A
los niños que lean «La Edad de Oro».
Tres héroes
Dos milagros
Meñique
Cada uno a su oficio
La Ilíada, de Homero
Un juego nuevo y otros viejos
Bebé y el señor don Pomposo
La última página
La historia del hombre, contada por sus casas
Los dos príncipes.
Nené traviesa.
La perla de la mora
Las ruinas indias.
Músicos, poetas y pintores.
La última página
La exposición de París.
El camarón encantado
El Padre las Casas.
Los zapaticos de rosa
La última página
Un paseo por la tierra de los anamitas
Historia de la cuchara y el tenedor
La muñeca negra
Cuentos de elefantes
Los dos ruiseñores
La galería de las máquinas
La última página |
A los niños que lean «La Edad de
Oro».
Para
los niños es este periódico, y para las niñas, por supuesto. Sin
las niñas no se puede vivir, como no puede vivir la tierra sin
luz. El niño ha de trabajar, de andar, de estudiar, de ser fuerte,
de ser hermoso: el niño puede hacerse hermoso aunque sea feo;
un niño bueno, inteligente y aseado es siempre hermoso. Pero nunca
es un niño más bello que cuando trae en sus manecitas de hombre
fuerte una flor para su amiga, o cuando lleva del brazo a su hermana,
para que nadie se la ofenda: el niño crece entonces, y parece
un gigante: el niño nace para caballero, y la niña nace para madre.
Este periódico se publica para conversar una vez al mes, como
buenos amigos, con los caballeros de mañana, y con las madres
de mañana; para contarles a las niñas cuentos lindos con que entretener
a sus visitas y jugar con sus muñecas; y para decirles a los niños
lo que deben saber para ser de veras hombres. Todo lo que quieran
saber les vamos a decir, y de modo que lo entiendan bien, con
palabras claras y con láminas finas. Les vamos a decir cómo está
hecho el mundo: les vamos a contar todo lo que han hecho los hombres
hasta ahora.
Para
eso se publica La Edad de Oro: para que los niños americanos
sepan cómo se vivía antes, y se vive hoy, en América, y en las
demás tierras; y cómo se hacen tantas cosas de cristal y de hierro,
y las máquinas de vapor, y los puentes colgantes, y la luz eléctrica;
para que cuando el niño vea una piedra de color sepa por qué tiene
colores la piedra, y qué quiere decir cada color; para que el
niño conozca los libros famosos donde se cuentan las batallas
y las religiones de los pueblos antiguos. Les hablaremos de todo
lo que se hace en los talleres, donde suceden cosas más raras
e interesantes que en los cuentos de magia, y son magia de verdad,
más linda que la otra: y les diremos lo que se sabe del cielo,
y de lo hondo del mar y de la tierra: y les contaremos cuentos
de risa y novelas de niños, para cuando hayan estudiado mucho,
o jugado mucho, y quieran descansar. Para los niños trabajamos,
porque los niños son los que saben querer, porque los niños son
la esperanza del mundo. Y queremos que nos quieran, y nos vean
como cosa de su corazón.
Cuando
un niño quiera saber algo que no esté en La Edad de Oro,
escríbanos como si nos hubiera conocido siempre, que nosotros
le contestaremos. No importa que la carta venga con faltas de
ortografía. Lo que importa es que el niño quiera saber. Y si la
carta está bien escrita, la publicaremos en nuestro correo con
la firma al pie, para que se sepa que es niño que vale. Los niños
saben más de lo que parece, y si les dijeran que escribiesen lo
que saben, muy buenas cosas que escribirían. Por eso La Edad
de Oro va a tener cada seis meses una competencia, y el niño
que le mande el trabajo mejor, que se conozca de veras que es
suyo, recibirá un buen premio de libros, y diez ejemplares del
número de La Edad de Oro en que se publique su composición,
que será sobre cosas de su edad, para que puedan escribirla bien,
porque para escribir bien de una cosa hay que saber de ella mucho.
Así queremos que los niños de América sean: hombres que digan
lo que piensan, y lo digan bien: hombres elocuentes y sinceros.
Las
niñas deben saber lo mismo que los niños, para poder hablar con
ellos como amigos cuando vayan creciendo; como que es una pena
que el hombre tenga que salir de su casa a buscar con quien hablar,
porque las mujeres de la casa no sepan contarle más que de diversiones
y de modas. Pero hay cosas muy delicadas y tiernas que las niñas
entienden mejor, y para ellas las escribiremos de modo que les
gusten; porque La Edad de Oro tiene su mago en la casa,
que le cuenta que en las almas de las niñas sucede algo parecido
a lo que ven los colibríes cuando andan curioseando por entre
las flores. Les diremos cosas así, como para que las leyesen los
colibríes, si supiesen leer. Y les diremos cómo se hace una hebra
de hilo, cómo nace una violeta, cómo se fabrica una aguja, cómo
tejen las viejecitas de Italia los encajes. Las niñas también
pueden escribirnos sus cartas, y preguntarnos cuanto quieran saber,
y mandarnos sus composiciones para la competencia de cada seis
meses. ¡De seguro que van a ganar las niñas!
Lo
que queremos es que los niños sean felices, como los hermanitos
de nuestro grabado; y que si alguna vez nos encuentra un niño
de América por el mundo nos apriete mucho la mano, como a un amigo
viejo, y diga donde todo el mundo lo oiga: «¡Este hombre de La
Edad de Oro fue mi amigo!»
Tres
héroes
Cuentan
que un viajero llegó un día a Caracas al anochecer, y sin sacudirse
el polvo del camino, no preguntó dónde se comía ni se dormía,
sino cómo se iba adonde estaba la estatua de Bolívar. Y cuentan
que el viajero, solo con los árboles altos y olorosos de la plaza,
lloraba frente a la estatua, que parecía que se movía, como un
padre cuando se le acerca un hijo. El viajero hizo bien, porque
todos los americanos deben querer a Bolívar como a un padre. A
Bolívar, y a todos los que pelearon como él porque la América
fuese del hombre americano. A todos: al héroe famoso, y al último
soldado, que es un héroe desconocido. Hasta hermosos de cuerpo
se vuelven los hombres que pelean por ver libre a su patria.
Libertad
es el derecho que todo hombre tiene a ser honrado, y a pensar
y a hablar sin hipocresía. En América no se podía ser honrado,
ni pensar, ni hablar. Un hombre que oculta lo que piensa, o no
se atreve a decir lo que piensa, no es un hombre honrado. Un hombre
que obedece a un mal gobierno, sin trabajar para que el gobierno
sea bueno, no es un hombre honrado. Un hombre que se conforma
con obedecer a leyes injustas, y permite que pisen el país en
que nació los hombres que se lo maltratan, no es un hombre honrado.
El niño, desde que puede pensar, debe pensar en todo lo que ve,
debe padecer por todos los que no pueden vivir con honradez, debe
trabajar porque puedan ser honrados todos los hombres, y debe
ser un hombre honrado. El niño que no piensa en lo que sucede
a su alrededor, y se contenta con vivir, sin saber si vive honradamente,
es como un hombre que vive del trabajo de un bribón, y está en
camino de ser bribón. Hay hombres que son peores que las bestias,
porque las bestias necesitan ser libres para vivir dichosas: el
elefante no quiere tener hijos cuando vive preso: la llama del
Perú se echa en la tierra y se muere, cuando el indio le habla
con rudeza o le pone más carga de la que puede soportar. El hombre
debe ser, por lo menos, tan decoroso como el elefante y como la
llama. En América se vivía antes de la libertad como la llama
que tiene mucha carga encima. Era necesario quitarse la carga,
o morir.
Hay
hombres que viven contentos aunque vivan sin decoro. Hay otros
que padecen como en agonía cuando ven que los hombres viven sin
decoro a su alrededor. En el mundo ha de haber cierta cantidad
de decoro, como ha de haber cierta cantidad de luz. Cuando hay
muchos hombres sin decoro, hay siempre otros que tienen en sí
el decoro de muchos hombres. Esos son los que se rebelan con fuerza
terrible contra los que les roban a los pueblos su libertad, que
es robarles a los hombres su decoro. En esos hombres van miles
de hombres, va un pueblo entero, va la dignidad humana. Esos hombres
son sagrados. Estos tres hombres son sagrados: Bolívar, de Venezuela;
San Martín, del Río de la Plata; Hidalgo, de México. Se les deben
perdonar sus errores, porque el bien que hicieron fue más que
sus faltas. Los hombres no pueden ser más perfectos que el sol.
El sol quema con la misma luz con que calienta. El sol tiene manchas.
Los desagradecidos no hablan más que de las manchas. Los agradecidos
hablan de la luz.
Bolívar
era pequeño de cuerpo. Los ojos le relampagueaban, y las palabras
se le salían de los labios. Parecía como si estuviera esperando
siempre la hora de montar a caballo. Era su país, su país oprimido,
que le pesaba en el corazón, y, no le dejaba vivir en paz. La
América entera estaba como despertando. Un hombre solo no vale
nunca más que un pueblo entero; pero hay hombres que no se cansan,
cuando su pueblo se cansa, y que se deciden a la guerra antes
que los pueblos, porque no tienen que consultar a nadie más que
a sí mismos, y los pueblos tienen muchos hombres, y no pueden
consultarse tan pronto. Ese fue el mérito de Bolívar, que no se
cansó de pelear por la libertad de Venezuela, cuando parecía que
Venezuela se cansaba. Lo habían derrotado los españoles: lo habían
echado del país. El se fue a una isla, a ver su tierra de cerca,
a pensar en su tierra.
Un
negro generoso lo ayudó cuando ya no lo quería ayudar nadie. Volvió
un día a pelear, con trescientos héroes, con los trescientos libertadores.
Libertó a Venezuela. Libertó a la Nueva Granada. Libertó al Ecuador.
Libertó al Perú. Fundó una nación nueva, la nación de Bolivia.
Ganó batallas sublimes con soldados descalzos y medio desnudos.
