Un caluroso día de junio de 1974 aterrizó en La
Habana el máximo dirigente del PC chileno en el exilio, Volodia Teitelboim,
quien residía en Moscú y lideraba el partido en reemplazo del secretario
general, Luis Corvalán detenido en la isla Dawson.
En el aeropuerto José Martí Teitelboim fue recibido por los dirigentes chilenos
del PC en Cuba, Rodrigo Rojas, Orel Viciani (ver recuadro) y Julieta
Campusano, a cargo del flujo de chilenos que llegaban a la isla tras el golpe
militar de un año antes.
Mientras el poder de la junta militar se asentaba en Chile la golpeada izquierda
intentaba recomponerse, tanto en el exilio como dentro del país. La represión
era durísima las noticias sobre detenciones, torturas y muertes llegaban día a
día. El contacto entre las dirigencias del “exterior” y el “interior” se mantenía
al costo de muchas vidas.
La principal actividad de Teitelboim fue una cita en el Palacio de la
Revolución, donde acudió con Rodrigo Rojas para entrevistarse con Fidel
Castro (1).
El "nuevo ejército"
Castro los recibió en su despacho con su hermano Raúl, segundo hombre del
régimen; el jefe de la inteligencia cubana y máximo implicado en exportar de
la revolución, Manuel “Barbarroja” Piñeiro y el viceprimer ministro Carlos Rafael
Rodríguez. Excepto Raúl, todos habían estado en Chile durante la UP.
Como siempre, Castro monopolizó la palabra. A sus 48 años, seguía siendo el
icono revolucionario latinoamericano. Sus interlocutores chilenos, en cambio,
estaban marcados por una derrota que el mundo socialista les enrostraba día
a día. No habían sido capaces de resistir el golpe militar, de hacer la
revolución chilena. Una “culpa” que era más fuerte en el caso del PC: era el
único partido que se había jugado a fondo por la fracasada vía legal de la UP,
camino que le había provocado fuertes roces con sus actuales anfitriones.
“El gran error del gobierno de Allende fue no contar con una fuerza militar que
lo defendiera8, dijo Castro. “Ahora no veo ninguna posibilidad a la vía armada
en Chile, dado el profesionalismo y nivel de sus fuerzas armadas. No veo otra
salida a la dictadura militar chilena que la formación de un gran frente
encabezado por Eduardo Frei Montalva”.
Acto seguido, frente a sus perplejos interlocutores, lanzó su propuesta para
revertir la derrota: iniciar en las Fuerzas Armadas Revolucionarias cubanas
(FAR) un ambicioso proceso de formación de jóvenes comunistas chilenos, los
que serían admitidos en escuelas de elite para graduarse como oficiales de
carrera.
“Estos muchachos se formarán para que no vuelva a ocurrir la derrota de
1973”, argumentó Castro y aseguró que los nuevos militares serían “para
defender al futuro gobierno democrático... no para tomar el poder por asalto”.
La última salvedad que el comandante puso sobre la mesa fue la siguiente:
“Serán militantes suyos, pero yo seré dueño de darle la formación militar que
estime conveniente”. (2)
Hasta ese momento La Habana había instruido en sus escuelas de guerrilla a
centenares de militantes chilenos del MIR, pero por primera vez ofrecóa a una
formación militar completa, cien por ciento profesional. Las FAR contaban con
cientos de asesores soviéticos, altamente calificados. “Todos nuestros
oficiales piensan en ruso”, acotó, orgulloso, Raúl Castro (3)
Teitelboim y Rojas aceptaron y agradecieron la inesperada oferta. Concluido
el encuentro, Castro se despidió afectuosamente de los chilenos. Antes de
abandonar la sala, el comandante señaló:
-Este acuerdo lo voy a guardar yo en mi caja fuerte, porque es el acta de
nacimiento de un nuevo ejército democrático para Chile.