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DON NICOLAS DEL CASTILLO
Por José
Martí
Relato
"El Presidio Político en Cuba" (1873)
Fragmentos
Archivos:
La Nueva Cuba
Enero 28, 2007
Era el 5 de
abril de 1870. Meses hacía que había yo cumplido diez
y siete años. Mi patria me había arrancado de los
brazos de mi madre, y señalado un lugar en su banquete. Yo
besé sus manos y las mojé con el llanto de mi orgullo,
y ella partió, y me dejó abandonado a mí mismo.
Volvió
el día 5 severa, rodeó con una cadena mi pie, me vistió
con ropa extraña, cortó mis cabellos y me alargó
en la mano un corazón. Yo toqué mi pecho y lo hallé
lleno; toqué mi cerebro y lo hallé firme; abrí
mis ojos, y los sentí soberbios, y rechacé altivo
aquella vida que me daban y que rebosaba en mí.
Mi patria me
estrechó en sus brazos, y me besó en la frente, y
partió de nuevo, señalándome con la una mano
el espacio y con la otra las canteras.
Presidio, Dios:
ideas para mí tan cercanas como el inmenso sufrimiento y
el eterno bien. Sufrir es quizás gozar. Sufrir es morir para
la torpe vida por nosotros creada, y nacer para la vida de lo bueno,
única vida verdadera.
¡Cuánto,
cuánto pensamiento extraño agitó mi cabeza!
Nunca como entonces supe cuánto el alma es libre en las más
amargas horas de la esclavitud. Nunca como entonces, que gozaba
en sufrir. Sufrir es más que gozar: es verdaderamente vivir.
Pero otros sufrían
como yo, otros sufrían más que yo. Y yo no he venido
aquí a cantar el poema íntimo de mis luchas y mis
horas de Dios. Yo no soy aquí más que un grillo que
no se rompe entre otros mil que no se han roto tampoco. Yo no soy
aquí más que una gota de sangre caliente en un montón
de sangre coagulada. Si meses antes era mi vida un beso de mi madre,
y mi gloria mis sueños de colegio; si era mi vida entonces
el temor de no besarla nunca, y la angustia de haberlos perdido,
¿qué me importa? El desprecio con que acallo estas
angustias vale más que todas mis glorias pasadas. El orgullo
con que agito estas cadenas, valdrá más que todas
mis glorias futuras; que el que sufre por su patria y vive para
Dios, en éste u otros mundos tiene verdadera gloria. ¿A
qué hablar de mí mismo, ahora que hablo de sufrimientos,
si otros han sufrido más que yo? Cuando otros lloran sangre,
¿qué derecho tengo yo para llorar lágrimas?
Era aún
el día 5 de abril.
Mis manos habían
movido ya las bombas; mi padre había gemido ya junto a mi
reja; mi madre y mis hermanas elevaban al cielo su oración
empapada en lágrimas por mi vida; mi espíritu se sentía
enérgico y potente; yo esperaba con afán la hora en
que volverían aquellos que habían de ser mis compañeros
en el más rudo de los trabajos.
Habían
partido, me dijeron, mucho antes de salir el sol, y no habían
llegado aún, mucho tiempo después de que el sol se
había puesto. Si el sol tuviera conciencia, trocaría
en cenizas sus rayos que alumbran al nacer la mancha de la sangre
que se cuaja en los vestidos, y la espuma que brota de los labios,
y la mano que alza con la rapidez de la furia el palo, y la espalda
que gime al golpe como el junco al soplo del vendaval.
Los tristes
de la cantera vinieron al fin. Vinieron, dobladas las cabezas, harapientos
los vestidos, húmedos los ojos, pálido y demacrado
el semblante. No caminaban, se arrastraban; no hablaban, gemían.
