Encuentro sobradamente claro el resumen penetrante y agudísimo, modelo de
periodismo, que hace el semanario Time de los acontecimientos, en su
artículo principal. En él hay un párrafo de gran valor: “Hasta ahora –
dice – no cabe duda de que el gobierno de los Estados Unidos ha actuado
valiente y sagazmente. Ha forzado a la Rusia de Kruschov a echarse fuera de
su desafuero cubano. Pero a medida que pasan los días existe también el
sentimiento de que Estados Unidos puede también estar dejando escaparse
grandes ventajas – subrayo – para la libertad”.
La manera de escribir anglosajona sabe bien V.E. que
es distinta de la nuestra, y este retorcimiento da más fuerza aún al
concepto, bastante duro.
Para completarlo, también arranco del mismo número
de Time – aparecido anoche con fecha de pasado mañana – pues me
impresionó desde que lo vi, la portada con el retrato de Kruschov. ¿Qué han querido
hacer al publicar ese retrato, triste y bondadoso, como de párroco
guipuzcoano, tan distinto del sujeto que trató tan bien Piniés en la Asamblea del
60? ¿Presentarle como un vencido apreciable con el que ya las conversaciones
van a ser más fáciles?
¿Hacer para la opinión norteamericana la fisonomía
del hombre bueno, víctima de los extremistas del Kremlin y a quien es preciso
apoyar para evitar el mal mayor? No me atrevo a opinar, pero una portada
de Time tiene siempre mucho alcance. Y además debe ser oficial la
indicación de publicarlo, pues también Newsweek, acabo de verlo, publica una
portada casi idéntica.
De un mensaje, estrictamente confidencial, del
representante de España en la ONU, José F. Lequerica Erquiza, Nueva York,
7-11-1962.
La disputa entre Cuba y los Estados Unidos, exacerbada por la efectiva intervención militar soviética en la Isla, a raíz del envío de unas decenas
de proyectiles nucleares de corto (MRBM) y medio (IRBM) alcance, junto a los
equipos técnicos y humanos encargados de su control y funcionamiento, dio
lugar a una crisis internacional de consecuencias imprevisibles. En ninguna
otra ocasión el mundo ha estado más próximo a la tercera guerra mundial como
en aquellos inciertos días de la segunda quincena de octubre de 1962,
caracterizados por un tour de fuerza y un juego de estrategia entre las dos
máximas potencias mundiales, cuya resolución constituyó uno de los
acontecimientos fundamentales de la Edad Contemporánea [1].
Algunos autores, tanto cubanos como norteamericanos,
han tratado de desmontar lo que definen como el “cuento de hadas” o
el mito estadounidense sobre la resolución de la crisis, es decir, la
configuración de un J. F. Kennedy como triunfador y héroe americano de
Occidente frente a la terrible amenaza de la Unión Soviética, cuya virtual derrota
se cristalizaría en el efectivo bloqueo marítimo de Cuba que impidió la
llegada de barcos rusos y de cualquier otro país, sospechosos de llevar
armamento o material sensible, y, más tarde, en el desmantelamiento de las
plataformas de lanzamiento y en la retirada de los cohetes y bombarderos IL-28.
Determinados autores del exilio cubano rememoran también, en sus escritos,
buena parte de su propia frustración personal pues, a partir de la aceptación
norteamericana de la promesa de no invadir Cuba, percibieron como se
alejaba, irremisiblemente, toda posibilidad real de derribar al régimen
revolucionario mediante una intervención militar directa, y, en consecuencia,
tuvieron la sensación de que había culminado una “traición” o, cuando menos,
revivieron la indefensión en que había sido colocada la Brigada
2506 en abril de 1961, debido a la actitud zigzagueante y singularmente “neutralista” de los Estados Unidos.
Se ha considerado también, en este mismo ámbito, que el gran error del presidente Kennedy fue ceder o, incluso, proponer el intercambio de los cohetes rusos de Cuba por los norteamericanos de Turquía e Italia, y se ha señalado que debió ir más allá en su presión
contra la URSS y exigir, de hecho, la desaparición del régimen revolucionario
cubano. Ahora bien, no pocos estudiosos parecen confundir también la claudicación
con la negociación y, por ello, tienden a olvidar importantes cuestiones de
fondo como, por ejemplo, que la instalación efectiva de proyectiles
balísticos en Cuba alteraba seriamente el equilibrio bipolar entre las dos
máximas potencias mundiales.
Rusia, tras la crisis, obtuvo, en efecto, garantías para el futuro de Cuba, pero ésta quedó aislada y vigilada en su espacio natural y, lo que era más importante, se
limitaron enormemente sus posibilidades para expandir su ideal revolucionario.
La Unión Soviética trató de capitalizar esta única o casi única
conquista efectiva porque, en alusión a una fábula narrada por Kruschov, los
norteamericanos no se adaptaron del todo al “olor de la cabra”, es decir,
a vivir bajo la cercana amenaza de los cohetes rusos, tal como los propios
soviéticos vivían en la URSS respecto a las bases estadounidenses en suelo
europeo, incluidas las de España.
Por otra parte, Estados Unidos, que siguió manteniendo su superioridad
militar en todos los ámbitos, se alzó con una ventaja políticamente
rentable: la que surgió del reforzamiento de su prestigio institucional en
el seno del llamado mundo libre - su imagen de virtual vencedor -, al margen
de su mayor o menor arrogancia a la hora de afrontar los acontecimientos.
América, pues, siguió siendo para los norteamericanos. Muchos gobiernos de
América Latina se convencieron totalmente, además, de que Cuba era, en
efecto, una amenaza contra la estabilidad y la paz, pero no lejana como Laos
ni igualmente distante como el propio Berlín, sino enquistada en el corazón
del hemisferio y, por otro lado, los programas de la Alianza para el
Progreso se convirtieron, asimismo, en un lucrativo negocio para el sistema
estadounidense, incluidas sus fábricas de armamentos y, por supuesto, para
las clases dominantes que controlaban en Hispanoamérica el dinero y el
poder.
En Cuba, por el contrario, las ilusiones continentales de Fidel Castro se
hicieron trizas. Su viejo sueño bolivariano se enfrentó a una enorme
decepción que ahora, por desgracia para él, no venía de reformistas como
Rómulo Betancourt, el partidario de la “evolución” frente a la revolución
como le confesó en Caracas a principios de 1959, sino de Nikita Kruschov,
aquel que había amenazado “hipotéticamente”, en julio de 1960, con desatar -
o casi - la tercera y última guerra mundial si Cuba era atacada por Estados
Unidos. La indignación de Fidel Castro, como confesó en los años setenta a
Frank Mankiewicz y Kirby Jones, resultó evidente, aunque reconoció que lo
sucedido fue lo mejor que pudo haber pasado, en tanto que garantizó la
seguridad de Cuba y evitó el estallido de una guerra termonuclear. ¿Se
sintió usted decepcionado por la Unión Soviética y por la forma que revistió
la decisión final?, le preguntaron, y respondió [2]:
Bueno, no nos sentimos del todo satisfechos y nos sentimos enormemente
irritados. Pero, si somos realistas, y nos remontamos al pasado,
comprendemos que nuestra postura no era correcta. Aunque nos oponíamos a
hacer concesiones, ¿qué habría ocurrido si no hubiéramos hecho concesiones?
La opinión rusa era que en aquellas negociaciones íbamos a conseguir dos
objetivos: la promesa de no invadir Cuba, por un lado, y, por otro, eliminar
el peligro de guerra nuclear.
Históricamente, se ha demostrado que Cuba no fue invadida y que el mundo se
libró de la amenaza de una guerra nuclear. Se consolidó la Revolución y no
nos vimos atacados. No hubo guerra y sí un período de relajación de las
tensiones internacionales. Se consiguieron dos importantes objetivos
políticos: la seguridad de Cuba y la paz mundial.
Nos irritamos y nos opusimos a hacer concesiones en las negociaciones, pero
en una negociación hay que hacer concesiones. Con toda honradez les digo
ahora, que la Historia ha demostrado que la posición soviética era la
correcta.
Nos molestaron cuestiones de forma, ciertas formalidades en el método de
llevar las negociaciones. Pero no vale la pena discutirlas, porque en
aquella ocasión la esencia de los problemas era más importante que la forma.
Lo importante en la escala de valores era la seguridad de Cuba y la
prevención de una guerra mundial. Les estoy respondiendo con franqueza y
honradez. No hay duda de que, al analizar los resultados, se ve que Estados
Unidos hizo la promesa de no invadir Cuba: una promesa real, y todo el mundo
lo sabe. Esa es la verdad.
En estas páginas, sin embargo, lo que nos proponemos es tratar de
analizar la visión diplomática española sobre esta serie de acontecimientos
que, arrancando de la cumbre de la OEA en Punta del Este (Uruguay) a
mediados de enero de 1962, culminará en la propia crisis de los misiles,
crisis del Caribe o crisis cubana de los cohetes [3], como se la conoce
generalmente.
A Punta del Este acudió, en efecto, la delegación cubana encabezada por el
presidente Osvaldo Dorticós Torrado, quien asumió el cargo de ministro de
Exteriores, mientras que el titular de la cartera, Raúl Roa, le acompañó
junto a otros delegados como embajador especial [4]. El día 22 de enero,
coincidiendo con la inauguración de la Conferencia, Fidel Castro declaró que
Cuba no iba a la reunión a que “le perdonen la vida, sino que va allí a
acusar, porque contamos con la solidaridad de todos los pueblos. Vamos a
pedir allí que se sancione a los gobiernos de los Estados Unidos, de
Nicaragua y de Guatemala, por la invasión de Playa Girón”, y afirmó también
que Cuba, a diferencia del resto de los pueblos latinoamericanos, tenía “con
qué defender nuestra soberanía, porque tenemos las armas para defenderla, y,
sobre todo, tenemos lo más importante, tenemos todo un pueblo para defender
esa soberanía” [5]. ¿Se refería, únicamente, al armamento convencional y al
rearme moral del pueblo cubano o, de alguna manera, pretendía ir más allá y
esbozar una realidad, una intención, un deseo?
