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Terrorismo Los 37 cambios en
cinco años que realizó Saiz, desde subsecretarías
hasta jefaturas de área, provocaron un terremoto en los servicios
secretos con el que ahora tendrá que apechugar su sucesor. Saiz
fue capaz de fulminar una de las columnas vertebrales del espionaje,
la división de lucha antiterrorista, para aplacar los problemas
personales entre los jefes de inteligencia y el de operaciones
del CNI, según reconocen fuentes conocedoras del caso. ___________________ Las gestiones del general fueron el primer aviso de que la renovación del jefe del servicio secreto no sería una decisión pacífica. Cassinello no era el único que estaba dispuesto a hacer todo lo que estuviera en su mano para provocar el cese del director. Durante los cinco años, dos meses y 13 días que Saiz ha dirigido el espionaje español 37 de sus directivos han sido relevados. Y no todos lo han aceptado de buen grado. Cuando desembarcó en el servicio secreto, en abril de 2004, éste se encontraba todavía bajo estado de shock. No sólo porque no había sabido anticiparse al 11-M, sino porque el Gobierno de Aznar le dejó en evidencia al desclasificar uno de sus informes para justificar su propio empeño en atribuir la autoría a ETA. También estaba todavía reciente la muerte de siete de sus agentes en Irak, fruto en parte de un cúmulo de imprudencias que nunca se llegaron a depurar. Saiz, ingeniero agrónomo sin experiencia alguna en el mundo del espionaje, se encontró al llegar con la rivalidad sorda que mantenían los dos principales directivos del centro: M. S., el director de Inteligencia, y María Dolores Vilanova, la secretaria general. En teoría, era esta última, con rango de subsecretaria, la número dos del servicio. En realidad, la secretaria general sólo controla el personal y el presupuesto; mientras que la tarea de inteligencia, razón de ser del CNI, dependía de M. S. A los seis meses, Saiz destituyó a Maria Dolores Vilanova y a su inmediato subordinado, el director de recursos, por lo que M. S. aparecía como el vencedor y auténtico hombre fuerte del CNI. Sin embargo, en diciembre de 2006, también éste fue relevado. Uno de los reproches más frecuentes que se hacía al director en La Casa (como llamaban tradicionalmente a La Empresa sus miembros) es que apenas se relacionaba con el personal, más allá de su círculo de confianza. Y ese círculo era muy estrecho: sólo se trajo consigo a M. P., su jefa de Gabinete. Entre los agentes con los que despachaba directamente estaba F. M., coronel y entonces responsable de la Oficina Nacional de Seguridad, que gestiona la documentación de la OTAN. En mayo de 2006, Saiz tomó una decisión que serviría de caldo de cultivo de la crisis: modificó la estructura del servicio secreto para constituir una nueva dirección general responsable de las operaciones -es decir, "de los que saltan las tapias", en palabras de un agente- y la puso al mismo nivel que la de inteligencia. Se creaba, en la práctica, un mando bicéfalo en el CNI. El propósito, según explicaron entonces fuentes próximas a Saiz, era "trasladar a España el modelo de los servicios de inteligencia más avanzados, donde quien propone la operación (el jefe de inteligencia) y quien la ejecuta (el de operaciones) están separados y tienen igual nivel". Se trataba de evitar que la misma persona tuviera en sus manos "decidir, planificar, dirigir y evaluar" las operaciones. En caso de discrepancia, la junta donde se sienta la cúpula del centro -y en último extremo el propio Saiz- resolvería. No todos son de la misma opinión. "El oficial de caso", explica un agente veterano y crítico con Saiz, "es el que pide apoyo a la dirección de operaciones, que no en vano se llama oficialmente de Apoyo a la Inteligencia. Ése es el funcionamiento normal. Lo anómalo es que, como ha sucedido, el director de operaciones retenga la información que obtiene, en vez de dársela al oficial de caso, o la explote por su cuenta, tal vez", agrega con malevolencia, "para obtener rentabilidad política". Si la información es poder, en un servicio secreto es el único que importa. Desde que se creó la bicefalia, la dirección de inteligencia ha tenido cuatro jefes -M. S., F. C., A. C. y R. G.