CÓMO ASESINAR LA DEMOCRACIA
Y ESCONDER EL CADÁVER










Por Abel German *
Columnista
España
La Nueva Cuba
Octubre 19, 2009


 

 

Fue Tito-Livio el que dejó dicho: "Nada hay tan poco digno de estima como los juicios de la multitud". La multitud, que Montaigne definió como "madre de ignorancia, de injusticia y de inconstancia"; y que sugirió esta reflexión a Cicerón: "Considero que cuando la multitud alaba una cosa, aunque de suyo no sea infame, lo es".
¿Tienen razón?

El pasado lunes 5 de octubre P-ES publicó una información que, en cierto sentido, da una respuesta. Dice el titular: "El oficialismo llevará el debate de Ley del Periodismo de Venezuela a la calle". La parlamentaria Santos Amaral explicó "que no existe la intención de destruir al Colegio Nacional de Periodista, hoy al servicio de factores políticos y de la Sociedad Interamericana de Prensa sino de rescatarlo, transformarlo y adaptarlo a las exigencias del pueblo" para conseguir (añaden) la "democratización de los medios". "Parlamentarismo de calle", le llaman ellos.

No he hecho un seguimiento de la información porque lo que me interesa de ella es, si acaso, el efecto: Es decir, el desconcierto, cuando no el aplauso, de los incautos y los otros.

La izquierda que permanece aferrada a la antigua ortodoxia, ve en estas consultas chavistas, copiadas al calco de otras hechas por Fidel Castro, un signo de democracia pura. Y si democracia es el gobierno de la multitud, según Platón y "de los más" según Aristóteles, parece que tuvieran razón. En este caso estaríamos en presencia de una democracia directa mezclada con un algo de participativa, un plato aparentemente comestible.

¿Pero de veras tienen razón? Puede. Es decir, cabe la posibilidad que se trate, en efecto, de un acto democrático, y que el plato así obtenido realmente sea ése que dicen y no otro y que, además, en verdad resulte comestible. Pero cuidado. Hay alimentos que, según cómo se elaboren (bien cocidos, con higiene y productos de calidad o no); según cómo se ingieran (el ambiente, el conocimiento que se tenga de los platos en cuestión, etc.); y según cómo sea la salud de los comensales (su salud metabólica y mental, se entiende); con arreglo a estos presupuestos, digo, dichos alimentos: 1)se aprovechan bien; 2)se aprovechan pero con deficiencias y algunos daños, por así decirlo, colaterales; y 3) no se aprovechan en absoluto y pueden causar padecimientos crónicos e, incluso, la muerte. De ahí la conveniencia de que se consuman con moderación, con conciencia de qué y para qué se consumen y con arreglo a recetas adecuadas.

Pero dejemos a un lado la imagen trófica y hablemos claro. La democracia es algo más. No se puede simplificar, centrándola sólo en la controvertida participación del pueblo. Ése es un reduccionismo peligroso, del cual sólo pueden beneficiarse los gobiernos populistas. El caso que ha motivado este texto es sólo una prueba, pero hay otros y mucho más elocuentes.

¿No resulta revelador que un régimen tan antidemocrático como el norcoreano llame a su país República Popular Democrática de Corea?; ¿y que el territorio alemán ocupado por la Unión Soviética al final de la Segunda Guerra Mundial, que existió hasta 1990 como una de las repúblicas socialistas de Europa Central, es decir, como un país sin democracia, se llamase República Democrática Alemana (RDA) ?

Cuba es otro ejemplo de lo mismo. El régimen castrista es ducho en falsear el ropaje democrático, como lo es en disimular las constantes violaciones de los derechos humanos. Utiliza no sólo su retórica, sino también sus símbolos externos más significativos, incluyendo las urnas. O sea, habla constantemente del pueblo y en su nombre; hace que las masas levanten la mano para aprobar decisiones que ya han sido tomadas; las empuja a la calle para que apoyen determinadas medidas e, incluso, instrumenta debates sobre leyes o resoluciones que el pueblo supuestamente debe enriquecer en forma crítica, y tiene sus elecciones con urnas y todo. Justo lo que, en otro contexto, hace el discípulo Chávez. Para los ingenuos y para los desinformados, en ambos países, y sobre todo en este último, el panorama es idílico.

