QUERIDOS
SACERDOTES, DIACONOS,
RELIGIOSOS, RELIGIOSAS,
LAICOS CATOLICOS Y CUBANOS TODOS:
Comenzamos
nuestro mensaje invocando a la Patrona de Cuba. No por casualidad
lo dirigimos a ustedes en el día en que todo el pueblo
cubano se alegra, lleno de amor y de esperanza, celebrando la
fiesta de la que con tanto afecto filial llamamos Virgen del Cobre,
Madre de los cubanos, Virgen de la Caridad.
En
esta fecha hacemos llegar este mensaje a todos nuestros hermanos
cubanos, pues a lo largo de casi cuatro siglos los cubanos nos
hemos encontrado siempre juntos, sin distinción de razas,
clases u opiniones, en un mismo camino: el camino que lleva a
El Cobre, donde la amada Virgencita, siempre la misma aunque nosotros
hayamos dejado de ser los mismos, nos espera para acoger, bendecir
y unir a todos los hijos de Cuba bajo su manto de madre. A sus
pies llegamos sabiendo que nadie sale de su lado igual a como
llegó. Allí se olvidan los agravios, se derrumban
las divisiones artificiales que levantamos con nuestras propias
manos, se perdonan las culpas, se estrechan los corazones.
JESUCRISTO
Y LA VIRGEN MARIA EN LA CULTURA DEL PUEBLO
Al
empezar queremos recordar aquellas palabras que San José
escuchó del ángel: "No temas recibir a María
en tu casa" (Mt. 1,20), y también aquellas otras palabras
claves que pronunció la misma María refiriéndose
a su Hijo: "Hagan lo que El les diga" (Jn. 2,5). Si
sabemos acoger a María, ella nos llevará hasta Jesús.
A
los obispos cubanos nos parece providencial que los dos signos
religiosos más populares de nuestro pueblo sean la devoción
a la Virgen de la Caridad y la devoción al Sagrado Corazón
de Jesús, es decir, Jesucristo definido para los cubanos
por su corazón, símbolo del amor, y María
definida por su título de la Virgen de la Caridad que es
lo mismo que decir Virgen del Amor. En efecto, ¿quién
no recuerda en Cuba aquel tradicional y popular cuadro del Sagrado
Corazón de Jesús o aquella estampa de la Virgen
de la Caridad presidiendo en la sala la vida de la familia cubana?.
Esto es un signo de nuestra cultura, una cultura marcada por el
corazón hecho para el amor, la amistad, la caridad, que
ha generado un cubano proverbialmente conocido en todo el mundo
por su carácter amistoso, afable, poco rencoroso o vengativo,
que antes se saludaba muy sinceramente con la nota simpática
de este evocativo: ¡mi familia!. La familia: el lugar de
la fiesta, de la confianza, de la reconciliación, del amor,
donde todo el mundo se siente bien, se desarma y baja sin miedo
la guardia, porque el hogar es el puerto seguro donde se calman
todas las tempestades. Así, como una gran familia, ha sido
siempre nuestro pueblo.
Al
amor de Jesús y al amor de María debe la gran familia
cubana muchas cosas bellas y buenas. Pensar en el Corazón
de Jesús, creer en El, es rendir culto al amor. Confiar,
esperar en la Virgen de la Caridad es confiar y esperar en el
amor.
Por
tanto, con San Pablo "pedimos de rodillas ante el Padre,
de quien toda la familia toma su nombre... que nos conceda según
la riqueza de su gloria, ser poderosamente fortalecidos en nuestro
interior por la fuerza del Espíritu Santo para que Cristo
habite mediante la fe en nuestro corazón, a fin de que
el amor sea la raíz y el fundamento de la vida y seamos
capaces de comprender, con todo el pueblo de Dios, cuál
es la anchura y la largura, cuál es la altura y la profundidad
del amor de Cristo que sobrepasa todo el conocimiento humano"
(Ef. 3, 14-20).
"AMARAS
A DIOS CON TODO TU CORAZON" (Mt. 22,37)
Amar
es la única manera que tiene Dios de ser. Y ese gran amor
que Dios nos tiene a todos reclama, como respuesta, nuestro amor
a El. El amor a Dios en el cristiano se entiende así como
la respuesta de un corazón agradecido que no cesa de alabar
a Dios con una gratitud sin límites. "Amamos a Dios
porque El nos amó primero" (I Jn. 4, 19), porque "solo
El es bueno" (Lc. 18,19), y este amor a Dios debe fundar
las exigencias del amor en muchas direcciones, desde el amor al
amigo, que es el amor más fácil, hasta el amor al
enemigo, que es el amor más difícil.
"Amense
unos a otros" (Jn. 13,34). Dios nos manda amar y este es
un mandamiento muy exigente porque, casi siempre, lo contrario
nos resulta más accesible. Sin embargo, sólo en
el amor podemos encontrar a Dios y encontrarnos, a la vez, a nosotros
mismos y a los demás hombres.
"AMARAS
A TU PROJIMO COMO A TI MISMO" (Mt. 22,39)
La
razón de la relación estrecha que aparece en todo
el Evangelio entre el amor a Dios y el amor al prójimo,
está plasmada en dos mandamientos distintos, que Jesús
declara iguales: "Amarás al Señor tu Dios con
todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente,
este es el mandamiento más importante y el primero de todos;
pero hay un segundo mandamiento igual que éste: amarás
a tu prójimo como a ti mismo. En estos dos mandamientos
se resume toda la ley y los profetas" (Mt. 22, 37-40). "Este
mandamiento de El tenemos: que quien ama a Dios ame también
a su prójimo" (I Jn. 4,21). "Si alguno dice que
ama a Dios pero odia a su prójimo es mentiroso" (I
Jn. 4,20). Es decir, el amor a Dios se sacrifica en nosotros por
el amor al prójimo. Este amor cristiano no se reduce sólo
a actos, sino que implica una actitud fundamental ante la vida.
