Eliseo Alberto fue uno de los escritores cubanos que cantó la tristeza de una generación de cubanos que nació y creció con las promesas de una Revolución y se perdió tras el fracaso de ese sueño, dijo a EFE el analista y experto en temas cubanos Gilberto Calderón. "Eliseo Alberto es el novelista que reflejó con una enorme tristeza todas las tragedias de una generación de cubanos que se perdió dentro y fuera de Cuba", indicó el especialista tras expresar su pesar por la muerte del escritor. El escritor murió el 31 de julio en Ciudad de México como consecuencia de complicaciones de un trasplante de riñón que se le practicó el pasado 18 de julio. El Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta) lamentó el fallecimiento de Eliseo Alberto y aseguró que "fue un hombre que buscó a través de las palabras el camino de la libertad".
Calderón recordó que "Lichi", como era conocido por sus amigos, fue hijo del poeta Eliseo Diego, uno de los más intelectuales cubanos del grupo de Orígenes, revista que se publicó en la década de los cincuenta y que encabezaba José Lezama Lima, uno de los grandes escritores cubanos que revolucionaron las letras de su país.
El analista recordó que el escritor desempeñó su oficio en diversas formas, en el periodismo, en la docencia e incluso en la creación de guiones cinematográficos, pero insistió que lo más destacado fueron sus novelas, por las que obtuvo importantes reconocimientos, entre estos el Premio Internacional Alfagura de Novela.
Recordó también que en Cuba fue galardonado por el Premio Nacional de la Crítica por "La fogata roja", y en 1993 recibió el Premio Gabino Palma por el libro "Informe contra mí mismo", texto en el que narra cómo la seguridad del Estado cubano le pidió que hiciera un informe contra su propia familia.
Calderón recordó que Eliseo Diego vivía en una casa campestre en las afueras de la Habana y hacia allá iba permanentemente una procesión de jóvenes para escuchar a uno de sus maestros en las tertulias literarias, a las cuales se les incorporaron muchos visitantes de Miami.
El libro que fue escrito en esos años muestra la vida de sus amigos, su familia, las tragedias personales, cómo sobrevive la gente en un país que les ofreció una nueva sociedad y la creación de un hombre nuevo.
"Lichi escribe sobre las intrigas entre cubanos, es un retrato de tragedias cotidianas en la Habana, es una denuncia de las miserias en la vida, relatos y anécdotas horribles que viven los cubanos", recuerda Calderón.
El experto recordó también otras novelas que muestran una imagen de tristeza de los cubanos en La Habana, en Miami, en México, en Caracas, en Buenos Aires.
Compartió Premio Alfaguara con el nicaragüense Sergio Ramírez
Eliseo Alberto y Sergio Ramírez compartieron un importante episodio en sus vidas, que los marcó y fue donde nació una hermandad y fue nada menos que el Premio Internacional de Novela Alfaguara en 1998, donde ambos resultaron favorecidos, dando un giro a las bases del concurso. A continuación compartimos las palabras que el mismo escritor nicaragüense compartió desde su página de Facebook:
Eliseo Alberto es el cubano en singular que quedará en mi memoria. Lichi. He conocido a muchos cubanos pero como éste, ninguno. Su paso, como de baile, su afecto amoroso, la clave alegre de burla e ironía en todo lo que decía, el manantial de historias que siempre tenía para contar. Un cubano con el que nunca me encontré en Cuba, a la que añoraba siempre y sobre cuyo recuerdo lloraba su alma con sentimiento de niño, donde ahora seguramente sus cenizas volverán, como él siempre quiso. En 1998 ganamos juntos el Premio Internacional de Novela Alfaguara que había sido convocado por primera vez, y ante el empate entre su libro y el mío, el premio no fue dividido, lo que las bases no permitían, pero las bases no decían nada acerca de concederlo de manera doble, y eso fue lo que ocurrió, de modo que desde entonces el premio nos hizo hermanos siameses. Caracol Beach y Margarita está lindar la mar. Caracol Beach, una novela de feroz nostalgia y soledad, la soledad de la locura y el desarraigo, el urgente deseo de morir como una saga del desespero y la desesperanza.
Nos conocimos en México en la Casa Lamm, el centro cultural de la Colonia Roma, cuando concurrimos juntos a la primera conferencia de prensa de las muchas conferencias y entrevistas que nos tocaría dar a lo largo de un año en que viajamos por media España y por todo el continente, curando las fatigas con bromas y chistes caribeños sin que nunca, y esto parecerá muy raro, entráramos en competencia por los reflectores y las cámaras, ni la maledicencia ni la envidia enseñaran su cola. Muchos pensaban que dos ganadores siameses no podrían soportarse después del primer minuto, ínfulas, vanidad, soberbia. Los desmentimos. No éramos hermanos a la fuerza, sino de verdad.