Parecía que no querían ver; lanzaban sólo sombrías
cuanto tristes, débiles cuanto desconsoladoras miradas al
azar. Dudé de ellos, dudé de mí. O yo soñaba,
o ellos no vivían. Verdad eran, sin embargo, mi sueño
y su vida; verdad que vinieron, y caminaron apoyándose en
las paredes, y miraron con desencajados ojos, y cayeron en sus puestos,
como caían los cuerpos muertos del Dante. Verdad que vinieron;
y entre ellos, más inclinado, más macilento, más
agostado que todos, un hombre que no tenía un solo cabello
negro en la cabeza, cadavérica la faz, escondido el pecho,
cubiertos de cal los pies, coronada de nieve la frente.
-¿Qué
tal, don Nicolás? -dijo uno más joven, que al verle
le prestó su hombro. -Pasando, hijo, pasando -y un movimiento
imperceptible se dibujó en sus labios, y un rayo de paciencia
iluminó su cara. Pasando, y se apoyó en el joven y
se desprendió de sus hombros para caer en su porción
del suelo.
¿Quién
era aquel hombre?
Lenta agonía
revelaba su rostro, y hablaba con bondad. Sangre coagulada manchaba
sus ropas, y sonreía.
¿Quién
era aquel hombre?
Aquel anciano
de cabellos canos y ropas manchadas de sangre tenía 76 años,
había sido condenado a diez años de presidio, y trabajaba,
y se llamaba Nicolás del Castillo. ¡Oh, torpe memoria
mía, que quiere aquí recordar sus bárbaros
dolores! ¡Oh, verdad tan terrible que no me deja mentir ni
exagerar! Los colores del infierno en la paleta de Caín no
formarían un cuadro en que brillase tanto lujo de horror.
Más de
un año ha pasado: sucesos nuevos han llenado mi imaginacón;
mi vida azarosa de hoy ha debido hacerme olvidar mi vida penosa
de ayer; recuerdos de otros días, hambre de familia, sed
de verdadera vida, ansia de patria, todo bulle en mi cerebro, y
roba mi memoria y enferma mi razón. Pero entre mis dolores,
el dolor de don Nicolás del Castillo será siempre
mi perenne dolor.
Los hombres
de corazón escriben en la primera página de la historia
del sufrimiento humano: Jesús. Los hijos de Cuba deben escribir
en las primeras páginas de su historia de dolores: Castillo.
Todas las grandes
ideas tienen su gran Nazareno, y don Nicolás del Castillo
ha sido nuestro Nazareno infortunado. Para él, como para
Jesús, hubo un Caifás. Para él, como para Jesús,
hubo un Longinos. Desgraciadamente para España, ninguno ha
tenido para él el triste valor de ser siquiera Pilatos.
¡Oh! Si
España no rompe el hierro que lastima sus rugosos pies, España
estará para mí ignominiosamente borrada del libro
de la vida. La muerte es el único remedio a la vergüenza
eterna. Despierte al fin y viva la dignidad, la hidalguía
antigua castellana. Despierte y viva, que el sol de Pelayo está
ya viejo y cansado, y no llegarán sus rayos a las generaciones
venideras, si los de un sol nuevo de grandeza no le unen su esplendor.
Despierte y viva una vez más. El león español
se ha dormido con una garra sobre Cuba, y Cuba se ha convertido
en tábano y pica sus fauces, y pica su nariz, y se posa en
su cabeza, y el león en vano la sacude, y ruge en vano. El
insecto amarga las más dulces horas del rey de las fieras.
El sorprenderá a Baltasar en el festín, y él
será para el Gobierno descuidado el Mane, Thecel, Phares
de las modernas profesías.
¿España
se regenera? No puede regenerarse. Castillo está ahí.
¿España
quiere ser libre? No puede ser libre. Castillo está ahí.
¿España
quiere regocijarse? No puede regocijarse. Castillo está ahí.
Y si España
se regocija, y se regenera, y ansía libertad, entre ella
y sus deseos se levantará un gigante ensangrentado, magullado,
que se llama don Nicolás del Castillo, que llena setenta
y seis páginas del libro de los Tiempos, que es la negación
viva de todo noble principio y toda gran idea que quiera desarrollarse
aquí. Quien es bastante cobarde o bastante malvado para ver
con temor o con indiferencia aquella cabeza blanca, tiene roído
el corazón y enferma de peste la vida.