Todo se estremecía y se llenaba de luz a su alrededor. Los generales
peleaban a su lado con valor sobrenatural. Era un ejército de
jóvenes. Jamás se peleó tanto, ni se peleó mejor, en el mundo
por la libertad. Bolívar no defendió con tanto fuego el derecho
de los hombres a gobernarse por sí mismos, como el derecho de
América a ser libre. Los envidiosos exageraron sus defectos. Bolívar
murió de pesar del corazón, más que de mal del cuerpo, en la casa
de un español en Santa Marta. Murió pobre, y dejó una familia
de pueblos.
México
tenía mujeres y hombres valerosos que no eran muchos, pero valían
por muchos: media docena de hombres y una mujer preparaban el
modo de hacer libre a su país. Eran unos cuantos jóvenes valientes,
el esposo de una mujer liberal, y un cura de pueblo que quería
mucho a los indios, un cura de sesenta años. Desde niño fue el
cura Hidalgo de la raza buena, de los que quieren saber. Los que
no quieren saber son de la raza mala. Hidalgo sabía francés, que
entonces era cosa de mérito, porque lo sabían pocos. Leyó los
libros de los filósofos del siglo dieciocho, que explicaron el
derecho del hombre a ser honrado, y a pensar y a hablar sin hipocresía.
Vio a los negros esclavos, y se llenó de horror. Vio maltratar
a los indios, que son tan mansos y generosos, y se sentó entre
ellos como un hermano viejo, a enseñarles las artes finas que
el indio aprende bien: la música, que consuela; la cría del gusano,
que da la seda; la cría de la abeja, que da miel. Tenía fuego
en sí, y le gustaba fabricar: creó hornos para cocer los ladrillos.
Le veían lucir mucho de cuando en cuando los ojos verdes. Todos
decían que hablaba muy bien, que sabía mucho nuevo, que daba muchas
limosnas el señor cura del pueblo de Dolores. Decían que iba a
la ciudad de Querétaro una que otra vez, a hablar con unos cuantos
valientes y con el marido de una buena señora. Un traidor le dijo
a un comandante español que los amigos de Querétaro trataban de
hacer a México libre. El cura montó a caballo, con todo su pueblo,
que lo quería como a su corazón; se le fueron juntando los caporales
y los sirvientes de las haciendas, que eran la caballería; los
indios iban a pie, con palos y flechas, o con hondas y lanzas.
Se le unió un regimiento y tomó un convoy de pólvora que iba para
los españoles. Entró triunfante en Celaya, con músicas y vivas.
Al otro día juntó el Ayuntamiento, lo hicieron general, y empezó
un pueblo a nacer. El fabricó lanzas y granadas de mano. El dijo
discursos que dan calor y echan chispas, como decía un caporal
de las haciendas. El declaró libres a los negros. El les devolvió
sus tierras a los indios. El publicó un periódico que llamó El
Despertador Americano. Ganó y perdió batallas. Un día se
le juntaban siete mil indios con flechas, y al otro día lo dejaban
solo. La mala gente quería ir con él para robar en los pueblos
y para vengarse de los españoles. El les avisaba a los jefes españoles
que si los vencía en la batalla que iba a darles los recibiría
en su casa como amigos. ¡Eso es ser grande! Se atrevió a ser magnánimo,
sin miedo a que lo abandonase la soldadesca, que quería que fuese
cruel. Su compañero Allende tuvo celos de él, y él le cedió el
mando a Allende. Iban juntos buscando amparo en su derrota cuando
los españoles les cayeron encima. A Hidalgo le quitaron uno a
uno, como para ofenderlo, los vestidos de sacerdote. Lo sacaron
detrás de una tapia, y le dispararon los tiros de muerte a la
cabeza. Cayó vivo, revuelto en la sangre, y en el suelo lo acabaron
de matar. Le cortaron la cabeza y la colgaron en una jaula, en
la Alhóndiga misma de Granaditas, donde tuvo su gobierno. Enterraron
los cadáveres descabezados. Pero México es libre.
San
Martín fue el libertador del Sur, el padre de la República Argentina,
el padre de Chile. Sus padres eran españoles, y a él lo mandaron
a España para que fuese militar del rey. Cuando Napoleón entró
en España con su ejército, para quitarles a los españoles la libertad,
los españoles todos pelearon contra Napoleón: pelearon los viejos,
las mujeres, los niños; un niño valiente, un catalancito, hizo
huir una noche a una compañía, disparándole tiros y más tiros
desde un rincón del monte: al niño lo encontraron muerto, muerto
de hambre y de frío; pero tenía en la cara como una luz, y sonreía,
como si estuviese contento. San Martín peleó muy bien en la batalla
de Bailén, y lo hicieron teniente coronel. Hablaba poco: parecía
de acero: miraba como un águila: nadie lo desobedecía su caballo
iba y venía por el campo de pelea, como el rayo por el aire. En
cuanto supo que América peleaba para hacerse libre, vino a América:
¿qué le importaba perder su carrera, si iba a cumplir con su deber?:
llegó a Buenos Aires: no dijo discursos: levantó un escuadrón
de caballería: en San Lorenzo fue su primera batalla: sable en
mano se fue San Martín detrás de los españoles, que venían muy
seguros, tocando el tambor, y se quedaron sin tambor, sin cañones
y sin bandera. En los otros pueblos de América los españoles iban
venciendo: a Bolívar lo había echado Morillo el cruel de Venezuela:
Hidalgo estaba muerto: O'Higgins salió huyendo de Chile: pero
donde estaba San Martín siguió siendo libre la América. Hay hombres
así, que no pueden ver esclavitud. San Martín no podía; y se fue
a libertar a Chile y al Perú. En dieciocho días cruzó con su ejército
los Andes altísimos y fríos: iban los hombres como por el cielo,
hambrientos, sedientos: abajo, muy abajo, los árboles parecían
yerba, los torrentes rugían como leones. San Martín se encuentra
al ejército español y lo deshace en la batalla de Maipú, lo derrota
para siempre en la batalla de Chacabuco. Liberta a Chile. Se embarca
con su tropa, y va a libertar al Perú. Pero en el Perú estaba
Bolívar, y San Martín le cede la gloria. Se fue a Europa triste,
y murió en brazos de su hija Mercedes. Escribió su testamento
en una cuartilla de papel, como si fuera el parte de una batalla.
Le habían regalado el estandarte que el conquistador Pizarro trajo
hace cuatro siglos, y él le regaló el estandarte en el testamento
al Perú. Un escultor es admirable, porque saca una figura de la
piedra bruta: pero esos hombres que hacen pueblos son como más
que hombres. Quisieron algunas veces lo que no debían querer;
pero ¿qué no le perdonará un hijo a su padre? El corazón se llena
de ternura al pensar en esos gigantescos fundadores. Esos son
héroes; los que pelean para hacer a los pueblos libres, o los
que padecen en pobreza y desgracia por defender una gran verdad.
Los que pelean por la ambición, por hacer esclavos a otros pueblos,
por tener más mando, por quitarle a otro pueblo sus tierras, no
son héroes, sino criminales.
Dos
milagros
Iba
un niño travieso
Cazando mariposas;
Las cazaba el bribón, les daba un beso,
Y después las soltaba entre las rosas.
Por
tierra, en un estero,
Estaba un sicomoro;
Le da un rayo de sol, y del madero
Muerto, sale volando un ave de oro.
Meñique
(Del
francés, de Laboulaye)
Cuento
de magia, donde se relata la historia del sabichoso Meñique, y
se ve que el saber vale más que la fuerza.
—I—
En
un país muy extraño vivió hace mucho tiempo un campesino que tenía
tres hijos: Pedro, Pablo y Juancito. Pedro era gordo y grande,
de cara colorada, y de pocas entendederas; Pablo era canijo y
paliducho, lleno de envidias y de celos; Juancito era lindo como
una mujer, y más ligero que un resorte, pero tan chiquitín que
se podía esconder en una bota de su padre. Nadie le decía Juan,
sino Meñique.
El
campesino era tan pobre que había fiesta en la casa cuando traía
alguno un centavo. El pan costaba mucho, aunque era pan negro;
y no tenían cómo ganarse la vida. En cuanto los tres hijos fueron
bastante crecidos, el padre les rogó por su bien que salieran
de su choza infeliz, a buscar fortuna por el mundo. Les dolió
el corazón de dejar solo a su padre viejo, y decir adiós para
siempre a los árboles que habían sembrado, a la casita en que
habían nacido, al arroyo donde bebían el agua en la palma de la
mano. Como a una legua de allí tenía el rey del país un palacio
magnífico, todo de madera, con veinte balcones de roble tallado,
y seis ventanitas. Y sucedió que de repente, en una noche de mucho
calor, salió de la tierra, delante de las seis ventanas, un roble
enorme con ramas tan gruesas y tanto follaje que dejó a oscuras
el palacio del rey. Era un árbol encantado, y no había hacha que
pudiera echarlo a tierra, porque se le mellaba el filo en lo duro
del tronco, y por cada rama que le cortaban salían dos. El rey
ofreció dar tres sacos llenos de pesos a quien le quitara de encima
al palacio aquel arbolón; pero allí se estaba el roble, echando
ramas y raíces, y el rey tuvo que conformarse con encender luces
de día.
Y
eso no era todo. Por aquel país, hasta de las piedras del camino
salían los manantiales; pero en el palacio no había agua. La gente
del palacio se lavaba las manos con cerveza y se afeitaba con
miel. El rey había prometido hacer marqués y dar muchas tierras
y dinero al que ha abriese en el patio del castillo un pozo donde
se pudiera guardar agua para todo el año. Pero nadie se llevó
el premio, porque el palacio estaba en una roca, y en cuanto se
escarbaba la tierra de arriba, salía debajo la capa de granito.
Como una pulgada nada más había de tierra floja.
Los
reyes son caprichosos, y este reyecito quería salirse con su gusto.
Mandó pregoneros que fueran clavando por todos los pueblos y caminos
de su reino el cartel sellado con las armas reales, donde ofrecía
casar a su hija con el que cortara el árbol y abriese el pozo,
y darle además la mitad de sus tierras. Las tierras eran de lo
mejor para sembrar, y la princesa tenía fama de inteligente y
hermosa; así es que empezó a venir de todas partes un ejército
de hombres forzudos, con el hacha al hombro y el pico al brazo.
Pero todas las hachas se mellaban contra el roble, y todos los
picos se rompían contra la roca.
