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EL SILENCIO
DE LOS CARNEROS

Por Roberto
Luque Escalona
Colaboración
La Nueva Cuba
Junio 16, 2006
De las relaciones
entre los intelectuales y la Revolución Cubana se trata en
estas páginas. Debo aclarar, ante todo, que utilizaré
la palabra "intelectual" como sinónimo de "escritor".
No se trata de una manifestación de exclusivismo gremial,
sino de mi convencimiento de que la literatura, en sus diversos
géneros, es la manifestación del intelecto que mayor
influencia política ejerce, el que posee mayores posibilidades
de llegar a la mente de las personas y el de mayor importancia en
la cultura cubana. Sólo el cine y la televisión pueden
competir con la literatura en cuanto a capacidad de comunicación,
y quizás superarla, pero ambas son de reciente creación;
además, implican una inversión inicial de capital
y el uso de medios técnicos, lo que facilita su control por
el Estado totalitario.
El ballet y otras manifestaciones danzarias son poco menos que inocuas
desde el punto de vista político; por eso han tenido tanto
desarrollo en la difunta Unión Soviética y Cuba. Algunos
pintores y escultores, como los deportistas profesionales, ganan
más dinero del que merecen, pero esa bonanza económica
no aumenta la influencia de su arte. En cuanto a la música,
es casi tan manipulable como el cine y la televisión.
Son los escritores los que con mayor eficacia reflejan el devenir
social, los que mayores oportunidades tienen de crear una conciencia
crítica en los demás. Son, por ello, los de mayor
peligrosidad potencial para una tiranía. He dicho potencial,
que para criticar a un tirano hace falta algo más que talento
cuando se vive bajo su gobierno.
Por otra parte, que tengan la oportunidad de crear conciencia no
quiere decir que lo hagan o que estén obligados a hacerlo.
Como todos, los escritores tienen derecho a la indiferencia, que
no es, necesariamente complicidad. Julián del Casal fue un
indiferente; Roberto Fernández Retamar es un cómplice.
Hablaré, pues, de los escritores. Es inevitable referirse
a otro tipo de creadores, pero serán casos aislados.
En la segunda
década del siglo XIX, el frenesí independentista estaba
en su apogeo. Guerras, revueltas y conspiraciones se sucedían
en la América hispana. No así en Cuba. Los cubanos
no pasamos de la conspiración, lo que resultó, a la
larga, una manifestación de sentido común. Entre los
primeros conspiradores, uno de los más destacados fue el
poeta José María de Heredia, que formó parte
de la sociedad secreta conocida como Soles y Rayos de Bolívar.
Casi adolescente en su época de conspirador, Heredia, ya
cerca de la madurez y más cerca aún de la muerte por
tuberculosis, renegó de sus ideas independentistas; en realidad,
lo que sucedía en México, donde vivía, y en
el resto de los países hispanoamericanos era como para volverse
renegado. Mucho y mal se ha hablado y escrito sobre el general Miguel
Tacón, entonces gobernador de Cuba, pero lo cierto es que,
si se le compara con el también general Antonio López
de Santa Anna, cinco veces presidente de México durante los
años mexicanos de Heredía, don Miguel era al menos
aceptable. Heredia murió antes de cumplir los 40, y ha sido
criticado y defendido. De todos modos, fue nuestro primer escritor
rebelde. Su Himno del Desterrado mantiene, por desgracia, actualidad.
El segundo fue el padre Felix Varela, cuya inclinación por
la política, la enseñanza y el sacerdocio eran más
fuertes que la que sentía por la literatura. En la política
estaba, exactamente en las Cortes de Madrid, cuando, en su condición
de diputado, votó a favor de la destitución del rey
Fernando VII. Al recuperar el poder aquel áspero rey, el
padre Varela debió huir a los Estados Unidos, convirtiéndose
en el primer cubano exiliado en esta tierra. Varela se estableció
en New York, en una diócesis poblada por irlandeses que llegaron
a considerarlo una especie de santo. Como Heredia, abandonó
el independentismo, pero su desilusión no fue con la idea,
sino con la poca aceptación que ésta tuvo entre los
cubanos de la época. Antes que la indiferencia lo llevara
al hastío publicó magníficos ensayos en su
diario El Habanero.
Gabriel de la Concepción Valdez, llamado Plácido,
no fue separatista, no se interesó nunca por la política,
pero fue el primero al que le tocó morir a causa de ella.
La matanza de esclavos conocida por el estrambótico nombre
de Conspiración de la Escalera se extendió a negros
y mulatos libres, algo natural, pues no le habían costado
un centavo a nadie, mientras que cada esclavo muerto le golpeaba
el bolsillo a su amo. Al plácido bardo, cuya vida y muerte
no fueron nada plácidas, le tocó morir en el escarmiento.
En su postrer poema, Plegaria a Dios, leído por él
mientras marchaba hacia el patíbulo, se declaró inocente.
Seguramente lo fue. De todos modos, este escasamente instruido y
abundantemente dotado poeta fue el primer escritor cubano víctima
de los conflictos sociales, el primer escritor mártir. A
mis compatriotas les gusta mucho esa palabra. A mi no.
Juan Francisco Manzano, un esclavo cuya libertad compró el
grupo de intelectuales que aglutinaba Domingo del Monte, escribió
poemas y una autobiografía en la que narra su vida bajo la
esclavitud. Lamentablemente, su talento no estaba a la altura del
de Plácido. La entonces famosa Gertrudis Gómez de
Avellaneda y el poco conocido Anselmo Suárez y Romero también
trataron el tema esclavista en sendas novelas, Sab y El negro Francisco,
ambas de poco valor. La literatura cubana anti-esclavista no produjo
nada parecido a La cabaña del tío Tom, cuyo protagonista
es hoy menospreciado por los negros americanos, pero siempre será
amado por mi. Por lo demás, ninguno de los tres sufrió
nunca persecución ni exilio, ni fueron independentistas.
