Click Here!

  LA NUEVA CUBA
 
  
 
 
 
Alex Picarq
 
Evi Jimenez
 
Roberto A. Solera
 
 
 

CUBA: HACIA UNA NUEVA REPÚBLICA DESDE LA SOCIEDAD CIVIL

(Un proyecto social para Cuba en el siglo XXI, desde la inspiración cristiana)

Por Dagoberto Alvarez Hernández
Pinar del Río
Director
Centro Cívico Religioso
Obispado de Pinar del Río
Cuba
Colaboración:
Paul Echaniz
E.U.
La Nueva Cuba
Diciembre 6, 2002


(Agradezco la amable invitación de la Cátedra Pérez Serantes de la Arquidiócesis de Santiago de Cuba para venir a presentarle mis reflexiones sobre el tema que me han pedido: Proyecto social para Cuba en el siglo XXI, desde la inspiración cristiana. Desde hace algunos años vengo reflexionando sobre el tema de la sociedad civil en Cuba, una primera aproximación la tuvimos, Luis Enrique Estrella y este servidor, en la II Semana Social Católica celebrada en La Habana en 1994, con la ponencia “Reconstruir la sociedad civil: un proyecto para Cuba”. Ocho años después esta reflexión sigue vigente y, en el año del Centenario de la República de Cuba, dos institutos me han pedido casi a la vez, una reflexión sobre el presente y el futuro de la sociedad cubana, desde la inspiración cristiana. Uno de esos centros es la Cátedra Pérez Serantes y el otro el Instituto de Estudios Cubanos, formado por cubanos en la diáspora, por boca de nuestra hermana y amiga santiaguera, María Cristina Herrera, animadora incansable de aquella iniciativa para tender puentes entre todas las orillas en las que los cubanos estamos, esperamos, servimos y reflexionamos. Vi una feliz y esperanzadora coincidencia en la que , desde la inspiración cristiana, vemos realmente una Providencia. Comencé dos trabajos con dos títulos distintos pero similares, terminé por darme cuenta que pensar en un proyecto social para Cuba en el siglo XXI coincidía con la reflexión que me inspiraba el Centenario de la República que viene siendo motivo de atención durante este año 2002. Al final ha salido este trabajo que ahora quiero compartir con ustedes y que he enviado al IEC para responder a su solicitud. El presente título es la respuesta, en un renglón, a la pregunta que me sugería el título de la conferencia que me pidieron: ¿cuál es para mí, un proyecto social para Cuba en el siglo XXI desde la inspiración cristiana?. Pues creo que una nueva República edificada desde la sociedad civil. Hecha esta inevitable aclaración, les propongo a continuación, lo que he podido reflexionar sobre este tema.)

1. Introducción.

Cuba es, aún hoy, una República en formación. Esta apreciación no niega los cien años que celebramos, ni el siglo anterior de gestación y dolores de parto. Pudiéramos decir, sin detenernos en marcos cronológicos estrechos, que la Isla caribeña, en parte caimán y en parte llave, necesitó dos siglos (el XVII y el XVIII) para reconocer “la diferencia” en su cultura todo mezcla y sincretismo; necesitó un siglo (el XIX) para “despertar”, vale decir, estructurar, primero en el pensamiento y en las gestas independentistas después, la conciencia de nación, entendida como comunidad de personas que comparten una historia “diferente”, una convivencia peculiar, un proyecto futuro diverso pero en común.

Comienza entonces el “paso” de la estructuración del “pensarse”, con criterios de juicio propios y escala de valores libremente escogida, a la de “proyectarse” a sí misma, en sus propias estructuras funcionales, militares y jurídicas para darse un Estado. Por fin, ha necesitado otro siglo, el XX, para “experimentar” lo difícil que es ser diferente, los dolores que provoca nacer como República y al mismo tiempo la necesidad contemporánea de no encerrarse en obcecados nacionalismos, como también de no subordinarse dependientemente de los centros hegemónicos.

Pudiéramos decir que Cuba experimentó, en el siglo que nació como República, una mezcla de esfuerzos institucionales de crear una democracia junto con reiterados períodos de autoritarismos. Cuba fue viviendo como República, viéndose entretejer en el río revuelto de este continente, tiempos de corrupción vergonzante junto a tiempos en que se intentó “limpiar”, del dinero y el mercado de influencias, la vergüenza nacional.

Todo mezclado, como diría el poeta, todo mezclado. La República concluyó un siglo sufriendo en carne propia una desintegración devenida en pobreza material, deterioro moral y diáspora forzada. Digo forzada porque es muy rara la emigración-desarraigo “voluntaria”, aunque el rostro del exilio que se presente sea el político, o sea el de la educación de los hijos (manipulada también por la política), o el de la emigración económica (sin hacer patente que la economía en los regímenes totalitarios está también y completamente en manos de la política).

Cuba vivió todo un siglo para comprobar que ni el aislamiento nacionalista, ni la subordinación dependiente, sino el camino de la apertura y las relaciones interdependientes, es la única forma de insertarse en este mundo con reales y éticas perspectivas para el desarrollo.

Al comenzar el segundo siglo de existencia como República, Cuba, con todos los cubanos incluidos, valga decirlo, tiene ante sí trascendentales desafíos, creo que impostergables, porque, en uno u otro sentido, el tiempo y las actuales tendencias en las relaciones internacionales la llevarán ante la encrucijada. Creo que ningún otro país de este continente cambiará más en la próxima década.

De modo que, querámoslo o no, más que una fecha en la convención humana del tiempo, y más que una conmemoración histórica, el Centenario de la República será reto y proyecto para todos los cubanos. Será también el comienzo discreto, pero irreversible, de la década decisiva para su futuro a largo plazo. Una vez más en nuestra historia, como ocurrió en el 1898, ser últimos en el proceso de avance nos permitirá, si somos conscientes de ello, hacerlo de forma distinta. Experiencia y solidaridad vendrán de los que llegaron antes, pero nada ni nadie podrá hacer por nosotros el parto de la transición.

He aquí una palabra y una realidad para los cubanos de todas las orillas, traída y llevada, polémica y polisémica, hasta polícroma y folclórica: transición. Así vemos esta palabra porque así somos. Así es el trópico y el Caribe. Así es nuestro ethos y nuestra cultura.

De modo que no queda otro remedio: llegado el momento de la gestación y el parto, asumirlo con la herencia y el talante propio de los progenitores y de sus abuelos. Pero, como en todo nacimiento, sabemos también que la genética muta y transmuta, las probabilidades se sortean y hasta, más contemporáneamente, se intenta manipular y hacer ingeniería genética con originales y clones de la transición a la democracia.

Unos maniobran para entrar en la nueva República por la vía de la cesárea política. Otros desconfían de la temblorosa mano del cirujano y aplican los fórceps de la vía económica, con aquella vieja teoría, con refajo medio marxista y medio liberal, valga el sincretismo, de que abriendo en el mercado se abre en lo demás. O, dicho lo mismo en otra clave, que cambiando las condiciones objetivas y materiales se acelerará el proceso de las relaciones sociales.

Demasiadas veces la historia nos ha dicho lo contrario, pero como al comercio y a las leyes del mercado no le interesa mucho la historia, sobre todo cuando se refiere a lo que se ha llamado fines mayores o ética de los máximos, entonces lo importante es el “derecho de piso”, el “estar allí”, el “llegar primero”... aún cuando la nación que vive en el “piso”, los que siempre estuvieron “allí”, los que incluso encontramos al “llegar”, no importen a unas estrategias de mercado sin ética y con doble rasero: Gobiernos e inversionistas, empresarios y tour-operadores, comerciantes y embajadores, aceptan en el país-piso lo que jamás tolerarían en su país-techo.

Como país-piso-de-tierra, como decían mis abuelos, nos consideran los que vienen sin más disquisición que la del mercado; vienen a ganar la tierra, el piso y la estancia, no sólo haciendo visajes comerciales que verían como muecas insoportables allá, sino haciéndose los de la “vista gorda” frente a la falta de los más elementales derechos humanos, civiles, políticos, económicos y sociales, exigidos con escrupulosa meticulosidad en sus países-techos-de-vidrio, como también dirían nuestros abuelos.

Evidentemente (dirían para tranquilizar sus conciencias, al mismo tiempo que para despertar las nuestras, adormiladas con el opio de “la liberación histórica de toda alienación” y que devino ser el opio del opio), ustedes deben resolver estos problemas “internos” que están ahí porque ustedes han querido.

En eso no les falta razón. Por eso creo que la celebración del Centenario de la República será también para “el que tenga oídos para oír”1: despertar e incorporarnos. Ni letargos ni postración. Proyectos viables y una mística de esperanza, basada en la fe en la “fuerza de lo pequeño”2.

Esos proyectos no deben olvidar la sana política, concebida como el “equilibrio de las fuerzas del país”, no deben olvidar una eficaz economía abierta y competitiva. Pero deseo expresar en esta reflexión mi convicción de que la mejor vía para acceder a una “nueva” República, que sea nueva de verdad, sin olvidar las experiencias de los dos “senderos” trillados: capitalismo y socialismo, es priorizar el camino del protagonismo de una sociedad civil autónoma, ética-personalizada, articulada en sentido comunitario, participativa y corresponsable, en la que se equilibren creativamente la solidaridad y la subsidiaridad.

Para vislumbrar mejor ese futuro en que la República se haga adulta en la dinamo del ejercicio de una participación cívica enraizada en el tejido de la sociedad civil, debemos echar una ojeada, aunque fuera somera, a esas “señales de los tiempos” que, en las diferentes épocas de nuestra historia como nación, fueron marcando el sentido y la dirección en que ese entramado social se tejía y destejía, según el devenir de períodos de autoritarismos o de mayores espacios y dinámicas de participación democráticas.

2. Las minorías guiadoras y los gérmenes no desenvueltos del siglo XIX: Los que hacían señales en la noche.

Cuando un día se haga, como lo espero, una historia de la sociedad civil en Cuba, de ese tejido social intermedio con dinámica y conciencia particulares, habría que empezar por aquellos pequeños grupos de creadores y comerciantes, de educadores y religiosos, que fueron “marcando la diferencia” entre “lo insular y lo peninsular”, entre lo criollo y lo castizo, primero en sus cabezas y en su corazón, luego en sus ojos y con sus propias manos.

