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LOS
DIAS FINALES
DE EDUARDO FACCIOLO
Llanillo
La Nueva Cuba
Septiembre 28, 2003
Relevó
al General Concha, tras su segundo mandato como Gobernador y Capitán
General de la Isla de Cuba, el Teniente General don Valentín Cañedo,
militar de escasa áurea, que medido con el Marqués de La Habana
daba impresión de poca cosa.
Atravesaba
entonces la Colonia momentos cruciales, tras el trágico fin del
general insurrecto Narciso López, ajusticiado por orden de Concha.
A
la alocución habitual del nuevo gobernante, tomada pose-sión del
mando, siguió un largo silencio, permaneciendo el procónsul mudo
y enigmático como una esfinge.
En
tanto el bando integrista dio en decir:
¡Ahora
van a ver lo que es bueno!
Poco
a poco fue aminorando la expectación y la subversión empezó a burlarse
con aquello de:
"Ese
gallo que no canta,
algo tiene en la garganta."
A
lo que contestaban los integristas:
"Este
gallo cantará
y a muchos le pesará."
Y
el gallo cantó, por fin, en las columnas de la Gaceta, ordenando,
ni más ni menos, que echar salchichas a los perros parias que polulaban
las calles de la ciudad.
Una
formidable carcajada resonó en toda la Isla, y desde aquel instante
Cañedo sólo fue el general Salchichas.
El
general Salchichas no era muñeco ridículo a quien buscar las cosquillas
sin correr riesgo alguno.
Por
ello indagaba la policía para encontrar los cabecillas de aquella
interminable campaña de burlas, y el Gobernador ansiaba dar un escarmiento
a los que desafiaban de tal modo su autoridad, en cuanto cayeran
en sus manos.
Y
al fin cayeron, sufriendo todos duras penas, desde el presidio al
destierro; todos menos Facciolo, que hubo de pagar con su vida.
En
vano fue que la anciana madre del condenado se arrojase a los pies
del Teniente General suplicándole la vida de su infortunado hijo,
ni más ni menos culpable que los otros conspiradores, no sentenciados
a muerte.
Cañedo
permaneció duro y frío como el acero, cual si de la vida o muerte
de Facciolo hubiese dependido para España la pérdida o tenencia
de la Colonia.
Bien
hubiese podido mostrarse grande y generoso, en vez de presionar
a la pobre mujer diciéndole:
- Vaya usted señora, vaya a verlo y consiga que denuncie a sus cómplices.
Sólo así podrá salvarse de la muerte.
La
infeliz madre, consternada, voló al calabozo del Castillo de La
Punta, en que se hallaba preso su hijo, y postrándose también a
sus pies, lo exhortó a que delatara a sus compañeros; debilidad
propia de una madre martirizada y loca de dolor.
El
hijo la consoló prometiéndole declarar, y terminada la entrevista,
sólo dijo que el autor de los escritos era Juan Bellido de Luna,
ya a salvo en los Estados Unidos.
Después
se sumió en silencio, resuelto a llevarse su secreto a la tumba.
Así,
a las siete de la mañana del 28 de septiembre de 1852, salía para
el patíbulo en medio de un piquete de tropa, acompañado de algunos
sacerdotes y de los Hermanos de la Paz y Caridad, el reo Eduardo
Facciolo, inteligente y vivaz joven de veinticuatro años, aún no
cumplidos.
Había
estado en el mismo calabozo, velado en la misma capilla, e iba al
mismo cadalso (levantado en la explanada del Castillo de la Punta)
en que un año antes estuviese preso, y velase, y fuese también ejecutado
el general Narciso López.
Facciolo
era tipógrafo y sufría el garrote por haber impreso La Voz del Pueblo,
hoja clandestina que incitaba a la lucha subversiva contra España.
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