-, por sólo uno de operaciones. Saiz siempre ha respaldado a F. M. y eso ha abonado la idea de que es él quien manda. Para quienes más reprueban al director, F. M. es la verdadera bestia negra. El enfrentamiento más duro se produjo con Cassinello. Saiz lo hizo venir desde Londres para destituirlo cuatro meses después, en vísperas de la detención en Francia de Txeroki, el jefe militar de ETA. "Ese fue su mayor error", afirman fuentes gubernamentales, "si se equivocó al nombrarlo, tenía que aguantarse y mantenerlo". La profundidad de la crisis afloró meses después. Tras confirmarse la continuidad de Saiz, dimitieron dos subordinados de Cassinello: los jefes de la división de contraterrorismo y del departamento de terrorismo nacional. El responsable del área de ETA ha pedido cambio de destino, aunque sigue de momento. "Lo paradójico es que nunca el CNI ha sido tan eficaz", alegan fuentes gubernamentales. "Su información ha sido decisiva en tres de las últimas grandes operaciones contra ETA". Los críticos de Saiz sostienen que "eso se debe a la profesionalidad y sacrificio de la gente. No ha sido gracias a él, sino a pesar de él". Dar salida a los relevados tampoco ha sido tarea fácil. Cassinello sigue en Madrid, M. S. fue destinado a Londres, F. C. a Washington y Esperanza Casteleiro, la segunda de las tres secretarias generales que ha tenido Saiz, a La Habana. Su llegada a Cuba complicó la crisis abierta por la detención del empresario Conrado Hernández, detonante de la caída en desgracia de Lage y Pérez Roque. Los servicios secretos cubanos no entendían que el CNI les enviara a su ex número dos sin una intención oculta y no la dejaron prácticamente salir del hotel. En realidad, Saiz sólo había querido acceder a su petición. La espuma de este mar de fondo es la cascada de denuncias sobre abuso del cargo y financiación de actividades privadas con fondos públicos que el 14 de abril, a 72 horas de que el Gobierno tuviera que decidir sobre su continuidad en el cargo, empezó a publicar El Mundo. El intento de forzar la mano del Gobierno era tan evidente que tuvo un efecto bumerán. La ministra de Defensa, Carme Chacón, planeaba relevarlo, pero no contaba aún con un candidato de consenso. Como la ley no dice expresamente que el cese sea automático al cumplirse los cinco años en el cargo, su idea era mantenerlo hasta que se nombrase a su sustituto. Sin embargo, en la noche del 16 de abril la vicepresidenta María Teresa Fernández de la Vega -que se había convertido en su principal valedora en el Gobierno tras la salida de Bono- convenció a Zapatero de que, ante los ataques de la prensa, no podía dejar al director del CNI en una situación de indefinición legal y, por tanto, debilidad. La decisión se tomó tan in extremis que el decreto por el que se le nombraba para un nuevo mandato de cinco años no estuvo listo hasta el 24 de abril, cuatro días después de acabar el plazo. El 25 de mayo, a la semana siguiente de comparecer ante la Comisión de Defensa del Congreso para defenderse de las acusaciones periodísticas de que había pagado con fondos del servicio secreto sus actividades deportivas (caza y pesca en países como México o Senegal) y las obras de su vivienda particular, Saiz mantuvo un largo almuerzo a solas con el director de dicho diario en un conocido restaurante de Madrid. "Negó los hechos, me dijo que tenía facturas y no me pidió nada", escribió Pedro J. Ramírez. Tampoco consta que este último le pidiera nada al responsable el CNI, pero al domingo siguiente, en Santander, donde se celebraba el Día de las Fuerzas Armadas, Saiz parecía relajado. "No va a por mí. El objetivo no soy yo. [Pedro J. Ramírez] busca algo más importante", confesaba Saiz. También los agentes