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LA REPUBLICA ESPAÑOLA
ANTE LA REVOLUCION CUBANA
Por José
Martí y Pérez
Madrid
15 de febrero de 1873
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La Nueva Cuba
Enero 28, 2007
La gloria y
el triunfo no son más que un estímulo al cumplimiento
del deber. En la vida práctica de las ideas, el poder no
es más que el respeto a todas las manifestaciones de la justicia,
la voluntad firme ante todos los consejos de la crueldad o del orgullo.
Y cuando el acatamiento a la justicia desaparece, y el cumplimiento
del deber se desconoce, infamia envuelve el triunfo y la gloria,
vida insensata y odiosa vive el poder.
Hombre de buena
voluntad, saludo a la República que triunfa, la saludo hoy
como la maldeciré mañana cuando una República
ahogue a otra República, cuando un pueblo libre al fin comprima
las libertades de otro pueblo, cuando una nación que se explica
que lo es, subyugue y someta a otra nación que le ha de probar
que quiere serlo. Si la libertad de la tiranía es tremenda,
la tiranía de la libertad repugna, estremece, espanta.
La libertad
no puede ser fecunda para los pueblos que tienen la frente manchada
de sangre. La República española abre eras de felicidad
para su patria: cuide de limpiar su frente de todas las manchas
que la nublan, que no se va tranquilo ni seguro por sendas
de remordimientos y opresiones, por sendas que entorpezcan la violación
más sencilla, la comprensión más pequeña
del deseo popular.
No ha de ser
respetada voluntad que comprime otra voluntad. Sobre el sufragio
libre, sobre el sufragio consciente e instruido, sobre el espíritu
que anima el cuerpo sacratísimo de los derechos, sobre el
verbo engendrador de libertades álzase hoy la República
española. ¿Podrá imponer jamás su voluntad
a quien la exprese por medio del sufragio? ¿podrá
rechazar jamás la voluntad unánime de un pueblo, cuando
por voluntad del pueblo, y libre y unánime voluntad se levanta?
No prejuzgo
yo actos de la República española, ni entiendo yo
que haya de ser la República tímida o cobarde. Pero
sí le advierto que el acto está siempre propenso a
la injusticia, sí le recuerdo que la injusticia es la muerte
del respeto ajeno, sí le aviso que ser injusto es la necesidad
de ser maldito, sí la conjuro a que no infame nunca la conciencia
universal de la honra, que no excluye por cierto la honra patria,
pero que exige que la honra patria viva dentro de la honra universal.
Engendrado por
las ideas republicanas entendió el pueblo cubano que su honra
andaba mal con el Gobierno que le negaba el derecho de tenerla.
Y como no la tenía, y como sentía potente su necesidad,
fue a buscarla en el sacrificio y el martirio, allí donde
han solido ir a encontrarla los republicanos españoles. Yo
apartaría con ira mis ojos de los republicanos mezquinos
y suicidas que negasen a aquel pueblo vejado, agarrotado, oprimido,
esquilmado, vendido, el derecho de insurrección por tantas
insurrecciones de la República española sancionado.
Vendida estaba Cuba a la ambición de sus dominadores; vendida
estaba a la explotación de sus tiranos. Así lo ha
dicho muchas veces la República proclamada. De tiranos los
ha acusado muchas veces la República triunfante. Ella me
oye: ella me defienda.
La lucha ha
sido para Cuba muerte de sus hijos más queridos, pérdida
de su prosperidad que maldecía, porque era prosperidad esclava
y deshonrada, porque el Gobierno le permitía la riqueza a
trueque de la infamia, y Cuba quería su pobreza a trueque
de aquella concesión maldita del Gobierno. ¡Pesar profundo
por los que condenen la explosión de la honra del esclavo,
la voluntad enérgica de Cuba!
Pidió,
rogó, gimió, esperó. ¿Cómo ha
de tener derecho a condenarla quien contestó a sus ruegos
con la burla, con nuevas vejaciones a su esperanza?
