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DISCURSO
DE INVESTIDURA
DE IGNACIO AGRAMONTE Y LOYNAZ
Universidad
de La Habana, 1866
en su investidura del grado
de Licenciado en Derecho Civil y Canónico.
Por Ignacion Agramonte y Loynaz
Biblioteca Independiente
Eduardo Facciolo Alba
La Nueva
Cuba
Mayo 11, 2005
Señor
Rector e Ilustre Claustro.
Señores:
La administración que permite el franco desarrollo de la
acción
individual a la sombra de una bien entendida concentración
del
poder, es la más ocasionada a producir óptimos resultados,
porque
realiza una verdadera alianza del orden con la libertad.
Vive el hombre
en sociedad, porque es su estado natural, es condición indispensable
para el desarrollo de sus facultades físicas, intelectuales
y morales, y no en virtud de un convenio o de un pacto social, como
han pretendido Hobbes y Rousseau.
La sociedad no se comprende sin orden, ni el orden sin un poder
que lo prevenga y lo defienda, al mismo tiempo que destruya todas
las causas perturbadoras de él. Ese poder, que no es otra
cosa que el Gobierno de un Estado, está compuesto de tres
poderes públicos, que cuales otras tantas ruedas de la máquina
social, independientes entre sí, para evitar que por un abuso
de autoridad, sobrepujada una de ellas a las demás y revistiéndose
de un poder omnímodo, absorba las públicas libertades,
se mueven armónicamente y compensándose, para obtener
un fin determinado, efecto del movimiento triple y uniforme de ellas.
Me ocuparé de uno de esos poderes: del poder ejecutivo o
administrativo; y sólo de él, porque tal es el terreno
en que me coloca la proposición que defiendo. En ella se
ha tomado la palabra administración en una de sus diversas
acepciones, en la del ejercicio del poder ejecutivo en toda la extensión
de sus atribuciones.
Detener la marcha del espíritu humano, ha dicho un célebre
escritor, privándole de los derechos que ha recibido de la
mano bienhechora de su Creador, oponerse así a los progresos
de las mejoras morales y físicas, al acrecentamiento del
bienestar y felicidad de las generaciones presentes y futuras, es
cometer el más criminal de los atentados, es violar las santas
leyes de la Naturaleza, es propagar indefinidamente los males, los
sufrimientos, las disensiones y las guerras, de que los pueblos
no han cesado de ser las víctimas.
Estos derechos del individuo son inalienables e imprescriptibles,
puesto que sin ellos no podrá llegar al cumplimiento de su
destino; no puede renunciarlos, porque como ya he dicho, constituyen
deberes respecto a Dios, y jamás se puede renunciar al cumplimiento
de esos deberes. Se ha dicho que el hombre, para vivir en sociedad,
ha tenido que renunciar a una parte de sus derechos; lejos de ser
así contribuye con una porción de sus rentas y aun
a veces con su persona al sostenimiento del Estado, que debe defendérselos,
que debe conservárselos íntegros, que debe facilitar
su libre ejercicio. Bajo ningún pretexto se pueden renunciar
a esos sagrados derechos, ni privar de ellos a nadie sin hacerse
criminal ante los ojos de la divina Providencia, sin cometer un
atentado contra ella, hollando y despreciando sus eternas leyes.
La ignorancia, el olvido o el desprecio de los derechos del hombre
son las únicas causas de las desgracias públicas y
de la corrupción de los Gobiernos, como en Francia la Asamblea
Constituyente de 179l.
La justicia, la verdad, la razón, sólo pueden ser
la suprema ley de la sociedad; decir salus populis suprema lex est
es tomar el efecto por la causa. El derecho para ser tal y obligatorio,
debe tener por fundamento la justicia: la de pensar, la de hablar
y la de obrar. A estas leyes para observarlas, corresponden otros
tantos derechos, como ya he dicho, imprescriptibles e indispensables
para el desarrollo completo del hombre y de la sociedad.
