|
"VINDICACION DE CUBA"
Traducido de la carta
que publicó bajo este título
"The Evening Post", de New York,
del 25 de marzo de 1889
Por José Martí
Carta al Editor
New York Evening Post
Marzo 25, 1889
Traducción:
Ignacio Alvarez
La Nueva Cuba
Octubre 16, 2003
Sr. Director
de The Evening Post
.
Señor:
Ruego a usted
que me permita referirme en sus columnas a la ofensiva crítica
de los cubanos publicada en The Manufacturer de Filadelfia, y reproducida
con aprobación en su número de ayer.
No es éste
el momento de discutir el asunto de la anexión de Cuba. Es
probable que ningún cubano que tenga en algo su decoro desee
ver su país unido a otro donde los que guían la opinión
comparten, respecto a él, las preocupaciones sólo
excusables a la política fanfarrona o la desordenada ignorancia.
Ningún cubano honrado se humillará hasta verse recibido
como un apestado moral, por el mero valor de su tierra, en un pueblo
que niega su capacidad, insulta su virtud y desprecia su carácter..
Hay cubanos que por móviles respetables, por una admiración
ardiente al progreso y la libertad, por el presentimiento de sus
propias fuerzas en mejores condiciones políticas, por el
desdichado desconocimiento de la historia y tendencias de la anexión,
desearían ver la Isla ligada a los Estados Unidos. Pero los
que han peleado en la guerra, y han aprendido en los destierros;
los que han levantado, con el trabajo de las manos y la mente, un
hogar virtuoso en el corazón de un pueblo hostil; los que
por su mérito reconocido como científicos y comerciantes,
como empresarios e ingenieros, como maestros, abogados, artistas,
periodistas, oradores y poetas, como hombres de inteligencia viva
y actividad poco común, se ven honrados dondequiera que ha
habido ocasión para desplegar sus cualidades, y justicia
para entenderlos; los que, con sus elementos menos preparados, fundaron
una ciudad de trabajadores donde los Estados Unidos no tenían
antes más que unas cuantas casuchas en un islote desierto;
ésos, más numerosos que los otros, no desean la anexión
de Cuba a los Estados Unidos. No la necesitan. Admiran esta nación,
la más grande de cuantas erigió jamás la libertad;
pero desconfían de los elementos funestos que, como gusanos
en la sangre, han comenzado en esta República portentosa
su obra de destrucción. Han hecho de los héroes de
este país sus propios héroes, y anhelan el éxito
definitivo de la Unión Norte-Americana, como la gloria mayor
de la humanidad; pero no pueden creer honradamente que el individualismo
excesivo, la adoración de la riqueza, y el júbilo
prolongado de una victoria terrible, estén preparando a los
Estados Unidos para ser la nación típica de la libertad,
donde no ha de haber opinión basada en el apetito inmoderado
de poder, ni adquisición o triunfos contrarios a la bondad
y a la justicia. Amamos a la patria de Lincoln, tanto como tememos
a la patria de Cutting.
No somos los
cubanos ese pueblo de vagabundos míseros o pigmeos inmorales
que a The Manufacturer le place describir; ni el país de
inútiles verbosos, incapaces de acción, enemigos del
trabajo recio, que, junto con los demás pueblos de la América
española, suelen pintar viajeros soberbios y escritores..........-.
Merecemos en la hora de nuestro infortunio, el respeto de los que
no nos ayudaron cuando quisimos sacudirlo.
.
Los cubanos, dice The Manufacturer, tienen "aversión
a todo esfuerzo", "no se saben valer", "son
perezosos". Estos "perezosos" que "no se saben
valer", llegaron aquí hace veinte años con las
manos vacías, salvo pocas excepciones; lucharon contra el
clima; dominaron la lengua extranjera; vivieron de su trabajo honrado,
algunos en holgura, unos cuantos ricos, rara vez en la miseria:
gustaban del lujo, y trabajaban para él: no se les veía
con frecuencia en las sendas oscuras de la vida: independientes,
y bastándose a sí propios, no temían la competencia
en aptitudes ni en actividad: miles se han vuelto, a morir en sus
hogares: miles permanecen donde en las durezas de la vida han acabado
por triunfar, sin la ayuda del idioma amigo, la comunidad religiosa
ni la simpatía de raza. Un puñado de trabajadores
cubanos levantó a Cayo Hueso. Los cubanos se han señalado
en Panamá por su mérito como artesanos en los oficios
más nobles, como empleados, médicos y contratistas.
Un cubano, Cisneros, ha contribuido poderosamente al adelanto de
los ferrocarriles y la navegación de los ríos de Colombia.
Márquez, otro cubano, obtuvo, como muchos de sus compatriotas,
el respeto del Perú como comerciante eminente. Por todas
partes viven los cubanos, trabajando como campesinos, como ingenieros,
como agrimensores, como artesanos, como maestros, como periodistas.
