Antonio M. Rivera
 
Evi Jimenez
 
 
 




REPÚBLICA, TRANSICIÓN Y SUCESIÓN:
DISYUNTIVA CUBANA ACTUAL









Por Dr. Eduardo Lolo
Director
Sección de Cultura

La Nueva Cuba

Julio 25, 2007



“Creo que hemos llegado.” Esa fue la expresión de Máximo Gómez el 20 de mayo de 1902 cuando, una vez arriada la bandera de los EE.UU., se izaba por primera vez la de Cuba en el Castillo del Morro de La Habana. De manera oficial la República de Cuba tenía su nacimiento, con un ejército interventor en retirada y un presidente electo democráticamente listo para tomar posesión de su cargo. La expresión del viejo soldado, sin embargo, era de alguna manera dubitativa. La frase “creo que” implica que el hablante no está del todo seguro de lo que va a decir a continuación: hay más deseo que certeza; se aspira esperanzadoramente a que lo expresado al término de la frase se haga realidad, mas no se está seguro. Parodiando a Descartes pudiera decirse “Creo que, luego dudo.”


¿Por qué dudaba el héroe del resultado de su propia heroicidad? Atrás quedaban más de 30 años de lucha, destierro, dolor y muerte. Él fue el único de los grandes líderes independentistas que sobrevivió lo suficiente como para ver llegar el arribo de la República. En efecto, Máximo Gómez había compartido la manigua lo mismo con Carlos Manuel de Céspedes tan temprano como 1868 que con José Martí poco antes de la muerte de este último en 1895. Su propio hijo Panchito había caído al lado de su Lugarteniente Antonio Maceo casi al final de la última contienda. Ya España había sido vencida y la fuerza interventora norteamericana también se retiraba voluntariamente. Por lo tanto, ese 20 de mayo de 1902 nada se interponía entre la bandera de la estrella solitaria y el cielo azul libre de la Patria. Mas el curtido guerrero todavía no estaba seguro de haber llegado.


Los alcances de la República parecen certificar de injustificada la duda del anciano caudillo; y eso que la herencia recibida por ésta no podía ser más precaria. La terquedad de las autoridades coloniales españolas de mantener a Cuba atada a España hasta “el último hombre y el último peso” había costado cientos de miles de vidas, tanto de criollos como de peninsulares. El Acta de Reconcentración llevada a cabo por Valeriano Weyler, casi extermina la población campesina en muchas zonas del país. La agricultura y la ganadería prácticamente fueron a la ruina en unos tres años. Sirva de ilustración que al término de la contienda las cabezas de ganado sólo alcanzaban un 15% de las que había antes de la guerra. Y aunque durante la breve administración interventora estadounidense se comenzó la reconstrucción del país, no fue sino en la República que Cuba pasó de ser una tardía excolonia en bancarrota –a la zaga del resto de las naciones del continente– a uno de los países más prósperos de la región. Y todo ello en menos de medio siglo.


Los logros de la República fueron tales, que Cuba se convirtió en un próspero país de inmigrantes. De todas partes del mundo venían personas a asentarse permanentemente en nuestro suelo y dedicarle su trabajo. Son muy pocos los cubanos, particularmente hasta mi generación, que no tienen a algún extranjero entre sus ancestros más cercanos. Incluso desde la misma España otrora enemiga, acudían a una Cuba no española posiblemente más peninsulares de los que venían voluntariamente durante la época colonial. Blancos, negros, chinos; europeos, latinoamericanos, asiáticos; cristianos, judíos, musulmanes. De todo llegaba a Cuba y de inmediato “se aplatanaba”, modismo criollo que intentaba ilustrar la adaptación y aceptación total del inmigrante en suelo criollo. Las industrias destruidas se reconstruyeron; otras muchas nuevas se añadieron. Creció todo, tanto cuantitativa como cualitativamente: la banca, el comercio, la agricultura, la ganadería, los servicios, la cultura. Y a una velocidad tal que en poco tiempo dejó detrás los índices alcanzados por la mayoría de las otras repúblicas latinoamericanas que tanto aventajaban a Cuba a finales del siglo XIX.


