VIAJERA
TERMINAL: Crónica suizo-cubana (XIV)
BERNA, MEINE LIEBE LA HABANA, MI AMOR
No
soy de parte alguna; a parte alguna voy.
Otros fragmentos, Ángel Escobar (1)
Una
ciudad se conoce caminándola; paso a paso, se descubre. Puede
que sus habitantes ignoren al viajero, no lo acojan nunca, pero la ciudad,
con todos sus riesgos e incógnitas subyacentes, siempre se halla
abierta al caminante, como a la espera de ser descubierta, conquistada...
Mas, una ciudad sólo se conquista amándola. Porque la
ciudad es como una persona: tiene sus secretos, costumbres, caprichos.
Posee su personalidad, sus encantos, fortalezas y debilidades, virtudes
y defectos. Pero, sólo cuando la ciudad comienza a intercambiar recuerdos con el viajero, por los momentos vividos en aquellos lugares donde él deambula o reposa, puede asegurarse entonces que la ciudad ha comenzado a admitir al extraño, al margen del rechazo o la acogida de los habitantes. No importa. Y Berna es una ciudad amable: Irgendwann wird
die Morgenröte kommen, Si te quiero
es porque sos Alguien describió la arquitectura como música congelada. (Cierto, la arquitectura puede transmitir sensaciones, movimiento; por demás, nada en el mundo que nos rodea es realmente estático). Y, para mí, esa melodía arquitectónica guarda el ambiente espiritual de cualquier ciudad, el eco y la vibración de historias pasadas y actuales acontecimientos; registra y conserva las voces, las inquietudes e ideas, las vivencias de sus habitantes y peregrinos de todos los tiempos. De ahí, una ciudad puede despertarle al viajero, e incluso, a sus propios residentes, agrado o incomodidad, rechazo o atracción, en dependencia de lo que perciban acumulado en el entorno y en las perspectivas de cambio, de evolución. Para mí, un símbolo de la Berna que cambia y atrae, se halla en esa encrucijada céntrica, donde los viajeros arriban desde cualquier lugar o parten hacia todas las direcciones posibles: al antiguo, inmenso y sólido paradero de concreto, ubicado frente al Bahnhof (5), lo sustituyó otro de mayor monumentalidad, de líneas modernas, con techo ondulado, transparente, de apariencia ligera; mientras, en la multitud que allí transita, también se aprecia cómo el amor tiende dulces trampas a los suizos: los enreda y esposa con gente de otras nacionalidades y razas, originando una mezcla que renueva la actual población suiza. C'est que je
sais ce que je veux Pero Berna no puede ser descrita por ningún cronista sin referirse a su límpido, zigzagueante río Aare -cual si danzara el Baile del Vientre-, donde se lanzan a las aguas los bañistas, los perros, las barcas, los suicidas y las penas... Dime, ¿qué
tiras al agua? Berna, meine liebe, partida por su río, enlazada con puentes y tranvías; unida, en los corazones de su gente. Berna, mon amour, con sus techos de tejas rojas, iglesias y torres con relojes que, en constante campaneo, advierten el transcurso del tiempo, la obra, la vida, su término. Berna, amore mio, con su ritmo muy propio, de ambiguas apariencias: estresada y apacible; ágil y lenta; moderna y antigua; accesible y cerrada, tímida y resuelta, frágil y dura, campestre y citadina... Inexplicable versatilidad que me identifica a mí misma. Ils mes egls
ein mias plemas, Berna, mia carezzia, con su punto más elevado y concurrido -el Gurten-, donde mejor se contempla la hermosa vista de los Alpes en la lejanía y de toda la ciudad que, contradictoriamente, se siente más cercana allá, en la altura, a distancia. Non! Rien de
rien. Berna, mi amor, donde el funcionamiento del antiquísimo reloj -el Zytglogge- deslumbra a los visitantes y la monumental cavidad granalera del antiguo Kornhaus ha sido transformada en un lujoso bar-restaurante... Curiosa conversión, que se repite en el centro comercial -repleto de vidrieras colmadas de mercancías-, ubicado a todo lo largo del Marktgasse y del Spitalgasse, en incontables calles: junto a los comercios de la superficie con laberínticos pasillos, se hallan también los sótanos, integrados a la profunda actividad económica citadina. A saber, en Berna el mercado funciona hasta en el espacio subterráneo de la ciudad. Aunque llamada 'el
campo' por otras ciudades de Suiza -Ginebra, la internacional; Zürich,
la económica-, Berna es la capital del país helvético,
su centro político. Y aquí, frente al Bundeshaus -sede
del gobierno-, en la plaza de similar nombre, se observa cierta extraña
conjunción entre poder y pueblo, en una "fuente" moderna,
distinta: del espacioso pavimento de esta plaza brotan limpios, rectos
y alternos chorros de agua, donde los niños se bañan y
juegan, donde la gente toda se moja y se tiende al sol. Impropio, tal
vez, pero mejor que los aires impostados de frialdad, dureza y estiramiento.
