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EL ARTE DE LA GUERRA
ESPAÑA Y LA CRISIS DEL CARIBE

(Capítulo de Zona de Guerra de Manuel de Paz)



Por Manuel de Paz Sánchez*
Columnista
La Nueva Cuba
Abril 19, 2001


Encuentro sobradamente claro el resumen penetrante y agudísimo, modelo de periodismo, que hace el semanario Time de los acontecimientos, en su artículo principal. En él hay un párrafo de gran valor: “Hasta ahora – dice – no cabe duda de que el gobierno de los Estados Unidos ha actuado valiente y sagazmente. Ha forzado a la Rusia de Kruschov a echarse fuera de su desafuero cubano. Pero a medida que pasan los días existe también el sentimiento de que Estados Unidos puede también estar dejando escaparse grandes ventajas – subrayo – para la libertad”.

La manera de escribir anglosajona sabe bien V.E. que es distinta de la nuestra, y este retorcimiento da más fuerza aún al concepto, bastante duro.

Para completarlo, también arranco del mismo número de Time – aparecido anoche con fecha de pasado mañana – pues me impresionó desde que lo vi, la portada con el retrato de Kruschov. ¿Qué han querido hacer al publicar ese retrato, triste y bondadoso, como de párroco guipuzcoano, tan distinto del sujeto que trató tan bien Piniés en la Asamblea del 60? ¿Presentarle como un vencido apreciable con el que ya las conversaciones van a ser más fáciles?

¿Hacer para la opinión norteamericana la fisonomía del hombre bueno, víctima de los extremistas del Kremlin y a quien es preciso apoyar para evitar el mal mayor? No me atrevo a opinar, pero una portada de Time tiene siempre mucho alcance. Y además debe ser oficial la indicación de publicarlo, pues también Newsweek, acabo de verlo, publica una portada casi idéntica.

De un mensaje, estrictamente confidencial, del representante de España en la ONU, José F. Lequerica Erquiza, Nueva York, 7-11-1962.

La disputa entre Cuba y los Estados Unidos, exacerbada por la efectiva intervención militar soviética en la Isla, a raíz del envío de unas decenas de proyectiles nucleares de corto (MRBM) y medio (IRBM) alcance, junto a los equipos técnicos y humanos encargados de su control y funcionamiento, dio lugar a una crisis internacional de consecuencias imprevisibles. En ninguna otra ocasión el mundo ha estado más próximo a la tercera guerra mundial como en aquellos inciertos días de la segunda quincena de octubre de 1962, caracterizados por un tour de fuerza y un juego de estrategia entre las dos máximas potencias mundiales, cuya resolución constituyó uno de los acontecimientos fundamentales de la Edad Contemporánea [1].

Algunos autores, tanto cubanos como norteamericanos, han tratado de desmontar lo que definen como el “cuento de hadas” o el mito estadounidense sobre la resolución de la crisis, es decir, la configuración de un J. F. Kennedy como triunfador y héroe americano de Occidente frente a la terrible amenaza de la Unión Soviética, cuya virtual derrota se cristalizaría en el efectivo bloqueo marítimo de Cuba que impidió la llegada de barcos rusos y de cualquier otro país, sospechosos de llevar armamento o material sensible, y, más tarde, en el desmantelamiento de las plataformas de lanzamiento y en la retirada de los cohetes y bombarderos IL-28.

Determinados autores del exilio cubano rememoran también, en sus escritos, buena parte de su propia frustración personal pues, a partir de la aceptación norteamericana de la promesa de no invadir Cuba, percibieron como se alejaba, irremisiblemente, toda posibilidad real de derribar al régimen revolucionario mediante una intervención militar directa, y, en consecuencia, tuvieron la sensación de que había culminado una “traición” o, cuando menos, revivieron la indefensión en que había sido colocada la Brigada 2506 en abril de 1961, debido a la actitud zigzagueante y singularmente “neutralista” de los Estados Unidos.

Se ha considerado también, en este mismo ámbito, que el gran error del presidente Kennedy fue ceder o, incluso, proponer el intercambio de los cohetes rusos de Cuba por los norteamericanos de Turquía e Italia, y se ha señalado que debió ir más allá en su presión contra la URSS y exigir, de hecho, la desaparición del régimen revolucionario cubano. Ahora bien, no pocos estudiosos parecen confundir también la claudicación con la negociación y, por ello, tienden a olvidar importantes cuestiones de fondo como, por ejemplo, que la instalación efectiva de proyectiles balísticos en Cuba alteraba seriamente el equilibrio bipolar entre las dos máximas potencias mundiales.

Rusia, tras la crisis, obtuvo, en efecto, garantías para el futuro de Cuba, pero ésta quedó aislada y vigilada en su espacio natural y, lo que era más importante, se limitaron enormemente sus posibilidades para expandir su ideal revolucionario. La Unión Soviética trató de capitalizar esta única o casi única conquista efectiva porque, en alusión a una fábula narrada por Kruschov, los norteamericanos no se adaptaron del todo al “olor de la cabra”, es decir, a vivir bajo la cercana amenaza de los cohetes rusos, tal como los propios soviéticos vivían en la URSS respecto a las bases estadounidenses en suelo europeo, incluidas las de España.

Por otra parte, Estados Unidos, que siguió manteniendo su superioridad militar en todos los ámbitos, se alzó con una ventaja políticamente rentable: la que surgió del reforzamiento de su prestigio institucional en el seno del llamado mundo libre - su imagen de virtual vencedor -, al margen de su mayor o menor arrogancia a la hora de afrontar los acontecimientos.

América, pues, siguió siendo para los norteamericanos. Muchos gobiernos de América Latina se convencieron totalmente, además, de que Cuba era, en efecto, una amenaza contra la estabilidad y la paz, pero no lejana como Laos ni igualmente distante como el propio Berlín, sino enquistada en el corazón del hemisferio y, por otro lado, los programas de la Alianza para el Progreso se convirtieron, asimismo, en un lucrativo negocio para el sistema estadounidense, incluidas sus fábricas de armamentos y, por supuesto, para las clases dominantes que controlaban en Hispanoamérica el dinero y el poder.

En Cuba, por el contrario, las ilusiones continentales de Fidel Castro se hicieron trizas. Su viejo sueño bolivariano se enfrentó a una enorme decepción que ahora, por desgracia para él, no venía de reformistas como Rómulo Betancourt, el partidario de la “evolución” frente a la revolución como le confesó en Caracas a principios de 1959, sino de Nikita Kruschov, aquel que había amenazado “hipotéticamente”, en julio de 1960, con desatar - o casi - la tercera y última guerra mundial si Cuba era atacada por Estados Unidos. La indignación de Fidel Castro, como confesó en los años setenta a Frank Mankiewicz y Kirby Jones, resultó evidente, aunque reconoció que lo sucedido fue lo mejor que pudo haber pasado, en tanto que garantizó la seguridad de Cuba y evitó el estallido de una guerra termonuclear. ¿Se sintió usted decepcionado por la Unión Soviética y por la forma que revistió la decisión final?, le preguntaron, y respondió [2]:

Bueno, no nos sentimos del todo satisfechos y nos sentimos enormemente irritados. Pero, si somos realistas, y nos remontamos al pasado, comprendemos que nuestra postura no era correcta. Aunque nos oponíamos a hacer concesiones, ¿qué habría ocurrido si no hubiéramos hecho concesiones? La opinión rusa era que en aquellas negociaciones íbamos a conseguir dos objetivos: la promesa de no invadir Cuba, por un lado, y, por otro, eliminar el peligro de guerra nuclear.

Históricamente, se ha demostrado que Cuba no fue invadida y que el mundo se libró de la amenaza de una guerra nuclear. Se consolidó la Revolución y no nos vimos atacados. No hubo guerra y sí un período de relajación de las tensiones internacionales. Se consiguieron dos importantes objetivos políticos: la seguridad de Cuba y la paz mundial.

Nos irritamos y nos opusimos a hacer concesiones en las negociaciones, pero en una negociación hay que hacer concesiones. Con toda honradez les digo ahora, que la Historia ha demostrado que la posición soviética era la correcta.

Nos molestaron cuestiones de forma, ciertas formalidades en el método de llevar las negociaciones. Pero no vale la pena discutirlas, porque en aquella ocasión la esencia de los problemas era más importante que la forma.

Lo importante en la escala de valores era la seguridad de Cuba y la prevención de una guerra mundial. Les estoy respondiendo con franqueza y honradez. No hay duda de que, al analizar los resultados, se ve que Estados Unidos hizo la promesa de no invadir Cuba: una promesa real, y todo el mundo lo sabe. Esa es la verdad.

En estas páginas, sin embargo, lo que nos proponemos es tratar de analizar la visión diplomática española sobre esta serie de acontecimientos que, arrancando de la cumbre de la OEA en Punta del Este (Uruguay) a mediados de enero de 1962, culminará en la propia crisis de los misiles, crisis del Caribe o crisis cubana de los cohetes [3], como se la conoce generalmente.

A Punta del Este acudió, en efecto, la delegación cubana encabezada por el presidente Osvaldo Dorticós Torrado, quien asumió el cargo de ministro de Exteriores, mientras que el titular de la cartera, Raúl Roa, le acompañó junto a otros delegados como embajador especial [4]. El día 22 de enero, coincidiendo con la inauguración de la Conferencia, Fidel Castro declaró que Cuba no iba a la reunión a que “le perdonen la vida, sino que va allí a acusar, porque contamos con la solidaridad de todos los pueblos. Vamos a pedir allí que se sancione a los gobiernos de los Estados Unidos, de Nicaragua y de Guatemala, por la invasión de Playa Girón”, y afirmó también que Cuba, a diferencia del resto de los pueblos latinoamericanos, tenía “con qué defender nuestra soberanía, porque tenemos las armas para defenderla, y, sobre todo, tenemos lo más importante, tenemos todo un pueblo para defender esa soberanía” [5]. ¿Se refería, únicamente, al armamento convencional y al rearme moral del pueblo cubano o, de alguna manera, pretendía ir más allá y esbozar una realidad, una intención, un deseo?

