Antonio M. Rivera
 
Evi Jimenez
 
 
 




NUESTRAS ISLAS EN LA TORMENTA











Por Víctor Davis Hanson *
Nationa Review
Traducción:
Adolfo Rivero Caro **
La Nueva Cuba
Abril 10, 2006




En algunas ocasiones un tipo de armamento – una galera veneciana, un velero de guerra británico – se vuelve emblemático de toda una cultura. Durante tres siglos, la falange – columnas de hoplitas armados en un bosque de lanzas – obliteró a cualquier persa lo suficientemente tonto como para ponerse en su camino. En la batalla de Platea, Plutarco dijo que su solo aspecto inspiraba terror, comparando la tropa griega con una especie de enorme puercoespín. No es de extrañar que los vastos ejércitos imperiales del rey persa se colapsaran al chocar con las lanzas espartanas.

Pero la falange era algo más que un arma psicológica de terror o una unidad de infantería particularmente mortífera. Sus densas columnas también reflejaban la solidaridad de hombres libres que voluntariamente cargaban pesadas armaduras bajo el sol del Mediterráneo, pegados uno a otro en apretadas filas, marchando al unísono y definiendo el valor como cumplir órdenes, avanzar ordenadamente a la voz de mando y proteger al camarada que estaba a la izquierda. Aristóteles pensaba que la ciudad-estado, el origen mismo de la civilización occidental, estaba identificada con el surgimiento de tan extraña forma de lucha. En realidad, él planteaba que la polis había surgido cuando una nueva clase de labradores – la primera clase media europea de propietarios libres – empezó a combatir al unísono en estas apretadas filas, en estas columnas armadas que otros hombres - ya fueran aristócratas, pobres o los que vivían fuera del mundo griego - no podían o no querían emular.

Nuestros portaaviones son las falanges de nuestro país, al mismo tiempo armas de lucha y símbolos de la libertad americana. Pocas naciones pueden construir semejantes colosos; todavía menos pueden hacerlos funcionar con un mínimo nivel de eficiencia. Alemania, en su momento de mayor poder, nunca tuvo uno. Los de Japón fueron rápidamente hundidos en el fondo del Pacífico. Los esfuerzos de Rusia culminaron en un rotundo fracaso. Gran Bretaña tiene dos de ellos. Francia, uno. Todos juntos carecen del poderío de uno solo de los portaaviones americanos. Y nosotros tenemos doce de estos colosos que valen $5,000 millones cada uno, pesan entre 80,000 y 90,000 toneladas y llevan una tripulación de más de 5,000 marinos. Sus cubiertas tienen más de 18,000 metros cuadrados, y los 70 (o más) aviones que hay en cada uno de ellos tienen más poder destructivo que la mayoría de los países del planeta.

Los portaaviones son tan pequeñas ciudades – sirven 15,000 comidas todos los días – como barcos. Visualmente, su llegada produce un efecto psicológico parecido al arribo de los B-52 o los C-5. Su tamaño, su velocidad y la estela que dejan parecen desafiar las leyes de la física náutica. Los críticos citan su costo y su vulnerabilidad, sugiriendo que robots, aviones no tripulados y misiles más sofisticados constituyen una mejor inversión. Yo no estoy tan seguro de su presunta obsolencia.

En primer lugar, al igual que la falange, los portaaviones americanos son algo más que un arma de destrucción o inclusive más que un instrumento de disuasión. Son un microcosmo de Estados Unidos mismo en su mejor forma. Recientemente pasé dos días en el John F. Kennedy y observaba, desde el Atlántico, su incesante recibir y lanzar los F-14 y F-18. La edad promedio de sus tripulaciones parece estar entre los 19 y los 20 años. La mayoría de los americanos no confía en sus hijos para que manejen la furgoneta de la familia el sábado por la noche. Nuestra Marina le confía jets que valen $50 millones a adolescentes cuyo valor y madurez supera los de la mayoría de los adultos.

En la Universidad de Stanford, donde residen los que se suponen sean los más acaudalados y mejor educados de nuestros jóvenes, los albergues tiene nombres ridículos como Casa Zapata y Ujama, y los estudiantes están segregados racialmente en un paisaje completamente balcanizado. Mi propia universidad en California tiene ceremonias de graduación separadas para los estudiantes mexicano-americanos.

