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LAS
GUERRAS DEL SIGLO XXI
(II Parte)
Por Eugenio Yáñez *
Colaboración
Miami
Florida
E.U.
La Nueva Cuba
Mayo 17, 2006
La Guerra Fría
se peleó y se ganó sin disparar, en lo que al armamento
nuclear se refiere. Nunca americanos y soviéticos chocaron
directamente en un campo de batalla, ni la OTAN y el Pacto de Varsovia
cruzaron armas.
Los momentos
más álgidos se dieron en los sesenta, en ocasión
del bloqueo soviético de Berlín, y en la crisis de
los misiles en Cuba, cuando el mundo estuvo realmente al borde del
holocausto nuclear, y de haberle hecho caso a Fidel Castro, la URSS
hubiera lanzado el primer golpe contra Estados Unidos.
En Europa, más
de veinte mil tanques, transportadores blindados, miles de aviones,
y misiles Pershing y SS2, aguardaban la orden para lanzarse con
cientos de miles de hombres sobre el adversario: los mapas estratégicos
soviéticos incluían flechas rojas dibujadas hasta
el norte de Francia, la Península Ibérica y Portugal,
Italia, Grecia y Noruega, y los submarinos nucleares norteamericanos
se desplegaban en el Índico, en el Ártico, en el Mediterráneo,
en el Pacífico y en el Atlántico para golpear a la
Unión Soviética desde todas direcciones.
No fueron cuarenta
y seis años de paz, ni mucho menos. Pero los combates se
libraron con proxis, para decirlo en un lenguaje contemporáneo:
representantes de las grandes potencias llevaban a cabo el
trabajo. Los combates se desarrollaron en Corea, Viet Nam,
Angola, Etiopía, Afganistán: participaba una gran
potencia, pero la otra se abstenía pragmáticamente
y utilizaba a sus proxis.
Francia y Bélgica
ponían orden en África, mientras los ingleses
combatían en Asia y en los mares del sur, hasta su política
de abandono estratégico al este de Suez en los
años setenta. Los soviéticos destrozaban brutalmente
la resistencia húngara en Budapest y ocupaban una Checoslovaquia
que ni siquiera era reformista, mientras Estados Unidos invadía
Grenada y Panamá, sin que ni uno ni otro de los adversarios
actuara.
Cuba intervino,
a nombre de la URSS, en Angola y Etiopía, y los soviéticos
armaron continuamente a Vietnam en su guerra contra Estados Unidos.
Los americanos apoyaron a la resistencia afgana y la contra
nicaragüense, contribuyeron al derrocamiento de Allende en
Chile y suministraron inteligencia estratégica a Inglaterra
cuando la guerra de Las Malvinas. Los soviéticos armaron
a los árabes hasta los dientes, mientras Estados Unidos apoyó
decididamente a Israel
En un pacto
tácito de grandes potencias, el mundo se repartía
en esferas de influencia, se gritaba en la ONU y se suministraba
a los proxis, evitando el choque directo, que ninguno deseaba, pues
ambos sabían que no se podía ganar.
En 1991 comenzaron
las guerras de cuarta generación, con la Tormenta del Desierto.
Con la URSS en franca decadencia y nada deseosa de complicarse por
la estupidez de Saddam Hussein de invadir a Kuwait, por lo que se
mantuvo a la expectativa, Estados Unidos desplegó recursos
tecnológicos nunca vistos antes en el mundo, inutilizó
los sistemas de comunicación, comando y control irakíes
en unas pocas horas, introdujo las bombas inteligentes
y la guerra nocturna e ininterrumpida, estableció una superioridad
aérea que no admitía retos, y expulsó a Saddam
Hussein de Irak en varias semanas, y con mínimas bajas.
Toda la doctrina
estratégica soviética de las guerras terrestres, basada
en la protección ingeniera de las tropas en refugios, defensa
antiaérea efectiva, utilización masiva de los tanques
y la artillería, y ofensivas fulminantes con medios blindados,
se fue al piso en La Madre de Todas las Batallas. Los
aviones irakíes solo volaron para escapar a Irán,
la marina fue neutralizada totalmente, y las tropas terrestres resultaron
fácil tiro al blanco para unos aliados que realizaban más
de dos mil misiones áreas cada día.