La declaración formal acerca de la posición oficial de Cuba, leída en Punta del Este por Osvaldo Dorticós en su intervención nocturna del 25 de enero, afirmaba rotundamente que su país no tenía pactos ni vínculos militares con ningún otro Estado extra-continental, pero aseguraba también, en el punto tercero, que “por necesidades imperiosas de su defensa, Cuba ha desarrollado un dispositivo militar poderoso, capaz de derrotar y aplastar cualquier intento de avasallar su soberanía o violación de su territorio nacional. Playa Girón – continuaba Dorticós – fue la muestra inicial de la capacidad defensiva del pueblo cubano, y quienes intenten ponerla de nuevo a prueba, pagarán con su destrucción esa osadía” ¿Se trataba, únicamente, de una baladronada o de una amenaza, sin más, de los orgullosos revolucionarios cubanos? El máximo representante de la delegación antillana, sin embargo, aseguraba también que Cuba había acumulado tal poderío militar exclusivamente para su defensa, puesto que, como había afirmado Fidel Castro en su discurso del 2 de enero, “nuestras armas no son armas ofensivas, nuestras armas no son idóneas para desarrollar una guerra ofensiva, ni jamás necesitaremos ese tipo de armas. Nuestras armas son armas defensivas, armas para defender a la nación, y para tomar la ofensiva, dentro de la nación, contra cualquier enemigo que nos ataque”, y había señalado igualmente que “jamás esas armas significarán ningún peligro, ni para el territorio ni para las fronteras de ningún país de América. Estas armas jamás afectarán la seguridad de ningún pueblo” [6].

La Conferencia decidió simplemente, como apunta Thomas, que Cuba se había situado de forma voluntaria fuera del sistema interamericano, sin que los Estados Unidos consiguieran arrancar a los demás países una condena unánime del comunismo cubano. Brasil, Argentina, Méjico, Chile, Bolivia y Ecuador se abstuvieron de votar [7], y Fidel Castro apeló a los pueblos iberoamericanos, algo después, para que se levantaran contra el imperialismo. En efecto, en la que sería conocida como Segunda Declaración de La Habana [8], del 4 de febrero de 1962, afirmó que la OEA no era más que un ministerio de colonias yanqui y que la estrategia del pueblo cubano se concretaba en fortalecer su unidad, reforzar la defensa de la revolución y trabajar más a favor del desarrollo económico [9].

Las campañas de la izquierda hispanoamericana, muchos de cuyos representantes acudieron a La Habana por aquellas fechas, sirvieron de caja de resonancia a favor de Cuba. En Chile, por ejemplo, el país fue movilizado de norte a sur desde fechas previas a la reunión de Punta del Este, lo que determinó, según el embajador de España, su posición abstencionista. “La mística marxista – afirmaba Tomás Suñer – hace por solidaridad hacia Cuba lo que no podría hacer todo el dinero yanqui para propaganda a favor de la Alianza para el Progreso, pongo por caso”. Además, el intercambio de políticos y activistas entre Chile y Cuba era constante. “Ciertamente cuestan dinero estos viajes. Lo hay. Con mucha frecuencia aparecen crónicas de chilenos en visita a Cuba; por supuesto crónicas propicias a la obra castrista. Destacados hombres públicos, entre ellos Salvador Allende, candidato de la izquierda en las pasadas elecciones presidenciales, acudieron a la Conferencia convocada en La Habana en réplica a la de Punta del Este”. Pero, lo más alarmante era la actitud de algunos sectores políticos democristianos y, por tanto, “dogmáticamente opuestos a lo que el castrismo significa”. Así, el diputado demócrata-cristiano Patricio Hurtado había participado también en la reunión de La Habana e intervino además, a su regreso a Chile, en la asamblea del Teatro Caupolicán, abarrotado de público. Una de las interpretaciones era que la izquierda chilena se sentía fuerte porque la derecha, que había perdido terreno en las últimas elecciones, “acusa discordias y también un menor impulso propagandístico que el tenazmente desplegado por sus opositores”, que actuaban en la vida pública del país “con percusión cada día más acentuada” [10].

En Cuba continuaban estrechándose, mientras tanto, sus vínculos con la Europa del Este. El viceministro Carlos Oliveras Sánchez dejó su cargo en La Habana y fue destinado a la Embajada de Cuba en Moscú, además se firmaron nuevos acuerdos de carácter técnico y económico con la Unión Soviética y se promovió una intensa campaña para la prestación del trabajo voluntario en la zafra, que entraba en su fase final sin culminar los objetivos propuestos. Se había lanzado también, desde las páginas del periódico comunista Hoy, una “campaña muy desagradable” encabezada por el poeta Nicolás Guillén, al objeto de cambiar el nombre al faro del Castillo del Morro, “General O´Donnell”, pues en opinión de Guillén se trataba de “una de las figuras más repulsivas de la España colonial en América” y, en consecuencia, pedía que se le pusiese el nombre del poeta Plácido (Gabriel de la Concepción Valdés), “que fue mandado a fusilar por el capitán general español por participar en una de las intentonas independentistas en la conspiración de 1844” [11], que fue conocida como Conspiración de la Escalera, aunque lo cierto es que no está claramente demostrada la implicación del notable vate romántico en este episodio de la historia colonial.

Como nuevo representante de Rusia en La Habana, tras la marcha de Kudriavtsev, fue designado Alexander Alexeiev. El primero, según el encargado de negocios de España, “fue despedido sin ruido y con el mínimo de honores y solemnidad que podrían hacerse al representante de la gran potencia en la que se apoya Cuba”. También visitó La Habana por aquellos días el ministro de Relaciones Exteriores de Polonia, Adam Rapacki, quien dictó una conferencia en la Universidad, en la que expresó convicciones pacifistas y subrayó que las contradicciones entre los Estados debían solucionarse por la “emulación pacífica y no por la competencia de los armamentos”. También fue destacado en la prensa un discurso de Kruschov, que había sido pronunciado con motivo del acto de despedida de un millar de jóvenes cubanos que acababan de graduarse en la URSS, y en el que el premier soviético reiteró la promesa de ayudar a Cuba como lo estaba haciendo y de pagar con ello “el tributo debido al leninismo” [12].

Aparte de las frecuentes declaraciones de Kruschov, de las palabras de aliento del polaco Rapacki y de los halagos del embajador búlgaro Constantin Michev, que por cierto había luchado en las Brigadas Internacionales durante la guerra civil española, prodigados a raíz de una exposición sobre la vida de Jorge Dimitrov, cuya figura pretendió identificarse en cierto modo con la de Fidel Castro, tampoco faltaron actos de confraternidad con Corea del Norte, un país con el que los cubanos pretendían compartir “la derrota de los norteamericanos en las dos agresiones, la del paralelo 28 y Playa Girón”. En uno de sus discursos, además, Raúl Castro echó la culpa de todos los males de Cuba a Estados Unidos, “amenazando con las peores represalias a los enemigos de la revolución”, lo que debió contrastar con los entusiastas preparativos de la delegación cubana que se preparaba para asistir al Congreso por el Desarme y la Paz, cuya celebración estaba prevista en Moscú entre el 9 y el 14 de julio de 1962. Juan Marinello, rector de la Universidad de La Habana, pronunció a su vez una conferencia en la que, según Jorge Taberna, siguió “las tácticas pacifistas del comunismo internacional” y subrayó que, “desatada una guerra nuclear, nuestro país sufriría de inmediato y de una forma desoladora la forma del imperialismo belicista” [13].

Por otra parte, en el ámbito interior, destacaba la estancia del presidente Dorticós en Cárdenas, que estuvo motivada porque tanto esta ciudad matancera como la cercana población de Varadero habían sido escenarios de “una serie de manifestaciones y contramanifestaciones en pro y en contra del régimen cubano”, protestas que se repitieron tras la visita del mandatario, puesto que Cárdenas tenía fama de ser “uno de los focos de descontento” contra el gobierno. Dorticós aseguró que no habría “ni un solo momento de retroceso” frente a los contrarrevolucionarios, que pretendían sembrar la confusión y aprovecharse de la estructura social de Matanzas.

“Sabemos por ejemplo –afirmó – que en esta provincia se ha pretendido y se pretende provocar la desconfianza y desaliento de los pequeños productores agrícolas, de lospequeños agricultores de la región”, y reconoció que la revolución podía cometer errores, pero dijo, también, que serían reparados de inmediato, pues las personas que “dirigen a todos los niveles esta Revolución ni son ladrones, ni son traidores ni son inmorales y por ello nos sobra fuerza moral para salir al paso a los ladrones de ayer, a los inmorales de ayer y a los traidores de ayer”. La devolución de algo más de medio centenar de fincas en Matanzas, que habían sido ocupadas de forma indebida, se inscribió oficialmente en los planes para aumentar los rendimientos de la agricultura, aunque esta medida se tomó después de los sucesos de Cárdenas y fue elogiosamente comentada por la prensa como parte de la "ofensiva contra la contrarrevolución”. Al mismo tiempo aumentó la campaña en contra de los acaparadores y especuladores del mercado negro, y Fidel Castro anunció, en el curso de una visita a la región oriental del país que duró más de una semana, la celebración del aniversario del 26 de Julio en Santiago de Cuba.

Este anuncio fue relacionado por Jorge Taberna con las especiales circunstancias por las que atravesaba la revolución, “pues parece señalar que el propio Fidel Castro desea recordar a su pueblo los comienzos de su movimiento” [14].

En septiembre, sir Bertrand Russell, otro de los grandes peregrinos europeos hacia Cuba en esta primera etapa de la revolución, dio muestras de simpatía hacia el régimen cubano, y se opuso a la posibilidad de un estallido bélico que conduciría a la humanidad al holocausto nuclear. Sus declaraciones, publicadas en Revolución y reproducidas en otros muchos periódicos del mudo, criticaban la actitud agresiva de Estados Unidos y asombraron al embajador de España en Chile por su acusado izquierdismo.Afirmaba Russell, entre otras cuestiones que [15]

El problema ante el mundo es ahora grave e ineludible. ¿Puede permitirse ahora que las naciones resuelvan sus disputas por medio de la guerra que llevará inevitablemente al holocausto atómico que terminará con la humanidad, o deben todas las naciones renunciar a la guerra? Un ataque a Cuba por parte de los EE.UU. puede conducirnos a una guerra atómica, y por esta razón debemos oponernos a él resueltamente.

Ningún Estado tiene el derecho de dictar a Cuba, ni a ninguna otra nación, la forma de dirigir sus propios asuntos. Cuba, al menos, después de medio siglo de dominación norteamericana, está en condiciones de construir viviendas y escuelas, de estimular la educación y la cultura, de abolir la pobreza, la enfermedad y la miseria humana. La Revolución cubana merece confianza y estímulo, y no hostilidad ciega.

