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La Página de JOSE
MARTI
Su
Vida y Obra
Por
William A. Fountain
Aunque
el Diario de La Habana sólo había pronosticado
la baja temperatura del día anterior, en la madrugada
del 28 de enero de 1853 persiste la húmeda frialdad
de la víspera, una frialdad que mantiene cerradas
las casas de la calle Paula, una vía estrecha y breve
que acerca la muralla al puerto.
Mientras
el sereno camina de un lado a otro para desentumecer
sus miembros adoloridos y dicta a golpes de bastón
la hora exacta, en la vivienda marcada con el número
41, justo en una de las dos habitaciones de los altos,
acaba de nacer el primogénito de la bella canaria
Leonos Pérez y del valenciano Mariano Martí.
Poco
antes del amanecer, por la calle escoltada por ochenta
y dos casas, todas de gente pobre excepto la del marqués
de Campo Florido, transitan clérigos y marineros,
vendedoras con tableros equilibrados sobre la cabeza,
escribientes con chisteras
y levitín
de alpaca,
soldados y modestas beatas
embozadas en mantas de burato que van apresuradas
rumbo a la iglesia de Paula.
La
Habana despierta con el redoble de companas de sus
iglesias y conventos. Por las puertas de la muralla,
abiertas al cañonazo de las 4:30 am., entran numerosos
campesinos con sus arrias de mulos malojeros, con
vacas de ubres henchidas o cargados con las viandas
y legumbres que abastecerán los mercados de la villa.
Ese
viernes será suministrada a la población en la iglesia
de Jesús María, la vacuna contra el cólera
asiático, epidemia que un año antes ha causado la
muerte a dos mil vecinos, y los periódicos dedican
grandes titulares al voraz incendio suscitado en Cárdenas.
Como
noticias de menor destaque están los anuncios de entrada
y salida de barcos, la oferta de ciertas mercancías,
de ellas, los libros recién llegados entre los que
se encuentran Los mil y un fantasmas, de Alejandro
Dumas, Juana la pálida, de Honorato de Balzac
y El judío errante, de
Eugenio Sue, y la venta de “una negra joven, buena
lavandera”, de “una negra de nación, regular cocinera”,
de “cuatro negros y un negrito de cuatro años” y de
“dos hembras jóvenes y sin tacha”.
Un
recuadro con las efemérides históricas informa que
un 28 de enero del año 814, murió el emperador Carlos
Magno y que ese día, pero en 1547, también falleció
Enrique VIII de Inglaterra, “el príncipe que se separó
de la Iglesia Católica por culpa de sus desenfrenadas
pasiones y caprichos.
Como
están de moda los folletines, en el Diario de La
Habana aparece un nuevo capítulo de “El becerro
de oro”, novela de Federico Soulié, con el sugestivo
epígrafe: “Sigue la historia del suicida número 2.”
A la derecha de una crónica ramplona
que el autor “ofrenda a las bellísimas y angelicales
cubanas”, se publica el poema “Las estrellas y las
flores” dedicado a Rafael María de Mendive, futuro
maestro de José Martí.
Las
noticias internacionales de algunos periódicos reseñan
el próximo arribo a Cuba de Mr. King, vicepresidente
de los Estados Unidos, quien se alojará en La Garita,
una mansión de Jesús del Monte que ya “está alhajándose
suntuosamente”, y que cierto senador Saulié impugnara
la Doctrina Manroe ante el Senado norteamericano.
En
la columna de espectáculos se anuncia para esa noche
el estreno de la zarzuela El duende en el teatro
Tacón y un baile de máscaras en el café Escauriza.