No intentaré ni siquiera esbozarlo, pues no es el fin ni el lugar, ni tengo con qué ni cómo hacerlo, pero creo muy firmemente que no podríamos comprender el devenir de la sociedad civil cubana sin acudir a la noche, antes del alba, de ese “sol del mundo moral”3 que viene de lo alto, y sin acudir a lo más profundo y silencioso del humus histórico en el que se enraízan, muchas veces sin hacerlo muy consciente, el por qué del talante acogedor del cubano, su sentido de la justicia, su ansia irrefrenable de escapar de los conflictos, su poder de recuperación, su miedo ignoto a cambiar radicalmente, su religiosidad, su falta de perseverancia, su espíritu emprendedor y, sobre todo, lo que Manuel Márquez-Sterling ha dicho así: Cuba es “un pueblo que siempre ha padecido de una obsesión mesiánica.”4

Ya sabemos que el término sociedad civil, tal como lo entendemos hoy, y con las connotaciones y vericuetos que ha ido adquiriendo, no era usado en aquellos siglos de abono y sementera.

Pero la realidad de grupos, asociaciones, instituciones cívicas, culturales y religiosas, sí marcaron una dinámica social que por su significación es imprescindible mencionar:

El mundo de las sociedades gremiales de azucareros, de cafetaleros, pero sobre todo de tabaqueros que impactaron a toda la sociedad con sus demandas y “rebeldías”, signos de autonomía con relación a la metrópoli y motor para marcar la diferencia con ella. El mundo de la cultura y la creación literaria, con sus obras impresas y sus tertulias, células estaminales de libertad, identidad y nacionalidad. La fundación de la Universidad, del Seminario de San Carlos, de la Sociedad Económica de Amigos del País, del Papel Periódico, son muestras de la gravidez de ese mundo, sin duda, uno de los más fecundos en la gestación del entramado social y en la formación de protagonistas de esta gestión.

El mundo de la creación científica y tecnológica, o lo que pudiéramos llamar el mundo de la industria y el comercio que, como nadie, ha recopilado e imbricado en nuestra historia, el recientemente fallecido Dr. Moreno Fraginals, en “El ingenio”. En esta obra monumental el insigne historiador dice sin ambages: “Al construir su mundo económico el sacarócrata prueba a la metrópoli, y se prueba a sí mismo, que hay un futuro de posibilidades insospechadas y que él pertenece a ese futuro. Lo prueba de manera tangible, contante y sonante, con un triunfo económico que es a la vez victoria política de primer orden. La vida azucarera ha sido edificada por sus propias manos, no la ha importado de España, es un fenómeno insular, autóctono... y esto va a significar una inversión en los valores fundamentales de la vida”.5

El mundo de la Iglesia, con su labor humanística y social, pero sobre todo con el servicio de sus “espacios”, terreno, aire y regadío, para un enjambre de asociaciones piadosas, educacionales, promocionales y de asistencia social que pudiéramos llamar, sin rubor, el primer panal, totalmente estructurado y capilarmente abarcador del territorio insular, con que pudo contar Cuba y del que pudieron asumir y criticar, aunque fuera sólo como modelo de tejido social, gestores cívicos que, aún después, desde la radicalización secularista tardía, tomaron de este entramado de espacios repletos de laboriosidad y miel para curar heridas sociales, arquetipos de una sociedad organizada con autonomía relativa en relación con un “estado” lejano en su centro de poder, colonialista en su dinámica de explotación de los recursos, e insuficiente por la pobreza de los recursos y métodos políticos utilizados para gobernar o desgobernar.

Todos estos gérmenes modélicos de asociación cívica y religiosa, hicieron que los siglos anteriores desembocaran en el paradigmático siglo XIX cubano barboteando una nación que sólo vería luz de Estado reconocido internacionalmente otro siglo después. Estos espacios generadores de sociedad civil fueran llamados por Medardo Vitier “agencias alteradoras que comunican densidad a una época”.6

Creo que en la medida en que se desarrolle más la red de la sociedad civil, más garantías existirán para la libertad y la democracia. Sirva como resumen, indicativo del sentido en que quisiéramos demostrar este postulado, las “agencias de alteración” que configuraron la cubanidad en el siglo XIX:

“La configuración de ese período resulta de los factores siguientes: los modos del pensamiento político (unos reformistas, otros separatistas), las grandes revistas (Revista Bimestre, la Revista de Cuba, etc.), conservadas hoy en numerosos volúmenes, algunos periódicos diarios (El Habanero, El Siglo, El País), una serie de folletos políticos, que llamaríamos ahora ensayos (“La Isla de Cuba tal cual es” de Domingo del Monte, “Cuba: su porvenir” de José María Zayas, “Cuba contra España”de E. José Varona), el prestigio que alcanzó la creación y la crítica literaria (“Hojas Literarias” de Manuel Sanguily y otras de Delmonte y sus tertulias literarias, otras de Piñeyro, Heredia, Milanés, Justo de Lara, Varona, Montoro, etc.), de la influencia de varias instituciones (El Seminario San Carlos, La Sociedad Económica de Amigos del País, que conserva su gran biblioteca y parte de la ingente labor cívica anterior, el Colegio “El Salvador” de José de la Luz, etc.), el auge de la oratoria (en Sociedades como el Liceo de Guanabacoa, la Caridad del Cerro y otros se escuchó con veneración a Montoro, Martí y otros), y los representantes del pensamiento filosófico (Varela, Luz, los “Elementos de la Filosofía del Derecho” de Antonio Bachiller y Morales, Varela Zequeira, Montoro, Varona, etc.).”7

Varias “lecciones” de estos siglos pudieran ser hechas y recicladas según conveniencias e intereses; me atrevo a recordar aquellas dos que el mismo autor citado propone:

1) Que “la transición de una mentalidad a otra debía ser etapa previa”8 a la transición político-económica.

2) Que “Cuba necesitaba en su último siglo colonial, levantar la conciencia... al mundo de los problemas”. “Azúcar, café, esclavitud doméstica, eran garantía de bienestar en lo material... Sobreviene al sopor del espíritu. Nuestros guiadores interrumpían el monótono disfrute y hacían señales en la noche.”9

Me permito recordar dos palabras del P. Varela que resumen, de cierta forma, la intención de las minorías guiadoras que cruzaron el fin del siglo XVIII y entraron en el siguiente, gestando la nación cubana:

1) “se trata de formar hombres de conciencia en lugar de farsantes de sociedad, hombres que no sean soberbios con los débiles ni débiles con los poderosos”10

2) “¿Quién le pone el cascabel al gato?... Créase el estado de opinión y... gato escaldado del agua fría huye”

Aquellas dos “moralejas” y estos dos pensamientos, no por repetidos todavía bien asumidos, nos invitan a prepararnos para una nueva transición en Cuba. Si tuviera que dejar en mi equipaje nimio dos señales del siglo XVIII y XIX cubanos para esta transición hacia una nueva república desde la sociedad civil, dejaría estas:

- es necesario trabajar en la transición de la conciencia, de la mentalidad, lo que hoy se diría en la creación de nuevos estados de opinión.

- es necesario que las minorías den señales claras y elocuentes que puedan guiar a los demás en la transición. Entre las señales que más credibilidad y capacidad de convocatoria tienen se encuentran las asociaciones, organizaciones, movimientos y espacios autónomos de la sociedad civil.

Concluía una centuria fundacional, quizá lo que más destaque en nuestras historiografías sean las guerras de independencia. Es una mirada propia de aquel siglo. Una mirada épica y violenta, una mirada a lo grande y extraordinario, una mirada desde arriba. Pero el siglo XIX en Cuba fue más que guerras y treguas. Su carácter fundacional no viene solamente, y ni creo yo, principalmente, de las contiendas bélicas con todo el mérito que ellas tienen desde el punto de vista de aquella mentalidad. Viene del diseño de un proyecto de nación, de la apertura de una mentalidad diferente, de la siembra de valores y virtud que formó hombres y mujeres fundadores, viene de la búsqueda de una identidad propia, de un camino hacia la libertad característico, viene en fin de consolidar una cultura devenida en nacionalidad y defendida durante las guerras como “República en Armas”.

No se trataba de separarnos de España por la fuerza para comenzar a ser diferentes. Ya éramos diversos. Era más bien independizarse de España para que el ethos cubano ya existente pudiera pasar de una “cultura cautiva” a una “cultura en expansión”.

Ni se trataba de alcanzar la libertad para diseñar una nacionalidad. Ya había una comunidad de cubanos que vivían con esa mentalidad y conducta. Era más bien que esa nacionalidad se convirtiera en nación mientras gestionaba su propia libertad.

Tampoco se trataba de esperar a que llegara la plenitud de esa libertad para comenzar a estructurar una República. La República “vivía en la manigua” y creaba sus tribunales, parlamentos y gobiernos, destituía presidentes y redactaba constituciones. Era más bien que esa República en Armas se convirtiera, con la independencia, en una República en Paz, en una República en Almas, es decir, en una República Moral, cuya eticidad y democracia fueran (para todos los cubanos y aún para los españoles honestos) lo que es una República: un espacio público “donde quepamos todos”, no el terreno excluyente de intereses partidarios. José Martí, quien vivió y animó este proceso de fundación de la República en Almas, nos lo describe, de una manera insigne, apasionada y anticipada, un 10 de Octubre de 1881, veinte años antes del nacimiento de la primera República:

“Aquí velamos; aquí aguardamos; aquí anticipamos; aquí ordenamos nuestras fuerzas; aquí nos ganamos los corazones; aquí recogíamos y fundíamos y sublimábamos, y atraíamos para el bien de todos, el alma que se desmigajaba en el país... Con el dolor de toda la Patria padecemos, y para el bien de toda la Patria edificamos, y no queremos revolución de exclusiones ni de banderías... ni nos ofuscamos ni nos acobardamos. Ni compelemos ni excluimos. ¿Qué es la mayor libertad, sino para emplearla en bien de los que tienen menos libertad que nosotros? ¿Para qué es la fe, sino para enardecer a los que no la tienen?... Es cierto que las primeras señales de los pueblos nacientes, no las saben discernir, ni las saben obedecer, sino las almas republicanas... Y esto hacemos aquí, y labramos aquí sin alarde, un porvenir en que quepamos todos...”11

