Cuando los sandinistas triunfaron en
Nicaragua, la Revolución Cubana logró un
aliado clave para sus intereses en América Latina. Por sus condiciones
geográficas, Nicaragua se convirtió en la cabeza de playa desde la cual Cuba
extendió su influencia por el continente en los ’80.
Como el fin de la guerra civil había dejado en ese país a decenas de
revolucionarios sin proyecto político, Fidel Castro reclutó a varios para su
causa. Así se inició lo que el ex agente de La Habana Jorge Masetti denomina
“el bandidaje revolucionario”: acciones delictivo-revolucionarias que
abarcaron desde secuestros y atentados, hasta asaltos a bancos (1).
La búsqueda de fondos era el fin último de esta modalidad: Cuba podía seguir
financiando la subversión internacional y sus “socios” lograban financiamiento
para operaciones propias o, simplemente, para sus bolsillos.
Testimonios y antecedentes hasta ahora inéditos revelan que el centro de
estas actividades fue el MIR chileno, que luego del fracaso de su Operación
Retorno a Chile (1980) fue desplazado por el FPMR en la lucha contra
Pinochet. Como la estructura del MIR en el país quedó diezmada, varios
miristas se pusieron a las órdenes del dirigente cubano Manuel “Barbarroja”
Piñeiro, brazo derecho de Fidel y encargado de exportar la revolución a
través del Departamento América de Cuba.
“El MIR era la tropa de Piñeiro, quien daba las órdenes para obtener fondos y
así autofinanciar otras operaciones por América Latina”, sostiene Jorge
Masetti, quien salió de Cuba en 1990.
Masetti recuerda que al culminar la guerra civil de Nicaragua se estableció en
una residencia de los cubanos en ese país. Se trataba de una casa de
seguridad donde llegaban subversivos del MIR, tupamaros uruguayos y
guerrilleros salvadoreños, entre otros.
“Los cubanos daban la comida y el dinero para que operáramos. Los
sandinistas se limitaban a darnos la luz verde para salir y entrar por sus
aeropuertos. Por ejemplo, si se planteaba un secuestro tenían que irse fulano
y sutano. El resto no sabíamos cuál era su destino y objetivo. El único que lo
sabía todo era “Barbarroja” Piñeiro, en Cuba”, detalla Masetti.
La estructura del “Gato”
Los principales teatros de operaciones de estos actos eran América Central,
principalmente México, y España. En este último país, el mirista René “Gato”
Valenzuela se convirtió en el nexo que “Barbarroja” Piñeiro necesitaba para
reclutar también a los terroristas vascos de ETA. Sin ninguna base
ideológica, la alianza tenía como objetivo recaudar dinero.
“El Gato” residía desde 1974 en París, donde controlaba una estructura de 30
miristas, con recursos y armas propias. A cambio de sus contactos con ETA,
“Barbarroja” le sirvió de intermediario para que vendiera sus servicios a otros
grupos subversivos latinoamericanos.
Un ejemplo de este trabajo en equipo fue el secuestro en 1984 del banquero
panameño de origen judío Sam Kardonski. Según Masetti, en el plagio
participaron colombianos del M-19 y chilenos del MIR, entre ellos “El Gato”
Valenzuela. Los fondos para la operación fueron entregados por Cuba a
través del funcionario del Departamento América Héctor “Humberto”
Sánchez, con la condición de que una parte de la ganancia sería para La
Habana.
“Mientras los del M-19 realizaron el chequeo previo sobre la rutina de la
víctima y ubicaron una pista de aterrizaje para sacarlo de Panamá, los
miristas se encargaron del secuestro y del cobro del rescate”, detalla
Masetti, en esos años hombre de Piñeiro en Centroamérica.
Kardonski fue sacado hacia Ecuador en una avioneta pilotada por una mujer
del MIR. Allí fue liberado un año después, luego que su familia pagara nueve
millones de dólares. Paradójicamente, hoy Kardonski es uno de los más
importantes empresarios con negocios en Cuba.
1
Serie de entrevistas a Jorge Masetti, ex colaborador del Departamento América
cubano, Buenos Aires, 4 y 5 de diciembre del 2000. Miami, 27 de noviembre del
2000, 9 y 10 de febrero del 2001.