Es
temporada de carnavales y pese al azote del cólera,
los habaneros se suman a los aristocráticos paseos
de en la Calzada de Reina y en las alamedas de Paula
y de Isabel II (actual Paseo del Prado), a los promiscuos
bailes de disfraces y a las comparsas, entonces consideradas
una diversión de la “plebe”. Al mismo tiempo, las mascaradas
de negros y blancos transformados en bobos y payasos,
esqueletos y diablitos, reyes moros o cristianos,
recorren las calles en grandes grupos, suben a los
estribos de los coches y hacen gestos ridículos al
compás de aires criollos y españoles que suelen desafinar
a la media noche debido a la embriaguez.
La
Habana de 1853 es una ciudad alegre y populosa de
aproximadamente doscientos mil habitantes, que ya
despunta de la homogénea constelación urbana del Caribe
por su sistema de fortificaciones.
Las
erguidas fortalezas y torreones
que corresponden a las prominencias topográficas vitales
de la villa, constituyen la estructura de mayor coherencia,
por esa perfección constructiva que delata los principios
citadinos del tardío renacimiento y del barroco.
En
la zona intramuros, a pocos pasos del puerto bullicioso
abarrotado de naves procedentes de diversas latitudes,
se destacan los edificios representativos del poder
colonial: el Palacio de los Capitanes Generales y
el del Segundo Cabo, y también fastuosas residencias
con arcadas, galerías, arcos de medio punto, ventanales
acostillados de persianas y profusión de columnas
que parecen enclustrarlas. El espacio abierto lo proveerán
en esta concepción urbanística, las plazas en torno
a las cuales se agrupan las edificaciones.
La
configuración de la primitiva villa ha ido cambiando
de manera radical a medida que avanza el siglo XIX.
El incremento de la inmigración blanca, la concentración
de las actividades productivas y comerciales y la
centralización del poder militar y político español,
generan el crecimiento hipertrofiado de la villa de
abrigadas plazuelas y ostentosos palacios de clérigos
y nobles, navegantes y negreros. Y las calles angostas
impuestas por las Leyes de Indias, los muros interminables
de los conventos y de las viviendas, ceden lugar,
en extramuros, a tramas urbanas que trascienden los
límites artificiales de la muralla, con nuevos paseos
arbolados y casas humildes cuyo abigarrado desorden
contrasta con la estricta geometría de los palacios
edificados siglos antes en el casco primitivo.
Muy
ilustrativo es el libro La Habana a mediados del
siglo XIX del comerciante asturiano Antonio de
Barras, quien reside aquí entre 1852 y 1861, para
evidenciar cómo la capital es el punto de concentración
de la riqueza de la Isla y el rostro de su prosperidad:
Grata
fue la sorpresa que me produjo La Habana, pues me
encontré, no con un país
por civilizar, según pensaban algunos españoles
que a Cuba se dirigían, sino una hermosa ciudad que
nos llevaba cincuenta años de ventaja en toda clase
de adelantos, sin que el estranjero que llega a esta
población eche de menos en ella nada de lo que constituye
un pueblo civilizado.
Si
se hace evidente aún para un viajero esa prosperidad
de la ciudad dentro de la Isla, es un hecho que el
paulatino arraigo de la cubanía se va imponiendo como
brecha abierta entre la Colonia y la Metrópoli, entre
los terratenientes criollos con suficiente poder económico
y ningún derecho político, y los peninsulares dotados
de todos los privilegios para llevar las riendas del
país.
Fiel
reflejo de las contradicciones económicas, políticas
y sociales entre una Metrópoli sustentada en una monarquía
reaccionaria y la Isla henchida del aire liberal de
revoluciones europeas y de gestas de liberación nacional
latinoamericanas, es La Habana de entonces, centro
de dominio colonial español en el Nuevo Mundo y plaza
sitiada en la que rige el clarín de las tropas acantonadas
en sus fortines.
En
1852, es ejecutado “en garrote vil”, el reglano Eduardo
Facciolo, impresor del periódico La Voz del Pueblo
Cubano, y un año después, mueren en el exilio
el reformista Domingo del Monte y el pensador independentista
Félix Varela.