Al derecho de pensar libremente corresponden la libertad de examen,
de duda, de opinión, como fases o direcciones de aquél.
Por fortuna, éstas, a diferencia de la libertad de hablar
y obrar, no están sometidas a coacción directa; se
podrá obligar a uno a callar, a permanecer inmóvil,
acaso a decir que es justo lo que es altamente injusto. Pero ¿cómo
se le podrá impedir que dude de lo que dice? ¿Cómo
que examine las acciones de los demás, lo que se le trata
de inculcar como verdad, todo, en fin, y que sobre ello formule
su opinión? Sólo por medios indirectos; la educación,
las preocupaciones, las costumbres, influyen a veces coartando el
franco ejercicio de ese derecho, que es la más fuerte garantía
para la sociedad y el Gobierno de un Estado que se funda en la verdad
y la justicia.
A pesar de que la razón y la experiencia nos demuestran que
no podemos formarnos una opinión exacta en ninguna materia
sin examinarla previa y detenidamente, no han faltado hombres y
aun clases enteras en la sociedad, que con miras interesadas y ambiciosas,
han querido despojar al hombre de esos derechos revelados por la
razón a todos, pues son universales, y monopolizarlos ellos.
En cuanto a nosotros, siempre diremos con San Pablo: "examinémoslo
todo y atengámonos a lo que es bueno" (Ts 5:21).
Consecuencia de la libertad de pensar es la de hablar. ¿De
qué servirían nuestros pensamientos, nuestras meditaciones,
si no pudiéramos comunicarlos a nuestros semejantes? ¿Cómo
adquirir los conocimientos de los demás? El desarrollo de
la vida intelectual y moral de la sociedad sería detenido
en medio de su marcha.
De la enunciación de los diversos exámenes, de las
contrarias opiniones, de las diferentes observaciones, de la discusión
en fin, surge la verdad como la luz del sol, como del eslabón
con el pedernal, la ígnea chispa.
Pero la verdad, se ha dicho, no siempre conviene exponerla; en realidad
no conviene; pero es al poderoso que oprime al débil, al
rico que vive del pobre, al ambicioso que no atiende a la justicia
o injusticia de los medios de elevarse; lejos de ser perjudicial,
es siempre conveniente al ciudadano y a la sociedad, cuyas felicidades
estriban en la ilustración y no en la ignorancia o el error,
y a los gobernantes cuando lo son en nombre de la justicia y la
razón.
La prensa con razón es considerada como la representación
material del progreso. La libertad de la prensa es un medio de obtener
las libertades civil y política, porque, instruyendo a las
masas, rasgando el denso velo de la ignorancia, hace conocer sus
derechos a los pueblos y pueden estos exigirlos.
No carece de inconvenientes la prensa completamente libre, pero
ni contrapesan sus ventajas, ni son de tanta importancia como se
ha tratado de hacer creer. "Se puede abusar de la prensa, dice
un autor inglés, por la publicidad de principios falsos y
corrompidos; pero es más fácil, añade el mismo,
remediar este inconveniente combatiéndolo con buenas razones
que empleando las persecuciones, las multas, la prisión y
otros castigos de este género".
También se ha dicho que puede ser perjudicial por las infamaciones;
a esto respondemos con Ovidio: conciamens recti famae mendacia ridet;
o con el emperador Teodocio, en una ley que promulgó en 393,
en la que dice: "Si alguno se deja ir hasta difamar nuestro
nombre, nuestro gobierno y nuestra conducta, no queremos que esté
sujeto a la pena ordinaria, marcada por las leyes, ni que nuestros
oficiales le hagan sufrir una pena rigurosa, porque si es por ligereza,
es necesario despreciarlo; si es por ciega locura, es digno de compasión;
si es por malicia, es necesario perdonarle".
Por otra parte, no es fácil que se expusiera un escritor
a que el calumniado entablase contra él, ante el tribunal
competente, la acción de calumnia, y sufrir las consecuencias.