Hable en buen
hora el soberbio de la honra mancillada, tristes que no entienden
que sólo hay honra en la satisfacción de la justicia:defienda
en buen hora el comerciante el venero de riquezas que escapa a su
deseo:pretenda alguno en buen hora que no conviene a España
la separación de las Antillas. Entiendo, al fin, que el amor
de la mercancía turbe el espíritu, entiendo que la
sinrazón viva en el cerebro, entiendo que el orgullo desmedido
condene lo que para sí mismo realza, y busca, y adquiere;
pero no entiendo que haya cieno allí donde debe haber corazón.
Bendijeron los
ricos cubanos su miseria, fecundóse el campo de la lucha
con sangre de los mártires, y España sabe que los
vivos no se han espantado de los muertos, que la insurrección
era consecuencia de una revolución, que la libertad había
encontrado una patria más, que hubiera sido española
si España hubiera querido, pero que era libre a pesar de
la voluntad de España.
No ceden los
insurrectos. Como la Península quemó a Sagunto, Cuba
quemó a Bayamo; la lucha que Cuba quiso humanizar, sigue
tremenda por la voluntad de España, que rechazó la
humanización; cuatro años ha que sin demanda de tregua,
sin señal de ceder en su empeño, piden, y la piden
muriendo, como los republicanos españoles han pedido su libertad
tantas veces, su independencia de la opresión, su libertad
del honor. ¿Cómo ha de haber republicano honrado que
se atreva a negar para un pueblo derecho que él usó
para sí?
Mi patria escribe
con sangre su resolución irrevocable. Sobre los cadáveres
de sus hijos se alza a decir que desea firmemente su independencia.
Y luchan, y mueren. Y mueren tanto los hijos de la Península
como los hijos de mi patria. ¿No espantará a la República
española saber que los españoles mueren por combatir
a otros republicanos?
Ella ha querido
que España respete su voluntad, que es la voluntad de los
espíritus honrados: ella ha de respetar la voluntad cubana
que quiere lo mismo que ella quiere, pero que lo quiere sola, porque
sola ha estado para pedirlo, porque sola ha perdido sus hijos muy
amados, porque nadie ha tenido el valor de defenderla, porque entiende
a cuánto alcanza su vitalidad, porque sabe que una guerra
llena de detalles espantosos ha de ser siempre lazo sangriento,
porque no puede amar a los que la han tratado sin compasión,
porque sobre cimientos de cadáveres recientes y de ruinas
humeantes no se levantan edificios de cordialidad y de paz. No la
invoquen los que la hollaron. No quieran paz sangrienta los que
saben que lo ha de ser.
La República
niega el derecho de conquista. Derecho de conquista hizo a Cuba
de España.
La República
condena a los que oprimen. Derecho de opresión y de explotación
vergonzosa y de persecución encarnizada ha usado España
perpetuamente sobre Cuba.
La República
no puede, pues, retener lo que fue adquirido por un derecho que
ella niega, y conservado por una serie de violaciones de derecho
que anatematiza.
La República
se levanta en hombros del sufragio universal, de la voluntad unánime
del pueblo.
Y Cuba se levanta
así. Su plebiscito es su martirologio. Su sufragio es su
revolución. ¿Cuándo expresa más firmemente
un pueblo sus deseos que cuando se alza en armas para conseguirlos?
Y si Cuba proclama
su independencia por el mismo derecho que se proclama la República,
¿cómo ha de negar la República a Cuba su derecho
de ser libre, que es el mismo que ella usó para serlo? ¿Cómo
ha de negarse a sí misma la República? ¿Cómo
ha de disponer de la suerte de un pueblo imponiéndole una
vida en la que no entra su completa y libre y evidentísima
voluntad?
