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CHINA: LA CRISIS Y SUS CONSECUENCIAS

Muchas cosas
sentenciaron el boom de China,
y la cantidad del dinero en el sistema
como uno de los problemas más inmediatos.
Sin embargo, el fin del boom chino era inevitable.
Ahora la cuestión es de qué modo
afectará todo esto a China y al mundo.
Por George Friedman
Columnista invitado
ADN Mundo
Buenos Aires
Argentina
Infosearch:
José Cadenas
Jefe de Buró
E.U.
Dept. de Investigaciones
La Nueva Cuba
Julio 3, 2006
El Gobierno chino continúa haciendo esfuerzos para sobrellevar
una economía fuera de control. El Banco Popular de China
subió las tasas de interés. Los bancos tienen instrucciones
de frenar los préstamos. El gobierno ha dicho que implementará
procedimientos para frenar las adquisiciones a bajos precios o,
en otras palabras, para bloquear las liquidaciones de
empresas chinas. Tal como lo describió recientemente un titular
del Japan Times la escalada monetaria de China es la sentencia
de muerte de su boom económico.
Es necesario
entender que en estos momentos China pasa de un problema económico
a un problema socio-político. El problema financiero es un
síntoma; el problema fundamental es que una tremenda irracionalidad
se ha apoderado de la economía china. Las empresas que no
son económicamente viables continúan funcionando gracias
a que obtienen fondos. Parte de estos fondos se obtienen mediante
préstamos, parte proviene de la exportación a precios
económicamente insostenibles. El resultado es el derroche
de recursos. Las razones de que esta situación persista no
tienen nada que ver con el racionalismo económico sino que
se vinculan con la realidad política y social.
Si subieran
las tasas de interés y se ordenara el crédito, muchas
empresas quebrarían. Las consecuencias serían diversas.
La primera,
y la más importante, es que se produciría un enorme
aumento del desempleo. En este aspecto, debemos decir que la irracionalidad
ha persistido largos años. No sólo las empresas estatales
son económicamente insostenibles; tampoco les está
yendo bien a muchas empresas nuevas, entre ellas aquellas en las
que han invertido empresas de occidente. Al examinar los préstamos
en mora y los que tienen problemas, percibimos que los montos llegan
a casi la mitad del producto bruto interno de China. Eso representa
mucha irracionalidad, muchos fracasos económicos y mucho
desempleo. Y el desempleo es un problema político y social.
La cuestión es si China puede afrontar las consecuencias
políticas de la solución económica.
Segundo, el
crédito se ha convertido en un sistema para mantener la solidaridad
política de la élite de China. Los préstamos
surgieron no sólo para evitar el problema del desempleo;
también pasaron a formar parte de un acuerdo político
que le permitió al Partido Comunista Chino y a las organizaciones
partidarias regionales evitar conflictos y divisiones. Mientras
aumentara el tamaño de la torta, todos podrían
tener una porción. Pero si empieza a achicarse habrá
perdedores y ganadores. La cuestión relativa a quién
irá a la quiebra y quién no lo hará desatará
una crisis política con gran poder de división y con
la potencialidad de desestabilizar. Nuevamente, la solución
económica la austeridad y la realidad política
avanzan en sentido contrario.
Resulta obvio
que China tiene grandes reservas de dinero. Es posible que no sean
suficientes para enfrentar la crisis financiera, pero son suficientes
para permitirle al gobierno posponer el tratamiento del problema
durante algún tiempo. China también tiene la habilidad
de dictar normas que permitan que las entidades en quiebra sigan
funcionando. Sin embargo, siempre conviene recordar que del otro
lado de un préstamo incobrable hay un acreedor perjudicado.
Un préstamo que se puede diferir por obra de una orden es
un activo que ya no puede utilizarse. Cuando se evita el desastre
económico para el deudor, se transfiere el daño y
potencialmente el desastre al acreedor. Y como el acreedor
es generalmente la parte más sana desde el punto de vista
económico, se posterga la muerte del débil haciendo
más débil al fuerte. Cuánto más se insiste
en este procedimiento, más empeora la situación. De
este modo, ya sea que los chinos utilicen sus reservas o dicten
normas para postergar el problema, el resultado será comprar
tiempo a expensas de aumentar el daño.