La declaración formal acerca de la posición oficial de Cuba, leída
en Punta del Este por Osvaldo Dorticós en su intervención nocturna del 25 de
enero, afirmaba rotundamente que su país no tenía pactos ni vínculos
militares con ningún otro Estado extra-continental, pero aseguraba también,
en el punto tercero, que “por necesidades imperiosas de su defensa, Cuba ha
desarrollado un dispositivo militar poderoso, capaz de derrotar y aplastar
cualquier intento de avasallar su soberanía o violación de su territorio
nacional. Playa Girón – continuaba Dorticós – fue la muestra inicial de la
capacidad defensiva del pueblo cubano, y quienes intenten ponerla de nuevo a
prueba, pagarán con su destrucción esa osadía” ¿Se trataba, únicamente, de
una baladronada o de una amenaza, sin más, de los orgullosos revolucionarios
cubanos? El máximo representante de la delegación antillana, sin embargo,
aseguraba también que Cuba había acumulado tal poderío militar
exclusivamente para su defensa, puesto que, como había afirmado Fidel Castro
en su discurso del 2 de enero, “nuestras armas no son armas ofensivas,
nuestras armas no son idóneas para desarrollar una guerra ofensiva, ni jamás
necesitaremos ese tipo de armas. Nuestras armas son armas defensivas, armas
para defender a la nación, y para tomar la ofensiva, dentro de la nación,
contra cualquier enemigo que nos ataque”, y había señalado igualmente que
“jamás esas armas significarán ningún peligro, ni para el territorio ni para
las fronteras de ningún país de América. Estas armas jamás afectarán la seguridad de ningún pueblo” [6].
La Conferencia decidió simplemente, como apunta Thomas, que Cuba se había situado de forma voluntaria fuera del sistema interamericano, sin que los
Estados Unidos consiguieran arrancar a los demás países una condena unánime
del comunismo cubano. Brasil, Argentina, Méjico, Chile, Bolivia y Ecuador se
abstuvieron de votar [7], y Fidel Castro apeló a los pueblos
iberoamericanos, algo después, para que se levantaran contra el
imperialismo. En efecto, en la que sería conocida como Segunda Declaración
de La Habana [8], del 4 de febrero de 1962, afirmó que la OEA no era más que
un ministerio de colonias yanqui y que la estrategia del pueblo cubano se
concretaba en fortalecer su unidad, reforzar la defensa de la revolución y
trabajar más a favor del desarrollo económico [9].
Las campañas de la izquierda hispanoamericana, muchos de cuyos
representantes acudieron a La Habana por aquellas fechas, sirvieron de caja
de resonancia a favor de Cuba. En Chile, por ejemplo, el país fue movilizado
de norte a sur desde fechas previas a la reunión de Punta del Este, lo que
determinó, según el embajador de España, su posición abstencionista. “La
mística marxista – afirmaba Tomás Suñer – hace por solidaridad hacia Cuba lo
que no podría hacer todo el dinero yanqui para propaganda a favor de la
Alianza para el Progreso, pongo por caso”. Además, el intercambio de
políticos y activistas entre Chile y Cuba era constante. “Ciertamente
cuestan dinero estos viajes. Lo hay. Con mucha frecuencia aparecen crónicas
de chilenos en visita a Cuba; por supuesto crónicas propicias a la obra
castrista. Destacados hombres públicos, entre ellos Salvador Allende,
candidato de la izquierda en las pasadas elecciones presidenciales,
acudieron a la Conferencia convocada en La Habana en réplica a la de Punta
del Este”. Pero, lo más alarmante era la actitud de algunos sectores
políticos democristianos y, por tanto, “dogmáticamente opuestos a lo que el
castrismo significa”. Así, el diputado demócrata-cristiano Patricio Hurtado
había participado también en la reunión de La Habana e intervino además, a
su regreso a Chile, en la asamblea del Teatro Caupolicán, abarrotado de
público. Una de las interpretaciones era que la izquierda chilena se sentía
fuerte porque la derecha, que había perdido terreno en las últimas
elecciones, “acusa discordias y también un menor impulso propagandístico que
el tenazmente desplegado por sus opositores”, que actuaban en la vida
pública del país “con percusión cada día más acentuada” [10].
En Cuba continuaban estrechándose, mientras tanto, sus vínculos con
la Europa del Este. El viceministro Carlos Oliveras Sánchez dejó su cargo en
La Habana y fue destinado a la Embajada de Cuba en Moscú, además se firmaron
nuevos acuerdos de carácter técnico y económico con la Unión Soviética y se
promovió una intensa campaña para la prestación del trabajo voluntario en la
zafra, que entraba en su fase final sin culminar los objetivos propuestos.
Se había lanzado también, desde las páginas del periódico comunista Hoy, una
“campaña muy desagradable” encabezada por el poeta Nicolás Guillén, al
objeto de cambiar el nombre al faro del Castillo del Morro, “General
O´Donnell”, pues en opinión de Guillén se trataba de “una de las figuras más
repulsivas de la España colonial en América” y, en consecuencia, pedía que
se le pusiese el nombre del poeta Plácido (Gabriel de la Concepción Valdés),
“que fue mandado a fusilar por el capitán general español por participar en
una de las intentonas independentistas en la conspiración de 1844” [11], que
fue conocida como Conspiración de la Escalera, aunque lo cierto es que no
está claramente demostrada la implicación del notable vate romántico en este
episodio de la historia colonial.
Como nuevo representante de Rusia en La Habana, tras la marcha de
Kudriavtsev, fue designado Alexander Alexeiev. El primero, según el
encargado de negocios de España, “fue despedido sin ruido y con el mínimo de
honores y solemnidad que podrían hacerse al representante de la gran
potencia en la que se apoya Cuba”. También visitó La Habana por aquellos
días el ministro de Relaciones Exteriores de Polonia, Adam Rapacki, quien
dictó una conferencia en la Universidad, en la que expresó convicciones
pacifistas y subrayó que las contradicciones entre los Estados debían
solucionarse por la “emulación pacífica y no por la competencia de los
armamentos”. También fue destacado en la prensa un discurso de Kruschov, que
había sido pronunciado con motivo del acto de despedida de un millar de
jóvenes cubanos que acababan de graduarse en la URSS, y en el que el premier
soviético reiteró la promesa de ayudar a Cuba como lo estaba haciendo y de
pagar con ello “el tributo debido al leninismo” [12].
Aparte de las frecuentes declaraciones de Kruschov, de las palabras
de aliento del polaco Rapacki y de los halagos del embajador búlgaro
Constantin Michev, que por cierto había luchado en las Brigadas
Internacionales durante la guerra civil española, prodigados a raíz de una
exposición sobre la vida de Jorge Dimitrov, cuya figura pretendió
identificarse en cierto modo con la de Fidel Castro, tampoco faltaron actos
de confraternidad con Corea del Norte, un país con el que los cubanos
pretendían compartir “la derrota de los norteamericanos en las dos
agresiones, la del paralelo 28 y Playa Girón”. En uno de sus discursos,
además, Raúl Castro echó la culpa de todos los males de Cuba a Estados
Unidos, “amenazando con las peores represalias a los enemigos de la
revolución”, lo que debió contrastar con los entusiastas preparativos de la
delegación cubana que se preparaba para asistir al Congreso por el Desarme y
la Paz, cuya celebración estaba prevista en Moscú entre el 9 y el 14 de
julio de 1962. Juan Marinello, rector de la Universidad de La Habana,
pronunció a su vez una conferencia en la que, según Jorge Taberna, siguió
“las tácticas pacifistas del comunismo internacional” y subrayó que,
“desatada una guerra nuclear, nuestro país sufriría de inmediato y de una
forma desoladora la forma del imperialismo belicista” [13].
Por otra parte, en el ámbito interior, destacaba la estancia del presidente
Dorticós en Cárdenas, que estuvo motivada porque tanto esta ciudad matancera
como la cercana población de Varadero habían sido escenarios de “una serie
de manifestaciones y contramanifestaciones en pro y en contra del régimen cubano”, protestas que se repitieron tras la visita del mandatario, puesto
que Cárdenas tenía fama de ser “uno de los focos de descontento” contra el
gobierno. Dorticós aseguró que no habría “ni un solo momento de retroceso”
frente a los contrarrevolucionarios, que pretendían sembrar la confusión y
aprovecharse de la estructura social de Matanzas.
“Sabemos por ejemplo –afirmó – que en esta provincia se ha pretendido y se
pretende provocar la desconfianza y desaliento de los pequeños
productores agrícolas, de lospequeños agricultores de la región”, y reconoció que
la revolución podía cometer errores, pero dijo, también, que serían
reparados de inmediato, pues las personas que “dirigen a todos los niveles esta
Revolución ni son ladrones, ni son traidores ni son inmorales y por
ello nos sobra fuerza moral para salir al paso a los ladrones de ayer, a
los inmorales de ayer y a los traidores de ayer”. La devolución de algo más de
medio centenar de fincas en Matanzas, que habían sido ocupadas de
forma indebida, se inscribió oficialmente en los planes para aumentar los
rendimientos de la agricultura, aunque esta medida se tomó después de los sucesos de
Cárdenas y fue elogiosamente comentada por la prensa como parte de
la "ofensiva contra la contrarrevolución”. Al mismo tiempo aumentó la
campaña en contra de los acaparadores y especuladores del mercado negro, y
Fidel Castro anunció, en el curso de una visita a la región oriental del país
que duró más de una semana, la celebración del aniversario del 26 de
Julio en Santiago de Cuba.
Este anuncio fue relacionado por Jorge Taberna con las especiales
circunstancias por las que atravesaba la revolución, “pues parece señalar
que el propio Fidel Castro desea recordar a su pueblo los comienzos de su
movimiento” [14].
En septiembre, sir Bertrand Russell, otro de los grandes peregrinos
europeos hacia Cuba en esta primera etapa de la revolución, dio muestras de
simpatía hacia el régimen cubano, y se opuso a la posibilidad de un estallido bélico que conduciría a la humanidad al holocausto nuclear. Sus declaraciones, publicadas en Revolución y reproducidas en otros muchos periódicos del mudo, criticaban la actitud agresiva de Estados Unidos y asombraron al embajador de España en Chile por su
acusado izquierdismo.Afirmaba Russell, entre otras cuestiones que [15]
El problema ante el mundo es ahora grave e ineludible. ¿Puede permitirse ahora que las naciones resuelvan sus disputas por medio de la guerra que
llevará inevitablemente al holocausto atómico que terminará con la
humanidad, o deben todas las naciones renunciar a la guerra? Un ataque a
Cuba por parte de los EE.UU. puede conducirnos a una guerra atómica, y por
esta razón debemos oponernos a él resueltamente.
Ningún Estado tiene el derecho de dictar a Cuba, ni a ninguna otra nación,
la forma de dirigir sus propios asuntos. Cuba, al menos, después de medio
siglo de dominación norteamericana, está en condiciones de construir
viviendas y escuelas, de estimular la educación y la cultura, de abolir la
pobreza, la enfermedad y la miseria humana. La Revolución cubana merece
confianza y estímulo, y no hostilidad ciega.