Es muy significativo que el querer de Dios en el primer día
de la creación haya sido éste: "No es bueno
que el hombre esté solo" (Gen. 2, 18), y que la pregunta
de Dios al hombre recién creado haya sido ésta:
¿Dónde está tu hermano?" (Gen. 4,9),
con lo cual el Señor funda la sociedad doméstica
y toda la sociedad humana sobre una relación de amor y
establece que dicha relación es anterior a toda otra, sea
económica, política o ideológica. Por eso
San Pablo nos dice que si trasladamos montañas, si lo sabemos
todo, si lo damos todo a los pobres, pero no tenemos amor, de
nada nos sirve" (1 Cor. 13).
La
columna, pues, que sostiene firme el desarrollo de la familia
y de la sociedad es el amor. Una sociedad más justa, más
humana, más próspera, no se construye solamente
trasladando montañas o repartiendo equitativamente los
bienes materiales porque entonces aquellas personas que reciben
una misma cuota de alimentos serían las más fraternas
y la experiencia nos confirma, lamentablemente, que a veces no
es así. Los problemas del hambre, la guerra, el desempleo,
son grandes en el mundo, pero la falta de amor fraterno, y más
aún el egoismo y el odio, son más graves y, en el
fondo, la causa de los demás problemas. Porque el hombre
necesita del pan para vivir, pero "no sólo de pan
vive el hombre" (Lc. 4,4).
Cuando
pensamos en el amor nos viene casi siempre a la mente el amor
de una persona a otra, pero la palabra que usa mucho la Sagrada
Escritura para expresar el amor es "ágape", que
significa fraternidad, comunión, solidaridad con una multitud
de hermanos. La fraternidad entendida sólo dentro de un
grupo selecto es una forma extraña de egoismo, es la manera
de unirnos más para separarnos mejor. Por lo tanto, nosotros
cristianos, no podemos aceptar las situaciones de enemistad como
algo definitivo, porque toda enemistad puede evolucionar hacia
una situación de amistad si dejamos que triunfe el amor.
LA
JUSTICIA Y LA CARIDAD
En
la historia de los pueblos no han faltado voces que han lanzado
el grito de: ¡Caridad, no; justicia!". Pero Jesús
dijo: "si la justicia de ustedes no es mayor que la de los
escribas y fariseos, no entrarán en el reino de los cielos"
(Mt. 5,20), y nos advirtió que si no tenemos misericordia
nos espera un juicio sin misericordia (Mt. 5,7). San Pablo nos
recuerda que "si reparto todo lo que tengo a los pobres,
pero no tengo amor, soy sólo una campana que repica"
(I Cor. 13,1).
La
lucha por la justicia no es una lucha ante la cuál uno
pueda quedarse neutral, porque esto equivaldría a ponerse
a favor de la injusticia y Jesús, refiriéndose al
hombre que quiere cumplir la voluntad de Dios, declaró
bienaventurados a los que "tienen hambre y sed de justicia"
(Mt. 5,8), y a "los que son perseguidos por procurar justicia"
(Mt. 5,10). Pero donde termina la justicia empieza la caridad
o, mejor aún, la caridad precede e integra la justicia,
porque la justicia queda incompleta sin el amor. A nadie le gusta
sentirse tratado sólo con justicia y, ante una justicia
sin amor, que puede ser la del "ojo por ojo y diente por
diente" (Mt. 5,38), es posible que el hombre experimente
aún una mayor opresión. La justicia corta en seco,
el amor crea; la justicia ve con los ojos, el amor sabe ver también
con el corazón; la justicia puede estar vacía de
amor, pero el amor no puede estar vacío de justicia, porque
un fruto del amor es la paz y "la justicia y la paz se besan"
(Sal. 86,11).
EL
AMOR VENCE AL ODIO
Cualquier
llamado al amor debe encontrar siempre resonancia en todo corazón
humano, pero más aún en el corazón del cubano
colocado bajo la mirada amorosa del Corazón de Jesús
y de la Virgen de la Caridad, Virgen del Amor.
Cuando
voces autorizadas de la Nación han dicho que la revolución
es magnánima nos alegra que esta idea esté en el
horizonte de los que dirigen el país, pues así es
posible infundir la esperanza de que se haga más cálido
el pensamiento y el vocabulario que orientan la vida de nuestro
pueblo. Porque el odio no es una fuerza constructiva. Cuando el
amor y el odio luchan el que pierde siempre es el odio. "Cuando
yo me desespero, - dijo Gandhi - recuerdo que, en la historia,
la verdad y el amor siempre han terminado por triunfar".
A través del tiempo, el único amor que ha perdido
siempre, a la corta o a la larga, es el amor propio.
Todos
quisiéramos, y esta es nuestra constante oración,
que en Cuba reinara el amor entre sus hijos, un amor que cicatrice
tantas heridas abiertas por el odio un amor que estreche a todos
los cubanos en un mismo abrazo fraterno, un amor que haga llegar
para todos la hora del perdón, de la amnistía, de
la misericordia. Un amor, en fin, que convierta la felicidad de
los demás en la felicidad propia.
Del
trasfondo bíblico que late en el pensamiento de Martí
nacen estas frases suyas: "la única ley de la autoridad
es el amor", "triste Patria sería la que tuviera
el odio por sostén", "el amor es la mejor ley".
LA
MISION DE LA IGLESIA
Ya
hemos dicho que los dos signos religiosos populares de Cuba: el
Sagrado Corazón de Jesús y la Virgen de la Caridad
inspiraron este mensaje de amigos a amigos, de hermanos a hermanos,
de cubanos a cubanos. Nosotros, pastores de la Iglesia, no somos
políticos, sabemos bien que esto nos limita, pero también
nos da la posibilidad de hablar a partir del tesoro que el Señor
nos ha confiado: la Palabra de Dios explicitada por el Magisterio
y la experiencia milenaria de la Iglesia. Nos permite también
hablar sobre lo único que nos corresponde: el aporte de
la Iglesia al bien de todos en el plano espiritual y humano. Y
hablar en el lenguaje que nos es propio: el del amor cristiano.
