Antonio M. Rivera
 
Evi Jimenez
 
 
 




CHINA: LA CRISIS Y SUS CONSECUENCIAS



Muchas cosas sentenciaron el boom de China,
y la cantidad del dinero en el sistema
como uno de los problemas más inmediatos.
Sin embargo, el fin del boom chino era inevitable.
Ahora la cuestión es de qué modo
afectará todo esto a China y al mundo.







Por George Friedman
Columnista invitado
ADN Mundo
Buenos Aires
Argentina
Infosearch:
José Cadenas
Jefe de Buró
E.U.
Dept. de Investigaciones
La Nueva Cuba
Julio 3, 2006



El Gobierno chino continúa haciendo esfuerzos para sobrellevar una economía fuera de control. El Banco Popular de China subió las tasas de interés. Los bancos tienen instrucciones de frenar los préstamos. El gobierno ha dicho que implementará procedimientos para frenar las adquisiciones a bajos precios –o, en otras palabras, para bloquear las “liquidaciones” de empresas chinas. Tal como lo describió recientemente un titular del Japan Times “la escalada monetaria de China es la sentencia de muerte de su boom económico”.

Es necesario entender que en estos momentos China pasa de un problema económico a un problema socio-político. El problema financiero es un síntoma; el problema fundamental es que una tremenda irracionalidad se ha apoderado de la economía china. Las empresas que no son económicamente viables continúan funcionando gracias a que obtienen fondos. Parte de estos fondos se obtienen mediante préstamos, parte proviene de la exportación a precios económicamente insostenibles. El resultado es el derroche de recursos. Las razones de que esta situación persista no tienen nada que ver con el racionalismo económico sino que se vinculan con la realidad política y social.

Si subieran las tasas de interés y se ordenara el crédito, muchas empresas quebrarían. Las consecuencias serían diversas.

La primera, y la más importante, es que se produciría un enorme aumento del desempleo. En este aspecto, debemos decir que la irracionalidad ha persistido largos años. No sólo las empresas estatales son económicamente insostenibles; tampoco les está yendo bien a muchas empresas nuevas, entre ellas aquellas en las que han invertido empresas de occidente. Al examinar los préstamos en mora y los que tienen problemas, percibimos que los montos llegan a casi la mitad del producto bruto interno de China. Eso representa mucha irracionalidad, muchos fracasos económicos y mucho desempleo. Y el desempleo es un problema político y social. La cuestión es si China puede afrontar las consecuencias políticas de la solución económica.

Segundo, el crédito se ha convertido en un sistema para mantener la solidaridad política de la élite de China. Los préstamos surgieron no sólo para evitar el problema del desempleo; también pasaron a formar parte de un acuerdo político que le permitió al Partido Comunista Chino y a las organizaciones partidarias regionales evitar conflictos y divisiones. Mientras “aumentara el tamaño de la torta”, todos podrían tener una porción. Pero si empieza a achicarse habrá perdedores y ganadores. La cuestión relativa a quién irá a la quiebra y quién no lo hará desatará una crisis política con gran poder de división y con la potencialidad de desestabilizar. Nuevamente, la solución económica –la austeridad– y la realidad política avanzan en sentido contrario.

Resulta obvio que China tiene grandes reservas de dinero. Es posible que no sean suficientes para enfrentar la crisis financiera, pero son suficientes para permitirle al gobierno posponer el tratamiento del problema durante algún tiempo. China también tiene la habilidad de dictar normas que permitan que las entidades en quiebra sigan funcionando. Sin embargo, siempre conviene recordar que del otro lado de un préstamo incobrable hay un acreedor perjudicado. Un préstamo que se puede diferir por obra de una orden es un activo que ya no puede utilizarse. Cuando se evita el desastre económico para el deudor, se transfiere el daño –y potencialmente el desastre– al acreedor. Y como el acreedor es generalmente la parte más sana desde el punto de vista económico, se posterga la muerte del débil haciendo más débil al fuerte. Cuánto más se insiste en este procedimiento, más empeora la situación. De este modo, ya sea que los chinos utilicen sus reservas o dicten normas para postergar el problema, el resultado será comprar tiempo a expensas de aumentar el daño.

