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LOS DOS FIDEL CASTRO

Por Carlos
Alberto Montaner
Firmas Press
Infosearch:
José F. Sánchez
Analista
Jefe de Buró
E.U.
Dept. de Investigaciones
La Nueva Cuba
Abril 23, 2007
Fidel Castro pronto volverá a ocupar la jefatura del gobierno
cubano. Tal vez reaparezca en medio del desfile habitual del primero
de mayo y lea un texto breve en el que humildemente se excuse de haber
estado fuera de combate durante ocho meses y anuncie su regreso al
reñidero. Desea hacerlo. Dentro de su pugnaz psicología,
no morirse es una manera de derrotar a sus enemigos. Eso es lo que
se comenta en La Habana. Pero todo depende de su apariencia en fecha
tan cercana.
Ese, exactamente, es el problema: su apariencia. El Comandante se
ve físicamente repuesto y en perfecto dominio de sus facultades
mentales, mientras quienes lo rodean tienen una imagen totalmente
diferente. Lo que perciben es a un anciano frágil y demacrado
(aunque algo menos macilento), a veces incoherente, afectado por síntomas
claros de demencia senil (ausencias, repeticiones inmediatas, lenguaje
lento), con frecuencia insoportable, por el que sienten una incómoda
sensación de pena y vergüenza ajena, y a quien saben fundamentalmente
incapacitado para gobernar y tomar decisiones razonables.
Entre las dos
versiones sobre la salud de Fidel, quienes tienen razón son
los consternados miembros de la cúpula dirigente (especialmente
Lázaro Barredo, director de Granma, quien se da cuenta de
la gravedad del asunto), pero la confusión del Máximo
Líder es claramente explicable. En primer término,
los narcisistas, afectados por una autoestima grandiosa, suelen
padecer de lo que los psicólogos llaman en inglés
Body Dysmorphic Disorder (BDD), y que en español podría
traducirse como ''trastorno de la percepción corporal'',
una anomalía que también sufren las personas anoréxicas.
Cuando las anoréxicas
(casi siempre son mujeres) se miran al espejo no ven unas figuras
cadavéricas, sino unas muchachas regordetas a las que les
sobra tejido adiposo. Los narcisistas, que tienen una percepción
sublime de sí mismos, tienden a encontrarse bellos y fuertes,
aun cuando tengan un pie en la sepultura. Por eso hace pocos meses
Fidel Castro dio el espectáculo penoso de aparecer frente
a las cámaras caminando y moviendo los hombros como Frankenstein
cinco minutos después del trasplante de cerebro . El se veía
como un atleta olímpico. El resto de la humanidad contemplaba
a un anciano moribundo y malencarado que se movía como un
robot de cuerda.
Por otra parte,
los falsos halagos de quienes se acercan al lecho de Fidel Castro,
los elogios que le hacen y las mentiras piadosas (o miedosas) que
le cuentan, contribuyen al engaño. Todo el que lo visita
sonríe y lo felicita por la notable mejoría que supuestamente
experimenta, reforzando el diagnóstico equivocado. A veces,
como en el caso de Hugo Chávez, el embuste es televisado
y le dice a su mentor y a todo el mundo que el Comandante es una
especie de superhombre que pasea por las noches de incógnito,
pero, como el venezolano es muy indiscreto, simultáneamente,
no sin antes emitir señales del extraño orgullo que
le causa ser uno de los pocos que conocen los secretos de Castro,
les cuenta a sus íntimos, pesaroso, que ``el Viejo se escapó
de ésta, pero está liquidado''.
Este es uno
de los peores finales posibles para Fidel Castro y su revolución:
el país está en manos de un anciano muy enfermo y
medio decrépito que ni gobierna ni deja gobernar , dedicado
a ocupaciones tan inverosímiles como supervisar el cambio
de bombillas, la venta de ollas arroceras, combatir el etanol imperialista
y salvar a la humanidad de las agresiones ecológicas que
le infligen Estados Unidos y el mundo desarrollado.
Mientras tanto,
el pueblo cubano, acostumbrado melancólicamente a obedecer
y a aplaudir, sin autoridad desde hace cincuenta años, espera
indiferente el final del amo, con la actitud displicente de quien
tiene otras prioridades más urgentes: alimentarse, vestir
a la familia, arreglar las malditas goteras, y ver si aparece algún
modo de escapar del manicomio. A ese cubano de a pie le da lo mismo
si el Fidel verdadero es el que agoniza o el que se recupera. Lo
único que le interesa es resolver. Aliviar su miseria.
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