En
ese ambiente convulso
de conspiraciones, ajusticiamientos y destierros,
nace y crece José Julián Martí Pérez, en una ciudad
proclive a las epidemias y a los huracanes. Una ciudad
que en 1855, cuando es ajusticiado en el campo de
la Punta el acaudalado catalán Ramón Pintó, parece
sacudirse de la intentona anexionista hasta ganar
fuerza más tarde, en la conciencia de los criollos,
el convencimiento de que la vía para la independencia
de España no son el reformismo, el anexionismo ni
el autonomismo, sino la lucha armada.
En
febrero del propio 1855, don Mariano es ascendido
a subteniente graduado de Infantería. Pero ni la relativa
bonanza
económica que trae ese ascenso, logra calmar sus ansias
de paz hogareña. Al nacimiento de José le sigue el
de una niña, y como el cargo militar no se aviene
al carácter del noble valenciano, solicita su licenciamiento
del Ejército e ingresa a la Policía como celador del
barrio del Templete.
Desde
1851 se considera la población de estramuros formando
parte de la capital que se prolonga en nuevos poblados
como el Cerro, Jesús del Monte, Arroyo Apolo, Regla
y Casablanca. A esos barrios que no llegan a la docena,
se suma el proyecto urbanístico de El Vedado, en una
zona boscosa abundante en furnias
y ciénagas cuyas avenidas y casas-quintas levantadas
poco después, superan a las del Cerro y Jesús del
Monte por los diversos estilos arquitectónicos que
evocan el “art nouveau”, el renacimiento italiano,
el gótico florentino, alguna que otra tendencia catalana,
y el neoclásico más funcional.
Luego
de un breve viaje de la familia Martí a Valencia,
don Mariano acepta la celaduría del barrio de Santa
Clara. Ya no residen en la calle Paula.
La apretada situación económica los ha obligado
a cambiar con frecuencia de domicilio. Algunas de
las viviendas conocidas son: Angeles 56, Merced 40,
Indistria 32, Refugio 11, Jesús Peregrino, Belascoaín,
Peñalver y hasta una corta estadía en Guanabacoa.
Un
día, cuando el celador recorre solemne con su bastón
de mando y una pareja de guardias, las calles entoldadas
del barrio que cuida, un inocuo
accidente de tránsito en el que está complicada una
acaudalada dama, hace que quede cesante.
Ya
su hijo, un niño delgado y ávido
de conocer el ámbito
que lo rodea, está en edad escolar y el padre se lo
lleva con él al Hanábana, una región de “sitios” de
campesinos donde el embastonado capitán de partido
Mariano Martí debe interceder en los contados guateques.
En
esta jurisdicción matancera, conoce José Martí la
cara más horrenda de la esclavitud: la del cepo
y el bocabajo. La del
esclavo muerto colgado a un ceibo
del monte, que ya adulto, plasma en sus Versos
sencillos.
Pudiera
ser que entre los innumerables cuentos de doña Leonor
para adormecer a su hijo, estuviera el del globo de
Mr. Godard alejándose sobre La Habana con sus rayas
coloridas semejantes a un arcoiris. Porque una tarde
de 1857, en el Campo de Marte, el cuadrilongo
embellecido con muros bajos de mampostería rematados
en rejas, para que el público presencie los ejercicios
militares, asciende Mr. Godard en su globo, y después
de subir doce mil pies de altura y de mantenerse en
el aire cuarenta y ocho minutos, se pierde en el cielo
terso
para descender en el Cotorro.
Otro
acontecimiento que impacta a los habaneros de esos
años es la coronación de Gertrudis Gómez de Avellaneda
el 27 de enero de 1860, en el teatro Tacón. Según
las crónicas de la época, ese día, desde horas tempranas,
una oleada de coches va dejando a las puertas del
teatro –el mejor de la ciudad- a los admiradores de
la cubana que veintitrés años atrás había dejado la
Isla, y que luego de alcanzar fama y prestigio en
España, regresa para ser coronada como la más grande
poetisa de la literatura hispanoamericana.
