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FIDEL CASTRO,
PARTE DE UNA RELIGION

Por Claudio Fantini
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Argentina
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Máximo Tomás
Dept. de Investigaciones
La Nueva Cuba
Agosto 30, 2006
El ateísmo
que proclama es contrario a la veneración que provoca su
figura. La izquierda latinoamericana y el culto al "Papa de
la Revolución".
Los castristas se equivocan al negar algo evidente: el líder
que veneran es un dictador. Y los anticastristas se equivocan al
no admitir que Fidel Castro es el más brillante y original
de los dictadores que ha producido el autoritarismo latinoamericano.
Al régimen que construyó sólo puede comparársele
el despotismo ilustrado con que Gaspar Rodríguez de Francia
gobernó Paraguay en el siglo XIX.
Fidel no es
un genial estratega militar y tampoco el estadista visionario que
conduce un país desde el atraso y la pobreza al desarrollo
y la modernidad. Su genialidad está, precisamente, en haberse
creado una imagen de lúcido general a pesar de ser autor
de verdaderos enchastres tácticos, como el asalto al cuartel
Moncada, y fracasos como el desembarco en República Dominicana,
donde Castro encontró una Bahía Cochinos al revés,
pero consiguió borrarlo de la memoria histórica. Haber
apoyado aventuras como la del guerrillero Massetti en Salta y la
del Che Guevara en Bolivia, ambas con planificación deplorable
y final patético, prueban que Fidel no es precisamente un
Napoleón caribeño. Y más allá del desarrollo
médico que le dejó su inserción en la división
internacional del trabajo del Comecom, el hecho de que Cuba siga
siendo un país monocultivador, que sus ciudades se caigan
de a pedazos y su parque automotor constituya un museo en gran escala,
prueban que Castro no ha sido de esos estadistas que conducen a
sus pueblos desde el atraso hacia el desarrollo.
Su genialidad
está, precisamente, en haber instalado una imagen que lo
muestra con el brillo militar del mariscal vietnamita Vanguyén
Giap, y la intuición económica de un Rossevelt o un
Deng Xiaoping.
Se equivocan sus adoradores al no ver que a su régimen también
lo sostienen legiones de comisarios políticos, una vasta
red de delatores, la censura, el miedo a la prisión o al
ostracismo, el linchamiento público y la execración
social, además del fanatismo organizado en fuerzas de choque
como los llamados Grupos de Respuesta Inmediata.
También
se equivocan los detractores al minimizar los logros del régimen
en el sistema de salud y en la educación, aunque en este
punto sus adoradores son incapaces de repudiar el adoctrinamiento
que acompañó a la alfabetización y que es parte
de la sólida formación primaria, secundaria y universitaria.
Fidel construyó
un despotismo ilustrado con numerosos logros sorprendentes e inconcebibles
en el vecindario (con excepción de Costa Rica, un país
de virtudes socio-políticas que nadie difunde). Y construyó
para sí mismo la imagen de un héroe invencible. Por
cierto, haber sobrevivido a decenas de complots norteamericanos
y al colapso soviético explica por qué se convirtió
en una leyenda viviente. Resulta frívolo mezclarlo en esa
fauna de tiranos cuyas vulgares y angurrientas ambiciones se reflejaban
en palacios y riquezas desmedidas. La ambición de Fidel tiene
otras dimensiones, sólo mensurable en la escala de la Historia.
Es absurdo
comparar a Castro con Somoza, Duvalier, Castillo Armas o Stroessner;
pero es hipócrita no ver en él a un Luis XIV antillano.
Si aquel monarca absolutista francés sentenció "el
Estado soy yo", su clon marxista leninista logró instalar
entre los castristas de la isla y del mundo que la revolución
es él. Y fue más lejos aún cuando, apostando
a la carta segura del nacionalismo, pudo convencerse y convencer
de que Cuba es él. Por eso la dignidad ideológica
de defender la revolución y la dignidad patriótica
de defender el país, convergen en la doble dignidad de defenderlo
a él.
He aquí
su más brillante don: la construcción y manejo de
la propaganda como principal instrumento de poder. A partir de la
propaganda, Fidel Castro se proclamó infalible como estratega
militar, como constructor económico y como intérprete
de la Historia. Mediante la propaganda convirtió la delación
y la obsecuencia en virtudes ideológicas y patrióticas;
además de asignar un nuevo significado al concepto "dignidad".
La longevidad
de su régimen no es una victoria del pueblo cubano, como
él afirma; pero es sin duda una victoria de Fidel Castro,
un triunfo personal de dimensiones imponentes.
Fidel es nuestro
Papa", dijo Hugo Chávez. Y la definición es perfecta
aunque paradójica, porque se supone que a la izquierda la
integran mentes seculares. Al fin de cuentas descienden del materialismo
dialéctico, cuyo creador veía en la religión
al "opio de los pueblos". Pero a esta altura de la historia,
a buena parte de la izquierda la mueven devociones emocionales.