La libertad de obrar consiste en hacer todo lo que le plazca a cada
uno en tanto que no dañe los derechos de los demás.
No puede darse, empero, demasiada latitud a esa restricción;
hay casos en que, obrando libremente el individuo, causa un daño
a los demás y a veces a la sociedad entera; y sin embargo,
no puede impedírsele el ejercicio de su derecho, sin causarlos
mayores atacando la libre acción individual. Así sucedería
cuando un hombre imprudentemente invirtiera su capital en empresas
ruinosas; en tal caso los abastecedores de un consumo sufrirían
un menoscabo, pues que esa menos salida tendrían sus frutos;
perjudicaría económicamente a la sociedad, porque
ese capital se pierde para la circulación y una cantidad
equivalente de industria perece. El único remedio a males
de esta clase, es fomentar la instrucción y estimular los
sentimientos nobles y generosos. Por punto general, nadie conoce
mejor los intereses de uno que él mismo; y cuando la opinión
general está bien dirigida y por la conservación de
la individualidad tiene energía, es un freno bastante poderoso
contra el egoísmo, la avaricia, la prodigalidad, la envidia
y demás carcomas del bienestar individual y social.
El individuo mismo es el guardián y soberano de sus intereses,
de su salud física y moral; la sociedad no debe mezclarse
en la conducta humana, mientras no dañe a los demás
miembros de ella. Funestas son las consecuencias de la intervención
de la sociedad en la vida individual; y más funestas aún
cuando esa intervención es dirigida a uniformarla, destruyendo
así la individualidad, que es uno de los elementos del bienestar
presente y futuro de ella. Debe el hombre escoger los hábitos
que más convengan a su carácter, a sus gustos, a sus
opiniones y no amoldarse completamente a la costumbre arrastrado
por el número.
"Que la
sociedad garantice su propiedad y seguridad personal, son también
derechos del individuo, creados por el mero hecho de vivir en sociedad.
El olvido o el desprecio de ellos, si bien no es más criminal
que los demás, sí es más a menudo causa de
revoluciones y conflictos en que a cada paso se ven envueltas las
naciones. Estos derechos, lo mismo que los anteriormente expuestos,
deben respetarse en todos los hombres porque todos son iguales;
todos son de la misma especie, en todos colocó Dios la razón,
iluminando la conciencia y revelando sus eternas verdades; todos
marchan a un mismo fin; y a todos debe la sociedad proporcionar
igualmente los medios de llegar a él".
La Asamblea Constituyente francesa de 1791 proclamó entre
los demás derechos del hombre el de la resistencia a la opresión...
Demostrado ya que el gobierno debe respetar los derechos del individuo,
permitiendo su franco desarrollo y expedito ejercicio, creemos haber
llenado nuestro deber con respecto a la primera parte de la proposición.
Pasaremos a la segunda, o sea a demostrar que sólo la administración
centralizada de una manera bien entendida o conveniente deja expedito
el desarrollo individual.
La centralización llevada hasta cierto grado, es por decirlo
así, la anulación completa del individuo, es la senda
del absolutismo; la descentralización absoluta conduce a
la anarquía y al desorden. Necesario es que nos coloquemos
entre estos dos extremos para hallar esa bien entendida descentralización
que permite florecer la libertad a la par que el orden.
Frecuentemente se confunde la unidad con la centralización;
pero la unidad: es la uniformidad de intereses, de ideas y sentimientos
entre los miembros del Estado, y la centralización: la acumulación
de las atribuciones del poder ejecutivo de un gobierno central.
Las más de las veces existen juntas, sin embargo la historia
nos la muestra separadas en Roma cuando estaba en su apogeo de grandeza;
en ella, al paso que sus Emperadores habían concentrado en
sus manos todo el poder, no había unidad en el Imperio; y
en la moderna Inglaterra, donde hay unidad de sentir y de pensar
al mismo tiempo que descentralización administrativa.
