Antonio M. Rivera
 
Evi Jimenez
 
 
 



LA HABANA
EN QUE NACIO JOSE MARTI








Jose Marti org.
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La Nueva Cuba
Enero 28, 2007

 


I




La Página de JOSE MARTI
                                                 Su Vida y Obra
                             


[1]

Por William A. Fountain

Aunque el Diario de La Habana sólo había pronosticado la baja temperatura del día anterior, en la madrugada del 28 de enero de 1853 persiste la húmeda frialdad de la víspera, una frialdad que mantiene cerradas las casas de la calle Paula, una vía estrecha y breve que acerca la muralla al puerto.

Mientras el sereno camina de un lado a otro para desentumecer sus miembros adoloridos y dicta a golpes de bastón la hora exacta, en la vivienda marcada con el número 41, justo en una de las dos habitaciones de los altos, acaba de nacer el primogénito de la bella canaria Leonos Pérez y del valenciano Mariano Martí.

Poco antes del amanecer, por la calle escoltada por ochenta y dos casas, todas de gente pobre excepto la del marqués de Campo Florido, transitan clérigos y marineros, vendedoras con tableros equilibrados sobre la cabeza, escribientes con chisteras[2] y levitín[3] de alpaca[4], soldados y modestas beatas[5] embozadas en mantas de burato que van apresuradas rumbo a la iglesia de Paula.

La Habana despierta con el redoble de companas de sus iglesias y conventos. Por las puertas de la muralla, abiertas al cañonazo de las 4:30 am., entran numerosos campesinos con sus arrias de mulos malojeros, con vacas de ubres henchidas o cargados con las viandas y legumbres que abastecerán los mercados de la villa.

Ese viernes será suministrada a la población en la iglesia de Jesús María, la vacuna contra el cólera[6] asiático, epidemia que un año antes ha causado la muerte a dos mil vecinos, y los periódicos dedican grandes titulares al voraz incendio suscitado en Cárdenas.

Como noticias de menor destaque están los anuncios de entrada y salida de barcos, la oferta de ciertas mercancías, de ellas, los libros recién llegados entre los que se encuentran Los mil y un fantasmas, de Alejandro Dumas, Juana la pálida, de Honorato de Balzac y El judío errante,  de Eugenio Sue, y la venta de “una negra joven, buena lavandera”, de “una negra de nación, regular cocinera”, de “cuatro negros y un negrito de cuatro años” y de “dos hembras jóvenes y sin tacha”.

Un recuadro con las efemérides históricas informa que un 28 de enero del año 814, murió el emperador Carlos Magno y que ese día, pero en 1547, también falleció Enrique VIII de Inglaterra, “el príncipe que se separó de la Iglesia Católica por culpa de sus desenfrenadas pasiones y caprichos.

Como están de moda los folletines, en el Diario de La Habana aparece un nuevo capítulo de “El becerro de oro”, novela de Federico Soulié, con el sugestivo epígrafe: “Sigue la historia del suicida número 2.” A la derecha de una crónica ramplona[7] que el autor “ofrenda a las bellísimas y angelicales cubanas”, se publica el poema “Las estrellas y las flores” dedicado a Rafael María de Mendive, futuro maestro de José Martí.

Las noticias internacionales de algunos periódicos reseñan el próximo arribo a Cuba de Mr. King, vicepresidente de los Estados Unidos, quien se alojará en La Garita, una mansión de Jesús del Monte que ya “está alhajándose[8] suntuosamente”, y que cierto senador Saulié impugnara la Doctrina Manroe ante el Senado norteamericano.

En la columna de espectáculos se anuncia para esa noche el estreno de la zarzuela El duende en el teatro Tacón y un baile de máscaras en el café Escauriza.

Es temporada de carnavales y pese al azote del cólera, los habaneros se suman a los aristocráticos paseos de en la Calzada de Reina y en las alamedas de Paula y de  Isabel II (actual Paseo del Prado), a los promiscuos[9] bailes de disfraces y a las comparsas, entonces consideradas una diversión de la “plebe”[10]. Al mismo tiempo, las mascaradas de negros y blancos transformados en bobos y payasos, esqueletos y diablitos, reyes moros o cristianos, recorren las calles en grandes grupos, suben a los estribos de los coches y hacen gestos ridículos al compás de aires criollos y españoles que suelen desafinar a la media noche debido a la embriaguez.

