Antonio M. Rivera
 
Evi Jimenez
 
 
 



LAS GUERRAS DEL SIGLO XXI
(I Parte)







Por Eugenio Yáñez *
Colaboración
Miami
Florida
E.U.
La Nueva Cuba
Mayo 15, 2006


 

“Sesenta veces sesenta veces sesenta” es la manera de contar las tropas del poderoso soberano asirio en la excelente novela “Sinhué, el Egipcio”, de Mika Waltari. El sistema sexagesimal recurría a más complejidades que el simple 216,000 que hubiera bastado en el sistema decimal para contar las huestes que podía movilizar el soberano.

Como quiera que se contaran, eran los números los que decidían los combates milenios atrás, en la era de la agricultura, y hasta no hace tanto tiempo. Sun Tzú, quinientos años antes de Cristo, estableció las bases de la estrategia militar para esas guerras, y ni César, ni Napoleón, ni Zhukov, modificaron la sustancia de su pensamiento.

Con tecnologías comparables, la cantidad de hombres decidía el combate. Hasta que tecnologías superiores se imponían incluso ante mayores fuerzas. Los conquistadores del cobre derrotaron las armas de piedra y madera, los del bronce a las del cobre, y los del hierro a todos los anteriores.

La combinación de tecnologías superiores y estrategias adecuadas restaba importancia a la magnitud de unidades y soldados: La invención de la pólvora y el uso de nuevos armamentos, inauguran las guerras de la era industrial.

Hernán Cortés, con 120 ambiciosos deslumbrados por el oro mexicano, quemó sus naves para impedir la retirada y destrozó el imperio azteca que contaba con un ejército de cien mil hombres. Sobre cada templo “pagano” construyó una iglesia, y esparció el idioma, las nuevas tecnologías y la sífilis por el nuevo mundo.

En Perú, Francisco Pizarro doblegó al inca y puso a miles de súbditos a cargar metales preciosos hasta llenar la habitación “hasta aquí”, según había indicado con su mano en alto el derrotado monarca, tocando la pared. Si cada uno de los que cargaron los metales del tributo y el rescate hubieran lanzado solamente una piedra contra los conquistadores, estos hubieran muerto sepultados.

El error de la cantidad como factor de victoria llegó hasta nuestros días: China invadió Vietnam tras la salida de Estados Unidos, y lanzó oleadas masivas de soldados en 1979, solo para ver como los vietnamitas los diezmaban. Y Saddam Hussein creía poder ganar “La Madre de Todas las Batallas” en 1991 porque tenía 60 divisiones, mientras los “infieles” solamente tenían cuatro.

El historiador Paul Kennedy demuestra (“Auge y caída de los grandes poderes”) como los imperios emergentes derrotan a los existentes cuando les superan en tecnología y dinámica de su economía, desde los portugueses del siglo XV hasta la perestroika. Los resultados militares son la consecuencia lógica de esa superioridad tecno-económica.

Todo fue así hasta agosto de 1945, cuando la guerra de la era industrial cambió para siempre. Los generales del estado mayor japonés informaban pasmados al emperador que Hiroshima había sido totalmente destruida en unos segundos “con una sola bomba”. Por si no quedó clara la lección, tres días después Nagasaki corría la misma suerte. Los demonios nucleares se habían desatado.

El mundo de la guerra fría comenzó a armarse hasta los dientes, literalmente: Estados Unidos y la Unión Soviética llegaron a acumular más de veinte mil cabezas nucleares. Inglaterra y Francia más de cien cada una. China cerca de cien. Luego la India y Pakistán, y ahora se desesperan Irán y Corea del Norte por tener armas nucleares. Quien sabe si Israel las almacena hace tiempo.

No hacen falta ni los misiles. Un escape radioactivo en Chernobil provocó infinidad de muertos y dañó la ecología euro-asiática seriamente. Todavía los más recientes muertos de aquel accidente se suman a los que siguen muriendo en aquellas ciudades japonesas bombardeadas. ¿Para qué los misiles? Basta hacer estallar el arsenal nuclear en el propio territorio, para que las nubes radiactivas hagan el trabajo destructivo.

En la primera décima de segundo de una explosión nuclear se liberan más de veinticinco mil toneladas de gases, generando una onda de choque pavorosa y temperaturas que solo se encuentran en la superficie del Sol. Haga estallar usted mismo un simple encendedor de gas y trate de comparar.

Para lograr una explosión nuclear es necesario uranio enriquecido (ese que buscan desesperadamente Irán y Corea del Norte contra la voluntad del mundo), en una cantidad imprescindible conocida como “masa crítica”. Sin esa cantidad, sin esa masa crítica, no se desata la reacción en cadena.

La masa crítica se mantiene separada, hasta que la acción de una espoleta “convencional” provoca una explosión “convencional”, que en milésimas de segundo concentra la masa crítica desatando la reacción hasta hacerla estallar. Y para lograr un daño superior sobre el “enemigo”, la explosión no se produce en tierra, sino a determinada altura, que permita a la onda expansiva no “desperdiciarse” contra el suelo.

Si esto le parece demasiado, piense por un instante que para desatar una explosión termo-nuclear (la bomba H o de hidrógeno) el detonante que se utiliza es una explosión nuclear. En otras palabras, potencias muy superiores a las de las explosiones de Hiroshima y Nagasaki juntas se utilizan, sencillamente, para desatar la reacción termo-nuclear, que puede crear una explosión mil veces más potente que las que destruyeron Hiroshima y Nagasaki.

