es
extrapolable al país. No se puede evaluar el legado de Fidel
Castro sin atender a la paradoja arquitectónica que refiere
Coyula. En 1998, Manuel Vázquez Montalbán viajó
a Cuba siguiendo los pasos del papa Juan Pablo II. Dejó un
libro, titulado Y Dios entró en La Habana, en el que indagó
la posibilidad de la revolución cubana de reinventarse y
convertirse de nuevo en un referente, moderno y sustentable, para
los propios cubanos y para la izquierda latinoamericana.
Una mañana,
paseando con el escritor cerca del antiguo Habana Hilton, hoy Habana
Libre, tropezamos con un grupo de niños que salía
en mallas de ballet de un caserón situado en la esquina de
L y 19. Le llamó la atención: en esa escuela elemental
de danza estudiaban más de 200 chicos en diferentes niveles,
y, nos dijeron, en cada provincia de Cuba existía una academia
similar de ballet clásico, todas gratuitas, por supuesto.
Montalbán
quedó impresionado. Pero observó también que
si la revolución posibilitó que un pequeño
país como Cuba tuviera más bailarines clásicos
por habitante que cualquier otro del mundo, no podía impedir
que luego se fugaran a las primeras de cambio porque en la isla
no les era dado prosperar. Y lo mismo sucedía con los
neurocirujanos, los percusionistas y los informáticos.
"El sistema
funciona hasta los 21 años
Cuando ya te has graduado,
¿qué haces?", sentenció.
En los días
siguientes, Montalbán sacó cuentas de los hijos
de personalidades y altos funcionarios que vivían en el exterior
sin haberse marchado. La lista era y es larga, y dice
mucho de lo que ha pasado en Cuba estos años. En su libro
no quiso mencionar nombres, pero sí reflexionó al
final del volumen de 700 páginas: "Acabe como acabe
la revolución cubana, se remodele dialécticamente
o se vaya agostando con su talante sostenedor, las necesidades
humanas siguen exigiendo satisfacciones, y después de
la Revolución sobreviene otra revolución en minúscula,
de la misma manera que después de la historia vuelve la historia
incapaz de asumir en serio su final".
Han pasado
diez años de aquel viaje. Y en el paseo del Prado todo sigue
igual, pero con diez años más de desgaste.
Uno de los edificios
que se conservan en buen estado en este paseo custodiado por leones
es el hotel Sevilla, donde un día la felicidad estalló
en forma de ruletas lanzadas por la ventana, había triunfado
la revolución. El mafioso Amleto Battisti, último
de sus dueños, se asiló en la Embajada de Uruguay
ese mismo primero de enero, y más le valía, pues Castro
llegó como un héroe justiciero dispuesto a acabar
con las desigualdades y los vicios de la sociedad capitalista.
Jorge negrete,
Imperio Argentina, Gloria Swanson, George Simenon y el rey del mambo
Dámaso Pérez Prado fueron algunos de los huéspedes
ilustres del Sevilla, tal era el poderío de Cuba, pero ninguno
como el periodista de The New York Times Herbert Matthews uniría
su nombre al de Castro. A comienzos de 1957, Matthews viajó
a Cuba para entrevistar al líder guerrillero en el corazón
de la sierra Maestra, cuando se le daba por muerto. "La personalidad
de este hombre es abrumadora", escribió. "Resulta
evidente que sus hombres lo adoran, y también comprendí
por qué ha arrebatado la imaginación de la juventud
cubana en toda la isla". Lo publicó el 24 de febrero
de ese año, en un artículo que dio la vuelta al mundo.
Un año
y diez meses después, tras derrotar a un ejército
de 40.000 hombres armados por Estados Unidos, Castro entró
en La Habana por la esquina del malecón y Prado al ritmo
del bolero de Isolina Carrillo
"Dos gardenias para ti
/ con ellas quiero decir / te quiero, te adoro, mi vida
".
Más que adoración, fue júbilo a borbotones,
casi un cheque en blanco. "Fidel Castro se adueñó
de Cuba y lanzó su gran revolución en enero de
1959 con el aplauso atronador de la mayoría de sus compatriotas",
escribió un cuarto de siglo después su biógrafo
más riguroso, Tad Szulc, también periodista de 'The
New York Times'.
Szulc tuvo su
primera conversación con Fidel en 1959 y luego le acompañó
en un recorrido por el campo de batalla de bahía Cochinos,
en 1961, cuando el romanticismo de la revolución aún
hacía hervir la sangre y convocaba bajo las balas a intelectuales
como Sartre, defensor de "la revolución única
e incomparable, la revolución sin ideología",
que luego tendría demasiada. En 1985, el periodista norteamericano
realizó el estudio más importante que se haya hecho
de la personalidad de Castro y de su revolución, y el primer
gran balance histórico a 25 años de su triunfo. No
fue nada complaciente. Dejó sentado, en primer lugar, que
para seguir la trayectoria de la revolución era necesario
penetrar en la psicología de Fidel, el hombre y el líder,
con sus genialidades y defectos, y sobre todo con sus desmesuras
y contradicciones, que son las de su obra.
