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SUCESIÓN EN CUBA:
RAÚL CASTRO, CANDIDATO ÚNICO
Por Eugenio Yáñez *
Colaboración
Miami
Florida
E.U.
La Nueva Cuba
Octubre 22, 2005
Cada día
que pasa la solución biológica del problema
cubano parece más cercana, considerando la edad del caudillo:
consiguientemente, se analizan más y más las posibles
variantes y escenarios que podremos enfrentar, y se sugieren personajes
y caminos que estarían presentes en un futuro cercano de
nuestra Patria.
Aunque muchos
de estos estudios y publicaciones se llevan a cabo por personalidades
respetables, en ocasiones las conclusiones a que arriban son estremecedoras:
meses atrás, desde Lisboa, se mencionaba a Randy Alonso,
el inefable moderador de la Mesa Redonda, y Eusebio Leal, el historiador
de la Ciudad de La Habana, entre los posibles candidatos a la sucesión.
Tiempo después,
a mediados de este año, cobró fuerza un criterio de
que ya la sucesión había comenzado y Raúl Castro
ejercía el poder real, mientras el Comandante en Jefe iba
siendo relegado a la imagen pública, la leyenda histórica
y las funciones protocolares.
Y hace un par
de días, LA NUEVA CUBA reprodujo un artículo de Pablo
Alfonso, el respetado periodista de El Nuevo Herald que durante
veinte años ha estado escribiendo sobre la problemática
cubana, donde la tesis central se basa en que Raúl Castro
no tiene interés en ser el sucesor y enterrador de la revolución
cubana y, de facto, ha surgido un triunvirato que está asumiendo
el poder en Cuba para ejecutar la sucesión.
En todos estos
criterios me parece que se obvian elementos fundamentales que deben
ser tenidos en cuenta, y fundamentalmente dos de ellos de un extraordinario
peso: las características de personalidad y perfil psicológico
de Fidel Castro (que por ninguna razón permite que ese tema
fundamental se decida por alguien que no sea él mismo), y
los verdaderos centros del poder en Cuba, encabezados por los altos
oficiales de las Fuerzas Armadas y el MININT.
Por ninguna
razón Fidel Castro permite siquiera que se hable de la sucesión
si no es por el guión que él mismo ha diseñado
y en el momento que él mismo considere oportuno, y cualquiera
que intente siquiera sugerir alguna consideración o propuesta
sin la bendición del Comandante en Jefe podría ser
considerado como alguien llevando a cabo una especie de atentado
virtual contra el caudillo: es perfectamente sabido como se
ha actuado históricamente frente a los que cometan ese pecado
capital, real o supuesto.
Por otra parte,
el poder en Cuba, absolutamente centrado en la figura del caudillo,
se basa en una serie de figuras con medios y recursos suficientes
para consolidar y defender ese poder, que a la vez resultan insuficientes
para cuestionarlo.
A diferencia
de los países comunistas clásicos, el
Partido no es en Cuba el máximo centro de poder, y los miembros
del Buró Político no son designados sistemáticamente
por un Congreso partidista (que ya de hecho ni siquiera se realiza),
sino que son promovidos o designados a otras funciones
según caprichos del máximo líder.
Aparente poder
real tuvieron en Cuba, anteriormente, individuos como Roberto Robaina,
Marcos Lage, Otto Rivero, Humberto Pérez, José Llanusa,
o Carlos Aldana. ¿Dónde están hoy? No se preocupe
el lector si de pronto no identifica algunos de estos nombres: aunque
en su momento les sobraban los cargos y los adjetivos superlativos,
ya hoy pertenecen a la categoría de no-personas en Cuba.
Aunque, indudablemente, están mucho mejor que Arnaldo Ochoa,
Diocles Torralbas, José Abrantes, Pascual Martínez,
o Patricio de la Guardia, por mencionar a cinco Generales que tuvieron
más poder aunque no tanta suerte.
En SECRETO DE
ESTADO se definía un escenario posible de sucesión,
aunque no el único (SECRETO DE ESTADO. Las primeras
doce horas tras la muerte de Fidel Castro. Eugenio YáñezJuan
Benemelis. Benya Publishers, Mayo 2005, 2da edición Julio
2005). Pero es evidente, como se describe en el libro, que independientemente
de los futuros derroteros que pueden desarrollarse, las medidas
iniciales serán como las descritas en el Plan Corazón
en esta novela: movilización de las fuerzas armadas y la
seguridad, detención masiva de disidentes, control absoluto
de la información, búsqueda apresurada de legitimidad
internacional y, básicamente, de status quo con Estados Unidos.
Para este escenario
inmediato a la desaparición física o incapacidad del
Comandante en Jefe, no parece factible imaginarse a Raúl
Castro en un retiro campestre y los altos oficiales del ejército
y la seguridad sentados en sus oficinas, esperando órdenes
de un gobierno civil: ni es coherente con el origen, la formación
y la personalidad de estos altos oficiales, ni la historia de Cuba,
desde 1868, es ejemplo de subordinación de los poderes militares
a las autoridades civiles.