Menos de dos semanas más tarde, la prensaoccidental se hizo eco
del “probable bloqueo aeronaval” de Cuba, puesto queWashington quería
impedir el tráfico de armas con destino a la Isla.
Según la información publicada por el periódico Ya de Madrid, que
reprodujo inmediatam ente El Día de Santa Cruz de Tenerife, el estado mayor yanqui
creía saber que, al menos, quince bases de lanzamiento de cohetes antiaéreos,
“algo así como unos Nike-Zeus rudimentarios” habían sido instaladas ya
por los rusos en la Perla de las Antillas. Según fuentes oficiales, barcos y
aviones norteamericanos estaban preparados para llevar a cabo un efectivo
bloqueo de Cuba, cuyo croquis se hacía público con bastante detalle, y se
argumentaba para ello el incremento constante del poderío militar soviético
en la Zona, a base de modernos reactores, al tiempo que continuaba la
arribada a la Isla de técnicos y asesores rusos. Se entendía, además, que
el bloqueo de Cuba no era difícil de llevar a cabo, puesto que sólo
disponía de dos grandes puertos marítimos, La Habana y Santiago de Cuba, y
los pequeños resultaban fáciles de neutralizar. Se había calculado, además,
que la medida sería suficiente para doblegar a los cubanos, dado que
“Cuba es un país de monocultivo y falto de industria. Por añadidura su economía está arrasada por tres años de castrismo. Y nada sabría hacer para resistir... En todo
caso, la sentencia parece haber sido dictada: el régimen de Fidel Castro ha
firmado su propia pena de muerte, aliándose con Moscú. ¡Con Moscú, que le
verá, en último trance, perecer, sin ayudarle...!” [16]
Unos días después, Lequerica remitió desde Nueva York, en tanto que
representante máximo de España en Naciones Unidas, el primero de una
interesante serie de mensajes “estrictamente” confidenciales sobre la
crisis. Obsesionado como otros muchos políticos de su generación por la
tramoya del poder, trató de mantenerse informado, en la medida de sus
posibilidades, sobre las verdaderas intenciones de Estados Unidos, e intentó
captar la actitud de sus colegas hispanoamericanos.
Sus informes, brillantes e irónicos en no pocas ocasiones, tratan de dibujar
el perfil de los acontecimientos en relación con España, una potencia
de segundo orden que vivía, con notable preocupación, el desarrollo de
los acontecimientos y que, a causa de la existencia de bases norteamericanas en
su territorio [17], se veía también en la primera fila de los hechos,
aunque, de forma más o menos ocasional, no es difícil percibir cierta simpatía
por Cuba, en tanto que hija favorita, aunque "equivocada", de la gran
familia española.
Llamaba la atención Lequerica sobre una noticia, recién publicada en The New
York Times, acerca de la desconfianza que había mostrado el Subcomité de
Seguridad Interna del Senado contra William Wieland, un funcionario del
equipo de Kennedy sospechoso nada menos que de “complicidad” con Cuba. “Es
típico – aseguraba el diplomático español – y una pintura perfecta de los
tremendos peligros del Departamento de Estado en los asuntos políticos.
Nosotros lo hemos padecido y desde el año 48 he venido siguiéndolo de cerca”
. Convencido de la existencia de infiltrados de ideas progresistas –
comunistas o criptocomunistas – en el nudo gordiano de la Administración
estadounidense, comentaba anonadado que era “inútil indignarse, pues
corresponde a sólidos principios de la vida norteamericana”. El
representante de España en la ONU destacó, incluso, la actitud irascible del
presidente Kennedy, cuando “se lanzó casi violentamente, contra su
costumbre, contra la periodista Sarah McGlendon, acusadora en una
conferencia de prensa”, y trajo a colación una anécdota narrada por su
estrecho colaborador Jaime de Piniés, quien le había dicho que “nuestro
amigo Portuondo [18]” consideraba a Wieland un auténtico comunista. “Le
preguntaban qué razón tenía para acusarle de comunista, y Portuondo
contestaba que él había sido político en Cuba; que conocía bien a su gente y
que sabía perfectamente quien era ese granuja”. Sin embargo, sentenciaba
Lequerica, se tropezaba con la falta de “una prueba estrictamente judicial
en estas materias, con la que despejar prácticamente los caminos de la
investigación y de la defensa” [19].
La polémica sobre la infiltración progresista en el seno de la
Administración norteamericana no era nueva, pues, a principios de febrero de
1961, el embajador de España en Washington se había hecho eco de las
declaraciones de los antiguos representantes de Estados Unidos en la Cuba de
Batista, los embajadores Gardner y Smith, quienes habían asegurado, en su
comparecencia ante el Senado, que los verdaderos responsables de la “pérdida
de Cuba” para el Hemisferio occidental habían sido Roy Rubotton, un alto
cargo del Departamento de Estado; el citado William Wieland, jefe, a la
sazón, del Departamento de Asuntos Mejicanos y del Caribe y, en tercer
lugar, el propio Herbert Matthews del New York Times [20].
El decimoséptimo periodo de sesiones de la ONU tropezó, a su vez,
con un problema de consecuencias insospechadas. El 22 de octubre se hizo
circular una carta en la Asamblea, que había sido entregada al Secretario
General por el delegado permanente de Cuba, Mario García Incháustegui, en
cumplimiento de “instrucciones expresas del Gobierno revolucionario”. El
comunicado destacaba los ataques que, en el curso de los últimos meses, se
habían dirigido contra territorio cubano bajo una de las “formas más típicas
de la piratería internacional”, especialmente por embarcaciones “piratas”
que habían abordado a patrulleras del gobierno cubano, así como otras
incursiones practicadas contra La Habana en el mes de agosto, y varios
ataques más de organizaciones anticastristas como Alfa 66, a los que se
sumaban “centenares de violaciones denunciadas por Cuba, desde el 1º de
julio de este año, a través del Ministerio de las Fuerzas Armadas
Revolucionarias, del espacio aéreo y marítimo de Cuba por aviones a buques
mercantes que, dentro de nuestras aguas jurisdiccionales, se dirigen a
nuestros puertos” [21].
Estas acciones, según la misiva del Gobierno revolucionario, se sumaban a la
“brutal coacción ejercida por el Gobierno de Estados Unidos sobre algunos de
sus aliados para que supriman su tráfico marítimo con Cuba”, y a las propias amenazas de sectores del exilio cubano contra intereses de países no comunistas. “Puede, pues, afirmarse categóricamente, que elementos contrarrevolucionarios cubanos, actuando con total impunidad, conocimiento y amparo de las autoridades norteamericanas, ejecutan acciones típicas de piratería internacional”, tal como parecía demostrarlo la agresión realizada, asimismo, el 10 de septiembre de 1962. “La reacción del Gobierno de los Estado Unidos de América ante esas evidencias concluyentes, ha sido en todo momento tortuosa y cómplice”, puesto que periódicos como el New York Times, del 11 de octubre, exhortaban al Gobierno norteamericano a que prohibiera “la preparación de expediciones contra países con os que estamos en paz”, dado que la indiferencia de las autoridades estadounidenses
constituía un clara violación de las leyes de neutralidad vigentes. “No puede ser más flagrante la complicidad del Gobierno de Estados Unidos con esos delitos internacionales cometidos por personas que se encuentran en territorio norteamericano, realizan la agresión con barcos y armamentos norteamericanos y regresan a territorio norteamericano para confesar pública mente sus actos vandálicos” [22].
El portavoz de la Casa Blanca, Lincoln White, había declarado el 12 de octubre, a su vez, que Estados Unidos había informado a Gran Bretaña de que no podía garantizar la seguridad de su navegación en el Caribe “contra ataques armados de exilados anticastristas cubanos” aunque, según aseveró también, “tales ataques no son aprobados por el Gobierno norteamericano”. La política exterior estadounidense, concluía la epístola, “es contemporánea de la época de la jungla” y se caracteriza, sin disimulos ni escrúpulos, po la “proclamación abierta de una línea de agresión y de fuerza que, con violación de los más elementales principios del derecho internacional y de la Carta de la Organización de las Naciones Unidas, lleva adelante el Gobierno imperialista de Estados Unidos contra la República de Cuba” [23].
La respuesta más contundente a estas acusaciones revolucionarias fue el conocido discurso del Presidente J. F. Kennedy, en el que denunció el desarrollo del poderío militar ruso e Cuba y apuntó, entre otras cuestiones, que “en la aprisionada isla se están construyendo una serie de instalaciones de lanzamiento de proyectiles dirigidos”, al tiempo que se situaban en territorio cubano bombarderos a reacción soviéticos con capacidad para transportar armas nucleares. “Esto constituye una amenaza para la paz y la seguridad en toda América” aseguró igualmente, y subrayó que “nuestra política ha sido de paciencia,como corresponde a una nación fuerte, pero ha llegado el momento de tomar decisiones”, po lo que procedió a anunciar los famosos siete puntos del plan inicial para hacer frente a la crisis [24]:
1)Detener la construcción de las bases por medio de una estricta cuarentena sobre todos los equipos militares que están siendo enviados a Cuba.
2)Una constante y creciente vigilancia de Cuba y su crecimiento militar.
3)Considerar cualquier proyectil dirigido nuclear lanzado desde Cuba contra cualquier nació del hemisferio occidental, como un ataque de la URSS contra los Estados Unidos, querequiere una total represalia contra la Unión Soviética.
4)Reforzamiento de la base norteamericana de Guantánamo, en el sureste de Cuba, y la evacuación de los familiares del personal militar de servicio en ella. Se enviarán unidades militares adicionales que permanecerán en estado de alerta constante.
5)Convocar esta noche una inmediata reunión del órgano consultivo de la Organización de Estados Americanos para considerar “esta amenaza al hemisferio occidental e invocar los artículos VI y VII del tratado de Río en apoyo de toda acción necesaria”.
6)Solicitar esta noche una reunión extraordinaria del Consejo de Seguridad de las Nacione Unidas para que “actúe sin demora contra las últimas amenazas soviéticas a la paz mundia”.
7)Pedir al jefe del Gobierno soviético, Nikita S. Kruschov, que detenga y elimine esta clandestina y provocadora amenaza a la paz mundial y el establecimiento de relaciones normales entre Cuba y los Estados Unidos.