La Habana de 1853 es una ciudad alegre y populosa de aproximadamente doscientos mil habitantes, que ya despunta de la homogénea constelación urbana del Caribe por su sistema de fortificaciones.

Las erguidas fortalezas y torreones[11] que corresponden a las prominencias topográficas vitales de la villa, constituyen la estructura de mayor coherencia, por esa perfección constructiva que delata los principios citadinos del tardío renacimiento y del barroco.

En la zona intramuros, a pocos pasos del puerto bullicioso abarrotado de naves procedentes de diversas latitudes, se destacan los edificios representativos del poder colonial: el Palacio de los Capitanes Generales y el del Segundo Cabo, y también fastuosas residencias con arcadas, galerías, arcos de medio punto, ventanales acostillados de persianas y profusión de columnas que parecen enclustrarlas. El espacio abierto lo proveerán en esta concepción urbanística, las plazas en torno a las cuales se agrupan las edificaciones.

La configuración de la primitiva villa ha ido cambiando de manera radical a medida que avanza el siglo XIX. El incremento de la inmigración blanca, la concentración de las actividades productivas y comerciales y la centralización del poder militar y político español, generan el crecimiento hipertrofiado de la villa de abrigadas plazuelas y ostentosos palacios de clérigos y nobles, navegantes y negreros. Y las calles angostas[12] impuestas por las Leyes de Indias, los muros interminables de los conventos y de las viviendas, ceden lugar, en extramuros, a tramas urbanas que trascienden los límites artificiales de la muralla, con nuevos paseos arbolados y casas humildes cuyo abigarrado desorden contrasta con la estricta geometría de los palacios edificados siglos antes en el casco primitivo.

Muy ilustrativo es el libro La Habana a mediados del siglo XIX del comerciante asturiano Antonio de Barras, quien reside aquí entre 1852 y 1861, para evidenciar cómo la capital es el punto de concentración de la riqueza de la Isla y el rostro de su prosperidad:

Grata fue la sorpresa que me produjo La Habana, pues me encontré, no con un país por civilizar, según pensaban algunos españoles que a Cuba se dirigían, sino una hermosa ciudad que nos llevaba cincuenta años de ventaja en toda clase de adelantos, sin que el estranjero que llega a esta población eche de menos en ella nada de lo que constituye un pueblo civilizado.

Si se hace evidente aún para un viajero esa prosperidad de la ciudad dentro de la Isla, es un hecho que el paulatino arraigo de la cubanía se va imponiendo como brecha abierta entre la Colonia y la Metrópoli, entre los terratenientes criollos con suficiente poder económico y ningún derecho político, y los peninsulares dotados de todos los privilegios para llevar las riendas del país.

Fiel reflejo de las contradicciones económicas, políticas y sociales entre una Metrópoli sustentada en una monarquía reaccionaria y la Isla henchida del aire liberal de revoluciones europeas y de gestas de liberación nacional latinoamericanas, es La Habana de entonces, centro de dominio colonial español en el Nuevo Mundo y plaza sitiada en la que rige el clarín de las tropas acantonadas en sus fortines.

En 1852, es ejecutado “en garrote vil”, el reglano Eduardo Facciolo, impresor del periódico La Voz del Pueblo Cubano, y un año después, mueren en el exilio el reformista Domingo del Monte y el pensador independentista Félix Varela.

En ese ambiente convulso[13] de conspiraciones, ajusticiamientos y destierros, nace y crece José Julián Martí Pérez, en una ciudad proclive a las epidemias y a los huracanes. Una ciudad que en 1855, cuando es ajusticiado en el campo de la Punta el acaudalado catalán Ramón Pintó, parece sacudirse de la intentona anexionista hasta ganar fuerza más tarde, en la conciencia de los criollos, el convencimiento de que la vía para la independencia de España no son el reformismo, el anexionismo ni el autonomismo, sino la lucha armada.

En febrero del propio 1855, don Mariano es ascendido a subteniente graduado de Infantería. Pero ni la relativa bonanza[14] económica que trae ese ascenso, logra calmar sus ansias de paz hogareña. Al nacimiento de José le sigue el de una niña, y como el cargo militar no se aviene al carácter del noble valenciano, solicita su licenciamiento del Ejército e ingresa a la Policía como celador del barrio del Templete.