Desaparecido
lo que quedaba de la URSS poco después, y aparentemente a
buen recaudo su pavoroso arsenal nuclear, las fuerzas armadas de
la única superpotencia victoriosa resultaron de pronto demasiado
obsoletas. Casi medio millón de hombres con todos sus equipos
habían sido movidos al otro lado del mundo en menos de seis
meses, pero era algo irrepetible: Estados Unidos podía pelear
esa guerra, pero no una guerra y media o dos guerras
a la vez.
Al siglo XXI
se entra con tres grandes direcciones estratégicas para las
fuerzas armadas de la superpotencia:
-- La seguridad
estratégica del territorio nacional
-- La capacidad
de despliegue inmediato hacia cualquier parte del mundo, y
-- Armamentos
donde la precisión de los golpes es más importante
que la potencia
Los proyectos
y acuerdos de defensa antimisiles, en los tiempos de guerra fría,
se basaban en mantener desguarnecidas a propósito a Washington
y New York frente a eventuales ataques nucleares, a cambio de reciprocidad,
verificable de ambas partes, en Moscú y Leningrado: ninguna
parte atacaría a la otra si, a la vez, sus principales centros
de población y económicos estaban desguarnecidos y
recibirían el contragolpe.
Estas fueron
las bases de los tratados START de 1972 firmados en tiempos de Nixon
y Brezhnev, y modificadas en el START II en tiempos de Carter, que
afortunadamente el Congreso americano nunca aprobó.
Pero la desaparición
de la URSS cambió las cosas: esos principios de desguarnecimiento
antimisiles voluntario a cambio de reciprocidad por la otra parte
no valen para naciones hostiles como Corea o Irán, que no
vacilarían en lanzar un primer golpe aún sabiendo
que la respuesta sería demoledora.
Por eso han
sido los esfuerzos de Estados Unidos en la culminación de
programas de defensa antimisles comenzados conceptualmente en tiempos
de Reagan con la Iniciativa de Defensa Estratégica (Guerra
de las Galaxias), y que se basan fundamentalmente en crear
un escudo electrónico de alta tecnología que haga
prácticamente impenetrable el espacio aéreo del país,
aunque en realidad aliados estratégicos como Japón,
Inglaterra o Italia no quedan protegidos por estos sistemas.
En cuanto a
las capacidades de despliegue estratégico inmediato, las
fuerzas armadas son transformadas sustancialmente, y las grandes
divisiones agrupadas en ejércitos dejan de ser las unidades
básicas operativas del aparato militar.
Si en los años
sesenta las divisiones norteamericanas tenían entre 12 y
18 mil hombres, en base a su especialidad y misiones, y eran las
agrupaciones principales, en el siglo XXI las unidades principales
son las brigadas o regimientos, mucho más ligeras y de mayor
capacidad de despliegue. Aunque en Irak en el 2003 todavía
se hablaba de las divisiones mecanizadas, en realidad son las brigadas,
como entidades organizativas, quienes llevan a cabo las tareas operativas.
Una brigada
puede tener entre tres y seis mil hombres, formada por tres batallones,
sólidamente reforzados con artillería y tanques, y
con una impresionante capacidad de despliegue, muchas veces en helicópteros.
Y más que de infantería clásica del siglo XX,
cada vez más estas unidades, por su entrenamiento, recursos
y misiones, son de tropas especiales: dislocadas en
bases estratégicamente ubicadas alrededor del mundo, como
Alemania o Japón, pueden en pocas horas ser movilizadas y
trasladadas a zonas de tensión y peligro en África
o Asia.
La presencia
en todo el mundo de los portaviones, impresionantes fortalezas marinas
que constituyen aeródromos móviles, garantizan golpes
aéreos efectivos y rápidos como apoyo al despliegue
de las brigadas, y los submarinos nucleares, capaces de permanecer
meses bajo el mar sin reabastecerse, con sus misiles Crucero, garantizan
los primeros golpes en cuestión de horas.
Así,
entonces, ante una situación de emergencia, Estados Unidos
tiene la capacidad de lanzar potentes golpes convencionales desde
los submarinos nucleares, masivas oleadas de aviones de altísima
tecnología desde los portaviones, y dislocar tropas terrestres
apoyadas por helicópteros, tanques y artillería, en
pocas horas.
Ningún
otro país del mundo, absolutamente ninguno, ni siquiera China
con sus mil trescientos millones de habitantes, tiene capacidad
de retar, igualar o vencer el tremendo potencial militar que representa
hoy Estados Unidos.