La Iglesia no puede tener un programa político, porque
su esfera es otra, pero la Iglesia puede y debe dar su juicio
moral sobre todo aquello que sea humano o inhumano, en el respeto
siempre de las autonomías propias de cada esfera. El Concilio
Vaticano II, en su Constitución Pastoral "Gozo y Esperanza",
n.76 y en el Decreto sobre el Apostolado de los Laicos, n. 7,
nos ofrece una doctrina muy segura sobre este tema. No nos identificamos,
pues, con ningún partido, agrupación política
o ideología, porque la fe no es una ideología, aunque
éstas no le son indiferentes a la Iglesia en cuanto a su
contenido ético. Nuestros puntos de vista no están
referidos a ningún modelo político, pero nos interesa
saber el grado de humanidad que ellos contienen. Hablamos, pues,
sin compromisos y sin presión de nadie.
Por
otra parte los obispos no somos técnicos ni especialistas.
Tampoco somos jueces ni fiscales. Por imperativo de la caridad
no tenemos derecho a juzgar a las personas; entre otras cosas,
porque caeríamos en el mismo error que condenamos, que
es el de mirar más las ideas que las personas. Esto es
algo que repugna al Evangelio.
A
QUIENES DIRIGIMOS ESTE MENSAJE
Hablamos
a todos, también a los políticos, o sea, a los que
están constituidos en el dificil servicio de la autoridad
y a los que no lo están pero, dentro o fuera del país,
aspiran a una participación efectiva en la vida política
nacional. Hablamos como cubanos a todos los cubanos, porque entendemos
que las dificultades de Cuba debemos resolverlas juntos todos
los cubanos.
NUESTRAS
RELACIONES CON OTROS PAISES
En
la historia de este siglo y fines del pasado hemos tenido la triste
experiencia de las intervenciones extranjeras en nuestros asuntos
nacionales. En nuestra historia más reciente nos ha sucedido
lo mismo. Frente a algunas realidades negativas que nos legaron
anteriores gobiernos, acudimos a buscar la solución de
esos problemas donde no se originaban los mismos y con quienes
desconocían nuestra realidad por encontrarse lejos de nuestra
área geográfica y ajenos a nuestra tradición
cultural. Se hicieron alianzas políticas y militares, se
produjeron cambios de socios comerciales, etc.
No
es de extrañar ahora que algunos de nuestros obstáculos
presentes provengan de esta estrecha dependencia que nos llevó
a copiar estructuras y modelos de comportamiento. De ahí
la repercusión que ha tenido, entre nosotros el desplome
en Europa del Este del socialismo real.
Al
mismo tiempo, nosotros, atrapados en medio de la política
de bloques que prevaleció en los últimos decenios,
hemos padecido: el embargo norteamericano, restricciones comerciales,
aislamiento, amenazas, etc.
Sabemos
que vivimos en un mundo interdependiente y que ningún país
se basta a sí mismo. Aspiramos, con todos los países
del área, a una integración latinoamericana, tal
y como lo expresaron los obispos del Continente en la IV Conferencia
General del Episcopado Latinoamericano reunida en Santo Domingo,
porque los países pobres deben asociarse para superar su
dependencia negativa respecto a los países ricos.
Pero
no es únicamente del extranjero de donde debemos esperar
la solución a nuestros problemas: solidaridad extranjera,
inversiones extranjeras, turismo extranjero, dinero de los que
viven en el extranjero, etc.
En
nuestra historia reciente hay, pues, dos elementos significativos:
la ayuda de algunos extranjeros y las interferencias de otros
extranjeros. Y, en medio, el pueblo cubano que lucha, trabaja,
sufre por un mañana que se aleja cada vez más. Ante
esta situación muchos parecen querer paliar sus sufrimientos
yéndose al extranjero cuando pueden, y si no pueden irse,
entonces idealizan fanaticamente todo lo extranjero o se evaden
simplemente de la realidad en una especie de exilio interno. Hoy
se admite que los cubanos que pueden ayudar economicamente son
precisamente aquellos a quienes hicimos extranjeros. ¿No
sería mejor reconocer que ellos tienen también el
legítimo derecho y deber de aportar soluciones por ser
cubanos?, ¿Cómo podremos dirigirnos a ellos para
pedir su ayuda si no creamos primero un clima de reconciliación
entre todos los hijos de un mismo pueblo?
TODO
PUEDE RESOLVERSE ENTRE CUBANOS
Somos
los cubanos los que tenemos que resolver los problemas entre nosotros,
dentro de Cuba. Somos nosotros los que tenemos que preguntarnos
seriamente ¿por qué hay tantos cubanos que quieren
irse y se van de su Patria?, ¿por qué profesionales,
obreros, artistas, sacerdotes, deportistas, militares, militantes
o gente anónima y sencilla aprovechan cualquier salida
temporal, personal u oficial, para quedarse en el extranjero?.
¿por qué el cubano se va de su tierra siendo tradicionalmente
tan "casero" que, durante la época colonial,
no había para él castigo más penoso que la
deportación, "el indefinible disgusto" como le
llama Martí, quien dice también que "un hombre
fuera de su Patria es como un arbol en el mar", y que "algo
hay de buque náufrago en toda casa extranjera"?