En Filadelfia, The Manufacturer tiene ocasión diaria de ver
a cien cubanos, algunos de ellos de historia heroica y cuerpo vigoroso,
que viven de su trabajo en cómoda abundancia. En New York
los cubanos son directores en bancos prominentes, comerciantes prósperos,
corredores conocidos, empleados de notorios talentos, médicos
con clientela del país, ingenieros de reputación universal,
electricistas, periodistas, dueños de establecimientos, artesanos.
El poeta del Niágara es un cubano, nuestro Heredia. Un cubano,
Menocal, es jefe de los ingenieros del canal de Nicaragua. En Filadelfia
mismo, como en New York, el primer premio de las Universidades ha
sido, más de una vez, de los cubanos. Y las mujeres de estos
"perezosos", "que no se saben valer", de estos
enemigos de "todo esfuerzo", llegaron aquí recién
venidas de una existencia suntuosa, en lo más crudo del invierno:
sus maridos estaban en la guerra, arruinados, presos, muertos: la
"señora" se puso a trabajar; la dueña de
esclavos se convirtió en esclava; se sentó detrás
de un mostrador; cantó en las iglesias; ribeteó ojales
por cientos; cosió a jornal; rizó plumas de sombrerería;
dio su corazón al deber; marchitó su cuerpo en el
trabajo: ¡éste es el pueblo "deficiente en moral"!
..................
Los conocimientos políticos del cubano común se comparan
sin desventaja con los del ciudadano común de los Estados
Unidos. La ausencia absoluta de intolerancia religiosa, el amor
del hombre a la propiedad adquirida con el trabajo de sus manos,
y la familiaridad en práctica y teoría con las leyes
y procedimientos de la libertad, habituarán al cubano para
reedificar su patria sobre las ruinas en que la recibirá
de sus opresores. No es de esperar, para honra de la especie humana,
que la nación que tuvo la libertad por cuna, y recibió
durante tres siglos la mejor sangre de hombres libres, emplee el
poder amasado de este modo para privar de su libertad a un vecino
menos afortunado. Acaba The Manufacturer diciendo "que nuestra
falta de fuerza viril y de respeto propio está demostrada
por la apatía con que nos hemos sometido durante tanto tiempo
a la opresión española", y "nuestras mismas
tentativas de rebelión han sido tan infelizmente ineficaces,
que apenas se levantan un poco de la dignidad de una farsa".
Nunca se ha desplegado ignorancia mayor de la historia y el carácter
que en esta ligerísima aseveración. Es preciso recordar,
para no contestarla con amargura, que más de un americano
derramó su sangre a nuestro lado en una guerra que otro americano
había de llamar "una farsa". ¡Una farsa,
la guerra que ha sido comparada por los observadores extranjeros
a una epopeya, el alzamiento de todo un pueblo, el abandono voluntario
de la riqueza, la abolición de la esclavitud en nuestro primer
momento de la libertad, el incendio de nuestras ciudades con nuestras
propias manos, la creación de pueblos y fábricas en
los bosques vírgenes, el vestir a nuestras mujeres con los
tejidos de los árboles, el tener a raya, en diez años
de esa vida, a un adversario poderoso, que perdió doscientos
mil hombres a manos de un pequeño ejército de patriotas,
sin más ayuda que la naturaleza! Nosotros no teníamos
hessianos ni franceses, ni Lafayette o Steuben, ni rivalidades de
rey que nos ayudaran: nosotros no teníamos más que
un vecino que "extendió los límites de su poder
y obró contra la voluntad del pueblo" para favorecer
a los enemigos de aquellos que peleaban por la misma carta de libertad
en que él fundó su independencia: nosotros caímos
víctimas de las mismas pasiones que hubieran causado la caída
de los Trece Estados, a no haberlos unido el éxito, mientras
que a nosotros nos debilitó la demora, no demora causada
por la cobardía, sino por nuestro horror a la sangre, que
en los primeros meses de la lucha permitió al enemigo tomar
ventaja irreparable, y por una confianza infantil en la ayuda cierta
de los Estados Unidos: "¡No han de vernos morir por la
libertad a sus propias puertas sin alzar una mano o decir una palabra
para dar un nuevo pueblo libre al mundo!" Extendieron "los
límites de su poder en deferencia a España".
No alzaron la mano. No dijeron la palabra
La lucha no
ha cesado. Los desterrados no quieren volver. La nueva generación
es digna de sus padres. Centenares de hombres han muerto después
de la guerra en el misterio de las prisiones. Sólo con la
vida cesará entre nosotros la batalla por la libertad. Y
es la verdad triste que nuestros esfuerzos se habrían, en
toda probabilidad, renovado con éxito, a no haber sido, en
algunos de nosotros, por la esperanza poco viril de los anexionistas,
de obtener libertad sin pagarla a su precio, y por el temor justo
de otros, de que nuestros muertos, nuestras memorias sagradas, nuestras
ruinas empapadas en sangre, no vinieran a ser más que el
abono del suelo para el crecimiento de una planta extranjera, o
la ocasión de una burla para The Manufacturer de Filadelfia.
Soy de usted,
señor Director, servidor atento.
José
Martí
|