Los posibles caminos para China

Esto ya ha ocurrido antes en Asia. Japón se enfrentó al problema hacia 1990, y Asia oriental y meridional lo hicieron en 1997. Existen, en líneas generales, tres modelos para abordarlo:

• El modelo de Japón: utiliza reservas y medidas formales e informales para evitar acciones que provocarían grandes quiebras y desempleo. Acepta el estancamiento económico para la mejor parte de una generación.

• El modelo de Corea del Sur: actúa con rapidez para reestructurar la economía, y utiliza medios económicos y políticos. Controla el descontento social con medidas de seguridad. Resuelve el problema en cuestión de años.

• El modelo de Indonesia: al carecer de recursos para manejar la crisis, sufre disfunciones financieras y conflictos políticos entre las selectas minorías y entre las regiones.

Japón pudo hacer lo que hizo porque es una sociedad muy disciplinada y unida, en la cual el dolor compartido se percibe como preferible frente a los trastornos sociales. Corea del Sur pudo hacer lo que hizo porque la magnitud de la crisis era relativamente menor que la de Japón, y porque el Estado tenía los medios para eliminar la infelicidad. Indonesia no hizo lo que necesitaba hacer porque carecía de los recursos y del poder político.

Otros países han optado por algún punto en este continuo. China recorrerá su propio camino. Sin embargo, deberíamos señalar que China no es socialmente similar ni a Japón ni a Corea del Sur. Al igual que Indonesia, es una nación dividida y con gran diversidad. El Partido Comunista perdió su estatura moral en la década de los años setenta. Como con el gobierno de Suharto, su legitimidad deriva, ahora, del hecho de que ha creado prosperidad. Cuando la prosperidad se reduzca o desaparezca, el Partido no puede recurrir a la legitimidad inherente, como fue el caso del sistema en Japón. Y los tan diversos niveles de desarrollo económico hacen que sea improbable una solución única e integrada, como ocurrió en Corea del Sur. La dirección más probable para China, por lo tanto, es la inestabilidad social y política, generalizada.

Ahora, el Partido Comunista puede carecer de autoridad moral, pero ejerce un tremendo poder. El Ejército de Liberación Popular y las diversas fuerzas de seguridad tienen una enorme presencia en China. Por cierto que el gobierno ya está utilizando estas fuerzas en forma agresiva, tomando medidas enérgicas en casos de disenso y en contra de por lo menos algunos líderes del mundo de los negocios, anticipándose a futuros problemas. La habilidad de reprimir el descontento no es un dato menor. Por lo tanto, el camino más probable para China en un escenario post auge es aumentar la represión y volver a imponer la dictadura sistemática.

Pero esto no es una verdad absoluta. Hay muchas personas en el Partido que afirman ahora que China ha abandonado sus principios comunistas y su base social. En otras palabras, quieren llegar a los campesinos del interior, que se han beneficiado poco del boom y están resentidos con la prosperidad de las regiones costeras. La idea es utilizar a estos campesinos en un proceso de renacionalización –o, al menos, un proceso en el cual el mercado libre esté radicalmente limitado y al menos parte de la riqueza se redistribuya.

Este objetivo tiene poco sentido económico, pero lo que China necesita en materia de economía no es tolerable social y políticamente. La imposición de una austeridad aplastante durante un período de 5 a 10 años resolvería el problema económico, pero es improbable que el centro político se sostuviera. Sin duda, si los chinos siguieran este camino, sólo podrían hacerlo en forma simultánea con una represión política masiva.