La orden de bloqueo, que entraría en vigor a las dos de la tarde, hora de Greenwich, del 24 de octubre de 1962, generó una enorme tensión entre las dos potencias mundiales y preocupó, seriamente, a todos los países del planeta. Un portavoz oficial del Ministerio de Asuntos Exteriores de España indicó, el 23 de octubre, que el gobierno de Franco había sido informado, previamente, de las medidas que se iban a adoptar, “de acuerdo con los convenios de defensa hispano-norteamericanos” que preveían consultas para determinar la importancia de la “amenaza contra la seguridad de Occidente, y del modo de utilización de todos los medios comunes de defensa”. Concretaba el comunicado español, además que [25]
España, interesada fundamentalmente en el mantenimiento de la paz, observa con preocupación los progresos de la intervención soviética en Cuba, con graves riesgos para una zona del mundo con la que se siente tan vinculada por lazos históricos y actuales. La suerte del pueblo cubano y los sufrimientos que para él puedan derivarse de esta situació , llegan muy directamente al corazón de todos los españoles. El Gobierno español entiende al mismo tiempo, que la paz, la libertad y el respeto al orden jurídico son indivisibles y que es necesario mantener la misma orden de alerta y el mismo espíritu de defensa contra la agresión en otras regiones del mundo igualmente amenazadas.
La sesión del Consejo de Seguridad de la ONU del propio martes 23 de octubre, que fue presidida por el representante ruso Zorin, conoció las declaraciones del delegado de Cuba quien rechazó, "por falsos y deshonestos, todos los cargos del Presidente de los Estados Unidos, ahora repetidos aquí por su representante en Naciones Unidas", Stevenson. García Incháustegui subrayó que el pueblo y el gobierno de Cuba se habían visto precisados a armarse defensivamente para hacer frente a las "reiteradas agresiones del Gobierno norteamericano" y, en este sentido, recordó las palabras de Dorticós ante la Asamblea General celebrada poco tiempo antes.
"Si Estados Unidos fuese capaz de dar a Cuba garantías efectivas y satisfactorias con respecto a la integridad de nuestro territorio y cesara en sus actividades subversivas y contrarrevolucionarias contra nuestro pueblo, Cuba no necesitaría fortalecer su defensa, no necesitaría ni siquiera ejército, y todos los recursos que aquélla demanda los invertiríamos gustosamente en el desarrollo económico y cultural de nuestra nación". En esta línea, el delegado cubano recordó los atentados cometidos contra intereses revolucionarios y las recientes violaciones del espacio aéreo de la Isla y afirmó, entre otras cuestiones, que "los monarcas de la Edad Moderna, en sus rivalidades imperialistas, resultaban ser más respetuosos del Derecho Internacional que el Gobierno de los Estados Unidos en la edad de las Naciones Unidas y de la cooperación internacional", actitud que, además, entraba en flagrante contradicción con los acuerdos de la Convención de 1928 de Deberes y Derechos de los Estados en caso de luchas civiles [26].
"Sería bueno – afirmaba también el diplomático cubano - que los representantes del Consej y todos los representantes ante Naciones Unidas, en estos instantes en que una guerra nuclear amenaza al mundo por la agresión norteamericana a Cuba, examinaran, a la luz de l Carta de Naciones Unidas y del derecho internacional, los hechos de estas relaciones entre Cuba y los Estados Unidos". Se preguntó, asimismo, qué razón tenían los Estados Unidos para pedir el desmantelamiento de las plataformas de cohetes teledirigidos y el desarme, cuando eran ellos, precisamente, los que ocupaban en la propia Cuba "una base contra la voluntad de nuestro pueblo, y en su territorio continental y en todo el mundo poseen bases que sí son bases agresivas contra Estados miembros de esta Organización".
García Incháustegui aseguró también, en nombre del gobierno revolucionario de Cuba, que el bloqueo naval decretado unilateralmente por los Estados Unidos es un acto de guerra contra la soberanía y la independencia de nuestra patria, que nuestro pueblo resistirá de todas formas y por todos los medios". Los Estados Unidos, añadió, habían fracasado en todas sus tentativas para destruir la revolución, "ahora ensayan la medida última: la guerra, aunque ella ponga en peligro la vida de millones de hombres en todo el mundo" [27 .
Finalmente, aparte de solicitar la retiradainmediata de las fuerzas militares estadounidenses en la Zona del Caribe y la supresión del "bloqueo ilegal", el representante de Cuba se ratificó en su convicción de que la Unión Soviética no iba a aceptar la invitación norteamericana para realizar negociaciones directas entre ambas potencias [28]:
Los Estados Unidos llaman por último a la Unión Soviética a discutir con ellos los problemas cubanos. No se dan cuenta que la mayoría de los Estados del mundo respetan a Cuba y que entre esos Estados que respetan a Cuba, que respetan la soberanía cubana, está la Unión Soviética. Acostumbrados a resolver los problemas al estilo colonial, se olvidan que las relaciones de Cuba con los demás Estados son relaciones basadas en la igualdad y en el respeto a la soberanía, y que nadie más que Cuba tiene el derecho de discutir y decidir soberanamente sus diferencias con los Estados Unidos.
El representante de Venezuela, Sosa Rodríguez, que intervino al día siguiente, destacó la tirantez existente entre Cuba y otras repúblicas americanas, especialmente del área del Caribe, y, aparte de subrayar el alcance y la gravedad de las instalaciones militares en Cuba, aseguró también que el régimen comunista de Fidel Castro no se contentaba "con circunscribirse a sus fronteras, sino que pretende exportar su sistema a las otras naciones del Continente". Por ello señaló que "la existencia de tales armas en poder de Cuba constituye, indiscutiblemente, una amenaza a la paz y a la seguridad del resto" de América. Esta grave preocupación de todo el Hemisferio americano se había puesto de relieve, además, en la "resolución aprobada ayer en la Organización de Estados Americanos por 18 países latinoamericanos, incluyendo entre ellos a los tres de mayor extensión y población: Argentina, Brasil y México", mediante la que solicitaban, de acuerdo con las peticiones estadounidenses, el desmantelamiento de las bases de cohetes establecidas en Cuba y, asimismo, se recomendaba a los Estados miembros que, de acuerdo con los artículos 6 y 8 del Tratado de Asistencia Recíproca de Río de Janeiro, tomasen tanto individual com colectivamente todas las medidas necesarias, incluso de carácter militar, al objeto de evitar que el gobierno de Cuba continuase "recibiendo material bélico capaz de amenazar l paz y la seguridad del Continente" [29].
Se consideraba necesario, por lo tanto, que el Consejo de Seguridad no sólo impidiese la llegada a Cuba de nuevo material atómico sino que, además, fuesen desmanteladas las bases de lanzamiento de misiles, para evitar el inmenso peligro que representaba la existencia dearmas nucleares en una región tan agitada como la del Caribe, al tiempo que se esperaba que la Unión Soviética comprendiese la "enorme ansiedad que dichas bases están causando a todas las naciones, sin excepción, del Continente americano y que colabore a remover este grave peligro de una guerra en nuestro Continente".
Ya basta, concluía el representante venezolano, que tales armas de destrucción masiva estuviesen en manos de las potencias nucleares, "para que se acepte ahora, con indiferencia, que se entreguen esas armas al único Gobierno comunista en América, con el fin de incrementar su poderío militar a tal punto que podría dominar sin discusión cualquiera de nuestras Repúblicas americanas, o precipitar al mundo en una hecatombe nuclear". La sensatez y el espíritu de entendimiento debían prevalecer, en fin, entre las dos máximas potencias, de modo que encontrasen una solución adecuada ante la gravedad de la crisis mundial [30].
El representante de Chile, Schweitzer, insistió en los planteamientos del delegado de Venezuela y recordó que su país había observado, desde siempre, "una actitud serena" en e caso de Cuba. "Hemos estado en desacuerdo con Cuba pero no la hemos atacado. Por el contrario, mantenemos con ella relaciones normales". Tras analizar el problema, sin embargo, concluyó que no quedaba más remedio que estar de acuerdo con el proyecto de resolución presentado por la delegación de Estados Unidos, tanto en lo tocante a la retirada de los proyectiles como al envío a Cuba, con la mediación del Secretario General de una comisión de observadores, cuya presencia en la Isla, sin embargo, había sido rechazada ya por el representante del gobierno revolucionario. "Hacemos un llamamiento fervoroso a Cuba para que acepte un procedimiento semejante", y subrayó que se trataba de una petición de un país que "sólo desea el bienestar y la felicidad del pueblo cubano, y el retorno de Cuba a la familia continental". Su intervención finalizó con expresiones de apoyo de Chile a las negociaciones directas entre las dos potencias mundiales, "no sólo para remover la actual amenaza a la seguridad del hemisferio occidental, sino también par remover otras amenazas en otras partes del mundo. El diálogo entre ambas potencias es un condición ineludible para el mantenimiento de la paz", y consideró igualmente que, "ante el impasse que pudiera producirse en el Consejo, mi delegación estima que correspondería al Secretario General tomar alguna iniciativa" [31].
Al día siguiente, el representante del gobierno
cubano trató de sostener que
Estados Unidos no había aportado, aún, pruebas
suficientes acerca de la
afirmación de Kennedy de que la Isla constituía una
amenaza para los países
del Hemisferio occidental, reiteró que “los
armamentos que posee Cuba son
exclusivamente de carácter defensivo” y que habían
sido adquiridos, además,
para hacer frente a la política “agresiva e
intervencionista del Gobierno de
los Estados Unidos contra Cuba” [32].
Según Lequerica, las sesiones del Consejo
de Seguridad se
desarrollaban en los términos previstos y nadie
había adoptado, hasta el
momento, “posturas insospechadas, como no llamemos
insospechada a la
bastante moderada de Rusia, que a los creyentes en
el furor soviético les
costará aceptar”. Añadía el veterano diplomático
español que la experiencia
de otras guerras demostraba que "la moderación no
siempre se mantuvo por
mucho tiempo", pero, a la misma vez, encontró "muy
significativo y
probablemente auténtico, este modo de abordar el
problema por parte de
Rusia", pues ni siquiera el temido primer encuentro
entre barcos de ambas
potencias parecía constituir, al menos en principio,
un incidente decisivo,
es decir, "con más o menos aire bélico" [33].
Las intervenciones de los delegados soviéticos no
tenían, pues, "aire
explosivo" y, según el representante de España, eran
"quizás lo menos
explosivo de todo este asunto", dado que parecían
empujar a los
"neutralistas", República Árabe Unida, Ghana y el
propio Secretario General
U Thant, "a buscar caminos de arreglo y
proposiciones de invitación a la
conversación". Fuera del marco de la ONU, por otra
parte, causaba cierta
preocupación la actitud de Estados Unidos, que se
sentía apoyado por Europa
y por todo el Continente americano y, desde luego,
por su misma opinión
pública, de ahí que no fuera fácil que aceptase
nuevas dilatorias. "Así,
pues, piensan en una acción tenaz y fuerte, sin que
tiemble el pulso a este
gran país en una hora tan delicada. Habrá luego
muchos modos de explicar lo
sucedido; no quedarán excluidos los encuentros, con
contraproposiciones de
puntos de vista más o menos próximos, pero el gran
paso contra las bases -
realmente importantes, que ayer nos explicaba Mc
Cloy con un lápiz y un mapa
y cuyo alcance, en el sentido literal del término,
resultaba positivamente
inquietante - no creo que admita retraso" [34].