del centro creyeron que había un pacto. El 16 de junio, sin embargo, el citado diario reinició una serie de denuncias sobre supuestas corruptelas de Saiz que ya no cesarían prácticamente hasta que éste presentó su dimisión, el pasado martes. Previamente, Rodríguez Zapatero, Carme Chacón y hasta la vicepresidenta Fernández de la Vega habían evitado darle su apoyo en público. El general Cassinello no fue el único que trasladó al Gobierno el malestar de muchos agentes con Saiz. La propia secretaria general del CNI, Elena Sánchez, informó de la situación a la ministra de Defensa. Con estos antecedentes, Chacón anunció el 24 de junio en el Congreso la apertura de una "información completa, de forma reservada, sobre todas las circunstancias y hechos relativos a las acusaciones" contra Saiz ¿Qué hay de cierto en ellas? Fuentes gubernamentales sostienen que no hay pruebas de que haya cometido ningún hecho delictivo, aunque admiten que ha podido incurrir en "malas prácticas". Por ejemplo, permitir que el centro le adelantara el pago de la declaración de la renta o que contratase a tres sobrinos suyos. "En esa casa hay mucha gente dispuesta a hacerle la vida más fácil al director y, si no tienes mucho cuidado, puedes caer en la trampa", advierten las mismas fuentes. Saiz no es el primer responsable del CNI que realiza obras en su domicilio particular -con el argumento de instalar sistemas de seguridad- y la contratación de parientes es una práctica tan arraigada que casi la mitad de la plantilla entró con el aval de un familiar. El general Cassinello, por ejemplo, tiene dos nietas en el centro, además de un hijo. Pero los agentes críticos con Saiz sostienen que éste ha llevado al extremo los abusos que pudieran cometer sus antecesores. Muy pocos agentes han podido comprobar, de primera mano, las irregularidades de las que se acusa a su ya ex director. Pero muchos las creen a pies juntillas. ¿Cuántos? Cuando Saiz presentó una lista con los nombres de 60 agentes sospechosos de deslealtad y pidió carta blanca para depurarlos, Zapatero y Chacón pensaron que eran demasiados. Y que el problema podían no ser ellos, sino él.
También tuvieron discrepancias en la crisis del Playa de Bakio, el pesquero secuestrado por piratas en aguas de Somalia en abril de 2008. El Gobierno decidió despachar a la fragata Méndez Núñez, que estaba realizando maniobras en la zona, y Saiz envió un equipo de siete agentes. Quería que la fragata prolongara su escala en Yibuti, para que embarcaran los agentes, pero Sanz alegó que era imposible demorar más su travesía. Como consecuencia, los agentes debieron volar a Kenia y llegar en helicóptero hasta el buque, que estaba en alta mar. Ahora, Sanz se encuentra en el papel contrario y quizá en algún momento tenga que disputar con su sucesor al frente del Estado Mayor de la Defensa. De momento, parte con una ventaja, el anuncio de su nombramiento ha rebajado la tensión en el CNI. ?Nunca hemos sido desleales, pero nuestra lealtad es con la institución?, aseguran quienes más se han alegrado de la marcha de su antecesor. _______________ El primero de ellos y el más importante es el que prueba la falta de control y autoridad de Saiz, como se apreciaba en las disputas internas entre los distintos mandos y por las continuas filtraciones de informaciones sobre lo que pasaba en el CNI. Filtraciones que constituyen un delito y un chantaje para forzar, como se ha conseguido, el cese del primer responsable de los servicios de inteligencia. Esos agentes o directivos desleales del CNI deben ser localizados y, como poco, sancionados o expulsados. En un segundo lugar tenemos que señalar una batalla política en el seno del Gobierno a favor y en contra de Saiz que ha perdido la vicepresidenta María Teresa Fernández de la Vega, la que apoyó hace pocos meses la renovación del cargo, mientras la ministra de Defensa, Carme Chacón, se oponía a ello. Al final fue Zapatero quien decidió mantener a Saiz, y quien ahora decidió cesarle