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NI
RAYOS, NI SOLES
DE BOLIVAR
Editorial
La Nueva Cuba
Julio 17, 2006
A comienzos
del siglo XIX entre los cubanos que buscaban el cese de la dominación
española en Isla existían quienes veían en
una intervención militar directa de efectivos "bolivarianos",
procedentes del continente sudamericano, una alternativa o salida
a los problemas de Cuba.
La idea no dejaba de ser atractiva para los no cubanos, ya que en
Sudamérica estaba clara la idea de que la "Llave de
las Américas" representaba una especie de plataforma
que la metrópolis podía utilizar para defender sus
intereses en el continente sur y amenazar los incipientes aires
independentistas.
De hecho, esa opción llegó a generar conspiraciones
de cierta importancia como la de Los Rayos y Soles de Bolívar
(1823). También provocó la oposición de cubanos
que como el Padre Félix Varela pudieron claramente prever
lo desafortunado de las consecuencias para los cubanos de que aceptáramos
el concurso de aquellas fuerzas "solidarias".
Para nadie han pasado inadvertidas las recientes declaraciones de
Hugo Chávez Frías en el contexto de la aprobación
dada por el presidente George W. Bush a un proyecto estadounidense
de apoyo a la transición democrática en Cuba. Sus
intenciones, las manifiestas y las ocultas, urgen a la reflexión.
Las implicaciones de las declaraciones del golpista coronel venezolano
son de largo alcance y añaden nuevos elementos de preocupación
dentro y fuera de la Isla, entre opositores, disidentes, en el seno
de las fuerzas armadas cubanas, en funcionarios del actual régimen
y entre los exiliados desperdigados por todo mundo, sobre el impacto
potencial que se incuba en los desvaríos megalomaníacos
de este inepto aprendiz de dictador.
Desde hace largo tiempo en La Nueva Cuba hemos apuntado sobre el
"factor Chávez" y como el mismo puede influenciar
e incidir en múltiples potenciales escenarios -tras la muerte
o incapacitación del dictador cubano-, todos sin excepción
fatales para los destinos de Cuba.
La muerte de Castro, a pesar de la agenda que ya está en
marcha para garantizar los intereses de la reducida cúpula
de la nomenklatura cubana que controla el poder económico
y político, abrirá una nueva era en la historia cubana
y nadie es capaz de prever o determinar el carácter o los
efectos del desencadenamiento de esos eventos.
Elementos dentro del aparato del Estado cubano, enfrascados en el
implacable ajedrez de la "Batalla de Sucesión",
miran hacia Caracas como la palanca de apoyo para sus ambiciones
personales. Chávez es percibido por algunos en La Habana,
como el factor que compensaría sus carencias de apoyo entre
los altos mandos de las fuerzas armadas cubanas. Y están
dispuestos hasta las últimas consecuencias para lograr sus
propósitos.
La cúpula militar en Cuba tiene las manos llenas con las
"complicaciones" lógicas que sobrevendrán
tras la muerte de Fidel Castro. Es la muerte más anunciada,
más deseada, pero también la que viene plasmada de
ansiedades infinitas; por todo lo que está en juego, de no
salir bien cada fase de la agenda calculada.
El ejército cubano no es la fuerza coherente, absolutamente
aterrada, compacta e ideológicamente dogmática que
la propaganda oficial nos pretende vender. Cuba no es ni mucho menos
siquiera un amago de una Corea del Norte.
Existen los generales corporativos, los de las campañas africanas,
los mandos de las unidades alejadas de los centros de ebullición
"mercantil", dejados fuera del reparto de las jugosas
ganancias y muchos oficiales jóvenes en los mandos medios
e inferiores que no conocieron ni los días de las tomas del
Poder, ni las guerras extranjeras ni han tenido una oportunidad
de aproximarse al mundo de la moneda convertible. Estos últimos
continúan siendo la gran interrogante.
Las relaciones de Hugo Chávez con los generales empresarios
y su cabeza visible, Raúl Castro, no han sido nunca felices.
De hecho han llegado en ocasiones a ser inquietantemente estresantes.
Y la antipatía es mutua.
De por sí ya los cabecillas del cartel militar tienen problemas
en el propio seno de sus militares, por la lógica desigualdad
en el reparto de "la piñata" corporativa. Ahora
se suma la amenaza del "Chavetazo".
Los que en el seno del poder en La Habana buscan en Caracas apoyo
a sus esperanzas "sucesorias", necesitan encontrar aliados
entre aquellos militares cuyos resentimientos son irreparables.
