La Nueva Cuba

viernes 19.mar 2010

Actualizado:05:33:56 AM GMT

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Haití como Presa

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abel-germanA veces cabe preguntarse: ¿vale la pena buscar algo (alguna verdad, algún destello, alguna revelación) en lo que Fidel Castro escribe como gobernante totalitario retirado y Secretario General del único partido que su régimen reconoce? Pese a la duda, al final me decanto por el sí. Precisamente por lo dicho: quien escribe esos textos es, hoy por hoy, y hasta que se muera (y entonces habrá que ver), Secretario General del Partido y el gobernante totalitario (o sea, algo más que dictador) que nombró a su sucesor que, no por casualidad, es también su hermano. En consecuencia se trata del poder real que como un símbolo de las circunstancias gira en silla de ruedas dentro del círculo vicioso de su dogma. Es decir, del poder mismo. Oportunista, como corresponde al político avezado que sin dudas es, se apunta a todas las “modas” noticiosas —que es como decir a todos los pretextos—, y en cada una embute a como dé lugar su rígida visión, si bien presentada con la arrogancia de quien se sabe inscripto en la Historia, no importa por qué. Ahora le corresponde, por supuesto, al Haití devastado por el terremoto del pasado 12 de enero.

Pero antes reconozcamos, por qué no, que en ocasiones dice cosas atinadas. Lo que sucede es que entonces casi nunca son de su cosecha. Se trata de ideas que antes uno pudo encontrar en cualquier medio y que, por lo general, son de una obviedad tal que, a no ser vayan dirigidas a un público idiota, carece de sentido escribirlas.

De cualquier manera lo interesante de sus textos no está en los textos, sino, como digo, en el hecho de  que, de una manera u otra, estos hablan en nombre del régimen y son, sí, la expresión de su savia.

Y por eso a veces resultan doblemente grotescos.

Por ejemplo ahora, en su tercera “Reflexión” sobre el tema de la tragedia haitiana, reclama a la ONU y a Estados Unidos que expliquen el porqué del despliegue militar.

"En medio de la tragedia haitiana, sin que nadie sepa cómo y por qué, miles de soldados de las unidades de infantería de marina de Estados Unidos, tropas aerotransportadas de la 82 División y otras fuerzas militares han ocupado el territorio de Haití'', escribe.

Nada asombroso. Quiero decir, cabía esperar esta “preocupación” del régimen por la presencia de los militares del capitalismo en la isla caribeña. Ni siquiera la magnitud del desastre pone límites a esta obsesión que comparten, claro está, los estados populistas latinoamericanos que sabemos, algunos incluso con acento de mala ortografía. Hugo Chávez, por sólo nombrar al más conspicuo, ha llegado incluso a repetir el 20 de enero pasado una hipótesis que, como se dice, no requiere comentarios. Apareció en internet y dice: ``Supongamos que este `desastre natural' ha sido (sic) un arma (sic) meteorológica dirigida a Cuba pero que no llegó a su objetivo. La posibilidad de que esto sea cierto no es una exageración, en teoría''. Sólo que el presidente venezolano se desplaza un poquito (como el “disparo meteorológico” de marras) y cita un supuesto reporte de la Flota Norte de Rusia, publicado también en internet, en el que se afirma que el terremoto fue causado por ``pruebas cuyo objetivo final es destruir a Irán con un cadena de sismos para derrocar el régimen islámico''.

Pero continuemos con Fidel Castro, que ya es bastante. Éste, en cambio, omite aviesamente referirse al acuerdo que la ONU y Estados Unidos firmaron el viernes 22 de enero y que busca ordenar el trabajo de los 12.000 militares desplegados en la isla para ayudar a las víctimas.

En su lugar lo que hace, también aviesamente, es añadir: "Peor aún, ni la Organización de Naciones Unidas, ni el gobierno de Estados Unidos han ofrecido una explicación a la opinión pública mundial de estos movimientos de fuerzas''.

La pregunta es: ¿Hace falta?

