Ya sé que podemos estar o no estar de acuerdo. Pero los invito a mirar en
perspectiva y no sólo a lo inmediato. Algunos con los que he conversado sobre
este tema, dudan de que estemos avanzando hacia la madurez ciudadana.
Argumentan que todavía hay mucho miedo para expresar lo que se siente y se
cree; argumentan que aún la inmensa mayoría de las personas desconocen sus
derechos y sus deberes políticos, sociales, económicos; también dicen que
muchos cubanos no sólo desconocen sus derechos porque nunca se los han
enseñado, sino porque no saben que esos derechos son “innatos”, es decir,
que nacen con cada persona, que nadie los concede.
Otros pueden decir que los cubanos no sabemos bien que el Estado, ni ninguna
otra institución o grupo social, puede desconocer los derechos, ni siquiera
otorgarlos, porque los derechos humanos, por ser eso, “humanos”, son
patrimonio y cualidad de cada persona que nace a este mundo con ellos y nada
ni nadie puede arrebatárselos ni concedérselos, lo más que puede hacer un
Estado de Derecho es reconocer, respetar y hacer respetar con un marco legal
adecuado esos derechos y deberes que, como reconocemos los creyentes, Dios ha
puesto en el alma de cada hombre y mujer.
En una mirada, quizá a corta distancia, pudiéramos caer en el pesimismo de
decir: Un pueblo merece lo que tiene, no hemos aprendido a vivir respetando a
los que piensan diferente, a los que creen distinto, a los que actúan
diverso. Otros dicen que hay exceso de protagonismos individualistas que aún
no están maduros para formar consensos por miedo a perder la propia
identidad.
Aún más: otros cubanos, pudiéramos decir que las mayorías, siguen siendo
masificadas, manipuladas en sus sentimientos y en su información, algunos
pudieran argumentar, incluso, que eso de “madurez” nunca ha cuadrado para
los cubanos. Que tendemos a ser superficiales e inmaduros, que tendemos a
cierta dependencia casi infantil a lo que “nos van a dar”, a “lo que nos
toca”, a lo que está permitido, es decir, a “lo que nos den permiso”. ¿No se
nos parece esta actitud a la de los niños y adolescentes que aún no han
arribado a su debida autonomía, a los grados de independencia que
caracterizan a un adulto que “se busca lo suyo, lo que aspira, lo que sueña?
Todas estas apreciaciones, tienen una gran parte de verdad. Pudiéramos
encontrar todavía muchas más “razones para demostrar” que aún los cubanos no
hemos arribado a la madurez cívica y política que sería deseable o que,
simplemente, tienen otros países con mayor tradición, información y ejercicio
concreto del protagonismo ciudadano.
Porque, en mi opinión, de esto se trata: de un ejercicio pacífico y gradual
de la propia ciudadanía.
Cada ciudadano es soberano
Tener madurez cívica y política es, en primer lugar, tomar conciencia de que
en las democracias cada ciudadano tiene una cuota de soberanía.
Soberanía es la capacidad de ser parte de la nación que formamos.
Soberanía es la facultad de participar en las decisiones que se tomen para
mejorar la nación que nos pertenece a todos.
Soberanía es la posibilidad, reconocida o no, de transformar la realidad en
que vivimos llevando, entre todos, las riendas de su destino.
En un país libre y democrático cada ciudadano nace soberano. Es decir, dueño
de su vida, de sus sentimientos, de sus pensamientos, de sus acciones, de las
que es responsable ante sus conciudadanos. Y debe responder por cada una de
ellas. Pero para poder “responder” tiene que tener la libertad de actuar sin
presiones, sin miedo, sin imposiciones.
Cuando sintamos que nos puede perjudicar expresar lo que pensamos es que
estamos siendo súbditos, no soberanos, de nuestros pensamientos.
Cuando nos sorprendamos a nosotros mismos reprimiendo nuestros sentimientos ó
cuando, en un acto público o en un centro de trabajo o en una simple
conversación, nos demos cuenta de que nos están manipulando los sentimientos,
provocando las lágrimas o reprimiendo la sonrisa, entonces es que estamos
siendo súbditos no soberanos de nuestros propios sentimientos, que es el
colmo del vasallaje de la conciencia.