¿Acaso eso no coincide (deben preguntarse) con la definición clásica de democracia? ¿Esa participación de la multitud no supera la que tiene, por ejemplo, en EEUU y en Europa?
Aquí, frente a este dislate, es donde conviene la cautela. Porque es un dislate con apariencia de agudeza y de objetividad.

¿Qué sucede entonces? Si volvemos a las definiciones clásicas de democracia y las observamos a la luz de la Historia, tenemos un problema. O dos: las distintas formas de democracia directa se disuelven como meras utopías o, en los breves instantes en que suelen desempeñarse, el pueblo decide mal. El venezolano se mueve en esa dinámica errónea. Se ha ido equivocando una y otra vez al dar el Sí a cada propuesta de Hugo Chávez sin reparar en que cada una hace que el gobernante gane más poder personal, a la vez que cede, en cuanto sociedad civil, prerrogativas que luego, cuando ya sea tarde (es decir, cuando Chávez haya redondeado su totalitarismo), echará en falta.

Y si nos centramos en Cuba, salta a la vista la consecuencia que tal frivolidad histórica trae consigo. Los totalitarismos tienen eso: lo abarcan todo. Lo controlan todo. Y saturan a la multitud de propaganda, desinformación, dependencia, temor y adoctrinamiento, hasta que la envuelven (para utilizar la imagen de Hannah Harendt) en una "niebla de la realidad" que, aun sin tener en consideración lo que opinasen Tito-Livio, Montaigne y
Cicerón, la incapacita para participar de forma responsable en la más mínima providencia.

Una multitud al principio eufórica por el triunfo promisorio de un líder carismático, al final se convierte en una multitud coaccionada por las medidas que ella misma refrendó durante los exabruptos emocionales de ese inicio. La fórmula no falla. Cuba es el hecho consumado; Venezuela, por así decirlo, el hecho consumable.

Es decir, en Cuba la democracia fue asesinada y en Venezuela va camino de serlo. En Cuba se la menciona como si estuviese viva, y su cadáver se pasea en urnas, plebiscitos y manifestaciones populares que dejan perplejos a muchos de los que miran desde la barrera; en Venezuela se la golpea a muerte con las propias urnas, los plebiscitos y las manifestaciones callejeras, y el resultado apunta a lo mismo: la muerte de la democracia. O sea, la destrucción de la pluralidad política e informativa y de la alternancia del poder según la voluntad de las masas.

No cabe duda: Es posible asesinar a la democracia y esconder el cadáver. Basta con que se le dé a la multitud la pregunta adecuada y se le coloque delante una urna. Si previamente se ha preparado bien el terreno (quiero decir, si se han acallado las voces críticas) sucede: la multitud asesta la respuesta homicida. Y hasta lo celebra, para que no se vea.

 




* Abel German (Morón, 1951). Escritor y periodista cubano. Ha publicado "El día siguiente de mi infancia" (Editorial Letras Cubanas); "Cubo de Rucbick" (Editorial Unión) y "Curiosidades" (Ediciones Extramuros). También ha publicado poemas en revistas culturales cubanas, mexicanas y colombianas, así como en antologías de México y Cuba. Trabajó en la Agencia de prensa independiente "Cuba Press" desde su fundación como editor y articulista, colaborando, entre otros, con Radio Martí, Cuba Free Press, Cubanet y Revista HC de la Fundación Hispano Cubana. Actualmente se encuentra exiliado en España.

     Fuente Proyecto Sukhoi T-60s -

 


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