Desde 1851 se considera la población de estramuros formando parte de la capital que se prolonga en nuevos poblados como el Cerro, Jesús del Monte, Arroyo Apolo, Regla y Casablanca. A esos barrios que no llegan a la docena, se suma el proyecto urbanístico de El Vedado, en una zona boscosa abundante en furnias[15] y ciénagas cuyas avenidas y casas-quintas levantadas poco después, superan a las del Cerro y Jesús del Monte por los diversos estilos arquitectónicos que evocan el “art nouveau”, el renacimiento italiano, el gótico florentino, alguna que otra tendencia catalana, y el neoclásico más funcional.

Luego de un breve viaje de la familia Martí a Valencia, don Mariano acepta la celaduría del barrio de Santa Clara. Ya no residen en la calle Paula.    La apretada situación económica los ha obligado a cambiar con frecuencia de domicilio. Algunas de las viviendas conocidas son: Angeles 56, Merced 40, Indistria 32, Refugio 11, Jesús Peregrino, Belascoaín, Peñalver y hasta una corta estadía en Guanabacoa.

Un día, cuando el celador recorre solemne con su bastón de mando y una pareja de guardias, las calles entoldadas[16] del barrio que cuida, un inocuo[17] accidente de tránsito en el que está complicada una acaudalada dama, hace que quede cesante.

Ya su hijo, un niño delgado y ávido[18] de conocer el ámbito[19] que lo rodea, está en edad escolar y el padre se lo lleva con él al Hanábana, una región de “sitios” de campesinos donde el embastonado capitán de partido Mariano Martí debe interceder en los contados guateques[20].

En esta jurisdicción matancera, conoce José Martí la cara más horrenda de la esclavitud: la del cepo[21] y el bocabajo[22]. La del  esclavo muerto colgado a un ceibo[23] del monte, que ya adulto, plasma en sus Versos sencillos.

Pudiera ser que entre los innumerables cuentos de doña Leonor para adormecer a su hijo, estuviera el del globo de Mr. Godard alejándose sobre La Habana con sus rayas coloridas semejantes a un arcoiris. Porque una tarde de 1857, en el Campo de Marte, el cuadrilongo[24] embellecido con muros bajos de mampostería rematados en rejas, para que el público presencie los ejercicios militares, asciende Mr. Godard en su globo, y después de subir doce mil pies de altura y de mantenerse en el aire cuarenta y ocho minutos, se pierde en el cielo terso[25] para descender en el Cotorro.

Otro acontecimiento que impacta a los habaneros de esos años es la coronación de Gertrudis Gómez de Avellaneda el 27 de enero de 1860, en el teatro Tacón. Según las crónicas de la época, ese día, desde horas tempranas, una oleada de coches va dejando a las puertas del teatro –el mejor de la ciudad- a los admiradores de la cubana que veintitrés años atrás había dejado la Isla, y que luego de alcanzar fama y prestigio en España, regresa para ser coronada como la más grande poetisa de la literatura hispanoamericana.

Lo más granado de la sociedad habanera se pasea esa noche por los salones resplandecientes a la luz de gigantescas arañas[26] de gas, y adornados con pilastras[27] con flores y pabellones de seda azul que se entrelazan con llamativas guirnaldas de flores.

Para las mujeres de entonces, poco instruidas y absolutamente esclavas de las costumbres, la Avellaneda representa el summum[28] de la ilustración femenina, la antítesis[29] de la monótona vida de las damas de la clase media y adinerada, que se circunscribe a la temprana misa, a pasar el día abanicándose y meciéndose en el zaguán[30] o tras la ventana, a dormir la siesta, asistir a algún baile o a una tertulia[31] casera, a salir de compras en la volanta, a pasear en ella por la Plaza de Armas.

Una mujer pobre, como doña Leonor, debía conformarse con una casa rústica y mal iluminada con velas o un quinqué[32]. Con el fogón de leña y el desayuno frugal[33] cuyo plato principal es el chocolate. Ya su hijo tiene siete años y asiste a una escuela pública del barrio de Santa Clara donde don Mariano es celador.