Los posibles
caminos para China
Esto ya ha ocurrido
antes en Asia. Japón se enfrentó al problema hacia
1990, y Asia oriental y meridional lo hicieron en 1997. Existen,
en líneas generales, tres modelos para abordarlo:
El modelo
de Japón: utiliza reservas y medidas formales e informales
para evitar acciones que provocarían grandes quiebras y desempleo.
Acepta el estancamiento económico para la mejor parte de
una generación.
El modelo
de Corea del Sur: actúa con rapidez para reestructurar la
economía, y utiliza medios económicos y políticos.
Controla el descontento social con medidas de seguridad. Resuelve
el problema en cuestión de años.
El modelo
de Indonesia: al carecer de recursos para manejar la crisis, sufre
disfunciones financieras y conflictos políticos entre las
selectas minorías y entre las regiones.
Japón
pudo hacer lo que hizo porque es una sociedad muy disciplinada y
unida, en la cual el dolor compartido se percibe como preferible
frente a los trastornos sociales. Corea del Sur pudo hacer lo que
hizo porque la magnitud de la crisis era relativamente menor que
la de Japón, y porque el Estado tenía los medios para
eliminar la infelicidad. Indonesia no hizo lo que necesitaba hacer
porque carecía de los recursos y del poder político.
Otros países
han optado por algún punto en este continuo. China recorrerá
su propio camino. Sin embargo, deberíamos señalar
que China no es socialmente similar ni a Japón ni a Corea
del Sur. Al igual que Indonesia, es una nación dividida y
con gran diversidad. El Partido Comunista perdió su estatura
moral en la década de los años setenta. Como con el
gobierno de Suharto, su legitimidad deriva, ahora, del hecho de
que ha creado prosperidad. Cuando la prosperidad se reduzca o desaparezca,
el Partido no puede recurrir a la legitimidad inherente, como fue
el caso del sistema en Japón. Y los tan diversos niveles
de desarrollo económico hacen que sea improbable una solución
única e integrada, como ocurrió en Corea del Sur.
La dirección más probable para China, por lo tanto,
es la inestabilidad social y política, generalizada.
Ahora, el Partido
Comunista puede carecer de autoridad moral, pero ejerce un tremendo
poder. El Ejército de Liberación Popular y las diversas
fuerzas de seguridad tienen una enorme presencia en China. Por cierto
que el gobierno ya está utilizando estas fuerzas en forma
agresiva, tomando medidas enérgicas en casos de disenso y
en contra de por lo menos algunos líderes del mundo de los
negocios, anticipándose a futuros problemas. La habilidad
de reprimir el descontento no es un dato menor. Por lo tanto, el
camino más probable para China en un escenario post auge
es aumentar la represión y volver a imponer la dictadura
sistemática.
Pero esto no
es una verdad absoluta. Hay muchas personas en el Partido que afirman
ahora que China ha abandonado sus principios comunistas y su base
social. En otras palabras, quieren llegar a los campesinos del interior,
que se han beneficiado poco del boom y están resentidos con
la prosperidad de las regiones costeras. La idea es utilizar a estos
campesinos en un proceso de renacionalización o, al
menos, un proceso en el cual el mercado libre esté radicalmente
limitado y al menos parte de la riqueza se redistribuya.
Este objetivo
tiene poco sentido económico, pero lo que China necesita
en materia de economía no es tolerable social y políticamente.
La imposición de una austeridad aplastante durante un período
de 5 a 10 años resolvería el problema económico,
pero es improbable que el centro político se sostuviera.
Sin duda, si los chinos siguieran este camino, sólo podrían
hacerlo en forma simultánea con una represión política
masiva.
La
Enmarañada Red del Partido
Por lo tanto,
un camino probable es la vuelta a la dictadura, seguida de cualquier
solución económica que quisieran imponer los líderes.