Chávez y sus secuaces no ignoran esto. También en
Caracas han aprendido a cultivar sus relaciones con los especialistas
de la estructura de la inteligencia y la contrainteligencia cubana
estacionados en Venezuela. Una parte de ellos procede de las ruinas
de lo que otrora fuera "El Estado dentro del Estado",
o el fenecido Ministerio del Interior cubano, pulverizado en 1989,
por las rivalidades entre Raúl Castro y sus acólitos
contra el aparato de inteligencia, en un célebre ajuste de
cuentas que ya es parte de la historia de Cuba. Y la vendetta no
ha concluido, sólo se ha suspendido temporalmente y la sucesión
podría ver repetirse otros inconclusos pases de cuenta.
Chávez medrará entre las cenizas del Castrato y buscará
"controlar" a los cubanos, siempre tan irritantemente
individualistas, independientes y arrogantes. Para ello Chávez
cree poder ejercer con facilidad la descomunal presión que
proviene de su poder económico y el petróleo, sin
lo cual los aspirantes a "sucesores" en La Habana, quienesquiera
que ellos sean, jamás sobrevivirían.
Por otra parte los generales empresarios no ignoran el peso gravitacional
de tal escenario, y al que se hayan con enorme probabilidad expuestos,
a menos que el pragmatismo se imponga sobre "la nostalgia"
y los generales empresarios logren con éxito negociar alternativas
"inteligentes".
¿Cuáles son esas? Por ejemplo, acercarse a los Estados
Unidos en la hora cero y a cambio de concesiones nada onerosas -evitar
la emigración masiva, cooperar en el control de las rutas
del narcotráfico en el Caribe, formar parte de la batalla
contra el terrorismo que incluya el desmantelamiento del aparato
en Cuba que sostiene y apoya a las narco-guerrillas y el cese de
la alianza con el "desvarío bolivariano", enterrar
el hacha de las animosidades y mandar al diablo a Hugo Chávez.
Los generales empresarios no deberían tener problema alguno
en aceptar un proceso -que quisieran lento, lo más lento
posible- hacia el pluralismo democrático, mientras que ellos
conservan sus capitales y se transforman en la nueva clase corporativa
cubana. Se conformarían con sus inversiones mientras permiten
que opositores, disidentes y los residuos de castrismo batallan
por controlar el nuevo proceso político y echar a andar a
Cuba. No se trata de lo que queremos o proponemos, sino de lo que
se debate en el seno de las altas esferas de poder en la Isla. Es
importante que los cubanos libres tomemos conciencia de estos factores.
¿Cuál es la opción? ¿Sumarse a Chávez
y ser parte de una segunda versión de manicomio, mucho más
delirante y mucho más mal administradao? Después de
todo, ¿quien quiere involucrarse en otros 50 años
de incensante conflicto ideológico y embarcarse en la Segunda
Cruzada que ya gesta Hugo Chávez?
Mientras el momento de la desaparición de Fidel Castro se
aproxima, todos los interesados se afanan en ultimar los detalles
de sus agendas para Cuba. La Moncloa con su eterno doble estándar,
como es costumbre critica la catalogada por ellos "como hoja
de ruta" de los Estados Unidos, pero ya conocemos todos sus
afanes por hacer prevalecer su propia agenda, bien activa, retorcida,
urdida y bien financiada.
Debemos seguir de cerca la agenda para Cuba de Caracas y sus potenciales
aliados dentro de la Isla. Es inaceptable la injerencia venezolana
en nuestros asuntos internos. Sabemos que estarían dispuestos
a intervenir con presiones económicas y hasta enviar efectivos
militares en apoyo del bando que les convenga si se le pide o si
se declara una guerra civil o si le presenta la oportunidad.
A lo que debemos temer y recelar, no es a la oferta generosa de
pueblo estadounidense -aliado de los cubanos libres-, que se propone
ayudar a promover la democracia en nuestra Patria y contribuir a
reconstruirla, sino a los que se aferran a perpetuar la dictadura
y el estado policiaco, a los que articulan el terrorismo global;
a los que quieren hacer a Cuba, parte de un eje planetario que parece
estar abocado a buscar una conflagración mundial con el objetivo
de destruir el modelo de sociedad abierta democrático y pluralista.
Cuba necesita un cambio. Una nueva visión que dé paso
a una sociedad pluralista, democrática y civilista. Se aproximan
momentos tremendos para la nación cubana, que necesitará
de todos nosotros un ejercicio inteligente de la prudencia, la ecuanimidad,
el sentido de justicia, el amor a Cuba y a lo cubano y del apego
a los principios libertarios.
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