Si existe un mandatario cuyo estilo de comunicación puede ser fácilmente identificado es el del presidente Hugo Chávez. A él le gusta el reflector y el bullicio, improvisar extensos soliloquios en público, sin detenerse a medir el largo alcance de cada palabra aunque lacere, contradiga o revele un plan clandestino. La tribuna es el escenario adonde acude a dar y recibir golpes. Muchas veces autogolpes. Se siente cómodo mofándose de un adversario, cantando rancheras, citando dichos populares o frases de Simón Bolívar. Exagerado en el agravio y el halago, jamás se preocupa por aclarar sus desatinos que pronto suelen ser superados por los siguientes. Ni el silencio ni el tacto son sus fortalezas. Chávez es aguacero, tromba. O como él mismo se autodenominó en su cuenta de Twitter: perturbador, candanga.Tienen razón propios y extraños que le reclaman su inédito silencio. ¿A qué obedece el repentino cambio?
Claro que La Habana tiene que ver en el asunto, durante años allí perfeccionaron la práctica opuesta; la palabra precisa, el cálculo frío, el hermetismo y la desinformación. Pero la metamorfosis del coronel tiene que ver con dos circunstancias. En su intimidad él admira ese autocontrol isleño que no ha podido imponer a su temperamento. Y en segundo lugar lo han convencido que en la coyuntura actual le beneficia ese comportamiento. ¿Cómo afectaría la imagen de pujante caudillo partes médicos y coberturas que desnudan fragilidades insospechadas y siembran incertidumbres?
¿Qué efectos tendría en un año preelectoral que se instale como tema que la salud del Presidente postulante está resentida?
Por otra parte la apuesta por el mutismo ha permitido que durante su ausencia se mantenga más fuerte que de costumbre la presencia mediática del caudillo abriendo la posibilidad de un retorno apoteósico.
El problema es cómo impedir que el episodio no termine en comedia. A La Habana le funcionó siempre el método por características distintas del liderazgo y porque allí el periodismo crítico y la oposición figuran en el libro rojo de especies extinguidas. Pero, ¿qué ocurrirá cuando Hugo Chávez abandone la isla y se encuentre a solas bajo la lupa y con sus propios demonios?