Cuando nos encontremos con personas y grupos, iglesias o logias, partidos
políticos o simples grupos musicales que no pueden hacer lo que han decidido
a favor de legítimos propósitos pacíficos, ya fueran religiosos, políticos o
culturales, porque una autoridad de cualquier nivel, “llamó por teléfono para
decir que eso les perjudica”, o envió un mensaje con uno de ellos mismos,
amigo de alguno de ellos, en el que se “filtró” que “eso no le conviene”,
entonces estamos consintiendo en ser súbditos y no soberanos de nuestros
actos, siendo éstos, actos pacíficos y beneficiosos para la nación.
La cumbre del vasallaje de la conciencia es hasta la prohibición de
reflexionar y darnos cuenta de esta situación. En todas las naciones del
mundo, pero en unas más que en otras, los ciudadanos debemos pasar de ser y
actuar como súbditos a la capacidad de ser y actuar como soberanos, que es
decir, como ciudadanos.
Tener iniciativas cívicas es señal de madurez
La iniciativa ciudadana es una de la principales señales de la madurez
política.
Otra cosa es que esas iniciativas progresen y lleguen a término. Otra cosa es
que sean aceptadas por todos, lo que es casi imposible, pues negaría la
diversidad propia de las personas y del mundo. Otra cosa es que estemos o no
de acuerdo con alguna de ellas. Pero el sólo hecho de que haya iniciativas
pacíficas y constructivas de los ciudadanos, y no sólo del Estado o de un
partido, es ya un paso grande hacia la madurez cívica.
Pues bien, todos los cubanos debemos caminar hacia esa madurez, que es
responsabilidad ante la situación que se vive o se sufre, creatividad para
proponer soluciones pacíficas a esas situaciones y participación activa en el
debate público que es el espacio donde se acuerdan y definen los pasos para
llegar entre el mayor número de ciudadanos hacia las soluciones que se
consideren mejor.
Considero que el segundo paso para avanzar en ese sendero hacia la madurez
cívica y política es, simplemente, tomar conciencia de que caminamos. De que
algo pasa, de que nada es estático y menos en la sociedad. Lo primero es
darnos cuenta de que algo se mueve.
Algo se mueve en Cuba
Esta es mi visión y mi convicción: Algo se mueve en Cuba.
Cada vez más, vemos que el inmovilismo es patrimonio de las estructuras de
poder y que las iniciativas de todo tipo es lo que caracteriza a una
incipiente sociedad civil o a simples ciudadanos que optan por permanecer
aquí y por ir haciendo espacios para la participación, sean músicos,
pintores, trabajadores por cuenta propia, vendedores ambulantes, amas de
casa, enfermos del SIDA, grupos de iglesia, asociaciones de profesionales,
nacientes sindicatos obreros, modestos bibliotecarios que abren sus propias,
y a veces reducidas, casas a un servicio social.
Debemos alzar la vista de lo inmediato, de la sobrevivencia cotidiana, pasar
de lo que nos falta por caminar, alzar la vista y por un momento volverla
hacia atrás para reconocer lo que hemos caminado. La primera trampa del
inmovilismo es ocultar lo que se mueve. Para desanimar al que ha logrado
moverse. Franco, el dictador español decía: “el que se mueva no sale en la
foto”. Es decir, desaparece, no existe, no cuenta.
Debemos alzar la vista. Esta es mi visión y la comparto con el ánimo de
aportar una opinión que levante no sólo la mirada sino también y sobre todo
que ayude a levantar la autoestima de los ciudadanos que han tomado en serio
su protagonismo (que quiere decir “primeros en la agonía”), es decir, que
ayude a los que han optado por la entrega y el sacrificio, los que han
escogido servir a los demás dejando mucho de ellos y mucho de su familia y su
seguridad, por la nación que somos todos los cubanos.