¿Por
qué, en fin, no intentar resolver nuestros problemas, junto
con todos los cubanos, desde nuestra perspectiva nacional, sin
que nadie pretenda erigirse en único defensor de nuestros
intereses o en árbitro para nuestros problemas, con soluciones
en las que, a veces, tal parece que los únicos que pierden
son los nacionales? LA SITUACION DE NUESTRO PAIS "Si tu hermano
está en necesidad y le cierras el corazón, el amor
de Dios no está en ti" (I JN. 3,17). Nadie puede cerrar
su corazón a la situación actual de nuestra Patria;
tampoco los ojos para reconocer con pena que Cuba está
en necesidad. Las cosas no van bien, este tema está en
la calle, en medio del mismo pueblo. Hay descontento, incertidumbre,
desesperanza en la población. Los discursos oficiales,
las comparecencias por los medios de comunicación social,
los artículos de la prensa algo comentan, pero el empeoramiento
es rápido y progresivo y la única solución
que parece ofrecerse es la de resistir, sin que pueda vislumbrarse
la duración de esa resistencia.
Treinta
y cuatro años es un lapso suficiente como para tender una
mirada no sólo coyuntural, sino histórica, sobre
un proceso que nació lleno de promesas e ideales, alcanzados
algunos pero en los que, como tantas veces pasa, la realidad no
coincide en todos los casos con la idea que nos hicimos de ella,
porque no es posible adaptarla siempre a nuestros sueños.
En
el orden económico las necesidades materiales elementales
están en un punto de extrema gravedad. El suelo bello y
fértil de nuestra Isla, la Perla de las Antillas, ha dejado
de ser la madre tierra, como cansada ahora e incapaz de alimentar
a sus hijos con sus dobles cosechas de los frutos más comunes
como la calabaza y la yuca, la malanga y el maíz, y las
frutas que hicieron celebre a nuestro suelo feraz. El pueblo se
pregunta como es posible que escaseen estas cosas y cuesten tanto.
Lo que se dice del sector agrícola se puede decir también
de otros sectores y servicios. Sabemos que, en este deterioro
económico progresivo inciden diversos factores, entre ellos:
la condición insular de nuestro país, la transformación
de las relaciones comerciales con los países antes socialistas
que estaban fundadas sobre bases ideológicas y, ahora,
lo están sobre bases estrictamente económicas, errores
cometidos en el país en la gestión administrativa
y económica y el embargo norteamericano, potenciado ahora
por la ley Torricelli.
Los
obispos de Cuba rechazamos cualquier tipo de medida que, pretendiendo
sancionar al gobierno cubano, contribuya a aumentar las dificultades
de nuestro pueblo. Esto lo hicimos, en su momento, con respecto
al embargo norteamericano y, recientemente, con la llamada ley
Torricelli; además realizamos otras gestiones históricas
personalmente con la Administración Norteamericana con
vistas a la supresión del embargo, al menos en relación
con los pasos positivos para solucionar las dificultades entre
los gobiernos de Estados Unidos y Cuba.
SOLIDARIDAD
EN LAS DIFICULTADES
La
solidaridad a favor del pueblo cubano en estos momentos de extrema
necesidad es un gesto hermoso, una expresión de apoyo al
pueblo de Cuba que agradecemos vivamente. Sin embargo, esta solidaridad
puede generar en nosotros una especie de pasividad y de tácita
aceptación de las causas que originan los problemas. Recordamos
lo que el Cardenal Etchegaray, en su última visita a Cuba,
dijo al despedirse: "Cuba no puede esperarlo todo de los
demás. Es necesario, desde ahora, buscar verdaderas soluciones
nacionales con la participación activa de todo el pueblo.
¡Ayúdate... y toda la tierra te ayudará!.
Cree en tus propios recursos humanos que son inagotables, cree
en estos valores que hacen de todo hombre tu hermano" (17
de diciembre de 1992).
CONDICIONES
PARA UNA SOLUCION
No
nos compete señalar el rumbo que debe tomar la economía
del país, pero si apelar a un balance sereno y sincero,
con la participación de todos los cubanos, sobre la economía
y su dirección. Más que medidas coyunturales de
emergencia, se hace imprescindible un proyecto económico
de contornos definidos, capaz de inspirar y movilizar las energías
de todo el pueblo. No excluimos la posibilidad de que exista dicho
proyecto, pero su desconocimiento no contribuye a generar confianza
para potenciar las energías reales de los hombres y mujeres
de nuestro país.
EL
DETERIORO DE LO MORAL
Otro
aspecto al cual debemos prestar atención es el deterioro
del clima moral en nuestra Patria. Los padres y madres, sacerdotes,
educadores, agentes del orden público y las autoridades
se sienten con frecuencia desconcertados por el incremento de
la delincuencia: robos, asaltos, la extensión de la prostitución
y la violencia por causas generalmente desproporcionadas. Estos
comportamientos son, muchas veces, la manifestación de
una agresividad reprimida que genera una inseguridad personal
en la calle y aún en el hogar. Las carencias materiales
más elementales: alimentos, medicinas, transporte, fluido
eléctrico, etc., favorecen un clima de tensión que,
en ocasiones, nos hace desconocido al cubano, naturalmente pacífico
y cordial. Hay explosiones de violencia irracional que comienzan
a producirse en los pueblos y ciudades. Hacemos un apremiante
llamado a nuestro pueblo para que no sucumba a la peligrosa tentación
de la violencia que podría generar males mayores. Los altos
índices de alcoholismo y de suicidio revelan, entre otras
cosas, la 39 presencia de factores de depresión y evasión
de la realidad. Los medios de comunicación social reconocen,
a veces, estos hechos pero no siempre tocan fondo en el análisis
de las causas y de los remedios. Ciertamente, se hace muy dificil
alcanzar un clima moral fundado sólo en lo relativo y no
en lo absoluto. Pero es necesario también que nos preguntemos
serenamente en que medida la intolerancia, la vigilancia habitual,
la represión, van acumulando una reserva de sentimientos
de agresividad en el ánimo de mucha gente dispuesta a saltar
al menor estímulo exterior. Con más medidas punitivas
no se va a lograr otra cosa que aumentar el número de transgresores,
esto lo saben muy bien los padres de familia. Es muy discutible
el valor del castigo para humanizar, sobre todo cuando este rigor
se ejerce en el ámbito de la simple expresión de
las convicciones políticas de los ciudadanos.