El Presidente
del Gobierno republicano ha dicho que si las Cortes Constituyentes
no votaran la República, los republicanos abandonarían
el poder, volverían a la oposición, acatarían
a la voluntad popular. ¿Cómo el que así da
poder omnímodo a la voluntad de un pueblo, no ha de oír
y respetar y acatar la voluntad de otro? Ante la República
ha cesado ya el delito de ser cubano, aquel tremendo pecado original
de mi patria amadísima de que sólo lavaba el bautismo
de la degradación y de la infamia.
¡Viva
Cuba española! dijo el que había de ser Presidente
de la Asamblea, y la Asamblea dijo con él. Ellos, levantados
al poder por el sufragio, niegan el derecho de sufragio al instante
de haber subido al poder; maltrataron la razón y la justicia,
maltrataron la gratitud los que dijeron como el señor Martos.
¡No! En nombre de la libertad, en nombre del respeto
a la voluntad ajena, en nombre de la voluntad soberana de los pueblos,
en nombre del derecho, en nombre de la conciencia, en nombre de
la República, ¡no!¡Viva Cuba española,
si ella quiere, y si ella quiere ¡viva Cuba libre!
Si Cuba ha decidido
su emancipación; si ha querido siempre su emancipación
para alzarse en República; si se arrojó a lograr sus
derechos antes que España los lograse; si ha sabido sacrificarse
por su libertad, ¿querrá la República española
sujetar a la fuerza a aquella que el martirio ha erigido en República
cubana? ¿Querrá la República dominar
en ella contra su voluntad?
Mas dirán
ahora que puesto que España da a Cuba los derechos que pedía,
su insurrección no tiene ya razón de existir. No
pienso sin amargura en este pobre argumento, y en verdad que de
la dureza de mis razones habrá de culparse a aquellos que
las provocan. España quiere ya hacer bien a Cuba. ¿Qué
derecho tiene España para ser benéfica después
de haber sido tan cruel?Y si es para recuperar su honra ¿qué
derecho tiene para hacerse pagar con la libertad de un pueblo, honra
que no supo tener a tiempo, beneficios que el pueblo no le pide,
porque ha sabido conquistárselos ya?¿Cómo
quiere que se acepte ahora lo que tantas veces no ha sabido dar?
¿Cómo ha de consentir la revolución cubana
que España conceda como dueña derechos que tanta sangre
y tanto duelo ha costado a Cuba defender?España expía
ahora terriblemente sus pecados coloniales, que en tal extremo la
ponen que no tiene ya derecho a remediarlos. La ley de sus
errores la condena a no aparecer bondadosa. Tendría derecho
para serlo si hubiera evitado aquella inmensa, aquella innumerable
serie de profundísimos males. Tendría derecho para
serlo si hubiera sido siquiera humana en la prosecución de
aquella guerra que ha hecho bárbara e impía.
Y yo olvido
ahora que Cuba tiene formada la firme decisión de no pertenecer
a España: pienso sólo en que Cuba no puede ya pertenecerle.
La sima que dividía a España y Cuba se ha llenado,
por la voluntad de España, de cadáveres. No
vive sobre los cadáveres amor ni concordia;no merece
perdón el que no supo perdonar. Cuba sabe que la República
no viene vestida de muerte, pero no puede olvidar tantos días
de cadalso y de dolor. España ha llegado tarde; la ley del
tiempo la condena.
La República
conoce cómo la separa de la Isla sin ventura ancho espacio
que llenan los muertos;la República oye como yo su
voz aterradora;la República sabe que para conservar
a Cuba, nuevos cadáveres se han de amontonar, sangre abundantísima
se ha de verter;sabe que para subyugar, someter, violentar
la voluntad de aquel pueblo, han de morir sus mismos hijos. ¿Y
consentirá que mueran para lo que, si no fuera la muerte
de la legalidad, sería el suicidio de su honra?¡Espanto
si lo consiente!¡Míseros los que se atrevan a
verter la sangre de los que piden las mismas libertades que pidieron
ellos! ¡Míseros los que así abjuren de su derecho
a la felicidad, al honor, a la consideración de los humanos!
