La inmensa mayoría de quienes se exiliaron en la
RDA desconocía el significado de la palabra Stasi
cuando llegó a su destino. Así se designaba al
Ministerio de la Seguridad del Estado, la policía
secreta de Erich Honecker. Con sus 80 mil
funcionarios y decenas de miles de informantes,
la Stasi o Ministerium für Staatassicherheit cubría
todos los ámbitos de la Alemania Oriental. Como símbolo máximo de su férreo sistema
político, de esta vigilancia tampoco escaparon los chilenos.
Uno de los más diestros agentes de la Stasi estaba destinado en Chile en 1973. Se
trataba de un diplomático alemán oriental que trabajaba bajo el nombre de Paul Ruschin.
Cuando sobrevino el golpe militar, Ruschin se encargó de contactar y dar asilo político a
decenas de militantes de la UP, por expresas órdenes de Honecker.
En diciembre de ese año, el dirigente socialista y hombre más buscado por los militares,
Carlos Altamirano, cruzó la frontera hacia Argentina protegido por la Stasi. Por lo menos
doce agentes tomaron parte en la operación. Uno de ellos era Ruschin, cuya labor nunca
fue detectada por la inteligencia chilena: una vez que el régimen militar rompió
relaciones con la Alemania Oriental, este hombre siguió contactando a la militancia
rezagada, ahora como funcionario de la misión finlandesa.
Injerencia e infiltración
Los tentáculos de la policía secreta de Honecker eran tan fuertes que hasta
los aparatos de seguridad socialistas que operaban en suelo alemán oriental
se cuidaban de ellos. Uno de los casos más llamativos era el de
contrainteligencia cubana, que en Berlín Oriental, Leipzig y Dresden tenía
desplegado un gran número de agentes para evitar la infiltración enemiga de
sus trabajadores y estudiantes establecidos en esas urbes.
Bastó que los primeros exiliados chilenos entraran en conflicto con el modelo
de la RDA para que a la “solidarität” anfitriona se agregara la vigilancia de la
Stasi. Muy pronto, de esta solidaridad con vigilancia se pasó a la infiltración
y a la injerencia.
En el giro de la izquierda chilena hacia posturas más duras y su ruptura con
el ala que optó por la renovación, la Stasi y sus agentes también cumplieron
un destacado papel. Carlos Altamirano, el dirigente socialista que más
desconfiaba de este acercamiento hacia el marxismo-leninismo, se convirtió
en el más distinguido objeto de análisis de la Stasi.
En 1998, una investigación en Alemania de la revista Qué Pasa reveló un
documento hasta entonces inédito elaborado por ese organismo. Bajo el
título Situación del Partido Socialista de Chile, se afirma que el PS está
“peligrosamente infiltrado por agentes de la Junta”, por lo que será necesario
“infiltrar nuevamente a nuestra gente”. Una mención muy especial se detalla
sobre su secretario general: “Altamirano se encuentra en un momento crítico
sobre su desarrollo. Tiende a intrigas políticas, especialmente contra el
Partido Comunista. (...) Existe el peligro de que Carlos Altamirano Orrego se
aproveche de las tendencias sectarias en el exterior para golpear contra la
dirección interna de su partido” (1).
La Stasi recopilaba información incluso recurriendo a otros chilenos. En
privado, un exiliado de esos años reconoce que se vio obligado a colaborar
con el organismo, “al igual como lo hicieron muchos compatriotas”, afirma.
Este hombre cuenta que el contacto se produjo cuando una tarde volvió a
su departamento y dos tipos lo esperaban en el living. No hubo amenazas ni
explicaciones. “Dijeron que querían saber unas cuantas cosas”, sostiene el
afectado, para quien se hicieron habituales por un tiempo los encuentros de
este tipo, casi siempre en hoteles y lugares alejados de sospechas y fijados
con antelación. Opiniones personales de terceros, perfiles de dirigentes, todo
era del consumo de la Stasi.
Las “normas”
Otra práctica habitual era violar el domicilio de los chilenos sospechosos de
disidencia. El escritor José Rodríguez Elizondo menciona en su libro Crisis y
Renovación de las Izquierdas en América Latina que, en Dresden, un exiliado
ideó cerrar su departamento con una sola vuelta de llave los días pares y
con dos los impares. Partía de la base de que los “inspectores de viviendas”
algún día tendrían que equivocarse y dejar cerrado de la manera equivocada.
“Y así no más sucedió, convirtiendo para él en certeza lo que antes era una
simple sospecha”, afirma el autor en su obra (2).
Muchas veces, esta vigilancia contaba con la venia de la dirigencia
comunista. Entrevistado en 1999 por este diario, el escritor Carlos Cerda
contó que -cuando vivía exiliado en la RDA- un alemán lo interrogó sobre las
actividades del encargado del PC, Jorge Insunza. “Apenas terminé de hablar
con el agente, fui donde Insunza para informarle. El me respondió que no me
preocupara, porque esas eran las normas” (3).
Una buena parte de estas prácticas se legitimaban con el temor de posibles
infiltraciones de parte de los servicios de seguridad de Pinochet. El fantasma
sanguinario de la DINA llegó a ser una especial arma para justificar
arbitrariedades. Un exiliado recuerda que en 1977 llegó a la RDA un puñado
de socialistas que había pasado mucho tiempo detenido por ese organismo.
“En sus caras algunos mostraban evidentes signos de tortura”. Pese a esto,
a fin de evitar cualquier filtración, se determinó enviarlos a Jena, una ciudad
alejada y sin gran presencia de chilenos.
Mediante esta política sistemática, la Seguridad del Estado llegó a tener un
alto grado de control sobre los chilenos, especialmente de aquellos
vinculados con el mundo de la cultura. Así lo reconoce uno de sus ex
informantes en la izquierda, a quien se interrogaba especialmente por las
actividades del escritor Antonio Skármeta y el dibujante Guillermo Bastías,
“Guillo”. Ambos vivían exiliados en Berlín Occidental y solían reunirse a charlar
en el barrio de Charlottenburg.
Un chileno que conoció muy de cerca las tácticas de infiltración de la Stasi
sostiene que este organismo recurrió asiduamente a chilenos de su confianza
para que cruzaran el muro y operaran como agentes en el lado occidental.
“Se infiltraban en viajes particulares, con asistencias a congresos o
cultivando amigos influyentes. Me consta que a la vuelta de esos viajes a
menudo entregaban voluminosos informes a sus oficiales de enlace. Por eso,
existia una mezcla de desconfianza y admiración por el selecto grupo de
chilenos de la RDA que contaba con visado múltiple e indefinido para viajar a
Occidente”.