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CUBA, CASO DIFERENTE
EN AMERICA
Por Alberto
Luzárraga
*
Columnista
Nueva York
E.U.
Futuro de Cuba
Org
La Nueva
Cuba
Enero 6, 2005
La propiedad
privada es la base de la libertad. Sin ella el hombre deviene en
esclavo del que detente el poder. Los cambios en su tenencia causan
profundas consecuencias sociales a largo plazo. Cuba no es excepción
pero sí es un caso diferente en América. Pasó
de estar despoblada y su tierra mercedada por la corona en enormes
hatos, a rica colonia de plantaciones y de allí a república
que nació en circunstancias peculiares.
Los grandes hatos se fraccionaron poco a poco gracias a la fertilidad
de las familias. Un buen ejemplo: En 1855 muere en Santiago Josefa
de Vargas Machuca a la edad de 92 años dejando 225 descendientes
de sus 18 hijos, nietos, biznietos, tataranietos y cuartos nietos.
La riqueza azucarera promovió el desarrollo rural y dió
oportunidades a esas largas familias. En 1861 existían 1365
ingenios y 949 contaban con máquinas de vapor. En 1862 durante
el gobierno de Domingo Dulce se censan 50,648 fincas rurales casi
7 veces más que en 1778. Quiere decir, que Cuba no se lanzó
a la lucha para incorporarse a la familia de las naciones contando
tan sólo con una clase dirigente adinerada afincada en la
tierra, aferrada a sistemas obsoletos y a la mano de obra esclava.
Una clase de agricultores adinerados existía pero no era
exclusiva y compartía el agro con los pequeños agricultores.
La aristocracia agrícola cubana contaba con gentes de amplia
cultura que habían sido educados en Estados Unidos y Europa.
Tenían ideas liberales y consideraban la esclavitud como
un lastre perjudicial. La guerra del 68 que costó 200 mil
vidas y 700 millones (de aquéllos pesos) en daños,
liquidó una buena parte de la aristocracia rural cubana y
asestó un duro golpe al agricultor pequeño que protegía
al mambí. España imponía penas de confiscación
y destierro y muchos patriotas quedaron arruinados mientras los
especuladores compraban las propiedades confiscadas a buenos precios
y 'gratificaban' a los gobernantes que les facilitaban tan pingüe
oportunidad. Pocos meses después de lanzado el Grito de Yara
el gobierno español se había incautado de propiedades
valoradas en $17.433,233 pertenecientes a 1184 personas.
Sólo fue el comienzo. Centenares de millones de pesos fuertes
fueron confiscados y pasados a terceros. La emancipación
de los esclavos por la república en armas hizo que la esclavitud
fuera defendida acérrimamente por los nuevos adquirentes
que buscaban una rápida amortización de su inversión
y se convirtieron en los más recalcitrantes defensores del
sistema colonial.
La guerra del 95 fue otro rudo golpe, esta vez dirigido al campesino
cubano, que cargó con el peso de la reconcentración
decretada por Weyler. Según Herminio Portell Vilá
el censo de 1887 le reconocía a Cuba una población
de 1,631.687 habitantes que, a un ritmo normal de crecimiento vegetativo,
hubiera alcanzado la cifra de dos millones de habitantes en 1899
cuando el gobierno interventor realizó otro censo. Pero la
cifra censada alcanzó tan sólo 1,572,797. Quiere decir
que el 20% de la población desapareció en la contienda
en la que se luchó con un ejército español
que alcanzó los 270 mil hombres. Número, nos recuerda
el autor, que excedió a la suma de todos los ejércitos
que lucharon en Norte y Suramérica durante sus respectivas
guerras de independencia.
Esos campesinos desarraigados por la reconcentración o muertos
en la guerra fueron una gran pérdida. Eran sitieros y pequeños
agricultores, la espina dorsal de la propiedad rural familiar que
tanto ha contribuido a desarrollar sociedades estables en todas
las naciones. La guerra absorbió sus modestos recursos, sumió
a muchas familias en la miseria e hizo difícil reincorporarlas
a la tierra.
No fue así en México y Suramérica donde los
criollos no sólo conservaron sus tenencias sino que las acrecentaron.
A diferencia de Cuba la movilidad social fue muy escasa y las diferencias
de castas eran notorias.
En Norteamérica los fundadores eran en buena parte ricos
terratenientes que conservaron sus propiedades. Washington compró
su primera propiedad, 1,459 acres, a los 19 años y añadió
vastas extensiones a su patrimonio por herencia, matrimonio y posterior
adquisición. Al morir era uno de los hombres más ricos
de los Estados Unidos simplemente porque supo manejar bien su patrimonio.