Y venerar al profeta barbado de La Habana es parte de la religión.
Hasta tal punto
fue acertado Chávez al pontificar a Fidel Castro como "nuestro
Papa", que existe una larga lista de puntos en común
entre el líder cubano y los que ocupan el trono de Pedro;
por ejemplo el reinado vitalicio. Al igual que la feligresía
católica, el izquierdismo acepta que Fidel detente la totalidad
del poder hasta que muera o hasta que la vejez y la enfermedad le
impidan gobernar. O sea, acepta que sólo él o la naturaleza
pueden decidir sobre el final de su mandato.
También
como los católicos respecto de los papas, la feligresía
castrista cree en la infalibilidad de su líder y practica
la veneración, un culto al personalismo que la profunda religiosidad
ideológica ya había mostrado con Mao Tse-tung, Tito,
Ho Chi Min y Stalin, incluyendo santuarios para la necrofilia como
el mausoleo de Lenin en la Plaza Roja.
El dogma fidelcastriano
tiene su liturgia, su letárgico sermón, un santoral
de mártires mitificados y estampitas célebres como
la del fotógrafo Korda con la imagen del Che.
Además
del salmo y del amén ("patria o muerte venceremos";
"hasta la victoria siempre"), la religiosidad castrista
tiene sus lugares sagrados y sus peregrinaciones rituales. Pero
la más profunda comunión entre el pontificado católico
y el de la izquierda latinoamericana es el moralismo. Ambos papas
tienen el derecho (a uno otorgado por Dios y al otro por la Historia)
de sentenciar el bien y el mal y dividen a la especie humana entre
los que pecan (sirviendo al imperio maléfico) y los píos
que siguen la senda señalada por la vanguardia esclarecida,
estableciendo una posible redención a los descarriados que
admitan la culpa y se arrepientan. También los dos jefes
espirituales condenan, anatemizan y excomulgan.
El hombre al
que Chávez tan acertadamente llamó "nuestro Papa",
tiene una legión de condenados que va desde presos políticos
hasta intelectuales y artistas que apoyaron la revolución
pero luego cuestionaron al régimen, como el escritor Guillermo
Cabrera Infante y la cantante popular Celia Cruz; además
de geniales científicos como Hilda Molina, la neurocirujana
a la que Cuba debe su fama de potencia médica.
El moralismo
castrista también es implacable a la hora de castigar con
anatemas las conductas desviacionistas: "agentes de la CIA"
son aquellos que critican o demandan reformas; "infectos gusanos",
los que caen en la tentación de Miami, y la amplia gama de
"contrarrevolucionarios" incluye, por ejemplo, aquellos
cineastas como Gutiérrez Alea que, "abusando del período
especial", hicieron películas blasfemas como Guantanamera
y Fresa y Chocolate.
A la hora de
excomulgar, el Papa de la izquierda chavista no se detiene ni en
los afectos más íntimos. Por eso en el inmenso exilio
figuran su hija Alina y su hermana Juanita Castro Ruz, una de las
principales referentes del anticastrismo en Florida.
El moralismo
es una de las principales claves de la autoridad de Fidel Castro.
Desde hace casi medio siglo detenta el poder absoluto, pero lo vive
como una entrega total, un desprendimiento de todo. Lo vive con
ascetismo franciscano y enfundado en la fajina guerrillera cuyo
valor simbólico equipara a la sotana papal. Igual que los
pontífices, Fidel renunció a tener esposa y a hacer
vida de familia. Está casado con su causa y esa vida monástica
y sacrificada lo erige en el juez moral de los demás, el
que sacraliza y estigmatiza, el que redime y condena.
Por eso cuando su furia divina cae sobre alguien, ese alguien se
convierte en lo que se convertían los castigados en el régimen
que George Orwell describe en la novela 1984: "the no persons"
(la no persona).
Desde esa autoridad
moralista censura libros y escritores, películas y directores,
todo en nombre de la integridad ética de las masas y por
la salud de la revolución. En su index Librorum Prohibitorum
figuran desde Vargas Llosa a Octavio Paz pasando por una lista interminable.
El resultado es una sociedad purificada en el ascetismo generalizado,
que vive una virginidad similar a las de las comunidades jesuíticas
de los siglos XVII y XVIII.
Como en otros
regímenes similares, su mayor logro en materia de conducta
social regimentada es lo que la visión orwelliana del totalitarismo
llamó "policía del pensamiento", ese mecanismo
de autocensura que activa el instinto de supervivencia en el interior
mismo de la persona.
La izquierda
que lo venera defendería en cualquier debate al hombre libre
de Rousseau, pero aprueba que su máximo guía espiritual
actúe como un Leviatán hobbesiano, y no se sonroja
al justificar sus condenas, sus excomuniones, sus anatemas y su
acción censuradora.
Él es Cuba, él es la revolución; por lo tanto
atacarlo es atacar a Cuba y a la revolución. Al fin de cuentas,
en la izquierda latinoamericana, Fidel es parte de la religión.
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