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la calle los chinos de a pie
cada vez se sienten más distanciados
de sus dirigentes
CUATRO FACCIONES
PUGNAN POR EL PODER
EN CHINA COMUNISTA
...diez
millones de miembros del PCC
habrían abandonado el Partido
en sólo un año y medio.
¡Viva el partido consumista de China!
Fernando Pastrano
ABC
Madrid
España
Infosearch:
José Cadenas
Jefe de Buró
E.U.
Dept.
de Investigaciones
La Nueva Cuba
Julio 3, 2006
Pekín, la antigua capital imperial, es un hervidero de obras
previas a los Juegos Olímpicos del 2008. Shanghai, la laboriosa
ciudad industrial, no se queda a la zaga: prepara la Expo Universal
de 2010.
En Pekín, junto a la plaza de Tiananmen, se encuentra Zhongnanhai,
la sede del Partido Comunista y del Gobierno. A la izquierda de
la puerta «Xinhua» (Nueva China) un cartel reza: «¡Viva
el Gran Partido Comunista de China!» Ya casi nadie lo mira.
En Shanghai, en el número 76 de Xingye Road, se encuentra
la histórica casa de estilo «shikumen» (puerta
de piedra) en la que el 1 de julio de 1921 se fundó el Partido
Comunista de China (PCC). Lugar de peregrinación (10 millones
de visitantes desde su apertura como museo en 1952), hoy casi ha
desaparecido engullida por el nuevo barrio Xintiandi, una moderna
zona peatonal cuajada de bares, tiendas y otros emporios del consumo
mucho más frecuentados.
«Cuarta generación»
La del actual presidente, Hu Jintao, es la «cuarta generación»
de dirigentes comunistas de China. La primera fue la de Mao
Zedong, el revolucionario que dirigió el país con
mano de hierro durante 27 años (el «Gran Timonel»)
sin salirse de la estela marxista.
La segunda fue la de Deng Xiaoping, arquitecto de las reformas
económicas y autor de frases tan celebradas como la del gato
cuyo color no importa con tal de que cace ratones (pragmatismo)
o la de que enriquecerse «es glorioso» (capitalismo).
En lo político, el «Pequeño Timonel» fue
continuista.
La «tercera generación» fue la de Jiang
Zemin. Entretenido en ver como se peinaba el tupé o cantaba
karaokes por Elvis, Occidente no supo valorar que Jiang fue el autor
de la decisiva teoría de la «Tres Representaciones»
según la cual, a partir del 2002, el PCC ya no representa
sólo a los obreros y campesinos, sino a «las fuerzas
productivas avanzadas, la cultura innovadora y a las amplias masas».
Es decir, el partido todavía llamado «comunista»
acogía ya a los empresarios, a los financieros y a la clase
media: los antiguos «enemigos del pueblo».
Hu Jintao heredó en noviembre de 2002 un partido claramente
escorado a estribor. Y él no es ni un gran ni un pequeño
timonel para enderezarlo. Seguramente ni siquiera quiere destorcerlo.
Al parecer, en el PCC actual hay al menos cuatro grandes facciones.
La más importante sería la llamada «liberal»,
a la que pertenecería el propio Hu. Estaría enfrentada
directamente a la «maoísta» u ortodoxa,
liderada por Li Peng, primer ministro de 1987 a 1998 y responsable
de la sangrienta represión de las revueltas de Tiananmen
en 1989. Completarían el panorama otras dos facciones menores
en tamaño e influencia influencia: la «nacionalista»
y la «socialdemócrata». Y esto sólo
a grandes trazos. Muy diversas familias para convivir armoniosamente
en una sola casa.
Fuentes de la disidencia china aseguran que en el pasado marzo tuvo
lugar una importante reunión en Pekín con un único
tema: la macroeconomía y su influencia en el rumbo de la
política china. Se dice que asistieron Gao Shang-quan, asesor
del Consejo de Estado; Li Shu-guang, vicedecano de la Universidad
de Política y Derecho de Pekín; Zhang Wei-yang, destacado
economista neoliberal; y Xie Ping, director de Investigación
del Banco del Pueblo, entre otras personalidades.
De esta reunión no oficial pero tampoco clandestina habrían
salido varias recomendaciones. La más sorprendente instaría
a las autoridades políticas a seguir el llamado «modelo
taiwanés», abiertamente capitalista. Otra exhortaría
a que se profundize en la teoría de la «Tres Representaciones»
y a que el PCC se abra a todos los grupos sociales capitalistas.
Los ponentes habrían estimado que hay que dar por terminada
la etapa de «reforma económica» para dar paso
a la «reforma política».
Para ello, sería imprescindible que el Ejército
abandonase su protagonismo político, dejase su vinculación
con el PCC y pasase a depender del Estado. Que por primera vez en
la República Popular haya separación entre Partido
y Estado. Y mientras que todo esto se cuece en los sótanos
de la alta política, en la calle los chinos de a pie cada
vez se sienten más distanciados de sus dirigentes. Hoy,
nadie quiere acordarse de Tiananmen, siempre que el nivel de vida
siga subiendo. Ande yo caliente...
Esta progresiva despolitización de la sociedad parece vinculada
a la «descomunistización» del PCC, y habría
provocado importantes deserciones en masa de la militancia comunista.
Según Da Ji Yuan (Gran Época) una publicación
de disidentes chinos con sede en Nueva York, diez millones de
miembros del PCC habrían abandonado el Partido en sólo
un año y medio. Pekín lo niega y asegura que,
muy al contrario, el número de afiliados asciende a 70,8
millones de personas. De lo que no hay duda es de que los máximos
dirigentes de China son conscientes de la necesidad de reforzar
la ideología ante el creciente desinterés de los chinos,
sobre todo de los más jovenes.
Ahí está el «catecismo cívico»
titulado «Ocho honores y ocho deshonras» («Ba
rong, ba chi») presentado por el presidente Hu Jintao. Por
ejemplo, amar a la patria, en vez de perjudicarla. Servir al pueblo,
en vez de apartarse de él. Preocuparse por aprender, en vez
de permanecer en la ignorancia. Trabajar duro, en vez de holgazanear.
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