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CRÓNICA
DE UNA PROTESTA ANUNCIADA
Por Alexis Romay
Nueva Jersey
E.U.
Colaboración
La Nueva Cuba
Marzo 31, 2005
En un día
marcado por las bajas temperaturas y las protestas multitudinarias
contra la guerra en Irak, una manifestación más modesta
tuvo lugar en la ciudad de Nueva York. Desde el mediodía
y hasta las cuatro de la tarde del 18 de marzo, varias docenas de
manifestantes se dieron cita en Manhattan, en la esquina de la calle
38 y la Avenida Lexington, frente a la Misión de Cuba ante
la ONU, para protestar contra la ola represiva desatada por el gobierno
de la isla, hace tres años, en la que más de 70 opositores
pacíficos fueron arrestados y condenados, en juicios-relámpago,
carentes de garantías procesales, a penas de entre seis y
28 años de prisión.
Ex prisioneros
políticos del régimen de Fidel Castro junto a activistas
de derechos humanos de todas las tendencias ideológicas se
congregaron para unirse en un reclamo común: demandar la
libertad incondicional de todos los prisioneros políticos
cubanos, cifra que en este momento asciende a más de trescientas
personas.
La protesta,
como era de esperar, puso una vez más de manifiesto las diferencias
irreconciliables entre quienes adoran al régimen de Fidel
Castro y quienes lo detestan. El panorama a ambos lados de la Avenida
Lexington era todo un estudio en contrastes: en la acera oeste,
los manifestantes ondeaban banderas cubanas -y alguna que otra bandera
venezolana, con el caballo galopando hacia la derecha-, a la par
que coreaban consignas en contra de la política represiva
del gobierno de la isla y mostraban carteles con los rostros de
los prisioneros políticos cubanos.
En medio de
esta efervescencia, en la acera este, la Misión de Cuba ante
la ONU, un aburrido edificio de ladrillos marrones, permaneció
casi a cal y canto durante toda la protesta, con la excepción
de sus ventanas del segundo piso, desde las que unos ruidosos altoparlantes
trataban de apagar las voces de los congregados, al reproducir,
a todo volumen, canciones de músicos y orquestas que respaldan
al gobierno de la isla.
Es necesario
que esta imagen de la "diplomacia cubana" se conozca:
seres que cuando no tienen la oportunidad de pegarles a los manifestantes,
intentan ahogar su reclamo valiéndose de la guitarra desafinada
de Silvio Rodríguez o de las canciones más folclóricas
de los Van Van.
Mientras se
gasta el lujo de exhibir una inmadurez rayana en lo cómico,
no sorprende, por predecible, la actitud de los denominados "diplomáticos
cubanos": recuerda al chiquillo impertinente que se tapa los
oídos y empieza a dar gritos con tal de no escuchar que no
tiene la razón.
Si en el reciente
Clásico de Béisbol, la novena cubana -por orientaciones
"de arriba"- amenazó con abandonar el torneo producto
de la combinación de dos palabras (abajo, Fidel) en un cartel
a ojos vista, en esta protesta neoyorquina, los representantes de
la dictadura ante la ONU dieron testimonio de la obcecada voluntad
de su gobierno de no escuchar criterios adversos. La conexión
entre ambas respuestas es sencilla: tanto el equipo nacional de
pelota en Puerto Rico como los diplomáticos en Nueva York
siguieron al pie de la letra el modus operandi del régimen,
cuya divisa es: "my way or the highway" -en inglés-,
"a Pepe Cojones"-en cubano-.
Por estas tierras,
todavía los admiradores del Comandante recuerdan un detalle
significativo de su temprana estadía en Nueva York, a principios
de la década del sesenta: Fidel Castro viajó a La
Gran Manzana con sus gallinas. Esto es literal. Cuentan que el objetivo
de este aviario era servir de alimento al pichón de dictador,
que temía ser envenenado.
Desde entonces
ha llovido mucho, pero el tipo no ha perdido la costumbre. Siempre
ha sido así: un viajero precavido. Se lleva sus gallinas
al Bronx. Se lleva su censura a Puerto Rico. Se lleva sus bocinas
a Manhattan.
Alexis Romay obtuvo
una licenciatura en Educación Artística (La Habana), una maestría
en Lengua y Literatura Hispanoamericana (Nueva York) y, gracias a
esto, en la actualidad es capaz de diferenciar entre una sinécdoque
y la Venus de Willendorf. Ha traducido ?al español? una docena de
libros para niños, así como la novela Flight to Freedom (Scholastic,
2004), de Ana Veciana Suárez y ?al inglés? la novela Al norte del
infierno, de Miguel Correa Mujica. Sus artículos despistan, agradan
y/o ofenden a los lectores de las revistas y diarios digitales Encuentro
en la red; Cuba Nuestra; La Nueva Cuba; Letralia, Tierra de Letras;
La Otra Ventana, et al. En la primavera de 1999, fue escritor residente
en Hawthornden Castle, International Retreat for Writers. Su poesía
ha sido publicada en Colombia, Cuba, España y Estados Unidos, en diferentes
antologías y revistas. Reside en las cercanías de Nueva York con su
esposa, su perra y varios libros.
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