El niño y el padre prefieren ese barrio al del Templete, más palaciego y aristocrático. Aunque el comerciante enriquecido, aquel que posee un título nobiliario, un palco en el Tacón y un hijo criollo que conspira, aún no se sonroja por entrar a su mansión por un laberíntico y apestoso almacén. Pero don Mariano y José prefieren el olor a mar, a tasajo, a frutas del país, del barrio de Santa Clara, donde abundan los marinos y “placeros”[34].

Terminada la escuelita de barrio donde no tienen más que enseñarle, el niño, que ya sabe leer, escribir con caligrafía[35] perfecta, demuestra una aptitud especial en eso de recitar las odas[36] de la Avellaneda compuestas a raíz de su coronación.

Entonces aún rige el Bando del Buen Gobierno que prohibe volar papalotes dentro de la ciudad y en sus arrabales, y la prensa reitera lo comentado en enero de 1856, sobre las disposiciones del Ayuntamiento de que no se juegue pelota en las calles.

Pero José no es un niño proclive[37] a esos juegos, ni siquiera al Pipisigallo y a la Gallinita Ciega, muy en boga[38] cuando es pequeño. Prefiere los libros. Y un poco mayor visita la librería de Obrapía 115 sólo para ver las novedades, pues escaso de dinero, lee lo que puede, lo que pide prestado a sus amigos, incluso libros en inglés, idioma aprendido con Mendive.

Es cierto que a veces acude a la biblioteca de la Sociedad Económica Amigos del País, pero sus principales lecturas las hace gracias a las bibliotecas privadas de Fermín Valdés Domínguez y de Mendive.

Un dato curioso sobre sus primeras lecturas lo consigna el propio Martí en Patria, cuando escribe sobre el Libro de Lectura de Eusebio Guiteras y dice que “por sus versos sencillos, de nuestros pájaros y de nuestras flores, y sus cuentos sanos, de la casa y la niñez criolla, fueron para muchos hijos de Cuba, la primera literatura y fantasía”.

La necesidad de unir las poblaciones de intramuros y extramuros, de embellecer la capital y aprovechar sus valiosos terrenos, hizo que el Ayuntamiento pidiera, desde 1841, el derribo de la muralla –estrenada el 6 de junio de 1762 ante el empuje de los ingleses que finalmente tomaron La Habana- cuya construcción había demorado veintitrés años. Pero no es hasta la Real Orden del 22 de mayo de 1863 que se autoriza. Este acontecimiento tiene lugar el 8 de agosto del propio año de manera solemne ante las puertas de Monserrate, donde se levantó una escalinata para los asistentes a la ceremonia oficial, presidida por el Gobernador y el Obispo. Una salva de veintiún cañonazos, el discurso y la ceremonia religiosa, antecedieron a la caída de la primera piedra bajo el golpe de un pico de plata. Luego, el disparo de una segunda salva y los gritos de “Viva la Reina” ponen fin al acto.

Las fiestas por el derribo de la muralla duraron tres días entre fuegos artificiales, juegos lícitos y luminarias de gas ante las puertas de Monserrate. El último día tuvo lugar una función pública ecuestre[39] en el Campo de Marte, y por la noche, el Capitán General ofreció en honor de la sociedad habanera un baile en la Quinta de los Molinos.

José Martí acababa de cumplir diez años, y aunque no se sabe si presenció un acontecimiento tan importante para la villa, sí es de suponer que tuvo referencia de los festejos, y también del pavoroso[40] incendio ocurrido en muelles de Regla días después.

Una fiesta que se convierte en tradición es la del día de San Cristóbal, patrono de La Habana, cuando los vecinos se iban en caravanas hasta la ceiba[41] que simboliza la fundación de la ciudad, y en silencio pedían tres deseos cuyo cumplimiento dependía de su voto de silencio durante el trayecto hasta el Templete[42].

También estaban la Gran Romería de San Cristobal, organizada por las sociedades de las provincias de España, que congregaba a cientos de personas que seguían las marchas militares por el paseo de Carlos III con sus cuatro filas de álamos blancos y luego se reunían en las márgenes del río Almendares. Allí se levantaban las tiendas de los andaluces, la de los vascos, catalanes y asturianos, y se cantaban muñeiras[43] de Galicia, vigorosas rondallas[44] aragonesas, zorcicos[45] y jotas[46].