En contraste, en el mundo mucho menos confortable pero mucho más real del Kennedy, nadie puede distinguir la forma en que comen, duermen y trabajan los negros, los latinos y los anglos, unidos, como americanos, en una causa común y no separados por raza, clase o tribu. Negros supervisan a blancos y viceversa en una meritocracia donde la igualdad es un fenómeno natural y no inducido. Las mujeres vuelan aviones que los hombres mantienen o al revés, Y cadetes recién graduados de la Academia Naval aprenden de hombres con callos y tatuajes que viven en lugares primarios de fuego y petróleo en las entrañas del barco, o que trabajan en la cubierta donde un momentáneo lapso en la concentración puede conllevar la vaporización en cuestión de segundos. Nuestras universidades debieran olvidarse de sus patéticos Estudios Étnicos y mandar a todo su primer curso al Kennedy durante un semestre.

Y, sin embargo, estos hombres y mujeres no tienen nada de jenízaros. Al igual que los griegos, son ciudadanos-soldados y, por consiguiente, hacen extrañas cosas que Sócrates o Esquilo, que pelearon en falanges, hubieran podido aprobar. Además de sus bombas y de sus misiles, el Kennedy, al igual que sus once letales hermanos, tiene una capilla, una biblioteca y un hospital. Sus expertos mediáticos producen vídeos ultramodernos; su salón principal todavía despliega los cuadros de su primer jefe, el almirante Yates, que también diseñó el sello del barco, con lema en latín y todo.

El actual capitán del Kennedy, Ronald Henderson Jr., es un graduado de Harvard que se preparó para la universidad leyendo a otro guerrero-académico - Jenofonte – en el griego original. Su trabajo se describe como disuasión y especifica que tiene que mantener constantemente listo su mortífero armamento para convencer a regímenes imprudentes de no atreverse a atacar a Estados Unidos. Hace esto todos los días, sin errores y al parecer sin dormir. También es, sin embargo, una especie de hábil decano universitario cuya vasta institución frecuentemente acepta alocados jóvenes de 18 años que salen transformados por el servicio que nos prestan en maduros y experimentados ciudadanos. Los contadores nos recuerdan el costo del Kennedy pero ¿cómo determinar su verdadero valor en 34 años de servicio, cuando unos 150,000 americanos se han graduado como mejores personas de su riguroso currículum?

Durante la Guerra Fría se habló mucho de que estos aeródromos flotantes eran instrumentos anacrónicos y excesivamente vulnerables en una guerra de misiles teledirigidos y submarinos. Pero sobrevivieron aquel conflicto y evolucionaron en formas que los han vuelto más y no menos importantes en nuestra época de guerra asimétrica. En realidad, ningún fuego enemigo ha hundido ninguno de nuestros portaaviones desde la II Guerra Mundial. En tiempos de incertidumbre no le pagamos alquiler a ningún país extranjero por su presencia ni discutimos con ningún autócrata el permiso para usar sus pistas. Las bombas teledirigidas de los aviones del Kennedy pueden entrar por las ventanas de las casas de los terroristas. Y, para ellos, sería un problema localizar a un barco que se mueve con tanta rapidez: En realidad, se mueve más rápido que la mayoría de las lanchas de esquiaje acuático. Y, en medio de la noche, en medio del océano, es invisible. Yo preferiría confiarles nuestros jets a los marinos de nuestras propias pistas flotantes que a la policía militar de los egipcios, los sauditas o los kuwaitíes. En las horas posteriores del 11 de septiembre, nuestro presidente no necesitó preguntar si los turcos eran amigos esta semana o si el Sr. Schroeder estaba dispuesto a dar permiso para usar el espacio aéreo de Alemania. En vez de eso, sin duda preguntó: “¿Dónde están los portaaviones?”

En la actualidad, los mares son nuestros, y estos navíos de 23 pisos pueden ir a donde quiera y hacer lo que les plazca: no sólo asegurar la libertad de Estados Unidos sino garantizar que los japoneses puedan comprar petróleo, que los chinos puedan mandarle a Wal-Mart sus mercancías, y que nuestros alimentos puedan llegar a los hambrientos africanos. Los barcos que ayudaron a obliterar a los talibanes y pudieran hacer lo mismo con la fascista Guardia Republicana de Irak también ayudan a salvar a los marinos extranjeros que confrontan problemas en alta mar y necesitan operaciones de rescate, o se detienen a recoger los habituales cadáveres en el Mar de Arabia y darle un digno funeral islámico, como si los ahogados fueran nuestros.

