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SANGRE
DE INOCENTES
Completa vindicación de los estudiantes
fusilados en Cuba en 1871.
Asesinados por la milicia.
Se llevará a cabo en New York una suscripción
para erigirles un monumento.
Por
José Martí
The New York Herald
Nueva York
9 de abril de 1887
Archivos:
La Nueva Cuba
Noviembre 27, 2004
La ciudad de
la Habana ha sido en estos últimos días escenario de memorables
acontecimientos. La Lucha, el emprendedor periódico habanero al
que tanto crédito se debe por hacerle justicia a los cubanos, publica
un relato de los dramáticos incidentes que han llevado a vindicar
la inocencia de los ocho estudiantes de medicina que fueron oficialmente
asesinados hace dieciséis años.
Estos ocho estudiantes, de dieciséis a veintiún años de edad, después
de una farsa judicial, celebrada bajo la presión de las turbas,
fueron muertos en medio de frenéticos aplausos y otros treinta y
uno fueron enviados a Presidio por el supuesto crimen de haber profanado
el sepulcro de Gonzalo Castañón, un periodista mal aconsejado que,
a consecuencia de una disputa con partidarios de los revolucionarios,
fue muerto en Key West algunos meses antes. La bóveda no mostraba
la más ligera huella de profanación, y una raya hecha mucho antes
en el cristal que cubre las ofrendas florales fue todo lo que pudo
ser atribuído a una mano irrespetuosa, si no hubiera estado cubierta
por el moho el día de los hechos.
SÓLO LOS CUBANOS SON CULPABLES
Los españoles que había entre los estudiantes fueron puestos en
libertad. Uno de los estudiantes fusilados ni siquiera estaba en
el cementerio en la fecha de la alegada profanación. Tan sólo Federico
Capdevila, un noble oficial del ejército, encargado de la defensa
de los estudiantes, tuvo el coraje de pronunciar en el juicio unas
pocas y valientes palabras, por las que escasamente escapó de pagar
con su vida a manos de la turba, poco dispuesta a aceptar algo que
no fuera un final sangriento.
El general Crespo, que estaba a la cabeza del gobierno y que firmó
la sentencia de muerte estando convencido de la infamia, ha dicho
que “para hallar una comparación apropiada a las proposiciones que
le hicieron algunos de los dirigentes de los amotinados sería necesario
retroceder a los días más negros de la Revolución Francesa”. Son,
ciertamente, las palabras del General las que usamos aquí. Miles
de hombres armados llenaban las calles día y noche, rodeaban la
prisión, colmaban los corredores del palacio de gobierno, gritaban
continuamente pidiendo la muerte de los estudiantes y lograron que
el gobierno cediera a sus demandas encubierto por un juicio en consejo
de guerra que celebró sus sesiones amenazado por las bayonetas de
los quebrantadores de la ley.
El hijo de uno de los más impetuosos de entre estos, un muchacho
de diecisés años, que había cogido una flor en el jardín del cementerio,
fue el primero escogido para ser fusilado, y ello, por añadidura,
con los mismos rifles a cuya compra su acaudalado padre había contribuido
generosamente. Cuatro de sus condiscípulos que habían estado jugando
con una carretilla, le siguieron inmediatamente. Se ha dicho que
el indigno tribunal se había comprometido con las turbas a dar muerte
a ocho de los prisioneos y que las otras tres víctimas requeridas
fueron escogidas mediante sorteo. Los infelices muchachos encararon
la muerte valientemente-ni una rodilla flaqueó. Unos recibieron
las balas en la cabeza, otros en el corazón. “Los ocho cadáveres”,
dice La Lucha en una patética descripción del hecho, “fueron enterrados,
sin un nombre, una cruz o una lápida, cuatro de Sur a Norte, cuatro
de Norte a Sur”. La Lucha ha publicado los retratos de los infelices
jóvenes.
UN TESTIMONIO POPULAR
La justicia tiene sus modos y mediante el valor de Fermín Valdés
Domínguez, uno de los estudiantes supervivientes que fue enviado
a prisión, la inocencia de sus amigos ha sido demostrada tan completa
y notablemente que el asunto constituye hoy el tema de conversación
de la isla. Una colecta para erigir un monumento se está llevando
a cabo rápidamente por españoles y cubanos, por igual, en Cuba,
en España y en New York. La moderación de los cubanos ante la provocación
le ha conferido dignidad a su pena, y un acto de pública contrición
por parte de aquellos que son ahora considerados como cómplices
del crimen, sería una ofrenda apropiada a los que murieron injustamente
a sus manos y, al propio tiempo, un acto que no podría dejar de
conducir a un mejor entendimiento de las dos secciones hostiles
en que la guerra por la independencia dejó dividida a la isla.
CARA A CARA
Fue una escena dramática aquella en que Valdés Domínguez, indiferente
al peligro que su acción podía acarrearle, avanzó, trémulo de emoción,
hacia el féretro de Castañón, cuyo hijo, acompañado por sus amigos,
hacía extraer de su bóveda temporal para ser trasladado a su definitivo
lugar de reposo en España y, levantando su mano sobre el sarcófago
intacto, conjuró solemnemente al hijo, un joven de veinte años,
a que declarara que los restos de su padre no habían sido profanados
por los estudiantes. El hijo de Castañón declaró públicamente que
ninguna mano impía había tocado los restos de su padre. Al propio
Domínguez le fue permitido abrir el sarcófago en que yacía el hombre
que causó, esta vez inconscientemente, tantas muertes.
El joven Castañón confirmó en una carta digna su declaración. Todos
los interesados dieron permiso a Valdés Domínguez para recuperar,
si ello fuera posible, los restos de los estudiantes del apartado
lugar en que habían sido enterrados y, después de trabajar incesantemente
durante dos días con sus propias manos, ayudado por un amigo y por
los negros sepultureros, descubrió al fin todo lo que quedaba en
la tierra de sus amigos muertos-ocho esqueletos tendidos uno junto
a otro, los cráneos y las costillas quebradas por los proyectiles
del pelotón de fusilamiento. Una corbata de seda, algunos botones
de cuello y unas hebillas de plata fue todo lo que pudo encontrar
para identificar las víctimas de este crimen histórico.
Estas patéticas escenas y su influencia en los asuntos del país
ocupan actualmente la atención pública en la isla de Cuba. La alegría
de los cubanos por esta vindicación triunfante de los estudiantes
no ha sido ensombrecida por ningún exceso de su parte o por alguna
irreverencia de aquellos que en días más oscuros fueron los autores
del nefando hecho. Palabras de paz son pronunciadas sobre los restos
de quienes cayeron víctimas de las furias de la guera, y el justo
reconocimiento de la inculpabilidad de los inocentes es probable
que contribuya más al bien general que el mismo castigo de los culpables.
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