La versión
de Ricardo Alarcón, Carlos Lage y Felipe Pérez Roque
en un triunvirato de gobierno, no es fácil de
reconciliar con una realidad absoluta: ninguno de ellos tiene historia
militar ni acciones combativas. Sin ese aval, ¿Cómo
podrían ejercer un poder real en el país? Sin considerar
que, además, ninguno de ellos tiene ni tendrá mando
sobre tropas, tanques, aviones, cañones o lanzacohetes
Aparentemente,
estos triunviros tienen cuotas de poder actualmente,
pero éstas fueron asignadas por el Comandante en Jefe, y
son susceptibles de ser retiradas en cualquier momento: su presencia
en diversos eventos internacionales como pueden ser una comisión
intergubernamental, la ONU o la Cumbre de Salamanca, no demuestra
su cercanía al poder, sino el desprecio que el omnipotente
Comandante en Jefe siente por esas actividades: decisiones sobre
relaciones Cuba-Venezuela las toma personalmente con Hugo Chávez,
la Asamblea de la ONU no iba a producir nada importante, y su ausencia
en la Cumbre de Salamanca era más importante que su presencia.
Por eso fueron los triunviros a esos eventos, no porque
se estén preparando para asumir el poder en un futuro cercano.
¿Dejaría
Fidel Castro decidir a Raúl si quiere ser el sucesor o no?
¿Un tema de esa importancia admite una decisión que
no sea del mismísimo Fidel Castro? Además de los factores
psicológicos involucrados, el pragmatismo, que nunca ha faltado
al Comandante, le indica que necesita a alguien, en la etapa inmediatamente
posterior a su desaparición, que garantice su figura, su
leyenda, su imagen, sus honores y sus monumentos.
A Fidel Castro
no le interesa lo que pueda ser de Cuba tras su muerte, pero sí
le interesa demasiado lo que sea de su propia imagen cuando ya no
esté. Y necesita de Raúl Castro para ello, no por
desconfianza en el triunvirato (aunque él no
confía en nadie), sino porque Raúl es quien puede
mantener el poder el tiempo necesario, vía modelo chino,
para consolidar su leyenda cuando ya él mismo no pueda hacerlo.
Es cierto que
en el orden pragmático la presencia oficial de Raúl
Castro al frente de un gobierno post-castrista puede crear dificultades
para, si no una normalización, al menos un relajamiento de
las tensiones con Estados Unidos, teniendo en cuenta la legislación
vigente en este país.
Tal vez por
ello las figuras públicas puedan ser diferentes: Ricardo
Alarcón, además de un cierto reconocimiento y experiencia
internacional, es lo suficientemente cínico y desvergonzado
para, sin sonrojarse, prestarse a un proceso de este tipo. Carlos
Lage es lo suficientemente gris políticamente para no inmutarse
con el cambio de timonel, y Pérez Roque habla en una sola
dirección sin escuchar a la otra parte, y eso es lo que menos
falta hace en un proceso de consolidar un gobierno post-Fidel.
Además,
hay que recordar que tanto Alarcón como Lage y Pérez
Roque, los triunviros, son hombres de Fidel Castro,
no de Raúl. Ni disponiendo de un testamento escrito (que
ni existe ni existirá) podrían imponerse a Raúl
Castro, que, sin embargo, los puede apartar fácilmente si
así lo desea, pues aunque necesitaría más a
Alarcón para negociaciones internacionales, puede prescindir
de Lage y Pérez Roque sin dificultades.
Y en el supuesto
caso, muy improbable, que Raúl Castro decidiera apartarse,
ello no garantiza que el resto de los generales con poder real,
hiciera lo mismo: tanto varios de ellos (hay cinco con grado de
General de Cuerpo y miembros del Buró Político) como
algunos eslabones independientes con liderazgo real y recursos disponibles,
como es Ramiro Valdés, podrían representar la espina
atravesada a este proyecto de triunvirato.
Si el triunvirato
va a tener solamente condición de pantalla pública
a los efectos de buscar legitimar el poder real, es posible entonces
que funcione, pero eso no significa que la sucesión escapó
de las manos de Raúl Castro o los militares, sino que éstos
están ejerciendo el poder a través de la pantalla
de estos personajes.
Como se dice
en Cuba, ni es lo mismo ni se escribe igual.
Entiendo que
todos estos criterios son discutibles y merecen un análisis
más profundo, pero no quiero abusar de la paciencia de los
lectores. Prometo continuar sobre este tema en una serie de próximos
artículos.
* Eugenio
Yáñez
es analista, economista y un especialista en la realidad cubana.
Ha publicado varios libros y junto a Juan Benemelis es autor de
"Secreto
de Estado. Las primeras doce horas tras la muerte de Fidel Castro"
(Benya Publishers, Miami, mayo de 2005).
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