Cirilo Villaverde, fue, de lejos, el mejor novelista cubano del
siglo XIX. Su Cecilia Valdez es, aun hoy, el personaje literario
de mayor celebridad entre los cubanos. Villaverde no fue independentista
ni indiferente: fue anexionista, tendencia política que dominó
el separatismo de los cubanos hasta la derrota del Sur en la Guerra
Civil Americana.. El anexionismo tuvo de todo: héroes, mártires,
conspiradores, obreros, teóricos, escritores. De éstos,
Villaverde fue el de mayor renombre y calidad, aunque Juan Cristóbal
Nápoles Fajardo, el recordado Cucalambé, también
fue anexionista, así como otro poeta, Miguel Teurbe Tolón,
cuyos versos se tragó el olvido, pero que se instaló
de manera permanente en la memoria colectiva al diseñar nuestra
bandera nacional, "la extraña bandera cubana" de
que hablaba el célebre escritor americano Henry Miller. No
era extraña; era original. Hasta que el poeta matancero la
dibujó, en ninguna bandera aparecía el triángulo,
diseño por cierto muy imitado en el siglo siguiente.
La Guerra de
los Diez años tuvo también sus escritores, dos de
ellos de obligada mención. El ensayista Manuel Sanguily,
coronel, y el poeta Juan Clemente Zenea, fusilado por los españoles.
A Zenea, muerto en lo que luego se llamó "el paredón",
cuyo mejor poema lleva el premonitorio nombre de Fidelia, se le
ha acusado de traicionar la causa independentista. No sé
cómo pudo haberla traicionado, pues fue capturado en misión
de guerra, acusado de traición a España y ejecutado.
En la Guerra del 95, a despecho de la presencia de generales hechos
y fogueados en la guerra anterior, la máxima figura fue un
escritor, tan mencionado, historiado, citado, llevado y traído,
en fin, tan famoso, que no creo necesario extenderme sobre su desempeño
intelectual y político. Sólo quiero señalar
que el renombre literario de Martí es muy anterior a su actuación
política, y que un país donde tanto se ignoró
a los escritores antes de 1959, donde tanto se les ha hostigado,
vilipendiado y, por último, envilecido después de
ese año aciago, tiene como máxima figura histórica
a un escritor muerto en combate.
Bonifacio Byne, otro poeta matancero como Teurbe Tolón, ha
alcanzado una especie de inmortalidad por los muy recitados versos
en los que expresa su disgusto por la presencia en Cuba de la bandera
americana. Mucho patriotismo, pero poca poesía.
El primer conflicto
de gran envergadura de la era republicana, que de baja intensidad
hubo varios, fue la revuelta contra el gobierno de Gerardo Machado.
Antes, durante la presidencia de Zayas, tuvo gran resonancia la
llamada Protesta de los Trece, en la que participaron los más
renombrados escritores cubanos de entonces. Dos de ellos, el poeta
menor Rubén Martínez Villena, del Partido Comunista,
y el ensayista mayor Jorge Mañach, de la organización
derechista ABC, tuvieron luego destacada participación en
la lucha contra Machado, pero el más talentoso de los Trece,
el novelista Alejo Carpentier, quedó curado para siempre
de toda inclinación al riesgo después de una breve
temporada en la cárcel. También debe mencionarse a
Juan Marinello, comunista como Martínez Villena, ensayista
como Mañach, hombre cuya lentitud de pensamiento recordaba
el lugar donde nació, un pueblo de Las Villas llamado Jicotea.
De esa época es también Pablo de la Torriente Brau,
muerto en combate durante la Guerra Civil Española; por supuesto,
en el bando republicano; Raúl Roa, ensayista, escribía
de manera abominable, en mi opinión, pero algunos gustan
de su esperpéntico estilo. El poeta comunista Nicolás
Guillén, muy superior a Martínez Villena y que ya
había dado sus primeros pasos por el camino de la fama, se
mantuvo tranquilo y sosegado durante la dictadura de Machado, pero
luego estuvo también en España, aunque lejos de las
balas que mataron a Torriente Brau; lejos de todas las balas.
Lo que he tratado de ilustrar es que en Cuba no hubo un solo movimiento
político de importancia anterior a eso que se conoce como
la Revolución Cubana en que no participaran escritores más
o menos renombrados.
Algo sucede
a partir de entonces. No puedo determinar en que consiste, pero
el hecho es que la lucha contra la dictadura de Batista se desarrolló
sin el concurso de los hombres de letras o de los dedicados a cualquier
otra actividad creativa. Carlos Franqui tuvo una participación
destacada en la revolución, pero por entonces no se le consideraba
un escritor, y de hecho no lo era, pues no había publicado
nada. A Humberto Solás, que luego ganaría muchos admiradores
como director de cine (entre los cuales no me cuento) y que colaboró
con los combatientes de la clandestinidad, tampoco se le podía
considerar un creador en aquellos tiempos. Lo mismo puede decirse
de Nicki Silverio, que era entonces un nadador famoso, no un intelectual.
Santiago Armada, Chago, ya dibujaba cuando se alzó en la
Sierra Maestra, pero no era aún lo que algunos dicen que
llegó a ser, un genio del dibujo humorístico. Reynaldo
Arenas estuvo alzado en las alturas de Gibara poco antes de caer
Batista... cuando era un adolescente de quince años y ni
siquiera pensaba en ser escritor.
Entre los que ya eran conocidos y reconocidos, uno, solamente uno
participó: el escultor Roberto Estopiñán.
¿Qué sucedió con los intelectuales cubanos,
especialmente con nuestros escritores? En el periodo que transcurre
entre la dictadura de Machado y la de Batista parecen haber estado
preparándose para la abstención. Carpentier decidió
no volver a visitar jamás una cárcel, mantuvo firmemente
su decisión, y pasó casi todos esos años entre
Francia y Venezuela, en ese último país como funcionario
de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez. El hermético
poeta José Lezama Lima, que en tiempos de Machado participó
en la manifestación en la que mataron a Rafael Trejo, se
construyó un mundo aparte, una "torre de marfil",
de la que salieron algunos de sus seguidores y epígonos (Cintio
Vitier, Eliseo Diego y sus esposas, las finas y bellas hermanas
García Marruz) para convertirse en incondicionales de Fidel
Castro después que éste tomó el poder. La poetisa
Dulce María Loynaz también construyó la suya
y en ella permaneció hasta su muerte de nonagenaria. El dramaturgo
Virgilio Piñera se marchó a Buenos Aires. El novelista
Enrique Serpa se dedicó a la diplomacia. Lidia Cabrera, la
blanca que le dio voz a los negros, José Angel Buesa, el
tan leído y recitado poeta, Carilda Oliver Labra, la erótica,
sonora y matancera poetisa, y Lino Novas Calvo, Carlos Montenegro
y Enrique Labrador Ruiz, junto con Carpentier, los mejores narradores
de la primera mitad del siglo, no sé qué hicieron.
