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AMISTAD FUNESTA
(NOVELA)
de José Martí
Por José
Martí
Biblioteca
Independiente
"Eduardo Facciolo Alba"
La
Nueva Cuba
Sea su novela
Amistad funesta el décimo volumen de las obras del
Maestro.
Es milagro que
ella, como casi todo lo que escribió, no se haya perdido.
Se publicó en 1885, en varias entregas, en El Latino Americano,
periódico bimensual, de vida efímera- órgano
de la Compañía Hecktograph, de New York- que
no se encuentra hoy en biblioteca pública alguna. Además,
no apareció con el nombre de su autor sino con el seudónimo
de «Adelaida Ral», y esto hubiera hecho aun más
difícil su hallazgo.
Afortunadamente,
un día en que arreglábamos papeles en su modesta oficina
de trabajo, en 120 Front Street- convertida, en aquel entonces,
en centro del Partido Revolucionario Cubano y redacción y
administración de Patria- di con unas páginas
sueltas de El Latino Americano, aquí y allá
corregidas por Martí, y exclamé al revisarlas: «¿Qué
es esto Maestro?» «Nada- contestome cariñosamente- recuerdos
de épocas de luchas y tristezas; pero guárdelas para
otra ocasión. En este momento debemos solo pensar en la obra
magna, la única digna; la de hacer la independencia».
En efecto; esta
novela vio la luz a raíz de fracasados intentos para levantar
en armas, de nuevo, a nuestra tierra, intentos que no apoyó
Martí estimando que el plan no era suficiente ni el momento
oportuno; brotó de su pluma cuando- en desacuerdo con
los caudillos prestigiosos, únicos capaces, con sus espadas
heroicas y legendarias, de despertar el alma guerrera cubana- parecía
oscurecido, para siempre, en la política; fue engendrada
en horas de la mayor penuria, en las que, no obstante, rechazando
las tentaciones de la riqueza y sin otra guía que su conciencia
ni otro consuelo que su inquebrantable fe en la Libertad, sus principios
no capitularon.
A una miseria
por palabra se pagó este trabajo, elevado de pensamiento,
galano de estilo, con enseñanzas- como todo lo suyo- para
sus compatriotas; con algo de su propia existencia.
No sé
que el Maestro, en otras ocasiones, cultivase este ramo literario;
pero su traducción de Called back, de Hugh Conway- por
la cual una casa editora le concedió, como gran generosidad,
cien pesos- , luego con brillante vestidura y el nombre de
Misterio vendida por millares, y la versión suya,
que talmente parece un original, amorosa y admirable, de Ramona
de Hellen Hunt Jackson- buscada en vano en las librerías- ,
son prueba evidente de que a haber dispuesto de oportunidad y sosiego
para ello, hubiera, también, triunfado en la Novela. No le
faltaban elementos por su conocimiento de la realidad del mundo
y sus pasiones, anhelos y torturas; le sobraba fantasía para
hacerla resaltar; espléndido lenguaje con que exponerla.
Ni sus versos,
ni parte de su correspondencia, ni sus artículos de doctrina
y de propaganda, ni sus pensamientos ni su biografía he olvidado;
pero cumpliendo con lo principal que él nos enseñó- el
servicio de Cuba- poco se ha podido terminar y solamente ha
habido tiempo para este volumen- y reunir los homenajes a su
memoria que van en el mismo prenda de que aquí, en los lejanos
montes de Turingia, donde aun vibran entre pinos seculares las liras
de Goethe, Schiller y Wieland, ¡pienso en él y en la
patria!
Oberhof, 4 de
julio de 1911.
Gonzalo
de Quesada
La
Nación, Buenos Aires, diciembre 1.º de 1909
A principios
del año 1888 llegué a Nueva York en cumplimiento de
una misión profesional, y una de mis primeras diligencias
fue [ir] a buscar a Martí cuyas correspondencias a La
Nación me habían impresionado vivamente, revelándome
un talento superior y un alma eminentemente americana. Encontrele
en su despacho del consulado oriental en Front Street, una de las
antiguas calles de la gran metrópoli y apenas llamé
a la puerta se adelantó a recibirme diciéndome: ¿Es
usted el señor Tedín? (un amigo común le había
anticipado la visita), a la vez que me extendía ambas manos
con tal efusión de franqueza y sinceridad, que ese apretón
selló entre ambos una amistad que solo la muerte del gran
ciudadano ha podido cortar.
Era Martí
de mediana estatura, cabellera negra y abundante que rodeaba una
frente amplia y bombeada, ojos negros de mirada dulce y penetrante,
tez blanca pálida, como son generalmente los cubanos, bigote
negro y crespo y un óvalo perfecto redondeaba su fisonomía
armoniosa y vivaz. En su cuerpo delgado predominaba el temperamento
nervioso, que hacía rápidos todos sus movimientos
y sus manos finas y alargadas revelaban al hombre culto consagrado
a las tareas intelectuales. Llevaba como único adorno en
uno de sus dedos un anillo de plata en el cual estaba grabada la
palabra «Cuba».
Cubrían
los muros de su despacho estanterías de pino blanco, algunas
de las cuales él mismo construyó, y en los pocos espacios
libres que ellas dejaban colgaban retratos de los héroes
de la revolución cubana que terminó con la paz del
Zanjón, y entre los de varios literatos ocupaba lugar preferente
el de Víctor Hugo.
Constituían
su biblioteca, en primer término, las publicaciones que se
hacían en la América latina, cuyo progreso intelectual
seguía con avidez, habiendo escrito juicios sobre muchas
de ellas; pero tampoco faltaban los de la literatura norteamericana,
cuya lengua conocía profundamente, aunque no fuera inclinado
a hablarla. Su mesa de trabajo, sumamente sencilla, estaba siempre
repleta de papeles que formaban sus numerosos trabajos de correspondencia
para los periódicos de Cuba, Méjico, Guatemala, Argentina,
y las revistas que bajo su dirección se publicaban en Nueva
York, aparte de los documentos oficiales de su consulado. El único
ornamento de ella era un tosco anillo de hierro que tuvo de grillete
durante su prisión en la isla de Cuba, cuando aun era un
niño, por causa de sus ideas liberales y que le fue regalado
por su señora madre después de su deportación
a España, para que le sirviera de amuleto en su peregrinación
por la libertad de su patria.
En aquel modesto
despacho mantuvo por muchos años el fuego sagrado de la independencia
cubana, sin que por un momento les hicieran desfallecer ni las disidencias
entre sus propios amigos, muchos de los cuales creían utópica
la revolución, ni el espectáculo de las fortunas que
se acumulaban a su alrededor por todos los que consagraban su inteligencia
y su autoridad a los negocios comerciales.
Allí
llegaban y eran cordialmente recibidos no solo los sudamericanos
que deseaban un consejero honrado para orientarse en los caminos
de la vida americana, sino todos los cubanos interesados en la política
de su país. Allí conoció a Estrada Palma, que
a la sazón ganaba su vida manteniendo un pensionado de enseñanza
en el estado de Nueva Jersey, y a muchos otros después actuaron
en la revolución. A todos recibía con los brazos y
el corazón abiertos y para todos tenía no solo las
hermosas palabras, sino la ayuda de su experiencia y aun de sus
modestos recursos.
Su fisonomía
moral se caracterizaba por la más absoluta honestidad en
todos los actos de su vida y por el mayor desprendimiento de sus
propios intereses en favor del ideal a que había consagrado
su existencia, la libertad de Cuba. Su espíritu eminentemente
altruista, se asociaba a todos los dolores ajenos y a ellos llevaba
el consuelo de su palabra inspirada; lo mismo compartía las
alegrías de sus amigos. Su alma sensible y delicada sufría
con las asperezas del alma yanqui, y nunca pudo fundirse en los
moldes de ambición en que esta está vaciada. Recibió
ofertas halagadoras para que pusiera su talento de escritor al servicio
de intereses comerciales; pero jamás quiso desnaturalizar
su pluma que solo debía servir para unir a la familia latinoamericana
y para luchar por la libertad. Prefirió ser pobre con decoro
(palabra que se encuentra en casi todos sus escritos) antes que
sacrificar sus convicciones ni su tiempo a tareas menos nobles que
aquella en que se había empeñado.
Poseía
un raro talento de asimilación y de generalización
que le permitía abordar con brillo y con criterio sólido
todos los problemas que en el orden político o sociológico
entrañan el desenvolvimiento de las naciones y su memoria
privilegiada le permitía recordar todo cuanto había
pasado por el crisol de su inteligencia. Era raro hablarle de un
libro recientemente publicado que él no lo conociera y sobre
el cual pudiera expresar su propio juicio; así como conocía
a todos los hombres que habían desempeñado un papel
prominente en la vida de las naciones latinoamericanas.
