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CASTROFOBIA
Por Guillermo Cabrera Infante
Texto inédito
© Guillermo Cabrera Infante, 2004
Mauricio
Vicent
La Habana
El País
España
Infosearch:
José F. Sánchez
Analista
Jefe de Buró
Cuba
Dept. de Investigaciones
La Nueva Cuba
Marzo 23, 2008
Fidel Castro
es un bastardo. No soy ni ofensivo ni bromista. Cuando nació
Castro, en los años veinte, ser bastardo en Cuba quería
decir ser un paria social de por vida. Sin ninguna esperanza, aquellos
que nacieren naturales eran registrados en el Registro Civil como
SOA, sin otro apellido. Contrario a la usanza española, los
bastardos no tenían derecho a tener dos apellidos.
Ser bastardo
en Cuba era ser descastado. Consideren ahora, por favor, las implicaciones
del caso Castro. Su madre y la madre legítima de sus hermanos
y hermanas compartían la misma casa. La situación
se volvía psicológicamente compleja cuando la madre,
la feroz Lina Ruz, era la criada de la madrastra. La trama era un
drama rural porque vivían en el campo. El sitiero
o el sitio se hizo pedazos cuando Castro, un muchacho llamado Fidel
por un mercante local, creció y se hizo hombre.
Recuerdo una
noche en la oficina del director del periódico Revolución,
que era el vocero de Castro, y éste entró echando
humo (entonces el Máximo Líder fumaba) para gritar
ya desde la puerta: "¡Franqui, quiero que en tu primera
plana llames a ese hermano mío bastardo!". Ramón
Castro, ése era su hermano, había declarado que la
reforma agraria era injusta. (Ramón, que era el hermano mayor,
había heredado la finca de su padre, el jefe del clan Castro).
Sus declaraciones habían sido primera plana del periódico
de la noche cuyo nombre era anatema para Castro. Cuando Castro llamó
bastardo a su hermano, nos miramos asombrados. ¿Quién
se creía que era? ¿El hermano bastardo de su hermano
que no era bastardo? Raúl, hermano menor, no era bastardo.
Pero los hermanos Castro se convirtieron en una dinastía.
Ramón, perdonado por Fidel (familia obliga), corre con una
granja llamada Cuba. La mujer de Raúl es una suerte de cuñada
Macbeth, y Raúl, por su parte, está obligado a ser
Mr. Hyde para el Dr. Jekyll Castro. Pero ahora, viendo a Castro
firmar un documento que prometía la democracia, la libertad
y la defensa de los derechos humanos, yo sabía que su pluma
estaba cargada con tinta invisible. No se le podría llamar,
técnicamente, tinta simpática porque es, siempre ha
sido para él, tinta antipática. Este hombre nunca
ha creído en elecciones ni en libertades que él llama,
al uso comunista, burguesas, ni respeta los derechos humanos porque
cree que sólo debe haber un hombre libre en Cuba: él
mismo.
Castro, el que
se preciaba de cruzar cualquier salón político con
tres zancadas militares, ahora subía las escaleras vacilante
y atravesó toda la conferencia a pasos cortos, sus pasos
largos acortados por la edad y el peso de un terco terno hecho en
Holanda. El traje estaba hecho a su medida, pero las mangas le quedaban
largas. Exactamente como su presencia en Chile. Al final firmó
un documento que hablaba de democracia, libertad y derechos humanos:
todo lo que ha estado ausente de Cuba durante el largo de su demasiado
largo mandato. Las mangas nunca mienten y dan la verdadera medida
de su dueño.
Lo que Castro
nunca ha entendido son los límites del poder. Habrá
podido enviar guerrillas a Venezuela, Colombia y Argentina con idénticos
resultados desastrosos y envió a su supuesto álter
ego, Che Guevara, a la muerte en Bolivia, y ha enviado ejércitos
a Angola, el Congo y, asombroso, Etiopía, porque en definitiva
las decisiones han sido suyas, ya que gobierna solo. No hay nadie
en Cuba capaz de oponerse a sus decisiones personales, y aun los
que lo han hecho de manera renuente han corrido la suerte peor que
la muerte de un juicio abyecto, y en el caso de su general y héroe
de la revolución, Arnaldo Ochoa, los dos destinos. Pero
el poder unipersonal siempre corre el riesgo de terminar cuando
termina la persona que lo detenta. Aunque Raúl Castro
ha sido siempre el Mr. Hyde del Dr. Jekyll de Castro, nunca podrá
gobernar solo en Cuba y siempre será, delfín o infante,
un heredero dudoso. Para terminar con el poder de Castro habrá
que terminar con Castro. No importa si su fin es vertical o será
horizontal, la posición definitiva de Ceausescu. En todo
caso, la nación, la república, la isla tardará
mucho tiempo en recobrarse, en volver a ser ella misma como siempre
lo quisieron Martí y Maceo, los protagonistas del aparente
fracaso de la lucha contra el poder colonial español. Pero
Cuba, la llamada "isla de corcho", flotará, y una
vez más la geografía determinará la historia.
Contrariamente
a lo que se dice y a veces se piensa, las últimas fintas
de Fidel Castro no cambiarán una jota el desesperado presente
cubano ni alterarán el inevitable futuro de la isla. Las
apariciones de Castro son el adiós de un actor que se despide.
Castro es ahora
gallego, cuando su desastrosa aventura de Angola fue afrocubano;
hace poco, para refutar a Colón, reclamó antepasados
indios, y, por supuesto, cuando era íntimo de Olof Palme
se hizo el sueco. Pocos políticos ha habido en el siglo más
oportunistas, y decir que es un camaleón es insultar a los
camaleones por tener los colores fijos. Hay una interpretación
borgiana tal vez menos conocida, pero más justa: Castro
es un hombre de sucesivas y opuestas lealtades.
Con La Habana
en ruinas, con la economía cubana hecha trizas, con la isla
demolida, ¿qué es lo que sostiene a Castro en el poder?
Físicamente, la permanente policía política;
personalmente, el orgullo desmedido, pero también la conducta
de un criminal que sabe que la revelación de la escena del
crimen le será aún más onerosa que la permanencia.
Hitler, con la guerra perdida, lanzó sus últimas campañas
suicidas para evitar que, con su derrota, se revelaran todos los
crímenes del nazismo, como sucedió al terminar el
conflicto. Castro no hace menos, y las revelaciones de lo que
ha ocultado su largo gobierno servirán para hacer conocer
al mundo, con la vergüenza de los que lo han apoyado hasta
el amargo final, el horror de su régimen.
© Guillermo
Cabrera Infante, 2004.
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