Nicolás Guillén se dedicó a lo de siempre:
escribir bien, vivir mejor y seguir la línea del Partido
Comunista, que hasta mediados de 1958 se oponía a la insurrección
contra Batista; dicen que "donde fuego hubo, cenizas quedan",
y los comunistas cubanos habían amado intensamente al sargento
devenido en Presidente.
La sociedad
cubana había desarrollado un sólido desinterés
por la literatura, que luego heredaría la comunidad cubana
de Miami. Muchos hablan despectivamente de Buesa. Yo no, que hacerse
leer por los cubanos no es poca cosa. Por su parte, nuestros escritores
parecen haberse puesto de acuerdo para corresponder a la indiferencia
con la indiferencia. Mala decisión: cuando alguien se permite
lujos que no están a su alcance, siempre se produce la quiebra.
En suma, que a partir del 12 de diciembre de 1936, cuando Pablo
de la Torriente Brau fue muerto en un lugar cerca de Madrid llamado
Majadahonda, fue como si los intelectuales cubanos decidieran de
manera unánime que la vida es demasiado bella para ponerla
en peligro. Tal decisión parece sensata, pero la sensatez
se anula cuando a los que han decidido no asumir riesgos les da
por admirar sin medida a quienes los asumen.
Entre las armas
y las letras siempre ha habido conflictos y desavenencias, originadas
generalmente por los hombres de armas, cuya actitud hacia los intelectuales
suele moverse entre la arrogancia despectiva y la solapada envidia.
En cambio, los hombres de letras sufren a menudo de una especie
de fascinación por los guerreros, que a menudo no son otra
cosa que palurdos bien dotados para ejercer la violencia.
"Si mi pluma valiese tu pistola / de capitán, contento
moriría", escribió nada menos que Antonio Machado.
A Enrique Líster, el capitán dueño de la invaluable
pistola, se le recordará, si se le recuerda, por estos versos
enloquecidos. Cuando los escribió, el bueno de don Antonio,
el gran Machado, no pensó en Lepanto, batalla célebre
tanto por su magnitud como por la cantidad de capitanes renombrados
que en ella participaron. Muchos guerreros amados por la fama y
portadores de linajes impresionantes participaron en aquella batalla,
pero el hombre más famoso que en ella combatió fue
un soldado de bolsillos vacíos llamado Miguel de Cervantes,
y a don Juan, el victorioso príncipe, jefe de la flota cristiana
que apabulló a los musulmanes, es necesario adicionarle el
"de Austria", pues don Juan a secas es el otro, el infatigable
seductor creado por Tirso de Molina y recreado y rebautizado por
José Zorrilla. A largo plazo, siempre vencen las letras,
y mala cosa es la admiración desmedida por personas cuya
habilidad mayor consiste en mandar prójimos al otro mundo.
A largo plazo, dije. Sucede que a corto y a mediano, las letras,
los hombres que las representan, son atacados por una viral (que
no viril) admiración por los hombres de armas y las acciones
que éstos encabezan. Este Mal de Alzheimer espiritual es
propio sobre todo del siglo XX, en el que han tenido lugar tres
grandes epidemias.
La primera fue
provocada por la revolución bolchevique. A pesar de su figura
rechoncha y de su rostro vagamente satánico, Lenin se convirtió
en sujeto de altar. De Rusia llegaban noticias aterradoras y tan
absolutamente ciertas como la del aniquilamiento de la familia imperial;
algunos de aquellos Románov eran sólo adolescentes,
pero los barones del intelecto no estaban para príncipes
rusos. Se suicidó Maiakowsky, luego Esenin, Bunin emigró,
Pasternak dejó de escribir poesía y se dedicó
a traducir a Shakespeare, Chagall se negó a regresar, Kandinky
escapó, Ragmánivov y Stravinsky se fueron con su música
a otra parte, y sólo se oía hablar de muerte, muerte
y muerte. Por otra parte, Lenin era un hombre taimado y, al mismo
tiempo, amante de la desfachatez; hubiese bastado con escuchar sus
palabras. Pero, como diría luego Néstor Almendros,
nadie escuchaba. Murió Lenin y, bajo Stalin, continuó
la sordera, uno de cuyos más notorios practicantes fue el
reverenciado poeta Pablo Neruda.
La segunda orgía
sentimental tuvo como objeto de amor la República Española.
La República murió, murió joven, y sus amantes
casi enloquecen de furia y frustración. Su temprana muerte,
que fatigó los lagrimales de los habitantes del mundo intelectual,
aún le permite a algunos suponer que, de alcanzar la madurez,
hubiese sido buena, algo que a mi me parece dudoso, dada la fuerte
vocación por el asesinato que mostraron muchos de sus personajes,
incluido Líster, el capitán a cuya pistola daba tanto
valor Antonio Machado. Me pregunto cuántos "tiros de
gracia" habrán salido del cañón de esa
pistola tan alabada.
Veinte años
después de morir la llorada República surge la Revolución
Cubana, el proceso político más minuciosamente destructivo
de los tiempos modernos. Sin embargo, en su momento, fue la novia
ideal de millones, entre ellos una legión de escritores e
intelectuales de todo tipo.
Los barbudos de la Sierra Maestra, imagen pública (y falseada)
de la Revolución Cubana, eran pintorescos, folclóricos;
no tanto como sus colegas mexicanos Villa, Zapata y compañía,
pero no estaban mal. Sus jefes eran fotogénicos, y aunque
no faltaban rostros patibularios que la vida pudo habernos ahorrado,
como los de Raúl Castro, Efigenio Ameijeiras y Ramiro Valdez,
formaban un conjunto agradable. Y, una vez más, surgió
el amor. Fue el tercer gran idilio político-literario, y
todo parece indicar que será el último. Amén.