La Enmarañada Red del Partido

Por lo tanto, un camino probable es la vuelta a la dictadura, seguida de cualquier solución económica que quisieran imponer los líderes. Pero aquí hay un problema. Los intereses del Partido y del Ejército de Liberación popular en Shanghai difieren de los del gobierno central. Estos líderes tienen mucho que ver con el proceso financiero del área costera, con la captura de inversiones extranjeras, con la obtención de ventajas de aquellos sectores que no tienen acceso al capital. No se sienten inclinados a detenerse. Sin duda, desean que el boom irracional dure todo lo que sea posible.

Los intereses de los líderes regionales del Partido están divididos, y también lo están las regiones y Beijing. Los intereses de los líderes de la costa no están tanto del lado de Beijing como del de Tokio, Nueva York y Londres. Ellos mismas se han integrado en el sistema financiero internacional, y están ocupados haciendo planes para sustentar sus emprendimientos regionales en caso de que sobreviniera una crisis. Mientras tanto, los líderes del interior del Partido están exigiendo que estas acciones se detengan y que, en cambio, se vuelque la inversión a sus regiones. Beijing está cabalgando sobre dos caballos que están corriendo en dirección opuesta.

La situación de Beijing podría empeorar. La historia de China alterna el sistema dictatorial que la aísla del resto del mundo (una China pobre, pero igualitaria y estable) con el sistema en el cual China está abierta al mundo pero desgarrada totalmente en el interior. Tomemos, por ejemplo, el caso de Mao. Mao marchó hacia el interior, reclutó un ejército de campesinos, regresó y eliminó a la burguesía internacionalista en 1948. Cerró las fronteras del país, lo unió y expulsó a los extranjeros. En el otro modelo, que precedió al de Mao, el país estaba abierto a los extranjeros, que lo desmembraron en conflictos regionales mientras el interior se moría de hambre.

El resultado final de la crisis económica de China será, por lo tanto, una crisis política profundamente arraigada. Sólo el dinero, en constante aumento, le ha permitido a China mantener la actual alineación política. Sin él, China tiene dos opciones. La primera es una vuelta a algún tipo de dictadura desde Beijing, bajo la cual los problemas económicos se manejarían con ineficiencia pero sin ambigüedad. La otra alternativa es aceptar una división entre las regiones de la costa y las del interior, la debilidad de la autoridad de Beijing y un período de inestabilidad e intenso regionalismo. Todo depende de los movimientos políticos que Beijing está haciendo ahora; pero nosotros apostaríamos a la última alternativa. Los instrumentos de poder que tiene Beijing están demasiado involucrados en la crisis financiera, y tienen demasiados intereses divergentes, como para que la primera opción sea probable.

La Geopolítica y la Onda Expansiva

De lo dicho surgen dos modelos geopolíticos posibles. Según uno de ellos –en su forma extrema– China regresa a alguna forma de maoísmo geopolítico. Se aísla del mundo, se vuelve más belicosa, pero su propia geografía le pone límites. Según el otro modelo, se convierte en un campo de batalla para las ambiciones de los intereses económicos extranjeros –respaldados por el poder político y militar, y con funcionarios chinos regionales que colaboran con las potencias extranjeras para seguir con el desarrollo económico. Curiosamente, el último modelo sería más desestabilizador para el mundo que el primero, en la medida en que todos quieran mantener sus inversiones en China y expandirlas. En este escenario, China, nuevamente, atraería los problemas como un imán.

Pero tengamos en cuenta que éstos no son modelos absolutos, sino que representan los extremos en un continuo. Seguramente, existe algún modelo conforme al cual Beijing podría arreglárselas, como lo han hecho Japón e Indonesia. No emergería ninguna estrategia coherente; todo sería cuestión de táctica. Nos resulta difícil pensar que esto no desembocaría en la desestabilización regional, pero entonces, China podría aceptarlo. Sin embargo, otra cuestión diferente es cómo enfrenta el desempleo y la cuestión de los campesinos desplazados. Éste es posiblemente el punto medio del espectro, pero no parece probable.