Sin contar que
queda en cartera, como última ratio regis, como
recurso estratégico final, el golpe nuclear de alta precisión
sobre Pyonyang, Teherán, Jartum, Damasco o cualquier centro
hostil de donde partiera un ataque que lograra penetrar las defensas
de Estados Unidos.
A toda esta
protección estratégica del territorio, y la capacidad
de despliegue inmediato, hay que sumar el tercer elemento, no por
mencionado al final menos importante: la utilización de los
más avanzados recursos de la tecnología para los sistemas
de comunicación, comando y control.
Las imágenes
de los B-26 lanzado decenas de bombas en la Segunda Guerra Mundial,
o los B-52 con toneladas de explosivos descargándolos sobre
Vietnam, son cosas del pasado. La imagen típica ahora es
la precisión del fuego, las bombas inteligentes,
las líneas cruzadas en la pantalla sobre el blanco, y asunto
concluido: blanco batido.
En 1991 en Irak
el 10% de las bombas eran inteligentes. En el 2003,
eran el 90%. En Afganistán, soldados de tropas especiales
apuntaban con la mirilla de sus rifles a las entradas de las cuevas.
La información de geo-posicionamiento pasa de la mirilla
a una computadora portátil, (laptop) a la espalda
del soldado, y a través de comunicación por celular
se envía a los aviones, donde otra computadora pone la información
del objetivo en la cabeza del misil. El piloto solo debe disparar:
blanco batido.
Un golpe nuclear
en Tora-Bora destruye el sistema montañoso, y derrite las
nieves provocando terribles inundaciones, más la radioactividad.
Estos sistemas inteligentes de misiles desde aviones
van cegando las entradas de las cuevas, sepultando a quienes ahí
se escondan y negando acceso a los que pretendan utilizarlas de
refugio. Se logran los mismos objetivos, pero sin la devastación
nuclear, y, aunque parezca increíble, a un costo comparable
o más eficiente.
La gran revolución
de los fusiles en la segunda mitad del siglo XX fueron los AR-10
norteamericanos, que redujeron el calibre de 7.65 a 5.25, compensando
esta disminución con una mayor cantidad de estrías
en el cañón, que al aumentar la rotación del
proyectil igualaban en alcance y sobrepasaban en poder de destrucción
los AKM soviéticos, siendo a la vez mucho más ligeros
con la introducción de las calaminas, permitiendo al soldado
americano cargar regularmente 600 proyectiles mientras los soviéticos
cargaban 120.
Después
de esto, quedaba poco por hacer en ingeniería y balística.
Ahora se trataba de la precisión de los disparos, para cualquier
tipo de armamentos. Los misiles Crucero lanzados desde submarinos,
los disparos de artillería, las bombas de los aviones, los
fusiles del soldado, se basan cada vez más en la información
y las computadoras.
No computadoras
personales de jugar juegos militares o de escribir documentos, sino
potentísimas computadoras entrelazadas, interconectadas en
complejísimas redes, que dependen de muchos satélites,
sistemas de comunicación eficientes y ultrarrápidos,
y diseños de sistemas de comunicación, comando y control
que permitan convertir la información que se recibe en blanco
batido inmediatamente.
Para lograr
todo esto, Estados Unidos dispone desde siempre de sistemas computacionales
y de telecomunicaciones de primera línea, que aplicados al
sofisticado y modernísimo armamento de sus arsenales, lo
convierten no solamente en el primer superpoder militar del planeta,
sino en el único superpoder.
Todos los recursos
militares del resto del mundo combinados no superan en efectividad
ni poder de fuego los recursos de defensa de Estados Unidos.
La lógica
haría suponer que los adversarios y eventuales enemigos cejarían
en sus intentos de retar o vencer a Estados Unidos, pero en estos
temas la lógica es relativa y la historia de la humanidad
demuestra que para cada arma ha surgido siempre la contraparte que
permite enfrentarla.
Y si la guerra
no puede ser frontal, por imposible, entonces hay que recurrir a
otro tipo de guerra: la guerra asimétrica, la contra-guerra
del siglo XXI, la guerra de guerrillas de la era informativa.
Poco a poco
han ido encontrando terreno común grupos sobrecogedores de
diversas partes del mundo, para los que el cemento unificador es
el rechazo patológico a Estados Unidos y los valores fundamentales
de las democracias occidentales: fundamentalistas musulmanes, terroristas
de vocación y profesión, comunistas nostálgicos,
populistas desbocados, mafias recicladas de antiguas nomenclaturas,
guerrilleros, conspiradores, narcotraficantes.