La defensa de la Revolución Cubana copia los esquemas expuestos
por Simone de Beauvoir en su novela Los mandarines: criticar a la
revolución rusa era hacerle el juego al imperialismo y lo
malo que se dijera de ella era, con toda seguridad, mentira o, en
el mejor de los casos, exageración. La propia Beauvoir y
su feo y famoso marido estuvieron entre los reincidentes. Los desplantes
e intemperancias de que los hizo víctimas Fidel Castro y
la feroz represión que ejercía contra sus opositores
no afectaron el tozudo entusiasmo del matrimonio Sartre. Nunca hubo
tanto crimen en Cuba ni tanta solidaridad con los criminales por
parte de la intelectualidad internacional. No hay nada que hacer:
cuando alguien necesita un varón fuerte a quien amar y disculpar,
los razonamientos huelgan.
Si el efecto entre los de afuera, entre los que sólo eran
visitantes y no estaban expuestos a la represión, fue de
tal magnitud, cualquier sorpresa ante el sólido servilismo
de la intelectualidad cubana carece de fundamento.
Teniendo en
cuenta la débil religiosidad de la mayoría de los
cubanos y lo poco extendida que estaba en Cuba la lectura de la
Biblia, resulta sorprendente el arraigo que tiene entre nosotros
la idea mesiánica. Sólo necesitábamos gobernantes
hábiles y honestos, pero reclamábamos un Mesías,
y cuando apareció Fidel Castro, la mayoría vio no
la realidad, sino lo que quería ver. Los intelectuales, generalmente
ignorantes y estúpidos cuando se trata de política,
fueron tan ciegos como cabía esperar. Los que estaban en
Cuba aplaudieron embelesados, los que vivían en el extranjero
regresaron presurosos, y todos se pusieron a escribir, a componer,
a pintar, a elaborar proyectos cinematográficos. "El
justo tiempo humano ha comenzado", escribió Heberto
Padilla, uno de los regresantes.
Creo que debo detenerme en eso de la estupidez. Como los escritores
hacen algo que pocos pueden hacer, comunicar sus vivencias y sentimientos
a través de la palabra escrita y lograr que otros se interesen
en ellas, es natural que se les considere inteligentes. No es así,
al menos, no es necesariamente así. El talento literario
es un don de Dios, para los creyentes, o de la Naturaleza, para
los que creyentes no son. Un don muy específico que consiste
en hacer que otros lean lo que el escritor escribe. Claro que ha
habido escritores inteligentes, pero también han existido
otros tan brutos que me impiden, con su actuación, considerar
al talento literario como una manifestación de la inteligencia.
Edgard Allan Poe, Charles Baudelaire y Truman Capote se autodestruyeron
por medio de las drogas y la bebida. Arthur Rimbaud vivió
una vida loca que ya quisiera Ricky Martín para cantarla,
que no para vivirla. Fedor Dostoiyewsky gastaba todo lo que ganaba
en la ruleta y Honoré de Balzac hacía algo peor, que
en la ruleta casi siempre se pierde, pero a veces se gana: Balzac
dilapidaba sus ganancias agasajando a ricos y aristócratas
de los que ya nadie se acuerda. Wolfgan Goethe le hacía reverencias
a cualquier noble que encontrara en su camino. Oscar Wilde no parecía
tener idea sobre lo que era la sociedad victoriana, a pesar de que
vivía en ella. Lev Tolstoy tuvo una vejez infernal y metió
en el infierno a su mujer a causa de tonterías místicas.
Herman Melville se convirtió en un ogro pleno de amargura
que llevó a la desesperación a su familia porque se
consideraba un fracasado debido a la poca venta que tuvo su inmortal
Moby Dick. Alejo Carpentier estropeó lo que quizás
pudo ser una obra maestra agregándole un capítulo
final "políticamente correcto" a su magnífica
pero contrarrevolucionaria novela El Siglo de las Luces. Gabriel
García Márquez, que ni siquiera es comunista, vive
enterrado hasta el cuello en la porquería en aras de su amistad
con un sujeto que no es amigo de nadie. Mario Vargas Llosa llama
"mediocre" a George W. Bush, que le pasó por arriba
al 80% por ciento de los medios de difusión americanos para
ganar la Presidencia, mientras que él, el más famoso
de los peruanos desde que existe el Perú, perdió unas
elecciones contra un entonces desconocido ingeniero agrónomo
de origen japonés. A todo eso yo le llamo ser estúpido.
Volvamos a 1959,
al idilio. La Revolución, la Novia Ideal que nos traía
el Justo Tiempo Humano, resultó ser una promiscua, vulgar,
dilapidadora, poco aseada y perversa bruja, que parecía haber
inspirado la letra del son Mentira, Salomé compuesto por
Ignacio Piñeiro, que dice así:
"Mujer falaz, impostora de caricias.
Tu beso es virus que al alma envenena.
Mueve tus ansias un corazón de hiena
con las maldades que encierra la codicia".
La Revolución no tardó en mostrar las uñas,
largas como las de su Máximo Lider. Como pretexto, porque
pretexto fue, utilizo P.M., un documental de Sabá Cabrera
Infante y Orlando Jiménez Leal acerca de la vida nocturna
en La Habana, que no decía nada malo, pero tampoco bueno
de la susodicha bruja. No decía nada. La ignoraba. En la
pantalla aparecían sólo habaneros en parranda. Fidel
Castro citó a los muchachos del intelecto en la Biblioteca
Nacional y les leyó la cartilla: "Dentro de la Revolución,
todo. Fuera de la Revolución, nada". Según el
otro Cabrera Infante, el famoso, el Comandante en jefe, antes de
poner los puntos sobre las íes, puso la pistola sobre la
mesa desde la cual presidió la reunión. Muy simbólico.
El objetivo real no era la película, sino Lunes de Revolución,
el suplemento literario de ese periódico dirigido por Guillermo
Cabrera Infante, ya muy conocido en Cuba por sus crónicas
cinematográficas en la revista Carteles y que llegaría
a ser nuestro escritor más importante desde entonces hasta
hoy. En Lunes escribían Heberto Padilla, también destinado
a la fama, Calvert Casey, un cubano-americano que escribía
en un español de gran belleza, Virgilio Piñera, icono
literario de muchos, y otros que aprendieron la lección impartida
en la Biblioteca Nacional y decidieron portarse bien sin siquiera
saber por qué se habían portado mal.
