¿Y SI NOS HACEMOS LOS SUECOS?
Por Eduardo
San Martín
ABC
España
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Máximo Tomás
Dept. de Investigaciones
La Nueva Cuba
Julio 12, 2009
La presidencia española
de la Unión Europea, el primer semestre del año que viene,
suscita un interés más bien limitado, fuera y dentro de
España. Salvo para el gobierno de Zapatero, que quiere convertirla
en el desatascador de una legislatura que languidece poco más
de un año después de haber comenzado. En cambio, la gestión
de Suecia al frente de la Unión, que se inició el primero
de este mes, ha provocado una expectación inusual en un momento
en el que los líderes europeos deambulan con su linterna de Diógenes
por entre las brumas de la crisis en busca de modelos de referencia.
Y es que, como escribe el editorialista europeo de The Economist, Suecia
es un lugar excepcional. En un tiempo paradigma socialdemócrata,
la Suecia que gobierna desde hace tres años una coalición
de centro derecha presidida por Fredrik Reinfeldt se ha convertido en
un experimento muy sugerente. En síntesis, el nuevo gobierno
sueco, en lugar de reducir la dimensión del sector público,
engordado por las políticas socialdemócratas del último
medio siglo, lo que ha hecho es introducir elementos de competencia
propios de políticas liberales para mejorar su eficacia. Las
viejas etiquetas desaparecen. Un ejecutivo de centro derecha gestiona
un estado grande (48 por ciento del PIB) y lo hace con mayor desenvoltura
que sus antecesores socialistas, que gobernaron el país durante
65 de los últimos 74 años.
Un prejuicio muy extendido en Europa, pero sobre todo en España,
atribuye a la tradición socialdemócrata la creación
e impulso del modelo de bienestar social europeo. La realidad es que
las primeras pensiones para trabajadores retirados las introdujo Bismarck
en 1889. Esas prestaciones fueron ampliadas por la coalición
de Weimar (socialdemócratas, populares y cristianos) y consolidadas
y generalizadas por los gobiernos europeos de la postguerra gracias
a la cooperación de socialistas, democristianos y liberales.
En cualquier caso, lo que el ejemplo sueco revela es que un estado grande
no ofrece mejores prestaciones sólo por serlo. El sector público
del país empezó a expandirse sólo a partir de la
mitad del siglo pasado. Pero el país ha dispuesto de una burocracia
eficiente durante más de doscientos años. «El estado
sueco funciona no porque sea grande sino porque es sueco», asegura
el economista liberal Johan Norberg.
Entre otras, la reforma de una enseñanza enferma (como en casi
toda Europa) se ha convertido en un ejemplo de la combinación
de un sector público fuerte con instrumentos de gestión
competitivos, y el modelo resultante lo estudian incluso los asesores
de Obama en Estados Unidos. En España, el informe Abril sobre
la sanidad pública iba en esa dirección. El gobierno de
Felipe González lo metió en un cajón hace casi
veinte años y no será Zapatero quien lo saque de allí.
Suecia para los suecos.
El rostro del pueblo uigur
La cara exterior de la revuelta uigur la pone, desde su exilio americano,
una mujer menuda de 62 años, tocada con el bonete típico
de su etnia sobre una cola de caballo de color gris, cuya imagen está
siendo repetida hasta la saciedad por unas televisiones ávidas
de conocer más cosas de un pueblo cuya represión en la
provincia china de Xinjiang palidece la que sufren desde hace décadas
los tibetanos.
Pero detrás de ese rostro amable, más turco que mongol,
como la mayoría de sus compatriotas, se esconde un carácter
de granito y una biografía admirable. Rebiya Kadeer nació
en una familia humilde minera y sufrió hambre y persecución
durante la Revolución Cultural de Mao. Convencida desde su infancia
de que estaba predestinada a grandes aventuras, Rebiya comenzó
a hacer negocios en el mercado negro de ropa y otros artículos,
para ser repetidamente desvalijada por funcionarios corruptos. Hasta
que la apertura económica de los ochenta la proyectó al
negocio inmobiliario. En los noventa tenía compañías
comerciales en toda Asia central y unos grandes almacenes en el centro
de Urumqui. Exaltada en su momento por las autoridades chinas como ejemplo
del éxito de su política étnica, su ascendiente
se quebró cuando comenzó a hablar de los problemas de
su pueblo en su condición de representante parlamentaria. Fue
encarcelada en 1999 y en 2005 expulsada a Estados Unidos. Con ella viven
cinco hijos, otros cinco se quedaron en China (dos de ellos en la cárcel)
y uno más vive en Australia. Familia numerosa y negocios numerosos.
Kadeer no perdía el tiempo. Una personalidad arrolladora y un
ego que preocupa a algunos de sus compañeros de exilio. «Hasta
que pierda la consciencia, seguiré como líder»,
le decía el jueves a un periodista americano.
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