Queremos,
pues, dirigir también un insistente llamado a todas las
instancias del orden público para que no cedan tampoco
ellos a los falsos reclamos de la violencia. Repetimos, creemos
que es posible afrontar los problemas con serenidad y en el clima
de cordialidad que generalmente nos ha caracterizado como pueblo.
LOS
VALORES DE NUESTRA CULTURA
Han
sido grandes los esfuerzos realizados, en estos años, para
promover la cultura nacional pero, por otra parte, se están
perdiendo valores fundamentales de la cultura cubana. Una de las
pérdidas más sensibles es la de los valores familiares.
Al romperse la familia se rompe lo más sagrado. La familia
ha dejado de tener una unidad sólida para fragmentarse
dolorosamente: escuelas en el campo, jóvenes separados
del hogar, hombres y mujeres que trabajan lejos de sus casas,
tanto fuera como dentro del país, etc.
La
nupcialidad prematura es una señal de poco equilibrio social,
los divorcios aumentan en forma alarmante, poniendo punto final
a una unión que debiera ser para toda la vida. Más
de la mitad de los que se casan ya se han separado al poco tiempo
y hay muchos hijos sin padre. La mortalidad infantil reducida
es un logro de la Salud Pública cubana, pero la mortalidad
por abortos de niños que antes de nacer mueren en el mismo
lugar donde se consideraban más seguros, en el seno materno,
es asombrosa, particularmente en jóvenes de edad escolar.
No obstante estas constataciones negativas, en la familia está
el eje del presente y del futuro de Cuba. Por tanto, si queremos
una Patria feliz todos estamos comprometidos a proteger y promover
los valores familiares.
"LA
VERDAD LOS HARA LIBRES" (Jn. 8,32)
Debemos
también reflexionar sobre la veracidad. La Convocatoria
para el IV Congreso del Partido Comunista de Cuba hacía
un llamamiento muy nítido para erradicar lo que llamó
doble moral, unanimidad falsa, simulación y acallamiento
de opiniones. Ciertamente, un país donde rindan dividendos
tales actitudes no es un país sano ni completamente libre;
se convierte, poco a poco, en un país escéptico,
desconfiado, donde queriendo lograr que surja un hombre nuevo
podemos encontrarnos con un hombre falso.
Todo
hombre tiene derecho, en lo que concierne a la vida pública,
a que la verdad le sea presentada completa y, cuando no es así,
se desata un proceso en cadena de rumores, burlas, chistes, a
veces irrespetuosos de las personas, que pueden ser como la válvula
de escape para exteriorizar lo que se lleva internamente reprimido.
La búsqueda sin trabas de la verdad es condición
de la libertad.
LOS
ASPECTOS POLITICOS
La
gravedad de la situación económica de Cuba tiene
también implicaciones políticas, pues lo político
y lo económico están en estrecha relación.
Nos
parece que, en la vida del país, junto a ciertos cambios
económicos que comienzan a ponerse en práctica,
deberían erradicarse algunas políticas irritantes,
lo cual produciría un alivio indiscutible y una fuente
de esperanza en el alma nacional:
1)
El caracter excluyente y omnipresente de la ideología oficial,
que conlleva la identificación de términos que no
pueden ser unívocos, tales como: Patria y socialismo, Estado
y gobierno, autoridad y poder, legalidad y moralidad, cubano y
revolucionario. Este papel, centralista y abarcador de la ideología
produce una sensación de cansancio ante las repetidas orientaciones
y consignas.
2)
Las limitaciones impuestas, no sólo al ejercicio de ciertas
libertades, lo cual podría ser admisible coyunturalmente,
sino a la libertad misma. Un cambio sustancial de esta actitud
garantizaría, entre otroas cosas, la administración
de una justicia independiente los cual nos encaminaría,
sobre bases estables hacia la consolidación de un estado
de pleno derecho.
3)
El excesivo control de los Organos de Seguridad del Estado que
llega a veces, incluso, hasta la vida estrictamente privada de
las personas. Así se explica ese miedo que no se sabe bien
a qué cosa es, pero se siente, como inducido bajo un velo
de inasibilidad.
4)
El alto número de prisioneros por acciones que podrían
despenalizarse unas y reconsiderarse otras, de modo que se pusiera
en libertad a muchos que cumplen condenas por motivos económicos,
políticos u otros similares.
5)
La discriminación por razón de ideas filosóficas,
políticas o de credo religioso, cuya efectiva eliminación
favorecería la participación de todos los cubanos
sin distinción en la vida del país.
Tal
y como lo expresó nuestro Encuentro Nacional Eclesial Cubano
(ENEC): "La Iglesia 52 Católica en Cuba ha hecho una
clara opción por la seriedad y la serenidad en el tratamiento
de las cuestiones, por el diálogo directo y franco con
las autoridades de la nación, por el no empleo de las declaraciones
que puedan servir a la propaganda en uno u otro sentido y por
mantener una doble y exigente fidelidad: a la Iglesia y a la Patria.
A esto se debe, en parte, el silencio, que ciertamente no ha sido
total, de la Iglesia, tanto en Cuba como de cara al Continente,
en estos últimos 25 años.
Los
obispos de Cuba, conscientes de vivir una etapa histórica
de singular trascendencia, han ejercido su sagrado magisterio
con el tacto y la delicadeza que requería la situación"
(Nos. 129 y 168b), pero un sano realismo implica la aceptación
de dejarnos interpelar a nosotros mismos, lo cual puede no gustar,
pero puede, también, llevarnos a las raices de los problemas
a fin de aliviar la situación de nuestro pueblo.