Guerrillero
y funcionario. Nacionalista martiano y marxista. Líder pragmático
e idealista inclaudicable. Es el mismo Castro el que colocó
a Cuba en el mapa y fue capaz de lidiar con diez administraciones
norteamericanas sin sucumbir, y el que cometió garrafales
errores económicos que pusieron a su país al borde
del precipicio. El mismo estadista que acabó con el complejo
histórico de 400 años de coloniaje y medio siglo de
dominación norteamericana, y que después se deslizó
en los brazos de la Unión Soviética, importando un
modelo ajeno y burocrático. El mismo hombre que enamoró
y luego defraudó a las élites intelectuales del mundo
en los sesenta; el que llenó su país de escuelas de
arte y aplaudió la invasión de Checoslovaquia;
el mismo Fidel que promovió avances sociales sin precedentes
y después "impuso una osificación del régimen
y de la sociedad con el pretexto de mantener encendido el fuego
revolucionario", según Szulc.
"Fidel
es la principal fuerza de la revolución, pero también
su principal debilidad", me dijo en una ocasión
el premio Nobel Gabriel García Márquez, uno de sus
mejores amigos. En su casa de La Habana, una Navidad memorable,
llegó Castro y después de charlar un rato se levantó
de la mesa con el proyecto desproporcionado de crear una escuela
internacional de cine para el Tercer Mundo. Era el final de 1985,
y estaba a punto de iniciar el llamado "periodo de rectificación
de errores y tendencias negativas", que supuso una vuelta al
centralismo más férreo en lo económico y lo
político. De cualquier modo, la escuela acaba de cumplir
21 años.
¿Cómo
será recordado Castro cuando el tiempo pase?
Hay que partir
de un hecho innegable: Fidel despierta todo tipo de sentimientos,
menos indiferencia. Dentro y fuera de Cuba, el líder comunista
tiene apasionados detractores y vehementes defensores, y es frecuente
encontrar a personalidades que han militado en ambos bandos con
fervor, Mario Vargas Llosa y Jorge Semprún entre ellos, de
una larga lista de intelectuales.
El ex comandante
Eloy Gutiérrez Menoyo, que pasó 22 años en
una cárcel cubana, considera que Castro "es el primer
disidente, el primer traidor a la revolución democrática
que prometió y por la que le siguieron millones de cubanos".
Para Alfredo Guevara, su compañero de luchas universitarias,
es un "ciclón" en la historia de Cuba, el
hombre que refundó una nación y posibilitó
que el país diera un gran salto social y humano.
En el parque
de la Fraternidad, en la desembocadura del paseo del Prado, a unos
pasos del salón de baile donde la orquesta Jorrín
tocó el primer chachachá, llamado La engañadora,
se puede sondear el juicio de la historia. A la vera de la estatua
de José Martí, los cubanos se reúnen para discutir
de béisbol y otros asuntos mundanos, y entre tragos de ron
y humo de tabaco se dicen verdades como templos y barbaridades.
Para muchos,
la herencia que deja Castro después de 50 años es
terrible, y punto. Algunos se sirven de estadísticas
de la Cuba republicana para demostrar el fracaso: en 1959, con una
población de seis millones de personas, la isla poseía
más electrodomésticos que cualquier otro país
de América Latina y tenía más kilómetros
de líneas férreas y mejores infraestructuras que cualquiera
de sus vecinos. En 1958, la producción de azúcar superó
cuatro veces la alcanzada el año pasado, y había más
vacas que habitantes (hoy la proporción es de una vaca por
cada seis cubanos). Y eso sin hablar de los derechos políticos
y civiles; tampoco de la reforma agraria, ya que hoy prácticamente
la mitad de las tierras en manos del Estado, infestadas de marabú,
no producen nada y la isla ha de importar el 80% de los alimentos
que consume.
Para los defensores
del sistema, los datos que cuentan son otros: además de la
infraestructura sanitaria y de unos índices de salud a nivel
del primer mundo, la revolución deja un país con 800.000
graduados universitarios, 1.500.000 personas con formación
técnico-profesional y 9.000 científicos, un capital
humano que es el principal tesoro de Cuba, junto a otros intangibles,
como el sentido de la independencia y el orgullo de la soberanía,
que harán muy difícil el regreso del "imperialismo
yanqui" contra el que Castro ha luchado toda su vida.
Sea cual sea
el escenario futuro, la valoración que finalmente se haga
de Fidel Castro y de la revolución dependerá de cómo
evolucionen los acontecimientos. Si Raúl Castro y sus herederos
logran hacer reformas verdaderas y reinventar la revolución,
como hubiera querido Vázquez Montalbán hace diez años,
quizá la historia sea benévola y absuelva a su fundador.
Hugh Thomas, que después de ver el espectáculo de
una multitud cantando La Internacional a ritmo de chachachá
en la plaza de la Revolución, en 1961, empezó a escribir
su gran historia de Cuba, concluye después de 1.200 páginas.
"En el momento de escribir este epílogo [2001] resulta
difícil contemplar con optimismo el futuro de Cuba a corto
plazo. Pero a la larga, la historia de Cuba, trágica como
ha sido, demostrará que nada debe darse por imposible".
El comandante
de la revolución Manuel Piñeiro, el mítico
Barbarroja, jefe de los servicios de inteligencia cubanos durante
años, admiraba a Thomas y su sentido del humor británico.
El de él era surrealista y criollo, y por tanto muy agudo.
Antes de morir en un accidente de tráfico, fui a visitarle
a su casa de La Habana, en Miramar, y al abrir la puerta saltó
un perro rottwailer que le había regalado un espía
alemán.
¡Manuel!
¡Pero qué es esto!
Y qué
tú quieres, gallego. Es que el hombre nuevo se ha demorado.