—II—
Los
tres hijos del campesino oyeron el pregón, y tomaron el camino
del palacio, sin creer que iban a casarse con la princesa, sino
que encontrarían entre tanta gente algún trabajo. Los tres iban
anda que anda, Pedro siempre contento, Pablo hablándose solo,
y Meñique saltando de acá para allá, metiéndose por todas las
veredas y escondrijos, viéndolo todo con sus ojos brillantes de
ardilla. A cada paso tenía algo nuevo que preguntar a sus hermanos:
que por qué las abejas metían la cabecita en las flores, que por
qué las golondrinas volaban tan cerca del agua, que por qué no
volaban derecho las mariposas. Pedro se echaba a reír, y Pablo
se encogía de hombros y lo mandaba callar.
Caminando,
caminando, llegaron a un pinar muy espeso que cubría todo un monte,
y oyeron un ruido grande, como de un hacha, y de árboles que caían
allá en lo más alto.
—Yo
quisiera saber por qué andan allá arriba cortando leña—dijo Meñique.
—Todo
lo quiere saber el que no sabe nada—dijo Pablo, medio gruñendo.
—Parece
que este muñeco no ha oído nunca cortar leña—dijo Pedro, torciéndole
el cachete a Meñique de un buen pellizco.
—Yo
voy a ver lo que hacen allá arriba—dijo Meñique.
—Anda,
ridículo, que ya bajarás bien cansado, por no creer lo que te
dicen tus hermanos mayores.
Y
de ramas en piedras, gateando y saltando, subió Meñique por donde
venía el sonido. Y ¿qué encontró Meñique en lo alto del monte?
Pues un hacha encantada, que cortaba sola, y estaba echando abajo
un pino muy recio.
—Buenos
días, señora hacha—dijo Meñique;—¿no está cansada de cortar tan
solita ese árbol tan viejo?
—Hace
muchos años, hijo mío, que estoy esperando por ti—respondió el
hacha.
—Pues
aquí me tiene—dijo Meñique.
Y
sin ponerse a temblar, ni preguntar más, metió el hacha en su
gran saco de cuero, y bajó el monte, brincando y cantando.
—¿Qué
vio allá arriba el que todo lo quiere saber?—preguntó Pablo, sacando
el labio de abajo, y mirando a Meñique como una torre a un alfiler.
—Pues
el hacha que oíamos—le contestó Meñique.
—Ya
ve el chiquitín la tontería de meterse por nada en esos sudores—le
dijo Pedro el gordo.
A
poco andar ya era de piedra todo el camino, y se oyó un ruido
que venía de lejos, como de un hierro que golpease en una roca.
—Yo
quisiera saber quién anda allá lejos picando piedras—dijo Meñique.
—Aquí
está un pichón que acaba de salir del huevo, y no ha oído nunca
al pájaro carpintero picoteando en un tronco—dijo Pablo.
—Quédate
con nosotros, hijo, que eso no es más que el pájaro carpintero
que picotea en un tronco—dijo Pedro.
—Yo
voy a ver lo que pasa allá lejos.
Y
aquí de rodillas, y allá medio a rastras, subió la roca Meñique,
oyendo como se reían a carcajadas Pedro y Pablo. ¿Y qué encontró
Meñique allá en la roca? Pues un pico encantado, que picaba solo,
y estaba abriendo la roca como si fuese mantequilla.
—Buenos
días, señor pico—dijo Meñique:—¿no está cansado de picar tan solito
en esa roca vieja?
—Hace
muchos años, hijo mío, que estoy esperando por ti—respondió el
pico.
—Pues
aquí me tiene—dijo Meñique.
Y
sin pizca de miedo le echó mano al pico, lo sacó del mango, los
metió aparte en su gran saco de cuero, y bajó por aquellas piedras,
retozando y cantando.
—¿Y
qué milagro vio por allá su señoría?—preguntó Pablo, con los bigotes
de punta.
—Era
un pico lo que oímos—respondió Meñique, y siguió andando sin decir
más palabra.
Más
adelante encontraron un arroyo, y se detuvieron a beber, porque
era mucho el calor.
—Yo
quisiera saber—dijo Meñique—de dónde sale tanta agua en un valle
tan llano como éste.
—¡Grandísimo
pretencioso—dijo Pablo;—que en todo quiere meter la nariz! ¿No
sabes que los manantiales salen de la tierra?
—Yo
voy a ver de dónde sale esta agua.
Y
los hermanos se quedaron diciendo picardías; pero Meñique echó
a andar por la orilla del arroyo, que se iba estrechando, estrechando,
hasta que no era más que un hilo. Y ¿qué encontró Meñique cuando
llegó al fin? Pues una cáscara de nuez encantada, de donde salía
a borbotones el agua clara chispeando al sol.
—Buenos
días, señor arroyo—dijo Meñique;—¿no está cansado de vivir tan
solito en su rincón, manando agua?
—Hace
muchos años, hijo mío, que estoy esperando por ti—respondió el
arroyo.
—Pues
aquí me tiene—dijo Meñique.
Y
sin el menor susto tomó la cáscara de nuez, la envolvió bien en
musgo fresco para que no se saliera el agua, la puso en su gran
saco de cuero, y se volvió por donde vino, saltando y cantando.
—¿Ya
sabes de dónde viene el agua?—le gritó Pedro.
—Sí,
hermano; viene de un agujerito.
—¡Oh,
a este amigo se lo come el talento! ¡Por eso no crece!—dijo Pablo,
el paliducho.
—Yo
he visto lo que quería ver, y sé lo que quería saber—se dijo Meñique
a sí mismo. Y siguió su camino, frotándose las manos.
—III—
Por
fin llegaron al palacio del rey. El roble crecía más que nunca,
el pozo no lo habían podido abrir, y en la puerta estaba el cartel
sellado con las armas reales, donde prometía el rey casar a su
hija y dar la mitad de su reino a quienquiera que cortase el roble
y abriese el pozo, fuera señor de la corte, o vasallo acomodado,
o pobre campesino. Pero el rey, cansado de tanta prueba inútil,
había hecho clavar debajo del cartelón otro cartel más pequeño,
que decía con letras coloradas:
«Sepan
los hombres por este cartel, que el rey y señor, como buen rey
que es, se ha dignado mandar que le corten las orejas debajo del
mismo roble al que venga a cortar el árbol o abrir el pozo, y
no corte, ni abra; para enseñarle a conocerse a sí mismo y a ser
modesto, que es la primera lección de la sabiduría.»
Y
alrededor de este cartel había clavadas treinta orejas sanguinolentas,
cortadas por la raíz de la piel a quince hombres que se creyeron
más fuertes de lo que eran.
Al
leer este aviso, Pedro se echó a reír, se retorció los bigotes,
se miró los brazos, con aquellos músculos que parecían cuerdas,
le dio al hacha dos vuelos por encima de su cabeza, y de un golpe
echó abajo una de las ramas más gruesas del árbol maldito. Pero
enseguida salieron dos ramas poderosas en el punto mismo del hachazo,
y los soldados del rey le cortaron las orejas sin más ceremonia.
—¡Inutilón!—dijo
Pablo, y se fue al tronco, hacha en mano, y le cortó de un golpe
una gran raíz. Pero salieron dos raíces enormes en vez de una.
Y
el rey furioso mandó que le cortaran las orejas a aquel que no
quiso aprender en la cabeza de su hermano.
Pero
a Meñique no se le achicó el corazón, y se le echó al roble encima.
—¡Quítenme
a ese enano de ahí!—dijo el rey—¡y si no se quiere quitar, córtenle
las orejas!
—Señor
rey, tu palabra es sagrada. La palabra de un hombre es ley, señor
rey. Yo tengo derecho por tu cartel a probar mi fortuna. Ya tendrás
tiempo de cortarme las orejas, si no corto el árbol.
—Y
la nariz te la rebanarán también, si no lo cortas.
Meñique
sacó con mucha faena el hacha encantada de su gran saco de cuero.
El hacha era más grande que Meñique. Y Meñique le dijo: «¡Corta,
hacha, corta!»
Y
el hacha cortó, tajo, astilló, derribó las ramas, cercenó el tronco,
arrancó las raíces, limpió la tierra en redondo, a derecha y a
izquierda, y tanta leña apiló del árbol en trizas, que el palacio
se calentó con el roble todo aquel invierno.
Cuando
ya no quedaba del árbol una sola hoja, Meñique fue donde estaba
el rey sentado junto a la princesa, y los saludó con mucha cortesía.
—¿Dígame
el rey ahora dónde quiere que le abra el pozo su criado? Y toda
la corte fue al patio del palacio con el rey, a ver abrir el pozo.
El rey subió a un estrado más alto que los asientos de los demás;
la princesa tenía su silla en un escalón más bajo, y miraba con
susto a aquel hominicaco que le iban a dar para marido.
Meñique,
sereno como una rosa, abrió su gran saco de cuero, metió el mango
en el pico, lo puso en el lugar que marcó el rey, y le dijo: «¡Cava,
pico, cava!»
Y
el pico empezó a cavar, y el granito a saltar en pedazos, y en
menos de un cuarto de hora quedó abierto un pozo de cien pies.
—¿Le
parece a mi rey que este pozo es bastante hondo?
—Es
hondo; pero no tiene agua.
—Agua
tendrá—dijo Meñique. Metió el brazo en el gran saco de cuero,
le quitó el musgo a la cáscara de nuez, y puso la cáscara en una
fuente que habían llenado de flores. Y cuando ya estaba bien dentro
de la tierra, dijo: «¡Brota, agua, brota!»
Y
el agua empezó a brotar por entre las flores con un suave murmullo
refrescó el aire del patio, y cayó en cascadas tan abundantes
que al cuarto de hora ya el pozo estaba lleno, y fue preciso abrir
un canal que llevase afuera el agua sobrante.
—Y
ahora—dijo Meñique, poniendo en tierra una rodilla,—¿cree mi rey
que he hecho todo lo que me pedía?
—Sí,
marqués Meñique—respondió el rey,—y te daré la mitad de mi reino;
o mejor, te compraré en lo que vale tu mitad, con la contribución
que les voy a imponer a mis vasallos, que se alegrarán mucho de
pagar porque su rey y señor tenga agua buena; pero con mi hija
no te puedo casar, porque ésa es cosa en que yo solo no soy dueño.