Menos de dos semanas más tarde, la prensaoccidental se hizo eco del “probable bloqueo aeronaval” de Cuba, puesto queWashington quería impedir el tráfico de armas con destino a la Isla.

Según la información publicada por el periódico Ya de Madrid, que reprodujo inmediatam ente El Día de Santa Cruz de Tenerife, el estado mayor yanqui creía saber que, al menos, quince bases de lanzamiento de cohetes antiaéreos, “algo así como unos Nike-Zeus rudimentarios” habían sido instaladas ya por los rusos en la Perla de las Antillas. Según fuentes oficiales, barcos y aviones norteamericanos estaban preparados para llevar a cabo un efectivo bloqueo de Cuba, cuyo croquis se hacía público con bastante detalle, y se argumentaba para ello el incremento constante del poderío militar soviético en la Zona, a base de modernos reactores, al tiempo que continuaba la arribada a la Isla de técnicos y asesores rusos. Se entendía, además, que el bloqueo de Cuba no era difícil de llevar a cabo, puesto que sólo disponía de dos grandes puertos marítimos, La Habana y Santiago de Cuba, y los pequeños resultaban fáciles de neutralizar. Se había calculado, además, que la medida sería suficiente para doblegar a los cubanos, dado que “Cuba es un país de monocultivo y falto de industria. Por añadidura su economía está arrasada por tres años de castrismo. Y nada sabría hacer para resistir... En todo caso, la sentencia parece haber sido dictada: el régimen de Fidel Castro ha firmado su propia pena de muerte, aliándose con Moscú. ¡Con Moscú, que le verá, en último trance, perecer, sin ayudarle...!” [16]

Unos días después, Lequerica remitió desde Nueva York, en tanto que representante máximo de España en Naciones Unidas, el primero de una interesante serie de mensajes “estrictamente” confidenciales sobre la crisis. Obsesionado como otros muchos políticos de su generación por la tramoya del poder, trató de mantenerse informado, en la medida de sus posibilidades, sobre las verdaderas intenciones de Estados Unidos, e intentó captar la actitud de sus colegas hispanoamericanos.

Sus informes, brillantes e irónicos en no pocas ocasiones, tratan de dibujar el perfil de los acontecimientos en relación con España, una potencia de segundo orden que vivía, con notable preocupación, el desarrollo de los acontecimientos y que, a causa de la existencia de bases norteamericanas en su territorio [17], se veía también en la primera fila de los hechos, aunque, de forma más o menos ocasional, no es difícil percibir cierta simpatía por Cuba, en tanto que hija favorita, aunque "equivocada", de la gran familia española.

Llamaba la atención Lequerica sobre una noticia, recién publicada en The New York Times, acerca de la desconfianza que había mostrado el Subcomité de Seguridad Interna del Senado contra William Wieland, un funcionario del equipo de Kennedy sospechoso nada menos que de “complicidad” con Cuba. “Es típico – aseguraba el diplomático español – y una pintura perfecta de los tremendos peligros del Departamento de Estado en los asuntos políticos.

Nosotros lo hemos padecido y desde el año 48 he venido siguiéndolo de cerca” . Convencido de la existencia de infiltrados de ideas progresistas – comunistas o criptocomunistas – en el nudo gordiano de la Administración estadounidense, comentaba anonadado que era “inútil indignarse, pues corresponde a sólidos principios de la vida norteamericana”. El representante de España en la ONU destacó, incluso, la actitud irascible del presidente Kennedy, cuando “se lanzó casi violentamente, contra su costumbre, contra la periodista Sarah McGlendon, acusadora en una conferencia de prensa”, y trajo a colación una anécdota narrada por su estrecho colaborador Jaime de Piniés, quien le había dicho que “nuestro amigo Portuondo [18]” consideraba a Wieland un auténtico comunista. “Le preguntaban qué razón tenía para acusarle de comunista, y Portuondo contestaba que él había sido político en Cuba; que conocía bien a su gente y que sabía perfectamente quien era ese granuja”. Sin embargo, sentenciaba Lequerica, se tropezaba con la falta de “una prueba estrictamente judicial en estas materias, con la que despejar prácticamente los caminos de la investigación y de la defensa” [19].

La polémica sobre la infiltración progresista en el seno de la Administración norteamericana no era nueva, pues, a principios de febrero de 1961, el embajador de España en Washington se había hecho eco de las declaraciones de los antiguos representantes de Estados Unidos en la Cuba de Batista, los embajadores Gardner y Smith, quienes habían asegurado, en su comparecencia ante el Senado, que los verdaderos responsables de la “pérdida de Cuba” para el Hemisferio occidental habían sido Roy Rubotton, un alto cargo del Departamento de Estado; el citado William Wieland, jefe, a la sazón, del Departamento de Asuntos Mejicanos y del Caribe y, en tercer lugar, el propio Herbert Matthews del New York Times [20].

El decimoséptimo periodo de sesiones de la ONU tropezó, a su vez, con un problema de consecuencias insospechadas. El 22 de octubre se hizo circular una carta en la Asamblea, que había sido entregada al Secretario General por el delegado permanente de Cuba, Mario García Incháustegui, en cumplimiento de “instrucciones expresas del Gobierno revolucionario”. El comunicado destacaba los ataques que, en el curso de los últimos meses, se habían dirigido contra territorio cubano bajo una de las “formas más típicas de la piratería internacional”, especialmente por embarcaciones “piratas” que habían abordado a patrulleras del gobierno cubano, así como otras incursiones practicadas contra La Habana en el mes de agosto, y varios ataques más de organizaciones anticastristas como Alfa 66, a los que se sumaban “centenares de violaciones denunciadas por Cuba, desde el 1º de julio de este año, a través del Ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, del espacio aéreo y marítimo de Cuba por aviones a buques mercantes que, dentro de nuestras aguas jurisdiccionales, se dirigen a nuestros puertos” [21].

Estas acciones, según la misiva del Gobierno revolucionario, se sumaban a la “brutal coacción ejercida por el Gobierno de Estados Unidos sobre algunos de sus aliados para que supriman su tráfico marítimo con Cuba”, y a las propias amenazas de sectores del exilio cubano contra intereses de países no comunistas. “Puede, pues, afirmarse categóricamente, que elementos contrarrevolucionarios cubanos, actuando con total impunidad, conocimiento y amparo de las autoridades norteamericanas, ejecutan acciones típicas de piratería internacional”, tal como parecía demostrarlo la agresión realizada, asimismo, el 10 de septiembre de 1962. “La reacción del Gobierno de los Estado Unidos de América ante esas evidencias concluyentes, ha sido en todo momento tortuosa y cómplice”, puesto que periódicos como el New York Times, del 11 de octubre, exhortaban al Gobierno norteamericano a que prohibiera “la preparación de expediciones contra países con os que estamos en paz”, dado que la indiferencia de las autoridades estadounidenses constituía un clara violación de las leyes de neutralidad vigentes. “No puede ser más flagrante la complicidad del Gobierno de Estados Unidos con esos delitos internacionales cometidos por personas que se encuentran en territorio norteamericano, realizan la agresión con barcos y armamentos norteamericanos y regresan a territorio norteamericano para confesar pública mente sus actos vandálicos” [22].

El portavoz de la Casa Blanca, Lincoln White, había declarado el 12 de octubre, a su vez, que Estados Unidos había informado a Gran Bretaña de que no podía garantizar la seguridad de su navegación en el Caribe “contra ataques armados de exilados anticastristas cubanos” aunque, según aseveró también, “tales ataques no son aprobados por el Gobierno norteamericano”. La política exterior estadounidense, concluía la epístola, “es contemporánea de la época de la jungla” y se caracteriza, sin disimulos ni escrúpulos, po la “proclamación abierta de una línea de agresión y de fuerza que, con violación de los más elementales principios del derecho internacional y de la Carta de la Organización de las Naciones Unidas, lleva adelante el Gobierno imperialista de Estados Unidos contra la República de Cuba” [23].

La respuesta más contundente a estas acusaciones revolucionarias fue el conocido discurso del Presidente J. F. Kennedy, en el que denunció el desarrollo del poderío militar ruso e Cuba y apuntó, entre otras cuestiones, que “en la aprisionada isla se están construyendo una serie de instalaciones de lanzamiento de proyectiles dirigidos”, al tiempo que se situaban en territorio cubano bombarderos a reacción soviéticos con capacidad para transportar armas nucleares. “Esto constituye una amenaza para la paz y la seguridad en toda América” aseguró igualmente, y subrayó que “nuestra política ha sido de paciencia,como corresponde a una nación fuerte, pero ha llegado el momento de tomar decisiones”, po lo que procedió a anunciar los famosos siete puntos del plan inicial para hacer frente a la crisis [24]:

1)Detener la construcción de las bases por medio de una estricta cuarentena sobre todos los equipos militares que están siendo enviados a Cuba.

2)Una constante y creciente vigilancia de Cuba y su crecimiento militar.

3)Considerar cualquier proyectil dirigido nuclear lanzado desde Cuba contra cualquier nació del hemisferio occidental, como un ataque de la URSS contra los Estados Unidos, querequiere una total represalia contra la Unión Soviética.

4)Reforzamiento de la base norteamericana de Guantánamo, en el sureste de Cuba, y la evacuación de los familiares del personal militar de servicio en ella. Se enviarán unidades militares adicionales que permanecerán en estado de alerta constante.

5)Convocar esta noche una inmediata reunión del órgano consultivo de la Organización de Estados Americanos para considerar “esta amenaza al hemisferio occidental e invocar los artículos VI y VII del tratado de Río en apoyo de toda acción necesaria”.

6)Solicitar esta noche una reunión extraordinaria del Consejo de Seguridad de las Nacione Unidas para que “actúe sin demora contra las últimas amenazas soviéticas a la paz mundia”.

7)Pedir al jefe del Gobierno soviético, Nikita S. Kruschov, que detenga y elimine esta clandestina y provocadora amenaza a la paz mundial y el establecimiento de relaciones normales entre Cuba y los Estados Unidos.

