|
El PACTO ENTRE REFORMISTAS
Y DEMOCRATAS:
LA CLAVE
PARA UNA TRANSICION PACIFICA EN CUBA
TRAS LA MUERTE DE FIDEL CASTRO
Por Carlos Alberto Montaner *
Conferencia
Key Challenges of a Cuban Transition Government
Commission for Assistance to a Free Cuba (CAFC)
Army-Navy Club, Febrero 13, 2006
Washington, D.C.
Firmas
España
La
Nueva Cuba
Febrero 17, 2006
A principios
del año 2006 resulta evidente que el gobierno cubano ha conseguido
superar los aspectos más dramáticos de la inmensa
crisis económica y política que supuso la cancelación
del subsidio soviético y el desprestigio del marxismo como
referencia ideológica tras el fin de la URSS.
No obstante,
la forma en que se ha llevado a cabo ese proceso de dudosa recuperación
ha tenido un alto costo para Fidel Castro ante el pueblo cubano
y ante la propia clase dirigente, comprometiendo a corto plazo el
futuro del sistema tras la previsible muerte de Castro.
Si bien el régimen
hoy no está en peligro de desaparición, ello sucede
por la ilimitada autoridad que Castro ejerce y por el temor que
infunde entre partidarios y adversarios. Sin embargo, todos los
síntomas apuntan a que existe una aguda desmoralización
en la estructura de poder y una mezcla de rechazo e indiferencia
entre la población, especialmente en los más jóvenes,
a lo que se suma la presión a veces heroica de los sectores
de la oposición democrática dentro y fuera del país,
así como las constantes denuncias de prestigiosos organismos
internacionales como el Parlamento Europeo o la Comisión
Interamericana de Derechos Humanos.
Están,
pues, dados los principales elementos psicológicos y políticos
para que se produzcan cambios muy significativos tras la desaparición
del Comandante, siempre que esa transformación del sistema
sea vista como una oportunidad de escaso riesgo y franco progreso
personal para la gran mayoría de la población, incluidos
quienes hoy detentan el poder.
Un poco de historia
A partir de
1992, la ya pobre capacidad de consumo de la sociedad cubana -que
había suspendido sus pagos internacionales desde 1987-, se
redujo súbitamente entre un treinta y un cincuenta por ciento
adicional al eliminarse la masiva ayuda soviética, mientras
el marxismo perdió prácticamente toda legitimidad
moral como consecuencia del derrumbe del campo comunista en Europa
y la pública exhibición de los crímenes, falsedades
y distorsiones del llamado socialismo real.
Ante ese cuadro
inesperado, la clase dirigente cubana, secretamente y de forma extraoficial,
se dividió en tres partes desiguales y de perfiles muy imprecisos:
reformistas, inmovilistas, y quienes, acostumbrados a obedecer dócilmente,
se limitaban a esperar las directrices de Fidel Castro sin manifestar
ningún tipo de opinión.
Los reformistas
(tal vez la mayoría) pensaban que la revolución debía
adaptarse a la nueva realidad planetaria y admitir una modificación
gradual hacia el mercado y el pluralismo. Muchos de ellos -no todos-
soñaban con un Fidel Castro reciclado, que dirigía
ese cambio trascendental para que el poder no se les escapara de
las manos.
¿Quiénes
eran esos reformistas? Los había en todos los estamentos
aunque no tenían organización ni compartían
un diagnóstico único. Abrigaron ciertas ilusiones
de cambio durante los congresos IV (1991) y V (1997) del Partido
Comunista -los últimos celebrados en el país-, pero
ni siquiera pudieron hacer oír sus voces. Fueron aplastados.
Eran prestigiosos académicos como Manuel Moreno Fraginals;
escritores como Jesús Díaz; diplomáticos y
analistas como Alcibiades Hidalgo, Juan Antonio Blanco y Hernán
Yanes; jóvenes profesores universitarios como Rafael Rojas
o Emilio Ichikawa. También había entre ellos líderes
sindicales, funcionarios del Partido Comunista, militares, miembros
del MININT, parlamentarios, músicos y artistas. Unos marcharon
al exilio, otros pasaron frontalmente a la disidencia, como Raúl
Rivero, y algunos permanecieron en el gobierno o en sus aledaños
sin atreverse a protestar. En general, se trataba de la capa más
ilustrada de la clase dirigente, aunque eso no siempre quería
decir que integraran la cúpula. Simplemente, participaban
del poder y, en algunos casos, tenían ciertos privilegios.
