|
ORACION PARA LOS MUERTOS
DE ABRIL
 |
 |
 |
|
Bárbaro
Sevilla
|
Lorenzo
Copello
|
Jorge
Luís Martínez
|
(A la memoria de Bárbaro Sevilla García,
Lorenzo Copello Castillo y Jorge Luís Martínez Isaac,
fusilados El 11 de abril del 2003
por órdenes de Fidel Castro)
Por Ramón Colás *
PayoLibre
La Nueva Cuba
Abril 12, 2006
Eran tres jóvenes
negros como las noches de apagones. Habían vivido bajo vigilancia
y golpizas. Hambre y prisiones. En el bullicio de una ciudad gigante
que se los atragantaba como roedores nocivos sin espacio precisos
en la urbe. Eran chocantes al extranjero y peligrosos al policía.
Inadaptados al CDR. Descarrilado para la UJC. Enemigos del pueblo
para el partido. Bandoleros sin sueldo para los vecinos.
Ellos, no eran
el reflejo del hombre nuevo y pocas veces fueron a la plaza. Preferían
la algarabía de las calles y el tejado marchito de la Habana
Vieja o los rincones protervos del solar y las largas colas de una
cervecera. Tal vez, el hedor de los albañales perforados
en la esquina del barrio o una tasa de café mezclado con
leguminosa.
Pero tenían
el sueño de ser libre del horror y el cautiverio. De la intriga
y el miedo, la adulación y el cansancio. Deseaban renunciar
al coro y bajaron los bancales en silencio complotados con el mar,
el buen tiempo y una barca. Ocuparon la playa y la bahía.
Tomaron el rumbo de sus muertes ansiando cruzar el golfo y alcanzar
la otra orilla para secar su sed en la arena, caminar sin temerle
al policía y cambiar sus vidas en el trabajo. Serían
héroes de ellos mismos. Nuevos navegantes en el siglo de
las computadoras. Adalides del mar y la bitácora. Aventureros
del trópico y la desgracia.
En el camino
soñaban con enviarles dólares a sus madres. Cartas
a los amigos. Regalos a las novias. Blasfemias al tirano y a los
cómplices de la barriada. Fotos en restaurantes famosos y
playas libres del sur de la Florida o de sus autos del año
(quien sabe).
Pero el infortunio
le fraguó sus sueños. La nave, adoctrinada a navegar
sus pocas millas consumió el combustible en la peor hora.
Había que regresar y regresaron. Ya estaban dictadas sus
condenas. Un 11 de abril del 2003 le descargaron ráfagas
cortas de fusiles AK en sus pechos púberes cubriendo la sangre,
el color ébano de sus cuerpos jóvenes.
Morían
para evitar una guerra con Estados Unidos, dijo el comandante y
lo ratificaba a pocas horas el canciller. Murieron por dictamen
de palacio y sus muertes eran las partes del pastel que merecían,
según palabras del propio gobernante quien se reunió
con ellos antes de lincharlos.
La madre de
Bárbaro Castillo, de apenas 21 años de edad, lloraba
enloquecida por las calles de Francisco Guayabal, su pueblo natal,
y gritaba con dolor Fidel asesino hasta perder la voz.
Le cerraban las puertas las autoridades del partido de la zona y
le decían loca. Los amigos colocaron una foto
del chico y lloraron durante veinte cuatro horas mientras los jenízaros
de Castro vigilaban la casa y su pobreza.
También
la mamá de Lorenzo Copello, una negra obesa y cansada, mostró
su desconsuelo, negándose a creer que su hijo hubiese muerto
en manos de una revolución en la que había creído.
Este crimen contra tres inocentes, incluyendo a su vástago,
le permitió conocer la naturaleza asesina del castrismo y
lo dijo mil veces arrepentida: maldito Fidel, asesino, eres
tú quien merece morir
¡Que horror!
¡Que crimen! ¿Dónde estaban los amigos de la
vida? Esos que en las tribunas de La Habana carcomen nuestro idioma
con consignas a favor del hombre y de un mundo mejor. ¡Que
pena! Cierto, se trata de tres negritos condenado por la furia
del viejo tirano. Nuestro amigo. Mi amigo.
Callemos por ahora. Hagamos silencio, se
dijeron Lucio Walker y García Márquez. También
Benedetti y Galiano. La izquierda mundial militante y frustrada.
José Saramago, el escritor ganador de un Nóbel, se
conmovió en un principio con la condena y luego se retractó
como una infanta temerosa al castigo seguro del régimen de
La Habana.
¡Que Horror!
¡Que crimen! Y el silencio, cómplice de siempre, sepultó
a tres inocentes en una fosa desconocida hasta hoy por la familia,
mientras el mundo sigue igual. Si estos muertos fueran víctimas
de Pinochet otra cosa sería. La prensa mundial lo destacara
en sus titulares y las condenas al tirano serían en masa.
Castro, este dictador cómodo, puede asesinar
y luego es aplaudido. Hundir barcos con niños en su interior
y ser absuelto del juicio de los pueblos. Derribar aviones civiles
en pleno vuelo y luego ser considerado inocente.
¡Que horror!
¡Que crimen!
|
TESTIMONIO
|
| Por
Lorenzo Enrique, compañero de celda. |
|
Negro y con risa
de medialuna
proxeneta de estrellas
rufián del alba
era
el más diestro
tahur del asfalto.
Después
quiso cruzar el horizonte
cambiar de oficio
y cambió de suerte.
Juzgado
por pirata debutante
se burló de la sentencia:
incrédulo de profesión
nunca
nunca creyó
en los reyes malos.
Cuando
abrieron el calabozo
se hallaba ausente
del alba y las estrellas.
Le di una palmada
de alma
en el hombre
y lo vi partir
muerto
a la muerte.
|
| Del
poemario: Hombres sin Rostros, de Ricardo González Alfonso,
preso político y de conciencia. |
|
GRAVEDAD
|
| Por
Bárbaro, Lorenzo y Jorge Luis |
|
Cae
la noche
sobre la noche,
la larga noche que consume a un pueblo.
Suena
el clic del cerrojo.
Comienza un largo viaje
de pocos metros
para un final cercano.
Pasos
muy pesados.
El extremo peso de ligeros calzados
parecen contener toda
la gravedad del mundo.
Madres
lloran desconsoladamente
el dolor horrendo de perder sus hijos.
Almas
se liberan hacia nuevos planos,
y en otras recae... sus pesadas cargas.
|
Pablo
Rodríguez Carvajal
Abril 11, 2003 |
.
* Ramón Colás, cubano exiliado, miembro del movimiento disidente
dentro de la Isla, Ramón Colás, fundador y director de las Bibliotecas
Independientes de Cuba.
|