Su palabra era
suave, fluida, límpida como su pensamiento, sin afectación
ni rebuscamiento, y producía el encanto de una fuente cristalina
que desciende en su curso halagando los sentidos. Cuántas
veces en los días festivos, solíamos atravesar el
río Hudson e internarnos en las hermosas arboledas de las
Palisades o recorríamos las avenidas del Parque Central,
y allí transcurrían insensiblemente las horas, bajo
la influencia de su palabra sana y amena que hacía olvidar
el bullicio de la metrópoli. Su oratoria sólida y
rica en imágenes brillantes se derramaba como raudales de
perlas y de flores, y su auditorio quedaba siempre cautivado por
el encanto de ella. Recuerdo que en una conferencia que dio sobre
Guatemala, con el propósito de reunir y vincular a los latinos
residentes en Nueva York, tomó como tema las flores y los
pájaros que adornaban el sombrero de una señorita
allí presente, y sobre él hizo la pintura más
hermosa que jamás haya leído de la naturaleza y de
la sociedad centroamericana.
La impresión
que a todos nos produjo fue la de hacer olvidar que nos hallábamos
bajo un cielo gris y helado, creyéndonos transportados a
los trópicos, y solo volví a la realidad de nuestra
existencia cuando sentí un «hurry up»,
pronunciado con áspero acento sajón por dos jóvenes
que pasaban a mi lado.
Era un trabajador
infatigable y desde el alba que empezaba su labor con la lectura
de los diarios hasta altas horas de la noche y a veces hasta la
nueva aurora que solía sorprenderlo cuando, como él
decía, se hallaba engolosinado por algún estudio en
que ponía toda su alma para transmitirla a los lectores que
el obligado por las visitas de sus amigos a quienes recibía
con solícito cariño.
Y no eran solo
los trabajos literarios que ocupaban sus horas. Las dividía
entre estos y las conferencias que daba a los cubanos pobres, en
las que se esforzaba para vincular al elemento de color, con los
de las clases superiores, porque unos y otros debían servir
para preparar la revolución cubana que era el objeto de su
permanencia en Estados Unidos.
A pesar de los
largos años que allí vivió, nunca pudo identificarse
con la vida americana, porque su espíritu generoso y desinteresado
era refractario a los procedimientos egoístas que constituyen
el fondo del carácter de ese pueblo. Desconfiaba con las
tendencias imperialistas de esa nación y creía que
abrigaba propósitos absorbentes, contra los cuales las repúblicas
latinas debieran estar prevenidas. Méjico, decía,
solo ha podido evitar nuevas desmembraciones merced a una política
hábil, en que sin resistir directamente, ha evitado la invasión
de intereses americanos. Consideraba la conferencia monetaria internacional,
iniciada por Blaine y a la que él fue delegado por el Uruguay,
y yo lo fui por la Argentina, más como el medio de favorecer
los intereses de los Estados Unidos platistas, que el de estrechar
los vínculos de todas las naciones de América. Carece,
pues, completamente de fundamento la versión de un escritor
franco-argentino, de que Martí fuera partidario de la anexión
de Cuba a los Estados Unidos, cuando, por el contrario, veía
en ellos un peligro para la independencia. Creo, sin embargo, que
sus temores eran infundados a este respecto, como lo ha demostrado
la conducta de aquella nación, para terminar la guerra y
establecer el gobierno propio de la isla y estoy convencido de que
no tienen ambiciones de predominio sobre la América latina.
Mr. Elihu Root me dijo durante su visita a esta capital, que los
Estados Unidos nunca anexionarían a Cuba y tengo la más
absoluta confianza en la sinceridad de este gran estadista americano.
Los últimos
años de la vida de Martí en Nueva York me son poco
conocidos. Su última carta me revelaba un estado moral deprimido
por el exceso del trabajo, que había creado en su organismo
una excitación nerviosa. «Tengo horror a la tinta,
me decía, y desearía huir a los bosques, aunque me
crecieran las barbas verdes, para no ver papeles ni sentir las fealdades
de las gentes». Pasaron algunos años, durante los cuales
solo tuve noticias de él por intermedio de un amigo, cuando
un día recibí un telegrama en que me decía:
«deberes ineludibles me llaman a mi patria y necesito su ayuda,
mándeme por cable quinientos dólares». Mi situación
en aquel momento era difícil y me fue imposible ayudarlo.
Tengo, pues, el remordimiento de no haber contribuido con esa suma
a la independencia de Cuba, puesto que en esos días salía
Martí de Nueva York para reunirse con el general Máximo
Gómez e invadir la isla, iniciando la nueva insurrección
que dio por resultado la terminación del dominio español.
La noticia de
su muerte en los primeros combates librados entre cubanos y españoles
me produjo hondo pesar. Consideraba a Martí uno de los hombres
de más talento que me había sido dado tratar y su
muerte representaba no solo una pérdida irreparable para
Cuba, de la que habría sido uno de sus preclaros presidentes,
sino para la América latina toda, pues desaparecía
el escritor genial en quien el fuego de la solidaridad americana
brillaba con resplandores que iluminaban ambos continentes.
Notas
de Arte (Colombia), agosto 15 de 1910
Le conocí
y traté en New York el año de 1891.
Me consagró
su amistad. La amistad es la única rosa que no tiene espinas.
La única fuente arrulladora que no tiene lodo.
Fui su amigo- en
el trajín social- de pocos meses.
Soy su amigo
perdurable por el recuerdo y la memoria.
Su recuerdo
es para mí un ariete, relámpago que cruza las soledades
de mi cerebro, viento agitado en mi calma abrumadora, águila
que despierta- en horas de abatimiento- a picotazos mi
alma.
Fui, con varios
condiscípulos, expresamente a conocerle. Habitaba casa humilde
y vivía modestamente.
Enamorado yo
de sus escritos, deslumbrada mi juventud por aquel vuelo de cóndores
de su prosa soberana, entré a aquel Areópago con el
pensamiento en las nubes y el corazón en los labios.
Eran días
tétricos para los colombianos residentes en New York, días
en que un desdichado compatriota, al frente de un puesto distinguido,
había llevado a sus gavetas joyas que no eran suyas.
Fue ese el tópico
obligado, y Martí me decía: «los suramericanos
enviamos trozos humanos putrefactos para que estos países
los escarben y examinen, mandamos el rostro ensangrentado de la
Patria para que estos países lo abofeteen».
Sobre Cuba exclamaba:
«Estoy
desorientado y triste, pero con la mirada siempre fija en la cumbre
inaccesible.
»En mi
tierra no hay más que dos hombres: Gómez y Maceo,
y una bandera: yo.
»A ellos
los tienen como visionarios y a mí me consideran loco. Nos
han dejado solos.
»Aquí,
en los momentos de angustia, en esos días lóbregos
en que en vano lucho y brego con los hombres y las cosas, al trasladar
al papel mis pobres pensamientos, no me explico, no comprendo cómo
no se transforma en Vesubio mi cabeza ni se convierte mi pluma en
bayoneta.
»Ustedes,
los colombianos, tienen aun esperanzas de redención: allí
hay vida, hay savia, hay esplendor.
Nosotros no
tenemos nada.
»Cuba
es una tumba muy grande que guarda un cadáver más
grande que ella: la raza india muerta.
»Esa raza
me alienta, y la máxima de Bolívar me conforta: '¡Venceremos!'».
Calló,
inclinó la cabeza meditabundo, me pareció escuchar
el ruido estruendoso de las armas en la manigua, y comprendí
que aquel hombre era algo más que tribuno, algo más
que genio: ¡era la Libertad!
La América
latina ha sido escasa en mentes colosales. El genio, como el célebre
arbusto parlante de Sumatra, no se ha dado en América sino
muy de tarde en tarde.
Ha habido ilustraciones
altas y macizas, pensadores vastos y profundos, prosistas, oradores
y poetas de palabra de oro y alas luminosas; pero el genio auténtico,
la cabeza batida por aquilones y coronada de rayos, la lengua de
fuego que realza y purifica cuanto toca, la pluma gigante que vierte
a raudales la ternura, la ciencia y la filosofía... esos,
han sido muy raros en América.
Genio Montalvo;
genio José Martí.
El primero con
una sombra: el arcaísmo; el segundo, sin sombras y sin manchas.
La estulticia
de las muchedumbres, el espíritu fácil al aplauso
de nuestra raza, la lisonja desmesurada de los gacetilleros, el
coro vacuo y frívolo de las mediocridades, han hecho aparecer
en ocasiones como lumbreras a seres que apenas han tocado los primeros
peldaños de la gloria.
Entes grandes
y pomposos- como la encina de Lebes- , pero huecos.
Árboles
corpulentos de espléndido ramaje, pero torcidos e inclinados
a la tierra.
Hoy la serie
de pensadores es como una serie de montañas, pero sin cumbres
que sobresalgan, sin picos que se despidan de las otras.
La constante
difusión de las luces, el espíritu incansable e investigador
del siglo, la rapidez y la facilidad en las comunicaciones, la escuela,
el libro, la prensa y la tribuna, han eliminado esas eminencias,
cúspides de la humanidad.
Con la abundancia
de las colinas han desaparecido los Himalayas.
Con la dilatación
ha resultado el aplanamiento, con el ensanche se ha perdido la altitud.
El peñón
abrupto es arena rutilante.
El nido es colmena.
La altura es
extensión.
