Antonio M. Rivera
 
Evi Jimenez
 
 
 




LAS COMIDAS PROFUNDAS *

La cocina, las mujeres y sus lecturas
protagonizan este relato histórico sobre Castro



Por Manuel Vázquez Montalbán
Mauricio Vicent
La Habana
El País
España
Infosearch:
José F. Sánchez
Analista
Jefe de Buró
Cuba
Dept. de Investigaciones
La Nueva Cuba
Marzo 23, 2008



En qué se parece una nevera cubana y un coco? En que los dos nada más que tienen agua", era quizá el chiste más inocente sobre las hambres del periodo especial, y el más cruel hacía referencia al zoo donde se contaba que habían ido sustituyendo los letreros: "Prohibido dar comida a los animales…, prohibido comerse la comida de los animales…, prohibido comerse a los animales". Los materialistas históricos recordaban que durante la Comuna de París, los animales del zoo fueron sacrificados y se convirtieron en menú de restaurantes importantes, pero el corresponsal de La Vanguardia en México fue invitado a salir de Cuba porque había escrito que habían desaparecido todos los gatos de la ciudad. Fidel extremó su insomnio en búsqueda de soluciones alimentarias de urgencia y supervivencia, pero seguía propiciando agriculturas y ganaderías de arte y ensayo: campos de arroz cerca de La Habana; planes de cultivos frutales especiales; vacas frisonas de Canadá según uno de los más tenaces empeños ganaderos del comandante; fábricas de quesos franceses excelentes, pero al alcance del poder adquisitivo de los franceses; whisky Old Havana, que evidenciaba las preferencias de Fidel, pero sólo distribuido en tiendas para extranjeros; foie-gras experimental de gansos criados bajo el especial cuidado del comandante en jefe, del que abasteció a los mandos sandinistas en la fiesta conmemorativa del acceso al poder de Daniel Ortega. Fidel estudiaba cada una de las materias de sus sueños alimentarios hasta el punto de poder discutir con los expertos desde un compartido saber y lenguaje, dispuesto a luchar tozudamente por sacar adelante sus proyectos, pero también a rectificar, uno de los placeres más intensos al alcance de todo hombre con convicciones: asumir el error.

A Fidel le gustaba hablar de cocina, y Frei Betto ha dejado constancia escrita de la atención que puso ante una conversación del dominico brasileño con Chomi Miyar sobre la receta de la cocina brasileña bobó de camarón, que el religioso había facilitado a Chomi, con la advertencia de que era capital el aceite de dendé, de coco. Pues no tenía y no pudo ser. Ya te enviaré aceite de dendé la próxima vez. En las conversaciones con la madre de Betto, Fidel le explica las comidas mexicanas a las que se aficionó mientras preparaba la expedición del Granma y también cómo se cocinan camarones y langostas: "Lo mejor es no cocer ni los camarones ni las langostas porque el hervor del agua reduce sustancia y sabor y endurece un poco la carne. Prefiero asarlos en el horno o en pincho. Para el camarón bastan cinco minutos al pincho. La langosta, once minutos al horno y seis minutos al pincho sobre brasas. De aliño, sólo mantequilla, ajo y limón. La buena comida es una comida sencilla. Considero a los cocineros internacionales derrochadores de recursos; un consomé desperdicia buena parte de los subproductos al incluir la yema del huevo; debe usarse sólo la clara, para poder usar luego en un pastel la yema con la carne y los vegetales que queden. Uno de estos cocineros muy famosos es cubano. Estuvo preparando no hace mucho pescado al ron y otras mezclas con ocasión de la visita de una delegación. Lo único que me gustó fue el consomé de tortuga, pero con los desperdicios señalados".

El intervencionismo culinario de Fidel es bien conocido. En cierta ocasión regaló a un matrimonio visitante norteamericano un buen lote de carne de cordero, chuletas y pierna, y también regaló su presencia en la cocina y como chef supervisor aconsejó que empanasen la carne y la frieran con aceite, pero la mujer y presunta cocinera opuso amable y poco imaginativamente la posibilidad de asar la carne en una barbacoa. Fidel le dijo que lo hiciera como quisiera y les retiró bruscamente su presencia, no las chuletas. Cuando era un joven estudiante y el profesor Moreno Fraginals, casi tan joven como él, le invitaba a su casa, el hambriento atleta se metía en la cocina, examinaba los preparativos de cena y desplazaba a la anfitriona: "Déjame que fría yo los plátanos, voy a enseñarte a freírlos debidamente". Salvada la estupefacción inicial, la señora Moreno Fraginals le preguntaba si se creía que lo sabía todo: "Casi todo, sólo casi todo". Luego el matrimonio Moreno Fraginals y el vehemente sabelotodo hablaban de política y Fidel diseñaba una revolución que tenía en la cabeza, pero no una revolución de pronunciamiento o intuitiva como la del general Gerardo Machado, "una revolución profunda", decía (…).