Y se habla de
integridad del territorio. El Océano Atlántico
destruye este ridículo argumento. A los que así abusan
del patriotismo del pueblo, a los que así le arrastran y
le engañan, manos enemigas pudieran señalarle un punto
inglés, manos severas la Florida, manos necias la vasta Lusitania.
Y no constituye
la tierra eso que llaman integridad de la patria. Patria es algo
más que opresión, algo más que pedazos de terreno
sin libertad y sin vida, algo más que derecho de posesión
a la fuerza. Patria es comunidad de intereses, unidad de tradiciones,
unidad de fines, fusión dulcísima y consoladora de
amores y esperanzas.
Y no viven los
cubanos como los peninsulares viven; no es la historia de los cubanos
la historia de los peninsulares; lo que para España fue gloria
inmarcesible, España misma ha querido que sea para ellos
desgracia profundísima. De distinto comercio se alimentan,
con distintos países se relacionan, con opuestas costumbres
se regocijan. No hay entre ellos aspiraciones comunes, ni fines
idénticos, ni recuerdos amados que los unan. El espíritu
cubano piensa con amargura en las tristezas que le ha traído
el espíritu español; lucha vigorosamente contra la
dominación de España. Y si faltan, pues, todas
las comunidades, todas las identidades que hacen la patria íntegra,
se invoca un fantasma que no ha de responder, se invoca una mentira
engañadora cuando se invoca la integridad de la patria. Los
pueblos no se unen sino con lazos de fraternidad y de amor.
Si España
no ha querido ser nunca hermana de Cuba, ¿con qué
razón ha de pretender ahora que Cuba sea su hermana?Sujetar
a Cuba a la nación española sería ejercer sobre
ella un derecho de conquista, hoy más que nunca vejatorio
y repugnante. La República no puede ejercerlo sin atraer
sobre su cabeza culpable la execración de los pueblos honrados.
Muchas veces
pidió Cuba a España los derechos que hoy le querrá
España conceder. Y si muchas veces se negó España
a otorgarlos, a otorgar los que ella tenía, ¿cómo
ha de atreverse a extrañar que Cuba se niegue a su vez a
aceptar como don tardío, honor que ha comprado con la sangre
más generosa de sus hijos, honor que busca hoy todavía
con una voluntad inquebrantable y una firmeza que nadie ha de romper?
Por distintas
necesidades apremiados, dotados de opuestísimos caracteres,
rodeados de distintos países, hondamente divididos por crueldades
pasadas, sin razón para amar a la Península, sin voluntad
alguna en Cuba para pertenecer a ella, excitados por los dolores
que sobre Cuba ha acumulado España, ¿no es locura
pretender que se fundan en uno dos pueblos por naturaleza, por costumbres,
por necesidades, por tradiciones, por falta de amor, separados,
unidos sólo por recuerdos de luto y de dolor?
Dicen que la
separación de Cuba sería el fraccionamiento de la
patria. Fuéralo así si la patria fuese esa idea egoísta
y sórdida de dominación y de avaricia. Pero, aun siéndolo,
la conservación de Cuba para España contra su más
explícita y poderosa voluntad, que siempre es poderosa la
voluntad de un pueblo que lucha por su independencia, sería
el fraccionamiento de la honra de la patria que invocan. Imponerse
es de tiranos. Oprimir es de infames. No querrá nunca la
República española ser tiránica y cobarde.
No ha de sacrificar así el bien patrio a que tras tantas
dificultades llega noblemente. No ha de manchar así honor
que tanto le cuesta.