Los inmovilistas,
por su parte, custodios de las esencias totalitarias del régimen,
opinaban que la revolución debía resistir a pie firme
sin alejarse sustancialmente del modelo colectivista de partido
único creado en 1959. ¿Quiénes eran? Grosso
modo, algunos viejos miembros del Partido Comunista o personas con
fama de muy dogmáticas, como era el caso del médico
José Machado Ventura, el periodista Lázaro Barredo
y otros funcionarios también afines al aparato de Seguridad,
convencidos de que cualquier apertura significaría el principio
del fin del sistema.
El tercer grupo,
los que carecían de criterio, abdicaban dócilmente
de su capacidad de pensar y le asignaban al Comandante la responsabilidad
de decidir el curso de acción que le pareciera más
conveniente para todos. Era la manera más económica
de no tener problemas.
Desgraciadamente,
Fidel Castro estaba entre los inmovilistas y así lo hizo
saber con toda claridad desde el principio de la crisis: primero
la Isla se hundirá en el mar antes que renunciar a los principios
del marxismo-leninismo, gritó fieramente desde la tribuna
en varias oportunidades, sofocando con sus palabras el mensaje de
los reformistas, quienes, como José Luís Rodríguez,
Raúl Roa Khourí o Abel Prieto, incluso Eusebio Leal,
Alfredo Guevara y Ricardo Alarcón, desde entonces optaron
por callarse, obedecer, aplaudir, y esperar mejores tiempos, si
alguna vez llegaban, para airear sus ideas y convicciones más
ocultas.
La estrategia
del inmovilismo
Pero, además
de cavar trincheras, Castro se dio a la tarea de cortejar a sus
viejos aliados antiimperialistas latinoamericanos, y,
junto a su amigo brasilero Lula da Silva, estimuló la presencia
internacional de una organización llamada Foro de Sao Paulo
en la que se daban cita todos los grupos enemigos de la democracia,
de Occidente y de la economía de mercado: desde las guerrillas
narcoterroristas de las FARC, hasta los sandinistas nicaragüenses,
pasando por los tupamaros uruguayos o el FMLN salvadoreño.
El propósito
de Castro al respaldar este empeño era bastante obvio: fortalecer
un mecanismo internacional capaz de amparar a su gobierno y de compensar
en el terreno político la orfandad en que lo había
dejado la desaparición de la URSS. Castro, como muchos de
sus partidarios, pensaba que la revolución sólo podía
subsistir en medio de un conjunto de países y vociferantes
organismos aliados, dispuesto a proteger a la Isla ante la eventualidad
de un ataque norteamericano.
En el campo
económico, Castro adoptó otra decisión: aceptar
la menor cantidad de reformas que le garantizaran la supervivencia
del sistema, siempre tomando precauciones para que esas reformas
fueran controladas por la inteligencia militar mientras estuvieran
vigentes, y pudieran revertirse cuando las circunstancias cambiaran.
A esta etapa excepcional le llamó periodo especial.
Para lograr
estos objetivos, por ejemplo, situó a militares o ex militares
en las empresas mixtas creadas con capitalistas extranjeros, y limitó
los contratos a periodos cortos. Si aceptaba socios extranjeros
era porque necesitaba capital y know-how, y no porque estuviera
dispuesto a desmantelar el sistema comunista. Varias veces recalcó
públicamente que el capitalismo le producía una profunda
repugnancia.
Como parte de
ese periodo especial, aceptó la dolarización, autorizó
algunas actividades privadas poco importantes, abrió las
puertas al turismo, trató de revitalizar la industria azucarera
y potenció el desarrollo de la biotecnología. De acuerdo
con sus propias predicciones, en cinco años esas medidas
le darían una vuelta total a la economía, incluido
el suministro de alimentos. Él mismo se hizo colocar al frente
de un plan alimentario que supuestamente terminaría para
siempre la escasez crónica de comida que padecen los cubanos.
Fracaso parcial
Los resultados
no fueron como Castro había previsto. La dolarización
alivió la crisis, pero simultáneamente permitió
que cientos de miles de cubanos pudieran escapar al control económico
del Estado mediante las remesas de sus familiares o por los pequeños
negocios privados que realizaban. La industria azucarera colapsó,
al extremo de que fueron desmantelados decenas de ingenios y la
producción se vio reducida a los pobres niveles de hace un
siglo. La biotecnología nunca se convirtió en un rubro
verdaderamente importante de la economía nacional. Los alimentos
siguieron siendo muy escasos y muy caros para el poder adquisitivo
de la población. Sólo el turismo mostraba unos patentes
logros al elevar el número de visitantes de unas pocas decenas
de millares en 1990 a dos millones en 2005.