La cima ha sido
cubierta por la arboleda en marcha: no se ven más que árboles.
La roca altísima
ha sido invadida por el mar: no se ven más que olas.
Hoy es plaza
lo que ayer fue torre, lago lo que fue atalaya, cielo inconmensurable
lo que fue astro esplendoroso.
«Las cumbres
se han deshecho en llanuras, las llanuras son cumbres.
»Son muchos
los poetas secundarios, escasos los poetas eminentes solitarios.
»El genio
va pasando de individual a colectivo.
»El hombre
pierde en beneficio de los hombres.
»Se diluyen,
se expanden las cualidades de los privilegiados a la masa».
Las golondrinas
se han elevado y los cometas han descendido.
Las legiones
han subido y Júpiter ha bajado.
El mérito
de Martí consistió precisamente en eso: haber dado
sombra a tantas grandezas.
En época,
en que la ciencia es ambiente y el talento multitud, él fue
Argos impoluto, gigante, solo, y ¡único!
Todo tiene en
la naturaleza su punto culminante, su nota dominadora, su faz grave
y severa: la selva, el roble centenario; el océano, la ola
inmensa de cresta arrebolada; el desierto, el león hirsuto
y arrogante; y la sociedad, el genio.
¡Y genio
fue José Martí!
Murió
a los 42 años y es asombrosa su labor política y literaria.
A la edad en
que otros comienzan a ascender, ya él traía guirnaldas
del Olimpo.
En un mismo
día, y en ocasiones en una misma hora, escribía un
discurso, redactaba una carta, pergeñaba una revista, otorgaba
una clase, leía un libro, hojeaba un folleto, traducía
una fábula, hablaba de cosas fútiles con su familia
y de cosas lisonjeras con sus amigos.
Tenía
el don de contorcerse y dividirse, la cualidad de la centuplicación.
Un caso de polizoísmo.
Trabajaba en
una casa de comercio, colaboraba en varias sociedades y magazines,
sostenía incansable correspondencia con sus adictos, enseñaba
a los desgraciados, meditaba, discutía, exaltaba a los pusilánimes,
asaeteaba a los cobardes, confortaba a los sufridos, se erguía
ante los poderosos, lloraba con los indigentes; tenía un
báculo para cada caída, una esperanza para cada lacería,
un bálsamo para cada dolor, una rosa para cada beldad, un
pensamiento dulce para cada párvulo, y aun le quedaba tiempo
para ser rendido y galante con la esposa y cariñoso y afable
con los hijos.
Séneca,
Aristóteles, Corneille, Bacon, Montaigne, Joubert, Massillón,
San Agustín, Rousseau, Voltaire, Shakespeare, Juvenal, toda
una legión, se agitaba, bullía, vibraba en aquel cerebro
poderoso, hecho para los torneos y las epopeyas, para las recias
batallas y las hondas lucubraciones.
En sus manos
eran a diario: el Tratado de la Naturaleza de Malebranche,
Los Pensamientos de Marco Aurelio, la Historia de España
de Mariana, los Epigramas de Marcial, las endechas de Massinger,
el Capital de Marx, las elegías de Propercio, los
Ensayos de Macaulay, las Observaciones de Llorente,
el Catecismo de Lutero, todo le era familiar, conocido, íntimo,
y consideraba los periódicos como soldados y los libros como
hermanos.
Para él
todas las mujeres eran santas, todos los hombres buenos, todos los
guerreros dignos, todos los oficios nobles, todas las cosas bellas.
El reptil, a
sus ojos, se convertía en ave; el barro en oro; el erizo
en flor; el espectro en ángel.
Su voluntad
era granito; su espíritu, llama.
Unía,
a la calma de Massena, el arrojo de Murat.
Aunaba, al candor
de Carlos Dickens, la precisión de Víctor Hugo.
Odiaba el estilo
misoneico y la poesía macróstica.
Admiraba más
a Martos que a Castelar.
Para sus compañeros
y admiradores era inofensivo como la malva; para sus enemigos, venenoso
como el quedec.
Polígloto,
enciclopédico, polílogo.
En aquellos,
atardeceres mincosos de la gran Metrópoli, en que Martí
solía pasearse por las alamedas de Green Wood, ¡quién
iba a imaginarse que de aquella mano tan sencilla pendía
un mundo, que tras aquella cabeza silenciosa iba una bandada de
águilas libertadoras!
Su erudición,
pasma. Si todos van contra él, él va contra todos.
Tiene del ala y del hacha. De la roca y del torrente. De la hoja
y del rayo. Ensalza, y va hasta lo infinito; derriba, y llega hasta
el abismo. Cuando alaba encumbra; cuando analiza, despedaza. Su
palabra, ora corre mansa, ora retumba; sus verbos, ora se deslizan,
ora estallan. Algo como un trueno avanza por entre sus frases calológicas.
Se siente calor de nube y rodar de cañones. Esculpe de una
plumada; retrata de un brochazo. Tiene arranques sublimes en que
parece que la tierra se levanta o el cielo se desploma. Tiene voces
que gimen, términos que gritan, giros que rimbomban. Se escucha
vuelo de pájaros y fuego de fusilería. Su dibujo es
línea recta; su corte, el del diamante. Es paleta y es cincel.
Es terso y es hondo. Palpita y regolfa. Su ritmo es una nave que
se aleja; su dialéctica, escuadra que combate. Por entre
la malla de su prosa hay pueblos que se hunden, ejércitos
que se destrozan, mares que se revuelcan, bosques que caminan. Es
raso y es acero. Es guzla y es clarín. Es halago y es centella.
Escribe versos que enamoran, filípicas que entusiasman, libros
que glorifican. Es diminuto y es excelso. Sencillo y complicado.
Es león y paloma. Oruga y colibrí. A veces se detiene,
como ante un precipicio; a veces corre veloz, como una locomotora.
Mezcla lo alto y lo bajo, lo noble y lo ruin, la mariposa y el estiércol,
la mirla y el escarabajo, el dicterio y la canción.
Todo sale embellecido
y purificado de aquella péñola incomparable, péñola
que hoy bendice todo un pueblo, y es lumbre de la humanidad.
Su vida fue
un himno permanente a todos los derechos, eterna protesta a todas
las iniquidades.
Fue mentor augusto,
patriota insigne.
Fue principio
y resumen. Alfa y Omega. Sacerdote y apóstol. Mecenas y Catón.
Sufrió, amó, creó. Conoció lo pasado,
vislumbró lo porvenir. Fue artista, gladiador, vidente. Se
echó un mundo a la espalda y con él se le vio, radioso
y fatigado, camino de la inmortalidad. Ante los obstáculos
se duplicaba; ante los imposibles, no cedía. Enérgico,
rápido, tenaz. Si nublado, se alzaba; si torrente, se sumergía.
Para él era pira la existencia, átomo el universo,
minutos las edades. Limpiaba, talaba, esclarecía. Hacía
surgir proclamas de los muertos, lanzas de las tumbas, auroras de
los antros, escuadrones de las piedras. Brotaba chispas su espada;
relámpagos, su pensamiento.
Dominó,
coronó, ascendió.
Y al caer, rota
la frente, en un charco de sangre, hubo irrupción de llamas
en el cielo, aglomeración de palmas en la tierra, condensación
de recuerdos y sentimientos en el corazón de los americanos.
Para llorar
a Martí no son suficientes las lágrimas de todos los
hombres ni el grito clamoroso de todos los siglos.
¡Santa
memoria de Martí, bendita seas!
En
la Cámara de representantes de Cuba el 19 de mayo de 1910
Señor
Presidente y señores Representantes:
Cuantos aquí
nos congregamos, hacemos memoria, sin duda, de una sesión
análoga a esta- igual a esta diría mejor- en
el año precedente. El entonces designado para hablar de Martí,
fue el señor Miguel Viondi, y los que aquí estamos
y estábamos aquella tarde, recordamos cuán gratamente
nos entretuvo; dando a su disertación el interés de
la relativa novedad, única a que puede aspirarse cuando del
Padre de nuestra Patria se trata hoy entre nosotros. Colocado se
encontraba el señor Viondi en ventajosas condiciones para
ello: amigo íntimo de Martí, lo había tratado
durante largo tiempo y de la manera más estrecha y podía
referirnos rasgos, de esos que parecen insignificantes, pero que
mejor que ninguna otra cosa indican el temperamento y la condición
peculiar de un personaje. Refiriéndonos historias de esa
clase, podía entretenernos con algo nuevo que no supiéramos
los demás, que pudiera servir para rectificar algún
juicio de detalle y para confirmar, como no podía, menos
de resultar confirmado, el juicio que en conjunto formáramos
todos de antemano del hombre insigne cuyo nombre invocamos en estos
instantes.