EL
HOMBRE: CENTRO DE TODOS LOS PROBLEMAS
En
el centro de toda esta situación problemática está
el hombre, el sujeto preferente, el tesoro más grande que
tiene Cuba. "El hombre en la tierra es la única criatura
que Dios ama por si misma" (Gs. 24). Y cuando Jesús
declara que "el sábado es para el hombre y no el hombre
para el sábado" (Mc. 2,27), o cuando San Pablo dice:
"todo es tuyo, tu eres de Cristo y Cristo es de Dios"
(I Cor. 3,23) o el Creador decide: "Hagamos al hombre a imagen
y semejanza nuestra" (Gen. 1,26), nos está advirtiendo
que no se puede subordinar el hombre a ningún otro valor.
La persona humana, en la integralidad de sus características
materiales y espirituales, es el valor primero y, por tanto, el
desarrollo de una sociedad se alcanza cuando ésta es capaz
de producir mejores personas, no mejores cosas; cuando se mira
más a la persona que a las ideas; cuando el hombre es definido
por lo que es y no por lo que piensa o tiene. "El principio,
el sujeto y el fin de todas las instituciones sociales es y debe
ser la persona humana" (GS. 25).
BUSCAR
CAMINOS NUEVOS
Los
obispos, como todo nuestro pueblo, seguimos con atención
e interés el inicio de algunos cambios en la organización
económica del país. Al mismo tiempo comprobamos
que, dadas las actuales condiciones de vida del pueblo cubano,
se requiere actuar con urgencia y, además, en un marco
de iniciativas coherentes cuyos perfiles y metas deberían
ser dados a conocer.
Reconocer
un problema ya es empezar a resolverlo y someterse uno mismo a
la realidad es un modo de cambiarla. Pero además es necesario
que, abiertos a las exigencias de la realidad, busquemos sinceramente
la verdad con un corazón dispuesto a la comprensión
y al diálogo.
Aún
la misma concepción dialéctica y antidogmática
con que se autodefine el marxismo favorece la búsqueda
incesante de caminos nuevos para la solución de los problemas
mediante cambios que impidan que el país permanezca encerrado
en sí mismo y que impliquen una transformación profunda
en las actitudes. El Estado tiene el deber de preocuparse por
el bien de todos y los esfuerzos por promover la salud, la instrucción
y la seguridad social, infunde la esperanza de que pueda proponer
soluciones que inicien cambios sustanciales para hacer frente
a las nuevas formas de la pobreza en Cuba.
Todos,
sin embargo, deben participar activamente en la gestación
y realización de estos cambios. Si tales cambios no se
efectuaran participativamente, la sociedad puede volverse perezosa,
agotando sus virtualidades en un simple desarrollismo.
En
las graves circunstancias actuales parece que si no hubiera cambios
reales, no sólo en lo económico, sino también
en lo político y en lo social, los logros alcanzados podrían
quedar dispersos tras años de sacrificio. Todos en Cuba
quisiéramos entrar en el tercer milenio como una sociedad
justa, libre, próspera y fraterna. Todos los cubanos quisiéramos
que no nos sustituyera el vacío que dejemos atrás,
sino una estela de buen recuerdo en nuestra historia.
EL
CAMINO MEJOR: EL DIALOGO
Sobre
el diálogo, y diríamos mejor aún, sobre el
compromiso mediante el diálogo, quisiéramos decir
una palabra, reiterando lo que, en tantas ocasiones hemos expresado.
Recordamos, por ejemplo, lo ampliamente detallado en el Encuentro
Nacional Eclesial Cubano (números 306 al 330), en nuestro
Mensaje de Navidad de 1989, etc. El Santo Padre Juan Pablo II
nos dice: "... los complejos problemas se pueden resolver
por medio del diálogo y de la solidaridad en vez de la
lucha para destruir al adversario y en vez de la guerra"
(Centesimus Annus n. 22 y 23).
Ninguna
realidad humana es absolutamente incuestionable. Tenemos que reconocer
que en Cuba hay criterios distintos sobre la situación
del país y sobre las soluciones posibles y que el diálogo
se está dando a media voz en la calle, en los centros de
trabajo, en los hogares. Es evidente que los caminos que conducen
a la reconciliación y a la paz, como el diálogo,
tienen un innegable respaldo popular y, además, mucha simpatía
y prestigio.
UN
DIALOGO ENTRE CUBANOS
El
cubano es un pueblo sabio, no sólo con la sabiduría
que procede de los libros, sino con esa otra sabiduría
que viene de la experiencia de la vida. Por esto desea un diálogo
franco, amistoso, libre, en el que cada uno exprese su sentir
verbal y cordialmente. Un diálogo no para ajustar cuentas,
para depurar responsabilidades, para reducir al silencio al adversario,
para reivindicar el pasado, sino para dejarnos interpelar. Con
la fuerza se puede ganar a un adversario, pero se pierde un amigo,
y es mejor un amigo al lado que un adversario en el suelo. Un
diálogo que pase por la misericordia, la amnistía,
la reconciliación, como lo quiere el Señor que "ha
reconciliado a los dos pueblos con Dios uniéndolos en un
solo cuerpo por medio de la cruz y destruyendo la enemistad"
(Ef. 2,16).
Un
diálogo no para averiguar tanto los ¿por qué?,
como los ¿para qué?, porque todo por qué
descubre siempre una culpa y todo para qué trae consigo
una esperanza. Un diálogo no sólo de compañeros,
sino de amigos a amigos, de hermanos a hermanos, de cubanos a
cubanos que somos todos, de cubanos "que hablando se entienden"
y pensando juntos seremos capaces de llegar a compromisos aceptables.