Lunes de Revolución tuvo muchas cosas buenas y al menos una
mala, la campaña contra Lezama Lima que encabezó Padilla;
el corpulento Lezama, quizás debido a su corpulencia literaria,
ha sido tomado repetidamente como blanco de diatribas más
o menos absurdas. En fin, que Lunes desapareció, y con él,
un programa de televisión que conducía Cabrera Infante.
Las siguientes víctimas pasaron casi inadvertidas: los dibujantes
Chago Armada y Rafael Fornés, autores de unas tiras no precisamente
cómicas. El muy joven Chago había sido miembro del
llamado "Ejército Rebelde" y era el autor de Salomón.
Fornés tenía más de cuarenta años y
era un hombre contemplativo, talentoso y pesimista. Su tira tenía
como personaje un extraño ser llamado Sabino. Ambos hacían
eso que se conoce como "humor profundo". Tan profundo
era que nunca pude verle el fondo. A mi eso no me preocupaba, pues
el mundo está lleno de cosas que no entiendo, pero Fidel
Castro ve la amenaza, la agresión y el desacato en todo aquello
que escapa a su comprensión. Sabino y Salomón murieron
jóvenes. Murieron, además, en silencio. Sólo
los que trabajaban en el periódico Revolución, donde
se produjo el nacimiento y la muerte de ambos personajes, supieron
que Fidel Castro había decretado su desaparición.
"El pecado
de los escritores cubanos es no ser lo suficientemente revolucionarios",
dijo el Che Guevara. Lo que digo yo, que sé de eso mucho
más de lo que él sabía, es que el único
pecado de un escritor, en tanto que escritor, es escribir mal. Claro,
aquel devoto de la humillación y el asesinato utilizaba para
su homilía la total abstención de los escritores en
la lucha contra Batista. Además, los hombres adictos a la
violencia tienden a despreciar a todo aquel que no se atreva a plantarles
cara. Pueden odiar, y odian, a los que se les enfrentan; pero no
los desprecian. Por otra parte, los sujetos agresivos, como los
perros (dicho sea sin ánimo de ofender a esos animales, uno
de los cuales es muy amado por mi), aumentan su agresividad cuando
perciben el miedo en los otros. En ciertas circunstancias, el coraje
ayuda a conservar la salud.
Pero los escritores, los intelectuales en general, aceptaban y aplaudían,
aplaudían y aceptaban todo lo que viniera de los Salvadores
de la Patria. Parece una actitud prudente, pero no lo es. La prudencia
nunca destruye, y esos hombres, que tanto creyeron practicarla,
están hoy destruidos.
Además de la sumisión, que aumenta la agresividad
de los violentos, hay otros factores que han servido a los intereses
del régimen: la vanidad, la inseguridad, la falta de comprensión
de lo que es la literatura, detalle al parecer extraño, pero
común en muchos que pretenden ser literatos. Ser escritor
consiste en escribir bien, y sólo hay dos categorías
de escritores, los buenos y los muy buenos; no hay espacio para
la mediocridad. La meta no es publicar, es escribir por lo menos
bien, por lo que carece de sentido prostituirse para ser publicado,
ya que todos los buenos manuscritos, todos, terminan, tarde o temprano,
convertidos en libros. Quizás esta idea es demasiada complicada
para el cerebro de esa gente; ya les dije que muchos de ellos son
bastante brutos.
Hay otro factor,
por demás sorprendente, que le ha servido a la tiranía:
el homosexualismo. ¿Por qué sorprendente? En todas
las épocas, en todos los ámbitos, en todas las profesiones
ha habido y habrá homosexuales. La sorpresa está en
la cantidad y en el contraste con la intelectualidad de épocas
anteriores. Ni uno solo de los escritores que he mencionado hasta
llegar a 1959 fue homosexual, con la posible excepción de
Lezama. Tampoco otros (José Jacinto Milanés, Joaquín
Lorenzo Luaces, Carlos Loveira, Miguel de Carrión, Mariano
Brull) a quienes no me he referido porque no participaron en contiendas
políticas, y de la relación entre política
y literatura se trata este trabajo.
Pues bien, en los años 50' el homosexualismo se manifiesta
de manera creciente y el fenómeno llega s su climáx
precisamente bajo la tiranía de Fidel Castro. Virgilio Piñera,
José Triana, Pablo Armando Fernández, Miguel Barnet,
Reynaldo González, Antón Arrufat, Calvert Casey, Reynaldo
Arenas: muchas diferencias hay entre ellos, y la diferente calidad
literaria no es la menos importante, pero todos son notorios homosexuales.
Lo mismo se ha dicho de Lezama Lima, pero yo tengo mis dudas al
respecto. El estudio de este asunto es cosa de psiquiatras y sociólogos.
A mi sólo me interesa y sólo estoy capacitado para
analizar el uso que le ha dado Fidel Castro
A Fidel Castro se le acusa de perseguir a los homosexuales. En realidad,
persigue a todo el que se le oponga: homosexuales, heterosexuales,
bisexuales y asexuales. Teniendo en cuenta el carácter fuertemente
machista de la sociedad cubana, el hecho de que un opositor sea
homosexual le facilita reprimir cuando quiere hacerlo. Pero no siempre
quiere: Alfredo Guevara ha sido durante décadas el Señor
del Cine, tan importante como medio de propaganda; Reynaldo González
fue el editor de las Obras Completas de Carlos Rafael Rodríguez
(debe haber trabajado como un buey, el pobre, porque Carlos Rafael
escribía muy mal); Pablo Armando Fernández y Miguel
Barnet son vacas sagradas de la cultura oficial (por cierto, Barnet
tiene un aspecto sumamente vacuno), y ambos, junto con Antón
Arrufat, han recibido el Premio Nacional de Literatura.¿Se
imaginan ustedes a intelectuales judíos ocupando esas posiciones,
recibiendo esos galardones en la Alemania de Hitler? Aquello sí
era persecución
Debo hablar
de mí mismo. A principios de los 70', cuando comprendí
que sólo sé escribir de una manera y esa manera podía
llevarme a la cárcel, cerré hasta nuevo aviso por
motivos familiares. Fue muy duro para mí, porque escribir
es lo que me gusta hacer; más aún, lo único
que sé hacer. Sin embargo, durante aquellos años perdidos,
que abarcaron casi dos décadas y casi toda mi juventud, Humberto
Solás dirigía películas, José Antonio
Rodríguez, Adolfo Llauradó, Miguel Navarro y Vicente
Revueltas actuaban en ellas, Carlos Ruiz de la Tejera pintaba gracias
en la televisión, Mendive y Cabrera Moreno pintaban cuadros
en sus estudios, Bola de Nieve viajaba por el mundo, regresaba a
Cuba con el dinero ganado y, al morir, Fidel Castro enviaba una
corona a su funeral. Todos estos bienaventurados eran homosexuales
conocidos y reconocidos.