Pero aquí hay un problema. Los intereses del Partido y del
Ejército de Liberación popular en Shanghai difieren
de los del gobierno central. Estos líderes tienen mucho que
ver con el proceso financiero del área costera, con la captura
de inversiones extranjeras, con la obtención de ventajas
de aquellos sectores que no tienen acceso al capital. No se sienten
inclinados a detenerse. Sin duda, desean que el boom irracional
dure todo lo que sea posible.
Los intereses
de los líderes regionales del Partido están divididos,
y también lo están las regiones y Beijing. Los intereses
de los líderes de la costa no están tanto del lado
de Beijing como del de Tokio, Nueva York y Londres. Ellos mismas
se han integrado en el sistema financiero internacional, y están
ocupados haciendo planes para sustentar sus emprendimientos regionales
en caso de que sobreviniera una crisis. Mientras tanto, los líderes
del interior del Partido están exigiendo que estas acciones
se detengan y que, en cambio, se vuelque la inversión a sus
regiones. Beijing está cabalgando sobre dos caballos que
están corriendo en dirección opuesta.
La situación
de Beijing podría empeorar. La historia de China alterna
el sistema dictatorial que la aísla del resto del mundo (una
China pobre, pero igualitaria y estable) con el sistema en el cual
China está abierta al mundo pero desgarrada totalmente en
el interior. Tomemos, por ejemplo, el caso de Mao. Mao marchó
hacia el interior, reclutó un ejército de campesinos,
regresó y eliminó a la burguesía internacionalista
en 1948. Cerró las fronteras del país, lo unió
y expulsó a los extranjeros. En el otro modelo, que precedió
al de Mao, el país estaba abierto a los extranjeros, que
lo desmembraron en conflictos regionales mientras el interior se
moría de hambre.
El resultado
final de la crisis económica de China será, por lo
tanto, una crisis política profundamente arraigada. Sólo
el dinero, en constante aumento, le ha permitido a China mantener
la actual alineación política. Sin él, China
tiene dos opciones. La primera es una vuelta a algún tipo
de dictadura desde Beijing, bajo la cual los problemas económicos
se manejarían con ineficiencia pero sin ambigüedad.
La otra alternativa es aceptar una división entre las regiones
de la costa y las del interior, la debilidad de la autoridad de
Beijing y un período de inestabilidad e intenso regionalismo.
Todo depende de los movimientos políticos que Beijing está
haciendo ahora; pero nosotros apostaríamos a la última
alternativa. Los instrumentos de poder que tiene Beijing están
demasiado involucrados en la crisis financiera, y tienen demasiados
intereses divergentes, como para que la primera opción sea
probable.
La
Geopolítica y la Onda Expansiva
De lo dicho
surgen dos modelos geopolíticos posibles. Según uno
de ellos en su forma extrema China regresa a alguna
forma de maoísmo geopolítico. Se aísla del
mundo, se vuelve más belicosa, pero su propia geografía
le pone límites. Según el otro modelo, se convierte
en un campo de batalla para las ambiciones de los intereses económicos
extranjeros respaldados por el poder político y militar,
y con funcionarios chinos regionales que colaboran con las potencias
extranjeras para seguir con el desarrollo económico. Curiosamente,
el último modelo sería más desestabilizador
para el mundo que el primero, en la medida en que todos quieran
mantener sus inversiones en China y expandirlas. En este escenario,
China, nuevamente, atraería los problemas como un imán.
Pero tengamos
en cuenta que éstos no son modelos absolutos, sino que representan
los extremos en un continuo. Seguramente, existe algún modelo
conforme al cual Beijing podría arreglárselas, como
lo han hecho Japón e Indonesia. No emergería ninguna
estrategia coherente; todo sería cuestión de táctica.
Nos resulta difícil pensar que esto no desembocaría
en la desestabilización regional, pero entonces, China podría
aceptarlo. Sin embargo, otra cuestión diferente es cómo
enfrenta el desempleo y la cuestión de los campesinos desplazados.
Éste es posiblemente el punto medio del espectro, pero no
parece probable.