Si la lucha
unánime y persistente de Cuba demuestra su deseo firmísimo
de conseguir su emancipación; si son de amargura y de dolor
los recuerdos que la unen a España; si cree que paga cara
la sonoridad de la lengua española con las vidas ilustres
que España le ha hecho perder, ¿querrá esta
España nueva, regenerada España que se llama República
española, envolverse en la mengua de una más que todas
injusta, impía, irracional opresión? Tal error sería
este, que espero que no obrará jamás obra tan llena
de miseria.
Y en Cuba hay
400 000 negros esclavos, para los que, antes que España,
decretaron los revolucionarios libertad y hay negros bozales
de 10 años, y niños de 11, y ancianos venerables de
80, y negros idiotas de 100 en los presidios políticos del
Gobierno, y son azotados por las calles, y mutilados por los
golpes, y viven muriendo así. Y en Cuba fusilan a los sospechosos,
y a los comisionados del Gobierno, y a las mujeres, y las violan,
y las arrastran, y sufren muerte instantánea los que pelean
por la patria, y muerte lenta y sombría aquellos cuya muerte
instantánea no se ha podido disculpar. Y hay jefes sentenciados
a presidio por cebarse en cadáveres de insurrectos, y
los ha habido indultados por presentar en la mesa partes de un cuerpo
de insurrecto mutilado, y tantos horrores hay que yo no los
quiero recordar a la República, ni quiero decirles que los
estorbe, que son tales y tan tremendos, que indicarle que
los ha de corregir es atentar a su honor.
Pero esto demuestra
cómo es ya imposible la unión de Cuba a España,
si ha de ser unión fructífera, leal y cariñosa,
cómo es necesaria resolución justa y patriótica;que
sólo obrando con razón perfecta se decide la suerte
de los pueblos, y sólo obedeciendo estrictamente a la justicia
se honra a la patria, desfigurada por los soberbios, envilecida
por los ambiciosos, menguada por los necios, y por sus hechos en
Cuba tan poco merecedora de fortuna.
Cuba reclama
la independencia a que tiene derecho por la vida propia que sabe
que posee, por la enérgica constancia de sus hijos, por la
riqueza de su territorio, por la natural independencia de este,
y, más que por todo, y esta razón está sobre
todas las razones, porque así es la voluntad firme y unánime
del pueblo cubano.
Si la conservación
de Cuba para España ha de ser, y no podrá conservarse
sino siéndolo, olvido de la razón, violaciones del
derecho, imposición de la voluntad, mancilla de la honra,
indigno será quien quiera conservar la riqueza cubana a tanta
costa; indigno será quien deje pensar a las naciones que
sacrifica su honra a la riqueza.
Hoy que la virtud
es sólo el cumplimiento del deber, no ya su exageración
heroica, no consienta su mengua la República, sepa cimentar
sobre justicia sabia y generosa su Gobierno, no rija a un pueblo
contra su voluntadella que hace emanar de la voluntad del
pueblo todos los poderes;no luche contra sí misma,
no se infame, no tema, no se pliegue a exigencias de soberbia ridícula,
ni de orgullo exagerado, ni de disfrazadas ambiciones; reconozca,
puesto que el derecho, y la necesidad, y las Repúblicas,
y la alteza de la idea republicana la reconocen, la independencia
de Cuba; firme así su dominación sobre esta que, no
siendo más que la consecuencia legítima de sus principios,
el cumplimiento estricto de la justicia, sería, sin embargo,
la más inmarcesible de sus glorias. Harto tiempo han
oprimido a España la indecisión y los temores;tenga,
al fin, España el valor de ser gloriosa.
¿Temerá
el Gobierno de la República que el pueblo no respete esta
levantada solución? Esto sería confesar que el pueblo
español no es republicano.
¿No se
atreverá a persuadir al pueblo de que esto es lo que le impone
su honor verdadero? Esto significaría que prefiere el poder
a la satisfacción de la conciencia.
¿No pensará
como pienso el Gobierno republicano? Esto querría decir que
la República española ni acata la voluntad del pueblo
soberano, ni ha llegado a entender el ideal de la República.