En cambio, el
que se ha designado para que lleve la palabra en el día de
hoy, y de él os hable, se encuentra en condiciones más
desventajosas, porque no tuvo la dicha de conocerlo, ni de vista;
y porque de él sabe lo que sabemos todos; y de él
no puede decir otra cosa que lo que está en la mente y en
el corazón de todos. No era posible que en Cuba se ignorara
quién fue Martí, cuál fue su obra y cuál
su representación entre nosotros. Desde los más humildes- desde
el punto de vista de la inteligencia- hasta los que pueden
decirse próceres de esa inteligencia, muchos han hablado
entre nosotros de aquel que por antonomasia se ha llamado el Maestro.
Historia de su vida, antecedentes de su carrera política,
antecedentes de la agitación que organizara y todos los detalles
relativos a su participación en el movimiento revolucionario
que definitivamente independizó a Cuba, son, para cuantos
aquí estamos, cosas sabidas; e igualmente son sabidas por
todos los cubanos. En tal concepto, al que no pueda referir algún
aspecto de la vida personal de aquel gran cubano, a un auditorio
distinguido como este, se le coloca en una situación verdaderamente
difícil cuando se le hace hablar de Martí. El tema
es atractivo, es simpático, y porque siempre ha sido tema
atractivo y simpático, muchos lo han tratado, muchos lo han
desarrollado. El terreno, de tal modo, está espigado por
completo; y yo he de recomendarme a la benevolencia de ustedes para
que con esa benevolencia se me perdone todo lo que en mi discurso
no puede menos de ser una repetición.
Pudiéramos
dividir en tres partes, no iguales, cierta mente, un discurso como
el que debo pronunciar en el día de hoy: en una se puede
hablar de la vida de Martí; en otra, de su carácter
y de los rasgos prominentes del mismo; en la tercera, de su obra.
Digo que no pueden ser iguales, porque acaso algo pueda decirse
más extensamente, con un relativo aire de novedad de la segunda
y de la tercera; de la primera, imposible. Hacer aquí un
resumen de su existencia, de todos conocida, sería hacer
perder tiempo a los señores que me escuchan. Su infancia;
su juventud, pobre y agitada, mucho más que su infancia;
su amor al estudio; las deficiencias de sus medios económicos;
la consagración de toda su vida al logro de un ideal; su
paso por España, sus pasos en Cuba, su residencia en las
repúblicas de la América latina, su residencia en
los Estados Unidos; son cosas de todos conocidas. Su participación
en el movimiento revolucionario, su agitación en las emigraciones
cubanas, su recorrido por todos los países en los cuales
creyó que podía encontrar un eco simpático
al pensamiento revolucionario y su dedicación absoluta y
definitiva a dar cuerpo a ese pensamiento y a su ensueño,
¿qué son sino una cosa que está en la memoria
y en el corazón de todos nosotros y que no necesita ser repetida,
que no debe ser repetida, porque la repetición no sería
ciertamente excusable, sería incuestionablemente vana y presuntuosa?
No hablemos,
por consiguiente, de su vida. De ella, lo que parece destacarse
de una manera marcada, es esto sobre lo cual necesariamente habré
de volver, porque fue rasgo típico de su temperamento. Fue
una vida dirigida, como la aguja magnética, hacia una sola
dirección; y todas las vicisitudes y agitaciones de aquella
existencia, realmente tormentosa, vinieron al cabo a culminar en
un mismo punto y en el sentido de una sola vía, por la que
se encaminaron en definitiva sus pasos. Donde quiera que encontró
cualquier oficio por el cual trató de librar su subsistencia,
la adopción de ese oficio no tuvo más objeto sino
el de lograr que fuera posible ir viviendo, para que al par que
su vida se prolongara, se realizase la obra que se había
impuesto. La tarea que desde sus tiempos de muy joven concibió
en su espíritu, despertó en el mismo el propósito
de consagrarse a ella, y de hecho, posteriormente, su vida fue,
en cuanto a esa tarea, una definitiva consagración. Naturalmente,
en un hombre obsedido por esa misión, que debió creer
que providencialmente le estaba impuesta, y luego veremos por qué
lo digo, no era posible que se produjera un rumbo normal, tranquilo
y constante en la existencia. Dado el hecho de imponerse a sí
mismo semejante misión, todo lo que no fuera el cumplimiento
de ella, tenía que ser accesorio para él y accidental.
Era preciso vivir; no tenía fortuna y era preciso buscar
el pan de todos los días. Un hombre de inteligencia suficiente
para haber abrazado cualquiera de esas profesiones, que si no francamente
lucrativas, permiten por lo menos vivir con comodidad, no se podía
ocupar de ninguna de ellas. Teniendo título de Abogado, no
le fue dable ejercer la profesión. Para ello hubiera tenido
que radicar en un mismo punto, que vivir en Cuba, y en Cuba española,
que someterse a la mirada recelosa de la policía española,
que prescindir de todo lo que él entendía que constituía
su destino. Era preciso que librara la subsistencia con oficios
que le permitieran al propio tiempo viajar, moverse de acá
para allá, preparar el movimiento revolucionario en definitiva.
Y tan es así, que una especie de visión, de destino
providencial le animaba, que contra el parecer de la inmensa mayoría
de sus conciudadanos, contra el parecer casi unánime de ellos,
entendió que estaban maduros los tiempos, cuando todo el
mundo pensaba que su tentativa habría de abortar como extraña
aventura de dementes.
A veces sucede
esto, y ha sucedido en muchas ocasiones en la historia de la humanidad:
no son precisamente los hombres de mayor reposo en el carácter
y más serena cultura mental los que han decidido a las multitudes
a obrar, los que han lanzado a los pueblos por el camino de su destino
verdadero. Para eso se ha necesitado casi siempre una obsesión
pasional y la impulsión que naturalmente se produce en virtud
de ella; comunicar a las multitudes el fuego que a nosotros abrasa
y hacerles realizar lo que ellas no pensaron que debieran realizar;
aun muchas veces contra la voluntad general, adivinando cuál
es el estado de la subconciencia, el deseo íntimo y verdadero
de una agrupación de hombres, para llevarlos a que ejecuten
lo que quisieran ejecutar, pero lo que no se atreven siquiera a
pensar en ejecutar. De aquí el que fiel a su destino, Martí
viviera como corresponsal de periódicos, moviéndose
de acá para allá, remitiendo correspondencias a un
diario denominado El Partido Liberal y después a La
Nación de Buenos Aires, ganándose su subsistencia
modestísimamente de este modo, a fin de girar por el mundo,
aunando voluntades aquí como allí, reuniendo fondos,
procurando contar con la colaboración de los que podían
ponerse al frente del movimiento, y no desmayando nunca ante ningún
desastre, ni ante ningún desengaño. ¿Para qué
dar detalles? Esta fue invariablemente su vida. Los accidentes de
la misma no harían sino presentar diversas facetas de esto
que he indicado como su conjunto general.
Discurrir ahora
acerca de su temperamento y de su carácter, de su papel y
de su misión en la obra revolucionaria cubana, tiene para
mí también un relativo inconveniente. Hace poco más
de un año, cuando, en la próxima ciudad de Matanzas
se inauguraba, por iniciativa de un hombre a quien vi entonces por
última vez, el doctor Ramón Miranda, un artístico
monumento en honor de Martí, el doctor, que a ello me había
comprometido de antemano, me llevó a dicha ciudad a hacer
uso de la palabra en la ceremonia de inauguración. Entonces,
refiriéndome en un breve discurso dicho en la plaza pública,
y que por ello no podía ser ni largo, ni reposado, ni serenamente
meditado, a aquello que para mí constituía carácter
típico y saliente de Martí, señalaba estas
dos circunstancias que no diré que sean absolutamente exclusivas
de él, pero que en realidad son en él más prominentes
que en ningún hombre que haya podido vivir una vida análoga
a la suya y que se haya impuesto una misión como la que él
se impuso.