Si Caracol Beach es una novela para siempre, Informe contra mí mismo es un libro de testimonio también para siempre, que si no fuera por su tesitura real, parecía una historia novelesca: el muchacho al que la Seguridad del Estado recluta para que espíe a su propio padre. El libro es mucho más que eso, por supuesto, pero la anécdota se queda grabada en la carne del lector como un hierro candente. Una cuba libre, por favor, es el título de la primera pieza de su libro Dos Cubas libres. El título de su propia vida.
Había que comparecer en el lobby de los hoteles para empezar en punto las entrevistas apenas terminado el desayuno, o el almuerzo, correr de un estudio de televisión o radio a otro; la lista era agobiante y había que ingeniárselas para aparecer fresco, como si se tratara de la entrevista única y uno no se hubiera pasado repitiendo a lo largo del día, y en los días anteriores, lo mismo, tratando de urdir variaciones sobre el mismo tema.
Una vez, en Barcelona, me dijo que ya no aguantaba más, y que no seguía adelante. Eso no podía ser, éramos siameses y donde fuera el cuerpo del uno tenía que ir el del otro. Lo sometí a una larga perorata acerca del objetivo de lo que andábamos haciendo. El objetivo eran las dos novelas, que debían venderse, y por tanto leerse. Lo convencí. En adelante, cada vez que bajábamos a desayunar, su saludo consistía no en decirme buenos días, sino: "el objetivo".
Y así seguimos. En Guijón, Daniel Mordzinski nos hizo fotos en un bar: en una jugamos al dominó, del que no entiendo nada pero en el que Lichi, como buen habanero, era sabio. En la otra, Juan Cruz, entonces director de Alfaguara, hace de barman y nos sirve unas cervezas en la barra. Recalamos una medianoche en su casa del Desierto de los Leones en la ciudad de México, una casa que recuerdo extraña, con recovecos y gradas que llevaban a ninguna parte, después de la fiesta de presentación en el Poliforum, una velada en la que cantó Tania Libertad.
En Buenos Aires, cuando íbamos a abordar el avión a Montevideo en el Aeroparque, no le dieron el pase las autoridades uruguayas porque su pasaporte cubano era de segunda, un pasaporte de expatriado, que inspiraba desconfianza, y siempre siameses, yo tampoco abordé y regresamos juntos al hotel Alvear. Viajamos una tarde en auto a Rosario, para el acto de lanzamiento, y volvimos después de la medianoche, el río Paraná siempre invisible a nuestra vera. En la fonda del camino donde nos detuvimos a cenar, los cantantes de una troupe del Teatro Colón que regresaban de una función de ópera también en Rosario, brindaban alrededor de una mesa, y de pronto el tenor se puso a cantar a capela. En el tedio de la rutina, la magia también existía, como cuando en la cabina de radio en Miami, Olga Guillot llegó a darme un beso, algo de lo que Lichi se perdió, sobre todo porque ese beso cubano le tocaba a él.
Se sabía las mejores historias del mundo, que solía contar en nuestras comparecencias, la más memorable de ellas una en que un estudiante le preguntó a José Lezama Lima qué cosa era el azar. "El azar es", habría contestado Lezama, "que tú te subes a la guagua y al lado del asiento que eliges va sentada la mujer que será tu esposa". "¿Y ése es el azar, maestro"?, volvió a preguntar el alumno. "No", respondió Lezama, "el azar es la mujer que iba en la guagua a la que no te subiste".
Lo demás que contaba, también parecía mentira, o fruto de su ingenio, desvelado siempre por su feraz imaginación. Que de niño Lezama lo había cargado en sus piernas, que Virgilio Piñera llegaba a tomar el café todos los días a su casa en la calzada de Jesús del Monte en La Habana. Nada más verdadero, como que también Eliseo Diego, uno de los grandes poetas de la lengua era su padre, y Cintio Vitier y Fina García Marruz, otros dos grandes poetas, eran sus tíos. Una infancia dorada en una casa llena de libros donde siempre sonaba un piano, y un nombre aristocrático largo el suyo, como el de un personaje de las viejas radionovelas cubanas: Eliseo Alberto de Diego García Marruz. La correspondencia de muchos años entre su abuela y Rose Kennedy, ambas compañeras de internado en Nueva York. "No creo que tu hijo, si es un caballero, sea capaz de invadir Cuba", habría escrito en una de esas cartas la abuela.
Ahora, mientras el Paraná murmura en la oscuridad al lado del restaurante caminero, la voz del tenor que alza su copa de vino y canta, conmueve el silencio. Yo desde aquí, en el calor inclemente de Managua me toco el costado para sentir la parte que me falta. Mi hermano siamés se ha ido.