Lo terrible de las armas nucleares fue, a la vez, el instrumento de la contención. Era tanta la potencia destructiva, que ni los vencedores escaparían a la suerte de los vencidos. Se dice que, de haber sucedido una conflagración nuclear cuando la guerra fría, los vivos envidiarían a los muertos.

Las colosales sumas de dinero y tecnología invertidos en tal potencia demoledora no hacían más seguros a sus poseedores, sino más vulnerables, pues utilizarlas era autodestruirse. Los países pobres no podían aspirar a ellas, y los ricos no sabían qué hacer con ellas.

Las guerras de primera y segunda generación se ganaban y perdían, pero las de tercera generación, las nucleares, simplemente, no se podían ganar: mientras más enérgico fuese el golpe contra el eventual enemigo, más vulnerable a las secuelas resultaría quien golpeara. En la guerra nuclear no hay golpes “suaves” o “tácticos”, no hay mini-explosiones. El golpe más sencillo sería horripilante.

Las potencias nucleares acumulaban un arsenal destructivo tan pavoroso que terminaba siendo inútil, pues no se podía utilizar. Por las causas que fueran, Estados Unidos no pudo vencer en Indochina, la URSS se retiró derrotada de Afganistán. Israel y los árabes con apoyo cubano y soviético pelearon en los desiertos del Golán las últimas grandes batallas de tanques de la historia en 1973, pero no pudieron lograr resultados definitivos.

Todos tuvieron el mismo dilema: para aspirar a la victoria, tendrían que haber utilizado armas nucleares, pero no podían. Tras la Segunda Guerra Mundial, las armas nucleares no podían utilizarse, y las de la era industrial no eran suficientes para la victoria. Nunca los ejércitos fueron más inútiles que cuando contaban con armas nucleares.

¿De que sirve una división de tanques americana en un conflicto en Sudán? ¿Qué pudo hacer un cuerpo de ejército soviético contra Jonás Savimbi en Angola?

Para capturar al narcogeneral Noriega en Panamá o derrocar a los criminales de Grenada no hacía falta ni el Proyecto Manhattan ni “bombas termonucleares y cohetes para transportarlas”, como amenazaba Nikita Jrushov a comienzos de los sesenta del siglo pasado.

Las tropas americanas en República Dominicana o las del Pacto de Varsovia en Checoslovaquia no necesitaron armas nucleares para ocupar el país en cuestión de horas. Y de haberlas utilizado, no hubieran cambiado los resultados de las operaciones, pero las hubieran convertido en algo más costoso y absurdo; y la ocupación, de haberla, hubiera sido más compleja e inútil. Después del hongo nuclear, ¿para qué ocupar el país?

Los ejércitos quedaban para “mini-guerras”, demasiado sangrientas, como la masacre y genocidio en Biafra, las Malvinas, o la ocupación del Pakistán Oriental para crear Bangla-Desh; a veces, guerras muy difíciles de justificar, como el enfrentamiento Perú-Ecuador o la invasión de Kuwait en los noventa; a veces, genocidios injustificables, como los de Yugoslavia o Rwanda-Burundi; y a veces, también, “liberación nacional” e “internacionalismo”, como las intervenciones de Libia en Uganda, de Cuba en Etiopía o de Viet Nam en Kampuchea.

Pero ya, más nunca, teatros de operaciones continentales, miles de tanques y aviones, cientos de miles de hombres, frentes de decenas de kilómetros de ancho y decenas de kilómetros de profundidad. Patton, Rokossovski, Guderian, Montgomery, pasaron a la historia como los últimos comandantes de esas guerras en Hiroshima y Nagasaki, aunque nadie lo supiera entonces, ni ellos mismos siquiera.

Las armas nucleares, sin embargo, aunque fueron la tercera generación de armamentos de la humanidad, tras las armas de hierro y la invención de la pólvora, no fueron las primeras armas de la era de la información, de la era actual, sino las últimas de la era industrial, convencional.

Una explosión se define, en términos militares, como el paso instantáneo de un producto desde el estado sólido al gaseoso, sin pasar por el líquido. A pesar de su pavoroso poder, una explosión nuclear no deja de ser, conceptualmente, lo mismo que una explosión de pólvora multiplicada infinitesimalmente, a pesar de liberar a los demonios nucleares en magnitudes que ni chinos ni árabes imaginaron con los primeros voladores y arcabuces.

Sin embargo, de la misma manera que una computadora no es una máquina de calcular que funciona más rápido, sino una nueva generación de tecnología que transforma sustancialmente la forma de hacer las cosas, las armas de la era de la información no son ni serán bombas nucleares más potentes, inutilizables en un mundo demasiado pequeño para su poder destructor, sino una nueva generación de tecnologías de armamentos y destrucción que transforma sustancialmente las formas de hacer la guerra, y que harían temblar al mismísimo Albert Einstein.


* Eugenio Yáñez es analista, economista y un especialista en la realidad cubana. Ha publicado varios libros y junto a Juan Benemelis es autor de "Secreto de Estado. Las primeras doce horas tras la muerte de Fidel Castro" (Benya Publishers, Miami, mayo de 2005).

 

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