Yo lo ví,
yo lo ví venir aquella tarde; yo lo ví sonreir en
medio de su pena; yo corrí hacia él. Nada en mí
había perdido mi natural altivez. Nada aún había
magullado mi sombrero negro. Y al verme erguido todavía,
y al ver el sombrero que los criminales llaman allí estampa
de la muerte, y bien lo llaman, me alargó su mano, volvió
hacia mí los ojos en que las lágrimas eran perennes,
y me dijo: ¡Pobre! ¡Pobre!
Yo lo miré
con ese angustioso afán, con esa dolorosa simpatía
que inspira una pena que no se puede remediar. Y él levantó
su blusa, y me dijo entonces:
-Mira.
La pluma escribe
con sangre al escribir lo que yo ví; pero la verdad sangrienta
es también verdad.
Ví una
llaga que con escasos vacíos cubría casi todas las
espaldas del anciano, que destilaban sangre en unas partes, y materia
pútrida y verdinegra en otras. Y en los lugares menos llagados,
pude contar las señales recientísimas de treinta y
tres ventosas.
¿Y España
se regocija, y se regenera, y ansía libertad? No puede regocijarse,
ni regenerarse, ni ser libre. Castillo está ahí.
Ví la
llaga, y no pensé en mí, ni pensé que quizás
el día siguiente me haría otra igual. Pensé
en tantas cosas a la vez; sentí un cariño tan acendrado
hacia aquel campesino de mi patria; sentí una compasión
tan profunda hacia sus flageladores; sentí tan honda lástima
de verlos platicar con su conciencia, si esos hombres sin ventura
la tienen, que aquel torrente de ideas angustiosas que por mí
cruzaban, se anudó en mi garganta, se condensó en
mi frente, se agolpó a mis ojos.
Ellos, fijos,
inmóviles, espantados, eran mis únicas palabras. Me
espantaba que hubiese manos sacrílegas que manchasen con
sangre aquellas canas. Me espantaba de ver allí refundidos
el odio, el servilismo, el rencor, la venganza; yo, para quien la
venganza y el odio son dos fábulas que en horas malditas
se esparcieron por la tierra. Odiar y vengarse cabe en un mercenario
azotador de presidio; cabe en el jefe desventurado que le reprende
con acritud si no azota con crueldad; pero no cabe en el alma joven
de un presidiario cubano, más alto cuando se eleva sobre
sus grillos, más erguido cuando se sostiene sobre la pureza
de su conciencia y la rectitud indomable de sus principios, que
todos aquellos míseros que a par que las espaldas del cautivo,
despedazan el honor y la dignidad de su nación.
Y hago mal en
decir esto, porque los hombres son átomos demasiado pequeños
para que quien en algo tiene las excelencias puramente espirituales
de las vidas futuras, humilde su criterio a las acciones particulares
de un individuo solo. Mi cabeza, sin embargo, no quiere hoy dominar
a mi corazón. El siente, él habla, él tiene
todavía resabios de su humana naturaleza.
Tampoco odia
Castillo. Tampoco una palabra de rencor interrumpió la mirada
inmóvil de mis ojos.
Al fin le dije:
-Pero, ¿esto se lo han hecho aquí? ¿Por qué
se lo han hecho a usted?
-Hijo mío,
quizás no me creerías. Di a cualquiera otro que te
diga por qué.
La fraternidad
de la desgracia es la fraternidad más rápida. Mi sombrero
negro estaba demasiado bien teñido, mis grillos eran demasiado
fuertes para que no fuesen lazos muy estrechos que uniesen pronto
a aquellas almas acongojadas a mi alma. Ellos me contaron la historia
de los días anteriores de don Nicolás.
Un vigilante
de presidio me la contó así más tarde. Los
presos peninsulares la cuentan también como ellos.
Días
hacía que don Nicolás había llegado a presidio.
Días
hacía que andaba a las cuatro y media de la mañana
el trecho de más de una legua que separa las canteras del
establecimiento penal, y volvía a andarlo a las seis de la
tarde cuando el sol se había ocultado por completo, cuando
había cumplido doce horas de trabajo diario.