La orden de bloqueo, que entraría en vigor a las dos de la tarde, hora de Greenwich, del 24 de octubre de 1962, generó una enorme tensión entre las dos potencias mundiales y preocupó, seriamente, a todos los países del planeta. Un portavoz oficial del Ministerio de Asuntos Exteriores de España indicó, el 23 de octubre, que el gobierno de Franco había sido informado, previamente, de las medidas que se iban a adoptar, “de acuerdo con los convenios de defensa hispano-norteamericanos” que preveían consultas para determinar la importancia de la “amenaza contra la seguridad de Occidente, y del modo de utilización de todos los medios comunes de defensa”. Concretaba el comunicado español, además que [25]

España, interesada fundamentalmente en el mantenimiento de la paz, observa con preocupación los progresos de la intervención soviética en Cuba, con graves riesgos para una zona del mundo con la que se siente tan vinculada por lazos históricos y actuales. La suerte del pueblo cubano y los sufrimientos que para él puedan derivarse de esta situació , llegan muy directamente al corazón de todos los españoles. El Gobierno español entiende al mismo tiempo, que la paz, la libertad y el respeto al orden jurídico son indivisibles y que es necesario mantener la misma orden de alerta y el mismo espíritu de defensa contra la agresión en otras regiones del mundo igualmente amenazadas.

La sesión del Consejo de Seguridad de la ONU del propio martes 23 de octubre, que fue presidida por el representante ruso Zorin, conoció las declaraciones del delegado de Cuba quien rechazó, "por falsos y deshonestos, todos los cargos del Presidente de los Estados Unidos, ahora repetidos aquí por su representante en Naciones Unidas", Stevenson. García Incháustegui subrayó que el pueblo y el gobierno de Cuba se habían visto precisados a armarse defensivamente para hacer frente a las "reiteradas agresiones del Gobierno norteamericano" y, en este sentido, recordó las palabras de Dorticós ante la Asamblea General celebrada poco tiempo antes.

"Si Estados Unidos fuese capaz de dar a Cuba garantías efectivas y satisfactorias con respecto a la integridad de nuestro territorio y cesara en sus actividades subversivas y contrarrevolucionarias contra nuestro pueblo, Cuba no necesitaría fortalecer su defensa, no necesitaría ni siquiera ejército, y todos los recursos que aquélla demanda los invertiríamos gustosamente en el desarrollo económico y cultural de nuestra nación". En esta línea, el delegado cubano recordó los atentados cometidos contra intereses revolucionarios y las recientes violaciones del espacio aéreo de la Isla y afirmó, entre otras cuestiones, que "los monarcas de la Edad Moderna, en sus rivalidades imperialistas, resultaban ser más respetuosos del Derecho Internacional que el Gobierno de los Estados Unidos en la edad de las Naciones Unidas y de la cooperación internacional", actitud que, además, entraba en flagrante contradicción con los acuerdos de la Convención de 1928 de Deberes y Derechos de los Estados en caso de luchas civiles [26].

"Sería bueno – afirmaba también el diplomático cubano - que los representantes del Consej y todos los representantes ante Naciones Unidas, en estos instantes en que una guerra nuclear amenaza al mundo por la agresión norteamericana a Cuba, examinaran, a la luz de l Carta de Naciones Unidas y del derecho internacional, los hechos de estas relaciones entre Cuba y los Estados Unidos". Se preguntó, asimismo, qué razón tenían los Estados Unidos para pedir el desmantelamiento de las plataformas de cohetes teledirigidos y el desarme, cuando eran ellos, precisamente, los que ocupaban en la propia Cuba "una base contra la voluntad de nuestro pueblo, y en su territorio continental y en todo el mundo poseen bases que sí son bases agresivas contra Estados miembros de esta Organización".

García Incháustegui aseguró también, en nombre del gobierno revolucionario de Cuba, que el bloqueo naval decretado unilateralmente por los Estados Unidos es un acto de guerra contra la soberanía y la independencia de nuestra patria, que nuestro pueblo resistirá de todas formas y por todos los medios". Los Estados Unidos, añadió, habían fracasado en todas sus tentativas para destruir la revolución, "ahora ensayan la medida última: la guerra, aunque ella ponga en peligro la vida de millones de hombres en todo el mundo" [27 .

Finalmente, aparte de solicitar la retiradainmediata de las fuerzas militares estadounidenses en la Zona del Caribe y la supresión del "bloqueo ilegal", el representante de Cuba se ratificó en su convicción de que la Unión Soviética no iba a aceptar la invitación norteamericana para realizar negociaciones directas entre ambas potencias [28]:

Los Estados Unidos llaman por último a la Unión Soviética a discutir con ellos los problemas cubanos. No se dan cuenta que la mayoría de los Estados del mundo respetan a Cuba y que entre esos Estados que respetan a Cuba, que respetan la soberanía cubana, está la Unión Soviética. Acostumbrados a resolver los problemas al estilo colonial, se olvidan que las relaciones de Cuba con los demás Estados son relaciones basadas en la igualdad y en el respeto a la soberanía, y que nadie más que Cuba tiene el derecho de discutir y decidir soberanamente sus diferencias con los Estados Unidos.

El representante de Venezuela, Sosa Rodríguez, que intervino al día siguiente, destacó la tirantez existente entre Cuba y otras repúblicas americanas, especialmente del área del Caribe, y, aparte de subrayar el alcance y la gravedad de las instalaciones militares en Cuba, aseguró también que el régimen comunista de Fidel Castro no se contentaba "con circunscribirse a sus fronteras, sino que pretende exportar su sistema a las otras naciones del Continente". Por ello señaló que "la existencia de tales armas en poder de Cuba constituye, indiscutiblemente, una amenaza a la paz y a la seguridad del resto" de América. Esta grave preocupación de todo el Hemisferio americano se había puesto de relieve, además, en la "resolución aprobada ayer en la Organización de Estados Americanos por 18 países latinoamericanos, incluyendo entre ellos a los tres de mayor extensión y población: Argentina, Brasil y México", mediante la que solicitaban, de acuerdo con las peticiones estadounidenses, el desmantelamiento de las bases de cohetes establecidas en Cuba y, asimismo, se recomendaba a los Estados miembros que, de acuerdo con los artículos 6 y 8 del Tratado de Asistencia Recíproca de Río de Janeiro, tomasen tanto individual com colectivamente todas las medidas necesarias, incluso de carácter militar, al objeto de evitar que el gobierno de Cuba continuase "recibiendo material bélico capaz de amenazar l paz y la seguridad del Continente" [29].

Se consideraba necesario, por lo tanto, que el Consejo de Seguridad no sólo impidiese la llegada a Cuba de nuevo material atómico sino que, además, fuesen desmanteladas las bases de lanzamiento de misiles, para evitar el inmenso peligro que representaba la existencia dearmas nucleares en una región tan agitada como la del Caribe, al tiempo que se esperaba que la Unión Soviética comprendiese la "enorme ansiedad que dichas bases están causando a todas las naciones, sin excepción, del Continente americano y que colabore a remover este grave peligro de una guerra en nuestro Continente".

Ya basta, concluía el representante venezolano, que tales armas de destrucción masiva estuviesen en manos de las potencias nucleares, "para que se acepte ahora, con indiferencia, que se entreguen esas armas al único Gobierno comunista en América, con el fin de incrementar su poderío militar a tal punto que podría dominar sin discusión cualquiera de nuestras Repúblicas americanas, o precipitar al mundo en una hecatombe nuclear". La sensatez y el espíritu de entendimiento debían prevalecer, en fin, entre las dos máximas potencias, de modo que encontrasen una solución adecuada ante la gravedad de la crisis mundial [30].

El representante de Chile, Schweitzer, insistió en los planteamientos del delegado de Venezuela y recordó que su país había observado, desde siempre, "una actitud serena" en e caso de Cuba. "Hemos estado en desacuerdo con Cuba pero no la hemos atacado. Por el contrario, mantenemos con ella relaciones normales". Tras analizar el problema, sin embargo, concluyó que no quedaba más remedio que estar de acuerdo con el proyecto de resolución presentado por la delegación de Estados Unidos, tanto en lo tocante a la retirada de los proyectiles como al envío a Cuba, con la mediación del Secretario General de una comisión de observadores, cuya presencia en la Isla, sin embargo, había sido rechazada ya por el representante del gobierno revolucionario. "Hacemos un llamamiento fervoroso a Cuba para que acepte un procedimiento semejante", y subrayó que se trataba de una petición de un país que "sólo desea el bienestar y la felicidad del pueblo cubano, y el retorno de Cuba a la familia continental". Su intervención finalizó con expresiones de apoyo de Chile a las negociaciones directas entre las dos potencias mundiales, "no sólo para remover la actual amenaza a la seguridad del hemisferio occidental, sino también par remover otras amenazas en otras partes del mundo. El diálogo entre ambas potencias es un condición ineludible para el mantenimiento de la paz", y consideró igualmente que, "ante el impasse que pudiera producirse en el Consejo, mi delegación estima que correspondería al Secretario General tomar alguna iniciativa" [31].

Al día siguiente, el representante del gobierno cubano trató de sostener que Estados Unidos no había aportado, aún, pruebas suficientes acerca de la afirmación de Kennedy de que la Isla constituía una amenaza para los países del Hemisferio occidental, reiteró que “los armamentos que posee Cuba son exclusivamente de carácter defensivo” y que habían sido adquiridos, además, para hacer frente a la política “agresiva e intervencionista del Gobierno de los Estados Unidos contra Cuba” [32].

Según Lequerica, las sesiones del Consejo de Seguridad se desarrollaban en los términos previstos y nadie había adoptado, hasta el momento, “posturas insospechadas, como no llamemos insospechada a la bastante moderada de Rusia, que a los creyentes en el furor soviético les costará aceptar”. Añadía el veterano diplomático español que la experiencia de otras guerras demostraba que "la moderación no siempre se mantuvo por mucho tiempo", pero, a la misma vez, encontró "muy significativo y probablemente auténtico, este modo de abordar el problema por parte de Rusia", pues ni siquiera el temido primer encuentro entre barcos de ambas potencias parecía constituir, al menos en principio, un incidente decisivo, es decir, "con más o menos aire bélico" [33].