Piñeiro
conocía muchos de los secretos de la revolución y
también sus debilidades. Cosas de Cuba, Barbarroja era un
enamorado del boxeo, de las conspiraciones y de los boleros, en
especial del inmortal de Isolina Carrillo, que termina: "Pero
si un atardecer / las gardenias de mi amor se mueren / es porque
han adivinado / que tu amor se ha terminado / porque existe otro
querer".
'Castrofobia'
Texto inédito
de G. Cabrera Infante
Fidel Castro
es un bastardo. No soy ni ofensivo ni bromista. Cuando nació
Castro, en los años veinte, ser bastardo en Cuba quería
decir ser un paria social de por vida. Sin ninguna esperanza, aquellos
que nacieren naturales eran registrados en el Registro Civil como
SOA, sin otro apellido. Contrario a la usanza española, los
bastardos no tenían derecho a tener dos apellidos.
Ser bastardo
en Cuba era ser descastado. Consideren ahora, por favor, las implicaciones
del caso Castro. Su madre y la madre legítima de sus hermanos
y hermanas compartían la misma casa. La situación
se volvía psicológicamente compleja cuando la madre,
la feroz Lina Ruz, era la criada de la madrastra. La trama era un
drama rural porque vivían en el campo. El sitiero
o el sitio se hizo pedazos cuando Castro, un muchacho llamado Fidel
por un mercante local, creció y se hizo hombre.
Recuerdo una
noche en la oficina del director del periódico Revolución,
que era el vocero de Castro, y éste entró echando
humo (entonces el Máximo Líder fumaba) para gritar
ya desde la puerta: "¡Franqui, quiero que en tu primera
plana llames a ese hermano mío bastardo!". Ramón
Castro, ése era su hermano, había declarado que la
reforma agraria era injusta. (Ramón, que era el hermano mayor,
había heredado la finca de su padre, el jefe del clan Castro).
Sus declaraciones habían sido primera plana del periódico
de la noche cuyo nombre era anatema para Castro. Cuando Castro llamó
bastardo a su hermano, nos miramos asombrados. ¿Quién
se creía que era? ¿El hermano bastardo de su hermano
que no era bastardo? Raúl, hermano menor, no era bastardo.
Pero los hermanos Castro se convirtieron en una dinastía.
Ramón, perdonado por Fidel (familia obliga), corre con una
granja llamada Cuba. La mujer de Raúl es una suerte de cuñada
Macbeth, y Raúl, por su parte, está obligado a ser
Mr. Hyde para el Dr. Jekyll Castro. Pero ahora, viendo a Castro
firmar un documento que prometía la democracia, la libertad
y la defensa de los derechos humanos, yo sabía que su pluma
estaba cargada con tinta invisible. No se le podría llamar,
técnicamente, tinta simpática porque es, siempre ha
sido para él, tinta antipática. Este hombre nunca
ha creído en elecciones ni en libertades que él llama,
al uso comunista, burguesas, ni respeta los derechos humanos porque
cree que sólo debe haber un hombre libre en Cuba: él
mismo.
Castro, el que
se preciaba de cruzar cualquier salón político con
tres zancadas militares, ahora subía las escaleras vacilante
y atravesó toda la conferencia a pasos cortos, sus pasos
largos acortados por la edad y el peso de un terco terno hecho en
Holanda. El traje estaba hecho a su medida, pero las mangas le quedaban
largas. Exactamente como su presencia en Chile. Al final firmó
un documento que hablaba de democracia, libertad y derechos humanos:
todo lo que ha estado ausente de Cuba durante el largo de su demasiado
largo mandato. Las mangas nunca mienten y dan la verdadera medida
de su dueño.
Lo que Castro
nunca ha entendido son los límites del poder. Habrá
podido enviar guerrillas a Venezuela, Colombia y Argentina con idénticos
resultados desastrosos y envió a su supuesto álter
ego, Che Guevara, a la muerte en Bolivia, y ha enviado ejércitos
a Angola, el Congo y, asombroso, Etiopía, porque en definitiva
las decisiones han sido suyas, ya que gobierna solo. No hay nadie
en Cuba capaz de oponerse a sus decisiones personales, y aun los
que lo han hecho de manera renuente han corrido la suerte peor que
la muerte de un juicio abyecto, y en el caso de su general y héroe
de la revolución, Arnaldo Ochoa, los dos destinos. Pero
el poder unipersonal siempre corre el riesgo de terminar cuando
termina la persona que lo detenta. Aunque Raúl Castro
ha sido siempre el Mr. Hyde del Dr. Jekyll de Castro, nunca podrá
gobernar solo en Cuba y siempre será, delfín o infante,
un heredero dudoso. Para terminar con el poder de Castro habrá
que terminar con Castro. No importa si su fin es vertical o será
horizontal, la posición definitiva de Ceausescu. En todo
caso, la nación, la república, la isla tardará
mucho tiempo en recobrarse, en volver a ser ella misma como siempre
lo quisieron Martí y Maceo, los protagonistas del aparente
fracaso de la lucha contra el poder colonial español. Pero
Cuba, la llamada "isla de corcho", flotará, y una
vez más la geografía determinará la historia.
Contrariamente
a lo que se dice y a veces se piensa, las últimas fintas
de Fidel Castro no cambiarán una jota el desesperado presente
cubano ni alterarán el inevitable futuro de la isla. Las
apariciones de Castro son el adiós de un actor que se despide.
Castro es ahora
gallego, cuando su desastrosa aventura de Angola fue afrocubano;
hace poco, para refutar a Colón, reclamó antepasados
indios, y, por supuesto, cuando era íntimo de Olof Palme
se hizo el sueco. Pocos políticos ha habido en el siglo más
oportunistas, y decir que es un camaleón es insultar a los
camaleones por tener los colores fijos. Hay una interpretación
borgiana tal vez menos conocida, pero más justa: Castro
es un hombre de sucesivas y opuestas lealtades.