Lo
más granado de la sociedad habanera se pasea esa noche
por los salones resplandecientes a la luz de gigantescas
arañas
de gas, y adornados con pilastras
con flores y pabellones de seda azul que se entrelazan
con llamativas guirnaldas de flores.
Para
las mujeres de entonces, poco instruidas y absolutamente
esclavas de las costumbres, la Avellaneda representa
el summum de la ilustración femenina,
la antítesis
de la monótona vida de las damas de la clase media
y adinerada, que se circunscribe a la temprana misa,
a pasar el día abanicándose y meciéndose en el zaguán
o tras la ventana, a dormir la siesta, asistir a algún
baile o a una tertulia
casera, a salir de compras en la volanta, a pasear
en ella por la Plaza de Armas.
Una
mujer pobre, como doña Leonor, debía conformarse con
una casa rústica y mal iluminada con velas o un quinqué.
Con el fogón de leña y el desayuno frugal
cuyo plato principal es el chocolate. Ya su hijo tiene
siete años y asiste a una escuela pública del barrio
de Santa Clara donde don Mariano es celador.
El
niño y el padre prefieren ese barrio al del Templete,
más palaciego y aristocrático. Aunque el comerciante
enriquecido, aquel que posee un título nobiliario,
un palco en el Tacón y un hijo criollo que conspira,
aún no se sonroja por entrar a su mansión por un laberíntico
y apestoso almacén. Pero don Mariano y José prefieren
el olor a mar, a tasajo, a frutas del país, del barrio
de Santa Clara, donde abundan los marinos y “placeros”.
Terminada
la escuelita de barrio donde no tienen más que enseñarle,
el niño, que ya sabe leer, escribir con caligrafía
perfecta, demuestra una aptitud especial en eso de
recitar las odas
de la Avellaneda compuestas a raíz de su coronación.
Entonces
aún rige el Bando del Buen Gobierno que prohibe volar
papalotes dentro de la ciudad y en sus arrabales,
y la prensa reitera lo comentado en enero de 1856,
sobre las disposiciones del Ayuntamiento de que no
se juegue pelota en las calles.
Pero
José no es un niño proclive
a esos juegos, ni siquiera al Pipisigallo y a la Gallinita
Ciega, muy en boga
cuando es pequeño. Prefiere los libros. Y un poco
mayor visita la librería de Obrapía 115 sólo para
ver las novedades, pues escaso de dinero, lee lo que
puede, lo que pide prestado a sus amigos, incluso
libros en inglés, idioma aprendido con Mendive.
Es
cierto que a veces acude a la biblioteca de la Sociedad
Económica Amigos del País, pero sus principales lecturas
las hace gracias a las bibliotecas privadas de Fermín
Valdés Domínguez y de Mendive.
Un
dato curioso sobre sus primeras lecturas lo consigna
el propio Martí en Patria, cuando escribe sobre
el Libro de Lectura de Eusebio Guiteras y dice que
“por sus versos sencillos, de nuestros pájaros y de
nuestras flores, y sus cuentos sanos, de la casa y
la niñez criolla, fueron para muchos hijos de Cuba,
la primera literatura y fantasía”.
La
necesidad de unir las poblaciones de intramuros y
extramuros, de embellecer la capital y aprovechar
sus valiosos terrenos, hizo que el Ayuntamiento pidiera,
desde 1841, el derribo de la muralla –estrenada el
6 de junio de 1762 ante el empuje de los ingleses
que finalmente tomaron La Habana- cuya construcción
había demorado veintitrés años. Pero no es hasta la
Real Orden del 22 de mayo de 1863 que se autoriza.
Este acontecimiento tiene lugar el 8 de agosto del
propio año de manera solemne ante las puertas de Monserrate,
donde se levantó una escalinata para los asistentes
a la ceremonia oficial, presidida por el Gobernador
y el Obispo. Una salva de veintiún cañonazos, el discurso
y la ceremonia religiosa, antecedieron a la caída
de la primera piedra bajo el golpe de un pico de plata.