En lo que respecta
a los efectos sobre la economía internacional, ha habido
interminables discusiones sobre los títulos del tesoro de
los Estados Unidos en poder de China y las posibles consecuencias
si, en una crisis, se retirara el dinero de esa inversión.
En realidad, esto es lo último que va a suceder. Si China
tiene una crisis financiera de magnitud, nadie incluido el
gobierno chino va a retirar dinero de una inversión
segura para llevarlo a un terreno de conflicto. En los casos de
crisis, la tendencia sería una migración hacia una
inversión segura. Eso significa que el dinero, en lugar de
salir, ingresaría en el mercado estadounidense legal
e ilegalmente, según la posición china.
Es interesante
relacionar el gran aumento de la inversión en los mercados
estadounidenses que comenzó en 1991, luego de la recesión,
y que se intensificó enormemente en 1997 y 1998, con las
tendencias en Asia. En ambos casos, estos aumentos se registraron
luego de crisis económicas importantes que afectaron las
economías asiáticas en rápida expansión.
En nuestra opinión, ambas cosas están relacionadas.
La crisis de Japón de 1990 y 1991 fue la causa de una importante
fuga de capitales y contribuyó a intensificar la suba del
mercado estadounidense. De modo similar, la inminente y esperada
conmoción de Asia Oriental de 1997 produjo una importante
fuga de capitales desde Taiwán, Corea del Sur y otros lugares
a mercados más seguros. Lo último que se puede esperar
es un retiro masivo de capitales del mercado estadounidense.
Por supuesto,
lo que está en peligro son las inversiones extranjeras en
China. Hay una obvia cuestión financiera: empecemos por decir
que muchas de estas inversiones no eran económicamente viables.
Pero además hay un problema político. El Partido va
a tener que encontrar un culpable para los problemas de China, y
los culpables no van a ser los líderes. Los culpables lógicos
serán los funcionarios corruptos y quienes les pagan en el
sistema bancario internacional. Poco importa la verdad o la falsedad
del cargo; los funcionarios corruptos y los banqueros son arrestados
en las etapas iniciales de la crisis. A medida que la situación
se agudiza, no nos sorprendería ver que también se
está investigando a los extranjeros por prácticas
corruptas.
Pero el resultado
final es éste: China tiene una historia de nacionalización
y expropiación, y el partido que promulgó estas medidas
todavía está en el poder. A nadie le hubiera sido
posible creer que el Partido de Mao podría haberse convertido
en lo que es hoy, pero no se debería asumir que la evolución
del Partido Comunista Chino está completa. Los líderes
podrían pensar que tienen razones para promulgar algunas
de las prácticas económicas del propio Mao. Nos sorprendería
ver una vuelta total al maoísmo. Sin embargo, no nos sorprendería
ver que el Partido deliberadamente vuelve atrás con algunas
operaciones que ya no tienen interés para ellos o (si las
cosas se agudizan) incluso que toma medidas más drásticas.
Sería conveniente recordar que sigue siendo un partido comunista.
Finalmente,
la elección que China está haciendo tiene que ver
con la rapidez con la que permitirá que las consecuencias
de su irracionalidad económica se extienda. La respuesta
económica al problema es dejar que las empresas poco firmes
caigan pero el costo político de hacer algo así
será demasiado grande, y por eso la solución se ha
demorado largamente. Cuánto más se demora una solución
económica, menos posibilidades de aplicarla hay y más
intensa es la necesidad de Beijing de ocuparse del problema con
soluciones políticas y de seguridad. Cuánto más
dependientes de esas medidas sean los chinos, más catastróficas
serán las consecuencias si esas soluciones no funcionan.
Hace mucho que
a China se le ha acabado el tiempo de solucionar el problema con
facilidad. La cuestión es simplemente si ganar tiempo y pagar
las consecuencias si la situación se agrava, o forzar la
crisis ahora. En algún punto, no habrá elección.
Pero lo más sencillo y lo más importante de entender
es que China ya no tiene, realmente, una crisis económica.
El momento para eso ya pasó. Ahora estamos frente a una crisis
política.
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