—¿Y
qué más quiere que haga, rey?—dijo Meñique, parándose en las puntas
de los pies, con la manecita en la cadera, y mirando a la princesa
cara a cara.
—Mañana
se te dirá, marqués Meñique—le dijo el rey;—vete ahora a dormir
a la mejor cama de mi palacio.
Pero
Meñique, en cuanto se fue el rey, salió a buscar a sus hermanos,
que parecían dos perros ratoneros, con las orejas cortadas.
—Díganme,
hermanos, si no hice bien en querer saberlo todo, y ver de dónde
venía el agua.
—Fortuna
no más, fortuna—dijo Pablo.—La fortuna es ciega, y favorece a
los necios.
—Hermanito—dijo
Pedro,—con orejas o desorejado creo que está muy bien lo que has
hecho, y quisiera que llegara aquí papá para que te viese.
Y
Meñique se llevó a dormir a camas buenas a sus dos hermanos, a
Pedro y a Pablo.
—IV—
El
rey no pudo dormir aquella noche. No era el agradecimiento lo
que le tenía despierto, sino el disgusto de casar a su hija con
aquel picolín que cabía en una bota de su padre. Como buen rey
que era, ya no quería cumplir lo que prometió; y le estaban zumbando
en los oídos las palabras del marqués Meñique: «Señor rey, tu
palabra es sagrada. La palabra de un hombre es ley, rey».
Mandó
el rey a buscar a Pedro y a Pablo, porque ellos no más le podían
decir quiénes eran los padres de Meñique, y si era Meñique persona
de buen carácter y de modales finos, como quieren los suegros
que sean sus yernos, porque la vida sin cortesía es más amarga
que la cuasia y que la retama. Pedro dijo de Meñique muchas cosas
buenas, que pusieron al rey de mal humor; pero Pablo dejó al rey
muy contento, porque le dijo que el marqués era un pedante aventurero,
un trasto con bigotes, una uña venenosa, un garbanzo lleno de
ambición, indigno de casarse con señora tan principal como la
hija del gran rey que le había hecho la honra de cortarle las
orejas: «Es tan vano ese macacuelo—dijo Pablo—que se cree capaz
de pelear con un gigante. Por aquí cerca hay uno que tiene muerta
de miedo a la gente del campo, porque se les lleva para sus festines
todas sus ovejas y sus vacas. Y Meñique no se cansa de decir que
él puede echarse al gigante de criado.»
—Eso
es lo que vamos a ver—dijo el rey satisfecho. Y durmió muy tranquilo
lo que faltaba de la noche. Y dicen que sonreía en sueños, como
si estuviera pensando en algo agradable.
En
cuanto salió el sol, el rey hizo llamar a Meñique delante de toda
su corte. Y vino Meñique fresco como la mañana, risueño como el
cielo, galán como una flor.
—Yerno
querido—dijo el rey,—un hombre de tu honradez no puede casarse
con mujer tan rica como la princesa, sin ponerle casa grande,
con criados que la sirvan como se debe servir en el palacio real.
En este bosque hay un gigante de veinte pies de alto, que se almuerza
un buey entero, y cuando tiene sed al mediodía se bebe un melonar.
Figúrate qué hermoso criado no hará ese gigante con un sombrero
de tres picos, una casaca galoneada, con charreteras de oro, y
una alabarda de quince pies. Ese es el regalo que te pide mi hija
antes de decidirse a casarse contigo.
—No
es cosa fácil—respondió Meñique,—pero trataré de regalarle el
gigante, para que le sirva de criado, con su alabarda de quince
pies, y su sombrero de tres picos, y su casaca galoneada, con
charreteras de oro.
Se
fue a la cocina; metió en el gran saco de cuero el hacha encantada,
un pan fresco, un pedazo de queso y un cuchillo; se echó el saco
a la espalda, y salió andando por el bosque, mientras Pedro lloraba,
y Pablo reía, pensando en que no volvería nunca su hermano del
bosque del gigante.
En
el bosque era tan alta la yerba que Meñique no alcanzaba a ver,
y se puso a gritar a voz en cuello: «¡Eh, gigante, gigante! ¿dónde
anda el gigante? Aquí está Meñique, que viene a llevarse al gigante
muerto o vivo».
—Y
aquí estoy yo—dijo el gigante, con un vocerrón que hizo encogerse
a los árboles de miedo,—aquí estoy yo, que vengo a tragarte de
un bocado.
—No
estés tan de prisa, amigo—dijo Meñique, con una vocecita de flautín,—no
estés tan de prisa, que yo tengo una hora para hablar contigo.
Y
el gigante volvía a todos lados la cabeza, sin saber quién le
hablaba, hasta que le ocurrió bajar los ojos, y allá abajo, pequeñito
como un pitirre, vio a Meñique sentado en un tronco, con el gran
saco de cuero entre las rodillas.
—¿Eres
tú, grandísimo pícaro, el que me has quitado el sueño?—dijo el
gigante, comiéndoselo con los ojos que parecían llamas.
—Yo
soy, amigo, yo soy, que vengo a que seas criado mío.
—Con
la punta del dedo te voy a echar allá arriba en el nido del cuervo,
para que te saque los ojos, en castigo de haber entrado sin licencia
en mi bosque.
—No
estés tan de prisa, amigo, que este bosque es tan mío como tuyo;
y si dices una palabra más, te lo echo abajo en un cuarto de hora.
—Eso
quisiera ver—dijo el gigantón.
Meñique
sacó su hacha, y le dijo: «¡Corta, hacha, corta!» Y el hacha cortó,
tajó, astilló, derribó ramas, cercenó troncos, arrancó raíces,
limpió la tierra en redondo, a derecha y a izquierda, y los árboles
caían sobre el gigante como cae el granizo sobre los vidrios en
el temporal.
—Para,
para—dijo asustado el gigante,—¿quién eres tú, que puedes echarme
abajo mi bosque?
—Soy
el gran hechicero Meñique, y con una palabra que le diga a mi
hacha te corta la cabeza. Tú no sabes con quién estás hablando.
¡Quieto donde estás!
Y
el gigante se quedó quieto, con las manos a los lados, mientras
Meñique abría su gran saco de cuero, y se puso a comer su queso
y su pan.
—¿Qué
es eso blanco que comes?—preguntó el gigante, que nunca había
visto queso.
—Piedras
como no más, y por eso soy más fuerte que tú, que comes la carne
que engorda. Soy más fuerte que tú. Enséñame tu casa.
Y
el gigante, manso como un perro, echó a andar por delante, hasta
que llegó a una casa enorme, con una puerta donde cabía un barco
de tres palos, y un balcón como un teatro vacío.
—Oye—le
dijo Meñique al gigante:—uno de los dos tiene que ser amo del
otro. Vamos a hacer un trato. Si yo no puedo hacer lo que tú hagas,
yo seré criado tuyo; si tú no puedes hacer lo que haga yo, tú
serás mi criado.
—Trato
hecho—dijo el gigante;—me gustaría tener de criado un hombre como
tú, porque me cansa pensar, y tú tienes cabeza para dos. Vaya,
pues; ahí están mis dos cubos: ve a traerme el agua para la comida.
Meñique
levantó la cabeza y vio los dos cubos, que eran como dos tanques,
de diez pies de alto, y seis pies de un borde a otro. Más fácil
le era a Meñique ahogarse en aquellos cubos que cargarlos.
—¡Hola!—dijo
el gigante, abriendo la boca terrible;—a la primera ya estás vencido.
Haz lo que yo hago, amigo, y cárgame el agua.
—¿Y
para qué la he de cargar?—dijo Meñique.—Carga tú, que eres bestia
de carga. Yo iré donde está el arroyo, y lo traeré en brazos,
y te llenaré los cubos, y tendrás tu agua.
—No,
no—dijo el gigante,—que ya me dejaste el bosque sin árboles, y
ahora me vas a dejar sin agua que beber. Enciende el fuego, que
yo traeré el agua.
Meñique
encendió el fuego, y en el caldero que colgaba del techo fue echando
el gigante un buey entero, cortado en pedazos, y una carga de
nabos, y cuatro cestos de zanahorias, y cincuenta coles. Y de
tiempo en tiempo espumaba el guiso con una sartén, y lo probaba,
y le echaba sal y tomillo, hasta que lo encontró bueno.
—A
la mesa, que ya está la comida—dijo el gigante;—y a ver si haces
lo que hago yo, que me voy a comer todo este buey, y te voy a
comer a ti de postres.
—Está
bien, amigo—dijo Meñique. Pero antes de sentarse se metió debajo
de la chaqueta la boca de su gran saco de cuero, que le llegaba
del pescuezo a los pies.
Y
el gigante comía y comía, y Meñique no se quedaba atrás, sólo
que no echaba en la boca las coles, y las zanahorias, y los nabos,
y los pedazos del buey, sino en el gran saco de cuero.
—¡Uf!
¡ya no puedo comer más!—dijo el gigante;—tengo que sacarme un
botón del chaleco.
—Pues
mírame a mí, gigante infeliz—dijo Meñique, y se echó una col entera
en el saco.
—¡Uha!—dijo
el gigante;—tengo que sacarme otro botón. ¡Qué estómago de avestruz
tiene este hombrecito! Bien se ve que estás hecho a comer piedras.
—Anda,
perezoso—dijo Meñique,—come como yo—y se echó en el saco un gran
trozo de buey.
—¡Paff!—dijo
el gigante,—se me saltó el tercer botón: ya no me cabe un chícharo:
¿cómo te va a ti, hechicero?
—¿A
mí?—dijo Meñique;—no hay cosa más fácil que hacer un poco de lugar.
Y
se abrió con el cuchillo de arriba abajo la chaqueta y el gran
saco de cuero.
—Ahora
te toca a ti—dijo al gigante;—haz lo que yo hago.
—Muchas
gracias—dijo el gigante.—Prefiero ser tu criado. Yo no puedo digerir
las piedras.