Un siglo después, esta República incluyente está todavía por alcanzar. Pero aprendamos a discernir “las primeras señales” como almas republicanas del siglo XXI. 3. El siglo XX: de la sociedad civil al totalitarismo.
Al comenzar el siglo XX se instituyó nuestra primera República; pero el 20 de Mayo de 1902 La República ni comenzó a gestarse, ni pudo dar a luz a la plenitud del proyecto. Aquel día la gestación alcanzó reconocimiento oficial en el seno de la comunidad internacional. Se reconocía una criatura viva, con un rostro propio, hoy diríamos que con una información genética inconfundible, pero al fin y al cabo una criatura sin madurar como adulto, prendida aún, tanto de la matriz de España, como del cordón umbilical enredado en su cuello por Estados Unidos. Así fue, por las razones que conocemos y que debemos ir profundizando, sobre todo viendo estos hitos del proceso con “los ojos” y la mentalidad de aquella época. La República de Cuba fue reconocida así, querámoslo o no desde nuestra visión contemporánea. Pero reconocida, al fin y al cabo, como nación independiente cuando aún estaba en gestación y no tenía el índice de madurez que requería para el parto. Esto lo vemos más claro a medida que pasan las décadas. Al filo de un siglo, nos hubiera gustado que el nacimiento fuera más a término, que la criatura no naciera con el cordón enredado en el cuello “por razones de seguridad”, que se hubiera desprendido antes de esa matriz colonial que de tanto quererla la retuvo hasta que no pudo más, a riesgo de la vida de la siempre querida “Perla de las Antillas”.
Aún queriendo a un pueblo se le puede entorpecer su crecimiento en adultez. Aún queriendo ser garante de “su seguridad y estabilidad” se le puede mantener “acordonado” con el pretexto de que necesita ser “alimentado” ya que, por sí mismo, “todavía no se sostiene”. Me atrevería a decir que el 20 de Mayo la comunidad internacional asistía al reconocimiento de una República que tenía ya su propio ethos, su cultura, su nacionalidad, su estructura y rostro diferentes y reconocibles. Pero asistía a ese reconocimiento como la familia que un poco de tiempo antes del parto es convocada por un médico amigo para que “vea” a la nueva criatura a través de la pantalla del ultrasonido.

Así, la primera década trascurrió con dos gobiernos y una intervención norteamericana. Mientras los cubanos irían asumiendo que les tocaba a ellos mismos ser los protagonistas de su República. Primero la aspiración al poder de los antiguos generales de la guerra, luego la de los civiles de la segunda generación, pero aún poniendo como escalera los méritos de la guerra del 95 y marcados por lo que pudiéramos llamar la “infancia política” que provocaba, con frecuencia, una situación en la que se podía apreciar que muchos no sabían qué hacer con el “juguete nuevo” de la independencia formal.

La década del 20 en Cuba está considerada como “la década crítica”. En ella nos fijaremos en la evolución de la sociedad civil que comienza a “cubanizarse” muy lentamente, pero con un punto de inflexión claro y decisivo. Las organizaciones y movimientos cívicos, las Iglesias, las Logias y Fraternidades, los empresarios y profesionales, comienzan a crear nuevos espacios de concienciación y participación ciudadana que mueve, efectivamente, la sintonía de Cuba como “República adolescente”. Adolescencia, edad crítica en la que comienza a darse cuenta ella misma de su crisis de crecimiento, que la coloca en la disyuntiva de seguir “jugando” como niños a “los generales y doctores” o, por el contrario, ir saliendo del seno de la familia anterior, ir dejando atrás la curiosidad sobre las estructuras del Estado que no pueden funcionar bien si no existen ciudadanos responsables, demócratas para una verdadera democracia, que asuman la construcción y el destino de un nuevo país más allá y más debajo de su propio juego político y de sus recién estrenadas estructuras de poder.

Julio Le Riverend, en su prólogo a la segunda edición de Entre cubanos de Fernando Ortiz, da su propia apreciación sobre esta inflexión crítica de la década de los veinte en Cuba: “Las primeras respuestas al fenómeno de desintegración histórica se vuelve contra el choteo, humorismo cubano que encubre tanto cinismo como honrada crítica, imputa la carencia de disciplina y unión, o sea, la indiferencia del frustrado y el deterioro de la nación detenida... subraya la ligereza como falta de tenacidad en la prosecución de los objetivos individuales y nacionales, no se deja de señalar la irresponsabilidad, grado mayor de la indiferencia, ni la incultura como caracteres que integran el ser nacional en momentos en que se requieren las más altas virtudes”.12

De esta valoración pudiéramos subrayar que hay unas “primeras respuestas”; se esboza un diagnóstico del “ser nacional”, destacando irresponsabilidad y falta de cultura cívica, y se reconoce estar en un “momento” en que se requerían “altas virtudes”. Coincido con el análisis de la realidad pero me gustaría matizar la apreciación global del proceso. Le Riverend y otros cercanos a su misma escuela de pensamiento, parece que ven en este una dinámica de desintegración-integración, de negación de la negación, de unidad y lucha de contrarios, de avances y retrocesos.

Aunque esta pudiera ser una visión sobre el devenir histórico, preferiría acercarme a otra forma de interpretarlo, evaluándolo como un proceso de crecimiento en el que necesariamente se van dejando atrás etapas de inmadurez que aparecieron como consecuencia lógica de la “edad” de la República, como rasgos de su niñez, de su adolescencia, de su primera juventud. Pero al fin y al cabo, crisis de crecimiento en el sentido de la madurez progresiva, de la gradualidad de las responsabilidades.

La tesis de Vitier pudiera acercarse más a esta forma de interpretar el devenir republicano: “Nuestro siglo XIX está lleno de gérmenes, de tal suerte que llegamos a la República sin haberlos desenvuelto todos. Parte de nuestro pasado conserva su vigencia.”13

Creo que interpretar el devenir del siglo XX cubano a la luz de aquellos “gérmenes” de nuestro siglo fundacional nos permitirá aprehender una visión más acorde con nuestra cultura, y especialmente con nuestro humanismo, que una interpretación de nuestra historia a partir de filosofías totalmente foráneas que comenzaron a sumergirse en profundidad en la sociedad civil cubana, precisamente, en esa década crítica de los años 20.

Sería muy importante para la “comprensión” de nuestra historia seguir usando el “instrumental” filosófico fraguado en nuestro siglo XIX (desde un eclecticismo mestizo, es verdad, pero así fuimos y somos), mezclado en un molde criollo, en unas cabezas autóctonas y abiertas a lo mejor del mundo, moldeado en una escuela cubana de pensamiento que también durante el siglo XX tuvo sus pensadores insignes que prefirieron seguir en la clave de Caballero, Varela, Luz y Martí. En esta clave se pudo atravesar el mar de ciclones y dictaduras, el mar de tormentas y desconciertos, hasta llegar a la Constitución de 1940 y toda esa década de nuestra primera juventud institucional, no exenta de granos en la cara y dislates en la calle, de corrupciones y tanteos, pero con la solidez y el ímpetu del que sabe ya lo que hace y lo hace para llegar a ser plenamente adulto, aunque no le salga como soñó en su primera juventud y -yo diría- aunque algunos sueños atraviesen un “mar rojo” de pesadillas (siempre hay una orilla, y una “pascua”, un paso, una transición).

Ese instrumental de interpretación filosófico se mantiene hoy útil y sin oxidar. Tiene “una huella profunda y radical, es innegable, en la inspiración de aquellas décadas germinales de nuestra nacionalidad, de nuestra cultura: la huella de Cristo, el soplo de su voz... en la voz de aquel sacerdote José Agustín Caballero, a quien Martí llamó el Padre de los pobres y de nuestra filosofía” –como expresara Cintio Vitier en la Velada cultural del Encuentro Nacional Eclesial Cubano en 1986.14

Pero no basta con esa “pleamar, visión, llamamiento de lo superior en la naturaleza humana y, a la sazón, convergencia solícita de cuantas doctrinas explican al hombre... no digo que el fenómeno haya sido exclusivo de nuestra historia... pero aquí se acusó más a causa de haberse demorado largamente nuestra independencia... son unos treinta años en que la cultura, como por irresistible instinto histórico, se arma del ideario que va a necesitar... el grupo de cubanos vigilantes del momento está ordenando sus ideas, orientando las energías del país.”15 No basta con la fragua del pensamiento, es necesario la fragua de los espacios de participación y la de la capacidad organizativa de los ciudadanos. Esto ocurrió en la primera mitad del siglo XIX, y volvió a ocurrir, con nuevos ingredientes, en la primera mitad del siglo XX.

Los nuevos ingrediente filosóficos de la República, predominantes en estas décadas del 20 al 60, fueron por un lado las ideas marxistas-leninistas y, por otro, el existencialismo y el personalismo de inspiración cristiana. Ingredientes de manual y de tribuna, no de elaboración profunda y escuela generadora de pensamiento, pero que por algunos resquicios fueron informando a las nuevas minorías guiadoras, llegando a grupos de intelectuales, marcando el perfil ideológico de las mejores publicaciones, determinando el estilo y los métodos de los movimientos.

Eso explica, de alguna forma, la nueva arquitectura de la sociedad civil en la época republicana. Por un lado la continua amenaza latente de intervención norteamericana si Cuba no lograba la estabilidad política, lo que Jorge Mañach llamaba “complejo de subalternidad... que impedía una política audaz, resuelta, creadora, plenamente responsable”;16 por otro lado, una sociedad civil que, por debajo de ese complejo de las clases políticas, comienza a organizarse, a conquistar autonomía, a proponer con creatividad. No veo contradicción entre la visión de Mañach, más bien referida a la política oficial y a la subordinación de las estructuras estatales, y ese “mar de fondo”, ese movimiento sísmico incontenible que saldrá a la superficie del 1930 al 33 con la “revolución que se fue a bolina”-como dijera Raúl Roa- y que venía ya gestándose de diversas formas desde mucho antes por el capilar tejido de la sociedad civil republicana.

Así, van surgiendo iniciativas y espacios de inspiración marxista: la “Protesta de los Trece”, la Revista de Avance, un nuevo sindicalismo, un partido de “nuevo tipo” dan figura a una forma de ver la historia y de “hacerla”. Por otro lado, la Iglesia Católica intentaba desembarazarse de su matriz española y funda en la misma década de los 20 las primeras organizaciones laicales de Acción Católica: los Caballeros Católicos en el 25, las Juventudes Católicas en el 28, la Agrupación Católica Universitaria en el 31. Ese proceso de cubanización, hay que decirlo así, fue especialmente fomentado por ordenes religiosas como los Jesuitas, los Hermanos de la Salle, los Dominicos, etc.