Luego, el disparo de una segunda salva y los gritos
de “Viva la Reina” ponen fin al acto.
Las
fiestas por el derribo de la muralla duraron tres
días entre fuegos artificiales, juegos lícitos y luminarias
de gas ante las puertas de Monserrate. El último día
tuvo lugar una función pública ecuestre
en el Campo de Marte, y por la noche, el Capitán General
ofreció en honor de la sociedad habanera un baile
en la Quinta de los Molinos.
José
Martí acababa de cumplir diez años, y aunque no se
sabe si presenció un acontecimiento tan importante
para la villa, sí es de suponer que tuvo referencia
de los festejos, y también del pavoroso incendio ocurrido en muelles
de Regla días después.
Una
fiesta que se convierte en tradición es la del día
de San Cristóbal, patrono de La Habana, cuando los
vecinos se iban en caravanas hasta la ceiba
que simboliza la fundación de la ciudad, y
en silencio pedían tres deseos cuyo cumplimiento dependía
de su voto de silencio durante el trayecto hasta el
Templete.
También
estaban la Gran Romería de San Cristobal, organizada
por las sociedades de las provincias de España, que
congregaba a cientos de personas que seguían las marchas
militares por el paseo de Carlos III con sus cuatro
filas de álamos blancos y luego se reunían en las
márgenes del río Almendares. Allí se levantaban las
tiendas de los andaluces, la de los vascos, catalanes
y asturianos, y se cantaban muñeiras
de Galicia, vigorosas rondallas
aragonesas, zorcicos
y jotas.
En
cuanto a los bailes criollos, sobresale la danza,
excitante y animada por una armonía sorprendente y
un ritmo exacto que a veces, por su duración, requería
el relevo de los músicos.
Todavía
la calle Muralla seguía considerándose española, porque
casi todos los grandes comerciales y aventureros de
la Península habían pasado su aprendizaje en ella,
y por tanto era la culminación del viaje largo y arduo
desde la aldea hasta la tierra de promisión que era
la colonia de Cuba.
Si
la calle Muralla –con sus aceras interrumpidas desde
las siete de la mañana con los enormes burros de madera
utilizados para descargar mercancías- expedía un olor
a cuero curtido, y a telas nuevas, la Calzada del
Monte a tabaco, por poseer los almacenes proveedores
del habano, de ahí que se le llamara la Calzada
del humo.
Otra
zona comercial, además de la Plaza Vieja y el Mercado
de Cristina, es la Plaza de San Francisco, lugar de
espera, carga y descarga de los carretones que acudían
al muelle y a los almacenes donde depositaban sus
mercancías. A pocos pasos de ese sitio tan concurrido
por blancos y por negros esclavos, por quitrines y
carretones, desembarcaban los inmigrantes españoles
quienes venían a hacer dinero a la ciudad portuaria
más importante de América, o a morir de fiebre amarilla.
En
esa Plaza se celebraban en octubre las ferias de San
Francisco en las que imperaban los juegos de lotería,
barajas, dados, perinola
y ruleta, sobre mesitas colocadas a todo lo ancho
de la explanada. También, a principios del siglo XIX,
durante la Semana Santa, tenía lugar el recorrido
de las estaciones, las que transitaban la calle
Amargura hasta la iglesia de El Cristo.
Aunque
el campo está a la vista de la ciudad, la escasez
de lugares urbanizados y los caminos intransitables
hace que las familias no se alejen del centro, a no
ser en la temporada veraniega o en las Pascuas y el
Año Nuevo, en que las más pudientes se trasladan a
sus casas-quintas. Marianao adonde se llega en ferrocarril,
es uno de los puntos más concurridos en la temporada
de baños, y uno de los lugares donde se respira “más
campo verde”.