Está el caso de Reynaldo Arenas. Si, muy perseguido, pero,
¿cuándo? En los 60', mientras tantos penaban en la
UMAP, Arenas disfrutaba de un "nido de amor" junto con
Raúl Martínez (el pintor, no el ex alcalde de Hialeah)
en un edificio aledaño a la Casa de las Américas y
propiedad de esa institución, entonces dirigida por Haydée
Santamaría. ¿Por qué se le persiguió
después? ¿Por homosexual? No. Por haber enviado al
exterior su novela El mundo alucinante, más bien por hacerlo
sin permiso y por negarse a escribir eso que llaman "realismo
socialista". El homosexualismo fue el pretexto.
Paradójicamente, mientras tantos escritores "machos"
se prestaban a servir a la tiranía, mientras Lisandro Otero,
Norberto Fuentes, Roberto Fernández Retamar, Jesús
Diáz y otros se convertían en prostitutas literarias,
Virgilio Piñera y Reynaldo Arenas, homosexuales de vida sórdida,
se negaron a prostituir su talento. Los únicos que tuvieron
eso que llaman un comportamiento varonil, literariamente hablando,
fueron Lezama, a quienes algunos tachan de homosexual, y Piñera
y Arenas, cuya homosexualidad está más allá
de toda duda.
Mientras el
país era tragado por el totalitarismo, la única protesta
que se permitieron algunos fue marcharse. Pocos se marcharon: los
veteranos Lidia Cabrera, Mañach, Baquero, Novas Calvo, Montenegro,
Labrador Ruiz, Buesa; los entonces noveles Cabrera Infante, Calvert
Casey y Severo Sarduy, el cineasta Néstor Almendros. Cabrera
Infante y Almendros, triunfaron. El primero llegaría a ser
lo que yo esperaba de él cuando leía aquellas críticas
que firmaba G. Caín. No así Calvert Casey; el cubano
de nombre irlandés nacido en Baltimore, el que me había
fascinado con su prosa en El Regreso, se suicidó a los pocos
años de salir al exilio.
Los demás,
los que se quedaban para aplaudir y apoyar, una mayoría abrumadora
en número, exigua en talento, se agotaban en la búsqueda
de lo positivo, lo optimista, lo "revolucionario", tratando
desesperadamente de complacer al Che Guevara (lo cual era difícil)
y a Fidel Castro (totalmente imposible). Ello produjo unos niveles
de abyección que me resulta difícil exponer. Sin embargo,
lo intentaré. ¿Recuerdan a Plácido y a Zenea,
los escritores fusilados? Cien años después de Zenea
tuvimos a Norberto Fuentes, el escritor fusilador. Según
cuenta en su libro Cazabandidos, participó en el fusilamiento
de un alzado cuando era corresponsal de guerra en el Escambray.
En 1967 se produciría un acontecimiento que tardaría
dos décadas en repetirse. Poco tiempo después de haber
asumido Norberto Fuentes el papel de esbirro, un escritor, el poeta
Angel Cuadras, rompe con el abstencionismo de unos y la sumisión
de los otros y es condenado a prisión por actividades contrarrevolucionarias.
Otros poetas hubo por entonces en las cárceles de la tiranía,
pero Jorge Valls, Ernesto Díaz Rodríguez, Armando
Valladares y René Ariza, a diferencia de Cuadras, no habían
publicado nada antes de ir a prisión. No era aún escritores.
En cambio, el documentalista Nicolás Guillén Landrían,
Nicolasito, sobrino del poeta del mismo nombre, si había
dado todo lo que iba a dar antes de ser encarcelado; de la cárcel
saldría y al exilio llegó hecho un guiñapo.
Mientras en
la Cuba de los 60' se desataba la represión más feroz
que ha conocido el país y medio mundo aplaudía "los
logros de la Revolución y el desafío al cercano monstruo
imperialista", la intelectualidad cubana, convertida en coro
de castrati (aquellos niños de tiempos por fortuna idos a
los que se castraba para conservar sus voces agudas) cantaba las
glorias de Fidel Castro. Un grupo de jóvenes académicos
fundó la revista Pensamiento Crítico e intento, tímidamente,
hacer honor a tal nombre con una especie de marxismo heterodoxo,
sin traspasar los límites impuestos tiempo atrás en
la Biblioteca Nacional. El experimento duró algunos años;
no muchos. Por esa época comenzó su carrera un joven
y escuálido trovador que aparentaba ser rebelde y a quien
algunos llaman poeta; con el tiempo, Silvio Rodríguez demostró
algo ya demostrado: las apariencias engañan. El Caimán
Barbudo, revista de temas culturales nacida poco después
que Pensamiento Crítico y de vida mucho más prolongada,
resultó ser una iguana, animal de aspecto impresionante,
pero muy asustadizo. Las diferencias entre El Caimán... y
Lunes... están personificadas en sus respectivos directores,
Jesús Díaz y Guillermo Cabrera Infante, la mediocridad
agresiva y el talento.
Angel Cuadras
fue a la cárcel no tanto por sus poemas como por sus hechos.
En 1968 aparece, por fin, una obra abiertamente crítica:
Heberto Padilla, hasta ese momento un poeta-funcionario del régimen,
decide tomar el áspero camino de la disidencia y escribe
Fuera de Juego. Talentoso, ampliamente conocido, Padilla parecía
camino de convertirse en la versión criolla de Alexander
Solzhenitzin. El libro fue premiado en el concurso de la Unión
Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) por un jurado
que presidió Lezama, al parecer poco dado al rencor, y del
que fue parte Manuel Díaz Martínez, un poeta que luego
tuvo una azarosa trayectoria. También recibió premio
Los Siete contra Tebas, de Antón Arrufat, obra teatral que
adaptaba una tragedia griega al ámbito cubano. Los voceros
de la cultura oficial atacaron con furia ambas obras. Arrufat se
encuevó, dispuesto a esperar tiempos mejores, que al cabo
llegarían para él. Padilla, en cambio, se instaló
en el Olimpo de los Valientes, un lugar elevado, pero frío
e inhóspito; una verdadera cumbre borrascosa.