Al aceptar la dirección de la guerra se negó aceptar
sueldo alguno y fue escrupulosamente honesto y puntilloso en el
manejo de los fondos administrados por él, primero del ejército
y los públicos después. Su situación desahogada
le dió la posibilidad de actuar sin apetencias económicas
y de exigir en otros la misma honestidad que lo caracterizaba. En
nuestro caso Aguilera y Aldama también fueron hombres inmensamente
ricos. Al igual que Céspedes, Agramonte y muchos otros, menos
ricos pero igualmente sacrificados, lo arriesgaron todo y lo perdieron
todo. Estos casos de abnegación y sacrificio son raros en
la historia. Cuando se pierden hombres de ese calibre se pierde
un elemento esencial en una nacionalidad en desarrollo: el hombre
público, preocupado por el bien común y no por enriquecerse,
que cuenta además con la cultura, la energía y los
conocimientos para realizar la difícil tarea de ser comadrona
de naciones.
Y para colmo, las injusticias plasmadas a lo largo de largas décadas
de guerra se cimentaron definitivamente con el Tratado de París
entre España y los Estados Unidos. Los Estados Unidos resistieron
las propuestas españolas de quedarse con la isla (hecho ampliamente
documentado en los documentos de la época) pero cedieron
en cuanto a la razón ulterior de la propuesta: la protección
de los bienes de los españoles.
Así el artículo VII de dicho tratado estipuló
que los Estados Unidos y España renunciaban mutuamente a
todas las reclamaciones por daños de guerra y garantizaba
en su artículo IX los derechos de propiedad de los españoles
residentes en Cuba quienes podían disponer de ellas libremente.
Y en fin, el artículo XVI estipuló que los Estados
Unidos recomendarían al gobierno cubano que asumiese las
mismas obligaciones.
Garantizar a los españoles pacíficos y honrados el
disfrute de sus bienes era conducta civilizada y de justicia pero
de esa garantía se beneficiaron también los aprovechados
e inmorales que habían lucrado con la desgracia ajena. Los
vencedores vieron como su patrimonio continuaba en manos de las
sanguijuelas que habían criado los Capitanes Generales vencidos.
Los Estados Unidos, parte extraña a esa lucha, no sentían
el problema afectivamente y en todo caso con la tendencia utilitaria
que caracteriza al país no estaban mayormente interesados
en pleitos sino en zanjar la guerra con España. Una vez que
se firmó el tratado, a duras penas podía la flamante
república cubana hacer nada diferente. Había demasiados
problemas urgentes a resolver y Máximo Gómez, hombre
práctico, a falta de opciones viables se enfrentó
a la realidad y aconsejó: 'olvido de lo pasado y esperanza
en el porvenir. Eran otros tiempos y no existían los recursos
y oportunidades de hoy en día para luchar contra la injusticia.
A pesar del lastre heredado, el pueblo cubano laborioso y emprendedor
reaccionó espléndidamente y comenzó un proceso
de recuperación de la riqueza nacional y de la propiedad
rural en el cual los cubanos hicieron mucho con pocos recursos.
Aprovecharon la afluencia de capital extranjero para lanzar un acelerado
proceso de desarrollo. Se extendió del ferrocarril a toda
la isla permitiendo el desarrollo azucarero y la inversión
de vastos capitales para crear nuevos ingenios. La zafra azucarera
que en 1900 alcanzó apenas 300 mil toneladas subió
a 850,000 en 1902. Poco más de veinte años después
(1924) llegó a 4.1 millones de toneladas. De 130 mil cabezas
de ganado al fin de la guerra se aumentó a 4.6 millones en
1924. En 1906 con 1,989,000 habitantes se sacrificaban 300 mil cabezas
de ganado (de 2.6 millones) para alimento de la población.
Si calculamos el peso aprovechable, conservadoramente, en 500 libras
por res veremos que los cubanos de hace un siglo comían carne
en abundancia y no tofu. El marxismo actual que desmerece todo esfuerzo
pasado, aunque es incapaz de lograr nada, calificó a esas
inversiones de 'latifundio feudal' pero se trataba de empresas agrícolas
y no de propietarios ausentistas que arrendaban la tierra a agricultores
pequeños. En muchos casos las nuevas empresas crearon bateyes
que eran verdaderos pueblos con excelentes servicios. Naturalmente,
cumplieron con la avanzada legislación social cubana pues
el proceso cubano, diferente y no feudalista, creó nuevas
e interesantes formas de desarrollo social.
La Ley de Coordinación Azucarera de 1939 dio al colono pequeño
que molía menos de mil toneladas de caña una protección
especial, garantizándole la compra de todo su producto aunque
hubiese restricciones a las zafras. Los colonos que eran arrendatarios
de la tierra se beneficiaban de rentas congeladas y de un derecho
de permanencia mientras pagasen esas rentas que eran casi irrisorias.
