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ESTALINISMO Y FIGURA
HASTA LA SEPULTURA

Por Carlos
Alberto Montaner
Firmas Press
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José F. Sánchez
Analista
Jefe de Buró
Cuba
Dept. de Investigaciones
La Nueva Cuba
Julio 25, 2007
Nadie debe equivocarse: aún con la voz pastosa y el cerebro
pulverizado por los años y los achaques, Fidel Castro continúa
mandando. Lo obedecen por miedo, por inercia, y porque es lo que la
clase dirigente ha hecho durante medio siglo.
Hace aproximadamente
un año, a punto de morir tras un grave motín intestinal,
Fidel Castro abandonó la gerencia del manicomio cubano, pero
dejó la dirección del país en piloto automático.
Mientras él viva continuará el modelo comunista químicamente
puro en lo político y en lo económico, aunque la sociedad
se deshaga en pedazos en el esfuerzo inútil, mil veces fracasado,
de construir el paraíso soñado por Marx. Mientras
el ´´Máximo Líder´´ respire,
las palabras apertura, pluralismo, tolerancia o iniciativa privada
serán combatidas a sangre y fuego. Estalinismo y figura hasta
la sepultura.
¿Retomará
Castro las funciones previas a sus tres agónicas operaciones
y a la irreverente instalación de un ano artificial? No lo
creo. Mi impresión es que, mentalmente, Fidel ya ha cambiado
de papel. Suele ocurrir cuando uno está al borde de la muerte.
Se jubiló como Comandante en Jefe y ahora se reinventa como
un profeta bíblico que reparte fuetazos y admoniciones desde
el Sinaí habanero. No me lo imagino de nuevo presidiendo
marchas sudorosas o pronunciando discursos de siete horas. Llegó
el momento de pasar de jefe a faro, de hombre de acción a
hombre de pensamiento. Así se autopercibe hoy: es la luz
que ilumina, la conciencia revolucionaria que guía al mundo
desde las páginas de Granma por medio de unas incoherentes
columnas de prensa, pomposamente llamadas Reflexiones, que lo mismo
sirven para combatir la producción de etanol que para denunciar
el costo de los submarinos británicos.
Pero Fidel es
también otra cosa en estos días crepusculares: es
el estratega del socialismo del siglo XXI, esa curiosa manera de
llamarle al cruel disparate colectivista y al nuevo espasmo imperial,
esta vez surgido en América Latina. Por su pabellón
de reposo pasan Chávez, Daniel Ortega y Evo Morales a recibir
lecciones de supervivencia revolucionaria. Es verdad que se encuentran
a un anciano que divaga, golpeado por la anestesia y las isquemias
cerebrales transitorias, un viejo que dice tonterías y hace
interminables historias sobre cuestiones secundarias, pero en la
conversación a veces surge un chispazo oportuno: cómo
aplastar a un enemigo, cómo culpar a Washington, cómo
asustar a los europeos. Ya no es el padre de la patria revolucionaria,
sino el abuelo matrero, siempre animosamente dispuesto a decirles
a los demás lo que deben hacer.
Otro dato a
tener en cuenta: Fidel Castro es la autoridad única que ha
colocado al Estado cubano al servicio de la nueva aventura bolivariana.
Nadie más ha sido consultado. Nadie ha podido evitarlo, aunque
todos, corazón adentro, hubieran deseado detener esa locura.
Es él quien decidió que veinte mil médicos,
dentistas y personal sanitario presten sus servicios en los nuevos
territorios conquistados para la causa. Es él quien ordenó
que el vasto aparato cubano de inteligencia, espionaje y promoción
de imagen, calcado de la extinta URSS, construya la carpintería
totalitaria en Venezuela y Bolivia . Los que lo rodean saben que
dedicarse a clonar el fracasado modelo cubano más que un
crimen es una estupidez, pero todos aplauden y bajan la cabeza.
Nadie debe equivocarse:
aún con la voz pastosa y el cerebro pulverizado por los años
y los achaques, Fidel Castro continúa mandando. Lo obedecen
por miedo, por inercia, y porque es lo que la clase dirigente ha
hecho durante medio siglo. No sabe hacer otra cosa. El caudillismo
es eso. Es entregarle la facultad de razonar y el derecho a decidir
a un jefe supremo e incuestionable. Y ni siquiera es la primera
vez que un caudillo continúa ejerciendo el poder tras haber
perdido todas sus facultades. En 1968 el dictador portugués
Antonio de Oliveira Salazar se cayó de una silla y quedó
prácticamente descerebrado, pero aun moribundo, conectado
a un resucitador y sin conciencia, continuó siendo Primer
Ministro de su país hasta su muerte, dos años más
tarde, sin que nadie se atreviera a modificar el rumbo que había
dispuesto desde 1932. Comenzó mandando sin corazón
y acabó mandando sin cerebro. Me temo que con Fidel se repetirá
la historia.
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