|
LA MUERTE DE UN TERRORISTA
Y
SU DISTORSIÓN EN LA HABANA
Por
Eugenio Yáñez *
Colaboración
Miami
Florida
E.U.
La Nueva Cuba
Junio 6, 2006
Al amanecer
del pasado jueves el mundo recibió agradecido la noticia
de que el fanático musulmán Abu Musab al-Zarkawi,
terrorista en jefe de la masacre irakí, personalmente responsable
de mucho más de 900 muertes de militares y civiles, hombres,
mujeres, niños y ancianos, había sido eliminado con
la explosión casi simultánea de dos precisas bombas
de 500 libras cada una lanzadas desde dos aviones F-16 estadounidenses
sobre una casa segura que le servía de madriguera
en las afueras de Bakubah, ciudad ubicada al noreste de Bagdad y
caracterizada por su continua virulencia.
En La Habana,
a través del libelo Granma, órgano oficial del Partido
Comunista y vocero impúdico del Comandante en Jefe, la noticia
fue presentada en un tono diferente, y al ser imposible expresar
un profundo pesar o luto por la muerte de un connotado criminal,
se le dio un tratamiento objetivo que no logra disimular
las simpatías por el terrorista.
Granma, quien
utiliza el concepto de terrorista solo cuando le conviene,
y siempre para adversarios del régimen, nunca para el ajusticiado
al-Zarkawi, define al asesino como rebelde, Némesis
de las tropas estadounidenses y el más notorio
exponente de la resistencia iraquí.
Según
el libelo castrista, intentando restar méritos a la operación
de Estados Unidos, los efectivos americanos fueron alertados
por informaciones de la inteligencia de Jordania, y entonces
desarrolla un novelón romántico-revolucionario según
el cual tropas élite, apoyadas por helicópteros,
participaron en la confrontación y el líder insurgente
murió pocos minutos después de haber sido alcanzado
por varios disparos.
Esta versión
de Granma parece algo así como la noticia sobre aquellos
supuestos últimos cuatro héroes internacionalistas
cubanos que, envueltos en la bandera nacional en la pista del inconcluso
aeropuerto de Grenada en 1983, combatieron hasta el último
aliento frente a las tropas invasoras de la 82 División de
Estados Unidos.
¿Quién
no recuerda aquella payasada gigante de la televisión cubana,
los rostros llorosos de los locutores y el himno nacional, cuando
en realidad los civiles cubanos se negaban a combatir y se entregaban
con la seguridad de que las tropas de Estados Unidos no los maltratarían,
mientras sus aguerridos jefes militares buscaban cómodo
refugio en la embajada soviética?
¿O aquella
información sobre el paradero del narcogeneral panameño
Manuel Antonio Noriega, que al comenzar la invasión americana
en 1989 no aparecía en público ni hacía declaraciones,
según las versiones oficiales cubanas, porque se encontraba
en algún lugar de la ciudad, organizando la
resistencia popular, mientras en realidad el pueblo panameño
aclamaba a los invasores y el dictador buscaba desesperadamente
protección de alguna embajada para salvar su pellejo, olvidando
su machete y su gritería?
En realidad,
la muerte de al-Zarkawi ha sido resultado de un laborioso, discreto,
paciente y sagaz trabajo de inteligencia, comenzado semanas antes,
cuando desde el interior de la misma red del terrorista llegaron
informaciones que posibilitaron ubicar al cómplice y asesor
espiritual del terrorista.
Los jordanos
ciertamente cooperaron en el trabajo de inteligencia, lo cual lejos
de restar méritos a la operación de Estados Unidos
demuestra el apoyo de naciones que han sufrido de ataques terroristas
a los esfuerzos de la coalición. Al-Zarkawi era responsable
por tres atentados terroristas en Jordania que costaron más
de cincuenta vidas.
Una vez ubicado
el asesor espiritual, un prolongado y paciente trabajo de seguimiento,
rastreo, identificación y chequeo se desarrolló por
varias semanas, hasta el atardecer del miércoles (hora de
Bagdad), cuando el objetivo se dirigió a una casa segura
en las afueras de Bakubah, que servía de guarida temporal
al buscado terrorista, quien en ese momento estaba reunido con un
grupo de compinches planificando nuevas matanzas.
El comando militar
de Estados Unidos no tuvo dudas de que había localizado el
refugio del criminal, y dio las órdenes para comenzar la
operación.