Siempre existieron,
pero es ahora, por primera vez, que se dan determinadas condiciones
a su favor para esta alianza macabra. Así se unen la capacidad
financiera proveniente del tráfico de drogas y de gobiernos
de naciones petroleras como Irán y Venezuela, las capacidades
tecnológicas de estados hostiles y rudos como Cuba y Corea,
y la experiencia operativa de terrorismo urbano de grupos subversivos
como el IRA y la ETA.
También
las líneas de suministro y comunicación establecidas
por narcotraficantes y comerciantes de armas, la vocación
suicida y de martirologio de fundamentalistas musulmanes que vuelan
en los aviones contra las torres o se sienten orgullosos de apretar
el detonador del cinturón de explosivos que llevan a la cintura,
y las capacidades de inteligencia, contrainteligencia y subversión
de naciones como Cuba, Venezuela, Corea, Irán, o Siria.
Todos unidos
en la internacional antiamericana y antidemocrática, con
misiones muy bien definidas y suficientemente organizadas: no se
le pide dinero a Cuba, que no tiene, sino interferencias tecnológicas
y ciberataques contra los sistemas computacionales y de comunicaciones
de Estados Unidos. Para esto está la UCI, Universidad de
Ciencias Informáticas.
No se le pide
a un venezolano que se lance con una bomba a la cintura contra una
instalación militar o civil, pues para eso están los
palestinos y los aspirantes a mártires de las naciones árabes,
sino que haga fluir el dinero de la nación a los grupos hostiles
a Estados Unidos.
No se le pide
a Tirofijo que fabrique bombas nucleares, tarea que corresponde
a iraníes y coreanos, sino que preste su territorio para
entrenar terroristas de IRA y ETA, y sus canales de comunicación
y tránsito para que fundamentalistas suicidas que están
en Paraguay y Brasil puedan llegar a Estados Unidos.
Al Jazeera divulga
toda la propaganda disfrazada de información, y Hugo Chávez
crea TELESUR con asesoría cubana y con igual propósito.
Dinero no falta nunca. Las mafias recicladas del antiguo bloque
soviético mueven armas y municiones hacia puntos neurálgicos
a cambio de ese dinero, y al-Qeida busca desesperadamente armas
de exterminio en masa.
Y si hay demanda,
la oferta aumenta continuamente. No se ofrecen bombas nucleares
necesariamente, porque no se puede: pero a los compradores les basta
con las bombas nucleares sucias, de poco poder explosivo
relativo, pero de un mortal despliegue de radioactividad.
Y armas biológicas
y bacteriológicas: la propagación de la viruela, el
ébola, el cólera, o mortíferas nubes de gases
de sarín, somán, cianuro: se pueden fabricar en Irak
o Siria o Sudán, y lanzarlas en misiles, proyectiles de artillería,
bombas áreas, aerosoles, o tal vez un camión cisterna
manejado por un suicida.
Armas que harían
la envidia de los verdugos de las cámaras de gases de Auswicht
o Buchenwald, donde se produjo parte de ese holocausto que el presidente
iraní se empeña en ignorar, mientras Fidel Castro
y Hugo Chávez defienden el sagrado derecho de Irán
a enriquecer uranio con fines pacíficos.
Sobre las actividades
del régimen cubano en estos programas de guerra asimétrica,
y su papel en los aspectos relativos a la guerra cibernética,
hay abundante información en esta serie especial que está
presentando LA NUEVA CUBA, y especialistas de alto calibre aportan
valiosa información sobre los temas especializados.
Hay que añadir
solamente que el programa cubano de la llamada Universidad de Ciencias
Informáticas (UCI), que agrupa en total a más de cuarenta
y cuatro mil estudiantes, ocho mil de ellos en la sede central y
el resto en provincias, con miles de computadoras a su disposición,
tiene tres direcciones fundamentales de trabajo:
1) la guerra
cibernética contra Estados Unidos, y el apoyo a las actividades
del programa bolivariano en América Latina y
el Caribe, donde Rusia y China, calladamente, no son ajenos a los
esfuerzos cubanos y asesoran con tecnología y experiencias;
2) el bloqueo
total al acceso a la libre información de Internet por la
población cubana, controlado durante más de cuarenta
y cinco años por los medios de difusión bajo férrea
fiscalización estatal y partidista; y
3) las necesidades
cibernéticas de la economía y la tecnología
en Cuba, que es lo menos importante en el concepto del gobierno
cubano.