Besó
el gigante la mano de Meñique en señal de respeto, se lo sentó
en el hombro derecho, se echó al izquierdo un saco lleno de monedas
de oro, y salió andando por el camino del palacio.
—V—
En
el palacio estaban de gran fiesta, sin acordarse de Meñique, ni
de que le debían el agua y la luz; cuando de repente oyeron un
gran ruido, que hizo bailar las paredes, como si una mano portentosa
sacudiese el mundo. Era el gigante, que no cabía por el portón,
y lo había echado abajo de un puntapié. Todos salieron a las ventanas
a averiguar la causa de aquel ruido, y vieron a Meñique sentado
con mucha tranquilidad en el hombro del gigante, que tocaba con
la cabeza el balcón donde estaba el mismo rey. Saltó al balcón
Meñique, hincó una rodilla delante de la princesa y le habló así:
«Princesa y dueña mía, tú deseabas un criado y aquí están dos
a tus pies».
Este
galante discurso, que fue publicado al otro día en el diario de
la corte, dejó pasmado al rey, que no halló excusa que dar para
que no se casara Meñique con su hija.
—Hija—le
dijo en voz baja,—sacrifícate por la palabra de tu padre el rey.
—Hija
de rey o hija de campesino—respondió ella,—la mujer debe casarse
con quien sea de su gusto. Déjame, padre, defenderme en esto que
me interesa. Meñique—siguió diciendo en alta voz la princesa,—eres
valiente y afortunado, pero eso no basta para agradar a las mujeres.
—Ya
lo sé, princesa y dueña mía; es necesario hacerles su voluntad,
y obedecer sus caprichos.
—Veo
que eres hombre de talento—dijo la princesa.—Puesto que sabes
adivinar tan bien, voy a ponerte una última prueba, antes de casarme
contigo. Vamos a ver quién es más inteligente, si tú o yo. Si
pierdes, quedo libre para ser de otro marido.
Meñique
la saludó con gran reverencia. La corte entera fue a ver la prueba
a la sala del trono, donde encontraron al gigante sentado en el
suelo con la alabarda por delante y el sombrero en las rodillas,
porque no cabía en la sala de lo alto que era. Meñique le hizo
una seña, y él echó a andar acurrucado, tocando el techo con la
espalda y con la alabarda a rastras, hasta que llegó adonde estaba
Meñique, y se echó a sus pies, orgulloso de que vieran que tenía
a hombre de tanto ingenio por amo.
—Empezaremos
con una bufonada—dijo la princesa.—Cuentan que las mujeres dicen
muchas mentiras. Vamos a ver quien de los dos dice una mentira
más grande. El primero que diga: «¡Eso es demasiado!» pierde.
—Por
servirte, princesa y dueña mía, mentiré de juego y diré la verdad
con toda el alma.
—Estoy
segura—dijo la princesa—de que tu padre no tiene tantas tierras
como el mío. Cuando dos pastores tocan el cuerno en las tierras
de mi padre al anochecer, ninguno de los dos oye el cuerno del
otro pastor.
—Eso
es una bicoca—dijo Meñique.—Mi padre tiene tantas tierras que
una ternerita de dos meses que entra por una punta es ya vaca
lechera cuando sale por la otra.
—Eso
no me asombra—dijo la princesa.—En tu corral no hay un toro tan
grande como el de mi corral. Dos hombres sentados en los cuernos
no pueden tocarse con un aguijón de veinte pies cada uno.
—Eso
es una bicoca—dijo Meñique.—La cabeza del toro de mi casa es tan
grande que un hombre montado en un cuerno no puede ver al que
está montado en el otro.
—Eso
no me asombra—dijo la princesa.—En tu casa no dan las vacas tanta
leche como en mi casa, porque nosotros llenamos cada mañana veinte
toneles, y sacamos de cada ordeño una pila de queso tan alta como
la pirámide de Egipto.
—Eso
es una bicoca—dijo Meñique.—En la lechería de mi casa hacen unos
quesos tan grandes que un día la yegua se cayó en la artesa, y
no la encontramos sino después de una semana. El pobre animal
tenía el espinazo roto, y yo le puse un pino de la nuca a la cola,
que le sirvió de espinazo nuevo. Pero una mañanita le salió un
ramo al espinazo por encima de la piel, y el ramo creció tanto
que yo me subí en él y toqué el cielo. Y en el cielo vi a una
señora vestida de blanco, trenzando un cordón con la espuma del
mar. Y yo me así del hilo, y el hilo se me reventó, y caí dentro
de una cueva de ratones. Y en la cueva de ratones estaban tu padre
y mi madre, hilando cada uno en su rueca, como dos viejecitos.
Y tu padre hilaba tan mal que mi madre le tiró de las orejas hasta
que se le caían a tu padre los bigotes.
—¡Eso
es demasiado!—dijo la princesa.—¡A mi padre el rey nadie le ha
tirado nunca de las orejas!
—¡Amo,
amo!—dijo el gigante.—Ha dicho «¡Eso es demasiado!» La princesa
es nuestra.
—VI—
—Todavía
no—dijo la princesa, poniéndose colorada.—Tengo que ponerte tres
enigmas, a que me los adivines, y si adivinas bien, enseguida
nos casamos. Dime primero: ¿qué es lo que siempre está cayendo
y nunca se rompe?
—¡Oh!—dijo
Meñique;—mi madre me arrullaba con ese cuento: ¡es la cascada!
—Dime
ahora—preguntó la princesa, ya con mucho miedo:—¿quién es el que
anda todos los días el mismo camino y nunca se vuelve atrás?
—¡Oh!—dijo
Meñique;—mi madre me arrullaba con ese cuento: ¡es el sol!
—El
sol es dijo la princesa, blanca de rabia.—Ya no queda más que
un enigma. ¿En qué piensas tú y no pienso yo? ¿qué es lo que yo
pienso, y tú no piensas? ¿qué es lo que no pensamos ni tú ni yo?
Meñique
bajó la cabeza como el que duda, y se le veía en la cara el miedo
de perder.
—Amo—dijo
el gigante;—si no adivinas el enigma, no te calientes las entendederas.
Hazme una seña, y cargo con la princesa.
—Cállate,
criado dijo Meñique;—bien sabes tú que la fuerza no sirve para
todo. Déjame pensar.
—Princesa
y dueña mía—dijo Meñique, después de unos instantes en que se
oía correr la luz.—Apenas me atrevo a descifrar tu enigma, aunque
veo en él mi felicidad. Yo pienso en que entiendo lo que me quieres
decir, y tú piensas en que yo no lo entiendo. Tú piensas, como
noble princesa que eres, en que este criado tuyo no es indigno
de ser tu marido, y yo no pienso que haya logrado merecerte. Y
en lo que ni yo ni tú pensamos es en que el rey tu padre y este
gigante infeliz tienen tan pobres...
—Cállate—dijo
la princesa;—aquí está mi mano de esposa, marqués Meñique.
—¿Qué
es eso que piensas de mí, que lo quiero saber?—preguntó el rey.
—Padre
y señor—dijo la princesa, echándose en sus brazos;—que eres el
más sabio de los reyes, y el mejor de los hombres.
—Ya
lo sé, ya lo sé—dijo el rey;—y ahora, déjenme hacer algo por el
bien de mi pueblo. ¡Meñique, te hago duque!
—¡Viva
mi amo y señor, el duque Meñique!—gritó el gigante, con una voz
que puso azules de miedo a los cortesanos, quebró el estuco del
techo, e hizo saltar los vidrios de las seis ventanas.
—VII—
En
el casamiento de la princesa con Meñique no hubo mucho de particular,
porque de los casamientos no se puede decir al principio, sino
luego, cuando empiezan las penas de la vida, y se ve si los casados
se ayudan y quieren bien, o si son egoístas y cobardes. Pero el
que cuenta el cuento tiene que decir que el gigante estaba tan
alegre con el matrimonio de su amo que les iba poniendo su sombrero
de tres picos a todos los árboles que encontraba, y cuando salió
el carruaje de los novios, que era de nácar puro, con cuatro caballos
mansos como palomas, se echó el carruaje a la cabeza, con caballos
y todo, y salió corriendo y dando vivas, hasta que los dejó a
la puerta del palacio, como deja una madre a su niño en la cuna.
Esto se debe decir, porque no es cosa que se ve todos los días.
Por
la noche hubo discursos, y poetas que les dijeron versos de bodas
a los novios, y lucecitas de color en el jardín, y fuegos artificiales
para los criados del rey, y muchas guirnaldas y ramos de flores.
Todos cantaban y hablaban, comían dulces, bebían refrescos olorosos,
bailaban con mucha elegancia y honestidad al compás de una música
de violines, con los violinistas vestidos de seda azul, y su ramito
de violeta en el ojal de la casaca. Pero en un rincón había uno
que no hablaba ni cantaba, y era Pablo, el envidioso, el paliducho,
el desorejado, que no podía ver a su hermano feliz, y se fue al
bosque para no oír ni ver, y en el bosque murió, porque los osos
se lo comieron en la noche oscura.
Meñique
era tan chiquitín que los cortesanos no supieron al principio
si debían tratarlo con respeto o verlo como cosa de risa; pero
con su bondad y cortesía se ganó el cariño de su mujer y de la
corte entera, y cuando murió el rey, entró a mandar, y estuvo
de rey cincuenta y dos años. Y dicen que mandó tan bien que sus
vasallos nunca quisieron más rey que Meñique, que no tenía gusto
sino cuando veía a su pueblo contento, y no les quitaba a los
pobres el dinero de su trabajo para dárselo, como otros reyes,
a sus amigos holgazanes, o a los matachines que lo defienden de
los reyes vecinos. Cuentan de veras que no hubo rey tan bueno
como Meñique.
Pero
no hay que decir que Meñique era bueno. Bueno tenía que ser un
hombre de ingenio tan grande; porque el que es estúpido no es
bueno, y el que es bueno no es estúpido. Tener talento es tener
buen corazón; el que tiene buen corazón, ése es el que tiene talento.
Todos los pícaros son tontos. Los buenos son los que ganan a la
larga. Y el que saque de este cuento otra lección mejor, vaya
a contarlo en Roma.