En cuanto a los bailes criollos, sobresale la danza, excitante y animada por una armonía sorprendente y un ritmo exacto que a veces, por su duración, requería el relevo de los músicos.

Todavía la calle Muralla seguía considerándose española, porque casi todos los grandes comerciales y aventureros de la Península habían pasado su aprendizaje en ella, y por tanto era la culminación del viaje largo y arduo[47] desde la aldea hasta la tierra de promisión que era la colonia de Cuba.

Si la calle Muralla –con sus aceras interrumpidas desde las siete de la mañana con los enormes burros de madera utilizados para descargar mercancías- expedía un olor a cuero curtido, y a telas nuevas, la Calzada del Monte a tabaco, por poseer los almacenes proveedores del habano, de ahí que se le llamara la Calzada del humo.

Otra zona comercial, además de la Plaza Vieja y el Mercado de Cristina, es la Plaza de San Francisco, lugar de espera, carga y descarga de los carretones que acudían al muelle y a los almacenes donde depositaban sus mercancías. A pocos pasos de ese sitio tan concurrido por blancos y por negros esclavos, por quitrines y carretones, desembarcaban los inmigrantes españoles quienes venían a hacer dinero a la ciudad portuaria más importante de América, o a morir de fiebre amarilla.

En esa Plaza se celebraban en octubre las ferias de San Francisco en las que imperaban los juegos de lotería, barajas, dados, perinola[48] y ruleta, sobre mesitas colocadas a todo lo ancho de la explanada. También, a principios del siglo XIX, durante la Semana Santa, tenía lugar el recorrido de las estaciones, las que transitaban la calle Amargura hasta la iglesia de El Cristo.

Aunque el campo está a la vista de la ciudad, la escasez de lugares urbanizados y los caminos intransitables hace que las familias no se alejen del centro, a no ser en la temporada veraniega o en las Pascuas y el Año Nuevo, en que las más pudientes se trasladan a sus casas-quintas. Marianao adonde se llega en ferrocarril, es uno de los puntos más concurridos en la temporada de baños, y uno de los lugares donde se respira “más campo verde”.

Barras y Prado describe las comunicaciones de entonces: “con dificultad habrá un país de nuestra raza donde sean más fáciles y abundantes”, ya que muchas volantas “por una peseta hacen el viaje de un extremo a otro de la población”. De igual manera, las berlinas (coches de alquiler) y los omnibus, conocidos con el estrambótico nombre de guaguas, realizan un periplo de más de una legua desde la Plaza de Armas hasta el Cerro o Jesús del Monte, y el ferrocarril urbano (tranvía), tirado por caballos, recorre los principales centros de la ciudad y extramuros hasta la Chorrera, Carlos III y el Cerro.

Luego refiere que por la bahía están las dos líneas de vapores, y el ferrocarril general sale del paradero de Villanueva. Eso, sin contar las comunicaciones con Estados Unidos y Europa, “el paquete español de Veracruz y el correo de España.

A pesar de su entusiasmo, Barras no deja de señalar los inconvenientes de las frecuentes tormentas, de los mosquitos y de la fiebre amarilla.

Todos los extranjeros que visitan La Habana por esa época, coinciden en afirmar lo concurrido de las retretas celebradas de 8:00 a 9:00 pm. en la Plaza de Armas. Subraya Barras y Prado que “concluida aquella, cada cual desfila por su lado y se queda la plaza desierta, pero los cafés y casas de refresco que hay en la acera de enfrente al Palacio, conservan su animación hasta las diez o diez y media, en que cierran”.

Si grande es la afluencia de público a la Plaza de Armas alrededor de la cual pasean las señoras en sus carruajes, no se quedan atrás la temporada de ópera en el teatro Tacón y las tertulias en los cafés como La Dominica y El Louvre, este último, el mayor y mejor de la ciudad y al que asisten sólo hombres. De las diversiones domingueras, están la lidia[49] de gallo, distracción que supera en gusto popular a la corrida de toros en plazas establecidas primero en el Campo de Marte, y luego en Regla y en Belascoaín, junto a la casa de Beneficencia.

Desde que Mazzantini llega a La Habana con su cuadrilla para ofrecer sus corridas de toro, esta suerte llena de expectación y de audacia, pero cruel para los cubanos, tiene lugar en plazas que aún subsisten en 1866. Resulta la mejor corrida de ese año, la del 29 de abril, en la que se lidian seis toros enfurecidos por banderillas de fuego y la estrella del espectáculo es el matador José Ponce.