Barras
y Prado describe las comunicaciones de entonces: “con
dificultad habrá un país de nuestra raza donde sean
más fáciles y abundantes”, ya que muchas volantas
“por una peseta hacen el viaje de un extremo a otro
de la población”. De igual manera, las berlinas (coches
de alquiler) y los omnibus, conocidos con el estrambótico
nombre de guaguas, realizan un periplo de más
de una legua desde la Plaza de Armas hasta el Cerro
o Jesús del Monte, y el ferrocarril urbano
(tranvía), tirado por caballos, recorre los principales
centros de la ciudad y extramuros hasta la Chorrera,
Carlos III y el Cerro.
Luego
refiere que por la bahía están las dos líneas de vapores,
y el ferrocarril general sale del paradero de Villanueva.
Eso, sin contar las comunicaciones con Estados Unidos
y Europa, “el paquete español de Veracruz y
el correo de España.
A
pesar de su entusiasmo, Barras no deja de señalar
los inconvenientes de las frecuentes tormentas, de
los mosquitos y de la fiebre amarilla.
Todos
los extranjeros que visitan La Habana por esa época,
coinciden en afirmar lo concurrido de las retretas
celebradas de 8:00 a 9:00 pm. en la Plaza de Armas.
Subraya Barras y Prado que “concluida aquella, cada
cual desfila por su lado y se queda la plaza desierta,
pero los cafés y casas de refresco que hay en la acera
de enfrente al Palacio, conservan su animación hasta
las diez o diez y media, en que cierran”.
Si
grande es la afluencia de público a la Plaza de Armas
alrededor de la cual pasean las señoras en sus carruajes,
no se quedan atrás la temporada de ópera en el teatro
Tacón y las tertulias en los cafés como La Dominica
y El Louvre, este último, el mayor y mejor de la ciudad
y al que asisten sólo hombres. De las diversiones
domingueras, están la lidia
de gallo, distracción que supera en gusto popular
a la corrida de toros en plazas establecidas primero
en el Campo de Marte, y luego en Regla y en Belascoaín,
junto a la casa de Beneficencia.
Desde
que Mazzantini llega a La Habana con su cuadrilla
para ofrecer sus corridas de toro, esta suerte
llena de expectación y de audacia, pero cruel para
los cubanos, tiene lugar en plazas que aún subsisten
en 1866. Resulta la mejor corrida de ese año, la del
29 de abril, en la que se lidian seis toros enfurecidos
por banderillas de fuego y la estrella del espectáculo
es el matador José Ponce.
Al
“compadre Arazosa”, quien insiste en pagar la matrícula
en una escuela privada, debe la familia Martí el ingreso
de José en San Anacleto, de Rafael Sixto Casado. No
ha pasado un mes de clases, y ya el niño de traje
deslucido y pobreza extrema aventaja a sus condiscípulos
en todas las disciplinas.
Allí
conoce a Fermín Valdés Domínguez, y un vínculo fraternal
los unirá toda la vida. A los once años, José Martí
ha leído mucho, y siente un apasionamiento especial
por La cabaña del Tío Tom, de Beecher Stowe,
porque en algo refuerza sus experiencias en el Hanábana.
En las conversaciones con su amigo Fermín, un tema
afín es la Guerra de Secesión, en la que ambos se
muestran partidarios del norte industrial y antiesclavista.
En
1865, Martí ingresa en la Escuela Superior Municipal
de Varones San Pablo, inaugurada en Prado 88 esquina
a Animas y dirigida por el maestro y poeta Rafael
María de Mendive. El niño, en extremo sensible, reflexivo
y muy aplicado, llega a querer y a admirar al maestro
que estimula su interés por las artes y las letras
y hasta le permite el acceso a su vasta biblioteca
y asistir a las tertulias literarias en su casa de
Consulado 112.