Con La Habana
en ruinas, con la economía cubana hecha trizas, con la isla
demolida, ¿qué es lo que sostiene a Castro en el poder?
Físicamente, la permanente policía política;
personalmente, el orgullo desmedido, pero también la conducta
de un criminal que sabe que la revelación de la escena del
crimen le será aún más onerosa que la permanencia.
Hitler, con la guerra perdida, lanzó sus últimas campañas
suicidas para evitar que, con su derrota, se revelaran todos los
crímenes del nazismo, como sucedió al terminar el
conflicto. Castro no hace menos, y las revelaciones de lo que
ha ocultado su largo gobierno servirán para hacer conocer
al mundo, con la vergüenza de los que lo han apoyado hasta
el amargo final, el horror de su régimen.
© Guillermo
Cabrera Infante, 2004.
Las comidas
profundas
La cocina, las
mujeres y sus lecturas protagonizan este relato histórico
sobre Castro
Por Manuel Vázquez
Montalbán
En qué
se parece una nevera cubana y un coco? En que los dos nada más
que tienen agua", era quizá el chiste más inocente
sobre las hambres del periodo especial, y el más cruel hacía
referencia al zoo donde se contaba que habían ido sustituyendo
los letreros: "Prohibido dar comida a los animales
, prohibido
comerse la comida de los animales
, prohibido comerse a los
animales". Los materialistas históricos recordaban que
durante la Comuna de París, los animales del zoo fueron sacrificados
y se convirtieron en menú de restaurantes importantes, pero
el corresponsal de La Vanguardia en México fue invitado a
salir de Cuba porque había escrito que habían desaparecido
todos los gatos de la ciudad. Fidel extremó su insomnio en
búsqueda de soluciones alimentarias de urgencia y supervivencia,
pero seguía propiciando agriculturas y ganaderías
de arte y ensayo: campos de arroz cerca de La Habana; planes de
cultivos frutales especiales; vacas frisonas de Canadá según
uno de los más tenaces empeños ganaderos del comandante;
fábricas de quesos franceses excelentes, pero al alcance
del poder adquisitivo de los franceses; whisky Old Havana, que evidenciaba
las preferencias de Fidel, pero sólo distribuido en tiendas
para extranjeros; foie-gras experimental de gansos criados bajo
el especial cuidado del comandante en jefe, del que abasteció
a los mandos sandinistas en la fiesta conmemorativa del acceso al
poder de Daniel Ortega. Fidel estudiaba cada una de las materias
de sus sueños alimentarios hasta el punto de poder discutir
con los expertos desde un compartido saber y lenguaje, dispuesto
a luchar tozudamente por sacar adelante sus proyectos, pero también
a rectificar, uno de los placeres más intensos al alcance
de todo hombre con convicciones: asumir el error.
A Fidel le gustaba
hablar de cocina, y Frei Betto ha dejado constancia escrita de la
atención que puso ante una conversación del dominico
brasileño con Chomi Miyar sobre la receta de la cocina brasileña
bobó de camarón, que el religioso había facilitado
a Chomi, con la advertencia de que era capital el aceite de dendé,
de coco. Pues no tenía y no pudo ser. Ya te enviaré
aceite de dendé la próxima vez. En las conversaciones
con la madre de Betto, Fidel le explica las comidas mexicanas a
las que se aficionó mientras preparaba la expedición
del Granma y también cómo se cocinan camarones y langostas:
"Lo mejor es no cocer ni los camarones ni las langostas porque
el hervor del agua reduce sustancia y sabor y endurece un poco la
carne. Prefiero asarlos en el horno o en pincho. Para el camarón
bastan cinco minutos al pincho. La langosta, once minutos al horno
y seis minutos al pincho sobre brasas. De aliño, sólo
mantequilla, ajo y limón. La buena comida es una comida sencilla.
Considero a los cocineros internacionales derrochadores de recursos;
un consomé desperdicia buena parte de los subproductos al
incluir la yema del huevo; debe usarse sólo la clara, para
poder usar luego en un pastel la yema con la carne y los vegetales
que queden. Uno de estos cocineros muy famosos es cubano. Estuvo
preparando no hace mucho pescado al ron y otras mezclas con ocasión
de la visita de una delegación. Lo único que me gustó
fue el consomé de tortuga, pero con los desperdicios señalados".
El intervencionismo
culinario de Fidel es bien conocido. En cierta ocasión regaló
a un matrimonio visitante norteamericano un buen lote de carne de
cordero, chuletas y pierna, y también regaló su presencia
en la cocina y como chef supervisor aconsejó que empanasen
la carne y la frieran con aceite, pero la mujer y presunta cocinera
opuso amable y poco imaginativamente la posibilidad de asar la carne
en una barbacoa. Fidel le dijo que lo hiciera como quisiera y les
retiró bruscamente su presencia, no las chuletas. Cuando
era un joven estudiante y el profesor Moreno Fraginals, casi tan
joven como él, le invitaba a su casa, el hambriento atleta
se metía en la cocina, examinaba los preparativos de cena
y desplazaba a la anfitriona: "Déjame que fría
yo los plátanos, voy a enseñarte a freírlos
debidamente". Salvada la estupefacción inicial, la señora
Moreno Fraginals le preguntaba si se creía que lo sabía
todo: "Casi todo, sólo casi todo". Luego el matrimonio
Moreno Fraginals y el vehemente sabelotodo hablaban de política
y Fidel diseñaba una revolución que tenía en
la cabeza, pero no una revolución de pronunciamiento o intuitiva
como la del general Gerardo Machado, "una revolución
profunda", decía (
).