Cada
uno a su oficio
Fábula
nueva del filósofo norteamericano Emerson
La
montaña y la ardilla
Tuvieron su querella:
—«¡Váyase usted allá, presumidilla!»
Dijo con furia aquélla;
A lo que respondió la astuta ardilla:
—«Sí que es muy grande usted, muy grande y bella;
Mas de todas las cosas y estaciones
Hay que poner en junto las porciones,
Para formar, señora vocinglera,
Un año y una esfera.
Yo no sé que me ponga nadie tilde
Por ocupar un puesto tan humilde.
Si no soy yo tamaña
Como usted, mi señora la montaña,
Usted no es tan pequeña
Como yo, ni a gimnástica me enseña.
Yo negar no imagino
Que es para las ardillas buen camino
Su magnífica falda:
Difieren los talentos a las veces:
Ni yo llevo los bosques a la espalda,
Ni usted puede, señora, cascar nueces.»
La
Ilíada, de Homero
Hace
dos mil quinientos años era ya famoso en Grecia el poema de la
Ilíada. Unos dicen que lo compuso Homero, el poeta ciego de la
barba de rizos, que andaba de pueblo en pueblo cantando sus versos
al compás de la lira, como hacían los aedas de entonces. Otros
dicen que no hubo Homero, sino que el poema lo fueron componiendo
diferentes cantores. Pero no parece que pueda haber trabajo de
muchos en un poema donde no cambia el modo de hablar, ni el de
pensar, ni el de hacer los versos, y donde desde el principio
hasta el fin se ve tan claro el carácter de cada persona que puede
decirse quién es por lo que dice o hace, sin necesidad de verle
el nombre. Ni es fácil que un mismo pueblo tenga muchos poetas
que compongan los versos con tanto sentido y música como los de
la Ilíada, sin palabras que falten o sobren; ni que todos
los diferentes cantores tuvieran el juicio y grandeza de los cantos
de Homero, donde parece que es un padre el que habla.
En
la Ilíada no se cuenta toda la guerra de treinta años de
Grecia contra Ilión, que era como le decían entonces a Troya;
sino lo que pasó en la guerra cuando los griegos estaban todavía
en la llanura asaltando a la ciudad amurallada, y se pelearon
por celos los dos griegos famosos, Agamenón y Aquiles. A Agamenón
le llamaban el Rey de los Hombres, y era como un rey mayor, que
tenía más mando y poder que todos los demás que vinieron de Grecia
a pelear contra Troya, cuando el hijo del rey troyano, del viejo
Príamo, le robó la mujer a Menelao, que estaba de rey en uno de
los pueblos de Grecia, y era hermano de Agamenón. Aquiles era
el más valiente de todos los reyes griegos, y hombre amable y
culto, que cantaba en la lira las historias de los héroes, y se
hacía querer de las mismas esclavas que le tocaban de botín cuando
se repartían los prisioneros después de sus victorias. Por una
prisionera fue la disputa de los reyes, porque Agamenón se resistía
a devolver al sacerdote troyano Crises su hija Criseis, como decía
el sacerdote griego Calcas que se debía devolver, para que se
calmase en el Olimpo, que era el cielo de entonces, la furia de
Apolo, el dios del Sol, que estaba enojado con los griegos porque
Agamenón tenía cautiva a la hija de un sacerdote: y Aquiles, que
no le tenía miedo a Agamenón, se levantó entre todos los demás,
y dijo que se debía hacer lo que Calcas quería, para que se acabase
la peste de calor que estaba matando en montones a los griegos,
y era tanta que no se veía el cielo nunca claro, por el humo de
las piras en que quemaban los cadáveres. Agamenón dijo que devolvería
a Criseis, si Aquiles le daba a Briseis, la cautiva que él tenía
en su tienda. Y Aquiles le dijo a Agamenón «borracho de ojos de
perro y corazón de venado», y sacó la espada de puño de plata
para matarlo delante de los reyes; pero la diosa Minerva, que
estaba invisible a su lado, le sujetó la mano, cuando tenía la
espada a medio sacar. Y Aquiles echó al suelo su cetro de oro,
y se sentó, y dijo que no pelearía más a favor de los griegos
con sus bravos mirmidones, y que se iba a su tienda.
Así
empezó la cólera de Aquiles, que es lo que cuenta la Ilíada,
desde que se enojó en esa disputa, hasta que el corazón se le
enfureció cuando los troyanos le mataron a su amigo Patroc quemándoles
los barcos a los griegos y los tenía casi vencidos. No más que
con dar Aquiles una voz desde el muro, se echaba atrás el ejército
de Troya, como la ola cuando la empuja una corriente contraria
de viento, y les temblaban las rodillas a los caballos troyanos.
El poema entero está escrito para contar lo que sucedió a los
griegos desde que Aquiles se dio por ofendido:—la disputa de los
reyes,—el consejo de los dioses del Olimpo, en que deciden los
dioses que los troyanos venzan a los griegos, en castigo de la
ofensa de Agamenón a Aquiles,—el combate de Paris, hijo de Príamo,
con Menelao, el esposo de Helena,—la tregua que hubo entre los
dos ejércitos, y el modo con que el arquero troyano Pandaro la
rompió con su flechazo a Menelao,—la batalla del primer día, en
que el valentísimo Diomedes tuvo casi muerto a Eneas de una pedrada,—la
visita de Héctor, el héroe de Troya a su esposa Andrómaca, que
lo veía pelear desde el muro,—la batalla del segundo día, en que
Diomedes huye en su carro de pelear, perseguido por Héctor vencedor,—la
embajada que le mandan los griegos a Aquiles, para que vuelva
a ayudarlos en los combates, porque desde que él no pelea están
ganando los troyanos,—la batalla de los barcos, en que ni el mismo
Ajax puede defender las naves griegas del asalto, hasta que Aquiles
consiente en que Patroclo pelee con su armadura,—la muerte de
Patroclo,—la vuelta de Aquiles al combate, con la armadura nueva
que le hizo el dios Vulcano,—el desafío de Aquiles y Héctor,—la
muerte de Héctor,—y las súplicas con que su padre Príamo logra
que Aquiles le devuelva el cadáver, para quemarlo en Troya en
la pira de honor, y guardar los huesos blancos en una caja de
oro. Así se enojó Aquiles, y ésos fueron los sucesos de la guerra,
hasta que se le acabó el enojo.
A
Aquiles no lo pinta el poema como hijo de hombre, sino de la diosa
del mar, de la diosa Tetis. Y eso no es muy extraño, porque todavía
hoy dicen los reyes que el derecho de mandar en los pueblos les
viene de Dios, que es lo que llaman «el derecho divino de los
reyes», y no es más que una idea vieja de aquellos tiempos de
pelea, en que los pueblos eran nuevos y no sabían vivir en paz,
como viven en el cielo las estrellas, que todas tienen luz aunque
son muchas, y cada una brilla aunque tenga al lado otra. Los griegos
creían, como los hebreos, y como otros muchos pueblos, que ellos
eran la nación favorecida por el creador del mundo, y los únicos
hijos del cielo en la tierra. Y como los hombres son soberbios,
y no quieren confesar que otro hombre sea más fuerte o más inteligente
que ellos, cuando había un hombre fuerte o inteligente que se
hacía rey por su poder, decían que era hijo de los dioses. Y los
reyes se alegraban de que los pueblos creyesen esto; y los sacerdotes
decían que era verdad, para que los reyes les estuvieran agradecidos
y los ayudaran. Y así mandaban juntos los sacerdotes y los reyes.
Cada
rey tenía en el Olimpo sus parientes, y era hijo, o sobrino, o
nieto de un dios, que bajaba del cielo a protegerlo o a castigarlo,
según le llevara a los sacerdotes de su templo muchos regalos
o pocos; y el sacerdote decía que el dios estaba enojado cuando
el regalo era pobre, o que estaba contento, cuando le habían regalado
mucha miel y muchas ovejas. Así se ve en la Ilíada, que
hay como dos historias en el poema, una en la tierra, y en el
cielo otra; y que los dioses del cielo son como una familia, sólo
que no hablan como personas bien criadas, sino que se pelean y
se dicen injurias, lo mismo que los hombres en el mundo. Siempre
estaba Júpiter, el rey de los dioses, sin saber qué hacer; porque
su hijo Apolo quería proteger a los troyanos, y su mujer Juno
a los griegos, lo mismo que su otra hija Minerva; y había en las
comidas del cielo grandísimas peleas, y Júpiter le decía a Juno
que lo iba a pasar mal si no se callaba enseguida, y Vulcano,
el cojo, el sabio del Olimpo, se reía de los chistes y maldades
de Apolo, el de pelo colorado, que era el dios travieso. Y los
dioses subían y bajaban, a llevar y traer a Júpiter los recados
de los troyanos y los griegos; o peleaban sin que se les viera
en los carros de sus héroes favorecidos; o se llevaban en brazos
por las nubes a su héroe para que no lo acabase de matar el vencedor,
con la ayuda del dios contrario. Minerva toma la figura del viejo
Néstor, que hablaba dulce como la miel, y aconseja a Agamenón
que ataque a Troya. Venus desata el casco de Paris cuando el enemigo
Menelao lo va arrastrando del casco por la tierra: y se lleva
a Paris por el aire. Venus también se lleva a Eneas, vencido por
Diomedes, en sus brazos blancos. En una escaramuza va Minerva
guiando el carro de pelear del griego, y Apolo viene contra ella,
guiando el carro troyano. Otra vez, cuando por engaño de Minerva
dispara Pandaro su arco contra Menelao, la flecha terrible le
entró poco a Menelao en la carne, porque Minerva la apartó al
caer, como cuando una madre le espanta a su hijo de la cara una
mosca. En la Ilíada están juntos siempre los dioses y los
hombres, como padres e hijos. Y en el cielo suceden las cosas
lo mismo que en la tierra; como que son los hombres los que inventan
los dioses a su semejanza, y cada pueblo imagina un cielo diferente,
con divinidades que viven y piensan lo mismo que el pueblo que
las ha creado y las adora en los templos: porque el hombre se
ve pequeño ante la naturaleza que lo crea y lo mata, y siente
la necesidad de creer en algo poderoso, y de rogarle, para que
lo trate bien en el mundo, y para que no le quite la vida. El
cielo de los griegos era tan parecido a Grecia, que Júpiter mismo
es como un rey de reyes, y una especie de Agamenón, que puede
más que los otros, pero no hace todo lo que quiere, sino ha de
oírlos y contentarlos, como tuvo que hacer Agamenón con Aquiles.