Se aventuraba incluso, afirmaba el delegado español,
la posibilidad de una
efectiva invasión de Cuba por Estados Unidos, aunque
con el auxilio "de los
que aquí llaman latinoamericanos". La idea del
desembarco, en efecto, bullía
desde hacía tiempo en las mentes de algunos asesores
de la Administración
Kennedy, y era acariciada entre otros por Mc Cloy,
el gran contacto
norteamericano de la delegación española para todo
el asunto de la crisis,
un decidido partidario, al parecer, de la línea de
acción directa frente al
sector que, en el seno del propio gobierno
norteamericano, apadrinaba
soluciones más liberales. Además, tampoco podía
olvidarse que una actitud
firme respecto al problema podría beneficiar, hasta
cierto punto, las
expectativas electorales de los demócratas. "No
oculto tampoco para
completar el cuadro - aseguraba Lequerica -, el voto
electoral presente en
los comentarios de bastantes norteamericanos
conocedores de las costumbres
de su país, pues positivamente la conducta firme del
Gobierno le favorece en
la gran prueba votante a ventilar los primeros días
de noviembre. No hay en
ello demasiada exageración, pues las elecciones, y
lo recuerdan todos lo que
han sido candidatos, apasionan totalmente y no
excluyen el empleo de todos
los medios. Pero sería exagerado centrar aquí el
problema" [35].
En términos generales podía afirmarse, con todo, que
el estado de ánimo en
la ONU se había calmado bastante, puesto que, tras
el discurso de Zorín y
del delegado cubano, "mejoró la temperatura". Hoy,
afirmaba el representante
de España, "las personas que se encuentra uno en la
calle se sentían más
satisfechas y confiadas". Quedaba, sin embargo, otro
importante escollo por
resolver, el de la incidencia de la crisis en otros
puntos conflictivos del
planeta y, particularmente, "la retorsión en Berlín,
como respuesta a la
decidida actitud de Estados Unidos" [36].
La posición de Estados Unidos se mantuvo inamovible
en el mantenimiento del
bloqueo marítimo y en la desaparición de las
instalaciones de cohetes de
Cuba. Al respecto, opinaba el delegado español, los
norteamericanos parecían
haberse aficionado a la acción directa y sin
consultas, dado que no se había
convocado a la OEA, ni se había celebrado
conferencia de embajadores en
Londres "para dar el paso más decisivo de la
historia norteamericana,
después de la segunda gran guerra". Esta sensación,
que empezaba a ser
percibida por algunos observadores, "primero alegra
a Estados Unidos y,
segundo, le marca el camino a seguir". Pero, al
mismo tiempo, este nuevo y
decidido espíritu de la primera potencia mundial no
parecía satisfacer
"demasiado a visibles y calificados amigos de
Estados Unidos". Afirmaba, en
este sentido, el diplomático español que, "en
contacto constante con
nuestros hermanos de América, les encuentro fríos y
suspicaces al comentar
la realidad, y esperanzados siempre de un arreglo"
[37].
¿Se temía, pues, en Hispanoamérica que del duelo
entre Estados Unidos y la
Unión Soviética resultase un claro vencedor? La
respuesta resultaba bastante
obvia, al menos para Lequerica. "Al fin y al cabo -
afirmó - estos países
creen vivir del equilibrio yanqui-soviético, y la
idea de una potencia sola,
muy predominante, les seduce poco, aun cuando no se
lo confiesen, ni
naturalmente lo digan. Les preocupa un momento en el
cual los Estados Unidos
adoptarán netamente los métodos fundamentales
anticomunistas para todo el
Continente", pero es que, además, "igualmente añoran
el equilibrio
yanqui-soviético, sin decirlo tampoco, los
incontables elementos de
izquierda difundidos por toda la vida norteamericana
y a los cuales ha
traído ahora a mandamiento con la rapidez habitual,
cuando llegan las
grandes crisis, la Administración norteamericana",
y, desde luego, también
parecía preocupar esta posible ruptura del
equilibrio mundial a los aliados
europeos de Estados Unidos, ya que, según Lequerica,
"tampoco en el fondo de
su corazón seduce esto demasiado a algunos aliados
europeos de Estados
Unidos, y quizás sobre todo, a los británicos", por
idénticas razones, "lo
cual no quita para confiar en que aceptarán la
dirección superior cuando
llegue el momento" [38].
España ratificó al mismo tiempo, no sin el mal sabor
de boca del que hablaba
su embajador en la ONU, su apoyo a Estados Unidos,
pero dejó claro que el
verdadero enemigo no era Cuba, que se había
convertido, más bien, en víctima
del expansionismo soviético en el mundo occidental.
Un despacho de la
agencia de noticias AP, fechado en Madrid el mismo
día 26 de octubre,
recogía el comunicado emitido, tras una reunión de
urgencia, por el
gobierno español [39]:
Bajo la Presidencia del Jefe de Estado, fue
convocada una sesión
extraordinaria del Consejo de Ministros para
examinar la situación
internacional y en particular la crisis producida
por la intervención
militar de los soviéticos en Cuba, que ha alterado
profundamente la
situación estratégica en esa decisiva zona, no solo
para América sino
también para Europa.
El gobierno español ha ratificado su completa
solidaridad con la acción del
gobierno norteamericano, de acuerdo con nuestra
actitud de luchar siempre
contra el comunismo internacional, enemigo
sistemático de la paz y del orden
público.
El Consejo de Ministros ha estudiado las
repercusiones concretas de la nueva
situación.
Flanqueado por cuatro ayudantes y una
secretaria, tal como lo
describió Richard Scott del Chicago Daily News, el
encargado de negocios de
Cuba en Madrid, Manuel Quesada, denunció el bloqueo
impuesto por Estados
Unidos como una actuación claramente agresiva e
intervencionista, y aseguró
que los cohetes “are only for defensive purposes, to
repel aggression”.
Cuando le preguntaron sobre el rechazo de su país a
admitir una comisión
internacional que inspeccionase la retirada de los
cohetes teledirigidos,
replicó “provided Cuba participated in the
negotiations arranging for such
inspection” [40].
Mientras tanto, el representante permanente
de Cuba en la ONU dio a
conocer, en la sesión del 29 de octubre, la misiva
de Fidel Castro, fechada
el día anterior, en la que se hacía pública la
posición del gobierno
revolucionario en relación con el acuerdo al que
habían llegado las dos
máximas potencias mundiales, es decir, la
eliminación de las medidas de
bloqueo militar y las garantías “contra una invasión
de Cuba”, a cambio de
la retirada por parte soviética de las
“instalaciones de armas de defensa
estratégica”, acuerdo que fue apostillado por Fidel
Castro en el sentido de
que no existirían tales garantías, ofrecidas por
Kennedy, si además de la
eliminación del bloqueo naval no se adoptaban varias
medidas
complementarias, que se centraban en el cese del
bloqueo económico, la
eliminación de todas las “actividades subversivas”,
la finalización de los
llamados “ataques piratas” y violaciones del espacio
aéreo, así como también
la bastante improbable “retirada de la base naval de
Guantánamo y devolución
del territorio cubano ocupado por los Estados
Unidos” [41].
Lequerica comenzó por justificar, poco
después, su propia
utilización de telegramas cifrados para informar al
Ministerio español de
los últimos acontecimientos, con la esperanza –
afirmó – de que “fueran
descifrados” y se pudiera ver que la delegación
española en la ONU no
aceptaba, sin más, el planteamiento del problema
cubano por Estados Unidos,
“planteamiento en líneas generales, aceptable”, y,
en cierto modo, también
para tratar de "reactivar" la "vigilancia y reserva”
de los americanos. El
anciano y otrora implacable embajador de Franco en
la Francia ocupada por la
Alemania nazi podía errar, tal vez, en sus cálculos
más optimistas sobre el
interés de Estados Unidos por la actitud española
ante el conflicto, pero no
había perdido ni un ápice de su sagacidad y de su
capacidad de observación.
“En una negociación como la que ha llevado el Sr.
Kennedy con el que ahora
llaman aquí, amablemente, Chairman Kruschov y antes
era el Dictador de
Rusia, se han cambiado muchas palabras, y algunas
pueden ser aprovechables
por el enemigo. Entre ellas, la afirmación de
Kennedy de dar seguridades
contra la invasión de Cuba, que se ha interpretado
como una garantía, para
Fidel Castro, frente a otro intento de Estados
Unidos, secundado por toda la
América ibérica, como el que estuvo en el telar”. Es
más, según indicó,
existían ya “portavoces” del Departamento de Estado
que habían procurado
“suavizar este compromiso”, al que los delegados
hispanoamericanos
conservadores, “sobre todo nuestro amigo Sosa de
Venezuela, han opuesto la
más tenaz resistencia” [42]. Se trataba de una
cuestión ciertamente
fundamental.
Richard Boyce, un cronista “poco
autorizado”, pero portavoz
incondicional del Departamento de Estado, había
comentado este asunto de la
promesa de Kennedy de no invadir Cuba, y había
señalado que, en la reunión
celebrada poco después en Washington con los
embajadores latinoamericanos,
uno de ellos le había preguntado a Dean Rusk: ¿Están
los Estados Unidos
garantizando a Rusia que no habrá ninguna invasión
de Cuba?, y la respuesta
del Secretario de Estado había sido negativa.
Fuentes del gobierno, apuntaba
también el periodista, habían señalado, además, que
“por ahora ha sido
diplomáticamente decidido dejar a Kruschov afirmar
que él consiguió de los
Estados Unidos la promesa de no invadir Cuba, si el
premier soviético creía
que era necesario hacer esta afirmación para el
consumo interno”, pero ello
“no obliga a los Estados Unidos” y, de hecho, se
esperaba que Washington
hiciese pública una declaración “afirmando que la
política norteamericana
hacia Castro no ha cambiado, pues la Casa Blanca
conoce muy bien el problema
que representa una Cuba comunista”. Lequerica, un
tanto sorprendido por la
evolución de los acontecimientos, confiaba aún en la
posición de fuerza de
Estados Unidos que, en el fondo, seguía contando con
todos los ases de la
baraja, y se acordó, entonces, de su amigo Mc Cloy.