Fidel relaciona
la cocina con las mujeres, porque la asocia a lo que guisaba su
madre, por la que sentía más compasión que
geometría, aunque la vieja se puso brava cuando apareció
el decreto de confiscación de las tierras; para empezar,
las de la United Fruit y las de la familia Castro Ruz. La vieja
María Mediadora cogió la escopeta y declaró
que sus tierras no se las quitaba ni su hijo Fidel, por el que tanto
había mediado. Tuvo que ir Ramón, el hermano mayor,
a convencerla o a desarmarla. También esa asociación
entre las comidas y las mujeres profundas procede de que ha cocinado
o ha nutrido de saberes culinarios, y en ocasiones de viandas, a
las mujeres que lo han esculpido como un atlante de la historia.
La primera que comprobó casi cotidianamente que su marido
creía saber cocinar fue Mirta Díaz Balart, tan bonita
como todas las mujeres que Fidel ha amado, perteneciente a una familia
de Oriente, hacendados de derechas, batistianos hasta el punto de
que un hermano de Mirta, Rafael, compañero de universidad
de Fidel, llegó a ministro del Interior de Batista y con
el tiempo escribiría un libelo titulado ¡Viva a Fulgencio
Batista! Con Mirta y Fidelito, el hijo recién nacido, aprendió
Fidel las derrotas de lo cotidiano, el no tener dinero para pagar
el alquiler o las medicinas del niño, el sentirse una calamidad
como padre y tener que aceptar la ayuda de los compañeros.
Aprendió también a trabajar en oficios tan fronterizos
como cobrador de morosos o presunto industrial de pollos fritos
en la azotea de su apartamento en La Habana. Habían pasado
la luna de miel en Nueva York, y fue allí donde Fidel compró
los primeros libros de Marx y Engels, El capital, octubre de 1948.
Luego Mirta fue a la zaga de la obsesión activista de su
marido, sin espacio ni tiempo en su vida, a remolque de sus finalidades,
incluso de la cárcel cuando le detuvieron tras el asalto
al cuartel Moncada y desde la cárcel le envió Fidel
algunas cartas, la demanda de una lista de libros, entre otros La
filosofía en sus textos de Julián Marías, los
Fundamentos de filosofía de García Morente, las obras
completas de Shakespeare y algunas novelas. También le enviaría
desde la cárcel la petición de divorcio, en 1954,
porque se había hecho público que Mirta estaba en
la nómina del Ministerio de Interior que conducía
su hermano Rafael, el actual flagelo de Miami, el que quiere ver
a los Castro, Fidel y Raúl, de balseros.
A rey muerto,
rey puesto. Fidel se carteaba con Natalia Revuelta, que había
vendido todas las joyas de la familia y las que le había
regalado su marido para ayudar a financiar el asalto al cuartel
Moncada y ejerció de ninfa constante y prudente, tratando
de dejar de ser una burguesa para ser una mujer nueva, una militante
comunista ejemplar, siempre a prueba, como si fuera la heroína
de El árbol de la vida de Lisandro Otero, haciendo méritos
para que Fidel pasara las más veces posibles por su vida
y por su casa, ansiedad contemplada tierna y críticamente
a través del filtro de la histeria de la hija común,
Alina. Las mejores visitas de Fidel a casa de Natalia, según
Alina, eran las que hacía cargado de manjares inasequibles
para la cartilla de racionamiento, aunque a veces se trataba de
comidas de periodo especial, como semillas de marañón
o de calabaza (
).
Para fidel,
una de las principales Marías Auxiliadoras de la revolución
era la divulgadora televisiva Nitza Villapol, que ya venía
de los tiempos de Batista y que durante el periodo especial en tiempos
de paz estuvo dos años dando recetas de cocina en las que
no intervenía la carne: patatas asadas, puré de patatas
con cebolla o con ajiaco o con grasa de cerdo y zumo de naranja,
mayonesa de papa, postre de papas con corteza de naranja y azúcar,
platos que Alina recitaba con voz gangosa, asqueada. Alina. Alina.
La rebelde Alina compone con Juana Castro el dúo de mujeres
desafectas dentro del gineceo fidelista, pero la desafección
de Alina es una protesta por el insuficiente afecto o dedicación
de su padre.
En la cárcel,
Fidel metabolizó las comidas más profundas de literatura,
la que podía darle respuesta a sus ejercicios espirituales
de autista: Víctor Hugo y Marx; el 18 Brumario le pareció
aleccionador y le ha servido para prevenirse de los cansancios revolucionarios;
La feria de las vanidades, de Thackeray; Nido de hidalgos, de Turguenev;
la biografía de Carlos Prestes, un líder comunista
kominteriano; El secreto del poderío soviético, del
deán de Canterbury; El capital, relectura en profundidad
de una obra asociada a su luna de miel; las obras completas de Freud;
Crimen y castigo; Von Clausewitz; La estética trascendental.