En primer lugar,
un hombre que movía a los demás a pelear, que encendía
en su patria la hoguera de la lucha tremenda, que condenaba a sus
hermanos a pasar por la crisis de un terrible martirio, estaba al
propio tiempo animado de un amor sin límites a la humanidad
y de una benevolencia para todos los humanos, por malignos que fuesen
o por errados que estuvieran; entre otros, y tal vez principalmente,
para los que consideraba sus enemigos. Y además hubo en él
rasgo peculiar de su tarea y de su esfuerzo: de todos los hombres
que han podido determinar a una colectividad, grande o pequeña,
a realizar una obra común, un propósito general, quizás
él sea el que representa en esa obra común una parte
más grande por razón de su esfuerzo individual. Martí,
en efecto, fue el determinante principalísimo de la revolución
cubana. El pueblo cubano, en aquel tiempo, y cuantos vivimos en
aquella época lo sabemos, no quería en su mayoría
al menos, la revolución. El Gobierno de España nos
había dejado entrever una mejor condición política,
sin sacudidas ni agitaciones violentas. Tan cierto es que aquello
hubiera podido contener la obra revolucionaria que, como se ha dicho
después y repetido muchas veces, la actitud que tomó
el Gobierno español por la iniciativa del Ministro Maura
contuvo un poco a Martí. Le pareció que su ideal y
su tarea corrían peligro si aquellas reformas políticas
se implantaban en Cuba de buena fe y eran generalmente aceptadas
por el pueblo cubano, en virtud de lo cual él ya no tendría
ambiente adecuado para poner por obra sus propósitos. Fue
la obcecación de los políticos españoles, de
acá y de allá, la que se levantó como una barrera
ante el Ministro que acabo de indicar y dejó el terreno aun
más preparado que antes lo estaba para que pudiera fructificar
la semilla. No obstante, el Gobierno español, volvió,
como todos sabemos, a la idea de reformas políticas. El plan
del señor Maura se desechó; pero se planteó
otro nuevo, que llevó el nombre de Abarzuza; y aun cuando
la generalidad entre nosotros creyó que se iba a obtener
menos de lo prometido, la mayoría se resignaba a obtener
aquello, a cambio de no tener delante de sí el fantasma de
ninguna agitación, de ninguna revolución, de ninguna
lucha. Yo recuerdo que no ya entre los elementos españoles,
sino aun entre los elementos cubanos, y muy cubanos, y muy probados,
pero que no se encontraban en la conspiración que estallaba
en aquellos instantes, fue un efecto terrible el que produjeron
los primeros movimientos. He tratado a algunos, emigrados de la
guerra de los diez años, de aquellos que desde su principio
marcharon a los Estados Unidos o a algunas de las Repúblicas
Hispanoamericanas, que consideraron un acto de locura el que se
iniciaba en aquellos días. Creyeron que todo lo que se había
adelantado, en 17 años de predicación pacífica,
por el Partido Autonomista, iba a ser irremediablemente perdido;
y un amigo particular mío, que se hallaba en Madrid cuando
los primeros sucesos estallaron, que salió de España
muy poco después y regresó a Cuba, hubo de declararme
que en una entrevista que tuvo pocos días antes de embarcarse
con el famoso tribuno español don Emilio Castelar, este le
significó que en Cuba, se había cometido un acto de
demencia irreparable, y que los que lo cometían y los que
no lo cometían, en virtud de irremediable consecuencia de
la solidaridad, verían perturbado el sistema político
de Cuba, ya que aquellos sucesos lo harían volver mucho más
atrás de donde se encontraba en el momento en que se iniciaron
los primeros esbozos de un plan de reformas. Y esa idea de don Emilio
Castelar era la idea que aquí tengan todos los que no estaban,
diré mejor, los que no estábamos comprendidos en la
conspiración; porque a pesar del papel que yo posteriormente
pude desempeñar, modesto y obscuro, en el movimiento revolucionario,
he de declararlo sinceramente, y nunca he pretendido lo contrario,
en la conspiración inicial no estuve comprendido ni iniciado;
hasta el punto de que, no sospechando que yo podía ser capaz
de semejante cosa, el señor Juan Gualberto Gómez,
a pesar de haber llevado su defensa ante la Audiencia de la Habana
cuando se le procesó por la publicación de un artículo
titulado «Por qué somos separatistas», jamás
contó conmigo y aun hubo de decirme, ya en Ceuta, donde nos
encontramos, que él se hubiera dirigido a mí si hubiese
sabido que yo era susceptible de ser inyectado con semejante virus;
a lo que le contesté que quizás, en aquellos momentos,
no hubiera sido yo susceptible de recibir, con fruto, la inyección.
En tales condiciones
se encontraba la población de Cuba cuando Martí empezó
la obra revolucionaria. Es verdad que, como él decía,
en el suelo no se advertían los brotes primeros de la planta,
pero él sintió lo que pasaba en el subsuelo, y en
el subsuelo estaba ya preparada la semilla; prueba cómo ella
fructifera. Aun los más ajenos al movimiento inicial, se
sintieron (y aquí también puedo decir, nos sentimos)
inmediatamente arrastrados por él; de tal manera que aun
antes de que la invasión de las provincias occidentales diera
grave y decisiva importancia al guante arrojado al Gobierno de España,
ya habíamos sentido muchos, que veíamos venir la ola
arrolladora, que lo peor que podía suceder a los nacidos
en Cuba sería que ese Gobierno de España aplastara
militarmente a la revolución; y aun algunos, sin creer que
aquella revolución podía tener un éxito, mucho
menos cercano; sin pensar que en el período relativamente
corto de tres años se triunfara; pensaron que era necesario
un movimiento general para prestar auxilios a dicha revolución,
procurando al menos colocar el pleito en condiciones de transacción
que a España resultara irremediable; primera victoria, que
había de ser victoria definitiva, un poco más tarde,
de Martí ya muerto, sobre nuestros corazones.
Era, indudablemente,
un hombre extraordinario el que llegó a producir en un pueblo,
pequeño o grande, eso poco importa, fenómeno como
el que acabo de indicar. Decíales a ustedes hace poco que
había en realidad en su vida toda algo que indica que él
se consideraba providencialmente destinado a semejante misión.
Esa impresión, mucho tiempo después de muerto él,
la recibí directamente por unos renglones suyos, y en la
obra de menos importancia de todas aquellas que ha publicado el
señor Gonzalo de Quesada, piadoso recolector de sus escritos;
en una que se titula La Edad de Oro y que es un volumen que
contiene los trabajos que insertara Martí en cuatro o cinco
números, muy pocos, de una revista que publicó, dedicada
a los niños, y de la que él era el director y el redactor
casi único. En uno de esos artículos, que se encuentra
al principio, el que se denomina «Tres Héroes»,
Martí habla a los niños, en sencillo lenguaje, de
Bolívar, de Hidalgo y de San Martín; y refiriéndose
al primero, escribe estas palabras que voy a permitirme leeros y
en las que entiendo que hay incuestionable, inconscientemente, y
en síntesis, un poco de autorretrato:
«Bolívar
era pequeño de cuerpo. Los ojos le relampagueaban, y las
palabras se le salían de los labios. Parecía como
si estuviera esperando siempre la hora de montar a caballo. Era
su país, su país oprimido, que le pesaba en el corazón,
y no le dejaba vivir en paz. La América entera estaba como
despertando. Un hombre solo no vale nunca más que un pueblo
entero; pero hay hombres que no se cansan, cuando su pueblo se cansa,
y que se deciden a la guerra antes que los pueblos, porque no tienen
que consultar a nadie más que a sí mismos, y los pueblos
tienen muchos hombres, y no pueden consultarse tan pronto. Ese fue
el mérito de Bolívar, que no se cansó de pelear
por la libertad de Venezuela, cuando parecía que Venezuela
se cansaba. Lo habían derrotado los españoles: lo
habían echado del país. Él se fue a una isla,
a ver a su tierra de cerca, a pensar en su tierra».
Cuando esto
leí hace poco más de un año, poco antes de
que el señor Viondi pronunciara aquí el discurso del
año anterior, me pareció que en estas palabras Martí
se retrataba a sí mismo. No era él de aventajada estatura,
era más bien pequeño de cuerpo (acaso fuera de la
propia estatura de Bolívar); era nervioso también,
como a Bolívar pintara; sus ojos, todos los que lo conocieron
lo dicen, relampagueaban; las palabras asimismo se salían
de sus labios; y cuando su pueblo se había cansado de pelear,
él no se había cansado del propósito de iniciar
una nueva lucha; él había decidido la guerra solo,
porque solo a sí mismo se consultaba; no necesitaba consultar
a su pueblo y le parecía también muy difícil
consultar la opinión de muchos. Y tan había decidido
la guerra él solo, que a los jefes principales de aquella
lucha, a los generales Máximo Gómez y Antonio Maceo,
los fue a buscar; y lo que no habían decidido ellos, él
hubo de decidirlo y fue él solo, él quien sacó
de su inacción a tales hombres y en la aventura los embarcó.
Cuando escribía tales palabras de Bolívar, es probable
que pensara en sí mismo; es probable que no quisiera establecer
una franca comparación, cosa que su propia modestia había
de vedarle; pero yo dudo de que nadie que lo haya conocido, de que
nadie que, aun sin conocerlo, haya oído hablar de él
tanto como lo hemos oído nosotros todos, deje de encontrar
su propio espíritu, su propio temperamento, la condensación
de su carácter y de su historia, en esas líneas en
que él trataba de pintar a los niños al que fue el
Libertador de la América, Central y Meridional.
Aquel otro rasgo
del que hablara hace poco ya se señalaba en los momentos
mismos en que la lucha tenía comienzo. Parecía a Martí
que debía dirigirse, no para conquistarlos en conquista imposible
y absurda (no hay un solo renglón en el documento a que voy
a referirme en que tal propósito aparezca), hasta a los propios
soldados españoles que estaban en Cuba; y en una especie
de alocución y manifiesto que de antemano publicara, les
decía que era su adversario y enemigo, pero que no sentía
por ellos odio de ninguna especie. No los llamaba para convidarlos
a la deserción, no; les advertía el noble propósito
de la lucha; y antes de comenzarla, él, el más débil,
el que solo contaba con su esfuerzo, el que bien se daba cuenta
de lo áspera y difícil que iba a resultar, en el momento
en que el encono es más natural en el espíritu del
hombre, proclamaba un ideal de fraternidad para con el adversario
y de antemano quería asegurar para un mañana más
o menos incierto, pero en el cual él tenía mucha fe,
un programa de perdón, de ausencia total de rencores, de
olvido de la lucha misma.