¿Qué justificaba entonces la duda inicial de Máximo Gómez de sólo creer (de no estar seguro) de haber llegado ese 20 de mayo de 1902 a la meta que se habían propuesto los mambises en la manigua? Su vasta experiencia y su conocimiento de los personajes políticos de entonces pudieran haber sido la motivación de su duda. Porque es el caso que todos los avances de la república en la economía, la tecnología, la cultura y las relaciones sociales no contaron con un resultado semejante –o tan siquiera proporcional– en la política.


Los problemas políticos de la República comenzaron bien temprano: cuando Tomás Estrada Palma, el primer presidente republicano, decidió ir a la re-elección. Hasta el mismo Máximo Gómez, que había apoyado su candidatura para el primer término, concluyó haciendo campaña en su contra. La inaudita terquedad de Estrada Palma y las pugnas entre los elementos opositores parecían llevar a la joven nación al caos, de manera tal que el primero, incapaz de controlar la situación, terminó solicitando una nueva intervención militar de los Estados Unidos, a lo que el gobierno norteamericano accedió sin mucho fervor. Los soldados norteamericanos ocuparon de nuevo la Isla, esta vez desde 1906 hasta 1909.


Entre 1909 y 1925 Cuba gozó de una etapa política relativamente estable, aunque siempre al filo de las revueltas de preteridos, inconformes o extremistas de todo tipo, el peligro de una nueva intervención militar norteamericana, y sin la reconocida honradez del gobierno de Estrada Palma. En 1925 resultó electo democráticamente quien fuera un joven mambí de destacado papel en la Guerra de Independencia: Gerardo Machado. El impulso a las obras públicas y la educación durante a su gobierno opacó todos los esfuerzos anteriores y quedó sin superar en ninguna etapa posterior de la historia de Cuba. Pero Machado, sin tomar en cuenta la experiencia de Estrada Palma, quiso permanecer en el poder más allá de los 4 años para los que había sido electo, cambiando la constitución en 1928 para obtener un mandato de seis años. La llamada “prórroga de poderes” desató un sangriento proceso político que terminó con el derrocamiento de Machado en 1933. Durante los próximos siete años el país tendría varios “gobiernos revolucionarios” de efímera existencia y alcances varios, cuando no contradictorios. Y aunque en 1940 se logró estabilizar de nuevo la democracia con una avanzadísima constitución política y elecciones libres, el virus de la violencia como lenguaje político quedó tan profundamente grabado en las clases políticas de entonces, que en 1952 se fractura de nuevo el Estado de Derecho. Llega entonces 1959 y la república, herida ya desde su nacimiento, cae inerme en la triste, larga, pesada y profunda noche del castrismo que nos hizo partir a todos al exilio en busca de un poco de luz. Tuvo mucha razón Máximo Gómez en su duda: en realidad no habíamos llegado.


Han pasado casi 50 años de letargo republicano. Cuba es hoy en día isla, nación, estado y país; pero no es república. Su sistema político se acerca más al feudo medieval que a la dictadura en su versión moderna. Su gobernante es mucho más que eso: es dueño y señor omnipotente de vidas y haciendas, del presente y del pasado (que “cambia” oficialmente a su antojo) y, dado el prolongado lapso de su permanencia en el poder, hasta de lo que fue futuro para dos o tres generaciones que han perdido sus vidas inútilmente como siervos de una gleba política incapaz de todo menos de instrumentar el terror a la perfección. Cuba está en ruinas no arqueológicas, sino vigentes; todo reducido al nivel de vestigios en ejercicio. En la actualidad, excepto las zonas e instalaciones turísticas y la infraestructura al servicio de la nomenclatura, todo lo demás se encuentra convertido en un remedo de lo que un día fue. Campos y ciudades visten harapos de historia.


