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LAS
GUERRAS DEL SIGLO XXI
(I Parte)
Por Eugenio Yáñez *
Colaboración
Miami
Florida
E.U.
La Nueva Cuba
Mayo 15, 2006
Sesenta
veces sesenta veces sesenta es la manera de contar las tropas
del poderoso soberano asirio en la excelente novela Sinhué,
el Egipcio, de Mika Waltari. El sistema sexagesimal recurría
a más complejidades que el simple 216,000 que hubiera bastado
en el sistema decimal para contar las huestes que podía movilizar
el soberano.
Como quiera
que se contaran, eran los números los que decidían
los combates milenios atrás, en la era de la agricultura,
y hasta no hace tanto tiempo. Sun Tzú, quinientos años
antes de Cristo, estableció las bases de la estrategia militar
para esas guerras, y ni César, ni Napoleón, ni Zhukov,
modificaron la sustancia de su pensamiento.
Con tecnologías
comparables, la cantidad de hombres decidía el combate. Hasta
que tecnologías superiores se imponían incluso ante
mayores fuerzas. Los conquistadores del cobre derrotaron las armas
de piedra y madera, los del bronce a las del cobre, y los del hierro
a todos los anteriores.
La combinación
de tecnologías superiores y estrategias adecuadas restaba
importancia a la magnitud de unidades y soldados: La invención
de la pólvora y el uso de nuevos armamentos, inauguran las
guerras de la era industrial.
Hernán
Cortés, con 120 ambiciosos deslumbrados por el oro mexicano,
quemó sus naves para impedir la retirada y destrozó
el imperio azteca que contaba con un ejército de cien mil
hombres. Sobre cada templo pagano construyó una
iglesia, y esparció el idioma, las nuevas tecnologías
y la sífilis por el nuevo mundo.
En Perú,
Francisco Pizarro doblegó al inca y puso a miles de súbditos
a cargar metales preciosos hasta llenar la habitación hasta
aquí, según había indicado con su mano
en alto el derrotado monarca, tocando la pared. Si cada uno de los
que cargaron los metales del tributo y el rescate hubieran lanzado
solamente una piedra contra los conquistadores, estos hubieran muerto
sepultados.
El error de
la cantidad como factor de victoria llegó hasta nuestros
días: China invadió Vietnam tras la salida de Estados
Unidos, y lanzó oleadas masivas de soldados en 1979, solo
para ver como los vietnamitas los diezmaban. Y Saddam Hussein creía
poder ganar La Madre de Todas las Batallas en 1991 porque
tenía 60 divisiones, mientras los infieles solamente
tenían cuatro.
El historiador
Paul Kennedy demuestra (Auge y caída de los grandes
poderes) como los imperios emergentes derrotan a los existentes
cuando les superan en tecnología y dinámica de su
economía, desde los portugueses del siglo XV hasta la perestroika.
Los resultados militares son la consecuencia lógica de esa
superioridad tecno-económica.
Todo fue así
hasta agosto de 1945, cuando la guerra de la era industrial cambió
para siempre. Los generales del estado mayor japonés informaban
pasmados al emperador que Hiroshima había sido totalmente
destruida en unos segundos con una sola bomba. Por si
no quedó clara la lección, tres días después
Nagasaki corría la misma suerte. Los demonios nucleares se
habían desatado.
El mundo de
la guerra fría comenzó a armarse hasta los dientes,
literalmente: Estados Unidos y la Unión Soviética
llegaron a acumular más de veinte mil cabezas nucleares.
Inglaterra y Francia más de cien cada una. China cerca de
cien. Luego la India y Pakistán, y ahora se desesperan Irán
y Corea del Norte por tener armas nucleares. Quien sabe si Israel
las almacena hace tiempo.
No hacen falta
ni los misiles. Un escape radioactivo en Chernobil provocó
infinidad de muertos y dañó la ecología euro-asiática
seriamente. Todavía los más recientes muertos de aquel
accidente se suman a los que siguen muriendo en aquellas ciudades
japonesas bombardeadas. ¿Para qué los misiles? Basta
hacer estallar el arsenal nuclear en el propio territorio, para
que las nubes radiactivas hagan el trabajo destructivo.
En la primera
décima de segundo de una explosión nuclear se liberan
más de veinticinco mil toneladas de gases, generando una
onda de choque pavorosa y temperaturas que solo se encuentran en
la superficie del Sol. Haga estallar usted mismo un simple encendedor
de gas y trate de comparar.
Para lograr
una explosión nuclear es necesario uranio enriquecido (ese
que buscan desesperadamente Irán y Corea del Norte contra
la voluntad del mundo), en una cantidad imprescindible conocida
como masa crítica. Sin esa cantidad, sin esa
masa crítica, no se desata la reacción en cadena.
La masa crítica
se mantiene separada, hasta que la acción de una espoleta
convencional provoca una explosión convencional,
que en milésimas de segundo concentra la masa crítica
desatando la reacción hasta hacerla estallar. Y para lograr
un daño superior sobre el enemigo, la explosión
no se produce en tierra, sino a determinada altura, que permita
a la onda expansiva no desperdiciarse contra el suelo.
Si esto le parece
demasiado, piense por un instante que para desatar una explosión
termo-nuclear (la bomba H o de hidrógeno) el detonante que
se utiliza es una explosión nuclear. En otras palabras, potencias
muy superiores a las de las explosiones de Hiroshima y Nagasaki
juntas se utilizan, sencillamente, para desatar la reacción
termo-nuclear, que puede crear una explosión mil veces más
potente que las que destruyeron Hiroshima y Nagasaki.
