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LINO FIGUEREDO
Por José
Martí
Relato
"El Presidio Político en Cuba" (1873)
Fragmentos
Archivos:
La Nueva Cuba
Enero 28, 2007
¡Martí!
¡Martí! me dijo una mañana un pobre amigo mío,
amigo allí porque era presidiario político, y era
bueno, y como yo, por extraña circunstancia, había
recibido orden de no salir al trabajo y quedar en el taller de cigarrería;
mira aquel niño que pasa por allí.
Miré.
¡Tristes ojos míos que tanta tristeza vieron!
Era verdad.
Era un niño. Su estatura apenas pasaba del codo de un hombre
regular. Sus ojos miraban entre espantados y curiosos aquella ropa
rudísima con que le habían vestido, aquellos hierros
extraños que habían ceñido a sus pies. Mi alma
volaba hacia su alma. Mis ojos estaban fijos en sus ojos. Mi vida
hubiera dado por la suya. Y mi brazo estaba sujeto al tablero del
taller; y su brazo movía, atemorizado por el palo, la bomba
de los tanques.
Hasta allí,
yo lo había comprendido todo, yo me lo había explicado
todo, yo había llegado a explicarme el absurdo de mí
mismo; pero ante aquel rostro inocente, y aquella figura delicada,
y aquellos ojos serenísimos y puros, la razón se me
extraviaba, yo no encontraba mi razón, y era que se me había
ido despavorida a llorar a los pies de Dios. ¡Pobre razón
mía! Y ¡cuántas veces la han hecho llorar así
por los demás!
Las horas pasaban;
la fatiga se se pintaba en aquel rostro; los pequeños brazos
se movían pesadamente; la rosa suave de las mejillas desaparecía;
la vida de los ojos se escapaba; la fuerza de los miembros debilísimos
huía. Y mi pobre corazón lloraba.
La hora de cesar
en la tarea llegó al fin. El niño subió jadeante
las escaleras. Así llegó a su galera. Así se
arrojó en el suelo, único asiento que nos era dado,
único descanso para nuestras fatigas, nuestra silla, nuestra
mesa, nuestra cama, el paño mojado con nuestras lágrimas,
el lienzo empapado en nuestra sangre, refugio ansiado, asilo único
de nuestras carnes magulladas y rotas, y de nuestros miembros hinchados
y doloridos.
Pronto llegué
hasta él. Si yo fuera capaz de maldecir y odiar, yo hubiera
odiado y maldecido entonces. Yo también me senté en
el suelo, apoyé su cabeza en su miserable chaquetón
y esperé a que mi agitación me dejase hablar.
-¿Cuántos
años tienes? -le dije.
-Doce, señor.
-Doce, ¿y
te han traído aquí? Y ¿cómo te llamas?
-Lino Figueredo.
-Y ¿qué
hiciste?
-Yo no sé,
señor. Yo estaba con taítica y mamita, y vino la tropa,
y se llevó a taítica, y volvió, y me trajo
a mí.
-¿Y tu
madre?
-Se la llevaron.
-¿Y tu
padre?
-También,
y no sé de él, señor. ¿Qué habré
hecho yo para que me traigan aquí, y no me dejen estar estar
con taitica y mamita?
Si la indignación,
si el dolor, si la pena angustiosa pudiesen hablar, yo hubiera hablado
al niño sin ventura. Pero algo extraño, y todo hombre
honrado sabe lo que era, sublevaba en mí la resignación
y la tristeza, y atizaba el fuego de la venganza y de la ira; algo
extraño ponía sobre mi corazón su mano de hierro,
y secaba en mis párpados las lágrimas, y helaba las
palabras en mis labios.
Doce años,
doce años, zumbaba constantemente en mis oídos, y
su madre y mi madre, y su debilidad y mi impotencia se amontonaban
en mi pecho, y rugían, y andaban desbordados por mi cabeza,
y ahogaban mi corazón.
Doce años
tenía Lino Figueredo, y el Gobierno español lo condenaba
a diez años de presidio.
Doce años
tenía Lino Figueredo, y el Gobierno español lo cargaba
de grillos, y lo lanzaba entre los criminales, y lo exponía,
quizás como trofeo, en las calles. ¡Oh! ¡Doce
años!