Fidel relaciona la cocina con las mujeres, porque la asocia a lo que guisaba su madre, por la que sentía más compasión que geometría, aunque la vieja se puso brava cuando apareció el decreto de confiscación de las tierras; para empezar, las de la United Fruit y las de la familia Castro Ruz. La vieja María Mediadora cogió la escopeta y declaró que sus tierras no se las quitaba ni su hijo Fidel, por el que tanto había mediado. Tuvo que ir Ramón, el hermano mayor, a convencerla o a desarmarla. También esa asociación entre las comidas y las mujeres profundas procede de que ha cocinado o ha nutrido de saberes culinarios, y en ocasiones de viandas, a las mujeres que lo han esculpido como un atlante de la historia. La primera que comprobó casi cotidianamente que su marido creía saber cocinar fue Mirta Díaz Balart, tan bonita como todas las mujeres que Fidel ha amado, perteneciente a una familia de Oriente, hacendados de derechas, batistianos hasta el punto de que un hermano de Mirta, Rafael, compañero de universidad de Fidel, llegó a ministro del Interior de Batista y con el tiempo escribiría un libelo titulado ¡Viva a Fulgencio Batista! Con Mirta y Fidelito, el hijo recién nacido, aprendió Fidel las derrotas de lo cotidiano, el no tener dinero para pagar el alquiler o las medicinas del niño, el sentirse una calamidad como padre y tener que aceptar la ayuda de los compañeros. Aprendió también a trabajar en oficios tan fronterizos como cobrador de morosos o presunto industrial de pollos fritos en la azotea de su apartamento en La Habana. Habían pasado la luna de miel en Nueva York, y fue allí donde Fidel compró los primeros libros de Marx y Engels, El capital, octubre de 1948. Luego Mirta fue a la zaga de la obsesión activista de su marido, sin espacio ni tiempo en su vida, a remolque de sus finalidades, incluso de la cárcel cuando le detuvieron tras el asalto al cuartel Moncada y desde la cárcel le envió Fidel algunas cartas, la demanda de una lista de libros, entre otros La filosofía en sus textos de Julián Marías, los Fundamentos de filosofía de García Morente, las obras completas de Shakespeare y algunas novelas. También le enviaría desde la cárcel la petición de divorcio, en 1954, porque se había hecho público que Mirta estaba en la nómina del Ministerio de Interior que conducía su hermano Rafael, el actual flagelo de Miami, el que quiere ver a los Castro, Fidel y Raúl, de balseros.

A rey muerto, rey puesto. Fidel se carteaba con Natalia Revuelta, que había vendido todas las joyas de la familia y las que le había regalado su marido para ayudar a financiar el asalto al cuartel Moncada y ejerció de ninfa constante y prudente, tratando de dejar de ser una burguesa para ser una mujer nueva, una militante comunista ejemplar, siempre a prueba, como si fuera la heroína de El árbol de la vida de Lisandro Otero, haciendo méritos para que Fidel pasara las más veces posibles por su vida y por su casa, ansiedad contemplada tierna y críticamente a través del filtro de la histeria de la hija común, Alina. Las mejores visitas de Fidel a casa de Natalia, según Alina, eran las que hacía cargado de manjares inasequibles para la cartilla de racionamiento, aunque a veces se trataba de comidas de periodo especial, como semillas de marañón o de calabaza (…).

Para fidel, una de las principales Marías Auxiliadoras de la revolución era la divulgadora televisiva Nitza Villapol, que ya venía de los tiempos de Batista y que durante el periodo especial en tiempos de paz estuvo dos años dando recetas de cocina en las que no intervenía la carne: patatas asadas, puré de patatas con cebolla o con ajiaco o con grasa de cerdo y zumo de naranja, mayonesa de papa, postre de papas con corteza de naranja y azúcar, platos que Alina recitaba con voz gangosa, asqueada. Alina. Alina. La rebelde Alina compone con Juana Castro el dúo de mujeres desafectas dentro del gineceo fidelista, pero la desafección de Alina es una protesta por el insuficiente afecto o dedicación de su padre.