También sé que estos son una minoría. Pero nunca las masas, las grandes
masas, han ido delante en procesos como estos. Mirando la historia del mundo
y la de nuestro pequeño país, podremos arribar a la convicción de que todos
los cambios pacíficos como los del Padre Félix Varela, el Seminario San
Carlos y la Sociedad económica de Amigos del País fueron protagonizados por
minorías conscientes y movilizadoras de conciencia. ¿Qué significaban en la
lógica del poder español aquel puñado de criollos que no llegaban a un
centenar y que acunaron la cultura y la nacionalidad cubana con la fuerza de
lo pequeño? ¿Qué “por ciento” en el Censo del Gobierno español representaba
aquel “grupúsculo”, luminoso y fundador, de Caballero, Espada, Luz, Poey,
Del Monte, Mendive, tan pocos y tan diversos, en medio de La Habana a cuya
mayoría “sólo le importaban las cajas de azúcar y los sacos de café”- como
dijo el mismo Varela?
Luego, las guerras de independencia fueron guiadas y protagonizadas por las
minorías de Céspedes y Agramonte en la guerra del 68: “con sólo 12 hombres”
para luchar por la libertad. Y las minorías de Martí, Gómez y Maceo,
protagonistas del mayor trabajo cívico-militar del siglo XIX, que no pudieron
entrar en Santiago pero pudieron entrar en la historia por creer que era
posible. Y hacer posible mañana lo que parecía imposible hoy, paso a paso.
Y luego en la República, las minorías del 20, las minorías promotoras de la
Constitución del 40, las minorías del Directorio, del 13 de Marzo, del 26 de
Julio. Eran continuadoras de lo que Medardo Vitier ha llamado “minorías
guiadoras” refiriéndose a nuestro siglo 19: “Los cubanos preocupados se
pasaron el siglo en “hacer” la historia, hubo aquí tensión que iba
irradiando de las minorías a la conciencia general... Nuestros guiadores
interrumpían el monótono disfrute y hacían señales en la noche”.(Las ideas y
la filosofía en Cuba. Ciencias sociales1970. pag. 299 y 306)
Otra de las trampas del inmovilismo es hacernos creer que hay que esperar a
que las masas, los pueblos enteros se lancen a la calle, hagan la historia, y
que las minorías son incapaces e insignificantes, “nadie las conoce”, nadie
las reconoce, y si lo hacen, no son tratados como ciudadanos, en igualdad de
condiciones, que piensan diverso, sino como enemigos y marginados de la
sociedad y de la vida.
Una mirada, atenta y desprejuiciada, a las dos últimas décadas en nuestro
País, nos permitirá tomar conciencia de cómo Cuba avanza hacia la madurez
cívica:
-Al principio de los años 70 quedaba, luego del desmantelamiento de la
sociedad civil, sobreviviendo, un “resto” de esa sociedad que no se sometió
completamente a la uniformidad del totalitarismo y cuyo rostro visible fue la
Iglesia, las iglesias, algunos intelectuales y otros ciudadanos casi de forma
individual.
-En el año 1976, comienzan a organizarse pocas decenas de cubanos, por su
cuenta, fuera del ámbito religioso, para formar asociaciones mínimas en
defensa de los Derechos Humanos. Estas eran entonces pocas y dispersas.
-Al principio de los 90 se dan a conocer más esas comisiones o grupos de
Derechos Humanos y comienzan a organizarse otros, que ya asumían una
estructura mínima y un incipiente programa como partidos políticos o
movimientos opositores.
-A mediados de los 90 comienza a hacerse más visible la diferencia entre
disidentes y opositores, es decir, entre personas que disienten y piensan y
actúan distinto desde la sociedad civil sin aspiraciones al poder y
ciudadanos que se organizan en partidos o movimientos con el fin de acceder
al poder de forma pacífica para, desde allí, cambiar algo de la organización
del país en un marco de legalidad.
-Al comenzar la segunda parte de los 90, justamente en febrero del 96, se
crea la primera concertación entre grupos de derechos humanos y movimientos y
partidos, verdadero signo de madurez cívica. Primer intento de salir de la
dispersión y buscar los consensos. Se llamó Concilio Cubano.
-A finales de los 90 aparece más claro la diferencia entre la reconstrucción
de la sociedad civil con periodistas, bibliotecarios, trabajadores por cuenta
propia, cooperativas agrícolas, centros de estudios, grupos de
profesionales...etc. y la definición más ideológica de los movimientos y
partidos que ya van afiliándose a las grandes corrientes mundiales:
demócratas cristianos, socialdemócratas, liberales, socialistas, van
perfilando su pertenencia y siendo reconocidos por sus correligionarios en el
mundo.