Tres años después, cuando las borrascas arreciaron,
Padilla se derrumbó. Hombre con fama de erudito, padecía,
sin embargo, de una laguna cultural. Ignoraba una frase de Sócrates
que es todo un tratado de filosofía: "Conócete
a ti mismo".
Heberto Padilla no estaba hecho para lo que intentó hacer.
Y lo peor era que ellos, que nos conocen a todos porque se han tomado
el trabajo de estudiarnos, lo sabían. A partir de su derrumbe
y de los mea culpa entonados por aquellos a los que acusó
en el patio de la UNEAC aquella aciaga noche (con la inevitable
excepción del poderoso Lezama, que ni se dio por enterado),
la intelectualidad cubana refuerza su ya sólido servilismo
y así continuará hasta 1991, con la pequeña
brecha provocada por la llamada Carta de los Diez.
Antes, a principio de los 80', muchos años después
del ingreso en prisión de Angel Cuadras, otros tres escritores
fueron a dar a la cárcel: el ya veterano narrador José
Lorenzó Fuentes, involucrado en una oscura trama con un diplomático,
la poetisa Lina de Feria, de cuyo encarcelamiento ignoro las razones,
y los entonces noveles
Reynaldo Bragado y Rafael Saumell, que no habían tenido la
oportunidad de alcanzar renombre alguno debido a su incapacidad
para mantener sus manuscritos inéditos fuera del alcance
de la Seguridad, y que estarían entre los primeros escritores
que formarían parte del Comité Cubano pro-Derechos
Humanos, junto a la poetisa Tania Díaz Castro, una mujer
que dejó buenos, agradecidos recuerdos en los miembros del
Comité, pero que sufrió un proceso de derrumbe parecido
al de Padilla, con acusaciones y auto-acusaciones.
Algo así
como un paréntesis para Reynaldo Arenas, que nunca fue un
opositor en Cuba, pero sí un sujeto imposible de manipular,
al que se le montó una implacable persecución con
el pretexto del homosexualismo. La estampida de El Mariel lo trajo
al exilio, y aquí se dedicó a pasarle la cuenta a
sus perseguidores. Entre las cosas de mi vida que hubieran podido
ser y no fueron está el haber coincidido con él aquí.
Teniendo cuenta su carácter y el mío, las muchas cosas
que nos separaban, la extrema violencia presente en el football
americano y el hecho de ambos fuésemos holguineros, creo
que nuestro encuentro hubiese pasado a la historia como el Holguín
Bowl.
Otro, más breve, para Guillermo Rosales, tan talentoso como
Arenas. En circunstancias normales, no ideales, simplemente normales,
corrientes, algo así como la Cuba de antes, estoy seguro
de que hubiese llegado a la grandeza. Lo mismo esperé de
Calvert Casey, pero, como Calvert, su espíritu estaba ya
gravemente quebrantado cuando llegó al exilio; como él,
se suicidó. "No pobre Calvert. Pobres los que no lo
conocieron", escribió Cabrera Infante. Tenía
razón. Al menos, a Guillermo Rosales lo conocí.
En 1990, María
Elena Cruz Varela, Premio UNEAC de Poesía como Padilla, se
unió a un recién creado grupo de análisis político
fundado por José Luis Pujol, ex profesor de Lingüística
que escribía cartas furibundas al Partido Comunista bajo
el rubro de Criterio Alternativo, nombre que adoptó el grupo,
y el que les habla, autor de Los niños y el tigre, una diatriba
contra Fidel Castro publicada en México el año anterior.
En Criterio Alternativo surgió la idea de redactar una carta
de peticiones y ponerla a la firma de los intelectuales. La carta
no podía ser más moderada, aunque incluía un
reclamo importante e ineludible, que era la liberación de
los presos políticos; pero solamente obtuvo diez firmas.
En realidad seis, pues cuatro eran de miembros de Criterio Alternativo:
el periodista radial Víctor Serpa, el crítico Fernándo
Velásquez, María Elena Cruz y yo. De los miembros
de la UNEAC sólo firmaron los poetas Raúl Rivero y
Manuel Díaz Martínez, los novelistas Manuel Granados
y José Lorenzo Fuentes, Bernardo Marqués Ravelo, de
la redacción de El Caimán Barbudo y su esposa, la
también periodista Nancy Estrada. Diez firmas. Solamente
diez. Pero el exiguo número de firmantes no impidió
que a Fidel Castro le diera una rabieta descomunal y ordenara montar
una campaña de condena pública, orden que la UNEAC
cumplió a cabalidad redactando un documento de denuncia de
lo que llamó "una operación enemiga" y recabando
la firma de sus miembros. Esta vez los firmantes fueron cientos.
"La mayoría de ustedes no tienen ni tendrán significación
alguna en la cultura de nuestro país, pero ni siquiera el
talento de aquellos pocos que lo poseen podrá borrar la ignominia
de haber puesto sus firmas al pie de ese documento infame".
Eso dije entonces en una carta que le dirigí a las ovejas
del corral de la UNEAC. Quiero repetirlo ahora.
De los firmantes de la famosa carta fueron a la cárcel Maria
Elena Cruz y Fernando Velásquez. Fueron encarcelados, no
por la carta en sí, sino por el hábil trabajo de Jorge
Pomar, un infiltrado en Criterio Alternativo, trabajo desarrollado
cuando Pujol y yo ya no éramos parte del grupo. Al salir
de la prisión, ambos marcharon al exilio. Los demás
nos marchamos antes, menos Raúl Rivero, que dos años
después de eso que yo llamo "la cartica" comenzó
una actividad periodística que lo llevaría también
a la cárcel y al exilio, y Manuel Granados, el mayor talento
de la intelectualidad negra, que ni escribió contra el régimen
ni fue encarcelado ni se exilió; simplemente murió,
en el olvido y la oscuridad. Otro poeta, Manuel Vázquez Portal,
desconocido cuando lo de la carta, siguió los pasos de Rivero
en el periodismo independiente, la prisión y el exilio, así
como Armando de Armas, joven cuentista de Cienfuegos.