Las intervenciones de los delegados soviéticos no tenían, pues, "aire explosivo" y, según el representante de España, eran "quizás lo menos explosivo de todo este asunto", dado que parecían empujar a los "neutralistas", República Árabe Unida, Ghana y el propio Secretario General U Thant, "a buscar caminos de arreglo y proposiciones de invitación a la conversación". Fuera del marco de la ONU, por otra parte, causaba cierta preocupación la actitud de Estados Unidos, que se sentía apoyado por Europa y por todo el Continente americano y, desde luego, por su misma opinión pública, de ahí que no fuera fácil que aceptase nuevas dilatorias. "Así, pues, piensan en una acción tenaz y fuerte, sin que tiemble el pulso a este gran país en una hora tan delicada. Habrá luego muchos modos de explicar lo sucedido; no quedarán excluidos los encuentros, con contraproposiciones de puntos de vista más o menos próximos, pero el gran paso contra las bases - realmente importantes, que ayer nos explicaba Mc Cloy con un lápiz y un mapa y cuyo alcance, en el sentido literal del término, resultaba positivamente inquietante - no creo que admita retraso" [34]. Se aventuraba incluso, afirmaba el delegado español, la posibilidad de una efectiva invasión de Cuba por Estados Unidos, aunque con el auxilio "de los que aquí llaman latinoamericanos". La idea del desembarco, en efecto, bullía desde hacía tiempo en las mentes de algunos asesores de la Administración Kennedy, y era acariciada entre otros por Mc Cloy, el gran contacto norteamericano de la delegación española para todo el asunto de la crisis, un decidido partidario, al parecer, de la línea de acción directa frente al sector que, en el seno del propio gobierno norteamericano, apadrinaba soluciones más liberales. Además, tampoco podía olvidarse que una actitud firme respecto al problema podría beneficiar, hasta cierto punto, las expectativas electorales de los demócratas. "No oculto tampoco para completar el cuadro - aseguraba Lequerica -, el voto electoral presente en los comentarios de bastantes norteamericanos conocedores de las costumbres de su país, pues positivamente la conducta firme del Gobierno le favorece en la gran prueba votante a ventilar los primeros días de noviembre. No hay en ello demasiada exageración, pues las elecciones, y lo recuerdan todos lo que han sido candidatos, apasionan totalmente y no excluyen el empleo de todos los medios. Pero sería exagerado centrar aquí el problema" [35].

En términos generales podía afirmarse, con todo, que el estado de ánimo en la ONU se había calmado bastante, puesto que, tras el discurso de Zorín y del delegado cubano, "mejoró la temperatura". Hoy, afirmaba el representante de España, "las personas que se encuentra uno en la calle se sentían más satisfechas y confiadas". Quedaba, sin embargo, otro importante escollo por resolver, el de la incidencia de la crisis en otros puntos conflictivos del planeta y, particularmente, "la retorsión en Berlín, como respuesta a la decidida actitud de Estados Unidos" [36].

La posición de Estados Unidos se mantuvo inamovible en el mantenimiento del bloqueo marítimo y en la desaparición de las instalaciones de cohetes de Cuba. Al respecto, opinaba el delegado español, los norteamericanos parecían haberse aficionado a la acción directa y sin consultas, dado que no se había convocado a la OEA, ni se había celebrado conferencia de embajadores en Londres "para dar el paso más decisivo de la historia norteamericana, después de la segunda gran guerra". Esta sensación, que empezaba a ser percibida por algunos observadores, "primero alegra a Estados Unidos y, segundo, le marca el camino a seguir". Pero, al mismo tiempo, este nuevo y decidido espíritu de la primera potencia mundial no parecía satisfacer "demasiado a visibles y calificados amigos de Estados Unidos". Afirmaba, en este sentido, el diplomático español que, "en contacto constante con nuestros hermanos de América, les encuentro fríos y suspicaces al comentar la realidad, y esperanzados siempre de un arreglo" [37].

¿Se temía, pues, en Hispanoamérica que del duelo entre Estados Unidos y la Unión Soviética resultase un claro vencedor? La respuesta resultaba bastante obvia, al menos para Lequerica. "Al fin y al cabo - afirmó - estos países creen vivir del equilibrio yanqui-soviético, y la idea de una potencia sola, muy predominante, les seduce poco, aun cuando no se lo confiesen, ni naturalmente lo digan. Les preocupa un momento en el cual los Estados Unidos adoptarán netamente los métodos fundamentales anticomunistas para todo el Continente", pero es que, además, "igualmente añoran el equilibrio yanqui-soviético, sin decirlo tampoco, los incontables elementos de izquierda difundidos por toda la vida norteamericana y a los cuales ha traído ahora a mandamiento con la rapidez habitual, cuando llegan las grandes crisis, la Administración norteamericana", y, desde luego, también parecía preocupar esta posible ruptura del equilibrio mundial a los aliados europeos de Estados Unidos, ya que, según Lequerica, "tampoco en el fondo de su corazón seduce esto demasiado a algunos aliados europeos de Estados Unidos, y quizás sobre todo, a los británicos", por idénticas razones, "lo cual no quita para confiar en que aceptarán la dirección superior cuando llegue el momento" [38].

España ratificó al mismo tiempo, no sin el mal sabor de boca del que hablaba su embajador en la ONU, su apoyo a Estados Unidos, pero dejó claro que el verdadero enemigo no era Cuba, que se había convertido, más bien, en víctima del expansionismo soviético en el mundo occidental. Un despacho de la agencia de noticias AP, fechado en Madrid el mismo día 26 de octubre, recogía el comunicado emitido, tras una reunión de urgencia, por el gobierno español [39]:

Bajo la Presidencia del Jefe de Estado, fue convocada una sesión extraordinaria del Consejo de Ministros para examinar la situación internacional y en particular la crisis producida por la intervención militar de los soviéticos en Cuba, que ha alterado profundamente la situación estratégica en esa decisiva zona, no solo para América sino también para Europa.

El gobierno español ha ratificado su completa solidaridad con la acción del gobierno norteamericano, de acuerdo con nuestra actitud de luchar siempre contra el comunismo internacional, enemigo sistemático de la paz y del orden público.

El Consejo de Ministros ha estudiado las repercusiones concretas de la nueva situación.

Flanqueado por cuatro ayudantes y una secretaria, tal como lo describió Richard Scott del Chicago Daily News, el encargado de negocios de Cuba en Madrid, Manuel Quesada, denunció el bloqueo impuesto por Estados Unidos como una actuación claramente agresiva e intervencionista, y aseguró que los cohetes “are only for defensive purposes, to repel aggression”.

Cuando le preguntaron sobre el rechazo de su país a admitir una comisión internacional que inspeccionase la retirada de los cohetes teledirigidos, replicó “provided Cuba participated in the negotiations arranging for such inspection” [40].

Mientras tanto, el representante permanente de Cuba en la ONU dio a conocer, en la sesión del 29 de octubre, la misiva de Fidel Castro, fechada el día anterior, en la que se hacía pública la posición del gobierno revolucionario en relación con el acuerdo al que habían llegado las dos máximas potencias mundiales, es decir, la eliminación de las medidas de bloqueo militar y las garantías “contra una invasión de Cuba”, a cambio de la retirada por parte soviética de las “instalaciones de armas de defensa estratégica”, acuerdo que fue apostillado por Fidel Castro en el sentido de que no existirían tales garantías, ofrecidas por Kennedy, si además de la eliminación del bloqueo naval no se adoptaban varias medidas complementarias, que se centraban en el cese del bloqueo económico, la eliminación de todas las “actividades subversivas”, la finalización de los llamados “ataques piratas” y violaciones del espacio aéreo, así como también la bastante improbable “retirada de la base naval de Guantánamo y devolución del territorio cubano ocupado por los Estados Unidos” [41].

Lequerica comenzó por justificar, poco después, su propia utilización de telegramas cifrados para informar al Ministerio español de los últimos acontecimientos, con la esperanza – afirmó – de que “fueran descifrados” y se pudiera ver que la delegación española en la ONU no aceptaba, sin más, el planteamiento del problema cubano por Estados Unidos, “planteamiento en líneas generales, aceptable”, y, en cierto modo, también para tratar de "reactivar" la "vigilancia y reserva” de los americanos. El anciano y otrora implacable embajador de Franco en la Francia ocupada por la Alemania nazi podía errar, tal vez, en sus cálculos más optimistas sobre el interés de Estados Unidos por la actitud española ante el conflicto, pero no había perdido ni un ápice de su sagacidad y de su capacidad de observación. “En una negociación como la que ha llevado el Sr. Kennedy con el que ahora llaman aquí, amablemente, Chairman Kruschov y antes era el Dictador de Rusia, se han cambiado muchas palabras, y algunas pueden ser aprovechables por el enemigo. Entre ellas, la afirmación de Kennedy de dar seguridades contra la invasión de Cuba, que se ha interpretado como una garantía, para Fidel Castro, frente a otro intento de Estados Unidos, secundado por toda la América ibérica, como el que estuvo en el telar”. Es más, según indicó, existían ya “portavoces” del Departamento de Estado que habían procurado “suavizar este compromiso”, al que los delegados hispanoamericanos conservadores, “sobre todo nuestro amigo Sosa de Venezuela, han opuesto la más tenaz resistencia” [42]. Se trataba de una cuestión ciertamente fundamental.

Richard Boyce, un cronista “poco autorizado”, pero portavoz incondicional del Departamento de Estado, había comentado este asunto de la promesa de Kennedy de no invadir Cuba, y había señalado que, en la reunión celebrada poco después en Washington con los embajadores latinoamericanos, uno de ellos le había preguntado a Dean Rusk: ¿Están los Estados Unidos garantizando a Rusia que no habrá ninguna invasión de Cuba?, y la respuesta del Secretario de Estado había sido negativa.

Fuentes del gobierno, apuntaba también el periodista, habían señalado, además, que “por ahora ha sido diplomáticamente decidido dejar a Kruschov afirmar que él consiguió de los Estados Unidos la promesa de no invadir Cuba, si el premier soviético creía que era necesario hacer esta afirmación para el consumo interno”, pero ello “no obliga a los Estados Unidos” y, de hecho, se esperaba que Washington hiciese pública una declaración “afirmando que la política norteamericana hacia Castro no ha cambiado, pues la Casa Blanca conoce muy bien el problema que representa una Cuba comunista”. Lequerica, un tanto sorprendido por la evolución de los acontecimientos, confiaba aún en la posición de fuerza de Estados Unidos que, en el fondo, seguía contando con todos los ases de la baraja, y se acordó, entonces, de su amigo Mc Cloy. “Lo que hay – continuaba su informe – es que nadie quiere concretamente la guerra. Al revés de 1939, en cuyo escudriñamiento originario es casi posible deducir quienes deseaban la prueba de fuerza, hoy probablemente resulta inútil para el presente y para el futuro, esa investigación. ¡Tal es la casi unanimidad íntima, ante el volumen destructor de las fuerzas a manejar que inevitablemente se desencadenarían cuando llegue la guerra!” [43].