Estos últimos se adelantaron a la década del 20 creando el espacio, patrocinando la labor de laicos como el Dr. Mariano Aramburo y Machado, jurisconsulto católico e intelectual brillante, quien fundara el 26 de Octubre de 1919 la Academia Católica de Ciencias Sociales en los espacios que los dominicos cedieron en el nuevo Convento de San Juan de Letrán en el Vedado habanero. Esa Academia no se entretuvo en ejercicios utópicos del pensamiento sino que a un año escaso de su fundación, presentó en el Senado de la República de Cuba el primer Proyecto de Código del Trabajo, el 20 de julio de 1920.

En sus palabras de presentación del Proyecto en el plenario del Senado, el Dr. Aramburo expresaba: “esta codificación, a pesar de lo mucho que fragmentariamente se ha legislado sobre la materia en casi todos los pueblos modernos, aún no se ha llevado a cabo en ninguna parte, siendo Cuba la primera nación en realizarla, por el esfuerzo de la Academia.”17

Eran estas iniciativas de la pujante sociedad civil a partir de la década crítica (1920-30), a mi forma de ver, las que marcaron el derrotero de lo más sano de la República de Cuba. Fue el camino hacia la adultez que aún no hemos alcanzado; pero, camino al fin, marcaba el rumbo.

Creo que se ha escrito demasiado de la sucesión de gobiernos y dictaduras, de golpes de Estado e intervenciones norteamericanas, de revoluciones y metrópolis ya fueran española, norteamericana o soviética. Esta sigue siendo una historia contada desde arriba y desde fuera del seno de la sociedad civil cubana.

Es la historia del poder estatal, no del poder civil. Es la historia de los gobernantes, no de los ciudadanos. Es la historia, en fin, de las veleidades políticas, que desconocen mucho y bueno de la audacia, la creatividad, y de la responsabilidad, decisoria en ocasiones, de las organizaciones cívicas intermedias en la historia de la colonia, de la República, de la conquista del poder por parte de una Revolución hecha, sostenida y secundada, por la sociedad civil. Y ahora, la historia reciente, aún en el horno y en la fragua de una transición (si se acepta que ya comenzó), muestra, a todas luces, que se inició por la reconstrucción de un nuevo tejido autónomo y creciente de la sociedad civil postotalitaria.

Marifeli Pérez-Stable, en su monumental libro sobre la Revolución cubana, precisamente titula el capítulo que abarca de 1902-1958: Política y Sociedad. Al leerlo, vino a mi mente ese contrapunteo que menciono en el párrafo anterior. Ella presenta hechos e interpretaciones: por un lado una República plattista que intentaba sostener su propia gobernabilidad, por otro y al mismo tiempo, en su propio seno, una sociedad que retaban la estructura y el funcionamiento, la honestidad y el decoro de esa misma estructura política:

“Contener a las clases populares se convirtió en la razón sine qua non de la República mediatizada... Como principio la clase política intentaba evitar la intervención... para la clase política la corrupción era la condición tácita de la estabilidad, mientras que para los Estados Unidos la mala administración del Estado era evidencia de la capacidad limitada de los cubanos para autogobernarse... Varias conmociones en diversos sectores no tardaron en desafiar la política de la república plattista. Durante la primera década del siglo veinte, los obreros de las ramas del azúcar, el tabaco, la construcción, los ferrocarriles y los puertos iban a huelga con relativa frecuencia.”18

Lo que Pérez-Stable llama “conmociones” deberán verse un día, cuando se escriba la historia desde ese otro ángulo, como “pujos” del parto de una sociedad civil protagónica (es decir, proto: primera; agónica: en la agonía, la lucha) de una República que aspiraba a la mayoría de edad.

Más adelante, en los años 30, “el cooperativismo provocó una amplia oposición. Los estudiantes de la Universidad de La Habana promovieron actividades antigubernamentales en las que exigía la autonomía universitaria y, a medida que la economía se deterioraba, la clase obrera se tornaba más combativa... se elevaba el número de organizaciones que se oponían al gobierno...”. La autora cita alguna de ellas: “La asociación revolucionaria ABC, el Directorio Estudiantil Universitario (DEU), El Partido Comunista de Cuba (PCC) y la Confederación Nacional de Obreros de Cuba (CNOC) a su vez replicaban a la represión oficial con su propia violencia. Incluso la clase política se dividió...”19

Con demasiada frecuencia, en estos últimos 40 años, se ha subrayado esta “historia” revolucionaria violenta. Y se ha desconocido en la historia republicana lo que podemos llamar, con razones sobradas, “otra revolución”: cívica, cultural, no violenta, gradual; vilipendiada por no ser todo lo radical que querían otros, pero ahora vamos descubriendo que la violencia revolucionaria sembró e hizo nacer nuevas formas de violencia, no sólo armada, sino desalmada, no sólo física sino psíquica y espiritual.

En un callejón sin salida ha desembocado esa opción de una sociedad civil violenta y “guerrillera”, urbana o rural. Mientras que, sin ruido, sin historia escrita pero espesando la historia desde abajo, ha existido, creo, un entramado de organizaciones y movimientos sociales, un tejido sostenible y flexible, sin techos partidistas ni fronteras ideológicas excluyentes, a modo del acero en el hormigón (sostiene sin verse), a modo de fermento en la masa (la hace crecer sin cambiar su naturaleza), a modo de esperma en el óvulo (lo penetra, lo fecunda y engendra una nueva criatura), que sin violencia traumática pero con incansable e inalienable voluntad de cambio, ha venido haciendo la “otra revolución”, la que va adelantando el proceso de madurez cívica de la República cubana.

Considero que la Constitución de 1940 y la década que siguió pueden señalar la etapa, en este proceso, en la que la República pasó de la primera juventud a un compromiso más serio con su propio forja y destino. Pudiera decir que la sociedad civil encontró verdadera “carta de ciudadanía” en el articulado de aquella Constitución. Y no solo en su articulado, sino y sobre todo en la dinámica que provocó la Asamblea constituyente y la inspiración y consenso que aportó esa Carta Magna a todo el movimiento cívico de la década del 50.

Tengo la certeza de que, precisamente, por reconocer institucionalmente a las organizaciones de la sociedad civil, por proveerlas de espacios constitucionales, por crearles un marco legal asertivo y no coactivo, por darle a esas organizaciones un rol no antagónico con las estructuras del Estado, y no necesariamente opuestas a la clase política, sino creando un clima de concertación y cooperación, por todo ello, y por el ejercicio cívico y político que constituyó la redacción, el debate y la aprobación de la Constitución de 1940, es que ella misma se convirtió en un signo, en un punto de encuentro, en un proyecto viable y aceptable para la inmensa mayoría de los cubanos. Fue esto lo que dio al movimiento revolucionario, después del Golpe de Estado de Fulgencio Batista el más amplio apoyo popular de la historia republicana. Fue esto lo que favoreció que ese movimiento fuera plural y articulado en sus inicios, y no monolítico y excluyente como cuando llegó al poder. Fue ese marco constitucional quien permitió que las organizaciones intermedias creyeran más en sí mismas, tuvieran espacio para entrenarse en la participación democrática cotidiana y no sólo electoral, y que asumieran su propio protagonismo sin esperar por la clase política tradicional.

Los grupos de intelectuales como los que se reunieron alrededor de la Revista “Orígenes”, la Juventud Obrera Católica (JOC), la Juventud Ortodoxa, la Federación Estudiantil Universitaria (FEU) de la época de José Antonio Echeverría, las Semanas Sociales Católicas de 1938 y de 1951, los movimientos cívicos como “El Comité Todo por Pinar del Río” (1948) y otros similares que se extendieron en otras localidades del país para el mejoramiento social, sanitario y cultural, las escuelas de Artes Plásticas, de Música, de Arquitectura, y los movimientos de compromiso social que generaron, las nuevas publicaciones católicas como La Quincena, El Mensajero y otras publicaciones religiosas y obras masónicas, las asociaciones de artesanos, comerciantes, profesionales, transportistas, tabacaleros; las cooperativas agrícolas y de servicio urbano; la red de Bibliotecas y Clubes de instrucción y recreo, mutuales de salud, sindicatos y sociedades culturales de todo tipo y tendencia, son sólo una muestra, muy incompleta y somera, pero muestra al fin, de cómo creció y maduro la sociedad civil cubana entre 1940 y 1959.

La capacidad de convocatoria, el consenso logrado, las conquistas sociales, la mentalidad fraguada, el nivel de vida alcanzado, la vitalidad del entramado social, la consolidación de la cultura nacional, el ímpetu de la labor creadora tanto artística como técnica y científica, incluso la presencia digna de Cuba en la arena internacional (recordemos su papel en la redacción y debate de la Declaración Universal de los Derechos Humanos en la ONU, en 1948, con intelectuales y artistas como Guy Pérez Cisneros y Ernesto Dihigo), marcan una tendencia a la adultez en aquellas décadas de nuestra República, a pesar de la frustración del golpe de estado en el plano político. Es la misma lógica de siempre, que venimos intentado hacer consciente en esta reflexión: mientras la gobernabilidad del poder político puede flaquear y frustrarse, incluso en épocas de florecimiento económico, el tejido independiente de la sociedad civil va, por su camino de autogestión y desarrollo, aportando un ethos y una praxis que salvaguardan, consolidan y hacen crecer la identidad y la soberanía de la nación. Pudiéramos, incluso, llegar a constatar que lo que da verdadera consistencia a una nación no es ni siquiera su dinámica de gobierno político sino la solidez de su entramado y energía social. Pienso en viejos países de Europa que cambian con increíble frecuencia de primeros ministros y de gabinetes, que entran y salen de crisis y retiros de la confianza de su parlamento; sin embargo, son países que no pierden su estabilidad social, ni su crecimiento económico, ni su rol internacional, ni su gobernabilidad se hace insostenible aun cuando aparezca oscilante. Creo encontrar la explicación en el papel asignado a la estructura de gobierno, a la función estabilizadora de la sociedad civil, a la independencia del poder económico y a una plataforma jurídica de consenso que permite el respeto del juego democrático sin grandes sobresaltos.