La Bundesplatz también ha sido, es, testigo de otras escenas
menos conciliadoras: manifestaciones populares, sindicaleras o partidistas,
de protesta, reclamos o apoyo, pacíficas o violentas, de nacionales
o extranjeros. (Aunque no esté previsto, imagino que abrir todos
los chorros de agua al unísono podría calmar agresividades).
Y Berna, como toda ciudad, habla con un lenguaje propio, en el conjunto de sonidos que emite al unísono: el graznido de los cuervos en cualquier estación del año; el canto de los pájaros originarios o migratorios; el murmullo de sus inmensos árboles, danzando al viento, esparcidos por toda la ciudad; el runrún de sus voces suizo-alemanas, alemanas, de otras lenguas; el ruido de sus tranvías, su tránsito, sus campanas; el rítmico y estridente taconeo de la gente; la gama de instrumentos musicales tocados al aire libre, interpretando obras del mundo entero; el arrullo de sus enamorados; la fuerte corriente del río; la bulliciosa granizada; el suave descenso de la nieve y la lluvia... Una bella sinfonía, con infinitas variaciones, compuesta por la ciudad viviente: Y siempre que
te escucha el caminante Escuchar un aire
de la tierra natal, sí, pero un aire con olor a democracia, es
un sueño -aunque, afortunadamente, tengamos diversidad de pensamiento
y opinión- de casi todos nosotros, los cubanos de buena voluntad
que andamos dispersos por el mundo. Y en Berna, como en cualquier lugar
del Planeta donde me encuentre, guardo en mi corazón a mi Habana.
No sólo porque residí en la capital la mayor parte de
mi vida, sino porque la sé cautiva, como toda la Isla. Y yo,
también tengo otro sueño: percibir aires de progreso,
de un nuevo desarrollo ascendente, extraviado durante medio siglo. Porque
esa ciudad -amada, aunque ruinosa, sucia, pestilente, oscura, pordiosera-
ya "logró sobrecumplir" medio siglo de abandono: en
nada se parece a lo que antes fue. Ahora, hace rato, es una ciudad perdida
en un tiempo de descalabros y deterioros, una ciudad muerta aunque viva,
o mejor, malviva. Porque La Habana, la verdadera Habana, ya no existe. Bajo el sol
que la persigue, No, no es lo mismo
andar, conocer, La Habana barriotera -La Habana marginal, ya mayoritaria-sumergirse
en sus zambullos, ciudadelas y ruinosos recovecos, que contemplarla
desde la altura de los bares-restaurantes La Torre del Focsa o El Turquino
del Hotel Habana Libre (cuyo nombre evoca al Cubalibre, trago que la
perspicacia criolla popular llama de la risita o de la mentirita). Incluso,
no se percibe de igual forma La Habana si se contempla desde ciertos
puntos menos elevados, pero igualmente selectos, como Castillo del Morro
o el Cristo de la bahía habanera (14). Desde estos lugares turísticos,
surge la falacia de otra Habana: en la lejanía, se convierte
en una ciudad de ensueño, porque la suciedad, la fetidez, la
miseria, la indigencia, la degradación humana y material, se
tornan imperceptibles. Allá, en la distancia, se descubre la
silueta habanera que esboza un pasado muerto y guarda la somera esperanza