El diplomático español insistía, con todo, en que los Estados Unidos habían ido muy lejos y, en su opinión, jugaban sin reservas. Por ello se podía hablar en serio del retroceso de Kruschov y de la existencia de problemas internos en el Kremlin, y, desde luego, se podía especular igualmente sobre las dificultades que, en aquellos momentos, podía crear “el dictador cubano”, tal vez no tan desdeñables, afirmaba, como a primera vista pudiera parecer. “Este sujeto, Castro, no puede por sí mismo suscitar graves perturbaciones; pero quedaría V.E. estupefacto – rectifico, no muy estupefacto, puesto que conoce el paño – ante la actitud de muchos hispanoamericanos ilusionados por el liberalismo de Fidel, su sentido de la independencia y esperanzados en evitar la humillación de Cuba, con quienes converso. Porque el grupo latino está dividido... Lo deploran mi amigo venezolano, y Velázquez, del Uruguay, hombre de extraordinario sentido político, y Cea, de Colombia, y otros elementos conservadores. Pero ahí está la división, con su mayor o menor influencia” [44].

Así, pues, concluía el delegado español, “creo que podemos seguir con esperanza la negociación” y, en fin, “sin poner nuestra confianza en la guerra, pongámosla en la firmeza que no teme a la guerra”. Por ello se alegraba de que elementos como Mc Cloy constituyesen una especie de poderoso establishment por encima, incluso, de los propios partidos políticos norteamericanos, y se alegró también del comunicado oficial del gobierno español, “lleno de seso y buen juicio”, del que acababa de hacerse eco el New York Times. El desarrollo de las negociaciones, empero, no estaba en manos de la ONU, sino que dependía de las Cancillerías de las grandes potencias. “En el caso de Suez - apuntó - no fueron Naciones Unidas, sino los Estados Unidos detrás de ellas, quienes detuvieron a Francia e Inglaterra. Ahora también veremos hasta donde dejan los Estados Unidos jugar un papel director a este señor U Thant” [45].

Algo más tarde, Lequerica confesó sentirse impresionado por el “tono contemporizador” del discurso de Fidel Castro, pero se trataba, más bien, de una forma de empezar su mensaje del 2 de noviembre porque, acto seguido, calificó su comportamiento de bochornoso y dedujo que el cambio de actitud del líder cubano revelaba ciertas esperanzas de “tener su recompensa por parte de Estados Unidos”, aunque, también, podía interpretarse como una especie de secuela del suave comportamiento de Norteamérica con respecto a Kruschov. “De seguro lo ha visto Fidel Castro y se dispone a aprovechar el sistema. Cada día se acentúa más en Estados Unidos la tendencia a llamar a Kruschov, chairman o Presidente, y no dictador. Las palabras tienen un inmenso valor y acaban por ser quienes arrastran los conceptos y los hechos” . Los hispanoamericanos de izquierda, además, aparecían cada día más confiados, lo que constituía un síntoma del cambio general de tendencia hacia un arreglo pacífico y sin humillaciones para Cuba. “No es imposible en el porvenir un más o menos tácito arreglo con Kruschov, el liberal de la Unión Soviética, a cuyo amparo se salva el Chairman cubano. ¿Titoísmo en Moscú? Es el sueño de la izquierda intelectual de este país. Y titoísmo también en Cuba. Quizás dentro de un año el chairman Fidel...”, ironizó inclemente. En resumen – añadió -, por ahora está hablando la “gente suave” de las dos grandes potencias, y el “rebelde menor, sumiso sujeto si hace falta, tampoco parece excesivamente colérico” [46].

> El encargado de negocios de España en La Habana coincidió, en términos generales, con las observaciones de Lequerica, y remitió a Madrid un largo informe que estaba basado, principalmente, en las primeras planas de la prensa cubana desde el comienzo de la crisis. Uno de los párrafos del despacho definía la postura del país o, mejor dicho, la situación marginal de Cuba en relación con el grave incidente internacional que tendía a desactivarse. “Cuba ha sido centro de la atención mundial atemorizada por sentirse al borde de una guerra atómica y general; pero curiosamente esta ciudad e Isla, epicentro del ciclón de tensiones internacionales, se ha mantenido en una calma extraña, como esperando ver su suerte decidida desde fuera, sin la esperanza de poder influir en su propio destino, hasta el momento en que, alejado el riesgo bélico, se produce la reacción del Gobierno y la ciudad se convierte en uno de los centros activos de negociación diplomática” [47], en alusión a la visita relámpago de U Thant y al problema de las inspecciones in situ, un asunto que durante algún tiempo siguió flotando en el ambiente.

“A enemigo que huye, puente de plata”, esta parecía ser por aquel entonces la regla de oro de la negociación desde el lado norteamericano, pero se habló también, recordando unas declaraciones del general Mc Arthur en relación con la guerra de Corea, “que no había sustitutivos para la victoria”. La preocupación clave de la política exterior estadounidense parecía ser, en efecto, la de no “hacerle perder la cara” a la Unión Soviética, y el propio New York Times lo había entendido perfectamente cuando aseguró que, “desde el principio, los Estados Unidos parecen haber estado procurando suavizar el camino de Moscú para una retirada”. El viejo arte de la guerra. “El camino de la sabiduría consistía en no aprovechar todas las ventajas – sentenciaba el periódico -, forzándole a luchar para defenderse”. La vía de la negociación, incluido el tema ciertamente espinoso de las inspecciones, parecía reforzarse a medida que la ONU se implicó, cada vez más, en el diálogo. Un hecho que no pasó desapercibido para Lequerica: “El haber dejado entrar a este Sr. U Thant y el haber dado tanto aire a su misión, algo estorba la posibilidad de esas acciones directas”, aseguró, como si confiase aún en la viabilidad de una victoria aplastante y definitiva contra el comunismo, pero, reconoció al mismo tiempo que “no sólo Kennedy ha cambiado, sino más probablemente, en mucha mayor proporción Kruschov, y también está cambiando a estas horas, con apariencia de resistencia, el propio Fidel. Ahora - concluyó - este es un problema tan concreto, tan localizado geográficamente y tan de plataformas y cohetes, que las soluciones verbales, muy del gusto de Naciones Unidas, van a necesitar cierta precisión en sus términos” [48].

A aquellas alturas, además, el mundo entero había vacilado, “incluso cambiando radicalmente de postura” y, para demostrarlo, comentó también Lequerica los cambios de tendencia de la prensa británica, que había pasado de ser muy crítica al principio con Estados Unidos a una posición totalmente laudatoria hacia Kennedy, tras la decisión de Kruschov de retirar los cohetes. “Era cuando Turquía entraba en el juego de las propuestas. Pero el Presidente lo rechazó. Y, sin embargo, el Manchester Guardian expuso su admiración por el manejo de la crisis. El Daily Mail elogió la cabeza fría y los firmes nervios de Kennedy. Lord Reaverbrook le atribuyó una inmensa victoria diplomática, resultado de su tenacidad fuerte y realista”. En este contexto, pues, aparte de las referencias a la resaca de la crisis en Estados Unidos y en América en general, Lequerica insistió en sus preocupaciones sobre la titoización de Kruschov. “Hoy aparecen columnas de prensa comentando los movimientos hostiles al Chairman dentro del Kremlin.

Toda una escuela norteamericana seguirá por este camino. Lo sucedido en Yugoslavia es aquí muy apreciado y lo encuentran tentador. Y tampoco excluyamos, ya lo dije, un titoísmo en La Habana, con el propio Fidel, aun cuando subordinado al éxito del Kremlin” [49].

A pesar de la buena marcha de los acontecimientos para Estados Unidos, no parece que a los altos responsables del Ministerio español de Asuntos Exteriores les causaran una especial satisfacción, por aquel entonces, las gestiones del embajador en Washington, Antonio Garrigues, con el alto mando de la aviación militar norteamericana en torno a la crisis de Cuba, cuyo resultado fue un documento del coronel W.F. Dallam, Jr., Jefe de Relaciones Internacionales del Estado Mayor del Aire, en el que se certificaba la buena disposición que habían tenido las Fuerzas Aéreas españolas para colaborar con las norteamericanas en el contexto de la crisis, al margen de los compromisos contraídos en relación con las bases estadounidenses en suelo peninsular. España tenía el corazón dividido entre sus naturales antipatías frente a Rusia, a la que le hubiese gustado ver derrotada o, cuando menos, claramente humillada ante los ojos del mundo, por una parte; su profunda nostalgia por Cuba, a la que seguía considerando como algo suyo y, en tercer lugar, cierta oculta antipatía hacia la primera potencia mundial. El sábado 3 de noviembre, según el embajador Garrigues, el coronel Dallam entregó personalmente en la oficina del coronel Hevia, agregado aéreo de la representación española, una carta en la que se expresaba la “gratitud de las Fuerzas Aéreas norteamericanas por la posición resuelta y decidida que había adoptado el Generalísimo Franco en esta materia”, frase que aparece subrayada en el original conservado en el archivo del Ministerio y que tiene anotada, en el margen izquierdo del documento, la palabra ¡Mentira! [50]

> Mientras tanto, un Lequerica obsesionado con la idea de la derrota definitiva de la Unión Soviética remitió a Madrid otro de sus interesantes mensajes confidenciales, donde insistió en la construcción por los medios de comunicación norteamericanos de una imagen diferente de Kruschov, que aparecía fotografiado con rostro triste y bondadoso “como de párroco guipuzcoano”. “Encuentro sobradamente claro el resumen penetrante y agudísimo, modelo de periodismo, que hace el semanario Time de los acontecimientos, en su artículo principal. En él hay un párrafo de gran valor: Hasta ahora – dice – no cabe duda de que el gobierno de los Estados Unidos ha actuado valiente y sagazmente. Ha forzado a la Rusia de Kruschov a echarse fuera de su desafuero cubano. Pero a medida que pasan los días existe también el sentimiento de que Estados Unidos puede también estar dejando escaparse grandes ventajas – subrayo – para la libertad”. ¿Qué se pretendía?, se preguntaba Lequerica, ¿ofrecer a la opinión norteamericana la fisonomía del hombre bueno, víctima de los extremistas del Kremlin y a quien era preciso apoyar para evitar un mal mayor? Un sector de los delegados hispanoamericanos en la ONU parecía compartir sus conclusiones en este sentido [51].