Sin embargo,
esa estrategia comenzó a dar ciertos frutos a fines de los
noventa. En esa época, se estabilizó la economía,
aunque todavía los niveles de producción y consumo
eran considerablemente menores que en 1989, cuando el Muro de Berlín
fue derribado. En quince años Castro no había cumplido
su promesa de recuperación económica, pero la sociedad
había reducido sus expectativas y se había resignado
a vivir peor. No obstante, el precio pagado por ese fracaso consistió
en una disminución general del entusiasmo con la revolución
y con su líder, al que percibían como un hombre terco
e inflexible, indiferente a la realidad, al que culpaban directamente
del desastre.
La interpretación
de Castro, claro, era otra. Según el Comandante, la experiencia
de esta etapa de leves reformas había producido un grave
daño moral en la población y en la dirigencia. De
acuerdo a su visión inflexiblemente colectivista, los cubanos,
sobre todo los jóvenes, se habían tornado individualistas
y alejado de la revolución, y no mostraban otro horizonte
que el deseo de consumo de bienes materiales procedentes del decadente
mundo occidental. La clase dirigente, por su parte, a juzgar por
el implacable juicio del Comandante, se había vuelto corrupta
y hedonista, más interesada en vivir mejor que en mantener
encendido el fuego revolucionario.
Aparece Hugo
Chávez
Es en este contexto
en el que, con el respaldo de Castro y la ceguera del pueblo venezolano,
en 1998 es elegido Hugo Chávez en Venezuela y surge en la
región el primer aliado del gobierno cubano desde la desaparición
del sandinismo en 1990. A partir de ese momento, el monto de la
ayuda a la isla vecina fue en aumento en la medida en que Chávez
pudo ir desmantelando las limitaciones legales que heredaba de la
república burguesa. Cuba, dijo el teniente coronel,
estaba ubicada en un mar de la felicidad hacia el que
navegaban los venezolanos.
Los vínculos
personales que establecen ambos mandatarios se potencian exponencialmente
tras el fallido y fugaz golpe de abril de 2002. Tras ese dramático
momento, en el que el gobierno cubano juega un papel muy destacado
para que Chávez recupere el poder, el teniente coronel venezolano
coloca la seguridad de su régimen y la dirección estratégica
del bolivarismo en las experimentadas manos de la DGI cubana y de
Fidel Castro.
Es entonces
cuando se multiplica el subsidio a Cuba, con una cantidad de petróleo
cercana a los cien mil barriles diarios, de los cuales la Isla vende
una parte en el mercado internacional, disponiendo de unos ingresos
sustanciales difíciles de cuantificar, pero suficientes para
poder despreciar públicamente la ayuda europea y cancelar
algunas de las tímidas reformas emprendidas en los años
noventa. Se vuelve a ilegalizar la tenencia de dólares (que
deberán ser cambiados por pesos convertibles popularmente
llamados chavitos), se despide del país a muchos empresarios
extranjeros pequeños y medianos, y se presiona a los trabajadores
por cuenta propia para que abandonen sus actividades. En definitiva,
Castro, eufórico, como en tiempos de la URSS, ya tiene un
aliado dispuesto a costear su improductivo colectivismo.
Pero es en el
terreno político e ideológico donde la alianza Castro-Chávez
produce sus resultados más sustanciales y preocupantes. En
la medida en que estos dos personajes, ambos teñidos y hermanados
por el mesianismo y el narcisismo, fortalecen sus lazos personales
y políticos, van generando una cierta visión ideológica
que acaba por convertirse en una doctrina de lucha.
Esta simbiosis,
finalmente, deviene en una explicación histórica que
se transforma en profecía, tal como suele ocurrir dentro
de la tradición marxista. La tesis fue desplegada por el
canciller cubano Felipe Pérez Roque en un discurso pronunciado
en Caracas en diciembre de 2005. En ese revelador texto Pérez
Roque anuncia que:
El mundo se
ha recuperado del hundimiento del comunismo soviético ocurrido
a partir de la perestroika. Vuelve, pues, a ser razonable la aspiración
a construir un modelo socialista planetario.
Como consecuencia del desastre y la traición del comunismo
europeo, el corazón, el cerebro y el músculo para
llevar a cabo esa tarea y enterrar al imperialismo yanqui se trasladan
a América Latina.
Dentro de América Latina, el eje Cuba-Venezuela tiene la
responsabilidad de llevar adelante esa enorme aventura.
Eso quiere decir que Castro-Chávez forman la pareja encargada
de liderar la revolución planetaria, aunque, por su edad,
la hazaña final le corresponderá al venezolano. Castro
se ve a si mismo como el fundador de un radiante mundo futuro -a
la altura de Lenin y Mao- y unge como su sucesor al locuaz mecenas
venezolano dispuesto a financiar la gloriosa utopía.