Y en efecto,
ese espíritu que dominaba a toda su tentativa revolucionaria,
se vio reproducido en el momento de la victoria al final de la guerra
de Cuba. Y aun cuando en ello me repita, quiero consignar una cosa
que consignara también allá en Matanzas, en la oportunidad
a que antes me refería. Colaboradores entrambos enemigos
en que tal fuera el resultado de la revolución y de su triunfo,
no solo los cubanos no tuvimos, salvo alguna que otra manifestación
aislada, que nunca pudo traducirse en hechos, el propósito
vindicativo de las ofensas pasadas, sino que tampoco dieron los
españoles muestras de despecho o de inconformidad con los
hechos consumados, y dándose cuenta oportuna de la situación
la aceptaron acaso con reservas mentales, pero con reservas que
tuvieron la discreción de no exteriorizar jamás; y
así nunca, manifestaron expresa y públicamente, ni
aun durante el tiempo intermedio de la Intervención primera,
que, contentos con tal fracaso de la Revolución vencedora,
ellos deseaban que no triunfaran sus ideales definitivos. De este
modo, y con la discreción de un lado y del otro, se ha podido
lograr que la República, ni antes ni después de constituida,
se mirara por esos hombres como una condición de cosas en
la cual la vida era para ellos imposible, y tanto los unos como
los otros, los que habían triunfado con el auxilio americano,
y los que habían sido vencidos por las fuerzas unidas de
cubanos y americanos; aceptaron como cosa definitiva el nuevo orden
político, cooperando todos a mantenerlo, cada cual como ha
querido, como ha podido o como ha debido.
Ese amor de
Martí para todo lo humano, hasta el punto de que pudo tomar
como lema de su existencia aquel verso famoso de Terencio, pues
que nada que fuera humano, en efecto, le era extraño, se
manifiesta muy principalmente hacia los pobres, hacia los humildes,
hacia los débiles. Martí se abría muy fácilmente
camino en el corazón de ellos. Cuando en compañía
del que fue primer Presidente de nuestra República, ya constituida
en definitiva y reconocida por todas las naciones, don Tomás
Estrada Palma, en los últimos tiempos de la revolución,
en la época en que en el puerto de la Habana voló
el acorazado americano «Maine», hice yo un viaje a Tampa
y Cayo Hueso, esto llamó profundamente mi atención.
En las casas más pobres había uno o más retratos
de Martí. No se contentaban generalmente con tener uno solo.
Si lo tenían pequeño buscaban uno más grande
y conservaban el pequeño para trasladarlo a otra habitación.
Si lo tenían de busto, querían tenerlo también
de cuerpo entero. Si lo tenían a él solo, querían
otro en que Martí estuviese fotografiado en compañía
de algún amigo. Y en todas las casas, por humildes que fueran,
se encontraba su imagen repetida, no una sola vez. Así la
veía uno por todos lados; la veía en el exterior de
los edificios como en el interior de los mismos; en la sala en donde
se recibía al huésped como en las habitaciones privadas;
en los talleres de tabaquería, en número bastante
considerable, hasta el punto de haber podido yo contar seis retratos
en un mismo taller. Y en todas partes le hablaban a uno de Martí.
Y había gentes que se sabían de memoria el primer
discurso que dijo en Cayo Hueso; y no había reunión
política en que alguien no se encargara de recitarlos, como
la obertura obligada de la función de que se trataba; y las
palabras de él, lo que había dicho, lo que había
indicado en las conversaciones particulares, el consuelo que había
prodigado a los infelices, a los desvalidos, a los tristes se repetían
diariamente; y no vivía uno en aquel lugar y en aquella época
sin ver su imagen por donde quiera, sin oír repetir sus palabras
y sus ideas por todas partes; hasta el punto de que era difícil
sustraerse a la ilusión de que estaba vivo; ¡ciertamente
mucho más vivo entonces que cuando real y efectivamente vivía!
Otro de sus
caracteres (cuantos lo conocieron han podido dar de esto un testimonio
constante) fue la elevación de su mente, su perenne altura
mental. Tengo entendido que, cualquiera que fuese la bondad de su
carácter, cualquiera la facilidad con que se le podían
acercar, altos o bajos, quienes desearan abordarlo, no fue, sin
embargo, un hombre alegre. No podía serlo, puesto que tenía
la obsesión de una triste idea, la idea de una misión
dura y difícil, no solo para él, sino también
para sus compatriotas. Aquel amante de la humanidad iba, en efecto,
a ser causa de que se derramara sangre. Su misión no se podía
realizar si no a costa de sangre y de lágrimas; y un hombre
que tenía en el corazón tan abundante piedad para
todos los hombres, condenado a realizar obra semejante, no podía
ser jovial, no podía abundar en él la alegría.
Por consiguiente no era dado a tomar en broma familiar las cosas
que a veces, a los demás, a los que vivimos reducidos a un
nivel normal humano, nos proporcionan esa frívola, pero grata
impresión que hace reír. No tenía, no podía
tener lo que un amigo mío suele llamar «el sentido
cómico de los acontecimientos». Y así a veces,
ante cosas verdaderamente cómicas, su espíritu encontraba
siempre un aspecto sobre el cual se podía discutir seriamente,
abandonando la broma, como algo incompatible con su temperamento,
y contemplando tan solo el lado serio y elevado a que la cosa misma
pudiera prestarse.
Mi compañero
de trabajo y mi íntimo amigo Pablo Desvernine, me ha referido
lo siguiente, que presenciara él una tarde, en el bufete
del señor Viondi, en donde se encontraba Martí. En
aquella época el Liceo de la Habana se hallaba establecido
en la Calzada de la Reina. Era antes de la revolución, durante
un breve paso de Martí por Cuba; no solo antes de que el
movimiento revolucionario estallara, sino también antes de
aquella, para muchos aun no claramente conocida, aparición
de Antonio Maceo en La Habana. Y resultó ser que llegó
al bufete del señor Viondi un empleado suyo, un hombre sencillo
y bueno, pero sin gran cultura, y declaró, en medio de la
mayor jovialidad, que el doctor José Antonio Cortina disertaría
aquella noche en el susodicho Liceo acerca de «un inglés»
que pretendía que el hombre descendía del mono. Martí
se indignó en medio de la risa general. Comenzó por
advertir a aquel pobre hombre estupefacto que no volviera nunca
a expresarse en ese tono de semejante inglés. «Ese
hombre de quien usted habla, le dijo, se llama Carlos Darwin, y
su frente es la ladera de una montaña»; y continuó
disertando en este tono por diez minutos, hasta que sus amigos le
interrumpieron para hacerle comprender lo perdido e inútil
de aquella disertación.
En ese estado
de excitación mental y con su espíritu en ese plano
intelectual y moral, se encontraba constantemente. Como hombre que
se halla obsedido por una idea, como acabo de decir, realmente triste,
la de lanzar a sus hermanos a la guerra, le era imposible la risa
ruidosa y la franca alegría. En efecto, si es cierto que
su papel en la iniciativa y en el desarrollo de la revolución
fue individualmente tan decisivo como he podido indicar (y creo
que de ello no cabe duda); si se estima que todo lo que se hizo
posteriormente no fue más que consecuencia de su energía,
de su acción individual; cuantos murieron, murieron, entre
otras cosas, y principalmente porque él los lanzó
a la muerte, porque a ella los mandó; y aun así, cuantas
viudas, cuantos huérfanos lloraron, derramaron lágrimas
por él; cuantos aquí se arruinaron, y cuantas propiedades
se destruyeron, y cuantos escombros se amontonaron sobre nuestros
campos, y cuanto humo tiñó la pureza de nuestro cielo,
fueron ruina, y destrucción, y escombros, y humo que a él
pueden referirse como a su causa. Todo eso fue realmente obra suya.
Y hubiera podido pasarse un balance de pro y de contra, de cargo
y de data, de debe y de haber, para saber cuál era su saldo,
si no hubiera él comprendido la triste tarea que se impusiera
y decretado que ella reclamaba su propio sacrificio. Y en efecto,
tanto como el que más, mucho más que otros revolucionarios
de su índole, no tan solo entendió que debía
lanzar a su pueblo a una lucha desesperada, sino que comenzó
por lanzarse con él; y aun creo que pensó que, inmolándose
en holocausto voluntario, debía morir a las puertas mismas
de la revolución.
¿Quién
podrá, por consiguiente, tomarle cuenta de la sangre que
se derramó, de las lágrimas que se vertieron, de todo
lo que pudo suponer aquella lucha postrera de la actual generación
cubana, cuando él fue la primera víctima, prestándose
a su propia inmolación? De ese modo, redimió todo
lo que pudiera pensarse que hubo de sombrío en su obra, aceptando
para él, espontáneamente, la parte más sombría.
Ya antes había hecho un sacrificio prolongado, que no había
sido cruento, pero que había sido tan duro, por lo menos,
como aquel que hiciera en el momento de morir. Como dije antes,
todos los halagos de la existencia fueron cosas por él renunciadas.