de una resurreción. Durante mi viaje, el deprimente panorama arquitectónico de la ciudad, que se desliza siempre a través de las ventanillas, provocó los habituales comentarios críticos entre los pasajeros. Uno de ellos reprendió al resto: "Es normal. Todo se deteriora y se pone viejo. Hasta nosotros, los seres humanos". Pero la mayoría de los viajeros ripostó que sólo la reparación y el mantenimiento sistemáticos hubiesen evitado este calamitoso estado de la capital cubana. De hecho, la restauración del casco histórico de La Habana Vieja surgió, a modo de ejemplo, durante el debate móvil: edificaciones citadinas que datan del tiempo de la colonia española en la Isla, constituyen verdaderos tesoros arquitectónicos recuperados -al menos, en apariencia y en interés del turismo extranjero, portador de moneda dura-, pese a que también sufrieron el abandono durante décadas. Ahora yo podría enriquecer aquella polémica con otro argumento: la antiquísima arquitectura Suiza que, a pesar de los siglos, se mantiene en forma, impecable, gracias al cuidado y la atención que le dispensan. Sí, me agrada y alimenta la imagen positiva que el paisaje citadino de Berna me regala cada día, pero, a la par, -contradictoria al fin, como todo Géminis-, me entristece la memoria de mi Habana gris, empobrecida y ruinosa. No soy de aquí,
ni soy de allá, Si a Berna no se le conoce sin darse un chapuzón en el Aare, a La Habana tampoco, si, al menos, no se ha caminado por El Malecón, ese muro extendido, entre mar y ciudad, desde el interior de la bahía habanera -frente a La Cabaña y el Morro- hasta el mar abierto, y que finaliza en La Puntilla, donde desemboca el contaminado río Almendares. Allí, en sus extensos muros, se hallan latentes otros universos, ajenos al mundo oficial impuesto: "El hospitalario y democrático Malecón habanero acoge en su regazo tanto quehacer humano como estrellas hay en la noche cubana: encuentros amorosos, madrugadas de bohemias parrandas, siestas veraniegas, sueños nocturnos, tertulias poéticas, nupcias libres o legales, confesiones etílicas, pesca, campo y pista, paseos familiares, baños intrépidos, negocios sucios y todo lo que ni usted ni yo podemos imaginar, visible o invisible" (17). Pero también han tenido, tienen, lugar otros sucesos extraordinarios, exclusivos, como aquella inolvidable aparición de un cetáceo: "la ballena removió el tedioso ambiente capitalino: abrió el espíritu de sus pobladores hacia la grandeza y la inmensidad del mundo que nos rodea, más allá del Malecón habanero, de las fronteras de esta isla cautiva" (18). O como la estampida en masa de balseros en busca de sueños sin visas, ni tarjetas blancas, ni sometimientos. Sales a la calle
y te vas al muro, Berna, puedo repetírtelo en las cuatro lenguas que habla tu pueblo: meine liebe, amore mio, mon amour, mi'amur. Sí, te amo. Puedo amarte a ti, a Ginebra, a Locarno, a Sierre, a Bangkok, a Hanoi, a Praga, a Singapore, a Moscú, a Beiging, a Montreal, a todas las ciudades por donde alguna vez he transitado, porque durante mi estancia en cada uno de estos lugares, me he descubierto como lo que soy, al modo descrito por mi hijo Greco y otros jóvenes latinos emigrantes: soy un ciudadano del mundo. Lost in this
world Mas ninguna de esas ciudades desplaza a mi amor primero: La Habana... ni a Varadero y la Cumbre de Matanzas, ni a Punta Gorda de Cienfuegos, ni al Cobre de Santiago, ni siquiera al Guaso de Guantánamo, de donde partí a los dos años de edad. Y si un día regreso allá, a mi Isla, te llevaré en mi corazón, Berna preciosa, te extrañaré infinitamente y sé -muy bien lo sé- que sentada en el Malecón, frente al mar abierto, mis ojos se nublarán por ti, igual que ante el recuerdo de mi Habana, cuando "a las orillas del río Aare me senté y lloré" (*), implorando, como en los versos de Thomas Stearns Eliot: (...) y espíritu del río, espíritu del mar, no me hagan sufrir la separación / y permitan que mi llanto llegue a Ustedes. (21)