En la cárcel, Fidel metabolizó las comidas más profundas de literatura, la que podía darle respuesta a sus ejercicios espirituales de autista: Víctor Hugo y Marx; el 18 Brumario le pareció aleccionador y le ha servido para prevenirse de los cansancios revolucionarios; La feria de las vanidades, de Thackeray; Nido de hidalgos, de Turguenev; la biografía de Carlos Prestes, un líder comunista kominteriano; El secreto del poderío soviético, del deán de Canterbury; El capital, relectura en profundidad de una obra asociada a su luna de miel; las obras completas de Freud; Crimen y castigo; Von Clausewitz; La estética trascendental. Del espacio y del tiempo, de Kant; El Estado y la revolución, de Lenin; escritos de Roosevelt, de Einstein, de Shakespeare, y sobre todo su Julio Cé­sar, un clic mental que le llevó a la conclusión de que César era el revolucionario y Bruto el reaccionario. Julio César, personaje de cartas más eruditas que amorosas dirigidas a Naty Revuelta: "El pensamiento humano está indefectiblemente condicionado por las circunstancias de la época. Si se trata de un genio político, me atrevo a afirmar que depende exclusivamente de ella. Lenin en época de Catalina habría sido, cuando más, un esforzado defensor de la burguesía rusa; Martí, de haber vivido cuando la toma de La Habana por los ingleses, hubiera defendido junto a su padre el pabellón de España. Napoleón, Mirabeau, Danton, Robespierre, ¿qué habrían sido en los tiempos de Carlomagno sino siervos humildes de la gleba o moradores ignorados de algún castillo feudal? El cruce del Rubicón por Julio César jamás habría tenido lugar en los primeros años de la República, antes de que se agudizara la intensa pugna de clases que conmovió a Roma y se desarrollara el gran partido plebeyo cuya situación hizo necesario y posible su acceso al poder.

Otra mujer fundamental en su vida fue su hermanastra Lidia, que le prestaba su casa en La Habana para preparar el asalto al cuartel Moncada, que le ayudó mientras estuvo en la cárcel, incluso forzó la visita carcelaria de Lina, la madre que desde Birán seguía sin entender nada. Lidia, tantas veces canal clandestino de su hermanastro. Con Melba Hernández y Haydée Santamaría plancharon las arrugadas cartas de Fidel que contenían La historia me absolverá, recuperaron la letra oculta a base de zumo de limón, las mecanografiaron, las fotocopiaron y consiguieron una edición de miles de ejemplares repartidos militantemente mediante el correo más manual de este mundo. También fue Lidia quien recibió la carta en la que Fidel presumía de haber superado el golpe de la ruptura con Mirta, carta evidentemente dirigida a su gineceo: "No os preocupéis por mí, ya sabéis que tengo un corazón de acero y seré mesurado hasta el último momento de su vida" (…).

Fue en torno de la campaña de amnistía como llegaron a la vida de Fidel otras dos mujeres del gineceo protector, Vilma Espín y Celia Sánchez; la primera, ayudante y chófer de Frank País en Santiago, dirigió los movimientos estudiantiles proamnistía; la segunda, premonitoriamente asociada a comidas poco profundas, enviaba latas de carne en conserva y golosinas a los prisioneros de la isla de Pinos. Vilma se casaría con Raúl Castro y representa a la mujer revolucionaria, antes y después del divorcio. Ahora viven divorciados en domicilios separados. Cuando Fidel salió de la cárcel le acogió Lidia y le lavaba la única guayabera que tenía; fue Lidia quien se las ingenió para sacar a Fidelito de Cuba y así poder ver a su padre exiliado, la que le acompañó a veces en el exilio mexicano, siempre incondicional de su obra hasta que murió discretamente, sin pedir nada, sin molestar.

Haydée Santamaría, superviviente del Moncada, accedió a altos cargos representativos de la política cultural a partir de 1958 y fue la creadora de Casa de las Américas, lo que no le impidió antes de suicidarse traspasarle a Castro una receta familiar castellana de la tortilla de patatas no frita, sino cuajada (…).