Al “compadre Arazosa”, quien insiste en pagar la matrícula en una escuela privada, debe la familia Martí el ingreso de José en San Anacleto, de Rafael Sixto Casado. No ha pasado un mes de clases, y ya el niño de traje deslucido y pobreza extrema aventaja a sus condiscípulos en todas las disciplinas.

Allí conoce a Fermín Valdés Domínguez, y un vínculo fraternal los unirá toda la vida. A los once años, José Martí ha leído mucho, y siente un apasionamiento especial por La cabaña del Tío Tom, de Beecher Stowe, porque en algo refuerza sus experiencias en el Hanábana. En las conversaciones con su amigo Fermín, un tema afín es la Guerra de Secesión, en la que ambos se muestran partidarios del norte industrial y antiesclavista.

En 1865, Martí ingresa en la Escuela Superior Municipal de Varones San Pablo, inaugurada en Prado 88 esquina a Animas y dirigida por el maestro y poeta Rafael María de Mendive. El niño, en extremo sensible, reflexivo y muy aplicado, llega a querer y a admirar al maestro que estimula su interés por las artes y las letras y hasta le permite el acceso a su vasta biblioteca y asistir a las tertulias literarias en su casa de Consulado 112.

Pero la penuria[50] de su familia, acrecentada por siete laboriosas hermanas que ayudan a la madre en la costura por encargo, hace que el primogénito tenga que colocarse de dependiente en una bodega donde, además, lleva los libros de contabilidad. También consigue un trabajo de mandadero de un peluquero amigo que lo envía a los teatros con peluca y cosméticos para los cómicos.

En agosto de 1866, Mendive solicita la admisión de su alumno más querido en el Instituto de La Habana, y el muchacho termina su primer año con notas de sobresaliente y premios.

Junto a Fermín, también compañero de bachillerato, recorre la ciudad, la ostentosa calle de Obispo con sus vidrieras en las que se exiben libros, relojes, pinturas, mármoles, boceguíes, daguerrotipos y hasta un piano construido en La Habana. Con fervor hablan de Garibaldi, el patriota italiano que aboga por la independencia de Cuba y que ha estado de incógnito en La Habana; comentan el concierto ofrecido en el Gran Teatro-Circo Villanueva, un edificio con puntal y cúpula semejante a una carpa, donde las damas arrojan al escenario las puchas de flores que llevan en la mano junto al abanico.

Con el Morro a sus espaldas, caminan por el litoral y luego, en la casona de Fermín de la calle Industria, el joven Martí lee a su amigo sus primeros versos. “Sus sueños de colegio” son guiados por Mendive, mecenas[51] de los amigos necesitados.

La admiración que despierta en el estudiante su maestro, es valorada por Mendive, quien llega a querer y a amparar como un hijo al joven que se afana en saber y que lucha contra el padre obstinado en quitarlo de los estudios.

Por el Paseo del Prado, tan semejante a las ramblas[52] barcelonesas –a pesar de que carece de piso pavimentado-, van los dos amigos al encuentro del mentor, que con el mapa de Cuba abierto sobre un piano, marca la ruta seguida por los insurrectos y las zonas donde se van sucediendo los combates de la recién comenzada Guerra de Independencia.

El maestro afable y generoso que en sus afamadas tertulias lo mismo declama un poema, que informa las noticias que llegan secretamente del Departamento Oriental. Así los inicia día a día en el amor por la libertad de su patria.

Desde dos años antes, don Mariano, que comprende a su hijo mejor que la madre, le dice entre burlón y severo: ‘yo no extrañaría verte peleando un día por la independencia de tu tierra.” Algo presiente el rudo valenciano para revelarle con estas palabras su lealtad paternal.

En 1867 regresan de las Cortes los enviados de la Junta de Información con el fracaso de sus gestiones sobre reformas medulares para los criollos. Todo ese año, hasta el estallido de La Guerra de 1868, Mendive ha tenido a sus discípulos al tanto del trabajo de los laborantes y de la profunda convicción de los cubanos de luchar por la independencia.