No hay término
medio, que avergüenza. No hay contemplación posible,
que mancha. El Gobierno olvidó su honra cuando sentenció
a un niño de doce años a presidio; la olvidó
más cuando fue cruel, inexorable, inicuo con él. Y
el Gobierno ha de volver, y volver pronto, por esa honra suya, ésta
como tantas otras veces mancillada y humillada.
Y habrá
de volver pronto, espantado de su obra, cuando oiga toda la serie
de sucesos que yo no nombro, porque me avergüenza la miseria
ajena.
Lino Figueredo
había sido condenado a presidio. Esto no bastaba.
Lino Figueredo
había llegado ya allí; era presidiario ya; gemía
uncido a sus pies el hierro; lucía el sombrero negro y el
hábito fatal. Esto no bastaba todavía.
Era preciso
que el niño de doce años fuera precipitado en las
canteras, fuese azotado, fuese apaleado en ellas. Y lo fue. Las
piedras rasgaron sus manos; el palo rasgó sus espaldas; la
cal viva rasgó y y llagó sus pies.
Y esto fue un
día. Y lo apalearon.
Y otro día.
Y lo apalearon también.
Y muchos días.
Y el palo rompía
las carnes de un niño de doce años en el presidio
de La Habana, y la integridad nacional hacía vibrar aquí
una cuerda mágica que siempre suena enérgica y poderosa.
La integridad
nacional deshonra, azota, asesina allá.
Y conmueve,
y engrandece, y entusiasma aquí.
¡Conmueva,
engrandezca, entusiasme aquí la integridad nacional que azota,
que deshonra, que asesina allá!
Los representantes
del país no sabían la historia de don Nicolás
del Castillo y Lino Figueredo cuando sancionaron los actos del gobierno,
embriagados por el aroma del acomodaticio patriotismo. No la sabían,
porque el país habla en ellos; y si el país la sabía,
y hablaba así, este país no tiene dignidad ni corazón.
Y hay aquello,
y mucho más.
Las canteras
son para Lino Figueredo la parte más llevadera de su vida
mártir.
Hay más.
Una mañana,
el cuello de Lino no pudo sustentar su cabeza; sus rodillas flaqueaban;
sus brazos caían sin fuerzas de sus hombros; un mal extraño
vencía en él al espíritu desconocido que le
había impelido morir, que había impelido morir a don
Nicolás y a tantos otros, y a mí. Verdinegra sombra
rodeaba sus ojos; rojas manchas apuntaban en su cuerpo; su voz se
exalaba como un gemido; sus ojos miraban como una queja. Y en aquella
agonía, y en aquella lucha del enfermo en presidio, que es
la más terrible de todas las luchas, el niño se acercó
al brigada de su cuadrilla, y le dijo:
-Señor, yo estoy malo; no me puedo menear; tengo el cuerpo
lleno de manchas.
-¡Anda,
anda! -dijo con brusca voz el brigada-, -¡Anda! -Y un golpe
del palo respondió a la queja- ¡Anda!
Y Lino, apoyándose
sin que lo vieran, -que si lo hubieran visto, su historia tendría
una hoja sangrienta más-, en el hombro de alguno no tan débil
aquel día como él, anduvo. Muchas cosas andan. Todo
anda. La eterna justicia, insondable cuanto eterna, anda también,
y ¡algún día parará!
Lino anduvo.
Lino trabajó. Pero las manchas cubrieron al fin su cuerpo,
la sombra empañó sus ojos, las rodillas se doblaron.
Lino cayó, y la viruela se asomó a sus pies y extendió
sobre él su garra y le envolvió rápida y avarienta
en su horroroso manto. ¡Pobre Lino!
Sólo
así, sólo por el miedo egoísta del contagio,
fue Lino al hospital. El presidio es un infierno real en la vida.
El hospital del presidio es otro infierno más real aún
en el vestíbulo de los mundos extraños. Y para cambiar
de infierno, el presidio político de Cuba exige que nos cubra
la sombra de la muerte.
Lo recuerdo,
y lo recuerdo con horror. Cuando el cólera recogía
su haz de víctimas allí, no se envió el cadáver
de un desventurado chino al hospital, hasta que un paisano suyo
no le picó una vena, y brotó una gota, una gota de
sangre negra, coagulada. Entonces, sólo entonces, se declaró
que el triste estaba enfermo. Entonces; y minutos después
el triste moría.