En la Ilíada, aunque no lo parece, hay mucha filosofía,
y mucha ciencia, y mucha política, y se enseña a los hombres,
como sin querer, que los dioses no son en realidad más que poesías
de la imaginación, y que los países no se pueden gobernar por
el capricho de un tirano, sino por el acuerdo y respeto de los
hombres principales que el pueblo escoge para explicar el modo
con que quiere que lo gobiernen.
Pero
lo hermoso de la Ilíada es aquella manera con que pinta
el mundo, como si lo viera el hombre por primera vez, y corriese
de un lado para otro llorando de amor, con los brazos levantados,
preguntándole al cielo quién puede tanto, y dónde está el creador,
y cómo compuso y mantuvo tantas maravillas. Y otra hermosura de
la Ilíada es el modo de decir las cosas, sin esas palabras fanfarronas
que los poetas usan porque les suenan bien; sino con palabras
muy pocas y fuertes, como cuando Júpiter consintió en que los
griegos perdieran algunas batallas, hasta que se arrepintiesen
de la ofensa que le habían hecho a Aquiles, y «cuando dijo que
sí, tembló el Olimpo». No busca Homero las comparaciones en las
cosas que no se ven, sino en las que se ven: de modo que lo que
él cuenta no se olvida, porque es como si se lo hubiera tenido
delante de los ojos. Aquellos eran tiempos de pelear, en que cada
hombre iba de soldado a defender a su país, o salía por ambición
o por celos a atacar a los vecinos; y como no había libros entonces,
ni teatros, la diversión era oír al aeda que cantaba en la lira
las peleas de los dioses y las batallas de los hombres; y el aeda
tenía que hacer reír con las maldades de Apolo y Vulcano, para
que no se le cansase la gente del canto serio; y les hablaba de
lo que la gente oía con interés, que eran las historias de los
héroes y las relaciones de las batallas, en que el aeda decía
cosas de médico y de político, para que el pueblo hallase gusto
y provecho en oírlo, y diera buena paga y fama al cantor que le
enseñaba en sus versos el modo de gobernarse y de curarse. Otra
cosa que entre los griegos gustaba mucho era la oratoria, y se
tenía como hijo de un dios al que hablaba bien, o hacía llorar
o entender a los hombres. Por eso hay en la Ilíada tantas
descripciones de combates, y tantas curas de heridas, y tantas
arengas.
Todo
lo que se sabe de los primeros tiempos de los griegos, está en
la Ilíada. Llamaban rapsodas en Grecia a los cantores que
iban de pueblo en pueblo, cantando la Ilíada y la Odisea,
que es otro poema donde Homero cuenta la vuelta de Ulises. Y más
poemas parece que compuso Homero, pero otros dicen que ésos no
son suyos, aunque el griego Herodoto, que recogió todas las historias
de su tiempo, trae noticias de ellos, y muchos versos sueltos,
en la vida de Homero que escribió, que es la mejor de las ocho
que hay escritas, sin que se sepa de cierto si Herodoto la escribió
de veras, o si no la contó muy de prisa y sin pensar, como solía
él escribir.
Se
siente uno como gigante, o como si estuviera en la cumbre de un
monte, con el mar sin fin a los pies, cuando lee aquellos versos
de la Ilíada, que parecen de letras de piedra. En inglés
hay muy buenas traducciones, y el que sepa inglés debe leer la
Ilíada de Chapman, o la de Dodsley, o la de Landor, que
tienen más de Homero que la de Pope, que es la más elegante. El
que sepa alemán, lea la de Wolff, que es como leer el griego mismo.
El que no sepa francés, apréndalo enseguida, para que goce de
toda la hermosura de aquellos tiempos en la traducción de Leconte
de Lisle, que hace los versos a la antigua, como si fueran de
mármol. En castellano, mejor es no leer la traducción que hay,
que es de Hermosilla; porque las palabras de la Ilíada
están allí, pero no el fuego, el movimiento, la majestad, la divinidad
a veces, del poema en que parece que se ve amanecer el mundo,—en
que los hombres caen como los robles o como los pinos,—en que
el guerrero Ajax defiende a lanzazos su barco de los troyanos
más valientes,—en que Héctor de una pedrada echa abajo la puerta
de una fortaleza, en que los dos caballos inmortales, Xantos y
Balios, lloran de dolor cuando ven muerto a su amo Patroclo,—y
las diosas amigas, Juno y Minerva, vienen del cielo en un carro
que de cada vuelta de rueda atraviesa tanto espacio como el que
un hombre sentado en un monte ve, desde su silla de roca, hasta
donde el ciclo se junta con el mar.
Cada
cuadro de la Ilíada es una escena como ésas. Cuando los
reyes miedosos dejan solo a Aquiles en su disputa con Agamenón,
Aquiles va a llorar a la orilla del mar, donde están desde hace
diez años los barcos de los cien mil griegos que atacan a Troya:
y la diosa Tetis sale a oírlo, como una bruma que se va levantando
de las olas. Tetis sube al cielo, y Júpiter le promete, aunque
se enoje Juno, que los troyanos vencerán a los griegos hasta que
los reyes se arrepientan de la ofensa a Aquiles. Grandes guerreros
hay entre los griegos: Ulises, que era tan alto que andaba entre
los demás hombres como un macho entre el rebaño de carneros; Ajax,
con el escudo de ocho capas, siete de cuero y una de bronce; Diomedes,
que entra en la pelea resplandeciente, devastando como un león
hambriento en un rebaño:—pero mientras Aquiles esté ofendido,
los vencedores serán los guerreros de Troya: Héctor, el hijo de
Príamo; Eneas, el hijo de la diosa Venus; Sarpedón, el más valiente
de los reyes que vino a ayudar a Troya, el que subió al cielo
en brazos del Sueño y de la Muerte, a que lo besase en la frente
su padre Júpiter, cuando lo mató Patroclo de un lanzazo. Los dos
ejércitos se acercan a pelear: los griegos, callados, escudo contra
escudo; los troyanos dando voces, como ovejas que vienen balando
por sus cabritos. Paris desafía a Menelao, y luego se vuelve atrás;
pero la misma hermosísima Helena le llama cobarde, y Paris, el
príncipe bello que enamora a las mujeres, consiente en pelear,
carro a carro, contra Menelao, con lanza, espada y escudo: vienen
los heraldos, y echan suertes con dos piedras en un casco, para
ver quién disparará primero su lanza. Paris tira el primero, pero
Menelao se lo lleva arrastrando, cuando Venus le desata el casco
de la barba, y desaparece con Paris en las nubes. Luego es la
tregua; hasta que Minerva, vestida como el hijo del troyano Antenor,
le aconseja con alevosía a Pandaro que dispare la flecha contra
Menelao, la flecha del arco enorme de dos cuernos y la juntura
de oro, para que los troyanos queden ante el mundo por traidores,
y sea más fácil la victoria de los griegos, los protegidos de
Minerva. Dispara Pandaro la flecha: Agamenón va de tienda en tienda
levantando a los reyes: entonces es la gran pelea en que Diomedes
hiere al mismo dios Marte, que sube al cielo con gritos terribles
en una nube de trueno, como cuando sopla el viento del sur; entonces
es la hermosa entrevista de Héctor y Andrómaca, cuando el niño
no quiere abrazar a Héctor porque le tiene miedo al casco de plumas,
y luego juega con el casco, mientras Héctor le dice a Andrómaca
que cuide de las cosas de la casa, cuando él vuelva a pelear.
Al otro día Héctor y Ajax pelean como jabalíes salvajes hasta
que el cielo se oscurece: pelean con piedras cuando ya no tienen
lanza ni espada: los heraldos los vienen a separar, y Héctor le
regala su espada de puño fino a Ajax, y Ajax le regala a Héctor
un cinturón de púrpura.
Esa
noche hay banquete entre los griegos, con vinos de miel y bueyes
asados; y Diomedes y Ulises entran solos en el campo enemigo a
espiar lo que prepara Troya, y vuelven, manchados de sangre, con
los caballos y el carro del rey tracio. Al amanecer, la batalla
es en el murallón que han levantado los griegos en la playa frente
a sus buques. Los troyanos han vencido a los griegos en el llano.
Ha habido cien batallas sobre los cuerpos de los héroes muertos.
Ulises defiende el cuerpo de Diomedes con su escudo, y los troyanos
le caen encima como los perros al jabalí. Desde los muros disparan
sus lanzas los reyes griegos contra Héctor victorioso, que ataca
por todas partes. Caen los bravos, los de Troya y los de Grecia,
como los pinos a los hachazos del leñador. Héctor va de una puerta
a otra, como león que tiene hambre. Levanta una piedra de punta
que dos hombres no podían levantar, echa abajo la puerta mayor,
y corre por sobre los muertos a asaltar los barcos. Cada troyano
lleva una antorcha, para incendiar las naves griegas: Ajax, cansado
de matar, ya no puede resistir el ataque en la proa de su barco,
y dispara de atrás, de la borda: ya el cielo se enrojece con el
resplandor de las llamas. Y Aquiles no ayuda todavía a los griegos:
no atiende a lo que le dicen los embajadores de Agamenón: no embraza
el escudo de oro, no se cuelga del hombro la espada, no salta
con los pies ligeros en el carro, no empuña la lanza que ningún
hombre podía levantar, la lanza Pelea. Pero le ruega su amigo
Patroclo, y consiente en vestirlo con su armadura, y dejarlo ir
a pelear. A la vista de las armas de Aquilea, a la vista de los
mirmidones, que entran en la batalla apretados como las piedras
de un muro, se echan atrás los troyanos miedosos. Patroclo se
mete entre ellos, y les mata nueve héroes de cada vuelta del carro.