La estabilidad de la residencia en un punto determinado; los lazos
establecidos, cada día más firmes, y que hubieran
sido sin duda lazos de fervoroso afecto respecto de un hombre que
tan fácilmente cautivaba el corazón de los otros;
la posibilidad de una posición económica relativamente
holgada, que para ello tenía aptitudes, condiciones, simpatía,
relaciones e inteligencia bastantes, aunque tal vez no el carácter
que se necesita para estas apacibles empresas, un tanto vulgares;
todo esto lo renunció, momento tras momento, un día
tras otro de su vida. No tuvo ni siquiera, por mucho tiempo, los
placeres del propio hogar. Errante siempre, de acá para allá;
en la propia España, en Cuba solo de paso, en los Estados
Unidos, en las tierras todas de la América latina; lo principal
de su existencia fue preparar y hacer estallar la revolución
cubana. Todo lo demás que hizo fue perfectamente secundario
en su vida. Esta fue, pues, una vida de constantes sacrificios.
Por eso, con toda razón, en una conferencia que pronunciara
en 1894, sobre él, en New York, en la Sociedad Literaria
Hispanoamericana, de la cual Martí fue Presidente y fundador,
terminaba el señor Enrique José Varona declarando
que su carrera podía sintetizarse «en la palabra gloriosa
que pone un nimbo resplandeciente en torno de unos cuantos grandes
nombres, en la que inmortaliza a los Prometeos, clavados en su roca,
y a los Cristos, clavados en su cruz, la palabra Sacrificio».
En ello, señores,
no hizo Martí más que seguir aquella vieja tradición
de sus mayores; de nuestros mayores, sería mejor decir; ya
que la firme decisión del sacrificio había de ser
la única arma de bastante temple para proporcionar a los
cubanos la victoria, remota y casi inasequible. Cuando se recuerdan
los días preliminares del conflicto, se comprende que todo
el que pensara, ya exaltado por la pasión patriótica
o sin esa exaltación y contemplando el espectáculo
desde fuera, en que Cuba iba a luchar contra España, en que
una revolución no bien organizada iba a lanzar el guante
a un Estado organizado y con recursos, no podría nunca concebir
que los revolucionarios aspiraran a un éxito militar decisivo
y rápido. Aquella guerra, para resultar, tenía que
prolongarse. Se tenía el ejemplo de los diez años
de martirio anterior, y aquellos diez años de combate habían
producido el efecto de que la riqueza se escapara al pueblo cubano
y pasara a otras manos, de que no quedara más que un residuo
de su anterior preponderancia económica. Empeñar una
nueva lucha era consumar la ruina completa, porque aquella debilidad
frente a aquella fuerza (fuerza y debilidad son siempre relativas)
no podía aspirar a ninguna probabilidad de triunfo, sino
mediante una perseverancia constante en el sacrificio.
Algunas veces,
en medio del combate, la posición respectiva de los adversarios
se exageraba por unos y por otros; y de aquí que la revolución
tropezara con algunos inconvenientes propios de la exageración
natural de sus cronistas. Recuerdo, por ejemplo, que el general
Máximo Gómez penetró un día en la ciudad
de Santa Clara, y estuvo durante algunas horas en la ciudad, y se
surtió y surtió a sus tropas de calzado y víveres,
y ocupó ropas y municiones, y armamentos, y caballos, y medicinas;
y al fin tuvo que marcharse, porque no podía sostenerse a
pie firme, en tal lugar, contra las tropas españolas. Dado
lo que era la guerra de los cubanos contra España, aquella
era, para tal guerra, una brillante operación militar; pero
si realmente se le anunciaba al mundo, como se le anunció,
que el Ejército cubano se había apoderado de Santa
Clara, de la capital de la provincia central de la isla y que allí
se había hecho fuerte contra las tropas españolas,
la noticia tenía el inconveniente de su exagerada importancia;
y cuando se supo después lo que había pasado realmente,
la cosa pareció pequeña, precisamente en virtud de
su exageración; y el resultado fue que los periódicos
franceses, más tarde, cuando recibían algunas noticias
por nuestro conducto ponían delante de ellas, con letra bastardilla,
«Source Cubaine», para dar a entender que todo
aquello era sospechoso de exageración, si no de mentira.
Por eso, y antes
de hoy lo he dicho, nuestra grandeza verdadera ha estado en el tesón
del sacrificio. De todos aquellos que han abrigado ese empeño
del sacrificio para conseguir la realización de un ideal,
ninguno lo ha hecho con más firmeza y más altura y
más decisión que Martí; muchos han sido inferiores,
ciertamente, a él en este terreno. Por eso creo que el señor
Varona tenía razón cuando afirmaba que aquella palabra
era la síntesis más cabal de toda su existencia: en
el tiempo de su vida, haciéndola penosa, mirándolo
todo como secundario, salvo aquel propósito fundamental y
esencial de todos sus días, uno tras otros; y después,
al iniciarse la lucha, lanzándose frente al enemigo, buscando
la muerte y encontrándola al fin; ¡él no fue
más que un sacrificado consciente y espontáneo, desde
el primer momento hasta el último!
Nosotros somos
los herederos de esa obra suya, como de otras obras que se han unido
a la de él en una tarea común; y una herencia como
esta, no es lícito aceptarla a beneficio de inventario: sus
herederos deben aceptarla sin ninguna especie de restricción,
con las ventajas y con los inconvenientes, con los bienes y con
las cargas. Por eso yo, que he pasado muchas veces como un pesimista,
solo porque he visto acaso de un modo más claro, y he tenido
un tanto más de atrevimiento para decirlo en alta voz, lo
que había entre nosotros de inconveniente y de malo, me he
dado a mí mismo una, si se quiere, inmodesta satisfacción,
declarándome, cuando otros me llamaban pesimista, un optimista
fundamental. Hasta tal punto, que un amigo que me conoce me reprochaba
una vez diciéndome que la lectura de los sucesos pasados
iba a producir en mi espíritu una peculiar atonía,
porque cualesquiera que fueran nuestros males, hojeando un libro
de Historia, de cualquier pueblo, de cualquier época, encontraba
en sus páginas el relato de una situación infinitamente
peor. Y es verdad, señores Representantes. Recuerdo que leyendo
una vez en la colección de monografías históricas
publicada bajo la dirección del profesor Oncken, de Berlín,
una Historia del Islamismo en Oriente y Occidente, encontré
un pasaje en que el autor habla de los Emiratos independientes que
surgieron de la primera invasión mogola, en el Asia Menor
y en Armenia. Hubo una serie sucesiva de años en que toda
aquella historia tuvo una trágica monotonía desesperante:
degüellos de poblaciones enteras, incendios y saqueos de ciudades,
exterminio de sus habitantes sin perdón ni aun para niños
ni ancianos, lucha incesante de los pueblos entre sí y contra
los invasores comunes; tales son las simétricas y feroces
alternativas de aquella historia. Esta no tiene más sucesos
que referir que esos que he indicado; y el autor del libro declaraba
que para no repetir hasta la náusea hechos exactamente iguales
y horrorosos, iba a limitarse a decir que aquello duró hasta
el año tantos y a dar la lista de los soberanos que reinaron
en todo ese tiempo. Y yo, al leerlo, pensaba: «¡Todavía
los turcos encuentran armenios que degollar!»; y recordaba
con cuánta razón, aunque el consuelo aparezca, viniendo
del diablo, Mefistófeles adoctrinaba a Fausto diciéndole:
«En vano un día tras otro amontono torbellinos, huracanes,
incendios, volcanes y lluvias; extirpo al hombre, creo extirparlo,
de la superficie de la Tierra; ¡pero no lo logro en definitiva,
porque aquella maldecida simiente de Adán, jamás perece
y siempre germinal, siempre brota, en ancho río, una sangre
vigorosa y nueva!».
Ese debe ser,
ciertamente, nuestro consuelo. Ahora, para experimentar en toda
su intensidad este consuelo, es preciso hacer un esfuerzo por llegar
a una determinada altura moral y mental; porque es preciso darnos
cuenta de que ese renacimiento y ese bienestar que mañana
nos esperan, tal vez no los gozaremos nosotros; los gozarán
tan solo los que vengan detrás de nuestra generación.
¿Qué importa? Nosotros somos en Cuba la generación
que consiguió realizar la libertad. ¿No es esto bastante
premio para nuestro esfuerzo? ¡Si no nos ha sido posible,
si no nos ha de ser posible llegar también a conseguir la
felicidad, pensemos que esta será sin duda el premio de una
generación posterior: el nuestro lo tenemos ya, lo hemos
conseguido!
¿No somos
felices en el presente? Hagamos todo lo que hacerse quepa para serlo
en el futuro; y si llegamos a perder la esperanza de serlo nosotros
mismos, hagamos todo lo posible porque lo sean nuestros hijos. ¿Qué
mejor recompensa para el esfuerzo de nuestros mayores, para el esfuerzo
definitivo que nosotros hicimos? Vivamos, por consiguiente, persuadidos
de esa idea, vivamos perfectamente compenetrados de que la generación
que nos precediera fue mucho más desgraciada, mucho más
sacrificada que la nuestra. Luchó más tiempo que nosotros.