El derecho de permanencia era inscribible en el registro y susceptible
de ser vendido. Naturalmente, valía mucho más que
la propiedad. La citada ley estableció asimismo un sistema
de salarios atado al precio del azúcar que resultaba en una
verdadera repartición de utilidades y no en salarios fijos.
Lo único fijo era un precio mínimo, fijado por decreto,
al azúcar al inicio de la zafra sobre el cual se basaba el
salario aplicable a todo trabajador azucarero, desde el obrero industrial
hasta el machetero. Si el precio era superior se pagaba extra. El
colono asimismo percibía el precio de sus cañas atado
al rendimiento en azúcar y al precio de ésta. En 1959
existían en Cuba 65.000 colonos y 161 ingenios. La cifra
habla por sí sola, más de 400 colonos cubanos por
ingenio que en su inmensa mayoría ya eran propiedad de cubanos
incluyendo buena parte de los ingenios fomentados en las dos primeras
décadas del siglo por empresas americanas.
En esa fecha, contábamos con 7 millones de cabezas de ganado,
una por habitante y una ganadería científica, operada
por muchos productores y no unos pocos con vastas extensiones, que
producía una excelente calidad y exportaba. Los cultivos
se diversificaban. La producción de arroz, cítricos,
frutos tropicales, frutos menores y otros mantenían ganosamente
ocupados a un número muy considerable de pequeños
agricultores. Milagrosamente algunos aún subsisten pues el
régimen ha tenido que tolerarlos pues son productivos y eficientes.
La exportación de frutos y vegetales de invierno a Estados
Unidos en que fuimos pioneros era un excelente cultivo intensivo
apto para fincas de menor extensión. Tenía un alto
valor agregado que proporcionaba divisas y empleaba a considerable
número de personas. Cuba fue el primer país de América
que consiguió que los inspectores fitosanitarios americanos
hicieran la inspección en el país de origen y no en
el de recepción. De una situación de analfabetismo
pavorosa casi el 90% a fin de la guerra, ya en 1906 había
189,000 niños en 3580 escuelas. En 1917, 301,00 en 4,589
escuelas públicas, 2,411 en segunda enseñanza, 1,557
en la Universidad de la Habana y 19.600 en escuelas privadas. En
1920 estas cifras habían subido a 335.000 alumnos en 5,652
aulas y la Universidad matriculó 3 mil alumnos. En 1920 el
61.7% de todos los cubanos mayores de 10 años sabían
leer y escribir. Esa sí fue alfabetización masiva
y no la del 10% efectuada y cacareada como si lo hubiese sido por
el desgobierno castrista.
No hay espacio para decir lo mucho más que podría
decirse. Pero la conclusión es la siguiente: Al principio
de la república heredamos un país destruido y una
situación política muy difícil. Muchos de nuestros
hombres mejores y más desinteresados murieron en la contienda
y no pudieron darnos su guía y aporte moral. Pero a pesar
de todos los lastres el pueblo trabajador superó la situación
y creó riqueza.
Fuimos diferentes en nuestro nacimiento y diferentes en nuestro
desarrollo. Sin duda tuvimos, como todos los países, que
sortear problemas políticos, padecer y remediar injusticias.
Y también como todos a veces nos quedamos cortos. Pero que
tuvimos iniciativa, preocupación y creamos soluciones ingeniosas
y diferentes, de ello no cabe duda. El cubano es emprendedor y progresista.
Lo seguirá siendo cuando se libere de la pesadilla castrista
y del último y el más colonialista de sus Capitanes
Generales.
Martí con su acostumbrada visión vislumbraba que fuésemos:
"nudo de haz de islas donde se ha de cruzar el comercio de
los continentes
.crucero del mundo
un pueblo libre, en
el trabajo abierto a todos enclavado a las puertas del universo
rico e industrial".
La geografía no ha cambiado. Seamos optimistas y esperanzados
y una vez más mostremos al mundo que sobre las ruinas sabemos
crear prosperidad .
[1] Cuba Economía
y Sociedad. Leví Marrero Editorial Playor Madrid. Vol. 15 p.
431-36
[2] Historia
de Cuba En Sus Relaciones Con Estados Unidos y España. Herminio
Portell Vilá. Jesús Montero La Habana 1939. Vol. II
p. 270
[3] Nueva
Historia de la República de Cuba. Herminio Portell Vilá
La Moderna Poesía Miami 1986 p. 31
[4] Ibídem,
p. 250
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Alberto Luzárraga es abogado, banquero internacional y miembro del
U.S. Association for Constitutional Law. Reside en Nueva York.
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