La habilidad y el coraje de los pilotos han transformado en una operación rutinaria la pavorosa operación de lanzar y rescatar aviones desde una pista en movimiento. Medio siglo de historia de entrenamiento y las trágicas lecciones aprendidas en cientos de muertes en la paz y en la guerra han afilado las habilidades de los pilotos hasta convertirlas en un verdadero arte. Estos hombres se juegan la vida todos los días, para ganar menos dinero que un joven profesor de college. Ellos consideran “deportivo” lo que nosotros consideramos pavoroso. Después de todo, un enorme océano, combustible de jets, chispas, metales y velocidad no se combinan en lo que pudiéramos calificar como un medio ambiente mínimamente seguro.

La eficiencia y mortal poderío de un portaaviones, sin embargo, no son las consecuencias de una simple superioridad tecnológica sino los dividendos de un conjunto específico de valores americanos. Si le diéramos el Truman a Egipto se hundiría en su primer viaje. Me imagino que el Charles de Gaulle francés tiene mejor comida que el Roosevelt pero muchos menos aviones y muchos menos lanzamientos. Israel tiene fantásticos pilotos pero pocos, si algunos de ellos, podrían aterrizar en el Vinson. Ni los suizos ni los holandeses pudieran construir un Ronald Reagan. China alega que pronto podrá lanzar un simulacro de nuestros portaaviones pero, aún si pudiera robar la tecnología de un Enterprise, no podría emular la ética que está en el centro mismo de su éxito, a no ser que China logre fabricar rápidamente una cultura de la libertad. Los portaaviones, en otras palabras, son algo americano, y es muy tranquilizador saber uno nunca va a tener que enfrentar a uno de esos monstruos en un combate.

En lo que meditamos sobre los costos de construir y equipar uno de ellos - el último y más moderno de los cuales es el George H. W. Bush – debíamos considerar cómo sus valores trascienden el simple tonelaje de sus armas. Esta noche podremos dormir razonablemente bien en parte porque el Kennedy y sus hermanas están de guardia, y porque pueden ir a cualquier parte para trasmitir ese mensaje a nuestros amigos.

Si tenemos que ir a la guerra, y si tenemos que mandar media docena de estos gigantes americanos al combate, debemos darles, al menos, el apoyo que necesitan para poder terminar su tarea y regresar victoriosos más bien que otra década de zonas de no vuelo y discusiones estériles. Cualquier otra cosa quedaría por debajo del valor de sus tripulaciones y de los mortales peligros que tienen que afrontar todos los días.

 


* Victor Davis Hanson, nacido en California en 1953, es historiador militar americano, ensayista político y mejor conocido como experto en el tema de la guerra. Se formó en la Universidad de California, Santa Cruz (Licenciado en Letras, 1975), en la Escuela Americana de Estudios Clásicos (1978-1979) y recibió su doctorado en Filosofía de la Universidad de Stanford en 1980, especializándose en Clásicos.
Poseedor de muchos premios y galardones por su labor, también es autor y editor de 13 libros, el más reciente se titula: “Una guerra como ninguna otra: Cómo pelearon los atenienses y los espartanos la Guerra del Peloponeso” a publicarse a fines de Octubre 2005. Pero el que lo lanzó a la fama fue "Carnicería y cultura" un iconoclasta libro histórico sobre la guerra y Occidente.
En él, Hanson afirma que el espíritu libertario, el ingenio, la curiosidad científica, la ferocidad guerrera, el debate abierto, la democracia y el capitalismo caracterizan a Occidente siendo esos principios los que le dotan de su fuerza a través de los múltiples vaivenes, altibajos y agitaciones de la historia. La aplicación de sus principios forman una combinación letal cuando se aplican a la guerra. Las sociedades no occidentales pueden lograr alguna victoria ocasional cuando luchan contra los valores occidentales pero la “manera occidental de la guerra” a la larga prevalecerá al no tener parangón en su devastación y decisión.
El Dr. Hanson aparece frecuentemente opinando sobre temas actuales y clásicos en el New York Times, el Wall Street Journal, el International Herald Tribune, National Review, el Weekly Standard, el Daily Telegraph y el Washington Times entre muchas otras publicaciones.


** Adolfo Rivero Caro, abogado cubano, analista político, articulista y traductor. Fue VicePresidente del Comité Cubano Pro Derechos Humanos y sufrió prisión en Cuba.



 

 



 

 


 

 

 

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