La solución estaba próxima a llegar, es decir, la “no solución” como sinónimo de un arreglo tácito de la crisis. El 7 de noviembre Lequerica se entrevistó con Mc Cloy, quien le manifestó que Estados Unidos reclamaba la eliminación de las plataformas de cohetes y la retirada, asimismo, de los bombarderos IL 28 que, si bien no eran de los últimos modelos, podían “llevar bombas muy temibles”. Los rusos, al menos de palabra, se mostraban muy favorables al desmantelamiento y a la “comprobación” e, incluso, se apuntaba que Fidel Castro estaba dispuesto a aceptar una comisión de Naciones Unidas pero, como matizaba Mc Cloy, “esto tiene sus peligros”, puesto que podrían ir a Cuba representantes que no simpatizasen con Estados Unidos y que, por lo tanto, originarían opiniones “en contradicción con otros elementos, produciéndose informes dobles y discusiones, dando lugar a una situación semejante a la de Panmunjon, en la guerra de Corea, lo que no simplifica los problemas”. Parecía que, en efecto, todo estaba decidido. “Le pregunté yo si la posición de Estados Unidos se había ablandado, y me dijo rotundamente que no. Le pregunté también si todo era posible todavía, y me contestó que sí”, pero parecía, también, como si Estados Unidos temiese profundizar en los hechos y encontrarse de repente con un nuevo órdago que ya no tendría marcha atrás. Así lo expresaba Mc Cloy cuando afirmó, a su vez, que “la mejor inspección, pensamos nosotros, es la que se puede hacer con barcos de guerra vigilantes, sin necesidad de visitar los soviéticos al salir cargados de Cuba llevando estos distintos cargamentos atómicos”. Una peligrosa carga que – insistió – se podía ver bien “desde fuera, acercándose y dando vueltas alrededor de ellos, y que éste era un excelente método de verificación” [52].

La situación un tanto incierta continuó en días sucesivos, quedaba claro que a Estados Unidos le interesaba evitar “una postura rotunda”, mas no solamente como forma de paliar una “definitiva solución violenta”, sino, en especial, porque a Norteamérica le repugnaba ser “la derecha del mundo”, es decir, “eluden las posiciones netas; prefieren el sustitutivo de la victoria denunciado por Mac Arthur, pero cuya realidad es positiva”. El delegado español llegó a hablar, incluso, de una especie de utopía norteamericana de “conversión del bolchevique”: “Si el dictador del Kremlin – término ya sacrílego – se muestra siquiera un poco conciliador, se aprovechará hasta el súmmum esta posición suya. Él lo sabe y juega. Lo sabe también probablemente Fidel, a quien otra vez empieza a exaltar el New York Times en formas equívocas”. Así, pues, “con tales elementos, la negociación debe ser muy complicada”, lo presentía todo el mundo, pero sólo el senador Goldwater “ha denunciado al Sr. Stevenson por sus intervenciones”. Frente a esta especie de “izquierda estatal”, sin embargo, Lequerica confiaba aún en Mc Cloy y en muchos otros “elementos sólidos de la Administración y de la propia Presidencia”, quienes, en principio, estaban comprometidos con posiciones de mayor firmeza [53].

El problema de la “inspección”, empero, continuó siendo el tema fundamental, al menos en apariencia, porque para Lequerica seguían actuando ciertas “corrientes ideológicas de política interna alrededor de las resoluciones más o menos favorables a Moscú”. Como ya había señalado – apuntó una vez más -, la izquierda liberal norteamericana, infiltrada en las estructuras del Estado y del poder, estaba muy interesada en evitar la severidad con la URSS. El embajador francés, Seydoux, le contó una conversación con Stevenson sobre los motivos del “retroceso nada brillante del gobierno soviético en los asuntos cubanos”, que el diplomático galo atribuía a la superioridad militar de Estados Unidos. “No lo creo”, había contestado Stevenson, “pienso que si ha adoptado Rusia esa actitud es por no perder la amistad de los países no alineados, los neutralistas. El embajador francés – subrayaba Lequerica – se llevaba las manos a la cabeza, como creo que también nuestro colega británico Sir Patrick Dean (no confundirle con el Dean norteamericano), y yo también, al escuchar semejante confidencial información” [54].

El 18 de noviembre se publicó, en el suplemento ilustrado del New York Times, el extracto de un reciente intercambio de opiniones entre el presidente de la firma Westinghouse, señor Knox, y el premier ruso Nikita Kruschov, en el que éste había aludido, entre otros extremos, a las bases norteamericanas en España. El mandatario soviético recurrió a un cuento tradicional ruso para tratar de explicar la esencia de la crisis [55]:

Si el Gobierno de los Estados Unidos quería saber en serio qué clase de armas se encontraban a mano para la defensa de Cuba, siguió diciendo, no tenía más que atacar a Cuba y los americanos se enterarían de la manera más rápida posible. Luego añadió que no le interesaba la destrucción del mundo, pero que si todos nosotros deseábamos encontrarnos en el infierno, nos tocaba a nosotros el decidirlo. Dije que en caso de encontrarnos en el infierno, sin duda nos encontraríamos muy acompañados allí. El Sr. Kruschov entonces puso fin a nuestra discusión sobre Cuba con una de sus anécdotas tradicionales. Contó que una vez un hombre se vino a menos y se vio obligado a vivir con una cabra. Aunque el hombre se había acostumbrado al olor, seguía encontrándose molesto y nunca pudo llegar a que le gustara la situación. A pesar de todo, pronto se convirtió en una manera de vivir. Los rusos, añadió, habían estado viviendo con una cabra que adoptaba la forma de varios de los países de la OTAN – hizo mención especial de Turquía y de Grecia – y España. Los norteamericanos tienen una cabra que adopta la forma de Cuba. “Ustedes no están muy contentos con ella y no la querrán”, dijo, “pero aprenderán a convivir pronto”.

Toda la conversación, apostilló Lequerica, revelaba la vacilación innegable de los rusos en el conflicto complicadísimo de Cuba, “en que han entrado para colocarle la cabra a Estados Unidos cerca de casa”. Pero, además, estaba la referencia a España: “¿Por qué nuestras bases? Pienso ahora en la acción posible sobre África, en particular del Norte – Marruecos, Argelia y la misma Mauritania, especialmente – sobre la que ellos han tenido y podrían tener nuevas pretensiones, como base también de ataque contra Europa. No me atrevo a contestarme, pero si a someter con especial interés esta información a V. E.” [56]

Examinada la tramitación del conflicto, escribió poco después el delegado permanente de España en la ONU, Rusia y Cuba habían sufrido en conjunto “una fuerte derrota”, es decir, cuando los soviéticos “armaron con armas atómicas un país inmediato a Estados Unidos, no cabe duda que su propósito era hacer dormir a Norteamérica con la cabra”, pero Estados Unidos no se había acomodado a esta forma de “reposo”, y de ahí que consiguiera, en primer lugar, remover las bases atómicas y, en segundo término, la eliminación de los bombarderos más o menos obsoletos [57].

Por otra parte, añadió Lequerica, se atribuía a Stevenson la idea de considerar a Fidel Castro como un posible Tito, “y ya se sabe con cuanta fruición mira la izquierda intelectual y política norteamericana todos los titoísmos”. Una izquierda que se basaba, para ello, en precedentes históricos como el del presidente de Venezuela, Betancourt, “un revolucionario arrepentido”. Sin embargo – subrayaba el diplomático español -, era precisamente el delegado de Venezuela en la ONU uno de los que veían la situación con más realismo y, en tal sentido, había reiterado su temor al contagio de los “titoísmos” que, “dado su carácter que es el nuestro, se extendería ese contagio con daño incalculable en el Continente” [58].

En fin, a la hora de encontrar culpables de la “falta de decisión” estadounidense, el representante de España pensó en Stevenson y en sus “aliados” liberales, “porque este hombre encantador que es Stevenson representa, en su tenaz y amable eclecticismo revolucionario, todas las fuerzas capaces de descomponer la voluntad del orden occidental”. La influencia de sus “temibles humanismos” en un gran sector político, cuyo portavoz “en muchas ocasiones solía ser la señora Roosevelt”, no resultaba nada fácil de superar. En el fondo, se lamentaba Lequerica, “es la misma tendencia, no me canso de repetirlo, que hizo perder China y retroceder en tantos otros puntos climáticos del mundo. A nosotros, en la segunda mitad de los cuarenta se intentaba, al servicio de ella, entregarnos también al enemigo. Ni asustaba entonces, ni asusta ahora, frente a Cuba, la posible caída de ese enemigo, en un mayor o menor o puro comunismo. Todo es preferible a un experimento de poder fuerte derechista”. Su conclusión resultaba lógica al provenir de un hombre de convicciones profundamente conservadoras: “No hay enemigos a la izquierda. No conviene bombardearlos.

Dejémosles ir mejorando y limitémonos cuando se excedan a volverlos a su esfera de acción, se dicen los Stevenson y los U Thant”. Quedaban, empero, “otras fuerzas de buen sentido, entre las que se cuentan Kennedy y su padre, por fortuna bastante restablecido, y ellos se encargan de enderezar las cosas. ¡Pero con cuánto trabajo!” [59] Para un hombre acostumbrado al principio de autoridad y a la rotundidad del "poder derechista" no le resultaban fáciles de entender o no quería hacerlo, en efecto, el juego de equilibrio democrático ni la existencia, en el seno de los grandes partidos, de diferentes y complementarias sensibilidades, gracias a las cuales, tal vez, se alejó definitivamente la catástrofe.