Inmediatamente después de ese discurso, el vicepresidente
segundo de Cuba, Carlos Lage -cuya importancia disminuye en la medida
en que ha perdido el favor de Fidel Castro en beneficio de Pérez
Roque-, agregó otro dato clave: Cuba -dijo- tiene dos
presidentes: Fidel Castro y Hugo Chávez. La declaración
era algo más que una metáfora: se trataba del anuncio
de la futura creación de una verdadera federación
que se va gestando a la sombra en las interminables conversaciones
de Castro y Chávez, dos iluminados decididos a cambiar la
historia del mundo.
El castro-chavismo
contra la sucesión post-castrista
Para los reformistas,
agazapados y en silencio en el gobierno desde la segunda mitad de
los años ochenta -la época en que Carlos Aldana, Ricardo
Alarcón y el entorno militar de Raúl Castro soñaban
con una administración más racional y eficiente, menos
dogmática y menos pugnaz-, este nuevo giro de la revolución
era una pésima noticia. Fidel Castro ni siquiera después
de muerto les permitiría gobernar al país con una
dosis mínima de sentido común, dado que les dejaba
como herencia a un nuevo líder, en este caso extranjero,
tal vez porque no había encontrado en Cuba a nadie con suficiente
estatura como para sustituirlo.
Pero, además
del líder extranjero -una persona a la que no respetaban
en lo absoluto, porque les parecía un payaso parlanchín-,
Castro les legaba algo más oneroso aún: la tarea de
seguir combatiendo incesantemente contra el imperialismo yanqui
y el capitalismo hasta el fin de los tiempos, a lo que añadía
el compromiso sagrado de empeñar todas las energías
nacionales, primero en la conquista de América Latina, pero
sólo como un primer peldaño en el camino de la victoria
planetaria.
Fidel Castro
no reparaba en que solicitaba ese absurdo sacrificio a una sociedad
fatigada por medio de siglo de aventurerismo internacionalista y
fracasos económicos domésticos, que había perdido
décadas y miles de víctimas peleando en guerras ajenas,
mientras el país se empobrecía gradualmente en medio
de la sordidez y la represión. Como el emperador chino Quin,
Castro enterraba sus guerreros de terracota para continuar batallando
más allá de la muerte.
La transición
posible
Sin embargo,
es muy difícil ganar batallas después de muerto. Son
muchos y de diversas procedencias los ejemplos de dictadores que
intentaron infructuosamente diseñar un futuro post-mortem,
como demuestran, entre otros casos, Stalin, Trujillo, Oliveira Salazar,
Franco y Mao. Tras la desaparición de los caudillos-dictadores,
casi inmediatamente sobreviene el recuento crítico y la reforma
profunda. Esa reforma, cuando el modelo político está
agotado, como se viera en los casos de Portugal y España,
deviene en cambio de régimen.
En Cuba no debe
ser diferente. Muerto Fidel Castro debe producirse la reforma, y
a partir de ese punto -ojalá que ordenada y pacíficamente-,
surgirá el cambio de régimen hacia un sistema de libertades
políticas y económicas. ¿Cómo sucederá
esa transformación? Hay, por lo menos, dos fórmulas
probables: la política, que parte de las propias instituciones
del Estado, como ocurrió en España tras la muerte
de Franco o en casi todo el bloque del Este tras el derrumbe del
comunismo, o la militar, si la clase política cubana no es
capaz de vencer la inercia del totalitarismo.
La clave del
cambio político la tienen los reformistas hasta ahora silenciados
por la autocracia fidelista. Todos esos millares de funcionarios
medios y altos, civiles y militares, incardinados en todas las instituciones
y organismos del Estado, que saben que es una absoluta estupidez
intentar sostener por la fuerza un modelo de convivencia social
secretamente repudiado por el pueblo, que ha fracasado totalmente,
y que mantiene a la población en la miseria y el atraso.
Muerto Fidel Castro, esos reformistas tendrán que dar un
paso al frente en la Asamblea Nacional del Poder Popular, en la
CTC, en el Partido Comunista y en los demás órganos
de poder existentes en el país, demandando un gran debate
nacional abierto y transparente, en el que debe participar la oposición
democrática interna y externa. A partir de ese momento, impulsados
por una primera y enérgica bocanada de libertad, comenzará
la transición.