Ello me lleva a pensar que mientras más fuerte sea el rol de la sociedad civil más reducido y eficaz será el papel regulador del Poder Político, como marco jurídico y garantía de la seguridad social. Y por lo contrario, mientras más absoluto y totalizador sea el poder del Estado, más débil y fragmentado será el papel de la sociedad civil que sobreviva a su control.

Esto explica una parte de la historia del siglo XX de nuestra República que aún no está escrita. Esto explica por qué el gobierno revolucionario, después de consolidarse en el poder político durante 1959, comenzó su más basta, compleja y callada campaña de todos sus 43 años: la campaña para desarticular el tejido de la sociedad civil, desmembrar y dispersar a los asociaciones en esas organizaciones ya aisladas entre sí, y suprimir los espacios físicos, jurídicos y psicológicos en que los ciudadanos ejercían su soberanía desde abajo y entre las asociaciones en que se experimentaba cotidianamente la democracia como participación libre, consciente y responsable.

En su lugar, porque el lugar de la sociedad civil no puede permanecer vacío so pena de ser recuperado, la Revolución creó, sostuvo y controló, unas bien llamadas organizaciones “de masa” que no son más que correas de transmisión del poder político totalitario, ahora devenido, al agotarse el proyecto político y desfallecer la convocatoria de su ideología, en puro autoritarismo, sin más -como afirma el profesor Jorge Ignacio Domínguez en una de sus más preclaras reflexiones.

Considero que este es el mayor desastre cívico sufrido por Cuba en la segunda mitad del siglo XX. Fue un verdadero genocidio cultural. Esta es, pues, la explicación, tanto del fracaso antropológico de la revolución socialista en Cuba, como del inexplicable control que todavía ejerce en su ciudadanía secuestrada. Muchos piensan, desde fuera o desde lejos, o desde arriba, o desde su ingenuidad al valorar los autoritarismos de izquierda con los parámetros de los de derecha, para llamarlos con una terminología cada vez más ambidextra, que el control viene, en primer lugar, de la represión de los órganos de la policía política. Ese control existe y es real, pero resulta ser lo que Milán Kundera llama una pequeña mentira creíble a cuyas espaldas se esconda una inmensa verdad increíble: esa verdad, en el tema que nos ocupa, es que el control casi totalitario que se ha ejercido en Cuba durante estos 43 años sostiene su eje central en dos mecanismos que no se ven tanto como quisiéramos los que los sufrimos: - Uno: el gobierno es el único empleador; por tanto, quien disiente se queda sin sustento para él y para la familia. Todo las otras opciones caen en la ilegalidad, y la ley de peligrosidad social.

- Dos: el gobierno desmanteló y clausuró los espacios y organizaciones de la verdadera sociedad civil, autónoma y participativa. Todos los demás espacios fuera de sus correas de transmisión caen en la asociación ilícita, la subversión y el clandestinaje.

Así pues, más de la mitad del siglo XX cubano transcurrió hacia la tendencia de un Estado fuerte, abarcador, paternalista. Era la versión cubana de todo el siglo XX en la cultura occidental con estados autoritarios por la derecha y totalitarios por la izquierda Sólo la Iglesia escapó, en cuanto pudo, como institución religiosa y por ende como parte de la sociedad civil, a este eje de control totalitario. Ella alcanzó mantener, a duras penas, un mínimo de autonomía. Ella, sin duda, ha sido un reservorio de concienciación y libertad. Ella fue durante muchos años el único espacio no totalmente controlado de entrenamiento para la participación comunitaria y ciudadana. Ella fue la única que logró sobrevivir al desmantelamiento, conservando su red de redes en pequeñísimas comunidades casi exiguas, pero testimoniantes de que no todo estaba perdido. Por esto mismo su responsabilidad es y será de marca mayor.

Yo viví en carne propia, y con espíritu sostenido por ella, ese tiempo de exilio interior y peregrinación por el desierto, ese tiempo de sobrevivencia del “resto fiel”. Nunca podré agradecer suficientemente a Dios y a esta Iglesia por ese resuello de vida y por aquel exiguo pero inspirador espacio de libertad y participación.

La última década del siglo XX cubano es la época del incipiente resurgimiento de una nueva sociedad civil. Conformada ya no sólo por las iglesias, sino por los grupos de defensa de los derechos humanos, las publicaciones católicas, los periodistas y bibliotecas independientes, los nuevos partidos políticos opositores (algunos de los cuales ya tienen un programa político elaborado y serio).

Aparecen también movimientos laicales bastantes comprometidos socialmente como las Comisiones Católicas para la Cultura, se reanudan las Semanas Sociales Católicas en 1991, se crea la Comisión Justicia y Paz y el servicio de Cáritas-Cuba. Nacen otros movimientos cívicos de corte profesional, gremial o social. Surgen nuevos sindicatos y cooperativas independientes y hasta un Consultorio Médico de la Familia independiente en uno de los municipios más occidentales de Cuba.

Casi a mediados de la década de los noventa (1996), Concilio Cubano fue una iniciativa que alcanzó un apreciable consenso dentro y fuera de la sociedad civil cubana. El derribo de las avionetas distrajo la atención, y la cárcel y las presiones dispersaron aquella primera experiencia de concertación cívico-política. En 1998 ocurre el acontecimiento nacional que, en mi opinión, más benefició a la incipiente sociedad civil cubana y no sólo a la Iglesia Católica, que forma parte de ella: se trata de la Visita del Papa Juan Pablo II. Es el hecho mismo de la visita de un líder religioso que por cinco días mantuvo en vilo a la nación con “otra voz”, con “otra figura” y con “otro mensaje”, diferentes a los que el pueblo de Cuba había recibido, no sé si escuchado ya, en las casas, calles y plazas del país durante cuarentitantos años; lo que considero vital para la sociedad civil cubana.

Durante esa semana el Papa expresó una serie de mensajes que, por su coherencia y vigencia para el presente y el futuro de Cuba, me permito citar en extenso y sin comentarios, que no son necesarios. Quien conozca verdaderamente a Cuba por dentro podrá apreciar y compartir en estos seis párrafos la importancia capital que le otorga el Papa a este tema de la sociedad civil:

- (Familia y sociedad civil) “Si la persona humana es el centro de toda institución social, entonces la familia, primer ámbito de socialización, debe ser una comunidad de personas libres y responsable que lleven adelante el matrimonio como un proyecto de amor, siempre perfeccionable, que aporta vitalidad y dinamismo a la sociedad civil.”20

- (Educación y sociedad civil) “Los padres, sin esperar que otros les reemplacen en lo que es su responsabilidad, deben poder escoger para sus hijos el estilo pedagógico, los contenidos éticos y cívicos y la inspiración religiosa en los que desean formarlos integralmente. No esperen que todo les venga dado. Asuman su misión educativa, buscando y creando los espacios y medios adecuados en la sociedad civil.”21

- (Los jóvenes y la sociedad civil) “El compromiso es la respuesta valiente de quienes no quieren malgastar su vida sino que desean ser protagonistas de su propia historia personal y social... Asuman un compromiso responsable en el seno de sus familias, en la vida de las comunidades, en el entramado de la sociedad civil y también, a su tiempo, en las estructuras de decisión de la Nación.”22

- (El mundo de la cultura y la sociedad civil) “En Cuba se puede hablar de un diálogo cultural fecundo, que es garantía de un crecimiento más armónico y de un incremento de iniciativas y de creatividad de la sociedad civil.”23

- (Libertades y sociedad civil) “El bien común de una nación debe ser fomentado y procurado por los propios ciudadanos a través de medios pacíficos y graduales. De este modo, cada persona, gozando de libertad de expresión, capacidad de iniciativa y de propuesta en el seno de la sociedad civil y de la adecuada libertad de asociación, podrá colaborar eficazmente en la búsqueda del bien común.”24

- (La Iglesia en la sociedad civil) “Ello no les mueve a reclamar para la Iglesia una posición hegemónica o excluyente, sino a reclamar el lugar que por derecho le corresponde en el entramado social donde se desarrolla la vida del pueblo, contando con los espacios necesarios y suficientes para servir a los hermanos. Busquen estos espacios de forma insistente... Y en este empeño, con espíritu ecuménico, procuren la sana cooperación de las demás confesiones cristianas, y mantengan, tratando de incrementar su extensión y profundidad, un diálogo franco con las instituciones del Estado y las organizaciones autónomas de la sociedad civil.”25 Defendiendo su propia libertad la Iglesia defiende la de cada persona, la de las familias, la de las diversas organizaciones sociales, realidades vivas, que tienen derecho a un ámbito propio de autonomía y soberanía. (Cf.Centesimus Annus,45)26

La Iglesia vivió y sintió el gran desafío que significaban estos mensajes pontificios para el presente y el futuro de Cuba. El Estado también lo percibió así, y casi tras “la sandalia del pescador”, comenzó a cerrar sigilosamente la puerta y muy explícitamente poco después cuando, en un documento destinado a los miembros del Partido, exhortó a una campaña bien organizada para “despapizar” a Cuba.

La Iglesia, ayudada por esa sociedad civil, pudo acceder esta vez al documento “oficial” del Partido y denunció la campaña, que, por la misma razón, tras una excusa casi oficial, prosiguió sistemáticamente en las escuelas, en las comunidades y catequesis, en las obras sociales y caritativas de la Iglesia, en los centros de trabajo, etc.

Casi al finalizar la década, que unos periodistas franceses corresponsales en Cuba llamaron “de la transición secuestrada”,27 se produce otro consenso importante en el seno de la naciente sociedad civil. Se trata del Proyecto Varela, patrocinado por “Todos Unidos”, una concertación de casi un centenar de organizaciones, partidos, centros de estudios, agencias de prensa y personalidades de la disidencia y la oposición política. Este ejercicio de búsqueda de consensos y de entrenamiento para la participación cívica, consistió en la recogida de 10 mil firmas para avalar la iniciativa legislativa proveniente de cualquier ciudadano y que consagra la Constitución socialista actual, por lo menos en teoría.

El Proyecto Varela, que culminó con la respuesta de esa cantidad de ciudadanos, es por sí mismo, e independientemente de sus resultados estrictamente políticos, una muestra de la creciente capacidad de trabajo con las bases y a lo largo de toda la isla de estas organizaciones de la nueva sociedad civil cubana. Creo que pudiera servir para futuros proyectos y devenir en una práctica cotidiana de concertación cívica y participación democrática. Cuba lo necesita cada vez más.