[1]. Pueden mencionarse, como simple muestra, las siguientes obras: Laurence Chang y Peter Kornbluch (Ed.): The Cuban Missile Crisis, 1962. A National Security Archive. Documents Reader, The New Press, New York, 1992 y 1998, obra imprescindible por su documentación y, también, porque ofrece una cuidada selección bibliográfica y una útil cronología de los acontecimientos. También resulta muy interesante la compilación comentada de Mark J. White: The Kennedys and Cuba, Ivan R. Dee, Chicago, 1999. Como obras de testimonio y ensayo – y desde perspectivas cubanas de ambos lados del estrecho de Florida – cabe mencionar el texto ya citado de Enrique Ros: De Girón a la crisis de los cohetes. La segunda derrota, Universal, Miami, 1995, y el de Carlos Lechuga: En el ojo de la Tormenta. F. Castro, N. Jruschov, J.F. Kennedy y la crisis de los misiles, Si-Mar y Ocean Press, La Habana- Melbourne, 1995. En internet pueden encontrarse, asimismo, numerosas direcciones con referencias interesantes.

[2] . F. Mankiewicz y K. Jones: With Fidel a Portrait of Castro and Cuba, 1975, cito por la versión española: Con Fidel, Euros, Barcelona, 1976: 149-150.

[3]. Preferimos utilizar cohete en lugar del término misil, del ingles missile, es decir, proyectil teledirigido, aunque esté aceptado su uso en español. Según el Diccionario Ilustrado Océano (1994), misil o mísil vendría del lat. missilis, arrojadizo.

[4]. “Delegación Cubana a la Reunión de Cancilleres de Punta del Este”, Revolución, La Habana, 17-01-1962: 1 y 6.

[5] . “Declaraciones de Fidel Castro con respecto a la Conferencia de Punta del Este y a la Asamblea del Pueblo”, Revolución, 23-01-1962: 1-4.

[6] . “Posición de Cuba en la OEA. Cuba no capitulará”, Revolución, 26-01-1962: 8.

[7] . H. Thomas: Cuba. La lucha..., III: 1.755.

[8]. Texto completo en Cinco Documentos, Ciencias Sociales, La Habana, 1971:125-173.

[9] . Ver, también, Revolución, 5-02-1962: 3-4.

[10]. Despacho de Tomás Suñer Ferrer, Santiago de Chile, 26-02-1962 y anejos de prensa (AMAE, R6901-12). La actitud del diputado Hurtado y, de hecho, del Partido Demócrata Cristiano dio lugar a una polémica en la prensa de la capital chilena.

[11]. Despacho de Jorge Taberna, La Habana, 1-06-1962 (AMAE, R6901-10).

[12]. Despacho de Jorge Taberna del 14-06-1962 (AMAE, R6901-10).

[13]. Despacho de Jorge Taberna del 28-06-1962 y recortes de prensa adjuntos (AMAE, R6901-10).

[14]. Ibídem.

[15]. Comunicación de Tomás Suñer y Ferrer, Santiago de Chile, 24-09-1962 y recorte adjunto de El Siglo, de la misma fecha (AMAE, R6901-12).

[16]. “Probable bloqueo aeronaval a Cuba. Barcos y aviones yanquis han recibido órdenes de estar listos para el cerco”, El Día, Santa Cruz de Tenerife, 10-10-1962: 1 y 7.

[17]. Ver, al respecto, Ángel Viñas: Los pactos secretos de Franco con Estados Unidos. Bases, ayuda económica, recortes de soberanía, Grijalbo, Barcelona, 1981.

[18]. Emilio Núñez Portuondo, ex diplomático y político del régimen de Batista, y líder contrarrevolucionario apoyado inicialmente por Estados Unidos como posible alternativa a Fidel Castro.

[19]. Mensaje número 50, estrictamente confidencial, de Lequerica, Nueva York, 17-10-1962 y recorte adjunto del New York Times (AMAE, R6900-18).

[20]. Despacho de Yturralde, Washington, 6-02-1961 y recortes de prensa adjuntos (AMAE, R6534-35).

[21]. Naciones Unidas. Asamblea General. Carta de fecha 19-10-1962 dirigida al Secretario General por el representante permanente de Cuba ante las Naciones Unidas, en español. Decimoséptimo período de sesiones, 22-10-1962 (AMAE, R6900-18).

[22]. Ibídem.

[23]. Ibídem.

[24]. “Habla el Presidente”, despacho de Efe, Washington, 22-10-1962, El Día, Santa Cruz de Tenerife, 23-10-1962: 8.

[25]. “El Gobierno español fue previamente informado por los Estados Unidos de las medidas que se iban a tomar. Declaraciones de un portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores”, CIFRA, Madrid, 23-10-1962 (en El Día, Santa Cruz de Tenerife, 24-10-1962: 1). Se hicieron eco de las declaraciones del gobierno de España, aparte de la prensa nacional, periódicos de otros países como Portugal – gracias a las gestiones del embajador – y Bolivia (Cartas de José Ibáñez Martín, Lisboa, 24 y 27-10-1962 y de Rafael Ferrer Sagreras, La Paz, 24-10-1962, quien adjuntó recorte de El Diario, AMAE, R6900-21).

[26]. Naciones Unidas. Consejo de Seguridad. Versión taquigráfica de los discursos en español de la 1.022ª sesión, celebrada en la Sede, Nueva York, el martes 23 de octubre de 1962, a las 18 horas. Intervención del Sr. García Incháustegui (Cuba), (AMAE, R6900-18).

[27]. Ibídem.

[28]. Ibídem.

[29]. Naciones Unidas. Consejo de Seguridad. Versión taquigráfica de los discursos en español de la 1.023ª sesión, celebrada en la Sede, Nueva York, el miércoles 24 de octubre de 1962, a las 9 horas. Intervención del Sr. Sosa Rodríguez (Venezuela), (AMAE, R6900-18).

[30]. Ibídem.

[31]. Naciones Unidas. Consejo de Seguridad. Versión taquigráfica de los discursos en español de la 1.024ª sesión, celebrada en la Sede, Nueva York, el miércoles 24 de octubre de 1962, a las 18 horas. Intervención del Sr. Schweitzer (Chile), (AMAE, R6900-18).

[32]. Naciones Unidas. Consejo de Seguridad. Versión taquigráfica de los discursos en español de la 1.025ª sesión, celebrada en la Sede, Nueva York, el jueves 25-10-1962, a las 16 horas (AMAE, R6900-18).

[33]. Mensaje nº 51, estrictamente confidencial de Lequerica, Nueva York, 24-10-1962 (AMAE, R6900-18).

[34]. Ibídem.

[35]. Ibídem.

[36]. Ibídem.

[37]. Mensaje nº 52 estrictamente confidencial de Lequerica, Nueva York, 26-10-1962 (AMAE, R6900-18).

[38]. Ibídem.

[39]. Se publicó, por ejemplo, en La Estrella de Panamá del 27-10-1962: “Franco ratifica su apoyo a E.U. en relación con la crisis cubana” (recorte adjunto a carta del embajador de España en Panamá, Ricardo Muñiz, del 30-10-1962, en AMAE, R6900-21).

[40]. “Spain: No sympathy for Castro. Madrid Embassy Guard Doubled”, 29-10-1962, recorte en AMAE, R6900-21.

[41]. Naciones Unidas. Asamblea General. A/5271. Carta de fecha 28-10-1962 dirigida al Secretario General por el representante permanente de Cuba ante las Naciones Unidas, 29-10-1962 (AMAE, R6900-18).

[42]. Mensaje 54 estrictamente confidencial de Lequerica, 31-10-1962 (AMAE, R6900-18). Subrayado en el original.

[43]. Ibídem.

[44]. Ibídem.

[45]. Ibídem.

[46] . Mensaje 56 estrictamente confidencial de Lequerica del 2-11-1962 (AMAE, R6900-18). Además añadió: “Entre paréntesis, como español me avergüenza bastante la catadura moral del que a pesar de sus abominables acciones pudo parecer en algún momento dotado por lo menos de cierta entereza, aun cuando fuera para el mal. No está ahora muy lejos de ser lo que llaman los franceses un triste sire. Quizás a ello deba su salvación".

[47]. Despacho 532, reservado, del encargado de negocios de España, La Habana, 3-11-1962 (AMAE, R6901-10).

[48]. Mensaje 57 estrictamente confidencial de Lequerica del 5-11-1962 (AMAE, R6900-18).

[49]. Ibídem.

[50]. Despacho 2253 reservado de Antonio Garrigues, Washington, 6-11-1962 y carta adjunta de W.F. Dallam, Jr. al coronel Gonzalo Hevia, Washington, 3-11-1962 (AMAE, 6900-21).

[51]. Mensaje 58 estrictamente confidencial de Lequerica, 7-11-1962 (AMAE, R6900-18).

[52]. Mensaje 60 estrictamente confidencial de Lequerica, 7-11-1962 (AMAE, R6900-18).

[53]. Mensaje 65 estrictamente confidencial de Lequerica, 16-11-1962 (AMAE, R6900-18).

[54]. Mensaje 67 estrictamente confidencial de Lequerica, 17-11-1962 (AMAE, R6900-18). Subrayado y paréntesis en el original. [55]. “The New York Times Magazine”, november 18, 1962, recorte en AMAE, R6900-18.

[56]. Mensaje 69 estrictamente confidencial de Lequerica, 19-11-1962 (AMAE, R6900-18).

[57]. Mensaje 75 estrictamente confidencial de Lequerica, 29-11-1962 (AMAE, R6900-18).

[58]. Ibídem.

[59]. Mensaje 76 estrictamente confidencial de Lequerica, 5-12-1962 (AMAE, R6900-18). Subrayado en el original.


*Manuel A. de Paz Sánchez, natural de Santa Cruz de La Palma, Islas Canarias, España (1953).

Doctor en Historia con Premio Extraordinario y Catedrático en Historia de América en la U. de La Laguna, Islas Canarias.

Autor entre otros de: Historia de la francmasonería en las Islas Canarias, 1739-1936 (Gran Canaria, 1984; Premio "Viera y Clavijo"; Wanguemert y Cuba (Tenerife, 1991 y 1992; Amados Compatriotas (Tenerife, 1995). Coautor de Masonería y Pacifismo en la España Contemporánea (Zaragoza, 1990); El Bandolerismo en Cuba, Presencia Canaria y protesta rural, 1800-1933 (Tenerife, 1994; La Esclavitud Blanca (Tenerife 1993); Zona Rebelde y coatuor también de La América Española (1763-1898).

Director del Departamento de Historia de la Universidad de La Laguna y Director-fundador de "Taller de Historia" del Centro de la Cultura Popular Canaria.





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