Aunque hijo de español, José es aceptado en el Instituto por los jóvenes patriotas agrupados en el bando de los bijiritas frente a los reaccionarios gorriones. Y el muchacho convoca a los bijiritas a una reunión clandestina para constituir un club de jóvenes revolucionarios en los que primarán las ideas separatistas transmitidas por Mendive.

El 4 de enero de 1869 desembarca en el muelle de Caballería el nuevo Capitán General Domingo Dulce. Ni la libertad de imprenta en la que vieron la luz setenta y siete periódicos y una decena de sueltos, la amnistía a presos políticos y sus intentos mediadores para que los insurrectos depongan las armas, pueden detener la avalancha revolucionaria tan bien ilustrada por Antonio Pirala, alto oficial español, que entonces escribe: “He recorrido los Departamentos Oriental y Central y he visto que en ellos todos los cubanos son insurrectos; y vengo a La Habana y encuentro que aquí son insurrectos los hombres, las mujeres, los viejos, los niños, los negros, y hasta el aire que respiramos y los adoquines de la calle son insurrectos.”

El 12 de febrero de 1869, el general Dulce dicta el siguiente decreto: “Cesan por ahora, y mientras duren las actuales circunstancias, los efectos de mi decreto del 9 de enero sobre la libertad de imprenta. Queda establecida la previa censura.”

Ya por esa fecha, y aprovechando la libertad de imprenta, Martí había publicado su artículo de fondo para El Diablo Cojuelo y el editorial aparecido en el único número de La Patria Libre, el 23 de enero de 1869.

Cuando sale a la calle La Patria Libre, “semanario democrático cosmopolita”, según reza el subtítulo, publicado bajo el auspicio de Mendive y donde Martí publica su poema dramático Abdala, La Habana sufre las depredaciones de los Voluntarios, cuerpo represivo del gobierno español que de alguna manera trata de detener en la capital, la avalancha revolucionaria desatada por el estallido de la guerra.

Buena muestra de los desafueros del Cuerpo de Voluntarios es la carga de estos contra las negras viejas y los vendedores ambulantes de la Acera del Louvre llamada luego “la batalla del ponche de leche”, y el ataque de ese Cuerpo, luego de los sucesos del teatro Villanueva, contra los concurrentes a la Acera del Louvre, punto de reunión de a juventud separatista.

Lo ocurrido en Villanueva, donde un bufo se atreve a cantar cierto estribillo de connotación mambisa y donde se escuchan gritos de vivas a Cuba y a Carlos Manuel de Céspedes, sorprende a José en casa de Mendive. El y su esposa lo retienen a la fuerza hasta que viene en su busca doña Leonor. Al día siguiente, el joven se entera de la detención de su entrañable maestro acusado de infidencia. El 4 de octubre del propio año se produce un malentendido entre los Voluntarios quienes marchan frente a la casa de los Valdés Domínguez y los más jóvenes de esta familia. Horas después registran la vivienda y encuentran una carta firmada por Fermín y Martí dirigida a un alumno de Mendive que es calificado de apóstata por ambos amigos, debido a su alistamiento en el Cuerpo de Voluntarios. Más que el documento, es el apasionamiento de Martí en el juicio lo que lo condena a presidio y a trabajos forzados en las canteras de San Lázaro.

Cuántas veces transita el joven revolucionario con la cadena a la cintura, la cabeza rapada, los pies abiertos en heridas purulentas, frente a la boca de la bahía que tanto ama. En su marcha lenta, fatigosa cuando regresa de las canteras hasta la Cárcel por una vía cercana al Torreón de San Lázaro, la beneficencia y la Plaza de Toros.

El Paseo de Isabel II, ancho y arbolado, es para él punto de partida para imaginarse las casas que habitó en Refugio y San Rafael; la de Fermín, en la calle de Industria; la del querido maestro deportado.

Ya no es para él, la bullente ciudad de su infancia, la de guardavecinos y columnas, la de fabulosos arcos de medio punto y de rejas como la entretejida flora del trópico. Ahora las casas se le antojan fantasmas medrosos que asisten al cortejo de condenados sangrantes y harapientos que lo acompañan.

Después de la conmutación de la pena y de un breve destierro en Isla de Pinos, José Martí, sale deportado a España el 15 de enero de 1870. La prisión y el destierro, la patria oprimida, marcarían al joven para toda la vida.

