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LA HISTORIA INEDITA DE LOS AÑOS VERDE OLIVO

EN LA MIRA DE LA STASI

La temida agencia de inteligencia alemana llegó a tener un alto control sobre los chilenos exiliados. Muchas veces esa vigilancia contaba con la venia del PC chileno.

Por Javier Ortega
Santiago de Chile
Diario La Tercera Chile
COPESA Chile - Derechos reservados
Mayo 6, 2001


La inmensa mayoría de quienes se exiliaron en la RDA desconocía el significado de la palabra Stasi cuando llegó a su destino. Así se designaba al Ministerio de la Seguridad del Estado, la policía secreta de Erich Honecker. Con sus 80 mil funcionarios y decenas de miles de informantes, la Stasi o Ministerium für Staatassicherheit cubría todos los ámbitos de la Alemania Oriental. Como símbolo máximo de su férreo sistema político, de esta vigilancia tampoco escaparon los chilenos.

Uno de los más diestros agentes de la Stasi estaba destinado en Chile en 1973. Se trataba de un diplomático alemán oriental que trabajaba bajo el nombre de Paul Ruschin.

Cuando sobrevino el golpe militar, Ruschin se encargó de contactar y dar asilo político a decenas de militantes de la UP, por expresas órdenes de Honecker.

En diciembre de ese año, el dirigente socialista y hombre más buscado por los militares, Carlos Altamirano, cruzó la frontera hacia Argentina protegido por la Stasi. Por lo menos doce agentes tomaron parte en la operación. Uno de ellos era Ruschin, cuya labor nunca fue detectada por la inteligencia chilena: una vez que el régimen militar rompió relaciones con la Alemania Oriental, este hombre siguió contactando a la militancia rezagada, ahora como funcionario de la misión finlandesa.

Injerencia e infiltración

Los tentáculos de la policía secreta de Honecker eran tan fuertes que hasta los aparatos de seguridad socialistas que operaban en suelo alemán oriental se cuidaban de ellos. Uno de los casos más llamativos era el de contrainteligencia cubana, que en Berlín Oriental, Leipzig y Dresden tenía desplegado un gran número de agentes para evitar la infiltración enemiga de sus trabajadores y estudiantes establecidos en esas urbes.

Bastó que los primeros exiliados chilenos entraran en conflicto con el modelo de la RDA para que a la “solidarität” anfitriona se agregara la vigilancia de la Stasi. Muy pronto, de esta solidaridad con vigilancia se pasó a la infiltración y a la injerencia.

En el giro de la izquierda chilena hacia posturas más duras y su ruptura con el ala que optó por la renovación, la Stasi y sus agentes también cumplieron un destacado papel. Carlos Altamirano, el dirigente socialista que más desconfiaba de este acercamiento hacia el marxismo-leninismo, se convirtió en el más distinguido objeto de análisis de la Stasi.

En 1998, una investigación en Alemania de la revista Qué Pasa reveló un documento hasta entonces inédito elaborado por ese organismo. Bajo el título Situación del Partido Socialista de Chile, se afirma que el PS está “peligrosamente infiltrado por agentes de la Junta”, por lo que será necesario “infiltrar nuevamente a nuestra gente”. Una mención muy especial se detalla sobre su secretario general: “Altamirano se encuentra en un momento crítico sobre su desarrollo. Tiende a intrigas políticas, especialmente contra el Partido Comunista. (...) Existe el peligro de que Carlos Altamirano Orrego se aproveche de las tendencias sectarias en el exterior para golpear contra la dirección interna de su partido” (1).

La Stasi recopilaba información incluso recurriendo a otros chilenos. En privado, un exiliado de esos años reconoce que se vio obligado a colaborar con el organismo, “al igual como lo hicieron muchos compatriotas”, afirma.

Este hombre cuenta que el contacto se produjo cuando una tarde volvió a su departamento y dos tipos lo esperaban en el living. No hubo amenazas ni explicaciones. “Dijeron que querían saber unas cuantas cosas”, sostiene el afectado, para quien se hicieron habituales por un tiempo los encuentros de este tipo, casi siempre en hoteles y lugares alejados de sospechas y fijados con antelación. Opiniones personales de terceros, perfiles de dirigentes, todo era del consumo de la Stasi.

Las “normas”

Otra práctica habitual era violar el domicilio de los chilenos sospechosos de disidencia. El escritor José Rodríguez Elizondo menciona en su libro Crisis y Renovación de las Izquierdas en América Latina que, en Dresden, un exiliado ideó cerrar su departamento con una sola vuelta de llave los días pares y con dos los impares. Partía de la base de que los “inspectores de viviendas” algún día tendrían que equivocarse y dejar cerrado de la manera equivocada. “Y así no más sucedió, convirtiendo para él en certeza lo que antes era una simple sospecha”, afirma el autor en su obra (2).

Muchas veces, esta vigilancia contaba con la venia de la dirigencia comunista. Entrevistado en 1999 por este diario, el escritor Carlos Cerda contó que -cuando vivía exiliado en la RDA- un alemán lo interrogó sobre las actividades del encargado del PC, Jorge Insunza. “Apenas terminé de hablar con el agente, fui donde Insunza para informarle. El me respondió que no me preocupara, porque esas eran las normas” (3).

Una buena parte de estas prácticas se legitimaban con el temor de posibles infiltraciones de parte de los servicios de seguridad de Pinochet. El fantasma sanguinario de la DINA llegó a ser una especial arma para justificar arbitrariedades. Un exiliado recuerda que en 1977 llegó a la RDA un puñado de socialistas que había pasado mucho tiempo detenido por ese organismo. “En sus caras algunos mostraban evidentes signos de tortura”. Pese a esto, a fin de evitar cualquier filtración, se determinó enviarlos a Jena, una ciudad alejada y sin gran presencia de chilenos.

Mediante esta política sistemática, la Seguridad del Estado llegó a tener un alto grado de control sobre los chilenos, especialmente de aquellos vinculados con el mundo de la cultura. Así lo reconoce uno de sus ex informantes en la izquierda, a quien se interrogaba especialmente por las actividades del escritor Antonio Skármeta y el dibujante Guillermo Bastías, “Guillo”. Ambos vivían exiliados en Berlín Occidental y solían reunirse a charlar en el barrio de Charlottenburg.

Un chileno que conoció muy de cerca las tácticas de infiltración de la Stasi sostiene que este organismo recurrió asiduamente a chilenos de su confianza para que cruzaran el muro y operaran como agentes en el lado occidental. “Se infiltraban en viajes particulares, con asistencias a congresos o cultivando amigos influyentes. Me consta que a la vuelta de esos viajes a menudo entregaban voluminosos informes a sus oficiales de enlace. Por eso, existia una mezcla de desconfianza y admiración por el selecto grupo de chilenos de la RDA que contaba con visado múltiple e indefinido para viajar a Occidente”.



1 Los documentos secretos de Honecker sobre Chile. Revista Qué Pasa, mayo de 1998

2 Rodríguez Elizondo, José. Crisis y Renovación de las Izquierdas. Santiago, Editorial Andrés Bello, 1995. 402 pgs.

3 Diario La Tercera, 7 de noviembre de 1999. Pág. 29.





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