Una tarde don
Nicolás picaba piedra con sus manos despedazadas, porque
los palos del brigada no habían logrado que el infeliz caminase
sobre dos extensas llagas que cubrían sus pies.
Detalle repugnante,
detalle que yo también sufrí, sobre el que yo, sin
embargo, caminé, sobre el que mi padre desconsolado lloró.
Y ¿qué día tan amargo aquel en que logró
verme, y yo procuraba ocultarle las grietas de mi cuerpo, y él
colocarme unas almohadillas de mi madre para evitar el roce de los
grillos, y vio al fin, un día después de haberme visto
paseando en los salones de la cárcel, aquellas aberturas
purulentas, aquellos miembros estrujados, aquella mezcla de sangre
y polvo, de materia y fango, sobre que me hacían apoyar el
cuerpo, y correr, y correr! ¡Día amargísimo
aquél! Prendido a aquella masa informe, me miraba con espanto,
envolvía a hurtadillas el vendaje, me volvía a mirar,
y al fin, estrechando febrilmente la pierna triturada, rompió
a llorar! Sus lágrimas caían sobre mis llagas; yo
luchaba por secar su llanto; sollozos desgarradores anudaban su
voz, y en esto sonó la hora del trabajo, y un brazo rudo
me arrancó de allí, y él quedó de rodillas
en la tierra mojada con mi sangre, y a mí me empujaba el
palo hacia el montón de cajones que nos esperaba ya para
seis horas. ¡Día amarguísimo aquél! Y
yo todavía no sé odiar.
Así también
estaba don Nicolás.
Así,
cuando llegó del establecimiento un vigilante y habló
al brigada y el brigada le envió a cargar cajones, a caminar
sobre las llagas abiertas, a morir, como a alguien que le preguntaba
dónde iba respondió el anciano.
Es la cantera
extenso espacio de ciento y más varas de profundidad. Fórmanla
elevados y numerosos montones, ya de piedra de distintas clases,
ya de cocó, ya de cal, que hacíamos en los hornos,
y al cual subíamos, con más cantidad de la que podía
contener el ancho cajón, por cuestas y escaleras muy pendientes,
que unidas hacían una altura de ciento noventa varas. Estrechos
son los caminos que entre los montones quedan, y apenas si por sus
recodos y encuentros puede a veces pasar un hombre cargado. Y allí,
en aquellos recodos estrechísimos, donde las moles de piedra
descienden frecuentemente con estrépito, donde el paso de
un hombre suele ser difícil, allí arrojan a los que
han caído en tierra desmayados, y allí sufren,, ora
la pisada del que huye del golpe inusitado de los cabos, ora la
piedra que rueda del montón al menor choque, ora la tierra
que cae del cajón en la fuga continua en que se hace allí
el trabajo. Al pie de aquellas moles reciben el sol, que sólo
deja dos horas al día las canteras; allí, las lluvias,
que tan frecuentes son en todas las épocas, y que esperábamos
con ansia porque el agua refrescaba nuestros cuerpos, y porque si
duraba más de media hora nos auguraba algún descanso
bajo las excavaciones de las piedras; allí el palo suelto,
que por costumbre deja caer el cabo de vara que persigue a los penados
con el mismo afán con que esquiva la presencia del brigada,
y allí, en fin, los golpes de éste, que de vez en
cuando pasa para cerciorarse de la certeza del desmayo, y se convence
a puntapiés. Esto, y la carrera vertiginosa de cincuenta
hombres, pálidos, demacrados, rápidos a pesar de su
demacración, hostigados, agitados por los palos, aturdidos
por los gritos; y el ruido de cincuenta cadenas, cruzando algunas
de ellas tres veces el cuerpo del penado; y el continuo chasquido
del palo en las carnes, y las blasfemias de los apaleadores, y el
silencio terrible de los apaleados, y todo repetido incansablemente
un día y otro día, y una hora y otra hora, y doce
horas cada día: he ahí pálida y débil
la pintura de las canteras. Ninguna pluma que se inspire en el bien,
puede pintar en todo su horror el frenesí del mal. Todo tiene
su término en la monotonía. Hasta el crimen es monótono,
que monótono se ha hecho ya el crimen del horrendo cementerio
de San Lázaro.