Un
diálogo con interlocutores responsables y libres y no con
quienes antes de hablar ya sabemos lo que van a decir y, antes
de que uno termine, ya tienen elaborada la respuesta, de los que
uno a veces sospecha que piensan igual que nosotros, pero no son
sinceros o no se sienten autorizados para serlo.
En
las cosas contingentes todos podemos tener fragmentos del arco
de la verdad, pero nadie puede atribuirse la verdad toda, porque
sólo Jesús pudo decir: "Yo soy la verdad"
(Jn. 14,6), "el que no está conmigo está contra
mi" (Lc. 11,23).
En
Cuba hay un solo partido, una sola prensa, una sola radio y una
sola televisión. Pero el diálogo al que nos referimos
debe tener en cuenta la diversidad de medios y de personas, tal
como expresa el Santo Padre: "la sociabilidad no se agota
en el Estado, sino que se realiza en diversos grupos intermedios,
comenzando por la familia y siguiendo por los grupos económicos,
sociales, políticos y culturales, los cuales como provenientes
de la misma naturaleza humana, tienen su propia autonomía,
sin salirse del bien común" (Centesimus Annus, n.13).
Cuando
uno analiza las opiniones de otros en el sentido del valor y mérito
que tengan en sí mismas y no en función de las personas
que las emiten, no hay por qué temer, ya que la disensión
puede ser una fuente de enriquecimiento. No hay por qué
temer a las réplicas y a las discrepancias, porque las
críticas revelan lo que los incondicionales ocultan.
El
pueblo cubano es un pueblo maduro y, si queremos ser ciudadanos
del mundo del mañana, bien vale la pena ponerlo a prueba
y reconocerle el derecho a la diversidad que no es sólo
un derecho legal, sino básicamente ético, humano,
porque se fundamenta en la dignidad del hombre por encima de cualquier
otro valor.
Si
Cuba ha abierto las fronteras a las relaciones internacionales
con sistemas no sólo distintos, sino hasta opuestos al
nuestro, que incluso en palestras internacionales han votado contra
los puntos de vista del gobierno cubano, no se ve por qué
a nivel nacional los cubanos deben ser forzosamente uniformes;
si a los problemas y confrontaciones con esos otros países
se les califica comprensivamente de "problemas entre familia"
porque no llamarle igual a las discrepancias entre los cubanos.
No olvidemos, cuántos problemas de El Salvador, Nicaragua,
Argentina, Chile y la guerrilla de Colombia terminaron en concordia
para el bien del pueblo mediante un diálogo en el que nadie
perdió y ganaron todos. Hay países hermanos de los
que hay mucho ciertamente que evitar, pero también hay
mucho que aprender.
Sabemos
bien que no faltan, dentro y fuera de Cuba, quienes se niegan
al diálogo porque el resentimiento acumulado es muy grande
o por no ceder en el orgullo de sus posiciones o, también,
porque son usufructuarios de esta situación nuestra, pero
pensamos que rechazar el diálogo es perder el derecho a
expresar la propia opinión y aceptar el diálogo
es una posibilidad de contribuir a la comprensión entre
todos los cubanos para construir un futuro digno y pacífico.
LA
REFLEXION NECESARIA
Nos
hemos dirigido a nuestro pueblo en general, con el cual nos sentimos
concernidos en los logros y fracasos, en lo bueno y en lo malo.
Nuestro pensamiento se dirige ahora hacia aquellos que fueron
llevados a las aguas bautismales y han permanecido fieles a la
fe en circunstancias dificiles. Va también nuestro pensamiento
hacia los que abandonaron la fe o la práctica de la fe,
pero a quienes la Iglesia, que los engendró por el Bautismo,
los lleva en su seno con amor de madre y hacia los que no han
recibido el Bautismo, pero están llamados por el Señor
a formar, en Cristo, una sola alma y un solo corazón. De
estos últimos somos hermanos por razón del linaje
humano, por razón de la cubanía que nos hace a todos
hijos de esta tierra.
La
Iglesia nunca ha estado lejos de este pueblo nuestro. Se quedó
con los que se quedaron por muchas que hayan sido las dificultades.
Sus templos, a veces llenos, a veces vacíos, han permanecido
idénticos, siempre serenos, como testigos solitarios en
medio de los pueblos y ciudadaes, con sus altas torres levantadas
hacia el cielo, velando sobre la ciudad y sobre sus casas y sus
puertas, como dice la Sagrada Escritura, como signos del amor
de Dios que siempre espera, bendice y llama.
Desde
allí la voz amorosa de Dios ha seguido llamando con el
mismo acento de siempre: "Si tú comprendieras lo que
puede traerte la paz" (Lc. 19,41). "Si tú conocieras
el don de Dios..."(Jn. 4,10). "Cuántas veces
quise cobijarte bajo mis alas, y no quisiste" (Mt. 23,37).
Desde allí el Señor nos ha seguido diciendo: "Sin
mí nada podrán hacer" (Jn. 15,5), "Si
el Señor no construye la casa en vano se cansan los albañiles,
si el Señor no guarda la ciudad en vano vigilan los centinelas"
(Sal. 127,1). Es la hora, queridos hermanos, de levantar los ojos
del corazón a Dios nuestro Padre, suplicándole la
reconciliación entre nosostros, el triunfo del amor y de
la paz.
Nosotros
conocemos los sufrimientos, a veces innecesarios, acumulados en
el corazón de tanta gente que parece que no pueden ya más
con su alma sea a causa de los trabajos que pasan para realizar
sus labors cotidianas o de las extremas necesidades elementales.
Sabemos el dolor que en tantos cubanos han causado los grandes
lutos nacionales, como el de los hermanos internacionalistas que
murieron en otras tierras o el de los hermanos que siguen muriéndose
en los mares que rodean nuestra propia tierra. Sabemos el dolor
de los presos y de sus familias y el sufrimiento de los que están
lejos.