¿Por
qué los reformistas harían una cosa así? Primero,
porque no ignoran que la dictadura cubana se ha convertido en un
gobierno profundamente impopular que se mantiene en el poder por
medio de la represión y el miedo. A ninguna persona psicológicamente
sana le gusta formar parte de una pandilla de abusadores. Segundo,
porque los reformistas, tras medio siglo de experiencia, ya aprendieron
que el colectivismo autoritario es la receta infalible para vivir
en medio de la miseria, el desabastecimiento y la falta de esperanzas.
Todos los funcionarios cubanos tienen mujeres e hijos, o maridos
y hermanos, o padres y madres que les dicen las verdades. Todos,
en la intimidad del hogar, escuchan una y otra vez que la vida cotidiana
en Cuba es un infierno de violencia y escasez, de carencias e incomodidades
arbitrariamente impuestas por una burocracia minuciosamente incompetente.
Y todos aceptan que la razón final de ese desastre está
en un sistema que no funciona porque es contrario a la naturaleza
humana y no por la torpeza coyuntural de los administradores: no
ha funcionado en ninguna parte.
En todo caso,
si el aparato civil sobre el que se asienta el Estado cubano no
es capaz de iniciar la transición, entonces lo predecible
es que ésta provenga de los cuarteles espoleada por las protestas
generalizadas. Cualquier oficial cubano de las Fuerzas Armadas que
posea un mínimo de capacidad analítica, es capaz de
percibir que, muerto Fidel Castro, y dada la profunda insatisfacción
que anida en la población cubana, los militares que depongan
a un gobierno inmovilista empeñado en mantener el status
quo, van a ser recibido con vítores y aplausos generales,
como ocurrió en Portugal en 1974 durante la llamada Revolución
de los claveles.
¿Por
qué un militar o un grupo de militares con mando harían
algo así? Porque muchos de esos oficiales sienten que no
eligieron la carrera de las armas para proteger a un estado fallido
e injusto. Porque no juraron defender la patria apaleando disidentes,
acosando a indefensas Damas de blanco, y manteniendo
las cárceles repletas de personas inocentes condenadas por
escribir artículos críticos, prestar libros guardados
en bibliotecas independientes o recabar firmas para pedir un referéndum.
Porque cuando se jura la bandera es para servir heroicamente y no
para formar parte de una casta de odiados opresores.
Lo que nadie
en sus cabales debe pensar es que, muerto Fidel Castro, el régimen
se prolongará indefinidamente. Poco después del Comandante,
la dictadura será también sepultada.
La tarea de
los demócratas
Naturalmente,
los demócratas de la oposición interna y externa -dos
caras de la misma moneda- y los aliados internacionales no deben
cruzarse de brazos a la espera de que la dictadura se desplome por
sí sola tras la muerte del Máximo líder,
como pomposamente continúan llamando a Castro.
Es muy importante
que los reformistas civiles y militares que existen dentro de la
estructura de poder en Cuba sepan que la oposición interna
y externa, sin dejar de presionar en todos los campos en los que
le sea dable actuar, está dispuesta a pactar formas de colaboración
que conduzcan a una transición pacífica hacia las
libertades políticas y económicas, sin vencedores
ni vencidos, y en donde quepan todas las posiciones políticas
defendidas razonable y legalmente.
Entre esas fórmulas
cabe el referéndum que legitime una amnistía general
para todos los actos de intencionalidad política.
Cabe el financiamiento de una jubilación honorable y decorosa,
dentro o fuera de Cuba, garantizada por organismos internacionales,
para aquellos funcionarios que así lo deseen, como ha sucedido
en otros países.
Cabe la certeza de que no habrá represalias ni se condenará
a nadie a la indignidad.
Cabe el acuerdo de que las Fuerzas Armadas y las encargadas de guardar
el orden serán transformadas y puestas al servicio de la
democracia, como ocurrió en España o en la mayor parte
de los países del Bloque del Este, pero no serán abolidas.
Cabe el compromiso formal de que nadie perderá el techo bajo
el que vive cuando se restaure la propiedad privada.
Cabe, en suma, la garantía, de que el cambio será
en beneficio del conjunto de la sociedad y no para el disfrute de
unos pocos.
Durante toda
nuestra historia republicana los cubanos no hemos sido capaces de
encontrar salidas pacíficas a las grandes crisis políticas.
Nos ocurrió en 1906, en 1933 y en 1959. Esta es la gran oportunidad
de demostrar que hemos madurado y podemos superar las diferencias
por medio de negociaciones, actuando de manera racional y sensata.
Si lo logramos, el camino de la reconciliación, la paz y
la prosperidad se abrirá de forma permanente.
*
Carlos
Alberto Montaner,
exiliado en España, escritor, periodista, y político
cubano.
|