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EL GRANO DE MAIZ *
Crónica de un encuentro de madrugada
en el Palacio de la Revolución de La Habana
Por Manuel Rivas
Mauricio
Vicent
La Habana
El País
España
Infosearch:
José F. Sánchez
Analista
Jefe de Buró
Cuba
Dept. de Investigaciones
La Nueva Cuba
Marzo 23, 2008
Fue en el siglo
pasado. Los periodistas habíamos sido convocados en el Palacio
de la Revolución para una conferencia de prensa del entonces
presidente y comandante en jefe. El encuentro tuvo lugar varias
horas después de lo previsto, bien de madrugada, cuando el
reloj y los corresponsales adormecían y Fidel Castro, moviéndose
entre los grandes helechos ornamentales, iba adquiriendo las facciones
de una quimera noctívaga, con la mirada despejada y acechadora
del búho. Ahí lo tenemos. Está cómodo
en la deshora. Habla y habla. Parece, por veces, transparentársele
la corriente del pensamiento. Pueden vérsele las palabras
en la boca como un enjambre que enjambra. Todavía no hemos
hablado de la actualidad. La caída del muro de Berlín
parece, en esta noche surreal, un acontecimiento tan lejano y ajeno
como si lo hubiera tirado el mismísimo martillo que construyó
el caballo de Troya.
Antes había
habido una recepción. Charlábamos con una de las invitadas.
Maruja Calvo. Una gallega que se había dedicado al canto.
De repente, se acerca Fidel. Le pregunta sobre su madre. "Está
mal", dice ella. "Se le va la memoria". El mandatario
compone el gesto como un hombre providencial y hace llamar al ministro
de Sanidad. "Tenemos un medicamento nuevo para la memoria.
¡Hágaselo llegar!". Siempre lamenté no
haber tenido el atrevimiento de pedir una prueba de aquellas píldoras
milagreras.
La memoria.
En febrero de 2008, antes de renunciar a sus cargos, Castro se lamenta
en un artículo dedicado al candidato republicano McCain el
no haber tenido tiempo para escribir sus memorias. En el tramo final
de la vida se le ve preocupado por componer su retrato histórico.
Rebate la acusación de McCain de haber sido cruel con los
prisioneros del intento de invasión en bahía Cochinos,
en abril de 1961. Recuerda el laborioso proceso de negociación
para intercambiarlos por medicinas. Una semana después, el
pasado 19 de febrero, publica en Granma su mensaje de renuncia.
No es un gran texto. Tal vez destaca una frase: "Toda la gloria
del mundo cabe en un grano de maíz". Es un aforismo
de Martí, aunque no lo cita.
Castro dijo
de José Martí, de su manera de discursear, que "era
una catarata de ideas en un arroyo de palabras". No podemos
saber lo que Martí pensaría de Fidel, de su obra ni
de su prosodia arborescente. También descendiente de españoles,
en Martí fermentó lo mejor de Cuba y de su tiempo.
La biografía de Martí nos lleva a la común
presencia de René Char: fue de los que se apresuraron a legar
su parte de maravilla, rebelión y generosidad. Pero, además
de un buen poeta del pueblo, estamos hablando de un ilustrado reformista.
De un revolucionario para quien la palabra democracia era una energía
nueva, optimista, con la fuerza de un vapor humano. El hábitat
por el que luchó, y por el que murió tan joven, era
el de una Cuba independiente, sí, y democrática.
¿A qué
viene este paréntesis martiniano? José Martí
es la figura histórica que más ha invocado Fidel.
Es el espejo al que se aferra. El partenaire soñado para
unas Vidas paralelas. Ya desde sus comienzos como activista político,
cuando prefería "predicar" a las muchachas en el
parque de los Laureles que pisar las aulas, Castro eligió
a Martí, padre fundador de la nación cubana, como
un alma externada donde anidar su propia identidad. Otros hablarán
de apropiación indebida para construirse una imagen de mito
nacional. Es evidente que Castro ha escenificado durante años
un proceso de transmigración para alzarse como el Martí
vivo. De ahí la insistencia tenaz en establecer una continuidad
directa entre la lucha de 1895-1898, que dio lugar a la independencia,
y la de 1956-1959, que derrocó a la dictadura de Batista
y tomó gradualmente la forma de una revolución marxista
a no muchas millas de Wall Street. Si en Martí estaría
esbozado el antiimperialismo, Castro sería el abanderado,
no sólo en la geopolítica americana, sino mundial,
como voz de los no alienados y del Tercer Mundo. Una iconografía
en la que despegó, con vuelo propio, el Che Guevara. Otra
vez lo binario. El Che, con razón o sin ella, pero muerto
antes y con estela de mártir indomable, se quedó como
el rostro de la utopía. Hoy es un símbolo pop universal,
un héroe del graffiti que parece murmurar un dicho clásico:
"Muere joven a quien los dioses aman".