El gran Sarpedón le sale al camino, y con la lanza le atraviesa
Patroclo las sienes. Pero olvidó Patroclo el encargo de Aquiles,
de que no se llegase muy cerca de los muros. Apolo invencible
lo espera al pie de los muros, se le sube al carro, lo aturde
de un golpe en la cabeza, echa al suelo el casco de Aquiles, que
no había tocado el suelo jamás, le rompe la lanza a Patroclo,
y le abre el coselete, para que lo hiera Héctor. Cayó Patroclo,
y los caballos divinos lloraron. Cuando Aquiles vio muerto a su
amigo, se echó por la tierra, se llenó de arena la cabeza y el
rostro, se mesaba a grandes gritos la melena amarilla. Y cuando
le trajeron a Patroclo en un ataúd, lloró Aquiles. Subió al cielo
su madre, para que Vulcano le hiciera un escudo nuevo, con el
dibujo de la tierra y el cielo, y el mar y el sol, y la luna y
todos los astros, y una ciudad en paz y otra en guerra, y un viñedo
cuando están recogiendo la uva madura, y un niño cantando en una
arpa, y una boyada que va a arar, y danzas y músicas de pastores,
y alrededor, como un río, el mar: y le hizo un coselete que lucía
como el fuego, y un casco con la visera de oro. Cuando salió al
muro a dar las tres voces, los troyanos se echaron en tres oleadas
contra la ciudad, los caballos rompían con las ancas el carro
espantados, y morían hombres y brutos en la confusión, no más
que de ver sobre el muro a Aquiles, con una llama sobre la cabeza
que resplandecía como el sol de otoño. Ya Agamenón se ha arrepentido,
ya el consejo de reyes le han devuelto a Briseis, que llora al
ver muerto a Patroclo, porque fue amable y bueno.
Al
otro día, al salir el sol, la gente de Troya, como langostas que
escapan del incendio, entra aterrada en el río, huyendo de Aquiles,
que mata lo mismo que siega la hoz, y de una vuelta del carro
se lleva a doce cautivos. Tropieza con Héctor; pero no pueden
pelear, porque los dioses les echan de lado las lanzas. En el
río era Aquiles como un gran delfín, y los troyanos se despedazaban
al huirle, como los peces. De los muros le ruega a Héctor su padre
viejo que no pelee con Aquiles: se lo ruega su madre. Aquiles
llega: Héctor huye: tres veces le dan vuelta a Troya en los carros.
Todo Troya está en los muros, el padre mesándose con las dos manos
la barba; la madre con los brazos tendidos, llorando y suplicando.
Se para Héctor, y le habla a Aquiles antes de pelear, para que
no se lleve su cuerpo muerto si lo vence. Aquiles quiere el cuerpo
de Héctor, para quemarlo en los funerales de su amigo Patroclo.
Pelean. Minerva está con Aquiles: le dirige los golpes: le trae
la lanza, sin que nadie la vea: Héctor, sin lanza ya, arremete
contra Aquiles como águila que baja del cielo, con las garras
tendidas, sobre un cadáver: Aquiles le va encima, con la cabeza
baja, y la lanza Pelea brillándole en la mano como la estrella
de la tarde. Por el cuello le mete la lanza a Héctor, que cae
muerto, pidiendo a Aquiles que dé su cadáver a Troya. Desde los
muros han visto la pelea el padre y la madre. Los griegos vienen
sobre el muerto, y lo lancean, y lo vuelven con los pies de un
lado a otro, y se burlan. Aquiles manda que le agujereen los tobillos,
y metan por los agujeros dos tiras de cuero: y se lo lleva en
el carro, arrastrando.
Y
entonces levantaron con leños una gran pira para quemar el cuerpo
de Patroclo. A Patroclo lo llevaron a la pira en procesión, y
cada guerrero se cortó un guedejo de sus cabellos, y lo puso sobre
el cadáver; y mataron en sacrificio cuatro caballos de guerra
y dos perros; y Aquiles mató con su mano los doce prisioneros
y los echó a la pira: y el cadáver de Héctor lo dejaron a un lado,
como un perro muerto: y quemaron a Patroclo, enfriaron con vino
las cenizas, y las pusieron en una urna de oro. Sobre la urna
echaron tierra, hasta que fue como un monte. Y Aquiles amarraba
cada mañana por los pies a su carro a Héctor, y le daba vuelta
al monte tres veces. Pero a Héctor no se le lastimaba el cuerpo,
ni se le acababa la hermosura, porque desde el Olimpo cuidaban
de él Venus y Apolo.
Y
entonces fue la fiesta de los funerales, que duró doce días: primero
una carrera con los carros de pelear, que ganó Diomedes; luego
una pelea a puñetazos entre dos, hasta que quedó uno como muerto;
después una lucha a cuerpo desnudo, de Ulises con Ajax; y la corrida
de a pie, que ganó Ulises; y un combate con escudo y lanza; y
otro de flechas, para ver quién era el mejor flechero; y otro
de lanceadores, para ver quién tiraba más lejos la lanza.
Y
una noche, de repente, Aquiles oyó ruido en su tienda, y vio que
era Príamo, el padre de Héctor, que había venido sin que lo vieran,
con el dios Mercurio,—Príamo, el de la cabeza blanca y la barba
blanca,—Príamo, que se le arrodilló a los pies, y le besó las
manos muchas veces, y le pedía llorando el cadáver de Héctor.
Y Aquiles se levantó, y con sus brazos alzó del suelo a Príamo;
y mandó que bañaran de ungüentos olorosos el cadáver de Héctor,
y que lo vistiesen con una de las túnicas del gran tesoro que
le traía de regalo Príamo; y por la noche comió carne y bebió
vino con Príamo, que se fue a acostar por primera vez, porque
tenía los ojos pesados. Pero Mercurio le dijo que no debía dormir
entre los enemigos, y se lo llevó otra vez a Troya sin que los
vieran los griegos.
Y
hubo paz doce días, para que los troyanos le hicieran el funeral
a Héctor. Iba el pueblo detrás, cuando llegó Príamo con él; y
Príamo los injuriaba por cobardes, que habían dejado matar a su
hijo; y las mujeres lloraban, y los poetas iban cantando, hasta
que entraron en la casa. Y lo pusieron en su cama de dormir. Y
vino Andrómaca su mujer, y le habló al cadáver. Luego vino su
madre Hécuba, y lo llamó hermoso y bueno. Después Helena le habló,
y lo llamó cortés y amable. Y todo el pueblo lloraba cuando Príamo
se acercó a su hijo, con las manos al cielo, temblándole la barba,
y mandó que trajeran leños para la pira. Y nueve días estuvieron
trayendo leños, hasta que la pira era más alta que los muros de
Troya. Y la quemaron, y apagaron el fuego con vino, y guardaron
las cenizas de Héctor en una caja de oro, y cubrieron la caja
con un manto de púrpura, y lo pusieron todo en un ataúd, y encima
le echaron mucha tierra, hasta que pareció un monte. Y luego hubo
gran fiesta en el palacio del rey Príamo. Así acaba la Ilíada,
y el cuento de la cólera de Aquiles.
Un juego nuevo y otros viejos
Ahora
hay en los Estados Unidos un juego muy curioso, que llaman el
juego del burro. En verano, cuando se oyen muchas carcajadas
en una casa, es que están jugando al burro. No lo juegan
los niños sólo, sino las personas mayores. Y es lo más fácil de
hacer. En una hoja de papel grande o en un pedazo de tela blanca
se pinta un burro, como del tamaño de un perro. Con carbón vegetal
se le puede pintar, porque el carbón de piedra no pinta, sino
el otro, el que se hace quemando debajo de una pila de tierra
la madera de los árboles. O con un pincel mojado en tinta se puede
dibujar también el burro, porque no hay que pintar de negro la
figura toda, sino las líneas de afuera, el contorno no más. Se
pinta todo el burro, menos la cola. La cola se pinta aparte, en
un pedazo de papel o de tela, y luego se recorta, para que parezca
una cola de verdad. Y ahí está el juego, en poner la cola al burro
donde debe estar. Lo que no es tan fácil como parece; porque al
que juega le vendan los ojos, y le dan tres vueltas antes de dejarlo
andar. Y él anda, anda; y la gente sujeta la risa. Y unos le clavan
al burro la cola en la pezuña, o en las costillas, o en la frente.
Y otros la clavan en la hoja de la puerta, creyendo que es el
burro.
Dicen
en los Estados Unidos que este juego es nuevo, y nunca lo ha habido
antes; pero no es muy nuevo, sino otro modo de jugar a la gallina
ciega. Es muy curioso; los niños de ahora juegan lo mismo que
los niños de antes; la gente de los pueblos que no se han visto
nunca, juegan a las mismas cosas. Se habla mucho de los griegos
y de los romanos, que vivieron hace dos mil años; pero los niños
romanos jugaban a las bolas, lo mismo que nosotros, y las niñas
griegas tenían muñecas con pelo de verdad, como las niñas de ahora.
En la lámina están unas niñas griegas, poniendo sus muñecas delante
de la estatua de Diana, que era como una santa de entonces; porque
los griegos creían también que en cielo había santos, y a esta
Diana le rezaban las niñas, para que las dejase vivir y las tuviese
siempre lindas. No eran las muñecas sólo lo que le llevaban los
niños, porque ese caballero de la lámina que mira a la diosa con
cara de emperador, le trae su cochecito de madera, para que Diana
se monte en el coche cuando salga a cazar, como dicen que salía
todas las mañanas. Nunca hubo Diana ninguna, por supuesto. Ni
hubo ninguno de los otros dioses a que les rezaban los griegos,
en versos muy hermosos, y con procesiones y cantos. Los griegos
fueron como todos los pueblos nuevos, que creen que ellos son
los amos del mundo, lo mismo que creen los niños; y como ven que
del cielo vienen el sol y la lluvia, y que la tierra da el trigo
y el maíz, y que en los montes hay pájaros y animales buenos para
comer, les rezan a la tierra y a la lluvia, y al monte y al sol,
y les ponen nombres de hombres y mujeres, y los pintan con figura
humana, porque creen que piensan y quieren lo mismo que ellos,
y que deben tener su misma figura. Diana era la diosa del monte.
En el museo del Louvre de París hay una estatua de Diana muy hermosa,
donde va Diana cazando con su perro, y está tan bien que parece
que anda. Las pie