-¡Andar!
¡Andar!
-¡Cargar!
¡Cargar!
Y a cada paso
un quejido, y a cada quejido un palo, y a cada muestra de desaliento
el brigada que persigue al triste, y lo acosa, y él huye,
y tropieza, y el brigada lo pisa y lo arrastra, y los cabos se reúnen,
y como el martillo de los herreros suena uniforme en la fragua,
las varas de los cabos dividen a compás las espaldas del
desventurado. Y cuando la espuma mezclada con la sangre brota de
los labios, y el pulso se extingue y parece que la vida se va, dos
presidiarios, el padre, el hermano, el hijo del flagelado quizás,
lo cargan por los pies y la cabeza, y lo arrojan al suelo, allá
al pie de un alto montón.
Y cuando el
fardo cae, el brigada le empuja con el pie y se alza sobre una piedra,
y enarbola la vara, y dice tranquilo:
-Ya tienes por ahora: veremos más tarde.
Este tormento,
todo este tormento sufrió aquella tarde don Nicolás.
Durante una hora, el palo se levantaba y caía metódicamente
sobre aquel cuerpo magullado que yacía sin conocimiento en
el suelo. Y le magulló el brigada, y azotó sus espaldas
con la vaina de su sable, e introdujo su extremo entre las costillas
del anciano exánime. Y cuando su pie le hizo rodar por el
polvo y rodaba como cuerpo muerto, y la espuma sanguinolenta cubría
su cara y se cuajaba en ella, el palo cesó, y don Nicolás
fue arrojado a la falda de un montón de piedra.
Parece esto
el refinamiento más bárbaro del odio, el esfuerzo
más violento del crimen. Parece que hasta allí, y
nada más que hasta allí, llegan la ira y el rencor
humanos; pero esto podrá parecer cuando el presidio no es
el presidio político de Cuba, el presidio que han sancionado
los diputados de la nación. Hay más, y mucho más,
y más espantoso que esto.
Dos de sus compañeros
cargaron por orden del brigada el cuerpo inmóvil de don Nicolás
hasta el presidio, y allí se le llevó a la visita
del médico.
Su espalda era
una llaga. Sus canas a trechos eran rojas, a trechos masa fangosa
y negruzca. Se levantó ante el médico la ruda camisa;
se le hizo notar que su pulso no latía; se le enseñaron
las heridas. Y aquel hombre extendió la mano, y profirió
una blasfemia, y dijo que aquello se curaba con baños de
cantera. Hombre desventurado y miserable; hombre que tenía
en el alma todo el fango que don Nicolás tenía en
el rostro y en el cuerpo.
Don Nicolás
no había aún abierto los ojos, cuando la campana llamó
al trabajo en la madrugada del día siguiente, aquella hora
congojosa en que la atmósfera se puebla de ayes, y el ruido
de los grillos es más lúgrube, y el grito del enfermo
es más agudo, y el dolor de las carnes magulladas es más
profundo, y el palo azota más fácil los hinchados
miembros; aquella hora que no olvida jamás quien una vez
y ciento sintió en ella el más rudo de los dolores
del cuerpo, nunca tan rudo como altivo el orgullo que reflejaba
su frente y rebosaba en su corazón. Sobre un pedazo mísero
de lona embreada, igual a aquel en que tantas noches pasó
sentada a mi cabecera la sombra de mi madre; sobre aquella dura
lona yacía Castillo, sin vida los ojos, sin palabras la garganta,
sin movimiento los brazos y las piernas.
