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EXPLOSIÓN
DE LIRIOS
(Crónica para un 8 de marzo
Día Internacional de la Mujer)
Por Manuel Vázquez Portal
Cubanet.org
Infosearch:
Celso Sarduy Agüero
Jefe de Buró
Cono Sur/Sudamérica
Dept. de Investigaciones
La Nueva Cuba
Marzo 10, 2006
Y entonces
ellas se reunieron. No para llorar. No para lamentarse. No para
mendigar clemencia. Para clamar justicia fue que se juntaron.
Se las vio llegar
a la iglesia: una, dos, muchas. Al final de la misa, cuando Dios
había puesto calma en sus corazones atribulados, desfilaron
por la avenida. Iban taciturnas, vestidas de blanco.
Era La Habana.
Domingo. Abril de 2003. Era la primavera, ennegrecida por la mano
cruel del gobierno, reverdeciendo en los pasos germinales de unas
mujeres recién iniciadas en la lucha.
Luego se las
conocería como Las Damas de Blanco. Pero en un principio
los vecinos del barrio elegante, los transeúntes del boulevard
florido, los automovilistas de coches refrigerados, cansados de
tanta manifestación organizada por el gobierno, no les dedicaban
siquiera una ojeada.
Ellas perseveraron,
ya bajo la intimidadora mirada de la policía política
cubana.
¿Quiénes
eran estas mujeres vestidas de blanco, muchas con sus pequeños
hijos de las manos, que cada domingo iban a la iglesia de Santa
Rita ubicada en la Quinta Avenida de Miramar? Empezaron a preguntarse
los vecinos del barrio elegante, los transeúntes del boulevard
florido, los automovilistas de coches refrigerados.
"Somos
las esposas, las madres, las hermanas de 75 seres honestos, decorosos,
valientes que el gobierno cubano ha encarcelado por el único
delito de amar la libertad".
"Están
locas", dijeron: tanto es el miedo sembrado durante casi medio
siglo en la mente del pueblo. "Las van a desaparecer",
temieron: tantas son las pruebas de terror y de brutalidad que ha
presenciado por casi medio siglo el pueblo. "¡Qué
coraje!", se admiraron, al fin.
Y creció
la admiración. Y creció el respeto. Y creció
la solidaridad.
Los vecinos
del barrio elegante se asomaron al balcón. Los transeúntes
del boulevar florido detuvieron el paso. Los automovilistas de coches
refrigerados aminoraron la velocidad. Y las saludaron. Y las regalaron
frases elogiosas. Y las alentaron.
Se llamaban
Yolanda, Bertha, Laura, Bárbara, Caridad, Margarita. Se llamaban
Loida, Osleivis, Yamilé, Magaly, Elsa, Dolia. Se llamaban
mujeres. Se llamaban pueblo. Le habían ganado la calle a
la represión. Nunca otros lo hicieron. Eran el embrión
de lo que un día ocurrirá masivamente. Reclamaban
la liberación de sus esposos, sus hijos, sus hermanos encarcelados
salvaje, arbitrariamente por el régimen de Fidel Castro.
No eran unas
dementes. Eran Laura, maestra; Loida, economista; Elsa, enfermera.
No eran unas casquivanas. Eran Yolanda, filóloga; Osleivis,
médico; Yamilé, abogada. No eran unas aventureras.
Eran Bertha, microbióloga; Magaly, veterinaria; Caridad,
obrera. Casi todas, hoy, sin poder ejercer sus profesiones. Son
las apestadas. Son las excretadas de la sociedad. Son las esposas
de los 75.
Sus plegarias,
sus caminatas -en el nacimiento apenas si un rumor- se tornaron
cotilleo, algazara, noticia. Y llegaron periodistas de las cuatro
esquinas de la tierra. Y se supo en Londres y en París, en
New York y Bruselas , en Roma y en Toronto, que un grupo de mujeres,
desafiando la represión castrista -y castrense- desfilaban
cada domingo, vestidas de blanco, por la misma ruta que usa el Máximo
en sus viajes desde su mansión hasta sus oficinas.
Pero sobre todo
se supo en La Habana, en Mantua y Sibanucú, en Ranchuelo
y Morón. La gente comenzó por comentarlo, luego elogiarlo,
más tarde apoyarlo, aunque sólo fuera con sus simpatías.
Las fuerzas
represivas se atolondraron. No sabían qué hacer frente
a tanta pureza. Se cruzaron memorándumes urgentes. Se dieron
órdenes emergentes. Y cuentan que un día hasta el
mismísimo Máximo, fuertemente escoltado -como siempre-
salió para ver pasar aquella explosión de lirios.
Se organizó
la contraofensiva por parte del gobierno.
Colocaron en
la esquina de la iglesia un numeroso operativo, sin ningún
enmascaramiento, con la aviesa intención de amedrentar. La
policía política visitó y amenazó a
las mujeres. Interfirieron las llamadas telefónicas de los
presos con sus familiares. Intentaron sobornarlas con falsas promesas
de mejorías para sus prisioneros. Intrigaron con unas y con
otras para dividirlas. Regalaron limosnas de visitas extras y dádivas
de cumpleaños. Echaron a rodar toda suerte de difamaciones
injuriosas contra las más sobresalientes. Trataron de intimidar
al párroco de la iglesia.