“Lo que hay – continuaba
su informe – es que nadie quiere concretamente la
guerra. Al revés de 1939,
en cuyo escudriñamiento originario es casi posible
deducir quienes deseaban
la prueba de fuerza, hoy probablemente resulta
inútil para el presente y
para el futuro, esa investigación. ¡Tal es la casi
unanimidad íntima, ante
el volumen destructor de las fuerzas a manejar que
inevitablemente se
desencadenarían cuando llegue la guerra!” [43].
El diplomático español insistía, con todo,
en que los Estados
Unidos habían ido muy lejos y, en su opinión,
jugaban sin reservas. Por ello
se podía hablar en serio del retroceso de Kruschov y
de la existencia de
problemas internos en el Kremlin, y, desde luego, se
podía especular
igualmente sobre las dificultades que, en aquellos
momentos, podía crear “el
dictador cubano”, tal vez no tan desdeñables,
afirmaba, como a primera vista
pudiera parecer. “Este sujeto, Castro, no puede por
sí mismo suscitar graves
perturbaciones; pero quedaría V.E. estupefacto –
rectifico, no muy
estupefacto, puesto que conoce el paño – ante la
actitud de muchos
hispanoamericanos ilusionados por el liberalismo de
Fidel, su sentido de la
independencia y esperanzados en evitar la
humillación de Cuba, con quienes
converso. Porque el grupo latino está dividido... Lo
deploran mi amigo
venezolano, y Velázquez, del Uruguay, hombre de
extraordinario sentido
político, y Cea, de Colombia, y otros elementos
conservadores. Pero ahí está
la división, con su mayor o menor influencia” [44].
Así, pues, concluía el delegado español, “creo que
podemos seguir con
esperanza la negociación” y, en fin, “sin poner
nuestra confianza en la
guerra, pongámosla en la firmeza que no teme a la
guerra”. Por ello se
alegraba de que elementos como Mc Cloy constituyesen
una especie de poderoso
establishment por encima, incluso, de los propios
partidos políticos
norteamericanos, y se alegró también del comunicado
oficial del gobierno
español, “lleno de seso y buen juicio”, del que
acababa de hacerse eco el
New York Times. El desarrollo de las negociaciones,
empero, no estaba en
manos de la ONU, sino que dependía de las
Cancillerías de las grandes
potencias. “En el caso de Suez - apuntó - no fueron
Naciones Unidas, sino
los Estados Unidos detrás de ellas, quienes
detuvieron a Francia e
Inglaterra. Ahora también veremos hasta donde dejan
los Estados Unidos jugar
un papel director a este señor U Thant” [45].
Algo más tarde, Lequerica confesó sentirse
impresionado por el
“tono contemporizador” del discurso de Fidel Castro,
pero se trataba, más
bien, de una forma de empezar su mensaje del 2 de
noviembre porque, acto
seguido, calificó su comportamiento de bochornoso y
dedujo que el cambio de
actitud del líder cubano revelaba ciertas esperanzas
de “tener su recompensa
por parte de Estados Unidos”, aunque, también, podía
interpretarse como una
especie de secuela del suave comportamiento de
Norteamérica con respecto a
Kruschov. “De seguro lo ha visto Fidel Castro y se
dispone a aprovechar el
sistema. Cada día se acentúa más en Estados Unidos
la tendencia a llamar a
Kruschov, chairman o Presidente, y no dictador. Las
palabras tienen un
inmenso valor y acaban por ser quienes arrastran los
conceptos y los hechos”
. Los hispanoamericanos de izquierda, además,
aparecían cada día más
confiados, lo que constituía un síntoma del cambio
general de tendencia
hacia un arreglo pacífico y sin humillaciones para
Cuba. “No es imposible en
el porvenir un más o menos tácito arreglo con
Kruschov, el liberal de la
Unión Soviética, a cuyo amparo se salva el Chairman
cubano. ¿Titoísmo en
Moscú? Es el sueño de la izquierda intelectual de
este país. Y titoísmo
también en Cuba. Quizás dentro de un año el chairman
Fidel...”, ironizó
inclemente. En resumen – añadió -, por ahora está
hablando la “gente suave”
de las dos grandes potencias, y el “rebelde menor,
sumiso sujeto si hace
falta, tampoco parece excesivamente colérico” [46].
>
El encargado de negocios de España en La Habana
coincidió, en términos
generales, con las observaciones de Lequerica, y
remitió a Madrid un largo
informe que estaba basado, principalmente, en las
primeras planas de la
prensa cubana desde el comienzo de la crisis. Uno de
los párrafos del
despacho definía la postura del país o, mejor dicho,
la situación marginal
de Cuba en relación con el grave incidente
internacional que tendía a
desactivarse. “Cuba ha sido centro de la atención
mundial atemorizada por
sentirse al borde de una guerra atómica y general;
pero curiosamente esta
ciudad e Isla, epicentro del ciclón de tensiones
internacionales, se ha
mantenido en una calma extraña, como esperando ver
su suerte decidida desde
fuera, sin la esperanza de poder influir en su
propio destino, hasta el
momento en que, alejado el riesgo bélico, se produce
la reacción del
Gobierno y la ciudad se convierte en uno de los
centros activos de
negociación diplomática” [47], en alusión a la
visita relámpago de U Thant y
al problema de las inspecciones in situ, un asunto
que durante algún tiempo
siguió flotando en el ambiente.
“A enemigo que huye, puente de plata”, esta
parecía ser por aquel
entonces la regla de oro de la negociación desde el
lado norteamericano,
pero se habló también, recordando unas declaraciones
del general Mc Arthur
en relación con la guerra de Corea, “que no había
sustitutivos para la
victoria”. La preocupación clave de la política
exterior estadounidense
parecía ser, en efecto, la de no “hacerle perder la
cara” a la Unión
Soviética, y el propio New York Times lo había
entendido perfectamente
cuando aseguró que, “desde el principio, los Estados
Unidos parecen haber
estado procurando suavizar el camino de Moscú para
una retirada”. El viejo
arte de la guerra. “El camino de la sabiduría
consistía en no aprovechar
todas las ventajas – sentenciaba el periódico -,
forzándole a luchar para
defenderse”. La vía de la negociación, incluido el
tema ciertamente espinoso
de las inspecciones, parecía reforzarse a medida que
la ONU se implicó, cada
vez más, en el diálogo. Un hecho que no pasó
desapercibido para Lequerica:
“El haber dejado entrar a este Sr. U Thant y el
haber dado tanto aire a su
misión, algo estorba la posibilidad de esas acciones
directas”, aseguró,
como si confiase aún en la viabilidad de una
victoria aplastante y
definitiva contra el comunismo, pero, reconoció al
mismo tiempo que “no sólo
Kennedy ha cambiado, sino más probablemente, en
mucha mayor proporción
Kruschov, y también está cambiando a estas horas,
con apariencia de
resistencia, el propio Fidel. Ahora - concluyó -
este es un problema tan
concreto, tan localizado geográficamente y tan de
plataformas y cohetes, que
las soluciones verbales, muy del gusto de Naciones
Unidas, van a necesitar
cierta precisión en sus términos” [48].
A aquellas alturas, además, el mundo entero había
vacilado, “incluso
cambiando radicalmente de postura” y, para
demostrarlo, comentó también
Lequerica los cambios de tendencia de la prensa
británica, que había pasado
de ser muy crítica al principio con Estados Unidos a
una posición totalmente
laudatoria hacia Kennedy, tras la decisión de
Kruschov de retirar los
cohetes. “Era cuando Turquía entraba en el juego de
las propuestas. Pero el
Presidente lo rechazó. Y, sin embargo, el Manchester
Guardian expuso su
admiración por el manejo de la crisis. El Daily Mail
elogió la cabeza fría y
los firmes nervios de Kennedy. Lord Reaverbrook le
atribuyó una inmensa
victoria diplomática, resultado de su tenacidad
fuerte y realista”. En este
contexto, pues, aparte de las referencias a la
resaca de la crisis en
Estados Unidos y en América en general, Lequerica
insistió en sus
preocupaciones sobre la titoización de Kruschov.
“Hoy aparecen columnas de
prensa comentando los movimientos hostiles al
Chairman dentro del Kremlin.
Toda una escuela norteamericana seguirá por este
camino. Lo sucedido en
Yugoslavia es aquí muy apreciado y lo encuentran
tentador. Y tampoco
excluyamos, ya lo dije, un titoísmo en La Habana,
con el propio Fidel, aun
cuando subordinado al éxito del Kremlin” [49].
A pesar de la buena marcha de los
acontecimientos para Estados
Unidos, no parece que a los altos responsables del
Ministerio español de
Asuntos Exteriores les causaran una especial
satisfacción, por aquel
entonces, las gestiones del embajador en Washington,
Antonio Garrigues, con
el alto mando de la aviación militar norteamericana
en torno a la crisis de
Cuba, cuyo resultado fue un documento del coronel
W.F. Dallam, Jr., Jefe de
Relaciones Internacionales del Estado Mayor del
Aire, en el que se
certificaba la buena disposición que habían tenido
las Fuerzas Aéreas
españolas para colaborar con las norteamericanas en
el contexto de la
crisis, al margen de los compromisos contraídos en
relación con las bases
estadounidenses en suelo peninsular. España tenía el
corazón dividido entre
sus naturales antipatías frente a Rusia, a la que le
hubiese gustado ver
derrotada o, cuando menos, claramente humillada ante
los ojos del mundo, por
una parte; su profunda nostalgia por Cuba, a la que
seguía considerando como
algo suyo y, en tercer lugar, cierta oculta
antipatía hacia la primera
potencia mundial. El sábado 3 de noviembre, según el
embajador Garrigues, el
coronel Dallam entregó personalmente en la oficina
del coronel Hevia,
agregado aéreo de la representación española, una
carta en la que se
expresaba la “gratitud de las Fuerzas Aéreas
norteamericanas por la posición
resuelta y decidida que había adoptado el
Generalísimo Franco en esta
materia”, frase que aparece subrayada en el original
conservado en el
archivo del Ministerio y que tiene anotada, en el
margen izquierdo del
documento, la palabra ¡Mentira! [50]
>
Mientras tanto, un Lequerica obsesionado con la idea
de la derrota
definitiva de la Unión Soviética remitió a Madrid
otro de sus interesantes
mensajes confidenciales, donde insistió en la
construcción por los medios de
comunicación norteamericanos de una imagen diferente
de Kruschov, que
aparecía fotografiado con rostro triste y bondadoso
“como de párroco
guipuzcoano”. “Encuentro sobradamente claro el
resumen penetrante y
agudísimo, modelo de periodismo, que hace el
semanario Time de los
acontecimientos, en su artículo principal. En él hay
un párrafo de gran
valor: Hasta ahora – dice – no cabe duda de que el
gobierno de los Estados
Unidos ha actuado valiente y sagazmente. Ha forzado
a la Rusia de Kruschov a
echarse fuera de su desafuero cubano. Pero a medida
que pasan los días
existe también el sentimiento de que Estados Unidos
puede también estar
dejando escaparse grandes ventajas – subrayo – para
la libertad”. ¿Qué se
pretendía?, se preguntaba Lequerica, ¿ofrecer a la
opinión norteamericana la
fisonomía del hombre bueno, víctima de los
extremistas del Kremlin y a quien
era preciso apoyar para evitar un mal mayor? Un
sector de los delegados
hispanoamericanos en la ONU parecía compartir sus
conclusiones en este
sentido [51].