Estados Unidos
ha venido desarrollando en los últimos tiempos sofisticados
sistemas de comunicación entre las tropas terrestres y aéreas,
que utilizan equipos GPS (siglas en inglés de Sistema de
Posicionamiento Global), sensores, radares, sistemas de láser
y otros complejos instrumentos para ubicar en tierra o desde el
aire posiciones de los objetivos, y transmitir esta información
en ambas direcciones, sea tierra-aire o aire-tierra, mediante imágenes
y compactos paquetes de datos informáticos, sin las demoras
e imprecisiones de la conversación verbal cifrada.
La información
obtenida en tierra sobre la madriguera de los terroristas fue transmitida
a los aviones F-16 que patrullan rutinariamente los cielos de Bagdad
y sus alrededores para búsqueda y detección de minas
terrestres instaladas para golpear los convoyes militares. Estos
F-16 no habían partido con la misión específica
de bombardear el cubil terrorista, pero recibieron la información
en vuelo y rápidamente ubicaron el blanco mediante los sofisticados
sistemas electrónicos.
Ubicado el blanco,
no hay partido comunista en el mundo capaz de impedir el golpe.
Los F-16 lanzaron dos potentes bombas de 503 libras (unos 250 kilogramos)
con altísimo poder explosivo, una del tipo GBU-12 y la otra
GBU-38. GBU significa Guided Bomb Unit, es decir, Unidad de Bomba
Guiada.
Las GBU, a diferencia
de los misiles, no son autopropulsadas, aunque su forma sugiere
la de un misil, sobre todo en el caso de la GBU-12. Estas bombas
son guiadas por satélite, y en dependencia de la altura a
que se encuentre el avión al lanzarlas pueden navegar hasta
24 kilómetros (15 millas) por sí solas.
Una vez que
la computadora del piloto introduce la información del blanco
en la bomba, solamente es necesario soltarla: no importa si el avión
se está acercando o alejando del blanco, si está ascendiendo
o descendiendo, pues es ya un satélite quien guía
la potente bomba hasta su objetivo. Las GBU no caen sobre
el objetivo verticalmente, desde arriba, como en un bombardeo clásico
de la Segunda Guerra Mundial o aún en Vietnam, sino oblicuamente
y desde cualquier dirección, en dependencia de la posición
y altura del avión al ser lanzadas.
En la televisión
se pueden ver las imágenes de esas pequeñas crucecitas
blancas sobre un objetivo y la posterior explosión que lo
destruye. Ese símbolo indica la posición del blanco
fijado en las computadoras y las órdenes recibidas en el
satélite, que guiarán la bomba lanzada hasta la intersección
de la línea vertical con la horizontal, es decir, el centro
de la crucecita.
Aunque Granma
en Cuba se refiere a la imprecisa versión oficial,
lo cierto es que fue muy detallada y exacta: los hombres libres
del mundo, a través de la Internet que Cuba prohíbe,
reprime y persigue, podemos ver cuando queramos la operación,
la crucecita sobre la casa, y la posterior explosión.
Según
el libelo oficial cubano, permanentemente obsesionado con presentar
el deseo de controlar el petróleo como causa primigenia de
la guerra de Irak, la baja inmediata de los precios mundiales del
barril del crudo tras la eliminación de al-Zarkawi, eran
un signo tangible de la importancia del terrorista.
Para el resto
del mundo, sin embargo, esto era una demostración de la confianza
en que la carnicería irakí, llevada a cabo por el
carismático insurgente tan querido por Granma,
había recibido un golpe demoledor con su eliminación,
y las posibilidades reales de una paulatina normalización
de la situación en Irak ganaban puntos.
Aunque Granma
insiste en que el terrorista logró el apoyo de la población
a su guerra contra la ocupación extranjera, lo cierto
es que los irakíes han respirado más tranquilos después
que las bombas justicieras hicieran sentir sobre su propia carne
al terrorista lo que él tantas veces propinó a cientos
de víctimas inocentes. Solamente el pataleo de ahorcados
de compinches terroristas se ha manifestado. Porque el supuesto
apoyo del pueblo irakí al terrorista era tan
sólido como el apoyo unánime del pueblo
cubano a su Comandante en Jefe.
Sobre el pretendido
combate librado por el terrorista contra tropas élite y helicópteros
tras el bombardeo de su madriguera, es tan ficticio como la supuesta
invulnerabilidad militar de la Revolución cubana o las posibilidades
de Felipe Pérez Roque de dirigir a Cuba tras la muerte del
Comandante en Jefe.