Del espacio y del tiempo, de Kant; El Estado y la revolución,
de Lenin; escritos de Roosevelt, de Einstein, de Shakespeare, y
sobre todo su Julio César, un clic mental que le llevó
a la conclusión de que César era el revolucionario
y Bruto el reaccionario. Julio César, personaje de cartas
más eruditas que amorosas dirigidas a Naty Revuelta: "El
pensamiento humano está indefectiblemente condicionado por
las circunstancias de la época. Si se trata de un genio político,
me atrevo a afirmar que depende exclusivamente de ella. Lenin en
época de Catalina habría sido, cuando más,
un esforzado defensor de la burguesía rusa; Martí,
de haber vivido cuando la toma de La Habana por los ingleses, hubiera
defendido junto a su padre el pabellón de España.
Napoleón, Mirabeau, Danton, Robespierre, ¿qué
habrían sido en los tiempos de Carlomagno sino siervos humildes
de la gleba o moradores ignorados de algún castillo feudal?
El cruce del Rubicón por Julio César jamás
habría tenido lugar en los primeros años de la República,
antes de que se agudizara la intensa pugna de clases que conmovió
a Roma y se desarrollara el gran partido plebeyo cuya situación
hizo necesario y posible su acceso al poder.
Otra mujer fundamental
en su vida fue su hermanastra Lidia, que le prestaba su casa en
La Habana para preparar el asalto al cuartel Moncada, que le ayudó
mientras estuvo en la cárcel, incluso forzó la visita
carcelaria de Lina, la madre que desde Birán seguía
sin entender nada. Lidia, tantas veces canal clandestino de su hermanastro.
Con Melba Hernández y Haydée Santamaría plancharon
las arrugadas cartas de Fidel que contenían La historia me
absolverá, recuperaron la letra oculta a base de zumo de
limón, las mecanografiaron, las fotocopiaron y consiguieron
una edición de miles de ejemplares repartidos militantemente
mediante el correo más manual de este mundo. También
fue Lidia quien recibió la carta en la que Fidel presumía
de haber superado el golpe de la ruptura con Mirta, carta evidentemente
dirigida a su gineceo: "No os preocupéis por mí,
ya sabéis que tengo un corazón de acero y seré
mesurado hasta el último momento de su vida" (
).
Fue en torno
de la campaña de amnistía como llegaron a la vida
de Fidel otras dos mujeres del gineceo protector, Vilma Espín
y Celia Sánchez; la primera, ayudante y chófer de
Frank País en Santiago, dirigió los movimientos estudiantiles
proamnistía; la segunda, premonitoriamente asociada a comidas
poco profundas, enviaba latas de carne en conserva y golosinas a
los prisioneros de la isla de Pinos. Vilma se casaría con
Raúl Castro y representa a la mujer revolucionaria, antes
y después del divorcio. Ahora viven divorciados en domicilios
separados. Cuando Fidel salió de la cárcel le acogió
Lidia y le lavaba la única guayabera que tenía; fue
Lidia quien se las ingenió para sacar a Fidelito de Cuba
y así poder ver a su padre exiliado, la que le acompañó
a veces en el exilio mexicano, siempre incondicional de su obra
hasta que murió discretamente, sin pedir nada, sin molestar.
Haydée
Santamaría, superviviente del Moncada, accedió a altos
cargos representativos de la política cultural a partir de
1958 y fue la creadora de Casa de las Américas, lo que no
le impidió antes de suicidarse traspasarle a Castro una receta
familiar castellana de la tortilla de patatas no frita, sino cuajada
(
).
Pero Celia Sánchez
acabaría siendo la mujer más determinante del gineceo,
su devota secretaria durante 23 años; con ella trabajó
en el palacio, pero también en el pequeño apartamento
de Celia en la calle Once, la casa más propicia para el comandante,
que muchas veces se quedaba allí a dormir. En ocasiones,
Fidel cocinaba para los dos, para no interrumpir la labor, pero
más frecuentemente era Celia la que guisaba y le enviaba
a su amigo los guisos allá donde estuviera, conocedora de
sus preferencias, comida sencilla, poco elaborada, pero sabrosa
y necesaria; a Fidel le desagrada desperdiciar, y entre todos los
platos escoge la sopa de tortuga fresca. Celia sabía que
detrás de la austeridad de Fidel hay una sensualidad de gourmet,
salvo en el sentido del oído, para el que se reconoció
negado ya el joven Castro cuando trató de aprender a tocar
la guitarra.
(
) Jamás
prescindió del sentido del gusto, como demostró antes
del asalto al cuartel Moncada, cuando encargó a Melba y Haydée
Santamaría que prepararan arroz con pollo para los expedicionarios
y que plancharan los ciento veinte uniformes de que disponían,
porque no se puede dar un golpe con el estómago vacío
y a lo desharrapado. Y en mayo de 1958, antes de empezar la gran
ofensiva contra Batista, escribió a Celia una queja irónicamente
patética: "
no tengo tabaco, no tengo vino, no
tengo nada. Una botella de vino español, rosado y dulce,
se quedó en la nevera de la casa de Bismarck, ¿dónde
está?". Celia entendía el sentido del autismo
de Fidel, un gran solitario que detesta la soledad total, que necesita
a alguien que le escuche, incluso que le conteste, que le escriba
(
). Queda una mujer muy importante cuantitativamente en su
vida y de ocultado valor cualitativo, Dalia Soto del Valle, madre
de los últimos cinco hijos de los siete u ocho que imprecisamente
se le censan, mujer que tiene los ojos verdes como Naty Revuelta
y un mismo origen social en la vida, mansión y muerte de
la alta burguesía cubana.