-Con el fin del siglo había ya llegado el otro intento de búsqueda de
consensos, ahora entre más grupos y con partes más definidas ideológicamente.
Otro signo de madurez política y el mayor ejercicio cívico de las últimas
cuatro décadas. Lo hicieron los cubanos, hablaron de él Carter y la Unión
Europea. En uso de un derecho que da la actual Constitución, reunieron 11,
020 firmas de ciudadanos que dieron su carnet de identidad y usaron su propia
soberanía. Se llama Proyecto Varela.
-Actualmente, se van perfilando otras iniciativas cívicas sobre derechos
humanos, Asamblea para la Promoción de la Sociedad Civil, Mesa de Reflexión
Moderada y otras concertaciones, diversas entre sí, pero no enemigas. El paso
de una única concertación a varias concertaciones es una señal de pluralismo
y diversidad sólo propia de la madurez democrática. No es que hayamos
llegado, pero algo se mueve por ese camino. Buscar, ahora, consensos entre
concertaciones diversas sin querer borrar, ni disimular las diferencias
pudiera ser un escalón mayor, un paso más de madurez, el reto y el desafío de
la sociedad civil cubana de hoy.
Para un observador desprejuiciado, estas “señales en la noche”, es decir, el
camino de estas minorías, no sólo pudiera ser un punto de referencia sobre lo
que está pasando en Cuba, sino un signo de esperanza de cara al futuro de
esta hermosa y emprendedora nación del Caribe.
Digamos en una frase el camino del 76 a los 2000: de pocas personas,
dispersas y sin reconocimiento internacional, a muchas minorías organizadas
en varias concertaciones y con creciente y cualificado reconocimiento de
personalidades, naciones y grupos de países como la Unión Europea.
Para mí, esto es un motivo de aliento y un desafío a la responsabilidad. Pues
hay que reconocer también que el Estado cubano no ha ido al extremo con estos
movimientos que vienen del propio seno de nuestra sociedad. No han faltado
contracciones y dolores de parto, presiones y prisiones, en este camino de
gestación de una nueva época para Cuba.
A mi manera de ver, el Estado lo ha mirado como un dato de la realidad. Como
un resultado de las coyunturas históricas. Claro que no ha permanecido
impasible. No ha sido concesión. Lo ha tomado como el signo de nuevos tiempos
que requieren nuevas estrategias políticas e ideológicas. Creo que es el
origen y la causa de lo que se ha llamado “batalla de ideas”, porque está
claro que ninguna de esas personas, disidentes u opositores, ninguno de los
grupos o partidos, ha optado por la vía violenta. Todos la han rechazado
explícita y categóricamente. Por tanto, es por la vía del debate de ideas y
proyectos que va caminándose en Cuba. Este es otro signo de madurez cívica y
política. Aún más, la gran mayoría de estos grupos y concertaciones han
optado por una vía legal y constitucional.
Quiera Dios que no se aborte este parto, no exento de dolores y temores, no
falto de anemias y amenazas de adentro y de afuera. Parto de civilidad y
democracia. Parto del que se destierre para siempre la violencia. Parto en el
que salgan bien la nueva criatura y ambos progenitores, el estado y la
oposición, con la participación y el acompañamiento efectivo de sus parientes
de la sociedad civil.
Que avancen estos procesos pacíficos y graduales para que la familia cubana
crezca, para que se reconcilien en un marco de mayor justicia y de libertad
los hijos de una misma tierra. Para que podamos integrarnos en la comunidad
de las naciones que han vivido procesos como este y esperan, con atención y
paciencia, por la llegada o el regreso de Cuba tan bien considerada y tan
querida por todos.
Para que no faltemos a la cita. Para que todo esto pueda llegar a feliz
término en la gradualidad y la paz que todos ansiamos:
Alcemos la vista, observemos nuestra realidad con amplitud de mira, porque
algo se mueve en Cuba.
Publicado en Vitral 52. Nov-Dic-2002