La solución estaba próxima a llegar, es
decir, la “no solución”
como sinónimo de un arreglo tácito de la crisis. El
7 de noviembre Lequerica
se entrevistó con Mc Cloy, quien le manifestó que
Estados Unidos reclamaba
la eliminación de las plataformas de cohetes y la
retirada, asimismo, de los
bombarderos IL 28 que, si bien no eran de los
últimos modelos, podían
“llevar bombas muy temibles”. Los rusos, al menos de
palabra, se mostraban
muy favorables al desmantelamiento y a la
“comprobación” e, incluso, se
apuntaba que Fidel Castro estaba dispuesto a aceptar
una comisión de
Naciones Unidas pero, como matizaba Mc Cloy, “esto
tiene sus peligros”,
puesto que podrían ir a Cuba representantes que no
simpatizasen con Estados
Unidos y que, por lo tanto, originarían opiniones
“en contradicción con
otros elementos, produciéndose informes dobles y
discusiones, dando lugar a
una situación semejante a la de Panmunjon, en la
guerra de Corea, lo que no
simplifica los problemas”. Parecía que, en efecto,
todo estaba decidido. “Le
pregunté yo si la posición de Estados Unidos se
había ablandado, y me dijo
rotundamente que no. Le pregunté también si todo era
posible todavía, y me
contestó que sí”, pero parecía, también, como si
Estados Unidos temiese
profundizar en los hechos y encontrarse de repente
con un nuevo órdago que
ya no tendría marcha atrás. Así lo expresaba Mc Cloy
cuando afirmó, a su
vez, que “la mejor inspección, pensamos nosotros, es
la que se puede hacer
con barcos de guerra vigilantes, sin necesidad de
visitar los soviéticos al
salir cargados de Cuba llevando estos distintos
cargamentos atómicos”. Una
peligrosa carga que – insistió – se podía ver bien
“desde fuera, acercándose
y dando vueltas alrededor de ellos, y que éste era
un excelente método de
verificación” [52].
La situación un tanto incierta continuó en
días sucesivos, quedaba
claro que a Estados Unidos le interesaba evitar “una
postura rotunda”, mas
no solamente como forma de paliar una “definitiva
solución violenta”, sino,
en especial, porque a Norteamérica le repugnaba ser
“la derecha del mundo”,
es decir, “eluden las posiciones netas; prefieren el
sustitutivo de la
victoria denunciado por Mac Arthur, pero cuya
realidad es positiva”. El
delegado español llegó a hablar, incluso, de una
especie de utopía
norteamericana de “conversión del bolchevique”: “Si
el dictador del
Kremlin – término ya sacrílego – se muestra siquiera
un poco conciliador, se
aprovechará hasta el súmmum esta posición suya. Él
lo sabe y juega. Lo sabe
también probablemente Fidel, a quien otra vez
empieza a exaltar el New York
Times en formas equívocas”. Así, pues, “con tales
elementos, la negociación
debe ser muy complicada”, lo presentía todo el
mundo, pero sólo el senador
Goldwater “ha denunciado al Sr. Stevenson por sus
intervenciones”. Frente a
esta especie de “izquierda estatal”, sin embargo,
Lequerica confiaba aún en
Mc Cloy y en muchos otros “elementos sólidos de la
Administración y de la
propia Presidencia”, quienes, en principio, estaban
comprometidos con
posiciones de mayor firmeza [53].
El problema de la “inspección”, empero,
continuó siendo el tema
fundamental, al menos en apariencia, porque para
Lequerica seguían actuando
ciertas “corrientes ideológicas de política interna
alrededor de las
resoluciones más o menos favorables a Moscú”. Como
ya había señalado –
apuntó una vez más -, la izquierda liberal
norteamericana, infiltrada en las
estructuras del Estado y del poder, estaba muy
interesada en evitar la
severidad con la URSS. El embajador francés,
Seydoux, le contó una
conversación con Stevenson sobre los motivos del
“retroceso nada brillante
del gobierno soviético en los asuntos cubanos”, que
el diplomático galo
atribuía a la superioridad militar de Estados
Unidos. “No lo creo”, había
contestado Stevenson, “pienso que si ha adoptado
Rusia esa actitud es por no
perder la amistad de los países no alineados, los
neutralistas. El embajador
francés – subrayaba Lequerica – se llevaba las manos
a la cabeza, como creo
que también nuestro colega británico Sir Patrick
Dean (no confundirle con el
Dean norteamericano), y yo también, al escuchar
semejante confidencial
información” [54].
El 18 de noviembre se publicó, en el
suplemento ilustrado del New
York Times, el extracto de un reciente intercambio
de opiniones entre el
presidente de la firma Westinghouse, señor Knox, y
el premier ruso Nikita
Kruschov, en el que éste había aludido, entre otros
extremos, a las bases
norteamericanas en España. El mandatario soviético
recurrió a un cuento
tradicional ruso para tratar de explicar la esencia
de la crisis [55]:
Si el Gobierno de los Estados Unidos quería saber en
serio qué clase de
armas se encontraban a mano para la defensa de Cuba,
siguió diciendo, no
tenía más que atacar a Cuba y los americanos se
enterarían de la manera más
rápida posible. Luego añadió que no le interesaba la
destrucción del mundo,
pero que si todos nosotros deseábamos encontrarnos
en el infierno, nos
tocaba a nosotros el decidirlo. Dije que en caso de
encontrarnos en el
infierno, sin duda nos encontraríamos muy
acompañados allí.
El Sr. Kruschov entonces puso fin a nuestra
discusión sobre Cuba con una de
sus anécdotas tradicionales. Contó que una vez un
hombre se vino a menos y
se vio obligado a vivir con una cabra. Aunque el
hombre se había
acostumbrado al olor, seguía encontrándose molesto y
nunca pudo llegar a que
le gustara la situación. A pesar de todo, pronto se
convirtió en una manera
de vivir. Los rusos, añadió, habían estado viviendo
con una cabra que
adoptaba la forma de varios de los países de la OTAN
– hizo mención especial
de Turquía y de Grecia – y España. Los
norteamericanos tienen una cabra que
adopta la forma de Cuba. “Ustedes no están muy
contentos con ella y no la
querrán”, dijo, “pero aprenderán a convivir pronto”.
Toda la conversación, apostilló Lequerica,
revelaba la vacilación
innegable de los rusos en el conflicto
complicadísimo de Cuba, “en que han
entrado para colocarle la cabra a Estados Unidos
cerca de casa”. Pero,
además, estaba la referencia a España: “¿Por qué
nuestras bases? Pienso
ahora en la acción posible sobre África, en
particular del Norte –
Marruecos, Argelia y la misma Mauritania,
especialmente – sobre la que ellos
han tenido y podrían tener nuevas pretensiones, como
base también de ataque
contra Europa. No me atrevo a contestarme, pero si a
someter con especial
interés esta información a V. E.” [56]
Examinada la tramitación del conflicto,
escribió poco después el
delegado permanente de España en la ONU, Rusia y
Cuba habían sufrido en
conjunto “una fuerte derrota”, es decir, cuando los
soviéticos “armaron con
armas atómicas un país inmediato a Estados Unidos,
no cabe duda que su
propósito era hacer dormir a Norteamérica con la
cabra”, pero Estados Unidos
no se había acomodado a esta forma de “reposo”, y de
ahí que consiguiera, en
primer lugar, remover las bases atómicas y, en
segundo término, la
eliminación de los bombarderos más o menos obsoletos
[57].
Por otra parte, añadió Lequerica, se atribuía a
Stevenson la idea de
considerar a Fidel Castro como un posible Tito, “y
ya se sabe con cuanta
fruición mira la izquierda intelectual y política
norteamericana todos los
titoísmos”. Una izquierda que se basaba, para ello,
en precedentes
históricos como el del presidente de Venezuela,
Betancourt, “un
revolucionario arrepentido”. Sin embargo – subrayaba
el diplomático
español -, era precisamente el delegado de Venezuela
en la ONU uno de los
que veían la situación con más realismo y, en tal
sentido, había reiterado
su temor al contagio de los “titoísmos” que, “dado
su carácter que es el
nuestro, se extendería ese contagio con daño
incalculable en el Continente”
[58].
En fin, a la hora de encontrar culpables de la
“falta de decisión”
estadounidense, el representante de España pensó en
Stevenson y en sus
“aliados” liberales, “porque este hombre encantador
que es Stevenson
representa, en su tenaz y amable eclecticismo
revolucionario, todas las
fuerzas capaces de descomponer la voluntad del orden
occidental”. La
influencia de sus “temibles humanismos” en un gran
sector político, cuyo
portavoz “en muchas ocasiones solía ser la señora
Roosevelt”, no resultaba
nada fácil de superar. En el fondo, se lamentaba
Lequerica, “es la misma
tendencia, no me canso de repetirlo, que hizo perder
China y retroceder en
tantos otros puntos climáticos del mundo. A
nosotros, en la segunda mitad de
los cuarenta se intentaba, al servicio de ella,
entregarnos también al
enemigo. Ni asustaba entonces, ni asusta ahora,
frente a Cuba, la posible
caída de ese enemigo, en un mayor o menor o puro
comunismo. Todo es
preferible a un experimento de poder fuerte
derechista”. Su conclusión
resultaba lógica al provenir de un hombre de
convicciones profundamente
conservadoras: “No hay enemigos a la izquierda. No
conviene bombardearlos.