Este trabajo no puede, como decíamos al principio, hacer la historia de esta jungla civilista de la sociedad cubana que va desde los albores de la nacionalidad hasta la última década del siglo XX y que es, todavía hoy, casi desconocida en su inmensidad, capilaridad e influencia. Pero quisiera dejar esta propuesta al celebrar el primer Centenario de nuestra República:

recoger un elenco, lo más abarcador posible, de las organizaciones intermedias de la sociedad civil en los diferentes períodos histórico desde la Colonia hasta nuestros días. Y aún más, intentar escribir el rol que desempeñaron estas organizaciones en el devenir histórico de Cuba. En una palabra, escribir una historia de Cuba desde la perspectiva de su sociedad civil.

4. El siglo XXI: hacia una nueva República desde el protagonismo de la sociedad civil.

Reconstruir la sociedad civil cubana, aprender de nuevo a organizarnos desde abajo y por los lados, aceptar sinceramente y sin trastienda que la pluralidad inclusiva de organizaciones y asociaciones no es una amenaza a la unidad de consensos, ir articulando esos consensos hasta construir un proyecto de bien común “donde quepamos todos”, es, en mi opinión, el gran desafío y la tarea primordial de la sociedad cubana en los albores del siglo XXI.

No sé por qué providencial coincidencia histórica, se parecen tanto nuestros comienzos de siglo. Pero sé que tenemos una historia al inicio de los últimos tres siglos que apunta a la gestación de realidades nuevas. Que tienen un marcado acento cívico, más que político en sentido estricto, y que ese acento civilista suena como lección y advertencia de esa historia de la que deberíamos, por lo menos, aprender cómo diseñar y levantar una nueva República en continuidad con lo mejor de su mismo devenir, en sintonía con sus voces e ideas más profundas y auténticas, pero superando las edades de su gestación (en el siglo 19), de su nacimiento (en 1902), de su niñez (décadas del 10 al 20), de su primera juventud (décadas del 30 al 40) y de su segunda y más traumática juventud (en las décadas del 50 al 90).

Cuba, pasando por la transición del autoritarismo a la democracia, tiene ya suficiente experiencia como para acceder a una etapa adulta como República. Eso dependerá de lo que aprendamos de la historia, de lo que tengamos en cuenta de las etapas pasadas, de la capacidad de reconstruir una nación sobre las mejores bases de todas las épocas.

Es un trabajo de discernimiento, para distinguir lo mejor de la experiencia vivida.

Es un trabajo de purificación, para reconocer y enmendar los errores y fracasos.

Es un trabajo de síntesis, para articular en un proyecto coherente y viable las lecciones de cada etapa.

Es un trabajo de creación, para aportar las nuevas iniciativas que requieren los tiempos nuevos.

Cuba, como nación, puede hacer este proceso de gestación de una nueva República. José Martí decía: “Mi Patria posee todas las virtudes necesarias para la conquista y el mantenimiento de la libertad.” Eso lo expresó a finales del siglo XIX; a principios del siglo XXI, luego de haber vivido lo mejor y lo peor de los dos sistemas que dominaron el siglo XX, me atrevo a asegurar que, a pesar de los pesares, Cuba sigue teniendo esas virtudes que la salvarán como Nación.

Es verdad que en la superficie de la vida nacional emergen, con mayor elocuencia, los signos del fracaso antropológico del marxismo-leninismo caribeño. Pero que no se nos ofusque la razón, que no se nos nuble la esperanza: una nueva República cívicamente adulta, libre y responsable, puede ser construida por ciudadanos “que son y deben ser los protagonistas de su propia historia personal y nacional.”28

Estoy convencido de que entre esta nueva utopía que nos convoca y la dura realidad en que vivimos, están los pequeños pasos que mantienen viva la esperanza. Hay cubanos y cubanas, de aquí y de cualquier ribera, que están dando ya esos pasos. Por ellos, Cuba, en la vigilia de una nueva etapa de su vida, puede mirar al futuro con confianza.

Parece ser que por lo menos en Europa y América, el siglo XIX fue un siglo liberal en el que la sociedad civil jugó un papel protagónico. El siglo XX, por el contrario, pudiera considerarse como el tiempo fuerte de los Estados, ya fueren democráticos, autoritarios o totalitarios. La caída del muro de Berlín fue el signo de que las puertas de una “nueva era” se abrían. Los estados modernos, racionales y providentes, fracasaron. A todas luces se emprendía un retorno al protagonismo de una nueva edad para la sociedad civil.

Creo, por tanto, que el siglo XXI será el siglo de la sociedad civil cubana. Este será el siglo de una República participativa y corresponsable, abierta e integrada a su hemisferio, reconciliada por dentro e interdependiente por fuera.

Esta será la garantía más segura para una democracia mayor de edad. Václac Havel, cuya experiencia en este campo es incontestable decía:

“El elemento fundamental y más legítimo de la democracia es la sociedad civil. En diez años de transición postotalitaria, nuestras nuevas élites políticas. O bien han adoptado una actitud apática respecto de la construcción de la sociedad civil, o bien se han opuesto a ella activamente. Tan pronto como estas élites llegaron al poder, se volvieron reacias a devolver un ápice de la autoridad estatal que heredaron... De hecho muchos siguen interpretando la fe en la sociedad civil como izquierdismo, anarquismo o sindicalismo, y ha habido incluso quien lo ha llamado protofascismo. En la base del argumento de que la sociedad civil representa un ataque contra el sistema político está el conocido rechazo a compartir el poder. Es como si los partidos nos estuviesen diciendo: El gobierno es un asunto nuestro, así que elijan a cuál de nosotros quieren, pero nada más. Absurdo: los partidos políticos, las instituciones democráticas, sólo funcionan bien cuando extraen su fuerza e inspiración de un entorno civil desarrollado y pluralista y están expuestos a las críticas de su entorno.”29

Esta experiencia de los países de Europa central y del Este, debe ser estudiada con mucha atención. A la desgracia de ser los últimos corresponde, sin embargo, la suerte de poder aprender de los aciertos y errores de los que van delante.

Víctor Pérez Díaz, en su libro La primacía de la sociedad civil, plantea así estas experiencias: “La sociedad civil entendida como un entramado de actores sociales e instituciones, se diferenció claramente del estado y de la clase política... pretendieron tener una entidad y existencia propias negándose a ser considerados como el resultado de las actuaciones del estado... rechazaron la pretensión del estado de monopolizar la esfera pública... también rechazaron la pretensión del estado de ser el máximo responsable en la provisión de los bienes públicos, manteniendo, por el contrario, que la sociedad civil era responsable, y capaz, de esta provisión y estaba en mejor condición que el estado para resolver los problemas del crecimiento, la integración social, e, incluso, la identidad nacional.”30 Mucho se ha discutido si es posible hablar de una auténtica sociedad civil en medio de un sistema totalitario, y si la reconstrucción de la misma tiene necesariamente que esperar al cambio de sistema. Es la dialéctica entre soberanía del Estado y soberanía de la nación, entendida como comunidad de ciudadanos. Es la disyuntiva entre poder totalitario y repartición del poder. El autor citado parece reconocer que no es necesario esperar al cambio radical para que la sociedad civil pueda comenzar su lenta recuperación y pone ejemplos muy diversos:

“...incluso, bajo la dominación comunista, ya existía en un grado significativo, una sociedad civil en sentido restringido, a la que había que dar la oportunidad de ejercer presión, y de avanzar, hacia el establecimiento de una sociedad civil en su sentido más amplio... En Polonia fueron la Iglesia y los sindicatos los que defendieron estas propuestas (así pues, sobre todo, en el campo asociativo); en Hungría éstas surgieron inicialmente por medio del desarrollo de lo que se llamó la segunda economía (En el campo, por tanto, del mercado); en Checoslovaquia se defendieron principalmente en el ámbito del debate público y de la disidencia cultural (es decir, sobre todo, en el campo de la esfera pública)... Todas estas experiencias, vividas en diferentes países, demostraron la viabilidad de instituciones alternativas (como las negociaciones colectivas y las huelgas, los mercados, las reglas del debate público, etc.), organizaciones, redes, y movimientos sociales alternativos (como las iglesias, los sindicatos, las redes de disidentes, etc)... Estas demostraciones prácticas se llevaron a cabo durante un período prolongado de tiempo... y prepararon el camino... que terminó sucediendo a finales de los ochenta, cuando se abrió un respiradero, o una ventana de oportunidad, a causa de la incapacidad, o la falta de voluntad de los dirigentes de los estados y los partidos marxistas para emplear la violencia contra sus propias poblaciones.”31

Entonces, teniendo en cuenta que es posible comenzar desde mucho tiempo antes del cambio político la reconstrucción de una sociedad civil sana, factor ella misma de la transición primero y de una auténtica democracia capilar, participativa y sistemática, después, me gustaría delinear muy sucintamente las características de ese entramado que debería conformar la sociedad civil en el siglo XXI cubano:

Características de una nueva sociedad civil para Cuba.

- Personalista y personalizadora: Es decir, que cada grupo, asociación, organización o movimiento de la sociedad civil salvaguarde y promueva la dignidad plena de la persona humana. Ponga a la persona, sus derechos y legítimas aspiraciones en el centro prioritario de su organización, funcionamiento y métodos. Que no sean organizaciones de “masas”, o simplemente “mercantiles”, sino que aspiren a ser formaciones de personas, grupos éticos, es decir, humanizados y humanizadores.