No pienso yo
que cederá al temor. Pero si cediera, esta enajenación
de su derecho sería la señal primera de la pérdida
de todos.
Si no obra como
yo entiendo que debe obrar, porque no entiende como yo, esto significa
que tiene en más las reminiscencias de sus errores pasados
que la extensión, sublime por lo ilimitada y por lo pura,
de las nuevas ideas;que turban aún su espíritu
orgullo irracional por glorias harto dolorosas, deseo de retener
cosas que no debió poseer jamás, porque nunca las
supo poseer.
Y si como yo
piensa, si encuentra resistencia, si la desafía, aunque no
premiase su esfuerzo la victoria, si acepta la independencia
de Cuba, porque sus hijos declaran que sólo por la
fuerza pertenecerán a España, y la República
no puede usar del derecho de la fuerza para oprimir a la República,
no pierde nada, porque Cuba está ya perdida para España;no
arranca nada al territorio, porque Cuba se ha arrancado ya;cumple
en su legítima pureza el ideal republicano;decreta
su vida, como si no la acepta, decretará su suicidio;confirma
sus libertades, que no ha de merecer gozarlas quien niega la libertad
de gobernarse a un pueblo que ha sabido ser libre;evita el
derramamiento de sangre republicana, y será, si no lo evitase,
opresora y fratricida;reconoce que pierde, y la pérdida
ha tenido lugar ya, la posesión de un pueblo que no quiere
pertenecer a ella, que ha demostrado que no necesita para vivir
en gloria y en firmeza su protección ni su Gobierno, y
trueca, en fin, por la sanción de un derecho, trueca, evitando
el derramamiento de una sangre virgen y preciosa, un territorio
que ha perdido, por el respeto de los hombres, por la admiración
de los pueblos, por la gloria inefable y eterna de los tiempos que
vendrán.
Si el ideal
republicano es el universo, si él cree que ha de vivir al
fin como un solo pueblo, como una provincia de Dios, ¿qué
derecho tiene la República española para arrebatar
la vida a los que van adonde ella quiere ir?Será más
que injusta, será más que cruel, será infame
arrancando sangre de su cuerpo al cuerpo de la nacionalidad universal.
Ante el derecho del mundo ¿qué es el derecho
de España?Ante la divinidad futura ¿qué
son el deseo violento de dominio, qué son derechos adquiridos
por conquista y ensangrentados con nunca interrumpida, siempre santificada,
opresión?
Cuba quiere
ser libre. Así lo escribe, con privaciones sin cuento,
con sangre para la República preciosa, porque es sangre joven,
heroica y americana. Cobarde ha de ser quien por temor no
satisfaga la necesidad de su conciencia. Fratricida ha de
ser la República que ahogue a la República.
Cuba quiere
ser libre. Y como los pueblos de la América del Sur
la lograron de los gobiernos reaccionarios, y España la logró
de los franceses, e Italia de Austria, y México de la ambición
napoleónica, y los Estados Unidos de Inglaterra, y todos
los pueblos la han logrado de sus opresores, Cuba, por ley de su
voluntad irrevocable, por ley de necesidad histórica, ha
de lograr su independencia.
Y se dirá
que la República no será ya opresora de Cuba, y yo
sé que tal vez no lo será, pero Cuba ha llegado antes
que España a la República. ¿Cómo
ha de aceptar de quien en son de dueño se la otorga, República
que ha ido a buscar al campo de los libres y los mártires?
No se infame
la República española, no detenga su ideal triunfante,
no asesine a sus hermanos, no vierta la sangre de sus hijos sobre
sus otros hijos, no se oponga a la independencia de Cuba. Que
la República de España sería entonces República
de sinrazón y de ignominia, y el Gobierno de la libertad
sería esta vez Gobierno liberticida.
Madrid, 15 de
febrero de 1873
José Martí
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