Pero
la penuria
de su familia, acrecentada por siete laboriosas hermanas
que ayudan a la madre en la costura por encargo, hace
que el primogénito tenga que colocarse de dependiente
en una bodega donde, además, lleva los libros de contabilidad.
También consigue un trabajo de mandadero de un peluquero
amigo que lo envía a los teatros con peluca y cosméticos
para los cómicos.
En
agosto de 1866, Mendive solicita la admisión de su
alumno más querido en el Instituto de La Habana, y
el muchacho termina su primer año con notas de sobresaliente
y premios.
Junto
a Fermín, también compañero de bachillerato, recorre
la ciudad, la ostentosa calle de Obispo con sus vidrieras
en las que se exiben libros, relojes, pinturas, mármoles,
boceguíes, daguerrotipos y hasta un piano construido
en La Habana. Con fervor hablan de Garibaldi, el patriota
italiano que aboga por la independencia de Cuba y
que ha estado de incógnito en La Habana; comentan
el concierto ofrecido en el Gran Teatro-Circo Villanueva,
un edificio con puntal y cúpula semejante a una carpa,
donde las damas arrojan al escenario las puchas de
flores que llevan en la mano junto al abanico.
Con
el Morro a sus espaldas, caminan por el litoral y
luego, en la casona de Fermín de la calle Industria,
el joven Martí lee a su amigo sus primeros versos.
“Sus sueños de colegio” son guiados por Mendive, mecenas
de los amigos necesitados.
La
admiración que despierta en el estudiante su maestro,
es valorada por Mendive, quien llega a querer y a
amparar como un hijo al joven que se afana en saber
y que lucha contra el padre obstinado en quitarlo
de los estudios.
Por
el Paseo del Prado, tan semejante a las ramblas barcelonesas –a pesar de
que carece de piso pavimentado-, van los dos amigos
al encuentro del mentor, que con el mapa de Cuba abierto
sobre un piano, marca la ruta seguida por los insurrectos
y las zonas donde se van sucediendo los combates de
la recién comenzada Guerra de Independencia.
El
maestro afable y generoso que en sus afamadas tertulias
lo mismo declama un poema, que informa las noticias
que llegan secretamente del Departamento Oriental.
Así los inicia día a día en el amor por la libertad
de su patria.
Desde
dos años antes, don Mariano, que comprende a su hijo
mejor que la madre, le dice entre burlón y severo:
‘yo no extrañaría verte peleando un día por la independencia
de tu tierra.” Algo presiente el rudo valenciano para
revelarle con estas palabras su lealtad paternal.
En
1867 regresan de las Cortes los enviados de la Junta
de Información con el fracaso de sus gestiones sobre
reformas medulares para los criollos. Todo ese año,
hasta el estallido de La Guerra de 1868, Mendive ha
tenido a sus discípulos al tanto del trabajo de los
laborantes y de la profunda convicción de los cubanos
de luchar por la independencia.
Aunque
hijo de español, José es aceptado en el Instituto
por los jóvenes patriotas agrupados en el bando de
los bijiritas frente a los reaccionarios gorriones.
Y el muchacho convoca a los bijiritas a una
reunión clandestina para constituir un club de jóvenes
revolucionarios en los que primarán las ideas separatistas
transmitidas por Mendive.
El
4 de enero de 1869 desembarca en el muelle de Caballería
el nuevo Capitán General Domingo Dulce. Ni la libertad
de imprenta en la que vieron la luz setenta y siete
periódicos y una decena de sueltos, la amnistía a
presos políticos y sus intentos mediadores para que
los insurrectos depongan las armas, pueden detener
la avalancha revolucionaria tan bien ilustrada por
Antonio Pirala, alto oficial español, que entonces
escribe: “He recorrido los Departamentos Oriental
y Central y he visto que en ellos todos los cubanos
son insurrectos; y vengo a La Habana y encuentro que
aquí son insurrectos los hombres, las mujeres, los
viejos, los niños, los negros, y hasta el aire que
respiramos y los adoquines de la calle son insurrectos.”