- Socializadora - con sentido comunitario: Es decir, que las personas puedan experimentar procesos de auténtica socialización, a través de dinámicas de integración, espacios de participación, libertad de expresión y asociación. Que las personas desarrollen un sentido de pertenencia y cultiven lazos de convivencia respetuosa, creativa y pacífica. Que no sean organizaciones o movimientos “sectarios” o cerrados, lo que no excluye que sean competitivos, pero que estén dispuestos a la solución pacífica de los conflictos, a la búsqueda de consensos y a la articulación flexible con otras organizaciones de la sociedad civil en la búsqueda integrada del bien común de toda la nación. - Plurales y pluralistas: Es decir, que se acepte la existencia de diversas organizaciones para un mismo fin, que se acepte como una riqueza que otros opten por asociaciones alternativas con los mismos objetivos. Que se trabaje para eliminar los monopolios de servicios o asociaciones. Que no se creen “consolidados” bajo el pretexto de ahorrar recursos materiales o humanos. Los “consolidados”(así nombran en Cuba a las organizaciones integradas en una, única y excluyente), el monopolio de un partido, los sindicatos unificados por la fuerza, han demostrado su ineficacia, la falta de iniciativas y de competencia y el desgaste rutinario. Las personas y los pueblos tienen derecho a escoger entre dos o más organizaciones que tengan los mismos fines, los mismos objetivos e incluso métodos similares. Presionar para uniformar y unificar es un proceso empobrecedor. Está demostrado. Una cosa es articular la unidad desde la diversidad y otra matar la diversidad para alcanzar la uniformidad. La pluralidad, es decir, la diversidad de organizaciones, es un hecho, un dato de la realidad, en una sociedad civil sana. El pluralismo es asumir que esa pluralidad es una riqueza y no un estorbo para el desarrollo de toda la sociedad. Cuba tiene demasiadas experiencias en ambos sentidos.

- Participativa y corresponsable: Es decir, que la formación de los grupos, asociaciones y movimientos de la sociedad civil debe hacerse desde una base profundamente democrática. La participación no debe ser ni de apoyo incondicional, ni manipulada, ni frenada por intereses espurios. La sociedad civil debe ser una escuela cotidiana de democracia participativa, de ejercicio libre del criterio, de la elección de los objetivos, los métodos, los dirigentes, de forma libre y responsable. La sociedad civil debe ser también escuela de corresponsabilidad, es decir, de responsabilidad compartida, de responsabilidad personal y comunitaria.

- Subsidiaria y solidaria: Es decir, las organizaciones de la sociedad civil deben respetar y cultivar el principio de la autogestión, haciendo todo y sólo aquello que puedan hacer dichas organizaciones por sí mismas y solicitando subsidio o cooperación o solidaridad solamente en aquello que pueda demostrarse que no pueden asumir por sí mismas. Es una escuela de madurez cívica en que se fomenta la propia gestión y se evitan los paternalismos y dependencias financieras, humanas, legales, etc.

- No necesariamente enfrentada al Estado, ni necesariamente identificada con el mercado: Es decir, que la necesaria autonomía de las organizaciones intermedias no debe ser considerada como una amenaza para el Estado si este es democrático. El espacio de libertad que garantiza el derecho de asociación ciudadana y la búsqueda pluralista del bien común no necesariamente coloca a la sociedad civil como enemiga irreconciliable del Estado. Podríamos decir que, en la medida que el Estado es más democrático y transparente, crea un clima cívico y un marco legal que permite no solo la vida y el desarrollo de las organizaciones de la sociedad civil, sino que fomenta y acepta la cooperación o complementación de estas en la búsqueda del bien común. Esto no soslaya el carácter crítico y alternativo de esas organizaciones. Tampoco es bueno que, por oposición al Estado, el desarrollo de la sociedad civil se identifique ineludiblemente con las exigencias ciegas del Mercado. Es saludable para ambos –estado y mercado- que la sociedad civil ejerza su papel de denuncia, crítica responsable, propuesta de alternativas y capacidad de iniciativa propia.

Es importante destacar esta última característica, sobre todo en países como Cuba, que viven aún en un régimen de raíz totalitaria. El enfrentamiento entre Estado y sociedad civil no viene, sobre todo, de esta última, sino del Estado que teme perder el control de todo y de todos.

Pérez Díaz presenta así la dinámica entre el estado y la sociedad civil: “una teoría de la sociedad civil incorpora ambos ámbitos institucionales, y centra su atención en las relaciones que tienen lugar entre ellos. Sin duda el estado puede jugar, o no, papeles importantes como proveedor de servicios, como aparato coercitivo, o como actor simbólico... Lo importante, sin embargo, es ser conscientes de que tal misión tiene límites, y de que existen unas fronteras, que hay que observar cuidadosamente, entre el estado y la sociedad. La implicación del acto de señalar los límites del estado es, por tanto, mostrar el potencial de la sociedad civil. Esto, como ya se ha dicho, no es un problema de “redescubrimiento” ideológico (como si el estado actual de los debates académicos requiriera hoy una vuelta a las teorías de la sociedad civil), sino una cuestión histórica. La evidencia parece demostrar que la nueva ola de instauración de democracias liberales en todas partes del mundo, la experimentación institucional con los mercados abiertos y las asociaciones voluntarias, e incluso, los términos en los que se discute hoy la lógica de las regulaciones estatales y del estado de bienestar, son fenómenos todos que apuntan en la dirección de un retorno, o reemergencia de la sociedad civil. Una sociedad civil que está, ciertamente, muy lejos de la caricatura que se hace de ella como una sociedad mercantil, compuesta por individuos egoístas, de horizontes estrechos, indiferentes al interés general.”32

Quisiera, por otra parte destacar también el carácter solidario de la sociedad civil que sueño para Cuba. En efecto, ya sea por el nuevo individualismo creciente debido a la necesidad de supervivencia, ya fuere por las influencias foráneas con sus corrientes egocentristas del “sálvese quien pueda”, ya sea incluso, por la teoría del péndulo en una sociedad donde se ha abusado del término solidaridad y se ha realizado una colectivización forzada, Cuba necesita reflexionar sobre un nuevo sentido de la solidaridad.

La globalización de la solidaridad es, por otra parte, una aspiración que permanece aún ambigua para los cubanos. No sólo es necesario un discernimiento semántico sino ético de la solidaridad, es por ello que me parece muy apropiada la distinción que hace Adela Cortina, en su libro La ética de la sociedad civil cuando aclara:

“... el desarrollo de las virtudes y la identificación del propio yo, exigen una vida comunitaria integrada, frente a una existencia desarraigada: exigen que cada individuo enraíce en el humus de las tradiciones de una comunidad concreta. Estas comunidades constituyen, a mi juicio, lo que una ética dialógica del tipo de la ética discursiva llamaría una comunidad real de la comunicación... Sin embargo, quien se limite a vivir la solidaridad de que antes hablábamos en una comunidad concreta no trasciende los límites de una solidaridad grupal, que es incapaz, entre otras cosas, de posibilitar una vida democrática. Una democracia auténtica precisa ese tipo de solidaridad universalista de quienes, a la hora de decidir normas comunes, son capaces de ponerse en el lugar de cualquier otro. Lo cual significa, en definitiva, como bien dice Rawls, ser capaz de ponerse en el lugar del menos aventajado.”33

Esa solidaridad universalista, es decir, abierta y que trasciende las fronteras del propio grupo, de la propia ideología, del propio partido o religión, permite ejercer la crítica hacia dentro de la propia organización, de cara al bien común, y también permite deponer intereses partidistas o sectarios en beneficio de los menos aventajados. En Cuba, hoy, todos, ciudadanos y Estado, incipiente sociedad civil y Partido, logias e Iglesias, debemos formarnos en ese tipo de solidaridad universalista, pues durante mucho tiempo se han depuesto los derechos y proyectos incluyentes por proyectos y programas excluyentes y cerrados. También la Iglesia, como todas las organizaciones de la sociedad civil, debe preguntarse si depone la defensa profética de los derechos y la dignidad de los más desvalidos por conservar o ganar sus propios espacios interiores, agentes para su pastoral, permisos para sus procesiones, en fin, si no se siente tentada a preterir la defensa de la justicia y la libertad de los oprimidos por garantizar una cierta seguridad para crecer por dentro aunque sea con el noble fin de luego servir mejor al resto del pueblo.

Todas estas características perfilan ese nuevo rostro de la sociedad civil que desearíamos para Cuba. Pero no quisiera terminar sin recordar una de las reflexiones más personalistas, en el sentido filosófico de la palabra, que he leído sobre este tema y que es, también para mí, la verdadera novedad de la República adulta y cívicamente madura que todos los cubanos debemos edificar en este siglo XXI:

“El aspecto más importante de la sociedad civil es otro. Permite a la gente realizarse. Los seres humanos no son solo fabricantes, hombres de negocio o consumidores. Son también -y esta es quizá su cualidad más íntima- personas que quieren estar con otras personas, que ansían formas diversas de convivir y cooperar, que quieren influir en lo que pasa a su alrededor. La gente quiere que se le aprecie por lo que aporta al entorno que le rodea. La sociedad civil es una de las formas clave en que podemos desplegar nuestra naturaleza humana en su totalidad.”34

Podemos decir que la República de Cuba puede y debe entrar en una etapa verdaderamente nueva, porque desde una sociedad civil autónoma, ética-personalizada, articulada en sentido comunitario, participativa y corresponsable, en la que se equilibren creativamente la solidaridad y la subsidiaridad, se puede acceder mejor al mundo de la política; porque los ciudadanos estarán mejor entrenados en la participación democrática y los líderes lo estarán mejor en los límites y el mutuo control de los poderes públicos, así como en el carácter de servicio de ese poder político.

Desde ese protagonismo de la sociedad civil se podrá acceder mejor al mundo de una economía de mercado con cierta regulación del estado que fomente la justicia social, porque la iniciativa creadora y productiva se habrá entrenado en el seno de las organizaciones concretas y porque el sentido de comunidad aprendido en esas organizaciones permitirá abrir las meras reglas del mercado a una sensibilidad ética de solidaridad y subsidiaridad. Sin mercantilismo deshumanizantes, ni pragmatismo amorales.

La reconstrucción de una sociedad civil, plural y tolerante, permitirá a la nueva República acceder al mundo de la cultura desde la diversidad asumida y promovida como una riqueza cívica. El diálogo interétnico, la creación libre y el arte sin fronteras serán los verdaderos cimientos de la identidad nacional que no se parapeta ni en estrechos nacionalismos, ni en disolución acrítica en culturas hegemónicas.

Una República nueva, desde un protagonismo adulto de la sociedad civil, permite que las religiones e iglesias puedan tener un espacio real para “profesar la fe en ámbitos públicos reconocidos”, para que las Iglesias “puedan estimular las iniciativas que puedan configurar una nueva sociedad”35 y puedan ejercer la caridad y el profetismo, servicios de verdad y promoción humana, que aportarían, a su vez, un ingrediente de purificación y renovación a la misma sociedad civil de la que la Iglesia forma parte y a la que está llamada a servir como fermento en la masa, como generadora de espacios de participación, como articuladora de redes de solidaridades y servicios, como red de redes, ella misma.