Lo terrible
de las armas nucleares fue, a la vez, el instrumento de la contención.
Era tanta la potencia destructiva, que ni los vencedores escaparían
a la suerte de los vencidos. Se dice que, de haber sucedido una
conflagración nuclear cuando la guerra fría, los vivos
envidiarían a los muertos.
Las colosales
sumas de dinero y tecnología invertidos en tal potencia demoledora
no hacían más seguros a sus poseedores, sino más
vulnerables, pues utilizarlas era autodestruirse. Los países
pobres no podían aspirar a ellas, y los ricos no sabían
qué hacer con ellas.
Las guerras
de primera y segunda generación se ganaban y perdían,
pero las de tercera generación, las nucleares, simplemente,
no se podían ganar: mientras más enérgico fuese
el golpe contra el eventual enemigo, más vulnerable a las
secuelas resultaría quien golpeara. En la guerra nuclear
no hay golpes suaves o tácticos,
no hay mini-explosiones. El golpe más sencillo sería
horripilante.
Las potencias
nucleares acumulaban un arsenal destructivo tan pavoroso que terminaba
siendo inútil, pues no se podía utilizar. Por las
causas que fueran, Estados Unidos no pudo vencer en Indochina, la
URSS se retiró derrotada de Afganistán. Israel y los
árabes con apoyo cubano y soviético pelearon en los
desiertos del Golán las últimas grandes batallas de
tanques de la historia en 1973, pero no pudieron lograr resultados
definitivos.
Todos tuvieron
el mismo dilema: para aspirar a la victoria, tendrían que
haber utilizado armas nucleares, pero no podían. Tras la
Segunda Guerra Mundial, las armas nucleares no podían utilizarse,
y las de la era industrial no eran suficientes para la victoria.
Nunca los ejércitos fueron más inútiles que
cuando contaban con armas nucleares.
¿De que
sirve una división de tanques americana en un conflicto en
Sudán? ¿Qué pudo hacer un cuerpo de ejército
soviético contra Jonás Savimbi en Angola?
Para capturar
al narcogeneral Noriega en Panamá o derrocar a los criminales
de Grenada no hacía falta ni el Proyecto Manhattan ni bombas
termonucleares y cohetes para transportarlas, como amenazaba
Nikita Jrushov a comienzos de los sesenta del siglo pasado.
Las tropas americanas
en República Dominicana o las del Pacto de Varsovia en Checoslovaquia
no necesitaron armas nucleares para ocupar el país en cuestión
de horas. Y de haberlas utilizado, no hubieran cambiado los resultados
de las operaciones, pero las hubieran convertido en algo más
costoso y absurdo; y la ocupación, de haberla, hubiera sido
más compleja e inútil. Después del hongo nuclear,
¿para qué ocupar el país?
Los ejércitos
quedaban para mini-guerras, demasiado sangrientas, como
la masacre y genocidio en Biafra, las Malvinas, o la ocupación
del Pakistán Oriental para crear Bangla-Desh; a veces, guerras
muy difíciles de justificar, como el enfrentamiento Perú-Ecuador
o la invasión de Kuwait en los noventa; a veces, genocidios
injustificables, como los de Yugoslavia o Rwanda-Burundi; y a veces,
también, liberación nacional e internacionalismo,
como las intervenciones de Libia en Uganda, de Cuba en Etiopía
o de Viet Nam en Kampuchea.
Pero ya, más
nunca, teatros de operaciones continentales, miles de tanques y
aviones, cientos de miles de hombres, frentes de decenas de kilómetros
de ancho y decenas de kilómetros de profundidad. Patton,
Rokossovski, Guderian, Montgomery, pasaron a la historia como los
últimos comandantes de esas guerras en Hiroshima y Nagasaki,
aunque nadie lo supiera entonces, ni ellos mismos siquiera.
Las armas nucleares,
sin embargo, aunque fueron la tercera generación de armamentos
de la humanidad, tras las armas de hierro y la invención
de la pólvora, no fueron las primeras armas de la era de
la información, de la era actual, sino las últimas
de la era industrial, convencional.
Una explosión
se define, en términos militares, como el paso instantáneo
de un producto desde el estado sólido al gaseoso, sin pasar
por el líquido. A pesar de su pavoroso poder, una explosión
nuclear no deja de ser, conceptualmente, lo mismo que una explosión
de pólvora multiplicada infinitesimalmente, a pesar de liberar
a los demonios nucleares en magnitudes que ni chinos ni árabes
imaginaron con los primeros voladores y arcabuces.
Sin embargo,
de la misma manera que una computadora no es una máquina
de calcular que funciona más rápido, sino una nueva
generación de tecnología que transforma sustancialmente
la forma de hacer las cosas, las armas de la era de la información
no son ni serán bombas nucleares más potentes, inutilizables
en un mundo demasiado pequeño para su poder destructor, sino
una nueva generación de tecnologías de armamentos
y destrucción que transforma sustancialmente las formas de
hacer la guerra, y que harían temblar al mismísimo
Albert Einstein.
* Eugenio
Yáñez
es analista, economista y un especialista en la realidad cubana.
Ha publicado varios libros y junto a Juan Benemelis es autor de
"Secreto
de Estado. Las primeras doce horas tras la muerte de Fidel Castro"
(Benya Publishers, Miami, mayo de 2005).
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