La importancia
que da el régimen cubano a los dos primeros aspectos mencionados,
y sobre todo al de la guerra cibernética contra Estados Unidos,
y el poco interés en el desarrollo tecnológico y económico
del país, queda demostrada con la persona designada para
dirigir el programa de seguridad de redes.
En el documental
disponible en su totalidad en LA NUEVA CUBA, copia obtenida del
video elaborado por el Consejo de Estado sobre los problemas y la
crisis surgida en la UCI, aparece un caballero de más de
sesenta años, de hablar pausado y traje de civil, sin corbata,
afable, con un crédito como Alejandro Ronda, Director de
Seguridad de Redes Informáticas.
Este caballero
en realidad es el General retirado Alejandro Ronda Marrero, ex Jefe
de Tropas Especiales del Ministerio del Interior cubano, y del que
se dice (pues, como es natural, en estos casos es difícil
tener confirmación oficial), estuvo vinculado al exitoso
atentado contra Somoza en Paraguay, al fallido atentado contra Pinochet
en Chile, en la fuga de presos en helicóptero de un penal
de alta seguridad en Chile, en el ataque al cuartel de La Tablada
en Argentina, y a las actividades de los sandinistas en Nicaragua,
entre otras cosas.
Como puede verse,
un extenso currículum de especialista cibernético,
de computadoras y redes, todo un excelente trabajador civil de la
Revolución dedicado por entero al desarrollo del país
y el avance tecnológico de la nación.
Si todos nos
alegramos cuando cayó el Muro de Berlín, cuando se
disolvió el Imperio del Mal soviético,
o cuando los misiles rusos dejaron de apuntar directamente a Estados
Unidos, estuvo bien. Si pensamos que era el final de la historia,
estuvo mal.
Fue el final
de las guerras del siglo XX, del milenio. Pero la inauguración
de las guerras del siglo XXI.
Una bomba inteligente
puede destruir muchas instalaciones de computación y antenas
parabólicas, pero no virus ni gusanos de computadoras
telefónicamente transmitidos. Una brigada helitransportada
puede detener un golpe de estado terrorista, pero no un barril de
sustancias tóxicas o contagiosas esparcido en una tienda
o un supermercado. Un láser puede destruir en el aire un
misil enemigo, pero no un aspirante a mártir con su carga
mortífera amarrada a la cintura.
Consiguientemente,
Estados Unidos y las democracias occidentales también se
preparan para la guerra asimétrica. Sus instalaciones de
defensa, administrativas, de gobierno, financieras, de control,
de tráficos, de comunicaciones, tienen que ser invulnerables
a los ataques de la guerra asimétrica, y ser capaces también
de golpear y contragolpear en estas direcciones cibernéticas.
Naturalmente,
las democracias no recurrirán a las armas químicas
o biológicas en esta guerra: pero si los contragolpes cibernéticos
no bastaran para aniquilar o neutralizar a los enemigos hostiles,
siempre queda el recurso convencional: los bombazos
del siglo XXI.
Inteligentes
o no, los demonios de fuego que pueden desatar Estados Unidos y
el mundo libre frente a sus enemigos, son impresionantes. La guerra
fría se ganó sin disparar armas nucleares. La guerra
asimétrica podría ganarse también en el teatro
de operaciones asimétrico, sin recurrir a bombas convencionales
y portaaviones.
La forma en
que se ganen la guerras del siglo XXI depende de muchas variantes.
Lo que queda claro es que no pueden perderse en ninguna circunstancia.
En la guerra
asimétrica, como en la guerra fría y todas las guerras
calientes, no tenemos alternativa para la victoria.
Si hoy Cuba
está del lado equivocado en la asimetría,
a causa de su nefasto régimen, llegará el día
en que muchos de esos recursos y talentos que hoy se reúnen
en la UCI para hacerle daño y reprimir al pueblo, y difundir
solamente oscurantismo y odio, estarán del lado correcto
de la ecuación, luchando en las guerras asimétricas
del siglo XXI del lado de la libertad, la democracia y el progreso.
Y todos los
macabros planes actuales del gobierno, y sus creadores y ejecutores,
estarán en un basurero de la historia que no será
nada virtual ni asimétrico.
* Eugenio
Yáñez
es analista, economista y un especialista en la realidad cubana.
Ha publicado varios libros y junto a Juan Benemelis es autor de
"Secreto
de Estado. Las primeras doce horas tras la muerte de Fidel Castro"
(Benya Publishers, Miami, mayo de 2005).
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