Mis manos han
frotado sus rígidos miembros; con mi aliento los he querido
revivir; de mis brazos han salido sin conocimiento, sin vista, sin
voz, pobres coléricos; que sólo así se juzgaba
que lo eran.
Bello, bello
es el sueño de la Integridad Nacional. ¿No es verdad
que es muy bello, señores diputados?
¡Martí!
¡Martí! volvió a decirme pocos días después
mi amigo. Aquel que viene allí ¿no es Lino? Mira,
mira bien.
Miré,
miré. ¡Era Lino! Lino que venía apoyado en otro
enfermo, caída la cabeza, convertida en negra llaga la cara,
en negras llagas las manos y los pies; Lino que venía, extraviados
los ojos, hundido el pecho, inclinando el cuerpo, ora hacia adelante,
ora hacia atrás, rodando al suelo si lo dejaban solo, caminando
arrastrado si se apoyaba en otro; Lino, que venía con la
erupción desarrollada en toda su plenitud, con la viruela
mostrada en toda su deformidad, viva, supurante, purulenta. Lino,
en fin, que venía sacudido a cada movimiento por un ataque
de vómito que parecía el esfuerzo postrimero de su
vida.
Así venía
Lino, y el médico del hospital acababa de certificar que
Lino estaba sano. Sus pies no lo sostenían; su cabeza se
doblaba; la erupción se mostraba en toda su deformidad; todos
lo palpaban; todos lo veían. Y el médico certificaba
que venía sano Lino. Este médico tenía la viruela
en el alma.
Así pasó
el triste la más horrible de las tardes. Así lo vio
el médico del establecimiento, y así volvió
al hospital.
Días
después, un cuerpo pequeño, pálido, macilento,
subía ahogándose las escaleras del presidio. Sus miradas
vagaban sin objeto; sus manecitas demacradas apenas podían
apoyarse en la baranda; la faja que sujetaba los grillos resbalaba
sin cesar de su cintura; penosísima y trabajosamente subía
cada escalón.
-¡Ay!
-decía, cuando fijaba al fin los dos pies-. ¡Ay, taítica
de mi vida! - y rompía a llorar.
Concluyó
al fin de subir. Subí yo tras él, y me senté
a su lado, y estreché sus manos, y le arreglé su mísero
petate y volví más de una vez mi cabeza para que no
viera que mis lágrimas corrían como las suyas.
¡Pobre
Lino!
No era el niño
robusto, la figura inocente y gentil que un mes antes sacudía
con extrañeza los hierros que habían unido a sus pies.
No era aquella rosa de los campos que algunos conocieron risueña
como mayo, fresca como abril. Era la agonía perenne de la
vida. Era la amenaza latente de la condenación de muchas
almas. Era el esqueleto enjuto que arroja la boa constrictora después
que ha hinchado y satisfecho sus venas con su sangre.
Y Lino trabajó
así. Lino fue castigado al día siguiente así.
Lino salió en las cuadrillas de la calle así. El espíritu
desconocido que inmortaliza el recuerdo de las grandes innatas ideas,
y vigoriza ciertas almas quizá predestinadas, vigorizó
las fuerzas de Lino, y dio robustez y vida nueva a su sangre.
Cuando salí
de aquel cementerio de sombras vivas, Lino estaba aún allí.
Cuando me enviaron a estas tierras, Lino estaba allí aún.
Después la losa del inmenso cadáver se ha cerrado
para mí. Pero Lino vive en mi recuerdo, y me estrecha la
mano, y me abraza cariñosamente, y vuela a mi alrededor,
y su imagen no se aparta un instante de mi memoria.
Cuando los pueblos
van errados; cuando, o cobardes o indiferentes, cometen o disculpan
extravíos, si el último vestigio de energía
desaparece, si la última, o quizás la primera, expresión
de la voluntad guarda torpe silencio, los pueblos lloran mucho,
los pueblos expían su falta, los pueblos perecen escarnecidos
y humillados y despedazados, como ellos escarnecieron y despedazaron
y humillaron a su vez.
La idea no cobija
nunca la embriaguez de la sangre.
La idea no disculpa
nunca el crimen y el refinamiento bárbaro en el crimen.
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