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LAS
IMAGENES POSIBLES
Por
José Lezama Lima *
Ensayo
Biblioteca Independiente
"Eduardo Facciolo Alba"
La Nueva Cuba
Apesadumbrado
fantasma de nadas conjeturales, el nacido dentro de la poesía
siente el peso de su irreal, su otra realidad, continuo. Su testimonio
del no ser, su testigo del acto inocente de nacer, va saltando de
la barca a una concepción del mundo como imagen. La imagen
como un absoluto, la imagen que se sabe imagen, la imagen como la
última de las historias posibles. El hecho mismo de su aproximación
indisoluble, en los textos, de imagen y semejanza, marca su poder
díscolo y cómo quedará siempre como la pregunta
del inicio y de la despedida; pues cuanto más nos acerquemos
a un objeto o a los recursos intocables del aire, derivaremos con
más grotesca precisión que es un imposible, una ruptura
sin nemósine de lo anterior. Ni es posible que un orgullo
desacordado al enarcar la red de la imagen pueda prescindir de la
constitución de los cuerpos de donde partió. La semejanza
de una imagen y la imagen de una semejanza, unen a la semejanza
con la imagen, como el fuego y la franja de sus colores. En realidad,
cuando más elaborada y exacta es una semejanza a una Forma,
la imagen es el diseño de su progresión. Y es cierto
que una imagen ondula y se desvanece sino se dirige, o al menos
logra reconstruir un cuerpo o un ente. Ninguna aventura, ningún
deseo donde el hombre ha intentado vencer una resistencia, ha dejado
de partir de una semejanza y de una imagen; él siempre se
ha sentido como un cuerpo que se sabe imagen, pues el cuerpo al
tomarse a sí mismo como cuerpo, verifica tomar posesión
de una imagen. Y la imagen al verse y reconstruirse como imagen
crea una sustancia poética, como una huella o una estela
que se cierran con la dureza de un material extremadamente cohesivo.
Pues solamente de la traición a una imagen es de lo que se
nos puede pedir cuenta y rendimiento. Todo lo que el hombre testifica
lo hace en cuanto imagen y el mismo testimonio corporal se ve obligado
a irse al pozo donde la imagen despereza soltando sus larvas. Y
la escisión de semejanza e imagen presupondría un
cuerpo bordeado como un ejercicio en sus límites imposibles.
Límite que sería un ejercicio, no la inocencia ni
el don órfico del canto. Y como la semejanza a una Forma
esencial es infinita, paradojalmente, es la imagen el único
testimonio de esa semejanza que así justifica su voracidad
de Forma, su penetración, la única posible, en el
reverso que se fija.
De ese mismo testimonio, el desdoblamiento del cuerpo y ser se sitúa
en esa interposición de la imagen. Cómo concurre el
nacimiento de ese ser dentro del cuerpo, sus sobrantes, las libres
exploraciones que cumple antes de regresar a su morada. Cómo
ese ser puede contemplar el cuerpo formando la imagen o el mismo
ser reocupando el cuerpo para formar un objeto. Pero tanto el nacimiento
de ese ser dentro del cuerpo, como sus vicisitudes, o en ocasiones
su oscuro desenvolvimiento, sólo puede ser testificado por
la imagen; pues si el ser tomase proporcionada posesión del
cuerpo o si el cuerpo fuese su justa y absoluta morada, la imagen
desaparecería o habitaría una planicie sin cogitación
posible. Ya que el viaje incógnito de ese ser hasta posarse
en nosotros y su posterior definitiva despedida, forma un ente,
el cuerpo de la imagen, ¿nadie podrá volver a pasar
por allí? Las interposiciones entre lo sucesivo; las pavorosas
distancias entre una y otra ventana y la tropa en que cada guerrero
estrena un distinto uniforme, y que forman las espumantes, indetenibles
metamorfosis. Cada objeto hierve y entrega sucesión. La jarra
suda su agua estancada, y de esa podredumbre estática, donde
se sientan los insectos a esperar, la flor conduce su testa en la
frialdad aconsejable para su frente. A la maravilla de que entre
esos saltos se establecen interposiciones, imágenes, queda
esa distancia vacía evidenciada en la metáfora. Las
vicisitudes de un hombre que se desplaza y las vivencias de ese
desplazamiento llegan a nosotros como un todo que ni exhala ni absorbe,
pues la red de las imágenes forma la imagen, y aquel desfile
de guerreros de distinto uniforme se convierte ahora en el primero
que llega a la puerta o en el que se aleja desmesuradamente. Tanto
una brutal cercanía como el más progresivo alejamiento,
forman un inmediato capaz de endurecer y resistir la imagen, y a
pesar de esa distancia será siempre lo primero que llega.
De cada metamorfosis, de cada no respuesta, de cada súbita
unidad de ruptura y de interposición, se crea esa imagen
que no se desvanece, y las palabras que vamos saltando, despreciando
su primera imantación asociativa; la otra cohesión
que exige de la palabra la metáfora ofrece en su contrapunto,
la formación de ese otro cuerpo integrado por la sustancia
poética que ha logrado el ente de creación, el germen
sucesivo, ya que lo primero que llega es el siempre que se va quedando.