en ausencia de la ministra Chacón que está de viaje en Estados Unidos, y a la que el relevo parece haberle pillado por sorpresa. Lo normal hubiera sido que ella anunciara el cambio a su regreso a Madrid. Todo esto confirma, por otra parte, el declive de la vicepresidenta De la Vega, que ya estuvo a punto de salir del Gobierno en la última crisis de primavera. El tercer dato a subrayar reside en los problemas que Saiz deja tras de sí en el CNI entre las distintas secciones y responsables del centro, además de los problemas creados en Cuba y Marruecos, y todo ello en un momento clave en la lucha contra ETA y cuando no hace mucho fue relevado del puesto el que era responsable de la lucha antiterrorista. Por último está el regreso de un militar, el general Sanz Roldán, al frente del CNI después de dos experiencias más o menos fallidas con los casos de Dezcallar -fracasado y confundido en los atentados del 11-M-, y de Saiz, incapaz de haber previsto el atentado de ETA en Barajas a finales del 2006, y ahora enredado en numerosas polémicas y traicionado por sus espías. En todo caso, este cese constituye un fracaso del Gobierno de Zapatero que se suma al aún no lejano cese del ex ministro de Justicia Mariano Bermejo. Y vamos a ver qué pasa con el vicepresidente Manuel Chaves, que está bajo la atenta mirada de los medios y del primer partido de la oposición. ________________ El que fuera nombrado jefe de Estado Mayor de la Defensa por José Bono, el mismo que puso a Saiz al frente del espionaje, ocupaba desde el relevo de la cúpula militar el verano pasado un despacho cerca del presidente del Gobierno. Zapatero le había nombrado Alto Representante en materia de Defensa para la Presidencia Española de la Unión Europea con rango de secretario de Estado. La apuesta de Zapatero por el militar de su confianza trata de normalizar la situación del Centro Nacional de Inteligencia tras unos meses convulsos, llenos de movimientos entre los altos cargos de la institución que degeneraron en enfrentamientos internos. Éstos comenzaron a ser más preocupantes en el momento en que el ya ex director del espionaje destituía al director general de Inteligencia del Centro, el tercero en cinco años. A partir de ahí, las disensiones internas se agravaron y comenzó una presión a la que se unieron después las acusaciones anónimas vertidas desde un medio de comunicación que aseguraban que Alberto Saiz había empleado dinero público para cuestiones privadas, aunque en el Congreso justificó con facturas que se hizo cargo de los gastos. Junto a esto, la polémica con Cuba por la expulsión de un grupo de agentes tampoco ayudó a estabilizar la situación. Respaldo dudoso Tras comparecer en dos ocasiones en el Congreso de los Diputados, una en la Comisión de Defensa y otra en la de Secretos Oficiales, en la que dejó las facturas de los gastos «sospechosos», el ex jefe de los espías vio cómo Zapatero le prestaba un respaldo más que dudoso y Chacón abría una investigación para determinar qué estaba pasando en el Centro. La ministra, que no era partidaria de su renovación como director del CNI, sino que apostaba por una mujer con un perfil más internacional, buscaba cerrar una crisis que amenazaba con saltar los muros de la casa de los espías. El sustituto elegido por Zapatero tampoco casa con el perfil que buscaba Chacón, pero devuelve el Centro a manos militares, algo que no ocurría desde tiempos del Cesid. En un comunicado, Saiz aseguraba ayer que dimitía porque este gesto «ayudará a evitar un posible deterioro del funcionamiento del CNI», y porque permanecer «podría acabar también perjudicando la imagen del Gobierno de España, al que ha servido lealmente». Lo cierto es que, más allá de los problemas en las alturas del Centro, su buen funcionamiento en estos años ha sido crucial en la lucha contra ETA y la captura de algunos de sus dirigentes, además del trabajo desarrollado en las misiones en el exterior.
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