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«IGNACIO
AGRAMONTE»
Por
Manuel Sanguily
Agosto de 1917
"Nobles
Memorias"
Biblioteca
Independiente
Eduardo Facciolo Alba
La Nueva
Cuba
Mayo 11, 2005
Es muy difícil
condensar en una página, ni aún en muchas, la personalidad
de Ignacio Agramonte. Y su acción revolucionaria, como político
y como guerrero. Nada requería tan gran esfuerzo de imaginación
y de exposición como presentarlo tal como fué, tal
como fué modificándose, al través de las vicisitudes
y peligros, en su ascensión continua hacia la perfección
moral y patriótica que llegó a realizar en los momentos
de desaparecer para siempre. Los contemporáneos nuestros,
la generación actual, necesitaría darse cuenta, siquiera
aproximada, del medio aquel, de aquellas circunstancias excepcionales
en que tuvo que ejercitar sus facultades excelsas, en beneficio
de la revolución y en pro de la independencia nacional; y
eso no es posible ahora que han cambiado tanto las condiciones del
país cubano . De él apenas si queda, en la rutinaria
reverencia pública, un nombre egregio y más o menos
vano, junto con el fragmentario recuerdo de hazañas imprecisas.
Es pues, necesario esperar a que se escriba la historia de su breve
y luminosa vida, que sería tan útil en lo futuro como
ejemplo inmaculado de civismo y de grandeza moral, en tanto grado
como lo fué realmente en períodos tempestuosos de
gloria y abnegación, de lucha incesante y heroica. Quien
pudo y se propuso componerla,-- un escritor generoso, enamorado
de aquella gloria que consideraba suprema en nuestros anales tan
fecundos en grandiosas proezas y caracteres sublimes,-- cayó
en el camino dejando incompleta la que hubiera sido magnífica
obra de su noble corazón y de su brillante talento. Porque
Agramonte merece en realidad un monumento. No se comete injusticia.
ni se incurre en exageración, declarando que es uno de los
cubanos rnás dignos de la eterna consagración del
arte y de la historia, pues que fué grande por el patriotismo,
grande por la inteligencia, la aplicación, y aún la
palabra,-- grande por el carácter, por la energía,
por la firmeza de propósitos, por la entereza y la resolución,--
grande por el valor, por el arrojo, por el desprecio de la vida,--grande,
sobre todo por la virtud.
Fué amigo
tierno y leal, buen hijo, buen hermano. buen padre, esposo modelo,
dechado de ciudadanos, de caballeros, de patriotas,--un hombre impecable
y, en cuanto lo consiente la flaqueza ingénita de nuestra
pobre humanidad, un ser perfecto,--fogoso y apasionado como Bolívar,
grave, puro, austero como Washington! Fué por lo mismo, sabio
en el consejo, pronto en la acometida, prudente y acertado en el
mando elocuente en las asambleas, terrible en los cormbates,--inflexible
contra el desorden,--cariñoso y bueno en sus íntimos
afectos, como si el destino hubiese querido completar a aquellos
dos héroes del Sur y del Norte, en la persona inmensa del
cubano, haciéndolo más respetuoso de las leyes y de
la moral que el uno, y menos marmóreo y glacial que el otro,--es
decir, más humano, sin dejar de ser de la misma especie cuasi
divina que sus dos gigantescos émulos; aunque por su desventura
y la nuestra, si tuvo la gloria de morir en un campo de batalla
por la independencia de su patría, que los otros próceres
no tuvieron, ellos en cambio viven en la fulgencia de apoteosis
eterna, consagrados por la victoria que no quiso ungir al que acaso
menos mereció sus desdenes ...
En la estatua
del héroe que se alza en una plaza de su ciudad natal, y
que desde luego reproduce inexactamente su rostro tan bello y atractivo
en que un americano que le vió una vez durante la guerra
quiso hallar algún parecido con el apóstol San Juan,
se yergue sobre su corcel de guerra, como si quisiera recordarse
siempre que fué, en aquellos llanos del Camagúey el
jefe de sus arrebatados centauros; y casi nadie ha dejado de oir
en Cuba el famoso episodio en que en carga incontrastable, con un
puñado, con treinticuatro jinetes dignos de la inmortalidad
de la fama, arrebató a columna enemiga al amigo querido acabado
de caer prisionero... Aquel fué un acontecimiento en la guerra:
encendió las almas en la fe e hizo sonreir la esperanza como
un iris sobre los sombríos campamentos cubanos; pero más
grande aún fué por noble, por generoso, por sublime
de desinterés y de fraternidad, el impulso que dictó
y realizó la grande hazaña, ante la cual se apagan
como lumbres de luna en la irradiación del sol, tantos portentos
que no merecen como ese la exaltación fantástica de
la leyenda.
El "Rescate"
aparecerá siempre como portento de grandioso heroísmo
en las luchas cubanas; pero será, por encima de todo, el
fiel espejo que habrá de reflejar constantemente la grande
alma de Ignacio Agramonte, en que se armonizaron todas las excelencías
del alma de Cuba.
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