No es magro
el porcentaje de simbolismo global aportado por Cuba, una pequeña
nación joven, una isla con once millones de habitantes. Pero
ha aportado algo más que simbolismo. En los programas de
Naciones Unidas se destaca que es el país que más
recursos humanos, los contingentes médicos, ha movilizado
en los países más necesitados y con pandemias atroces
como el sida. Hay hechos incuestionables. Cuando Nelson Mandela
proclama el fin del apartheid, el más cálido agradecimiento
es para Cuba por su solidaridad en la lucha contra el régimen
racista. El apoyo militar cubano a Angola había sido determinante
para quebrar el régimen de la antigua Suráfrica. Los
cubanos también estuvieron en Etiopía. Aparecían
a los ojos de Los derrotados de la tierra (título del muy
influyente libro de Frantz Fanon, aparecido en 1961), como una vanguardia
internacionalista que, en el marco de la guerra fría, desafiaba
a los impresores de mapamundis. El propio Fidel, desde Cuba, dirigió
batallas transatlánticas como un guerrero ajedrecista. Está
claro que los movimientos de Fidel tuvieron la tutela del Imperio
soviético, y en intensidad proporcional al apretamiento de
tuercas por parte del Imperio estadounidense. Dicho en cubano: "La
cosa, además de difísil, es complicada". Lo asombroso
es haber sobrevivido ante semejante adversario y con semejante aliado.
Sólo se explica por la preservación de un factor cubano,
por muy sumergido que estuviese.
Castro ha vestido
durante gran parte de su vida un único traje de faena. El
de guerrero. Sin duda, ha triunfado en el "arte de la guerra".
Desde niño, en la gran hacienda paterna de Birán,
se fue familiarizando con las armas. Uno de sus juegos era disparar
a las auras tiñosas con revólver o un fusil semejante
al de Búfalo Bill. Quizá no haya en el mundo una persona
a la que hayan intentado matar tantas veces. Los servicios secretos
cubanos contabilizan 638 intentos hasta el año 2007, 197
en la época de Reagan. Hasta en eso, en el salvarse, Castro
parece excesivo, con episodios que en una ficción resultarían
inverosímiles, como el del "traje de buzo envenenado",
el caso de la sala de televisión con ácido lisérgico
o el de la antigua amante que, teniéndole indefenso, no es
capaz de apretar el gatillo. La decisión de eliminar físicamente
a Castro se tomó ya en octubre de 1959, siendo presidente
estadounidense Dwight Eisenhower, el mismo que apuntaló la
dictadura en España. Después de la visita de Ike,
el nuevo "amigo americano", justo a finales de 1959, Franco
pudo decir: "Ahora sí que hemos vencido".
Ruego me disculpen.
No olviden que estamos en el siglo pasado. Antes de que amanezca
del todo volvamos al Palacio de la Revolución, donde Castro,
en flamante verde oliva, habla sobre los avances genéticos
en la cría del ganado vacuno, a continuación nos relata
el viaje río Magdalena arriba de Simón Bolívar
en la llamada "campaña admirable", luego pasamos
a la parábola de los panes y los peces y el comunismo de
Cristo. Muchas veces las digresiones son saltos de caballo para
eludir cuestiones incómodas. Antonio Gramsci definía
el partido revolucionario como un "intelectual orgánico"
del pueblo. Fidel Castro diserta sobre todo como si él sólo
fuese ese "intelectual orgánico". Y más.
El partido, el Estado. Todo. Un "arroyo de palabras",
sí, pero sin la capacidad de escucha. Eso que conduce al
terrible error de confundir la disidencia con el enemigo. Eso que
tiene un nombre y es despotismo, aunque sea invocando al pueblo.
Error fue su empeño en la colectivización estatal
del campesinado. De otra manera, quizá hoy Cuba podría
estar autoabastecida. Después de aquella noche en el Palacio
de la Revolución, pude hablar con campesinos que conseguían
buenas cosechas de arroz y de maíz en tierra de nadie, en
ciénagas y en las veras de vías férreas abandonadas.
Con todo, si uno es sincero, no es mala forma de pasar a la historia
como un grano de maíz.
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