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RAUL NO TIENE TIEMPO

Por Manuel Vazquez Portal
El Nuevo Herald
Florida
E.U.
Infosearch:
José F. Sánchez
Analista
Jefe de Buró
Cuba
Dept. de Investigaciones
La Nueva Cuba
Abril 13, 2008
Nadie pida tiempo para Raúl Castro. Raúl no tiene
tiempo. La ruina que es hoy el país lo es él también.
Más tiempo para Raúl es, simplemente, más ruinas
para Cuba. No menos arruinado quedó él tras el paso
del sembrador de catástrofes.
Cincuenta años
es mucho en la vida de un ser humano. Los abuelos murieron de esperanzas.
Los padres murieron de esperas. Los jóvenes quieren ser sin
esperar por promisiones. Godot no llegará. Ellos tienen que
romper la espera.
Las grietas
de la tierra pueden sanar con una mano joven y laboriosa que la
cultive, fertilice y riegue con esmero. Pero no hay medicina para
el tiempo ido. Y el tiempo de Raúl lo consumió su
hermano. No tiene ningún derecho a consumir el de los hijos
y los nietos de quienes vegetan o ya murieron.
Sobre él
mismo y sobre Cuba sólo puede ejercer la cosmética.
Un estirón en su piel ajada; un halón a la rémora
que es su ideología vencida. Futilidad y simulación.
Una larga sesión de maquillaje tiene por objeto sólo
una breve fiesta. Son fugaces los coloretes y después de
un poco de baile y de sudor, quedan a la intemperie los estropicios
en el rostro.
Terminó
el jubileo de las máscaras. Hasta ahí. Todo acabó
para esa generación. Molestan los tacones en los pies ancianos
que asisten al salón protocolar. Deslucen las charreteras
y entorchados en los hombros fláccidos. No murieron a tiempo
para que se les recordara gallardos ni alcanzaron sabiduría
para aceptarlos como venerables. Sembraron el fracaso. No es buena
la herencia. Las manos nuevas quieren cultivar el barbecho a su
manera.
Pedir más
tiempo para Raúl Castro es pedir que se pudran en los calabozos
Regís Iglesia y Antonio Díaz Sánchez. Que sigan
creciendo sin padre las hijas de Normando Hernández y José
Ubaldo Izquierdo. Que los ojos de Librado Linares y Pedro Argüelles
Morán continúen perdiendo la luz que las paredes encaladas
de sus celdas les están robando.
Pedir más
tiempo para Raúl Castro es pedir que mueran en el exilio
Manuel Díaz Martínez y José Lorenzo Fuentes
y que sus últimos libros no lleguen a sus lectores naturales.
Que el Estrecho de la Florida siga siendo una tumba hambrienta para
jóvenes desesperados y sin caminos. Que los niños
sigan goloseando un juguete a través de una vitrina dolarizada
y con la manita haciendo visera sobre la frente repitan que quieren
ser como alguien que les es tan remoto como el tío que no
les manda remesa porque su balsa llegó vacía a las
Bahamas.
Pedir más
tiempo para Raúl Castro es como pedir para el verdugo una
lima nueva para que, con toda su paciencia, afile la vieja hacha
y el condenado sufra menos en el tajo. Como pedir credulidad para
el mendaz empedernido. Como pedir socorro para aquel que nos aprieta
el cuello.
No creo en la
ingenuidad de pedir más tiempo para Raúl Castro. La
ingenuidad puede ser oportunista, cuando no traidora. Quien vea
en las acrobacias mediáticas de los últimos días
del gobierno cubano una señal de cambio es cegato, oportunista
o traidor. Las prohibiciones canceladas no hacen más que
desviar la atención sobre el verdadero dilema: la necesidad
de cambios sustanciales: la libertad, la posibilidad de elegir desde
la camisa a usar hasta el presidente a revocar o reelegir.
Es cierto, claro
está, que estos falsos fouettés de la danza macabra
que se ha propuesto la prima ballerina asoluta por sustitución
y que le han ganado el aplauso de los candorosos, o socarrones,
nunca se sabe, aunque develan la precariedad en que ha vivido y
vive la ciudadanía y legitiman definitivamente el discurso
por el que encarcelaron a los que se atrevieron a subir al escenario
sin permiso, también pretenden crear la sensación
de que el cambio está en marcha.
Y ese no es
el cambio. El viejo ballet nacional sigue con el control de todos
los teatros y todas las funciones. Al público sólo
se le permite asistir disciplinadamente al espectáculo y
aplaudir, aunque a la nueva momia se le caiga el tutu en la primera
pirouette y los apólogos cómplices se apresten a explicar
que la caída del vestuario estaba en el guión y es
un símbolo del pragmatismo de la obra que se remodela.
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