En lo que respecta a los efectos sobre la economía internacional, ha habido interminables discusiones sobre los títulos del tesoro de los Estados Unidos en poder de China y las posibles consecuencias si, en una crisis, se retirara el dinero de esa inversión. En realidad, esto es lo último que va a suceder. Si China tiene una crisis financiera de magnitud, nadie –incluido el gobierno chino– va a retirar dinero de una inversión segura para llevarlo a un terreno de conflicto. En los casos de crisis, la tendencia sería una migración hacia una inversión segura. Eso significa que el dinero, en lugar de salir, ingresaría en el mercado estadounidense –legal e ilegalmente, según la posición china.

Es interesante relacionar el gran aumento de la inversión en los mercados estadounidenses que comenzó en 1991, luego de la recesión, y que se intensificó enormemente en 1997 y 1998, con las tendencias en Asia. En ambos casos, estos aumentos se registraron luego de crisis económicas importantes que afectaron las economías asiáticas en rápida expansión. En nuestra opinión, ambas cosas están relacionadas. La crisis de Japón de 1990 y 1991 fue la causa de una importante fuga de capitales y contribuyó a intensificar la suba del mercado estadounidense. De modo similar, la inminente y esperada conmoción de Asia Oriental de 1997 produjo una importante fuga de capitales desde Taiwán, Corea del Sur y otros lugares a mercados más seguros. Lo último que se puede esperar es un retiro masivo de capitales del mercado estadounidense.

Por supuesto, lo que está en peligro son las inversiones extranjeras en China. Hay una obvia cuestión financiera: empecemos por decir que muchas de estas inversiones no eran económicamente viables. Pero además hay un problema político. El Partido va a tener que encontrar un culpable para los problemas de China, y los culpables no van a ser los líderes. Los culpables lógicos serán los funcionarios corruptos y quienes les pagan en el sistema bancario internacional. Poco importa la verdad o la falsedad del cargo; los funcionarios corruptos y los banqueros son arrestados en las etapas iniciales de la crisis. A medida que la situación se agudiza, no nos sorprendería ver que también se está investigando a los extranjeros por prácticas corruptas.

Pero el resultado final es éste: China tiene una historia de nacionalización y expropiación, y el partido que promulgó estas medidas todavía está en el poder. A nadie le hubiera sido posible creer que el Partido de Mao podría haberse convertido en lo que es hoy, pero no se debería asumir que la evolución del Partido Comunista Chino está completa. Los líderes podrían pensar que tienen razones para promulgar algunas de las prácticas económicas del propio Mao. Nos sorprendería ver una vuelta total al maoísmo. Sin embargo, no nos sorprendería ver que el Partido deliberadamente vuelve atrás con algunas operaciones que ya no tienen interés para ellos o (si las cosas se agudizan) incluso que toma medidas más drásticas. Sería conveniente recordar que sigue siendo un partido comunista.

Finalmente, la elección que China está haciendo tiene que ver con la rapidez con la que permitirá que las consecuencias de su irracionalidad económica se extienda. La respuesta económica al problema es dejar que las empresas poco firmes caigan –pero el costo político de hacer algo así será demasiado grande, y por eso la solución se ha demorado largamente. Cuánto más se demora una solución económica, menos posibilidades de aplicarla hay y más intensa es la necesidad de Beijing de ocuparse del problema con soluciones políticas y de seguridad. Cuánto más dependientes de esas medidas sean los chinos, más catastróficas serán las consecuencias si esas soluciones no funcionan.

Hace mucho que a China se le ha acabado el tiempo de solucionar el problema con facilidad. La cuestión es simplemente si ganar tiempo y pagar las consecuencias si la situación se agrava, o forzar la crisis ahora. En algún punto, no habrá elección. Pero lo más sencillo y lo más importante de entender es que China ya no tiene, realmente, una crisis económica. El momento para eso ya pasó. Ahora estamos frente a una crisis política.


 








 

 





 

 

 











 


 


 








 

 


 




 


 

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