Dejémosles ir mejorando y limitémonos cuando se
excedan a volverlos a su
esfera de acción, se dicen los Stevenson y los U
Thant”. Quedaban, empero,
“otras fuerzas de buen sentido, entre las que se
cuentan Kennedy y su padre,
por fortuna bastante restablecido, y ellos se
encargan de enderezar las
cosas. ¡Pero con cuánto trabajo!” [59] Para un
hombre acostumbrado al
principio de autoridad y a la rotundidad del "poder
derechista" no le
resultaban fáciles de entender o no quería hacerlo,
en efecto, el juego de
equilibrio democrático ni la existencia, en el seno
de los grandes partidos,
de diferentes y complementarias sensibilidades,
gracias a las cuales, tal
vez, se alejó definitivamente la catástrofe.
[1]. Pueden mencionarse, como simple muestra, las
siguientes obras: Laurence
Chang y Peter Kornbluch (Ed.): The Cuban Missile
Crisis, 1962. A National
Security Archive. Documents Reader, The New Press,
New York, 1992 y 1998,
obra imprescindible por su documentación y, también,
porque ofrece una
cuidada selección bibliográfica y una útil
cronología de los
acontecimientos. También resulta muy interesante la
compilación comentada de
Mark J. White: The Kennedys and Cuba, Ivan R. Dee,
Chicago, 1999. Como obras
de testimonio y ensayo – y desde perspectivas
cubanas de ambos lados del
estrecho de Florida – cabe mencionar el texto ya
citado de Enrique Ros: De
Girón a la crisis de los cohetes. La segunda
derrota, Universal, Miami,
1995, y el de Carlos Lechuga: En el ojo de la
Tormenta. F. Castro, N.
Jruschov, J.F. Kennedy y la crisis de los misiles,
Si-Mar y Ocean Press, La
Habana- Melbourne, 1995. En internet pueden
encontrarse, asimismo, numerosas
direcciones con referencias interesantes.
[2] . F. Mankiewicz y K. Jones: With Fidel a
Portrait of Castro and Cuba,
1975, cito por la versión española: Con Fidel,
Euros, Barcelona, 1976:
149-150.
[3]. Preferimos utilizar cohete en lugar del término
misil, del ingles
missile, es decir, proyectil teledirigido, aunque
esté aceptado su uso en
español. Según el Diccionario Ilustrado Océano
(1994), misil o mísil vendría
del lat. missilis, arrojadizo.
[4]. “Delegación Cubana a la Reunión de Cancilleres
de Punta del Este”,
Revolución, La Habana, 17-01-1962: 1 y 6.
[5] . “Declaraciones de Fidel Castro con respecto a
la Conferencia de Punta
del Este y a la Asamblea del Pueblo”, Revolución,
23-01-1962: 1-4.
[6] . “Posición de Cuba en la OEA. Cuba no
capitulará”, Revolución,
26-01-1962: 8.
[7] . H. Thomas: Cuba. La lucha..., III: 1.755.
[8]. Texto completo en Cinco Documentos, Ciencias
Sociales, La Habana, 1971:125-173.
[9] . Ver, también, Revolución, 5-02-1962: 3-4.
[10]. Despacho de Tomás Suñer Ferrer, Santiago de
Chile, 26-02-1962 y
anejos de prensa (AMAE, R6901-12). La actitud del
diputado Hurtado y, de
hecho, del Partido Demócrata Cristiano dio lugar a
una polémica en la prensa
de la capital chilena.
[11]. Despacho de Jorge Taberna, La Habana,
1-06-1962 (AMAE, R6901-10).
[12]. Despacho de Jorge Taberna del 14-06-1962
(AMAE, R6901-10).
[13]. Despacho de Jorge Taberna del 28-06-1962 y
recortes de prensa
adjuntos (AMAE, R6901-10).
[14]. Ibídem.
[15]. Comunicación de Tomás Suñer y Ferrer, Santiago
de Chile, 24-09-1962 y
recorte adjunto de El Siglo, de la misma fecha
(AMAE, R6901-12).
[16]. “Probable bloqueo aeronaval a Cuba. Barcos y
aviones yanquis han
recibido órdenes de estar listos para el cerco”, El
Día, Santa Cruz de
Tenerife, 10-10-1962: 1 y 7.
[17]. Ver, al respecto, Ángel Viñas: Los pactos
secretos de Franco con
Estados Unidos. Bases, ayuda económica, recortes de
soberanía, Grijalbo,
Barcelona, 1981.
[18]. Emilio Núñez Portuondo, ex diplomático y
político del régimen de
Batista, y líder contrarrevolucionario apoyado
inicialmente por Estados
Unidos como posible alternativa a Fidel Castro.
[19]. Mensaje número 50, estrictamente confidencial,
de Lequerica, Nueva
York, 17-10-1962 y recorte adjunto del New York
Times (AMAE, R6900-18).
[20]. Despacho de Yturralde, Washington, 6-02-1961 y
recortes de prensa
adjuntos (AMAE, R6534-35).
[21]. Naciones Unidas. Asamblea General. Carta de
fecha 19-10-1962 dirigida
al Secretario General por el representante
permanente de Cuba ante las
Naciones Unidas, en español. Decimoséptimo período
de sesiones, 22-10-1962
(AMAE, R6900-18).
[22]. Ibídem.
[23]. Ibídem.
[24]. “Habla el Presidente”, despacho de Efe,
Washington, 22-10-1962, El
Día, Santa Cruz de Tenerife, 23-10-1962: 8.
[25]. “El Gobierno español fue previamente informado
por los Estados Unidos
de las medidas que se iban a tomar. Declaraciones de
un portavoz del
Ministerio de Asuntos Exteriores”, CIFRA, Madrid,
23-10-1962 (en El Día,
Santa Cruz de Tenerife, 24-10-1962: 1). Se hicieron
eco de las declaraciones
del gobierno de España, aparte de la prensa
nacional, periódicos de otros
países como Portugal – gracias a las gestiones del
embajador – y Bolivia
(Cartas de José Ibáñez Martín, Lisboa, 24 y
27-10-1962 y de Rafael Ferrer
Sagreras, La Paz, 24-10-1962, quien adjuntó recorte
de El Diario, AMAE,
R6900-21).
[26]. Naciones Unidas. Consejo de Seguridad. Versión
taquigráfica de los
discursos en español de la 1.022ª sesión, celebrada
en la Sede, Nueva York,
el martes 23 de octubre de 1962, a las 18 horas.
Intervención del Sr. García
Incháustegui (Cuba), (AMAE, R6900-18).
[27]. Ibídem.
[28]. Ibídem.
[29]. Naciones Unidas. Consejo de Seguridad. Versión
taquigráfica de los
discursos en español de la 1.023ª sesión, celebrada
en la Sede, Nueva York,
el miércoles 24 de octubre de 1962, a las 9 horas.
Intervención del Sr. Sosa
Rodríguez (Venezuela), (AMAE, R6900-18).
[30]. Ibídem.
[31]. Naciones Unidas. Consejo de Seguridad. Versión
taquigráfica de los
discursos en español de la 1.024ª sesión, celebrada
en la Sede, Nueva York,
el miércoles 24 de octubre de 1962, a las 18 horas.
Intervención del Sr.
Schweitzer (Chile), (AMAE, R6900-18).
[32]. Naciones Unidas. Consejo de Seguridad. Versión
taquigráfica de los
discursos en español de la 1.025ª sesión, celebrada
en la Sede, Nueva York,
el jueves 25-10-1962, a las 16 horas (AMAE,
R6900-18).
[33]. Mensaje nº 51, estrictamente confidencial de
Lequerica, Nueva York,
24-10-1962 (AMAE, R6900-18).
[34]. Ibídem.
[35]. Ibídem.
[36]. Ibídem.
[37]. Mensaje nº 52 estrictamente confidencial de
Lequerica, Nueva York,
26-10-1962 (AMAE, R6900-18).
[38]. Ibídem.
[39]. Se publicó, por ejemplo, en La Estrella de
Panamá del 27-10-1962:
“Franco ratifica su apoyo a E.U. en relación con la
crisis cubana” (recorte
adjunto a carta del embajador de España en Panamá,
Ricardo Muñiz, del
30-10-1962, en AMAE, R6900-21).
[40]. “Spain: No sympathy for Castro. Madrid Embassy
Guard Doubled”,
29-10-1962, recorte en AMAE, R6900-21.
[41]. Naciones Unidas. Asamblea General. A/5271.
Carta de fecha 28-10-1962
dirigida al Secretario General por el representante
permanente de Cuba ante
las Naciones Unidas, 29-10-1962 (AMAE, R6900-18).
[42]. Mensaje 54 estrictamente confidencial de
Lequerica, 31-10-1962 (AMAE,
R6900-18). Subrayado en el original.
[43]. Ibídem.
[44]. Ibídem.
[45]. Ibídem.
[46] . Mensaje 56 estrictamente confidencial de
Lequerica del 2-11-1962
(AMAE, R6900-18). Además añadió: “Entre paréntesis,
como español me
avergüenza bastante la catadura moral del que a
pesar de sus abominables
acciones pudo parecer en algún momento dotado por lo
menos de cierta
entereza, aun cuando fuera para el mal. No está
ahora muy lejos de ser lo
que llaman los franceses un triste sire. Quizás a
ello deba su salvación".
[47]. Despacho 532, reservado, del encargado de
negocios de España, La
Habana, 3-11-1962 (AMAE, R6901-10).
[48]. Mensaje 57 estrictamente confidencial de
Lequerica del 5-11-1962
(AMAE, R6900-18).
[49]. Ibídem.
[50]. Despacho 2253 reservado de Antonio Garrigues,
Washington, 6-11-1962 y
carta adjunta de W.F. Dallam, Jr. al coronel Gonzalo
Hevia, Washington,
3-11-1962 (AMAE, 6900-21).
[51]. Mensaje 58 estrictamente confidencial de
Lequerica, 7-11-1962 (AMAE,
R6900-18).
[52]. Mensaje 60 estrictamente confidencial de
Lequerica, 7-11-1962 (AMAE,
R6900-18).
[53]. Mensaje 65 estrictamente confidencial de
Lequerica, 16-11-1962 (AMAE,
R6900-18).
[54]. Mensaje 67 estrictamente confidencial de
Lequerica, 17-11-1962 (AMAE,
R6900-18). Subrayado y paréntesis en el original.
[55]. “The New York Times Magazine”, november 18,
1962, recorte en AMAE,
R6900-18.
[56]. Mensaje 69 estrictamente confidencial de
Lequerica, 19-11-1962 (AMAE,
R6900-18).
[57]. Mensaje 75 estrictamente confidencial de
Lequerica, 29-11-1962 (AMAE,
R6900-18).
[58]. Ibídem.
[59]. Mensaje 76 estrictamente confidencial de
Lequerica, 5-12-1962 (AMAE,
R6900-18). Subrayado en el original.