Al
escribir este mensaje compartimos la pena de aquellos ancianos
afectados, en muchos casos, por las carencias materiales o por
la ausencia definitiva de sus familiares, que hace aún
más dura su soledad. Tenemos presente también, a
los jóvenes, naturalmente llenos de ilusiones, y que se
sienten, a menudo, escepticos y faltos de esperanza.
A
todos ustedes queremos decirles una palabra de aliento: la sensatez
puede triunfar, que la fraternidad puede ser mayor que las barreras
levantadas, que el primer cambio que se necesita en Cuba es el
de los corazones y nosotros tenemos pues nuestra esperanza en
Dios que puede cambiar los corazones.
SOLO
DIOS ES JUEZ DE LA HISTORIA
Nosotros
pensamos que no es conforme al Evangelio la enumeración
de los factores negativos con la intención de inculpar
a otros. "No juzgues", nos dice el Señor (Mt.
7,1), y a nadie le está permitido juzgar, porque sólo
el Señor es juez de vivos y muertos (2 Tim. 4,1), y sólo
el conoce lo que hay en el corazón del hombre.
También
dentro de la comunidad eclesial, sólo Dios conoce el desgarramiento
interior de los que optaron por dar la espalda al Señor
y a la Iglesia en momentos dificiles, de los que apartaron a sus
hijos de la fe católica, de los que quitaron el popular
cuadro del Sagrado Corazón o la estampa de la Virgen de
la Caridad de sus hogares, como un triste presagio de lo que dice
San Agustín: "Cuando uno huye de Cristo, todo huye
de uno".
Pero
aunque nuestras infidelidades hubieran sido mayores que nuestras
lealtades, incluso "si nuestro corazón nos condena,
Dios es más grande que nuestro corazón" (I
Jn. 3,20). De todo podemos sacar enseñanzas positivas y
negativas, así se va tejiendo la vida cristiana hasta que
la Iglesia de los pecadores que somos nosotros, se vaya haciendo
en nosotros la Iglesia de los santos. En esta conjunción
de culpa y gracia, de luces y sombras, que es el misterio de la
Iglesia de Dios, está nuestra salvación.
CONCLUSION
Queridos
hermanos y amigos: al terminar este mensaje queremos volver el
pensamiento primero que lo inspira y motiva: el de la experiencia
universal del amor de Dios. Ese amor que se nos revela en Cristo,
pues El nos manifestó el rostro de Dios, que es el rostros
de Jesús crucificado, cuyo corazón abierto en la
cruz no se ha cerrado para nadie, incluso para los que lo hemos
ofendido. Si Jesús no nos hubiera revelado ninguna otra
cosa más que ésta: "Dios es amor" (I Jn.
4,8), eso sería suficiente para ser mejores y llenarnos
de paz y esperanza. No estamos del todo seguros de que amamos
a Dios como El lo merece, pero sí lo estamos de que Dios
nos ama como nosotros no lo merecemos.
Hemos
pedido al Señor dirigir este mensaje en su lenguaje de
amor, sin lastimar a ninguna persona, aunque cuestionemos sus
ideas en diversos aspectos, porque de lo contrario Dios no bendeciría
el humilde servicio que queremos prestar a cuantos libremente
quieren servirse de él. Lo hacemos con esa ilimitada confianza
en el amor de Dios, callado desde el primer día de la creación,
pero "trabajando a todas las horas" (Jn. 5,17). El vela
sobre su ciudad (Salmo 127), también sobre Cuba, porque
el Señor está con nosotros y quiere para nosotros
lo mejor. El tiene en sus manos, como Señor de la Historia,
el corazón de los hombres.
Hablando
como pastores de la Iglesia que está en Cuba queremos recordar
que la paz es posible porque "Cristo es paz" (Ef. 2,14),
que podemos descubrir la verdad porque "Cristo es la verdad"
(Jn. 14,6), que se puede hallar el camino porque "Cristo
es el camino" (Jn. 14,6). En fin, que la salvación
es posible porque Cristo es nuestra salvación (Lc. 19,9).
Confiamos además en nuestro pueblo, al que conocemos bien
y que ha mostrado a lo largo de su historia una sorprendente capacidad
de recuperación.
Revitalizar
la esperanza de los cubanos es un deber de aquellos en cuyas manos
está el gobierno y el destino de Cuba y es un deber de
la Iglesia que está separada del Estado, como debe ser,
pero no de la sociedad. Y esto lo podremos lograr juntos con una
gran voluntad de servicio, pero no sin una gran voluntad de sacrificio,
"amando más intensamente y enseñando a amar,
con confianza en los hombre, con seguridad en la ayuda paterna
de Dios y en la fuerza innata del bien", como decía
Pablo VI.
La
Virgen de la Caridad, Patrona de Cuba, Madre de todos los cubanos,
que sabe cuanto lo necesitamos sus hijos, nos ayude con su bendición.
"Y en toda ocasión, en la oración y en la súplica,
nuestras peticiones sean presentadas a Dios. Y la paz de Dios
que es más grande de lo que podemos comprender, guarde
nuestros corazones y nuestros pensamientos en Cristo Jesús"
(Flp. 4,6-7).
Con
nuestro cordial y fraterno afecto en el Señor,
La
Habana, 8 de septiembre de 1993.
+
Jaime, Arzobispo de La Habana y Presidente de la COCC.
+ Pedro, Arzobispo de Santiago de Cuba
+ Adolfo, Obispo de Camagüey
+ Fernando, Obispo de Cienfuegos - Santa Clara
+ Hector, Obispo de Holguín
+ José Siro, Obispo de Pinar del Río
+ Mariano, Obispo de Matanzas
+ Emilio, Obispo Auxiliar de Cienfuegos - Santa Clara
+ Alfredo, Obispo Auxiliar de La Habana
+ Mario, Obispo Auxliar de Camagüey
+ Carlos, Obispo Auxiliar de La Habana