El
12 de febrero de 1869, el general Dulce dicta el siguiente
decreto: “Cesan por ahora, y mientras duren las actuales
circunstancias, los efectos de mi decreto del 9 de
enero sobre la libertad de imprenta. Queda establecida
la previa censura.”
Ya
por esa fecha, y aprovechando la libertad de imprenta,
Martí había publicado su artículo de fondo para El
Diablo Cojuelo y el editorial aparecido en el
único número de La Patria Libre, el 23 de enero
de 1869.
Cuando
sale a la calle La Patria Libre, “semanario
democrático cosmopolita”, según reza el subtítulo,
publicado bajo el auspicio de Mendive y donde Martí
publica su poema dramático Abdala, La Habana
sufre las depredaciones de los Voluntarios, cuerpo
represivo del gobierno español que de alguna manera
trata de detener en la capital, la avalancha revolucionaria
desatada por el estallido de la guerra.
Buena
muestra de los desafueros del Cuerpo de Voluntarios
es la carga de estos contra las negras viejas y los
vendedores ambulantes de la Acera del Louvre llamada
luego “la batalla del ponche de leche”, y el ataque
de ese Cuerpo, luego de los sucesos del teatro Villanueva,
contra los concurrentes a la Acera del Louvre, punto
de reunión de a juventud separatista.
Lo
ocurrido en Villanueva, donde un bufo se atreve a
cantar cierto estribillo de connotación mambisa y
donde se escuchan gritos de vivas a Cuba y a Carlos
Manuel de Céspedes, sorprende a José en casa de Mendive.
El y su esposa lo retienen a la fuerza hasta que viene
en su busca doña Leonor. Al día siguiente, el joven
se entera de la detención de su entrañable maestro
acusado de infidencia. El 4 de octubre del propio
año se produce un malentendido entre los Voluntarios
quienes marchan frente a la casa de los Valdés Domínguez
y los más jóvenes de esta familia. Horas después registran
la vivienda y encuentran una carta firmada por Fermín
y Martí dirigida a un alumno de Mendive que es calificado
de apóstata por ambos amigos, debido a su alistamiento
en el Cuerpo de Voluntarios. Más que el documento,
es el apasionamiento de Martí en el juicio lo que
lo condena a presidio y a trabajos forzados en las
canteras de San Lázaro.
Cuántas
veces transita el joven revolucionario con la cadena
a la cintura, la cabeza rapada, los pies abiertos
en heridas purulentas, frente a la boca de la bahía
que tanto ama. En su marcha lenta, fatigosa cuando
regresa de las canteras hasta la Cárcel por una vía
cercana al Torreón de San Lázaro, la beneficencia
y la Plaza de Toros.
El
Paseo de Isabel II, ancho y arbolado, es para él punto
de partida para imaginarse las casas que habitó en
Refugio y San Rafael; la de Fermín, en la calle de
Industria; la del querido maestro deportado.
Ya
no es para él, la bullente ciudad de su infancia,
la de guardavecinos y columnas, la de fabulosos arcos
de medio punto y de rejas como la entretejida flora
del trópico. Ahora las casas se le antojan fantasmas
medrosos que asisten al cortejo de condenados sangrantes
y harapientos que lo acompañan.
Después
de la conmutación de la pena y de un breve destierro
en Isla de Pinos, José Martí, sale deportado a España
el 15 de enero de 1870. La prisión y el destierro,
la patria oprimida, marcarían al joven para toda la
vida.
Una
mañana de frío sube la escala del vapor Güipúzcoa.
Va tenso y muy entristecido. Desde cubierta, saluda
a la familia ya numerosa, mira fijamente el litoral
y el muelle atiborrado de pasajeros y mercancías,
y parte tratando de llevarse en una mirada, la ciudad
que despierta al torbellino de las campanas y pregones,
con el convencimiento de que regresará algún día para
luchar por la independencia de Cuba.
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