Nada consiguieron.
Las Damas de
Blanco, altivas, dignas, amorosas, siguieron marchando cada domingo.
No tenían jefes ni propósitos políticos. Defendían
sólo el derecho de que no se les cercenara las familias con
el encarcelamiento injusto de sus hombres.
Han pasado
dos años desde que se las vio por vez primera.
Yolanda, Bertha,
Laura, Bárbara, Caridad, Margarita, Loida, Elsa, Osleivi,
Yamilé, Dolia, Marcela, han languidecido de cuerpo pero han
engordado de alma. Las habita un aura de leyenda. Van nimbadas por
el halo de Manana, firme sostén del generalísimo Máximo
Gómez; por la lumbre de María Cabrales, fiel amante
del Titán mulato; por la dulzura romántica de Amalia
Simoni, novia eterna del eterno bayardo Ignacio Agramonte. Han revivido
la estirpe mambisa. Son un fanal y una esperanza.
Su resplandor
se debe a su tesón. De ellas es el mérito. Han sido
las protagonistas de homenajes y protestas por sus presos. Ellas,
el 19 de marzo de 2004 -cuando se cumplía el primer aniversario
del encarcelamiento de los 75- marcharon hasta las calles 15 y K,
en el Vedado, y allí clamaron ¡LIBERTAD! ¡LIBERTAD!
Frente a los jefes nacionales de cárceles y prisiones. Luego,
sin desfallecer, con los pies adoloridos y sus niños casi
a rastras, llegaron hasta el lejano municipio Playa y entregaron
a las autoridades de la Asamblea Nacional del Poder Popular -parlamento
cubano- una solicitud de amnistía firmada por ellas.
Ellas, el día
de los padres, llevaron 75 gladiolos a los jardines de la iglesia
que las aguarda cada domingo.
Ellas se reúnen
cada mes en un Té Literario y leen cartas que llegan desde
las cárceles, y poemas que les dedican y que ellas escriben,
e intercambian libros que luego trasladan a las sórdidas
celdas donde sufren sus presos.
Ellas han enviado
misivas a funcionarios de la nación, a artistas y escritores
prominentes del mundo, a funcionarios de organizaciones internacionales
y de gobiernos extranjeros.
Ellas, para
lograr atención médica para sus prisioneros, se han
visto obligadas a permanecer, pernoctar y ser desalojadas por fuerzas
de la policía política en áreas de la Plaza
Cívica -conocida como "plaza de la revolución"-.
Ellas han portado,
con modestia y serenidad, prendidos de sus blusas, sellos con las
fotos de sus familiares presos, y cuando alguien -en el ómnibus
repleto, sofocante; en la larga, angustiosa fila del mercado, en
las polvorientas, bachosas calles- pregunta, ellas responden con
orgullo:
-Soy la esposa
de Héctor Maseda, ingeniero, masón, periodista independiente,
presidente del ilegal Partido Liberal
-Soy la esposa
de Angel Moya, negro, pobre, defensor de los derechos humanos
-Soy la esposa
de Alfredo Felipe Fuentes, economista, miembro del Consejo Nacional
del Proyecto Varela.
-Soy la esposa
de Adolfo Fernández Saíz, traductor simultáneo
de inglés-español, periodista independiente
Responden, explican,
rompen el silencio que la maquinaria propagandística y las
fuerzas represivas cubanas quieren volcar sobre el crimen de haber
encarcelado a 75 opositores políticos y periodistas independientes.
Ellas han recogido
firmas entre los ciudadanos y alcanzado la cifra de 1,043, y recibido
el respaldo de las 25 mil firmas del Proyecto Varela que en su punto
2-A pide también la amnistía para los presos de conciencia,
y llevado al Consejo de Estado el 18 de febrero de 2005, escoltadas
por una legión de periodistas extranjeros.
Ellas son Las
Damas de Blanco. No aparecen en la televisión cubana. No
se cuenta de ellas en los periódicos cubanos. No se las escucha
por la radio cubana. Sin embargo, son una presencia inocultable
en la ciudad. Andan entre nosotros. En la iglesia. En la cola de
la bodega. En los apagones. Bajo la lluvia sin paraguas. En el sol
del mediodía. Por eso se han tornado cercanas, conocidas,
familiares. Ya el pueblo dice: Ahí van Las Damas de Blanco.
Ellas han vuelto
verdad incuestionable aquellas palabras que José Martí,
desde su inmortalidad, escribiera, tal vez vislumbrándolas:
"Las campañas de los pueblos sólo son débiles
cuando en ellas no se alista el corazón de mujer; pero cuando
la mujer se estremece y ayuda, cuando la mujer tímida y quieta
en su natural, anima y aplaude, cuando la mujer culta y virtuosa
unge la obra con la miel de su cariño, la obra es invencible."
E invencibles
son las Damas de Blanco. El Máximo lo sabe.
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