Pero todo tiene su fin. Y ahora, en el Invierno del Patriarca, hay muchos que se preparan y teorizan acerca de la Cuba del día después, una vez que deje de ser la isla del día anterior.


Los términos que más se esgrimen en las polémicas resultantes son “Transición” y “Sucesión”. El primero se utiliza para soñar un cambio a la democracia con la anuencia (o no) del séquito castrista sobreviviente. Como todo sueño deseado es un cambio suave y dulce, de melodiosos arpegios ideológicos.


El segundo de los vocablos en duelo (“sucesión”) se utiliza para conjurar lo que no se quiere admitir, aunque ha sido anunciado desde hace décadas: que en este caso, y contradiciendo el viejo refrán popular, muerto el perro no se acaba la rabia. Porque no se trata de un perro, sino de una jauría dispuesta a dejar los colmillos (tanto seniles como de estreno) con tal de no perder sus privilegios de caninos dorados.


Los teóricos de la transición y los de la sucesión, en su afán polémico, olvidan sin embargo que más allá del léxico y la semántica no están esgrimiendo conceptos necesariamente antagónicos. Hay transiciones y sucesiones económicas, políticas, históricas, etc. La transición implica un cambio cualitativo (de un modo a otro distinto); la sucesión, por otra parte, entraña un giro cuantitativo (los bienes pasan a otro u otros por herencia.). En circunstancias especiales, sin embargo, ocurre la paradoja de que la transición es lo que garantiza la sucesión y viceversa. Tal es el caso de la Cuba actual.


En efecto, a más de un siglo de distancia del advenimiento de esa República baldada de nacimiento, se presenta una transición cuyo objetivo principal es garantizar la sucesión. Podría esgrimirse que teniendo en cuenta que Fidel Castro todavía permanece vivo, resulta prematuro hablar de una u otra. Pero es el caso que la vida y la muerte pueden también convivir paradójicamente. Fidel Castro no ha muerto como persona, pero como proyecto político murió en el Período Especial. Su hermano menor Raúl Castro es quien realmente viene dirigiendo Cuba desde hace al menos unos 10 años; que es decir, mucho antes de los problemas intestinales que obligaron a su hermano a traspasarle oficialmente el poder de manera “temporal”. Suya ha sido la decisión de implementar una transición que garantice la sucesión. Y hasta ahora su estrategia ha resultado exitosa.


En los momentos más difíciles del llamado Período Especial, cuando en la población cundía una epidemia de ceguera e invalidez por deficiencia alimentaria (como en tiempos de la Reconcentración de Weyler), el ungido sucesor al trono feudal implementó una nada disimulada apertura económica mayorista y minorista. La dolarización de la economía, la búsqueda y aceptación de inversiones extranjeras, la mengua de la represión al productor y comerciante pequeño, la conversión de la nomenclatura militar en aristocracia empresarial, y el envío al extranjero de los hijos y otros familiares cercanos de los jerarcas castrenses para aprender a conducir empresas bajo el modelo capitalista, son signos inequívocos de que una transición en las relaciones de producción se está produciendo en Cuba que habría sido inimaginable durante la etapa soviética o estando realmente en el poder el feudal ortodoxo de Fidel Castro.


Pero esa transición tiene un solo objetivo: garantizar la sucesión del poder del Máximo Líder al Mínimo Líder, respaldado por la caterva de mínimos líderes diminutos que conforman el séquito feudal. Algunos juglares ideológicos intentan hacernos ver esa jugada de enroque demagógico como un paso hacia la liberalización de la vida cubana; o sea, de una resurrección de la primavera democrática. En realidad no hay vestigio alguno de nada semejante. Lo único que ha cambiado es el número y la nacionalidad de los explotadores. Al sanguinario séquito criollo se han sumado algunos inversionistas extranjeros sin escrúpulos. Éstos, aunque no torturan ni fusilan inocentes, llenan sus bolsillos a costa de la explotación de los trabajadores cubanos, obligados a servir de bufones a los cómplices del clan Castro. Pero un estricto apartheid impide al pueblo cubano disfrutar de las playas, hoteles y restaurantes que construye y mantiene para disfrute de los turistas sexuales que arriban baboseantes a la Isla a la búsqueda de las jóvenes prostitutas peor pagadas del mundo. La tolerancia cómplice del gobierno ante el deprimente negocio de la prostitución (incluso de menores), no puede tildarse de liberalización; antes bien de una forma de explotación feudal más terrible aún que la que sufren los trabajadores que lavan los platos donde se les prohíbe comer o tienden las camas donde les está vedado dormir.