En el período mítico helenístico, siglo vii
a. C., el concepto de revelación encarnada se verifica con
una ingenua desenvoltura. La causalidad se borra y lo primero que
llega toma agudeza y precisión. El arte en el período
mítico, en aparente paradoja, aparece gobernado y como una
entrega que se ha hecho a totalidad. Encontramos la misma destreza,
y como la eterna ocupación de algo que le fue entregado al
hombre. La misma sensación de posesión, y no de tierra
desconocida, encontramos en el período esquiliano que en
la física jónica. Mientras se revuelve en las rocas
del Cáucaso, no obstante la incomodidad de su postura y de
su hígado, nos entrega la noticia de que algo le fue regalado
y que el hombre puede alcanzar por el conocimiento poético
un conocimiento absoluto: "Enseñé asimismo la
lisura de las entrañas y el color de ellas que agrada a los
Demonios, y la cualidad favorable de la bilis y el hígado,
y los muslos cubiertos de grasa. Quemando los luengos lomos, enseñé
a los hombres el arte difícil de prever. Les he revelado
los presagios del Fuego, que, tiempos atrás, eran oscuros.
Tales son las cosas. ¿Y quién puede decir que ha encontrado
antes de mí todas las riquezas ocultas para los hombres debajo
de la tierra: el bronce, el hierro, la plata, el oro? Cierto estoy,
a menos que quiera gloriarse en vano. Escucha, en fin, una sola
palabra en compendio: todas las artes, Prometeo, se las he revelado
a los Vivientes." Es decir, en pleno período mítico,
el arte no es un misterio, siempre alcanza la proporción
del hombre, pues el griego estuvo convencido que al poner las cosas
en la luz, en su develamiento, adquirían un logos por la
palabra. Los dioses portaban la claridad hasta el hombre y el teatro
para la aparición no era el misterio. En los pensadores del
período jónico, en Empédocles, por ejemplo,
encontramos la misma formulación: "enseñaron
los dioses al mortal todas las cosas ya desde el principio",
nos dice. Las contracciones de la Moira devuelven a Orfeo, Proserpina
o Polidoro. El hijo del rey de Príamo, ejecutado por Polimnéstor,
abandona las cavernas y después de haber reconocido "al
alma soberbia de Aquíles, gravemente suspirando por su hermana
Políxena", se aposenta en el aire venturoso para contemplar
los despojos de Troya. Hay un escamoteo o sustitución, en
vez de cumplir un destino espantoso, surge la mentira primera ¿la
mentira primera es la unidad primera?, ¿es la mentira primera
el símbolo primero de que hablaba Nietzsche?, ¿hay
en la raíz de esa mentira primera una sustitución
o una contradicción? La maldición de la raza de los
Atridas que llevó a Orestes al asesinato de su madre, en
lo que Nietzsche llama "la primitiva teogonía tiránica
del espanto", y el hecho de que la familia de los Atridas,
los mejores, tienen que soportar un espantoso destino, son las revelaciones
recibidas de Prometeo Piróforo, el que porta el fuego. Ya
en ese período mítico, el hijo después que
la madre ha envenenado al padre, y al tener que destruir la matria,
desea una sustitución, una mentira primera, un destino revelado.
Un destino espantoso, el horror, tiene que engendrarse en el pedir
cuentas a las traiciones de la matria, y ante eso se busca una adecuación
tan miserable como la adecuación celular, pero el hombre
chilla y huye como un grotesco medioeval ante esa realización,
ante el asco de la criatura frente al creador, y aunque en algunas
de sus frases el griego introdujese el compás quedaba siempre
rondado de un signo. Así vemos al griego en el período
de los mitos, tratando las artes dentro de la revelación
interpretada, pero el griego volvía a angustiarse en el período
socrático o dialéctico al enfrentarse con el nacimiento
del ser. La era mítica lo había enarcado hasta su
destino, su espanto valía tanto como la sustitución
que él hacía. La metáfora impulsando al hombre
hasta su destino lo fortalecía. Ahora las metamorfosis del
ser en su cuerpo al desconcertarlo lo debilitaban, preocupándose
no ya de la unidad primordial, sino, en el período parmenídeo
de la definición de la unidad por exclusión.
Rodeado de los mitos contemplamos la entrega, y después en
el período perícleo la indecisión comienza
a doblar las rodillas y a enarcar la semejanza. Pero siempre en
la imitación o semejanza habrá la raíz de una
progresión imposible, pues en la semejanza se sabe que ni
siquiera podemos parejar dos objetos analogados. Y que su ansia
de seguir, de penetrar y destruir el objeto, marcha sólo
acompañada de la horrible vanidad de reproducir. Aquella
posesión de secretos, la seguridad de la tierra revelada,
cuando el mito es reemplazado por el ser, se torna en la semejanza,
objeto de vacilaciones y esperas. Había recibido de los dioses
y gozaba de un mundo interpretado. La semejanza en Aristóteles,
va siendo ya para nosotros un concepto tan enigmático como
el de imagen. ¿Qué es lo que imita el bailarín?