Incluso las relaciones internacionales de una República nueva encontrarían en una sociedad civil autónoma, abierta y solidaria, no sólo un modelo a seguir en esos vínculos del servicio exterior, sino y sobre todo, caminos y lazos, puentes y apoyos para unas relaciones con el mundo diversificadas, plurales, fraternales y que vayan más allá de la diplomacia y las relaciones interestatales, para llegar a ser verdaderos vínculos de comunicación y solidaridad entre los pueblos y a todos los niveles de la sociedad civil.

Cada uno de los sectores de la sociedad pueden edificarse o renovarse desde esta nueva perspectiva de la primacía de la sociedad.

El 20 de Mayo de 2002, los cubanos podremos ver, desde distinta óptica, que la nación devenida en República cumple cien años.

Algunos reivindicarán todo el pasado, y otros sólo un tramo del trayecto en que pudieron realizar sus sueños y proyectos. Unos dirán, con razón, que un siglo es poco para una República; y otros dirán, no sin razón, que se ha hecho menos de lo que podíamos hacer en esta primera centuria. Prefiero, junto con algunos, lanzar una mirada al futuro; sobre todo, pensar y pre-sentir el futuro.

Tengo la certeza de que ese otear hacia delante nos permitirá también mirar hacia el pasado, para aprender de la historia, para arraigarnos en lo mejor del humus nacional, para tratar de no repetir los mismos errores.

Es muy urgente, ponerse a pensar en el futuro de Cuba, en el futuro inmediato y en el mediato.

Pensar, escribir, diseñar, proyectar, concretar, pasar de lo académico a pequeñas obras que vayan aplicando la reflexión seria y acumulada. Pasar de la reflexión a los proyectos, sin dejar de madurar la reflexión, porque si no el caos o la arbitrariedad más egoísta y mercantil, o el oportunismo de turno, ocuparán el lugar que deje vacío el pensamiento más cercano a las tradiciones patrias y a la justicia social.

De igual modo, creo que esa mirada hacia delante nos permite vivir el presente con mayor serenidad, sin amarguras ni nostalgias, sino con creativa esperanza. Y creo que esa esperanza, para convertirse en fuerza mística de nuestra vida, pasa por la efectiva reconstrucción del tejido de la sociedad civil en los umbrales del segundo centenario de la entrañable República de Cuba.

Pinar del Río, Cuba. 31 de Marzo de 2002
Resurrección de Jesucristo.



5 BIBLIOGRAFIA.

Aramburo, Mariano. Exposición al Senado del Proyecto de Código del Trabajo. Academia Católica de Ciencias Sociales. 1920. Biblioteca Nacional de Cuba. Citado por Salvador Larrúa en Presencia de los dominicos en Cuba. Universidad Santo Tomás. Bogotá. 1997.

Conferencia de Obispos Católicos de Cuba. Mensaje “Un cielo nuevo y una tierra nueva” no. 51. (Citando la Carta del Papa Juan Pablo II a los Obispos cubanos en el primer aniversario de su visita a Cuba. 22 de Enero de 1999)

Cortina, Adela. Hacer reforma. La ética de la sociedad civil. Grupo ANAYA, S.A., Madrid. Editorial de la Revista Vitral no. 8, Julio-Agosto de 1995.

Havel, Václac. “La sociedad civil es lo más legítimo de la democracia.” Revista Vitral, Año VIII. no.45. septiembre-octubre 2001.

Havel, Václac. La sociedad civil es lo más legítimo de la democracia. Revista Vitral, Año VIII. no. 45. Septiembre-Octubre 2001.

José de la Luz y Caballero. Citado por Cintio Vitier en “Ese sol del mundo moral” para una Eticidad del pueblo cubano.

Juan Pablo II. Mensaje a los jóvenes cubanos. Camagüey. Párrafo 4

Juan Pablo II. Discurso a los Obispos cubanos en su visita a Cuba. Párrafo 3.

Juan Pablo II. Homilía a las familias en Santa Clara. Párrafo 5.

Juan Pablo II. Homilía a las familias en Santa Clara. Párrafo 6.

Juan Pablo II. Homilía en la Misa por la Patria. Coronación de la Virgen de la Caridad. Santiago de Cuba. Párrafo 4.

Juan Pablo II. Homilía en Santiago de Cuba. Párrafo 4.

Juan Pablo II. Mensaje en el Aula Magna de la Universidad de La Habana. Párrafo 6.

Juan Pablo II. Palabras al llegar al Aeropuerto José Martí de La Habana. Párrafo 2.

Le Riverend, Julio. Prólogo a Entre cubanos de Fernando Ortiz. 2da. Edición. La Habana, 1987.

Mañach, Jorge. Citado por el Documento Final del ENEC. Tipografía Don Bosco. Roma 1987.

Márquez-Sterling, Manuel. ¿Qué hubiera pasado si...? Martí no hubiera muerto en Dos Ríos. 16 Enero de 2002.

Martí, José. Discurso el 10 de Octubre de 1881.

Moreno Fraginals, Manuel. El ingenio. La Habana. Comisión Nacional de la UNESCO.1964.

Pérez Díaz, Victor. La primacía de la sociedad civil. Alianza Editorial. Madrid.1994.

Pérez-Stable, Marifeli. La revolución cubana. Orígenes, desarrollo y legado. Editorial Colibrí. 1998.

Rousso, Denis. Cumerlato, Corinne. La Isla del Dr. Castro. Editorial Planeta. Barcelona 2001. Santa Biblia. Marcos 4,9.

Varela, P. Félix. Cartas a Elpidio. 1835.

Vitier, Cintio. Discurso en la Velada Cultural del ENEC. La Habana. 1986.

Vitier, Medardo. Las Ideas y la Filosofía en Cuba. Editorial Ciencias Sociales. La Habana,1970.

1 Santa Biblia, Mc. 4,9

2 Editorial de la Revista Vitral no. 8, Julio-Agosto de 1995.

3 José de la Luz y Caballero. Citado por Cintio Vitier en “Ese sol del mundo moral” para una Eticidad del pueblo cubano.

4 Márquez-Sterling, Manuel. ¿Qué hubiera pasado si...? Martí no hubiera muerto en Dos Ríos. 16 Enero de 2002.

5 Moreno Fraginals, Manuel. El ingenio. La Habana. Comisión Nacional de la UNESCO.1964. pág. 55

6 Vitier, Medardo. Las Ideas y la Filosofía en Cuba. Editorial Ciencias Sociales. La Habana,1970. págs. 302 y 304.

7 Vitier, Medardo. Las Ideas y la Filosofía en Cuba. Ed. Ciencias Sociales. La Habana, 1970, pág. 300 y ss.

8 Idem. pág. 305

9 Idem. pág. 307

10 Varela, P. Félix. Cartas a Elpidio. 1835.

11 Martí, José. Discurso el 10 de Octubre de 1881.

12 Le Riverend, Julio. Prólogo a Entre cubanos de Fernando Ortiz. 2da. Edición. La Habana, 1987.

13 Vitier, Medardo. Op. cit. pág. 300.

14 Vitier, Cintio. Discurso en la Velada Cultural del ENEC. La Habana. 1986.

15 Vitier Medardo. Op. cit. pág. 299

16 Mañach, Jorge. Citado por el Documento Final del ENEC. Tipografía Don Bosco. Roma 1987, pág.38

17 Aramburo, Mariano. Exposición al Senado del Proyecto de Código del Trabajo. Academia Católica de Ciencias Sociales. 1920. Biblioteca Nacional de Cuba. Citado por Salvador Larrúa en Presencia de los dominicos en Cuba. Universidad Santo Tomás. Bogotá. 1997, pág. 227

18 Pérez-Stable, Marifeli. La revolución cubana. Orígenes, desarrollo y legado. Editorial Colibrí. 1998, pág. 77-78

19 ibidem. Pág. 79

20 Juan Pablo II. Homilía a las familias en Santa Clara. Párrafo 5.

21 Ibidem. Homilía a las familias en Santa Clara. Párrafo 6.

22 Ibidem. Mensaje a los jóvenes cubanos. Camagüey. Párrafo 4

23 Ibidem. Mensaje en el Aula Magna de la Universidad de La Habana. Párrafo 6.

24 Ibidem. Homilía en la Misa por la Patria. Coronación de la Virgen de la Caridad. Santiago de Cuba. Párrafo 4.

25 Juan Pablo II. Discurso a los Obispos cubanos en su visita a Cuba. Párrafo 3.

26 Ibidem. Homilía en Santiago de Cuba. Párrafo 4.

27 Rousso Denis y Cumerlato Corinne. La Isla del Dr. Castro. Editorial Planeta. Barcelona 2001.

28 Juan Pablo II. Palabras al llegar al Aeropuerto José Martí de La Habana. Párrafo 2.

29 Havel, Václac. “La sociedad civil es lo más legítimo dela democracia.” Revista Vitral, Año VIII. no.45. septiembre-octubre 2001, pág. 56-57.

30 Pérez Díaz, Víctor. La primacía de la sociedad civil. Alianza Editorial. Madrid.1994, pág.140

31 ibidem. Pág. 143

32 ibidem. Pag.135

33 Cortina , Adela. Hacer reforma. La ética de la sociedad civil. Grupo ANAYA, S.A., Madrid, 1994, pág. 135.

34 Havel, Václac. “La sociedad civil es lo más legítimo dela democracia.” Revista Vitral, Año VIII. no.45. Septiembre-Octubre 2001, pág. 57.

35 Conferencia de Obispos Católicos de Cuba. Mensaje “Un cielo nuevo y una tierra nueva” no. 51. (Citando la Carta del Papa Juan Pablo II a los Obispos cubanos en el primer aniversario de su visita a Cuba. 22 de Enero de 1999.)





*Dagoberto Valdés Hernández (Pinar del Río, 1955) Ing. Agrónomo. Director del Centro de Formación Cívica y Religiosa y Presidente de la Comisión Católica para la Cultura en Pinar del Río. Miembro del Pontificio Consejo Justicia y Paz, del Vaticano. Trabaja en el almacén «El Yagüín», de Siete Matas, como ingeniero de yaguas.


Copyright © 1997-2002 - LA NUEVA CUBA
NOSTROMO PUBLISHING CORP. All Rights Reserved.