Inmediatamente
después del efectivo y eficiente bombardeo, fuerzas de la
policía irakí arribaron a los escombros en que se
había convertido en segundos lo que fuera la casa segura
donde se escondía al-Zarkawi, y encontraron a la rata moribunda,
gravemente herido, casi agonizando. No estaba en condiciones de
combatir, ni de sobrevivir.
Cuando posteriormente
llegaron alugar tropas de la 4ta División de Estados Unidos,
el terrorista fallecía. Identificado primeramente por fotografías,
también se le tomaron las huellas digitales para confirmarlo,
y además, como una medida adicional, se enviaron a los laboratorios
del FBI en Quantico, Virginia, muestras de su ADN (DNA en inglés).
El supuesto
combate donde el terrorista fue alcanzado por varios disparos
quedaría para la sección de tiras cómicas de
Granma si pudiera haberlas, pero los totalitaristas nunca han tenido
sentido del humor: quienes han recibido sobre su cabeza dos potentes
bombas de 500 libras no están en condiciones para combatir
con nadie, ni se necesitan tropas élite ni helicópteros
para culminar la tarea de contar los muertos (los cómplices
se fueron junto a su jefe al otro mundo) y recoger los escombros.
Según
la tradición musulmana, que merece todo nuestro respeto y
que no tenemos razón alguna para cuestionar ni intención
de discutirlo aquí, el terrorista al-Zarkawi y sus compinches,
muertos en combate frente a los infieles, mártires,
estarán en el paraíso, rodeados por 72 huríes
(vírgenes) cada uno, entre ríos perpetuos de leche
y miel.
A no ser que
ese paraíso estuviera bajo el control castrista, en cuyo
caso ya no sería el paraíso musulmán, y aunque
Granma habla en estos días de un crecimiento del 12.5% de
la economía en el primer trimestre de este año, la
leche disponible sería solamente para los niños menores
de siete años (y para la nomenclatura, claro), la escasa
miel tendría que ser exportada, y las vírgenes tendrían
que estar jineteando por el Malecón para sobrevivir.
En Diciembre
30 del 2005 publiqué en LA NUEVA CUBA un análisis
titulado ¿Qué podemos esperar en el 2006? En
referencia a la situación en Irak se decía textualmente:
Son muchas
las posibilidades de que el máximo terrorista en Irak, el
fanático al-Zarkawi, pase a mejor vida: sus actos cada vez
más indiscriminados le generan la repulsa de la población,
y cada vez recibe menos apoyo; la experiencia con el juicio de Saddam
seguramente propiciará una muerte en combate,
si son los irakíes quienes van directamente a su captura:
los muertos no hablan.
Abu Musab al-Zarkawi,
terrorista alabado por Granma como carismático insurgente,
ya no hablará más. Ni podrá planificar ni ejecutar
más atentados. No debemos olvidar que están pendientes
todavía para ser eliminados Osama bin-Laden y Ayman al-Zawahiri,
como blancos principales del liderazgo terrorista. Ni que aparecerán
muchos otros terroristas, ciertamente, para continuar volcando todo
su odio contra la libertad y la democracia.
Las bombas tipo
GBU cuestan unos 28,000 dólares cada una. Afortunadamente,
aunque Granma nos asegura que el imperio está
en una terrible crisis económica, ahí están
todas las bombas GBU justicieras que hagan falta en los aviones
que patrullan los cielos de la zona durante las veinticuatro horas,
y que en cualquier momento pueden recibir la información
necesaria para marcar el objetivo con la crucecita.
Y entonces:
bom-bom. Y de nuevo Granma con su versión autista
de la noticia.
A no ser que
para entonces ya Granma no exista. No hay que sorprenderse. Cualquiera
de las dos noticias podría llegar primero, aunque ninguna
de las dos tardará demasiado.
*
Eugenio Yáñez,
Dr. en Economía, politólogo, analista y especialista
en la realidad cubana, durante 14 años fue Profesor de la
Universidad de La Habana y el Instituto Superior de Dirección
de la Economía. Ha publicado diversos libros y es coautor,
junto a Juan Benemelis, de "Secreto de Estado. Las primeras
doce horas tras la muerte de Fidel Castro". Colabora habitualmente
con La Nueva Cuba desde el 2005.
|