La centralización limitada a los asuntos trascendentales
y de alta importancia, aquellos que recaen, o que por sus consecuencias
pueden recaer bajo el dominio de la centralización política,
es indudable que es conveniente; más que conveniente, necesaria;
pero es abusiva desde el momento en que, extralimitándose
de la inspección y dirección que en aquellos negocios
le corresponde, interviene en otros que no tienen esos caracteres.
³La centralización
no limitada convenientemente, disminuye, cuando no destruye la libertad
de industria, y de aquí la disminución de la competencia
entre los productores, de esta causa tan poderosa del perfeccionamiento
de los productos y de su menor precio, que los pone más al
alcance de los consumidores.
La administración, requiriendo un número casi fabuloso
de empleados, arranca una multitud de brazos a las artes y a la
industria; y debilitando la inteligencia y la actividad, convierte
al hombre en órgano de transmisión o ejecución
pasiva.
A pesar del gran número de empleados que requiere la dicha
administración, los funcionarios no tienen tiempo suficiente
para despachar el cúmulo de negocios que se acumula en el
Gobierno por su intervención tan peligrosa como minuciosa
en los intereses locales e individuales, y de aquí demoras
harto perjudiciales, y lo que es peor aún, su despacho, tras
dilatado, es encomendado por su número a subalternos, cuya
impericia o falta de conocimientos locales no ofrecen garantía
alguna de acierto.
Mientras los sueldos de los empleados son demasiado mezquinos para
sostenerlos con dignidad en la posición que sus funciones
demanda, obligándoles a descuidar aquella algún tanto
y recargándose con otras ocupaciones, aquellos por su multitud
forman una suma altamente gravosa para la sociedad.
La centralización hace desaparecer ese individualismo, cuya
conservación hemos sostenido como necesaria a la sociedad.
De allí al comunismo no hay más que un paso; se comienza
por declarar impotente al individuo y se concluye por justificar
la intervención de la sociedad en su acción destruyendo
su libertad, sujetando a reglamento sus deseos, sus pensamientos,
sus más íntimas afecciones, sus necesidades, sus acciones
todas.
Lejos de tener esos inconvenientes una concentración bien
entendida, disminuyendo el número de sus empleados, se les
pagaría de un modo proporcionado a su trabajo y suficiente
a satisfacer dignamente sus necesidades. Sólo así
podrían dedicarse exclusivamente y con entusiasmo al cumplimiento
de sus deberes. Este es el gran secreto para que la administración
esté bien servida, dice Jules Simon, observando la administración
inglesa.
Estableciendo cierta independencia entre ellos, su dignidad en vez
de humillarse estando sometido a los caprichos de un superior, crecería
hasta llegar a su correspondiente altura, con una responsabilidad
legal y no arbitraria. Lejos de ser convertidos en máquinas
de ejecución o transmisión, necesitarían desplegar
su actividad e inteligencia, que redundaría en provecho de
él mismo y de la sociedad.
El individuo, con esta organización, podría tener
garantizado el libre ejercicio de sus derechos contra los excesos
y errores de los funcionarios, con acciones legales y entabladas
ante los tribunales competentes.
Un código único, arma regular y recursos financieros
reunidos en la mano de un poder central para ser empleados conforme
a la ley, sería una garantía bastante contra el federalismo
y para poder dejar a los habitantes de una localidad repartir sus
impuestos, administrar sus propiedades, construir sus vías
de comunicación, gobernar, en una palabra, sus asuntos locales,
que solamente ellos conocen y más directamente les interesan².
³...el
Gobierno que con una centralización absoluta destruya ese
franco desarrollo de la acción individual, y detenga la sociedad
en su desenvolvimiento progresivo, no se funda en la justicia y
en la razón, sino tan solo en la fuerza; y el Estado que
tal fundamento tenga, podrá en un momento de energía
anunciarse al mundo como estable e imperecedero, pero tarde o temprano,
cuando los hombres, conociendo sus derechos violados, se propongan
reivindicarlos, irá el estruendo del cañón
a anunciarle que cesó su letal dominación².
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