Otra cosa sería cuestionar la “explicación” implícita en la rapidez y la magnitud de esa reacción por parte de Estados Unidos y la Unión Europea. Incluso presuponer segundas, y hasta terceras intenciones estratégicas en ese despliegue. Aunque en ese caso seguiríamos dentro de la obsesión ya dicha y (considerando el hecho de que se trata), tendríamos entonces que hablar de la falta de sensibilidad que, ante los más de 150.000 muertos, los 250.000 heridos y los casi tres millones de personas cuyas casas han desaparecido, reflejaría la frialdad de un análisis de esa catadura.

Y con esto explico el término “grotesco” que utilizo más arriba.

¿No parece realmente caricaturesco que alguien ignore la complejidad de lo sucedido?; ¿que no sea capaz de reconocer lo necesario y admirable de la reacción internacional, más allá de los errores producidos por el lógico desconcierto?; ¿más allá del afán de protagonismo que pueda subyacer en algunas de estas actuaciones y de las motivaciones propias que puedan determinar dicho afán?; ¿más allá incluso de los posibles riesgos estratégicos que algunos puedan, con o sin fundamento, sospechar en los modos utilizados?

Y lo parece (caricaturesco, quiero decir) sobre todo cuando quien lo hace es Fidel Castro, el rey de la improvisación y los golpes de efecto. Alguien que ha dedicado su vida a lograr el máximo protagonismo personal y, a su manera, en el sentido que él quiso, el de Cuba. Protagonismo que hoy es más civil y político, cierto, pero que en sus buenos tiempos (aquellos del sueño de reproducir la pesadilla vietnamita en todo el Tercer Mundo) fue básicamente militar.

Pero es hacia el final del texto donde su intención queda aún más “redondeada”. Entonces recuerda que centenares de médicos y otros cooperantes cubanos trabajan en ese país desde antes del terremoto y que después esos grupos han sido reforzados con decenas más. Lo que nadie ignora. ¿No es ésa, a fin de cuentas, la pancarta publicitaria con que se “vende” desde hace años y con la que pretende ocultar sus miserias internas? ¿No es ése el único modo que, hoy por hoy, tiene de lograr alguna influencia más allá de los estrechos límites que le imponen las costas de la isla? ¿No es eso todo lo que le queda desde que aquel sueño bélico de los años “dorados” se esfumó junto con el llamado “campo socialista”?

Todo ello para, en su más puro estilo plagado de “consignas”, cerrar con esta exclamación: "¡Enviamos médicos y no soldados!''. Un cierre tramposo y, a la vez, ya del todo revelador.

Tramposo, porque debemos suponer que él es consciente de que en un Haití hambriento, desesperado, sin gobierno y sin otra ley que la de la sobrevivencia, poco podrían hacer allí hombres y mujeres desarmados y sin una preparación que los capacitase para ordenar el caos y lograr, con el poder persuasivo de los uniformes y las armas, que la ayuda se canalice de la forma más ordenada y civilizada posible. Lo que no significa que en principio, y aún así, se haya logrado.

Revelador, porque esa consigna “humanitaria” escrita por quien ha sido el Comandante en Jefe de un Ejército que sobrepasa con mucho la capacidad real de la pequeña isla que gobierna; por quien impone con sangre su régimen; por quien niega la atención médica adecuada a presos de conciencia condenados a largas penas por actos pacíficos que no se consideran delitos en ningún país donde se respete el individuo; esa consigna escrita por Fidel Castro, devela la intención real del gesto aparentemente solidario cubano: legitimar la dictadura; confundir a quienes se quedan en la simple apariencia de las consignas y las imágenes; y, sobre todo, desacreditar a su mortal enemigo.

Pero si se observa con cierta atención (ni siquiera con demasiada) tras esa “lógica” pueden verse los colmillos que, con otros, se disputan Haití. La pobre presa.


Abel German (Morón, 1951). Escritor y periodista cubano. Ha publicado "El día siguiente de mi infancia" (Editorial Letras Cubanas); "Cubo de Rucbick" (Editorial Unión) y "Curiosidades" (Ediciones Extramuros). También ha publicado poemas en revistas culturales cubanas, mexicanas y colombianas, así como en antologías de México y Cuba. Trabajó en la Agencia de prensa independiente "Cuba Press" desde su fundación como editor y articulista, colaborando, entre otros, con Radio Martí, Cuba Free Press, Cubanet y Revista HC de la Fundación Hispano Cubana. Actualmente se encuentra exiliado en España.