Que la imitación ha de verse en el tiempo, lo prueba que
su acompañamiento es de flautas y de cítaras. La imitación
cobra su inapresable en relación con el aristotélico
concepto de interrupción. La imitación cuyo concepto
se precisaba en las épocas que subrayaban la importancia
de toda convención, dándole total importancia a la
imitación espacial de objetos o de modelos. Un modelo era
un objeto realizado en el espacio y liberado de las corrosiones
del devenir. Se congelaban las obras maestras que destilaban unos
residuos fijos y unas cualidades igualmente espaciales que se asemejaban
al coro. En el período mítico, el coro ondulaba y
seguía al entonador, que marcaba una medida, indicaba y era
el individuo, el actor. El coro vislumbraba al entonador, no al
objeto. En la época períclea, los dialogantes son
sucesivamente objetos, oyen como estatuas y al hablar trazan un
modelo, no una entonación. Nos estaba revelando esa entonación,
la medida para el hombre de cada una de las progresiones de la metáfora,
al mismo tiempo que una penetración en la imagen, pues el
que entona busca en las analogías de la conversación,
los diálogos de las metáforas.
Va la metáfora hacia la imagen con una decisión de
epístola; va como la carta de Ifigenia u Orestes, que hace
nacer en éste virtudes de reconocimiento. Lleva la metáfora
su carta oscura, desconocedora de los secretos del mensajero, reconocible
tan sólo en su antifaz por la bujía momentánea
de la imagen. Y aunque la metáfora ofrece su penetración,
como toda metamorfosis en la reminiscencia de su claridad y cuerpo
primordiales, y desconociendo al mensajero y desconociendo su penetración
en la imagen, es la llegada primera de la imagen la que le presta
a esa penetración, su penetración de conocimiento.
Cada vez que Orestes reconoce a Ifigenia se ve obligado a subrayar
cada una de sus metamorfosis encarnándolas en metáfora.
Pues en la penetración o conocimiento de metáfora
no se verifica una ocupación o saciada inundación,
ya que en esas provincias, conocimiento y desconocimiento, se convierten
en imagen y semejanza.
En toda metáfora hay como la suprema intención de
lograr una analogía, de tender una red para las semejanzas,
para precisar cada uno de sus instantes con un parecido... La lucha
fratricida de Atreo y Tiestes, representada por Ifigenia en telas
tejidas. Los retrocesos del sol representados en esos paños
con hilacha fina en el primor. La cabellera situada en el sepulcro
en lugar del cuerpo de Ifigenia. La lanza de Pélope colocada
en el aposento de Ifigenia, mientras mantenía su virginidad,
son momentos donde el conocimiento poético logra su reconocimiento.
Y mientras se cumplen las progresiones del conocimiento, cada una
de las metáforas ocupa su fragmento y espera el robo de la
estatua que se despliega como imagen. Lleva la metáfora su
epístola sin respuesta y en la espera se preludia el rapto.
¿Cómo es que el rey orando en el templo desconoce
el misterio del traslado de la estatua? La estatua había
contemplado las esquiveces de Ifigenia y fraguaba los castigos de
Orestes en la aventura del robo de la imagen aumentada por la decisión
final de Palas Atenea. Y el conocimiento por cada una de las metáforas
que son como develamiento de las posibles coincidencias de las metamorfosis
de Ifigenia, terminado su reencuentro en el robo de la estatua,
como la imagen que prepara su nuevo desconocimiento para recorrer
la ciudad.
Entre la carta oscura entregada por la metáfora, precisa
sobre sí y misteriosa en sus decisiones asociativas y el
reconocimiento de la imagen, se cumple la vivencia oblicua. El momento
de la metáfora se puede cumplir en un símbolo que
encarne la misma persona: la relación entre el monarca y
la imagen de la suerte de su poder llegaba a ser de tipo metafórico.
Luis XI vivía frente al pueblo como una metáfora,
y la imagen, favorable a los reyes medioevales, formaba la sustancia
donde el pueblo veía su jerarquía interpretada. La
metáfora y la imagen permanecen fuertes en el desciframiento
directo y las pausas, las suspensiones, que entreabren tienen tal
fuerza de desarrollo no causal que constituyen el reino de la absoluta
libertad y donde la persona encarna la metáfora. El hombre
y los pueblos pueden alcanzar su vivir de metáfora y la imagen,
mantenida por la vivencia oblicua, puede trazar el encantamiento
que reviste la unanimidad. El bosque y las ciudades no son el infinito
paredón donde la interpretación otorga la cerrazón
o el encantamiento, sino la penúltima, la suspensión,
de donde brota la nueva cabalgata, el interminable ejército
de diversos uniformes.
1948
(Analecta del reloj, 1953)
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