Aunque nunca
haya devuelto a sus mujeres tanto como le han dado, y por eso le
dijo a su hija Alina en un momento de debilidad: "Tu mamá
tiene un defecto. Es demasiado buena. Nunca seas buena con ningún
hombre". Fidel se siente guardián de la grandeza de
las mujeres que le han permitido ser el que es y recordó
hasta comienzos de los noventa que la revolución se hizo,
entre otros motivos, para evitar que Cuba fuera el prostíbulo
de los norteamericanos y que los marineros borrachos de la Infantería
de Marina yanqui se mearan en el monumento a Martí, como
él les había visto hacer. Le repugna visceralmente
referirse a la prostitución y su eufemismo: las jineteras,
las mujeres trotacalles, una plaga que ha traído el turismo,
una prostitución que según él no se debe al
hambre, sino al fetiche occidental del consumo, a la asfixia económica
del bloqueo que no ha permitido una suficiente socialización
de los bienes de consumo, a la tardanza en llegar del hombre nuevo,
de la mujer nueva. Pero precisamente se hizo la revolución,
entre otras cosas, para que La Habana no fuera el prostíbulo
de los norteamericanos, no para que lo fuera de los españoles,
de los italianos, de los canadienses, de los turistas del sur de
Río Grande. Cuando se superen las dificultades, cuando no
haya bloqueo, entonces podremos plantearnos seriamente un retorno
de aquella situación de 1965, cuando en Cuba no había
ni un prostíbulo porque no había ni una puta, y sin
prohibir la prostitución, simplemente proponiendo a las profesionales
que aprendieran otro oficio y mientras tanto el Gobierno les pagaba
alimentación y vivienda para ellas y todos los familiares
que de ellas dependieran, incluidos los abuelos. De momento hay
que ser intransigente con los que hurgan en esa herida y, para humillar
a la revolución, lo hacen a través de la mujer cubana.
Que sea inmediatamente expulsado el corresponsal de France Presse
por haberse pasado de listo encabezando su crónica: "Alta
o baja, gorda o delgada, blanca o negra, joven o vieja, toda mujer
cubana vale 7.000 dólares". Y aunque el corresponsal
explicaba más tarde que ésta era la tarifa jurídica
para asesorar matrimonios con extranjeros, la cabeza del reportaje
llevaba toda su mala fe.
Este fragmento
está extraído del libro 'Y Dios entró en La
Habana', del periodista y escritor Manuel Vázquez Montalbán
(1939-2003). El País-Aguilar, 1998.
El grano de
maíz
Crónica
de un encuentro de madrugada en el Palacio de la Revolución
de La Habana
Por Manuel Rivas
Fue en el siglo
pasado. Los periodistas habíamos sido convocados en el Palacio
de la Revolución para una conferencia de prensa del entonces
presidente y comandante en jefe. El encuentro tuvo lugar varias
horas después de lo previsto, bien de madrugada, cuando el
reloj y los corresponsales adormecían y Fidel Castro, moviéndose
entre los grandes helechos ornamentales, iba adquiriendo las facciones
de una quimera noctívaga, con la mirada despejada y acechadora
del búho. Ahí lo tenemos. Está cómodo
en la deshora. Habla y habla. Parece, por veces, transparentársele
la corriente del pensamiento. Pueden vérsele las palabras
en la boca como un enjambre que enjambra. Todavía no hemos
hablado de la actualidad. La caída del muro de Berlín
parece, en esta noche surreal, un acontecimiento tan lejano y ajeno
como si lo hubiera tirado el mismísimo martillo que construyó
el caballo de Troya.
Antes había
habido una recepción. Charlábamos con una de las invitadas.
Maruja Calvo. Una gallega que se había dedicado al canto.
De repente, se acerca Fidel. Le pregunta sobre su madre. "Está
mal", dice ella. "Se le va la memoria". El mandatario
compone el gesto como un hombre providencial y hace llamar al ministro
de Sanidad. "Tenemos un medicamento nuevo para la memoria.
¡Hágaselo llegar!". Siempre lamenté no
haber tenido el atrevimiento de pedir una prueba de aquellas píldoras
milagreras.
La memoria.
En febrero de 2008, antes de renunciar a sus cargos, Castro se lamenta
en un artículo dedicado al candidato republicano McCain el
no haber tenido tiempo para escribir sus memorias. En el tramo final
de la vida se le ve preocupado por componer su retrato histórico.
Rebate la acusación de McCain de haber sido cruel con los
prisioneros del intento de invasión en bahía Cochinos,
en abril de 1961. Recuerda el laborioso proceso de negociación
para intercambiarlos por medicinas. Una semana después, el
pasado 19 de febrero, publica en Granma su mensaje de renuncia.
No es un gran texto. Tal vez destaca una frase: "Toda la gloria
del mundo cabe en un grano de maíz". Es un aforismo
de Martí, aunque no lo cita.
Castro dijo
de José Martí, de su manera de discursear, que "era
una catarata de ideas en un arroyo de palabras". No podemos
saber lo que Martí pensaría de Fidel, de su obra ni
de su prosodia arborescente. También descendiente de españoles,
en Martí fermentó lo mejor de Cuba y de su tiempo.
La biografía de Martí nos lleva a la común
presencia de René Char: fue de los que se apresuraron a legar
su parte de maravilla, rebelión y generosidad. Pero, además
de un buen poeta del pueblo, estamos hablando de un ilustrado reformista.
De un revolucionario para quien la palabra democracia era una energía
nueva, optimista, con la fuerza de un vapor humano. El hábitat
por el que luchó, y por el que murió tan joven, era
el de una Cuba independiente, sí, y democrática.
¿A qué
viene este paréntesis martiniano? José Martí
es la figura histórica que más ha invocado Fidel.