Los que la componían se arruinaron por completo, siendo ricos;
sufrieron lo indecible, habiendo nacido felices; y en medio del
vigor de la humana fortaleza, a la mitad del camino de la vida,
tristemente se desangraron y murieron; ¡y no tuvieron la compensación
que nosotros hemos tenido, la de ver tremolando sobre el suelo de
su patria la bandera de sus ilusiones y de sus ensueños!
Si nosotros
lo conseguimos, si al fin pudimos lograrlo y convertirlo en una
realidad, ¿por qué pedir más? Siempre me he
dicho esto a mí mismo, y realmente no he pedido mucho más.
Creo, sí, que cuanto haga el hombre por señalar a
sus compatriotas las deficiencias del presente en que vive, es bueno
y es saludable; pero debe hacerlo serenamente y sin ira, cumpliendo
con su deber de heredero de herencia semejante con tesón
y energía, pero sin desesperarse nunca; comprendiendo que
el mal es humano y que de él no se podrá jamás
desligar la humanidad. Porque hay que tener en cuenta que el hombre,
considerado como colectividad, progresa solo muy lentamente y adelanta
de una manera análoga a aquella empleada para cumplir su
voto por un conde francés que, en la Edad Media, hizo el
juramento de marchar a Tierra Santa caminando cuatro pasos hacia
adelante y tres hacia atrás; de manera que andando siete
pasos tan solo adelantaba uno. No marcha más rápidamente
la humanidad. Al contrario, aun me parece que marcha con mayor lentitud;
pero adelanta al fin, y eso es lo único que podemos pedir
al Destino. Así el mañana será ciertamente
mejor que el presente; y nosotros habremos sido dignos herederos
de nuestros causantes si vivimos considerando el estado actual de
cosas no como algo definitivo, que debe satisfacernos, sino como
algo transitorio que tenemos necesidad de mejorar. Si estimamos
que las condiciones políticas del presente no son buenas,
comprendamos que todo lo que en ellas nos parezca malo ha de ser
cosa modificable y mejorable; y cada cual desde su punto de vista,
harmonizando cuanto quepa su interés personal con el interés
colectivo, haga todo lo que pueda para conseguir ese mejoramiento.
En suma, si
pasajeros del momento presente, tenemos por lo menos la aspiración
ideal de considerarnos ciudadanos definitivos de una ciudad más
perfecta, que está aun por fundar, y trabajamos para fundarla,
¿qué nos impedirá ser más felices, como
premio de tal esfuerzo en el futuro? Y así pudiera terminar
estas reflexiones con que he entretenido la atención vuestra,
repitiendo, aunque para alterarle un tanto su sentido, una frase
que se contiene en la epístola de San Pablo a los hebreos:
«No tenemos aquí por cierto una residencia duradera,
permanente; es una residencia futura, una ciudad futura, la que
debemos buscar». «Non habemus hic manentem civitatem
2, sed futuram inquirimus!».
El
Fígaro, noviembre 30 de 1910
Martí
Ante su
mármol
Para Manuel
Sanguily, grande de corazón y pensamiento.
Alma, escuda con la malla milagrosa de la rima
el dolor y el desaliento que florecen en tu sima
cuando evoca la tristeza la visión de la contienda,
y fecundo rompa el brote vigoroso del ensueño
con la gloria fulgurante del audaz y heroico empeño
5
y el fugaz deslumbramiento de la trágica leyenda.
Sí en la niebla del recuerdo melancólica perdura
desolada la memoria que en un vuelo de amargura
reconstruye la sangrienta florescencia de tu duelo,
no perturbe de tu llanto la corriente inagotable
10
la salmodia del tributo que se eleva inmensurable
de la patria, en la piadosa gracia cándida de un vuelo.
Si inextinto el sedimento doloroso de la brega
engañosos espejismos simulando dulce entrega
fingen, alma, a tu miseria formular consolaciones,
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rinde el plácido reclamo de sagrada tregua, el triste
cavilar en la tragedia de tus lágrimas, y asiste
con tu lauro al homenaje de exaltar consagraciones.
¡Cuán
radiante en la lejana perspectiva del pasado,
como lampo que emergiera de las ondas de un nublado
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se destaca luminosa de la pálida penumbra,
la apostólica figura del vidente mensajero
del amor y la justicia, con su rostro de lucero
y el hechizo de su genio que encadena y que deslumbra!
De la gloria a los destellos la romántica silueta
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del creyente que adunaba sus lirismos de poeta
con la viva llamarada de sus trágicos lirismos,
resplandece como un astro que las almas ilumina
con el fuego milagroso de su bíblica doctrina,
como un rayo de la aurora diafaniza los abismos.
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Soñador de rara estirpe de sublimes soñadores
que persiguen la anhelada redención de los dolores,
heredad fosca y estéril de los seres infelices,
fue su vida inmaculada de fecundas enseñanzas,
en los tristes vencimientos alentar las esperanzas
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y en las bregas afanosas restañar las cicatrices.
Prisionero que en la sombra perdió el alba de la vida,
desterrado que en la playa de región desconocida
inició su apostolado domeñando adversidades,
al templar el alma al soplo de rebeldes embriagueces
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prendió el sol que disipara las profundas lobregueces
que opusieran a su empeño las humanas tempestades.
Las estancias cadenciosas de sus trémulos poemas
guardan bálsamos y mieles, no los fieros anatemas
forjan lanzas aceradas en la urdimbre de su estrofa,
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y en la gama de su verso melancólico y flexible
hay, si hiere, un dulce ruego de perdón indefinible,
y un espíritu doliente y amoroso si apostrofa.
Incansable peregrino de un errante y largo viaje,
fue llevando por las rutas de su audaz peregrinaje
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en la alforja de sus sueños su dolor de clima en clima,
su dolor que fue acicate, voz nostálgica de aliento,
al lanzar, transfigurado, su profético lamento
en la breña de la pampa y en la nieve de la cima.
Con su influjo persuasivo de amoroso misionero,
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anunció la buena nueva prodigando en el sendero
de su gracia luminosa floraciones tempraneras,
y simula en la grandeza de su inmenso simbolismo
un radiante Nazareno de exaltado iluminismo
de un Jordán próvido y nuevo predicando en las riberas.
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De su voz al suave encanto de sutiles inflexiones
la piedad acariciaba los heridos corazones
como un trémolo de liras, como un trémolo de auroras,
y el fulgor ultraterrestre que irradió en clarividencias,
fulguró como la estrella que orientaba las conciencias
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a las márgenes lustrales de las iras redentoras.
Paladín de una cruzada de gloriosos caballeros
que oficiaron por la patria con la cruz de sus aceros,
ofreciose en holocausto como símbolo y proclama,
y cayó como una torre que alevoso el rayo asedia,
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reflejando en la pupila la visión de la tragedia
y prendiendo un meteoro del zodiaco de la fama.
Oración
pronunciada el día 23 de febrero de 1911, en el Ateneo de
La Habana
Señoras
y señores: o mis buenos amigos y buenos compañeros,
Jesús Castellanos y Max Henríquez Ureña, entusiastas
organizadores de estas hermosas lides del pensamiento, me hicieron
el honor de invitarme para que consumiera un turno en ellas, consulté
la mente, y no hallé tema que me subyugara: consulté
luego el corazón, y hallé, José Martí.
Con este amado nombre por bandera y por escudo, escalo esta tribuna.
Pero yo no vengo aquí como juez a juzgar su personalidad,
ni como crítico a analizar su obra letra luego difundir por
los aires el juicio que lo rebaje o enaltezca. No es ese mi propósito:
quede tarea tan difícil como ingrata, para quien tenga más
ambición que la mía y menos temor de su saber y su
persona. Yo vengo aquí, sin más autoridad que la del
limpio corazón enamorado de lo sublime, a rememorar, siquiera
sea brevemente, la vida meritísima y gloriosa, la vida llena
de infinitas ternuras y cruentos martirios de ese enorme soñador
melancólico, caballero de todas las justicias, que sufrió
por la patria al través de los años de su existencia,
cuanto hombre puede sufrir, y cayó desplomado de su corcel
de guerra, para no levantarse jamás, como un Aquiles de poema,
en la trágica hermosura del combate, peleando como simple
soldado por la libertad, en un luminoso mediodía de mayo....
Yo vengo aquí a recordar sus doctrinas, su bello y magnífico
ideal: la República con todos y para el bien de todos, la
República de «ojos abiertos» y sin secretos,
la República equitativa y trabajadora, ancha y generosa,
altar de sus hijos y no pedestal de ellos, la República cuya
primera Ley fuera el amor y el respeto mutuo de todos los derechos
del hombre, la República culta, con los libros de aprender
al lado de la mesa de ganar el pan, la República con su templo
orlado de héroes, la República sin camarillas, sin
misterios y sin calumnias, ¡la República! y no la mayordomía
espantada o la hacienda lúgubre de |