La única diferencia que existe entre Fidel y Stalin (porque aquél es su fiel discípulo) es la paranoia que afectó a este último en los postreros años de su vida: diezmó los altos grados del ejército, descabezó el Partido y no asesinó a los médicos judíos porque su salud no le dejó tiempo, se murió antes de llevar a efecto el desaguisado.
Fidel nunca ha matado por placer, siempre para implantar el terror o para consolidarlo; y en el caso de Ochoa y los Jimaguas, para desviar la atención del narcotráfico y echarle la culpa a otro. Esa culpa que nunca debe recaer sobre su persona.
Somos muy dados a olvidar los primeros tiempos de la revolución. Fidel mató hasta que se sintió seguro de no tener oposición.
Nos hemos olvidado de aquellos tiempos en que se condenaba a destajo a enormes penas de prisión.
Cuando se sintió absolutamente dueño de la finca y sin ninguna disidencia por pequeña que fuera, dejó de matar y de condenar con tanta promiscuidad.
Ahora, al cabo de más cuatro décadas de poder absoluto, y de que está envejeciendo mal, se lanza al ruedo; y sin que dejemos de pensar en esa emigración aérea y naval, tan sospechosa, se revuelca en la arena de los recuerdos y empieza a detener y pedir penas hasta de cadena perpetua y en algún momento, lo hará hasta de muerte, a boleo, como si los cubanos tuvieran siete vidas y fueran como los elefantes.
No sabemos cuál de los dos titulares del encabezamiento será el motivo que le propulsa a tanta arbitrariedad.
¿Será que se cree inmortal y usa el espejo de la madrasta de Blanca Nieves, reformado.
¿O que entre sus enfermedades más asumibles, ha hecho su aparición la paranoia, que consumió a su arquetipo en los últimos y peligrosos años de su vida?
El tiempo dirá la última palabra. Nosotros nos inclinamos por lo primero...