Las concesiones que pueden apreciarse en la transición de marras lo que buscan es cambiar lo estrictamente necesario sin hacer cesiones o mercedes de poder; existen porque si no se implementan, se corre el riesgo de que el poder mismo se pierda, mas no son otra cosa que mudanzas cosméticas imprescindibles para garantizar la sucesión. Con la complicidad de capitalistas sin conciencia de todo el mundo, el Mínimo Líder lo único que intenta con sus “cambios” es apuntalar la continuidad del poder político absoluto, aunque no sea absolutamente absoluto como en tiempos anteriores. El pragmatismo se enfrenta a la ortodoxia no para cambiar el sistema a ella asociado, sino para hacerlo sobrevivir con nuevos ropajes.


De todo lo anterior se desprende que, en el caso que nos ocupa, Transición y Sucesión no constituyen una dicotomía antitética, sino que forman un binomio histórico perfectamente imbricado en que un elemento sirve de garante y complemento al otro. La disyuntiva cubana actual no es, entonces, entre Transición y Sucesión, sino entre República y el macabro dueto Transición/Sucesión. Sin una resurrección corregida del sistema republicano, todo cambiaría gatopardezcamente para seguir siendo igual; continuaríamos, como en 1902, todavía sin llegar.


Teorizar sobre los posibles pasos a dar para alcanzar el renacimiento enmendado de la República en las circunstancias actuales requeriría de otro trabajo de dimensiones incluso mayores a las de éste. Pero no quiero terminar sin adelantar que, en base a mis estudios y análisis al respecto, considero que el factor determinante se encuentra dentro de Cuba: la presencia de una juventud con careta ideológica que, aunque aprovecha las migajas del régimen fingiéndole adhesión, en realidad sobrevive medrando desechos al filo de la navaja y soñando un presente mejor. Todos pueden ver la sonrisa unánime de la máscara; pero tras ella, cada vez más pronunciada, se oculta una mueca a punto de erupción. De ahí que a pesar del recrudecimiento de la represión, haya surgido y continúe su desarrollo un valiente movimiento de periodistas y bibliotecarios independientes que, siguiendo la conocida fórmula martiana, tienen en sí el decoro de muchos. Incluso hemos visto nacer y, en general, sobrevivir, diversos partidos políticos proscritos que, aunque diminutos y aparentemente inocuos, ni siquiera podían soñarse veinte años atrás. Ya las máscaras comienzan a caer por el peso de la historia; consecuentemente, se presagia una espontánea rebelión de las muecas.


Corresponde al exilio, como parte integral de la cubanidad, servir de apoyo y catalizador a la emergente sociedad civil dentro de la Isla en su afán de resurrección de una República que finalmente sea “con todos y para el bien de todos.” La estrategia a seguir depende de las opiniones de cada cual, y aunque disímiles en sus formas, todas pueden ser potencialmente válidas, excepto la que intente imponérsele a los demás. Los cubanos del exilio no hemos perdido el tiempo viviendo en democracia; hemos sido parte de ella. Consecuentemente, bien sabemos de la solidez de los sueños cuando son justos. La rebelión de las muecas habrá de necesitar de la solidaridad de todas las sonrisas.


* Dr. Eduardo Lolo es escritor, poeta y ex preso político cubano exiliado en Nueva York. Es profesor universitario y autor de varias obras y galardonado con el Premio Letras de Oro.


 










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