Pero Celia Sánchez acabaría siendo la mujer más determinante del gineceo, su devota secretaria durante 23 años; con ella trabajó en el palacio, pero también en el pequeño apartamento de Celia en la calle Once, la casa más propicia para el comandante, que muchas veces se quedaba allí a dormir. En ocasiones, Fidel cocinaba para los dos, para no interrumpir la labor, pero más frecuentemente era Celia la que guisaba y le enviaba a su amigo los guisos allá donde estuviera, conocedora de sus preferencias, comida sencilla, poco elaborada, pero sabrosa y necesaria; a Fidel le desagrada desperdiciar, y entre todos los platos escoge la sopa de tortuga fresca. Celia sabía que detrás de la austeridad de Fidel hay una sensualidad de gourmet, salvo en el sentido del oído, para el que se reconoció negado ya el joven Castro cuando trató de aprender a tocar la guitarra.

(…) Jamás prescindió del sentido del gusto, como demostró antes del asalto al cuartel Moncada, cuando encargó a Melba y Haydée Santamaría que prepararan arroz con pollo para los expedicionarios y que plancharan los ciento veinte uniformes de que disponían, porque no se puede dar un golpe con el estómago vacío y a lo desharrapado. Y en mayo de 1958, antes de empezar la gran ofensiva contra Batista, escribió a Celia una queja irónicamente patética: "… no tengo tabaco, no tengo vino, no tengo nada. Una botella de vino español, rosado y dulce, se quedó en la nevera de la casa de Bismarck, ¿dónde está?". Celia entendía el sentido del autismo de Fidel, un gran solitario que detesta la soledad total, que necesita a alguien que le escuche, incluso que le conteste, que le escriba (…). Queda una mujer muy importante cuantitativamente en su vida y de ocultado valor cualitativo, Dalia Soto del Valle, madre de los últimos cinco hijos de los siete u ocho que imprecisamente se le censan, mujer que tiene los ojos verdes como Naty Revuelta y un mismo origen social en la vida, mansión y muerte de la alta burguesía cubana.

Aunque nunca haya devuelto a sus mujeres tanto como le han dado, y por eso le dijo a su hija Alina en un momento de debilidad: "Tu mamá tiene un defecto. Es demasiado buena. Nunca seas buena con ningún hombre". Fidel se siente guardián de la grandeza de las mujeres que le han permitido ser el que es y recordó hasta comienzos de los noventa que la revolución se hizo, entre otros motivos, para evitar que Cuba fuera el prostíbulo de los norteamericanos y que los marineros borrachos de la Infantería de Marina yanqui se mearan en el monumento a Martí, como él les había visto hacer. Le repugna visceralmente referirse a la prostitución y su eufemismo: las jineteras, las mujeres trotacalles, una plaga que ha traído el turismo, una prostitución que según él no se debe al hambre, sino al fetiche occidental del consumo, a la asfixia económica del bloqueo que no ha permitido una suficiente socialización de los bienes de consumo, a la tardanza en llegar del hombre nuevo, de la mujer nueva. Pero precisamente se hizo la revolución, entre otras cosas, para que La Habana no fuera el prostíbulo de los norteamericanos, no para que lo fuera de los españoles, de los italianos, de los canadienses, de los turistas del sur de Río Grande. Cuando se superen las dificultades, cuando no haya bloqueo, entonces podremos plantearnos seriamente un retorno de aquella situación de 1965, cuando en Cuba no había ni un prostíbulo porque no había ni una puta, y sin prohibir la prostitución, simplemente proponiendo a las profesionales que aprendieran otro oficio y mientras tanto el Gobierno les pagaba alimentación y vivienda para ellas y todos los familiares que de ellas dependieran, incluidos los abuelos. De momento hay que ser intransigente con los que hurgan en esa herida y, para humillar a la revolución, lo hacen a través de la mujer cubana. Que sea inmediatamente expulsado el corresponsal de France Presse por haberse pasado de listo encabezando su crónica: "Alta o baja, gorda o delgada, blanca o negra, joven o vieja, toda mujer cubana vale 7.000 dólares". Y aunque el corresponsal explicaba más tarde que ésta era la tarifa jurí­dica para asesorar matrimonios con extranjeros, la cabeza del reportaje llevaba toda su mala fe.


* Este fragmento está extraído del libro 'Y Dios entró en La Habana', del periodista y escritor Manuel Vázquez Montalbán (1939-2003). El País-Aguilar, 1998.

 







 

 



 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 






 

 

 



 

 











 



 

 

 

 


 



 










 

 

 

 


 


 

 


 



 

 


 

 

 


 

 


 

 


 

 

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