Cuando se llega
aquí, quizás se alegra el alma porque presume que
en aquel estado un hombre no trabaja, y que el octogenario descansaría
al fin algunas horas; pero sólo puede alegrarse el alma que
olvida que aquel presidio era el presidio de Cuba, la institución
del Gobierno, el acto mil veces repetido del Gobierno que sancionaron
aquí los representantes del país. Una orden impía
se apoderó del cuerpo de don Nicolás; le echó
primero en el suelo, le echó después en el carretón.Y
allí, rodando de un lado para otro a cada salto, oyéndose
el golpe seco de su cabeza sobre las tablas, asomando a cada bote
del carro algún pedazo de su cuerpo por sobre los maderos
de los lados, fue llevado por aquel camino que el polvo hace tan
sofocante, que la lluvia hace tan terroso, que las piedras hicieron
tan horrible para el desventurado presidiario.
Golpeaba la
cabeza en el carro. Asomaba el cuerpo a cada bote. Trituraban a
un hombre. ¡Miserables! ¡Olvidaban que en aquel hombre
iba Dios!
Ese, ése
es Dios; ése es el Dios que os tritura la conciencia, si
la tenéis; que os abraza el corazón, si no se ha fundido
ya al fuego de vuestra infamia. El martirio por la patria es Dios
mismo, como el bien, como las ideas de espontánea generosidad
universales. Apaleadle, heridle, magulladle. Sois demasiado viles
para que os devuelva golpe por golpe y herida por herida. Yo siento
en mí a este Dios, yo tengo en mí a este Dios; este
Dios en mí os tiene lástima, más lástima
que horror y que desprecio.
El comandante
del presidio había visto llegar la tarde antes a Castillo.
El comandante del presidio había mandado que saliese por
la mañana. Mi Dios tiene lástima de ese comandante.
Ese comandante se llama Mariano Gil de Palacio.
Aquel viaje
criminal cesó al fin. Don Nicolás fue arrojado al
suelo. Y porque sus pies se negaban a sostenerle, porque sus ojos
no se abrían, el brigada golpeó su exánime
cuerpo. A los pocos golpes, aquella excelsa figura se incorporó
sobre sus rodillas como para alzarse, pero abrió los brazos
hacia atrás, exaló un gemido ahogado y volvió
a caer rodando por el suelo.
Eran las cinco
y media.
Se le echó
al pie de un montón. Llegó el sol: calcinó
con su fuego las piedras. Llegó la lluvia: penetró
con el agua las capas de la tierra. Llegaron las seis de la tarde.
Entonces dos hombres fueron al montón a buscar el cuerpo
que, calcinado por el sol y penetrado por la lluvia, yacía
allí desde las horas primeras de la mañana.
¡Verdad
que esto es demasiado horrible? ¡Verdad que esto no ha de
ser más así?
El ministro
de Ultramar es español. Esto es allá el presidio español.
El ministro de Ultramar dirá cómo ha de ser de hoy
más, porque yo no supongo al Gobierno tan infame que sepa
esto y lo deje como lo sabe.
Y esto fue un
día y otro día, y muchos días. Apenas si el
esfuerzo de sus compatriotas había podido lograrle a hurtadillas,
que lograrla estaba prohibido, un poco de agua con azúcar
por único alimento. Apenas si se veía su espalda,
cubierta casi toda por la llaga. Y, sin embargo, días había
en que aquella hostigación vertiginosa le hacía trabajar
algunas horas. Vivía y trabajaba. Dios vivía y trabajaba
entonces en él.
Pero alguien
habló al fin de esto; a alguien horrorizó a quien
se debía complacer, quizás a su misma bárbara
conciencia. Se mandó a don Nicolás que no saliese
al trabajo en algunos días; que se le pusiesen ventosas.
Y le pusieron treinta y tres. Y pasó algún tiempo
tendido en su lona. Y se baldeó una vez sobre él.
Y se barrió sobre su cuerpo.
Don Nicolás
vive todavía. Vive en presidio. Vivía al menos siete
meses hace, cuando fuí a ver, sabe el azar hasta cuándo,
aquella que fue morada mía. Vivía trabajando. Y antes
de estrechar su mano la última madrugada que lo vi, nuevo
castigo inusitado, nuevo refinamiento de crueldad hizo su víctima
a don Nicolás.
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