Una mañana de frío sube la escala del vapor Güipúzcoa. Va tenso y muy entristecido. Desde cubierta, saluda a la familia ya numerosa, mira fijamente el litoral y el muelle atiborrado de pasajeros y mercancías, y parte tratando de llevarse en una mirada, la ciudad que despierta al torbellino de las campanas y pregones, con el convencimiento de que regresará algún día para luchar por la independencia de Cuba.

[1] .  Artículo escrito por Olga Fernández. CENTRO DE ESTUDIOS MARTIANOS, Volumen 12, 1989,p. 302.

[2] .  Sombrero masculino  de ceremonia de copa alta.

[3] .  Prenda de abrigo masculino en forma de levita larga y holgada.

[4] .  Tejido de algodón abrillantado.

[5] .  Religiosas de ciertas órdenes: beatas dominicas.

[6] .  Enfermedad epidémica contagiosa, producida por el vibrión colérico y caracterizada por deposiciones muy frecuentes, vómitos, sed intensa, rápido adelgazamiento, calambres dolorosos en los miembros y abatimiento profundo con descenso de la temperatura, que puede acabar en la muerte.

[7] .  Vulgar.

[8] .  Adornándose con joyas y piedras preciosas.

[9] .  Mezclados.

[10] . Persona del pueblo.

[11] . Torre fortificada para la defensa de una Plaza o Castillo.

[12] . Estrechas.

[13] . Muy excitado.

[14] . Prosperidad.

[15] . Bodega bajo tierra.

[16] . Conjunto de toldos para dar sombra.

[17] . Sin importancia.

[18] . Ansioso.

[19] . Espacio comprendido dentro de límites determinados.

[20] . Fiesta generalmente celebrada en una casa particular en la que se comen emparedados y aperitivos, etc., se consumen bebidas y a veces se baila,

[21] . Instrumento penitenciario, consistente en dos gruesos maderos con medio círculo agujereado, que al unirse dejaban un hueco donde se metían el cuello, los pies o las manos del prisionero.

[22] . Tendido con la cara hacia el suelo.

[23] . Arbol de flores rojas.

[24] . Rectángulo.

[25] . Claro, transparente.

[26] . Lámpara de varios brazos que se cuelga del techo.

[27] . Soporte vertical, distinto de la columna arrimado a la pared.

[28] . El máximo grado.

[29] . Oposición entre dos palabras o expresiones que manifiestan ideas contrarias.

[30] . Pieza o habitación cubierta inmediata a la entrada de un edificio o vivienda y que sirve de vestíbulo [Vestíbulo: Pieza de un edificio o vivienda que permite la comunicación con las restantes habitaciones o con el exterior.]

[31] . Reunión habitual de personas que se juntan para conversar sobre cualquier tema.

[32] . Lámpara provista de un depósito de aceite o petróleo cuya llama se halla resguardada por un tubo de cristal.

[33] . Dícese de las comidas sencillas y poco abundantes.

[34] . Dícese de la persona que vende en el mercado.

[35] . Arte de escribir con letra correctamente formada.

[36] . Poema lírico, dividido en estrofas, destinado a celebrar grandes acontecimientos o a importantes personajes todas heroicas. Poema destinado a ser cantado.

[37] . Inclinado, propenso a cierta cosa.

[38] . De moda.

[39] . Relativo al caballero, o a la orden y ejército de caballería. Relativo al caballo.

[40] . Que causa miedo muy grande.

[41] . Arbol cuyos frutos proporcionan una especie de algodón llamado capoc, usado para rellenar almohadas.

[42] . Construcción formada generalmente por un techo sostenido por columnas para cobijar una estatua y que puede formar parte de un altar.

[43] . Danza, generalmente acompañada de canto, propia de Galicia y Asturias.

[44] . Conjunto de hombres que van tocando y cantando por la calle.

[45] . Danza folklórica vasca.

[46] . Baile popular de Aragón y otras regiones españolas, y música y copla propias de este baile.

[47] . Muy difícil.

[48] . Juguete de madera pequeña semejante al peón del juego de damas, con un manguillo en la parte superior pero sin punta metálica.

[49] . Batallar, pelear.

[50] . Falta de aquello que se necesita. Insuficiencia.

[51] . Protector de las letras y las artes.

[52] . Avenida o calle ancha con árboles.

 

 

 

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