Es el espejo al que se aferra. El partenaire soñado para
unas Vidas paralelas. Ya desde sus comienzos como activista político,
cuando prefería "predicar" a las muchachas en el
parque de los Laureles que pisar las aulas, Castro eligió
a Martí, padre fundador de la nación cubana, como
un alma externada donde anidar su propia identidad. Otros hablarán
de apropiación indebida para construirse una imagen de mito
nacional. Es evidente que Castro ha escenificado durante años
un proceso de transmigración para alzarse como el Martí
vivo. De ahí la insistencia tenaz en establecer una continuidad
directa entre la lucha de 1895-1898, que dio lugar a la independencia,
y la de 1956-1959, que derrocó a la dictadura de Batista
y tomó gradualmente la forma de una revolución marxista
a no muchas millas de Wall Street. Si en Martí estaría
esbozado el antiimperialismo, Castro sería el abanderado,
no sólo en la geopolítica americana, sino mundial,
como voz de los no alienados y del Tercer Mundo. Una iconografía
en la que despegó, con vuelo propio, el Che Guevara. Otra
vez lo binario. El Che, con razón o sin ella, pero muerto
antes y con estela de mártir indomable, se quedó como
el rostro de la utopía. Hoy es un símbolo pop universal,
un héroe del graffiti que parece murmurar un dicho clásico:
"Muere joven a quien los dioses aman".
No es magro
el porcentaje de simbolismo global aportado por Cuba, una pequeña
nación joven, una isla con once millones de habitantes. Pero
ha aportado algo más que simbolismo. En los programas de
Naciones Unidas se destaca que es el país que más
recursos humanos, los contingentes médicos, ha movilizado
en los países más necesitados y con pandemias atroces
como el sida. Hay hechos incuestionables. Cuando Nelson Mandela
proclama el fin del apartheid, el más cálido agradecimiento
es para Cuba por su solidaridad en la lucha contra el régimen
racista. El apoyo militar cubano a Angola había sido determinante
para quebrar el régimen de la antigua Suráfrica. Los
cubanos también estuvieron en Etiopía. Aparecían
a los ojos de Los derrotados de la tierra (título del muy
influyente libro de Frantz Fanon, aparecido en 1961), como una vanguardia
internacionalista que, en el marco de la guerra fría, desafiaba
a los impresores de mapamundis. El propio Fidel, desde Cuba, dirigió
batallas transatlánticas como un guerrero ajedrecista. Está
claro que los movimientos de Fidel tuvieron la tutela del Imperio
soviético, y en intensidad proporcional al apretamiento de
tuercas por parte del Imperio estadounidense. Dicho en cubano: "La
cosa, además de difísil, es complicada". Lo asombroso
es haber sobrevivido ante semejante adversario y con semejante aliado.
Sólo se explica por la preservación de un factor cubano,
por muy sumergido que estuviese.
Castro ha vestido
durante gran parte de su vida un único traje de faena. El
de guerrero. Sin duda, ha triunfado en el "arte de la guerra".
Desde niño, en la gran hacienda paterna de Birán,
se fue familiarizando con las armas. Uno de sus juegos era disparar
a las auras tiñosas con revólver o un fusil semejante
al de Búfalo Bill. Quizá no haya en el mundo una persona
a la que hayan intentado matar tantas veces. Los servicios secretos
cubanos contabilizan 638 intentos hasta el año 2007, 197
en la época de Reagan. Hasta en eso, en el salvarse, Castro
parece excesivo, con episodios que en una ficción resultarían
inverosímiles, como el del "traje de buzo envenenado",
el caso de la sala de televisión con ácido lisérgico
o el de la antigua amante que, teniéndole indefenso, no es
capaz de apretar el gatillo. La decisión de eliminar físicamente
a Castro se tomó ya en octubre de 1959, siendo presidente
estadounidense Dwight Eisenhower, el mismo que apuntaló la
dictadura en España. Después de la visita de Ike,
el nuevo "amigo americano", justo a finales de 1959, Franco
pudo decir: "Ahora sí que hemos vencido".
Ruego me disculpen.
No olviden que estamos en el siglo pasado. Antes de que amanezca
del todo volvamos al Palacio de la Revolución, donde Castro,
en flamante verde oliva, habla sobre los avances genéticos
en la cría del ganado vacuno, a continuación nos relata
el viaje río Magdalena arriba de Simón Bolívar
en la llamada "campaña admirable", luego pasamos
a la parábola de los panes y los peces y el comunismo de
Cristo. Muchas veces las digresiones son saltos de caballo para
eludir cuestiones incómodas. Antonio Gramsci definía
el partido revolucionario como un "intelectual orgánico"
del pueblo. Fidel Castro diserta sobre todo como si él sólo
fuese ese "intelectual orgánico". Y más.
El partido, el Estado. Todo. Un "arroyo de palabras",
sí, pero sin la capacidad de escucha. Eso que conduce al
terrible error de confundir la disidencia con el enemigo. Eso que
tiene un nombre y es despotismo, aunque sea invocando al pueblo.
Error fue su empeño en la colectivización estatal
del campesinado. De otra manera, quizá hoy Cuba podría
estar autoabastecida. Después de aquella noche en el Palacio
de la Revolución, pude hablar con campesinos que conseguían
buenas cosechas de arroz y de maíz en tierra de nadie, en
ciénagas y en las veras de vías férreas abandonadas.
Con todo, si uno es sincero, no es mala forma de pasar a la historia
como un grano de maíz.
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