Debo señalar que esta rebelión de la intelectualidad
iniciada por la Carta de los Diez, exigua por su número,
tuvo lugar cuando la tiranía llevaba más de treinta
años en el poder. Treinta años de asesinatos, de encarcelamientos,
de represiones preventivas como la de la UMAP, de masivas y públicas
exhibiciones de crueldad como los "actos de repudio" cuando
El Mariel, de destrucción económica, moral y espiritual
de la nación no habían logrado conmover el sólido
servilismo de los intelectuales cubanos. Aún hoy siguen apoyando
y aplaudiendo todo lo que se les pide que aplaudan y apoyen.
Los que emigramos en los 80' y los 90' seguíamos los pasos
dados por otros treinta años antes. Y por la misma senda
crítica de Cabrera Infante, de los ensayistas Luis Aguilar
León y Carlos Alberto Montaner, del multifacético
Manuel Márquez-Sterling. Pero hubo una emigración
distinta. A diferencia de los que rompían con su pasado para
enfrentarse al régimen, otros emigraron sin romper sus lazos
con él: Lisandro Otero, Eliseo Alberto Diego, Jesús
Diaz, Antonio Benitez Rojo, Norberto Fuentes, Abilio Estévez.
Desde la defensa de la tiranía, abierta en Otero, solapada
en Fuentes, hasta el caminar sobre la cerca de Jesús Díaz,
quien declaró que no era disidente (una gran verdad) o el
absoluto silencio de Benítez Rojo, agazapado en un college
de New York.; las variantes incluyen siempre la ausencia de enfrentamiento.
Después de todo, un colofón natural a lo que fueron
sus vidas. La excepción ha sido Zoé Valdés,
que ha puesto su fama al servicio de la lucha anti-castrista.
¿Cuál
ha sido la causa fundamental del despreciable comportamiento de
la intelectualidad cubana durante esta larga pesadilla nacional?
Ya he hablado de la estupidez que afecta a muchos escritores, de
su fascinación por los hombres violentos. Otros prefieren
hablar de cobardía. Muchos de ellos, la mayoría absoluta,
son cobardes, es cierto; pero hay algo más. Y ese algo está
personificado en Virgilio Piñera.
Nadie más cobarde que Virgilio. Sin embargo, cuando Fidel
Castro les dijo claramente a los escritores lo que quería
en la reunión de la Biblioteca Nacional, aquello de "dentro
de la Revolución, todo; fuera de la Revolución, nada",
el cobarde Virgilio pidió la palabra, fue hasta mesa donde
reposaba la pistola del iracundo Máximo Líder, tomó
el micrófono y, con un hilo de voz, dijo:
- Tengo miedo.
Fidel Castro no se inmutó, pero la furia interior debe haber
sido de las grandes, así como su comprensión de que
aquel feo y escuálido hombrecito era potencialmente peligroso.
¿Por qué no se largó, como hicieron Cabrera
Infante, Calvert Casey y otros que allí estaban? Oportunidades
tuvo. No las aprovechó. El único motivo que se me
ocurre es la falta de inteligencia extra-literaria, tan común
entre los del gremio y a la que ya me he referido. Pocas luces hay
que tener para estar en Bélgica, regresar a Cuba y, al llegar,
plantarle un beso a la tierra de la Patria, en realidad, al asfalto
del aeropuerto.
Eso hizo el pobre Virgilio.
Le pasaron la cuenta. ¿Por ser homosexual? No lo era más
que otros, que el dirigente Alfredo Guevara. Le pasaron la cuenta
por las dos palabras que dijo aquella vez y por negarse a escribir
lo que ellos querían que escribiera. Y mucho partido que
le sacaron a su cobardía, a su miedo a la violencia física.
Los de la Seguridad lo visitaban con frecuencia, lo amenazaban,
lo insultaban. Dicen que Virgilio, aterrado, se arrodillaba, lloraba,
pedía perdón, prometía enmienda. Luego, cuando
los esbirros se marchaban, se secaba las lágrimas, se sonaba
la nariz... y seguía escribiendo lo que le daba la gana.
¿Contra el régimen? No. Simplemente lo que le daba
la gana.
Cuando se vive en un mundo peligroso, y nada tan peligroso como
un estado totalitario, la valentía es una cualidad muy útil.
Si se quiere ser íntegro, muy bueno es ser valiente. Pero
se puede ser íntegro sin valentía, siempre que se
ame la profesión, que se la respete. Virgilio Piñera,
el asustadizo Virgilio, fue un escritor íntegro.
Como todos saben, a los homosexuales en Cuba se les llama de muchas
maneras, todas ellas despectivas, con nombres tomados casi siempre
del reino animal. Una de ellas, "pájaro". El "pájaro"
Virgilio Piñera, por su integridad profesional, tan poco
común entre los intelectuales cubanos de las últimas
décadas, era una rara avis, que en latín significa
"ave rara".
Lo bueno para
la justicia, lo malo para los intelectuales oficialistas es que
la sumisión, aparte de afectar la calidad que quizás
algunos hubiesen logrado, no los ha hecho felices. Poco antes de
salir de Cuba, un diplomático español me dijo que
había hablado hacía poco con Pablo Armando Fernández
y que le había parecido "desesperado".
- Que se suicide-contesté, implacable- Maiakowsky y Esenin
se suicidaron. ¿Quién es él para no suicidarse?
Una muy buena definición del destino literario de esta gente
está en el reverso de un epitafio adelantado que alguien
compuso para el corpulento trovador Pedro Luis Ferrer, magnífico
cantante, guitarrista y compositor que interpretó mal aquello
de "dentro de la Revolución, todo", y cuyas actitudes
contestatarias "dentro de la Revolución" le han
acarreado múltiples problemas. Dice así:
"Murió Pedro Luis Ferrer.
Murió gordo como un cerdo.
Y, como tenía que ser,
murió de no estar de acuerdo"
Los escritores serviles a la voluntad de la tiranía no tienen
futuro, ni en vida ni después de muertos. Siempre estuvieron
de acuerdo.
*
Roberto Luque Escalona, escritor y ex periodista opositor cubano autor
de varias obras entre ellas el libro "Fidel y el juicio de la Historia",
fue miembro del grupo contestatario Criterio Alternativo dentro de
la Isla y sufrió arrestos y represión hasta salir al
exilio.
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