(*) By the water of Leman I sat down and wept, versos del poema El sermón del fuego de Thomas Stearns Eliot ("Me senté a las orillas del Leman y lloré": Eliot se refiere al Lac Léman, de Suiza, cuyos datos aparecen en mi crónica viajera Cinco años... Cinque Terre). Similar es el título de una bella novela del escritor brasileño, Paulo Coelho: A las orillas del río Piedra me senté y lloré. Ambos escritores hacen referencia a la Santa Biblia: el Salmo 137,1, Jerusalén, no te olvidaré, canto de los judíos exiliados a su añorada tierra: "Al borde de los ríos de Babilonia, nos sentábamos y aún llorábamos, acordándonos de Sion". (1) Ángel Escobar (Guantánamo, Cuba, Marzo 3, 1957-Febrero de 1997). Poema de su libro Cuando salí de La Habana. (2) Desde el rumor del mundo/desde la alegría de los momentos/desde la piel y desde lo profundo/desde mis errores cotidianos/quiero decirte que te amo. Canción Volevo dirti che ti amo. Laura Pausini. (3) "Vendrá luego la aurora/y yo mientras tanto te escribo/ para decirte que te amo"...Poema La carta en el camino, de Pablo Neruda (Chile, Julio 12, 1904-Septiembre 23, 1973). (4) Te quiero. Poema de Mario Benedetti (Uruguay, Sept 14, 1920-Mayo 19, 2009). (5) Bahnhof: Terminal de Trenes. (6) "Lo que yo sé/lo que yo deseo/y que yo te amo./Lo que yo creo/de los días felices/y que yo te amo". Canción Et que je t'aime. Charles Aznavour (París, Mayo 22, 1924). (7) Canción Y tú, ¿qué tiras al agua? Alberto Cortez, (Rancul, La Pampa, Argentina, marzo 11 de 1940). (8) Mis ojos son mi pluma /mis mejillas, el papel /la tinta, mis lágrimas /de esa forma te escribo/ mientras lloro. Canción de Despedida, de la cultura romache. (9) "¡No! Nada de nada/¡No! Yo no lamento nada/Ni del bien que me han hecho/ni del mal, ¡todo eso me da igual! Canción Non, je ne regrette rien. Edith Piaf (París,Diciembre 19,1015- Octubre 10, 1963). (10) El Viajero. VIII. Antonio Machado. (España, Sevilla, 1875-1939). (11) Guitarra del mesón. Antonio Machado. (12, 13 y 15) Un largo lagarto verde. Nicolás Guillén (Cuba, Camagüey, 1902- La Habana- 1989). (14) Obra de la escultora Gilma Maderas (Cuba, Pinar del Río, Septiembre 18, 1915-La Habana, Febrero 21, 2000). (16) No soy de aquí, ni soy de allá. Alberto Cortez. (17) Se busca, crónica del libro El Paraíso Castrado, de Iria González-Rodiles, publicado en una breve versión digital por www.barcelonaradical.net/descargas (18) Se equivocó la ballena. Del libro El Paraíso Castrado. (Ídem). (19) Canción. Grupo cubano Moneda Dura (20) "Perdida en este mundo/me pierdo en tus ojos/y cuando las luces caen/yo soy la única sola". Canción Lost. Anouk. (21) Miércoles de Ceniza, versos finales: And spirit of the river, spirit of the sea/suffer me not to be separated/and let my cry come unto Thee. Thomas Stearns Eliot (St. Louis, EEUU 1888- 1965, naturalizado ciudadano inglés en 1927).
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Iria González-Rodiles, es periodista independiente. Fundadora de la
Agencia CubaPress. Escribe para la prensa alternativa desde 1995.
Sus artículos y crónicas han sido publicados en diferentes medios
tales como en las páginas WEB de la SIP (Sociedad Interamericana de
Prensa), CubaFreePress, Nueva Prensa Cubana, Cubaicei.org del Instituto
de Economistas Indepiendientes, RSF (Reporteros sin Fronteras) y en
revistas como la Hispano Cubana y Nueva Prensa Cubana.
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